10: Mi marido pelirrojo

Humano: Especiales de TollWriter

Capítulo 10: Mi marido pelirrojo

Cuando sonó el teléfono sobre la mesilla, resoplé y entreabrí los ojos cerrados. Tom fue el que alargó la mano para buscarlo por mí, sabiendo que yo no iba a moverme mientras disfrutaba de mi nube de felicidad y calma post-sexo.

—Es Gustav —murmuró con la voz ronca, dándome el nuevo smartphone que me había comprado y al que, después de programarlo, había puesto un fondo de pantalla de los dos juntos en el sofá. La misma foto que tenía en su teléfono. 

Volví a resoplar y acepté la llamada.

—Gustav, no quiero que te lo tomes a mal, pero ahora mismo tengo la verga de Tom inflamada en el culo y estoy en mitad de una nube.

—Por cómo huele Tom desde que te conoce, diría que eso es algo normal — respondió.

Se me escapó un bufido y una sonrisa.

—Me gusta cuidar de mi Macho —le dije echando una mirada a Tom, el que todavía suspiraba con una ligera sonrisa en los labios y las manos tras la cabeza.

—Sí, eso parece —afirmó él—. Llámame en cuanto puedas, Bill. Tengo algo que proponerte.

—Bien —respondí, colgando y dejando el teléfono sobre la cama.

—¿Vamos al Sweet o al Coffe Velvet? —me preguntó el lobo, entreabriendo tan solo un ojo para mirarme.

—Sweet —respondí sin más, tirando de las mantas para taparnos un poco y cerrar los ojos. Todo apestaba a Tom y había un calor demasiado agradable en la cama para pensar si quiera en levantarse todavía. Si me había condenado a mí mismo a cuidar del lobo pelirrojo el resto de mi vida, al menos iba a disfrutarlo.

Tom me dejó veinte buenos minutos, hasta que volvió a despertarme con un ronroneo y una caricia en la espalda. Me llevó al baño para darnos una ducha y salió en busca de la ropa para que no me cogiera el frío después de estar bajo el agua caliente. 

Una vez listos, fuimos a buscar las chaquetas y las llaves sobre el taburete verde para salir de casa. El Sweet era una de esas cafeterías que parecían más bien librerías que servían café y bollos. Pedí una montaña de muffins para él y un sándwich para mí, nos lo llevamos a la mesa de siempre al lado de la ventana y le dediqué un corte de manga a un imbécil con portátil que se había quedado petrificado al vernos allí. Pero lo hice con una sonrisa, porque el hombre le había dado un repaso a mi lobo de arriba abajo mientras tomaba una buena bocanada de aire, tratando de aspirar su Olor a Macho entre el aroma a café recién hecho y bollería. Tom, por supuesto, no se había dado cuenta, solo se había sentado antes de sacar el teléfono y empezar a meterse muffins en la boca como un animal.

—Hola, Gustav, ¿de qué querías háblame? —le pregunté al Alfa.

—¿Ya no tienes nada metido por el culo, Bill?

—No, ya no, pero date prisa, quizá lo tenga en una hora antes de ir al trabajo. 

Se oyó un bufido al otro lado de la línea y, tras una respiración, continuó:

—Supongo que Tom te habrá hablado de Nick, el Primer SubAlfa.

—Me suena el nombre, sí —murmuré. 

Por supuesto que Tom me lo había contado todo, pero eso no era algo que Gustav necesitara saber—. Creo que le vi en la fiesta.

—Tengo entendido que tienes una gran experiencia con jóvenes problemáticos. Tom me ha dicho que has estado en varios reformatorios…

—¿Eso te ha dicho? —pregunté, mirando a mi lobo con una expresión seria que hizo saltar todas sus alarmas.

Tom se quedó con la boca y la barba pelirroja llena de migas, muy quieto y encogido en una postura de tensión. «Te quiero…», susurró, como si con eso pudiera apaliar mi inminente enfado.

—Tom habla mucho… —dije, pero tomé una bocanada y cerré los ojos antes de preguntar—. ¿Nick te está dando problemas, Gustav?

—Unos pocos… —respondió en voz baja—. ¿Por qué no vienes a mi despacho y lo hablamos en persona? Está al lado del Refugio, en la última planta del edificio de oficinas en la que hicimos la fiesta de Halloween.

Miré por la ventana, hacia la lluvia y la luz plomiza que lo bañaba todo.

—Bien… —murmuré, aunque, por alguna razón, no estaba demasiado entusiasmado por la idea—. Iré esta noche. —El Alfa se despidió con un breve «de acuerdo» y colgó—. ¿Por qué mierda le andas a contar a Gustav nada de mi vida, Tom? —le pregunté al lobo.

Él tragó el medio muffin que se había metido en la boca y ayudó a bajarlo con dos tragos de café antes de responder:

—Escucha, Bill, eres un hombre muy astuto y…

—Tom… —eso fue una advertencia, la primera y última que le daría.

—Vale —asintió lentamente—. Cuando Gustav me dijo que Nick podría ser problemático, le hablé de que tú tenías experiencia en ese campo. Has ayudado muchísimo a Jack, quizá también pudieras ayudar a Nick…

—¿Ahora soy una jodida hermanita de la caridad, Tom? ¿Crees que voy a ir por ahí solucionando los problemas de la gente?

—No, Bill… —bajó la mirada y se tomó un momento antes de añadir—: pero me gustaría mucho que ayudaras a la Manada…

—Ah… Así que yo no voy a ser de esos compañeros que solo se dedican a cobrar el dinero y chuparle la verga a su lobo. Yo tengo que hacer cosas… Claro…

Tom me miró con su expresión seria y ladeó el rostro, lo que quería decir que no le gustaba lo que estaba oyendo.

—Bill, tú vales mucho más que eso. Siempre me has dado muy buenos consejos y estoy seguro de que también podrías dárselos a Gustav. A veces le da muchas vueltas a las cosas y necesita una perspectiva más clara y directa como la tuya — alargó la mano por la mesa y rodeó la mía con cariño—. No te enfades y te quejes porque piense que podrías aportar muchísimo a la Manada.

—Me enfado porque todavía no he cobrado mi sueldo de compañero, y temo que no sea suficiente dinero para todos esos «buenos consejos» que doy. Quizá Gustav debería darme un extra por ellos.

Tom terminó poniendo los ojos en blanco, negando con la cabeza y mirando por la ventana.

—No es un sueldo, es tú dinero de compañero, Bill… —repitió—. Y, por favor, no le pidas dinero a Gustav. Lo digo en serio —volvió a mirarme con sus ojos de chocolate—. La Manada no paga ni cobra, Bill.

No dije nada, me limité a pasarme la lengua por los dientes y a quedarme con los parpados caídos. 

Cuando esa noche fui a hablar con Gustav a su despacho, que, por cierto, olía terriblemente fuerte y agrio, lo primero que le dije fue:

—Gustav, creo que tú y yo nos entendemos bien. No hemos hablado demasiado, pero he percibido una conexión rápida entre nosotros. No me importa ayudar, porque la Manada ha sido buena conmigo y quiero mucho a Tom, pero soy esa clase de hombre al que le gusta sentirse querido y recompensado por sus esfuerzos, ¿lo entiendes?

El Alfa se quedó un momento en silencio, se inclinó sobre su sillón y terminó por asentir lentamente.

—Por supuesto. Yo soy muy generoso con aquellos que me ayudan, Bill, me gusta darle a cada uno lo que se merece. Lo bueno y lo malo…

—Entonces sí que nos entendemos bien —dije, recostándome un poco en la silla—. Entonces, dime, ¿qué pasa con ese Nick?

Diría que ahí empezó mi trabajo como consejero del Alfa. No fue algo oficial hasta mucho tiempo después, pero, por el momento, Gustav cumplió su promesa y «solo por comodidad», me ofreció un trabajo administrativo en el edificio de oficinas. Al principio estuve a punto de negarme, pero le di un voto de confianza al Alfa y acepté. 

Resultó que aquel trabajo solo era una mala excusa para tenerme cerca y que «mis tareas administrativas» se limitaban a encender el ordenador y mirar YouTube hasta aburrirme. Incluso me había preparado una habitación para mi solo, con sofá, mini nevera, un escritorio a un lado y calefactor para cuando hiciera frío. Tom arqueó bastante las cejas al ver aquello, pero enseguida sonrió y se trajo una de sus mantas de la Guarida para dejarla en el sofá. No dijo nada, pero yo sabía que solo lo había hecho para dejar su Olor a Macho allí; como si los polvos que echamos sobre el sofá no fuera suficientes.

La cosa se complicó un poco cuando empezaron a llegar otros lobos, atraídos por el alcohol gratis, el calor y la comodidad. 

Entonces David nos regaló un letrerito para colgar en el pomo de la puerta donde ponía: «No pasar».

—No quiero volver a verlos cogiendo en mi vida —nos dijo con tono serio.

—Eso fue culpa tuya por no llamar antes —replicó Tom desde el sofá, donde prácticamente se pasaba la noche cuando no tenía que ir al Puerto.

—Esto es de la Manada, no tu «Segunda Guarida», Tom —insistió David.

—Fue tu culpa por no llamar —repetí, apoyando a mi lobo, porque tenía razón—. Pero gracias por el cartel, lo pondremos siempre…

Y eso hicimos. El propio Tom se encargaba de darle la vuelta antes y después del sexo; pero eso no evitaba que la oficina apestara a verga de lobo pelirrojo porque a él le seguía encantando tomarse su tiempo para manchar todo lo posible. Al menos teníamos la delicadeza de tener ropa de repuesto para cambiarnos y hacerlo sobre la manta, que quitábamos antes de que los demás lobos volvieran. El Beta pelirrojo siempre entraba en la oficina, aspiraba el aire y ronroneaba, encantado de lo muchísimo que apestaba a él. Entonces se desnudaba directamente y me abrazaba; a veces para manchar un poco más y a veces solo por placer. Él era el único que se podía desnudar allí y, de alguna forma, creo que lo usaba como una marca distintiva para el resto de Machos. Ni siquiera se vestía cuando llegaba el resto, solo se ponía la manta por encima o me usaba a mí, sin pudor alguno.

Como el sexo era algo más que común entre ellos, ninguno dijo nada al respecto. Siguieron viniendo. Al final, trajeron sus propios asientos, llenando la oficina y apartando incluso el escritorio que nadie usaba, solo para dejar la televisión allí y poder ver películas y partidos mientras bebían y comían gratis. Para cuando llegó Navidad, mi oficina ya se había convertido en una especie de Madriguera para Machos Solteros.

Fue un momento bastante tranquilo y feliz. Tom y yo pasábamos casi todo el tiempo juntos, Gustav me llamaba de tanto en tanto para comentarme alguna cosa y el problema con Nick estaba cada vez más bajo control. Resultó que el joven solo estaba un poco perdido y era un cabrón orgulloso. Solo tuve que hablar con él e invitarle a la oficina para que se serenara un poco; todavía daba problemas, pero al menos ya no se ponía como una fiera cuando se lo echaba en cara.

En la cena de Navidad incluso le regalé un zippo que le encantó, como la ropa interior de Linda que Gustav celebró con un leve ronroneo bajo, dedicándome una mirada y una leve sonrisa. Resultó que el Alfa y yo acabamos siendo buenos amigos, o, al menos, dos hombres que se entendían tan bien que a veces daba miedo. Ambos éramos unos cabrones retorcidos, pero nos preocupábamos por la Manada y no teníamos problema a la hora de discutir planes o tomar decisiones conjuntas. 

La única gran crisis que surgió fue en enero, cuando raptaron a Linda. Fueron momentos difíciles, sin duda. No quiero decir que fuera culpa mía por decirle a Jack que fuera a ver la exposición del museo, pero quizá las cosas hubieran sido diferentes si no lo hubiera hecho.

 Gustav se volvió loco, tuve que interponerme para que no saliera como un imbécil por los Medianoche. Esperamos a que Jack se recuperara y después atacamos a los Aullido, los verdaderos culpables del rapto. Por supuesto, tuve que detener a Gustav para que no fuera solo en una misión suicida al bar de carretera. Cuando llamé a Tom para advertirle, acudió a toda prisa desde el puerto con todos los Machos que pudo. Al verme en el local con la asustada compañera, se acercó a grandes pasos y se interpuso para protegerme, gruñendo a los Aullido.

Creímos que ese sería el final, pero Nick cometió un grave error y capturó a la compañera de un SubAlfa de los Aullido. No les voy a aburrir con los pormenores de una Guerra, pero digamos que gracias a mí conseguimos engañar a los Medianoche para que se enfrentaran a la Manada de Bremerton; una lucha que les desgastó hasta el límite en el que Gustav decidió atacarlos para hacerse con el control de todo el Territorio.

Fue una noche dura, pero Tom no paraba de enviarme mensajes rápidos con breve información de dónde estaba y lo que hacían. Yo les leía sin parar fumando en la entrada del edificio, sintiendo una vibración en el pecho cada vez que recibía uno nuevo. Cuando los lobos empezaron a regresar, Tom me confirmó que ya habían ganado y que todo había salido bien, a excepción de la gran explosión de un almacén en la que Nick y otros machos habían muerto.

 La Guerra era peligrosa y, aunque lo hubiéramos tratado de planear todo, ocurrían imprevistos como aquel. Sentí una profunda pena por el joven, pero al menos mi lobo estaba vivo y había vuelto con tan solo un par de rasguños y una amplia sonrisa en el rostro. Tras aquello y el funeral de los caídos. Gustav decidió darle el control de Tacoma a Tom, dedicándome una breve llamada para decirme que, esperaba, pudiéramos seguir charlando a menudo si la situación lo requería. Respondí con un simple: «Claro, Gustav, sin problema» y me fui con mi lobo a Tacoma.

 Buscar un apartamento decente en la zona no fue complicado, caro, pero no complicado. De todas formas, yo cobraba muchísimo dinero de la Manada porque el Alfa sabía cuidar de sus valiosos activos como yo. Terminamos cambiando de Guarida a una casa colonial de ladrillo rojo con jardín y tres habitaciones en la planta superior. Si alguna vez me hubiera imaginado que acabaría en un lugar así, debía estar demasiado drogado para pensar con claridad; aunque, siendo sinceros, tampoco me había imaginado jamás acabar con un lobo pelirrojo que me llenara la casa de putas figuritas y estanterías con películas y series.

Así que se podría decir que la vida daba muchas vueltas.

F I N

Y aquí termina este especial, con el ship de Bill x Beta. Nos queda un especial más, a estar atentos a la publicación. Gracias a todos por la visita. Están invitados a comentar 😉

por TollWriter

Escritora del Fandom

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

error: Content is protected !!