Humano Extra 4

Fic Toll de TollWriter

89 Extra: Tim: El novato

Tras otro día repartiendo mierdas con Luka, al fin es viernes. Me levanto de la cama y me visto, sintiendo un latido rápido y profundo en mi pecho. Me obligo a tomar una profunda bocanada antes de salir de la habitación, necesito relajarme y tomármelo con calma. Iba a pasar sí o sí, solo tenía que esperar un poco más… 

El sol todavía está cayendo por el horizonte cuando bajo a la cocina para prepararme un café y fumarme mi cigarro. La cafetera automática ruje con un ronquido grave mientras abro el zippo y enciendo el cigarro. Mi teléfono empieza a vibrar en los pantalones y echo una rápida ojeada. El tonto de Ian no para de mandarme mensajes repletos de emoticonos: berenjenas, plátanos, lenguas, salpicaduras y esos melocotones que parecen culos. Sonrío, pero no le doy el placer de reconocerlo y solo contesto con un simple: «madura».

Cuando el café está listo, me muevo a la nevera y cojo la leche fría para verterla en la taza, templando la bebida lo suficiente para que no tenga que esperar para beber. Entonces un sonido a mis espaldas me distrae, pesados pasos acompañados de un fuerte olor que no tardo ni un segundo en reconocer.

—Tom —le saludo con un cabeceo.

El Primer SubAlfa me mira con sus ojos amarillentos y responde de la misma forma, cargando su cubo de tupper hacia la mesa para dejarlo allí.

—Primera noche de Tim en el Luna Llena —me dice con su voz grave y lenta—. Bien.

—Gracias —respondo, aunque solo lo hago porque no sé qué más decirle.

Él y yo no tenemos mucho contacto, no desde que me convertí en lobato. Después de todo, Tom pertenece a otra generación y no se trata mucho con los jóvenes y, aunque lo hiciera, es… un Macho especial. Digamos que no es la clase de persona capaz de mantener una conversación más allá de cuatro temas básicos: comida, bricolaje, plantas y Bill; su compañero. Así que elijo uno de esos temas para no mantener un silencio incómodo mientras me bebo el café.

—¿Te lo ha dicho Bill? Lo de hoy, digo.

—Sí.

Asiento lentamente y le doy una calada al cigarro.

—Bill cree que Tim va a tener a muchos humanos porque es muy guapo y viste como un cabrón muy sexy —me dice.

Arqueo una ceja y me quedo con los labios entreabiertos, sorprendido, sin duda, de oír aquello.

—¿Eso dijo? —se me escapa una leve sonrisa que trato de ocultar bebiendo café. Tom asiente con un cabeceo rápido y decidido.

—Y Bill aseguró a Tom que no lo decía solo porque Tim sea su cachorro.

—Amh… —murmuro mientras alzo la cabeza y hincho un poco el pecho con orgullo.

Sé que Bill jamás diría algo que no pensara realmente, lo que convierte sus halagos en algo especialmente valioso y significativo. 

Quiero sacar más información a Tom, quizá algo más detallado que me haga sentir incluso mejor, pero antes de que empiece a hablar, unos pasos y una charla baja nos interrumpen desde el pasillo. Yone y Kov entran en la cocina y nos saludan a ambos, primero a Tom y después a mí.

—¿Son chuletas eso que traes en el tupper, Tom? —le pregunta Yone—. ¿Nos das un poco?

El SubAlfa gruñe a forma de advertencia y se acerca a su cubo de tupper como si estuviera dispuesto a defenderlo con uñas y dientes si fuera necesario. Es solo una broma sin malicia, por supuesto, nadie se atrevería a quitarle comida a Tom; ni siquiera los lobatos. Yone y Kov se ríen y van directos a prepararse un café, obligándome a apartarme un poco para dejarles espacio. Otros tres Machos no tardan en llegar poco después, repitiendo los saludos e incluso la pequeña broma sobre la comida, hasta que Tom recoge el cubo bajo el brazo y se marcha entre gruñidos.

—Tom se va —anuncia.

—Ojalá encuentre algún día a un humano que me cebe tanto como Bill ceba a Tom —dice Kov con una taza en la mano y la cadera apoyada en la encimera de la cocina.

—Eso va a ser difícil —responde Yone a su lado, llenando la sopera que usaba de tazón con cereales infantiles—. Y más con los humanos que eliges. Están tan delgados que deberías ser tú quien les da de comer.

—Oh… y les doy de comer, te lo aseguro…

Yone se ríe y coge el cartón de leche para bañar los cereales.

—¿Vas a esperar a esa humana, La Gritona? La semana pasada te juro que creo que oí a los perros del vecindario ladrando cuando empezó a chillar tan agudo.

—Sí, quizá, aunque depende de si aparece Marko. Quiero ir a su casa.

—Ey, Kov —le llama Gabi—. Si no vas a estar con La Gritona, avísame. He apostado con Paul que podría hacerla chillar tan alto que rompa los cristales —y se ríe.

Todos se ríen, todos menos yo, porque percibo la creciente excitación en el aire. Es un olor denso y cálido, salado, a sudor, entrepierna y líquido preseminal. Necesito salir de allí, porque se me pone tan dura debajo del pantalón que hasta me duele. Ninguno dice nada cuando me ven dar firmes pasos hacia el pasillo, cigarro en boca y con la taza de café en la mano, solo sonríen, quizá recordando vagamente su primera noche de Club y lo caliente que estaban.

Aquello no es extraño para un viernes. Las cosas se calienten muy rápido, los Machos hablan de los humanos, anécdotas, se ríen y empiezan a alimentar ese ciclo de excitación que terminaría a altas horas de la mañana tras una noche de sexo y baile. Y a mí me encantaría participar, formar parte del grupo, pero la situación me supera. Por el momento, prefiero alejarme lo más posible de esa lujuria compartida.

Salgo a la calle, al frescor de la húmeda noche de lluvia. Tomo una buena bocanada y suelto el aire entre los labios, recolocándome como puedo la verga dentro del pantalón. Entonces oigo una leve carcajada y giro el rostro para ver a Urko, fumando con el hombro apoyado en la pared. El viento sopla en dirección contraria y no he podido olerle. Sé que me ha visto manoseándome, pero no me da ninguna vergüenza estar tan empalmado porque es algo totalmente natural.

—Tranquilo, Tim, ya falta poco —me dice.

—Lo sé —respondo sin más.

—¿Te has…? —no termina la pregunta, solo se lleva la mano a la entrepierna y finge que se masturba.

—No —niego en un tono algo más cortante—. Ya estoy cansado de hacerlo.

—Nunca viene mal si la cosa es urgente —me dice con calma, encogiéndose ligeramente de hombros antes de mirar al frente y fumar.

—Los Machos no lo hacen, se lo hacen.

Urko suelta el humo del tabaco de un golpe seco debido al golpe de risa, entonces se limpia los labios y me mira por el borde de los ojos. No es mucho más mayor que yo, quizá de la misma generación que Ian. Habíamos compartido la misma habitación hasta que le habían dado la suya propia, pero eso no significaba nada ahora, cuando ambos éramos adultos.

—Te voy a contar el secreto de los Machos, Tim —murmura en un tono más bajo—. Hacemos lo que queremos. —Se aparta de la pared y se acerca a mí hasta quedar casi pegado, una señal de intimidad y confianza. El Macho Común me está pidiendo sin palabras que le ofrezca una leve amistad, lo que yo acepto al pegar mi hombro un poco más contra el suyo—. Escucha —me dice, mirando al frente y dándole otra calada a su cigarro—, cuando eres un lobato piensas: «Oh, joder, cuando tenga humanos no voy a volver a tocarme en la puta vida», pero lo cierto es que te la sigues pelando igualmente. No —me detiene, consciente de que voy a decir algo—, no quiero decir que lo hagas tanto como antes, pero a veces estás caliente y no tienes tiempo para ir a ver a tus humanos. O puede que sea viernes, la Manada esté excitada y quieres liberar un poco de tensión antes de ir al Luna Llena —me explica, señalando a nuestras espaldas con el dedo gordo.

—Los… —me detengo. No sé si estoy confuso o sorprendido, pero me cuesta preguntar—: ¿Los demás lo hacen?

—Todos lo hacemos, Tim —me asegura con una mirada firme de sus ojos negros.

Entreabro los labios, pero no sale ninguna palabra de entre ellos. Entonces escucho un bocinazo y un precioso todoterreno Land Rover se detiene frente a la entrada del Refugio. Ambos nos giramos para mirarlo y vemos a Ian bajando la ventanilla del copiloto con su enorme sonrisa.

—¡Vamos, Tim! —me dice—. ¡Es hora del Luna Llena!

Frunzo el ceño y doy un paso, pero me doy cuenta de que aún tengo la taza de café con leche en la mano y el cigarro apagado en la otra. No sé qué hacer con ellos hasta que Urko se ofrece a quedarse con la taza, deseándome una buena noche con una fina sonrisa. Le doy las gracias y me llevo el cigarro a los labios para encenderlo de nuevo.

—¿Qué mierdas haces aquí? —le pregunto a Ian nada más abrir la puerta.

—He venido a recogerte —responde él sin preocuparse lo más mínimo de mi tono cortante y mi expresión seria—. Vamos, demonios, ¡estoy impaciente!

Chasqueo la lengua y subo, cerrando la puerta de un leve portazo.

—Oh… —jadea él, moviendo la cadera y resoplando antes de agitar la cabeza, revolviendo su melena negra como el betún.

—Rayos… —murmuro, apartando el rostro hacia un lado—. ¿En serio, Ian?

Él se ríe y pisa el acelerador. En su entrepierna hay un enorme bulto carnoso y grueso que tensa la tela del chándal, incluso más de lo habitual. Ha olido mi excitación y eso le ha puesto caliente, y como él está tan caliente, a mí se pone como un puto bloque de cemento en el pantalón.

—Disfrutar de la Manada es parte de la diversión, Tim —me asegura.

—Eso es fácil de decir cuando tienes a ocho putos humanos, Ian —respondo en un tono algo duro. La frustración me está empezando a afectar y la incómoda humedad viscosa que me empapa la entrepierna no hace nada por mejorarlo.

Ian me mira un momento por el borde de los ojos y frunce ligeramente el ceño. Aparta una mano del volante para ponerla en mi hombro y lo aprieta ligeramente.

—Relájate, Tim —me dice—. Déjate llevar… no luches contra ello. Esta noche es solo para divertirse.

Un gruñido grave me brota de lo profundo de la garganta.

—¿Tú te sigues tocando, Ian? —le pregunto.

—Claro —responde con total naturalidad—. Bueno, con María en el bar y Jonny en la gasolinera de al lado de la Madriguera, la verdad es que no tengo ningún problema en vaciarme los huevos cuando tengo un calentón; pero, sí, antes de eso puede que una noche tonta me lo hiciera en el despacho.

—No me lo habías dicho —digo, girando el rostro hacia él.

—Claro que no. Eras solo un lobato.

Me quedo callado, tratando de procesar aquel nuevo descubrimiento y empezando a entrever lo poco que realmente sé de la vida de Macho Adulto.

—Creía que solo los lobatos lo hacían —reconozco en voz más baja.

—Pff —bufa Ian, levantando su mano desde mi hombro a mi pelo para revolverlo un poco—. No seas tonto, Tim. ¿Te crees que todos los chicos tienen tiempo a visitar a sus humanos cada día? O, peor, que vayas a verles y resulta que no estén en casa… Oh, eso es una mierda, ya lo veras…

—Entonces, ¿miras porno como antes y ya está?

—No, no tienes por qué. Puedes tener un poco de sexting… —sonríe como un tonto y mueve las cejas arriba y abajo repetidas veces—. Los humanos te mandan fotos, vídeos, audios… ya sabes. Los míos lo hacen, ¿quieres verlos? —pregunta, dispuesto a ofrecerme el teléfono sin dudarlo.

Tras solo dos segundos en silencio, respondo:

—Sí.

Ian se ríe y busca el teléfono en su bolsillo para, sin apartar demasiado la vista de la carretera, desbloquear la pantalla y entrar en la galería de fotos. Cuando me lo da, está lleno de imágenes y vídeos de desnudos. Empiezo a respirar más lentamente, sintiendo un calor que me atraviesa el abdomen directo a mi entrepierna.

—Mierda… —murmuro, deslizando el dedo hacia arriba para comprobar que aquello seguía y seguía.

—Yo no los borro, por eso tengo tantos —me explica—. Pero la mayoría son de humanos que ya no visito.

Pulso uno de los vídeos y entonces el todoterreno se llena de un gemido incesante, mezclado con jadeos y una respiración entrecortada mientras en la pantalla, una preciosa rubia se masturba con los dedos.

—Ojalá me lo comieras ahora mismo, Ian… —dice antes de apretar la cabeza contra la almohada y gemir más alto.

—Ah, Sophia, sí… —la reconoce el SubAlfa, pero pone una mueca de nariz arrugada—. Pasamos el Celo juntos y la visitaba a menudo, pero de un día para otro desapareció. Me jodió un poco, la verdad. Me montaba como una puta gata salvaje y me daba bastante comida.

Quiero preguntar qué significa eso de que «desapareció», pero ahora mismo mi mente está nublada y me cuesta pensar con racionalidad. Estoy empapado y el corazón me late deprisa mientras aquella preciosa mujer alcanza el orgasmo frente a la cámara de su teléfono. Gime muy alto y, con una expresión inocente de niña buena, se lame los dedos empapados con los que se ha estado tocando. Se me escapa un jadeo y miro al techo, tragando saliva y cerrando los ojos.

—¿Te ha gustado, eh? —sonríe Ian.

Su cuerpo reacciona al mío, produciendo un abundante líquido preseminal que le moja el chándal gris con una mancha oscura y pegajosa; continuando con aquel bucle de excitación entre nosotros, que solo se hace más y más grande y fuerte por momentos.

—No eres el único, cuando se lo enseñé a los chicos, también se pusieron como perros hambrientos —me dice como si nada.

Al contrario que yo, él es capaz de filtrar todo lo que está pasando, el olor denso y toda aquella lujuria contenida. Tengo que abrir la ventanilla e inclinar la cabeza para tomar un poco de aire, sintiendo el frescor de la noche y la fina lluvia sobre mi piel empapada en sudor.

—Oye, Tim, ¿estás bien? —me pregunta con preocupación.

—No. Estoy a punto de correrme tan fuerte que voy a atravesar el parabrisas. 

Ian se ríe, pero yo no estoy bromeando, no del todo.

—Vale, tranquilo, Tim —dice—. No eres el primero que se corre en los pantalones antes de que empiece la noche. A mí me pasó una vez —vuelve a reírse—. Milo estaba contando una historia de lo que uno de sus humanos le había hecho y me puse tan caliente que me corrí solo con la fricción del chándal.

—¿Qué? —jadeo, mirándole como si no fuera él, sino un Ian diferente, un completo desconocido—. ¿Te corriste en los pantalones como un lobato?

—Sí —afirma, encogiéndose de hombros—. También era una de mis primeras veces, no tenía humanos todavía que cogerme entre semana y la verdad es que Milo tiene un don para describir guarradas.

—¿Y nadie dijo nada? —insisto.

—Tim… —murmura, mirándome con una levísima sonrisa—. Es viernes y es el Luna Llena. Nada de lo que pase allí va a importar, a no ser que te pelees con algún Macho o dejes en evidencia a la Manada. Quedará como una anécdota tonta que quizá usen contra ti, pero solo en la intimidad. Hay cientos de ellas — me asegura mientras pone los ojos en blanco—. Tú no sabías nada porque, evidentemente, no es algo que se cuente a los putos lobatos. Los conoces, sabes lo que pasaría si lo supieran…

Tras un par de segundos, asiento lentamente. Si lo lobatos lo supieran, se convertirían en jodidos monstruos, incluso más de lo que ya eran, quiero decir. Lo que diferenciaba a los Machos era que, en teoría, tenían control de sus impulso, algo que, al parecer, no era del todo cierto.

—Llevo sin tocarme toda la puta semana creyendo que sería humillante —le confieso.

—¡¿Qué?! —Ian me mira muy sorprendido y entonces frunce el ceño al máximo, con la mala suerte de que casi se salta un semáforo en rojo y atropellamos a una pareja de humanos que cruzaba.

El hombre nos grita y nos hace un corte de manga, pero Ian solo tiene que sacar la cabeza para que le vea bien y gruñir hasta que se caga encima y sale a paso rápido con su mujer. Entonces vuelve a mirarme y niega.

—Tim, tienes que contarle esto a los chicos —me pide con tono serio—. Van a sorprenderse mucho…

—Que te jodan —respondo, recostándome en el asiento, lo que hace el terrible bulto de mis pantalones manchados todavía más evidente—. No me dijiste nada… 

Ian no responde a eso, solo sigue sonriendo y alarga la mano hacia la parte trasera de mi asiento, de donde saca una caja de madera. Me la entrega y le doy una vuelta antes de deslizar la tapa. Son puritos largos. Saco dos y le entrego uno antes de poner el mío en los labios y encenderlo con mi zippo.

—Te aconsejo que la semana que viene traigas un pantalón de repuesto —me dice.

No hablamos mucho más los siguientes cinco minutos que tardamos en llegar al edificio de parking donde habitualmente los Machos dejaban el auto. Pertenece a la Manada, así que hay una planta reservada y nadie hace preguntas. El Luna Llena está casi al lado, girando hacia una calle secundaria. Aun con lo que llueve y lo temprano que es, ya hay una cola de humanos siguiendo la alfombra roja que cubre el suelo. Pasamos por delante sin prestarles la más mínima atención y uno de los portero abre el cordón de seguridad, dedicándonos un saludo excesivamente remilgado.

Es mi primera vez en el local y estoy muy nervioso, fumando mi purito, tratando de fingir que es solo otra noche más de mi vida; una de tantas. Ian me da un golpe en la espalda y me rodea los hombros, no dice nada, solo me guía de una forma discreta hacia las escaleras en un extremo. El lugar es enorme, quizá el doble de grande que el Luna Nueva. La luz es suave y la música lo suficiente baja para poder mantener una conversación a un volumen normal. 

En la parte superior hay otro cordón de seguridad, pero todavía no hay portero alguno allí, ya que el Club todavía no ha abierto al público. Lo que llama mi atención, sin embargo, es la figura a tamaño real de un hombre lobo; al menos, lo que las películas de terror y el imaginario humano entendía por un licántropo. Cubierto de pelo, con dientes afilados y amenazantes, ojos rojos, largas garras acechantes y, lo más curioso, una enorme polla colgando.

—Ese es Pipo —me explica Ian—. A los humanos les encanta, siempre se sacan un montón de fotos con él.

Asiento, echando una última ojeada a la figura, casi tan grande como nosotros. A parte de aquello, el segundo piso es bastante normal, como el que podría encontrarse en la parte VIP de cualquier discoteca o club de lujo. Está lleno de elegantes sillones de cuero negro en semicírculo, con sus propias mesas y sitio de sobra para más de ocho o nueve personas. La luz es más baja allí, de un color azulado y magenta, cubriendo el lugar de cierto misterio. También huele más fuerte, la familiar y tranquilizante peste de la Manada, pero mezclada con algo más, algo denso y penetrante. Procede de los sofás, de las paredes cubiertas con papel pintado fingiendo que es un bosque nocturno, incluso del suelo de moqueta negra… Es el olor acumulado tras cientos de noches, cientos de humanos excitados y cientos de lobos sedientos de sexo.

—Bienvenido al Luna Llena —susurra Ian en mi oído, apretándome un poco más contra él.

Me dejo guiar como un niño pequeño, demasiado aturdido como para pararme a pensar por mí mismo. El SubAlfa me lleva hacia casi el final de la sala, saludando por el camino a varios grupos de Machos repartidos por el lugar. No se detiene hasta alcanzar su propio sofá, un poco más grande que el resto, al igual que el mío, adyacente al suyo. Oigo que me dice algo y me sonríe, pero no consigo que las palabras atraviesen la densa bruma que me cubre la mente.

Nos sentamos y un grupo cercano de Machos se nos une. Reconozco sus rostros, la mayoría son chicos de Ian, aunque también hay algunos de la ciudad. Me saludan y sonríen. No hacen referencia alguna a lo empalmado que estoy o a mi pantalón manchado. 

Todos están visiblemente calientes, apestando a sudor y líquido preseminal. Algunos incluso se manosean un poco, impacientes por que la noche empiece.

Solo puedo quedarme parado, recostado en el sillón, completamente rodeado por ellos. Hablan y beben un poco, me invitan a una copa y la acepto sin dudarlo. Se ríen. Tratan de incluirme en la conversación, pero no necesitan ni mirarme para saber que estoy a punto de explotar. No les importa. La conversación solo gira alrededor de un tema: sexo. Alb es el primero en sacar su teléfono y enseñarnos el nuevo vídeo que uno de sus humanos le ha enviado. Todos lo miran, algunos con más interés que otros. Discuten sobre él y, al final, casi se convierte en una competición para ver quien tiene el vídeo más sórdido o quien la mejor anécdota. 

Ian y yo ya no somos los únicos con el pantalón empapado, ni de lejos. El SubAlfa tenía razón, allí, en el Luna Llena, parecía no importar en absoluto la pérdida de auto-control. No se llegan a comportar como lobatos, pero hay una clara dejadez. 

Cuando entiendo aquello, empiezo a relajarme, a realmente disfrutar esa excitación compartida. Jadeo y me humedezco los labios secos. Pierdo el control cuando Lepard describe con todo lujo de detalles como uno de sus humanos le estaba esperando en casa, totalmente desnudo, a cuatro patas en la cama y esposado al cabecero. Entonces aprieto los dientes y siento un calor que me invade el pecho antes de apretar los dientes y correrme debido a la fricción con el pantalón.

Todos se dan cuenta, por supuesto, pueden olerlo casi al instante. Y, de pronto, empiezan a aplaudir y a victorearme, como si lo estuvieran celebrando. Me dan apretones en los hombros, leves bofetadas en el rostro sudado y me revuelven el pelo. Yo solo puedo tratar de seguir respirando, acalorado y abrumado por todo lo que estaba experimentando. Me he corrido, pero eso no va a conseguir bajarme el calentón. Todavía tengo mucho más de donde ha salido eso. Muchísimo más. 

Sin darme cuenta, llega el momento. Los chicos empiezan a marcharse a sus sofás e Ian llama mi atención para que haga lo mismo. Me guiña un ojo y dice algo, pero, una vez más, no consigo saber el qué. 

Me dirijo a mi sofá y me dejo caer, agitando la cabeza en un fútil intento por serenarme. Los humanos llegan, la música se hace más alta y las luces, más bajas. Recuesto la cabeza en el respaldo de mi sillón y cierro un momento los ojos, para cuando los abro, ya hay una cantidad significativa de personas allí. Una mujer se dirige directa hacia mí. 

Me mira de arriba abajo en la distancia y se muerde el labio inferior. Lleva un vestido muy corto de tubo y unos tacones muy largos de aguja.

Esa es la afortunada. No porque me guste especialmente, sino porque ha tenido la suerte de llegar la primera. Me levanto y la agarro de la muñeca, con una seña seca, le digo que vaya hacia los baños. Ella se sorprende, pero le dura poco. 

Sonríe y obedece. La sigo de cerca sin soltar su muñeca y nos metemos en los baños. Con la luz más brillante puedo distinguir las marcas de su cuello y en sus brazos. Sé que no es la primera vez que viene al Club, aunque se haya lavado y no huela especialmente a nada. No es que me importe, solo es algo que sé.

La meto en el primer cubículo y cierro la puerta a mis espaldas. Es demasiado temprano y todavía no hay nadie allí, solo nosotros dos. Miro sus ojos de un azul apagado y gruño un poco, tirando suave pero firmemente de ella para que se siente en el retrete. No me interesa su nombre, ni su trabajo, ni si ha venido sola o con un grupo de amigas. Solo me desabrocho el cinto, me bajo la bragueta y me saco la verga.

Ella jadea y la mira. Respira fuerte y a cada respiración se pone más y más caliente. Puede que haya estado con algún Macho de la Manada, pero seguro que nunca ha estado con un SubAlfa. El olor la abruma, fuerte y penetrante. No solo porque yo apesto más que ningún otro Macho, sino que tengo la entrepierna manchada de corrida y tanto líquido preseminal que me gotea. Coloco la mano en el pelo de la mujer, pero no hago fuerza ni la obliga a acercarse, solo agarro su melena para señalarle que estoy más que preparado para que me la chupe.

Ella parpadea y, con un último jadeo, se acerca a la punta gruesa para lamerla. 

Entonces gime y tiembla un poco. Me agarra del pantalón y lo aprieta, lamiendo más y más hasta que el carmín de sus labios se emborrona y desaparece. 

Un gruñido grave me nace en el pecho y llega a mis labios, terminando por convertirse en un gemido grave y profundo cuando la humana se mete la punta en la boca. O, al menos, lo intenta. Ian no es el único con una verga por encima de la media, incluso para un Macho. Aun así, lo que hace es suficiente para desatar un repentino orgasmo. Me corro apretando los dientes y rugiendo de puro placer. 

La humana se atraganta y tiene que apartarse, es demasiado y sigue saliendo en chorros densos y fuertes. Le mancha el pelo, el escote y su vestido apretado y negro. Sigue sin importarme una mierda. La agarro para levantarla, lo que no es difícil. La humana parece aturdida, tiene las pupilas algo dilatadas, el rostro colorado y jadea sin parar. Le doy la vuelta y, desde sus espaldas, meto una mano en su escote y bajo la otra hacia su entrepierna. Ella gime cuando le aprieto el pecho, bajándole el vestido, pero no tanto como cuando le subo la falda y le froto el clítoris. 

Es entonces cuando empieza a temblar y apretar la cabeza contra mi hombro. Intenta alcanzarme con sus manos, pero no me gusta y la obligo a dejarlas contra la pared. Gruño para dejarle claro que no quiero que me toque, y mucho menos en la cabeza o el cuello. 

Cuando creo que lo entiende, me escupo en la mano y vuelva a frotarla contra su entrepierna.

Le hago unos dedos rápidos, pero no me paro demasiado, solo quiero asegurarme de que tenga el espacio suficiente. Entonces la inclina hacia delante, colocando su cabeza contra la pared negra del cubículo. Ella dice algo, creo que «demonios. Sí, demonios», pero es apenas un gemido mezclado con jadeos y grititos. 

Termino por agarrarla de la melena, darle un buen cachete a su culo pálido y acercar mi verga hasta conseguir meterla. Todo se convierte en un festival de gritos, gemidos y el repetitivo sonido viscoso de mi cadera contra su culo mientras no paro de metérsela una y otra vez sin parar; ni en la tercera, ni en la cuarta, y, mucho menos, en la quinta corrida.

Cuando termino, soltando un gruñido liberador, levanto la cabeza y miro el techo de láminas negras. Estoy tan sudado que la barbilla me gotea y me pica en los ojos, pero me siento mejor que nunca. 

Entonces llega el incómodo calambre, como si los músculos de mi abdomen se contrajeran de forma repentina. Es un tanto incómodo y fuerzo una mueca, pero dura poco, solo hasta que mi verga termina de hincharse como un globo en el interior de la humana. Ella está… aturdida, como mínimo. Sus piernas tiemblan tanto que, la única razón por la que no se desmorona sobre el suelo es porque yo la estoy agarrando. Con cuidado, la pego más contra la pared del cubículo, solo para poder tener las manos libres y frotarme el rostro y el pelo.

No digo nada en lo que dura la inflamación. Recupero el aliento, me relajo, disfruto de ese maravilloso momento de liberación y, pasados los primeros minutos, incluso me saco el tabaco del bolsillo y empiezo a liarme un cigarro. Allí mismo, con la verga hinchada todavía dentro de aquella mujer. Sonrío al darme cuenta. Sin duda es algo que le iba a contar a Ian. Para cuando al fin puedo moverme, me dejo el cigarro en los labios y la saco con cuidado. La humana no reacciona, con los ojos en blanco y los labios entreabiertos. Sé que no le he hecho daño, así que no me preocupo demasiado al subirle el vestido para cubrirle los pechos y bajárselo para cubrirle la entrepierna. Después la dejo sentada en el retrete, me meto la verga en los pantalones, me abrocho el cinturón y me voy.

Me cruzo con un Macho en la entrada, que lleva a otra humana al interior. Nos saludamos con una leve inclinación de cabeza y seguimos adelante. Saco el zippo y me enciendo el cigarro, regresando a la enorme sala, directo a mi sofá. Ya estoy muchísimo mejor que antes. Lo suficiente para que, a partir de ese momento, sea bastante más selectivo con los humanos que me cogo. Sé como me gustan: atractivos, pero con una chispa, un algo que los haga diferentes. Puede ser cualquier cosa. La más tonta, con tal de que llame mi atención.

El siguiente humano que elijo es un hombre que ha tenido los huevos de aparecer en el Club con una camiseta de Los Vengadores y pantalón de chándal. Tiene buen cuerpo y sabe que es demasiado guapo, así que se cree que puede llevar lo que quiera porque va a conseguir un Macho sí o sí. Me gusta su confianza y me gusta que se resista un poco cuando le llevo directo al callejón. Hace la victoria más gratificante cuando no puede resistirse a ponerse de rodillas y chupármela como un completo profesional. Al ser el segundo, me tomo más tiempo. Ya no estoy tan desesperado por meterla y correrme, lo que me permite disfrutar del momento, los olores y los sonidos. Hay algo sórdido y morboso en el callejón y no tardo en entender perfectamente por qué muchos prefieren ir allí en vez de a los baños.

Al terminar con el humano, durante la inflamación, mientras le tengo de cara, apretando sus piernas para mantenerle entre mi cuerpo y la pared de ladrillo, le pregunto su nombre. «Patrik», tartamudea un poco y jadea. Tenía mis dudas de si era su primera vez, pero ahora tengo bastante claro que está sorprendido mucho y que yo soy su primer Macho. Le digo mi nombre y se sorprende un poco, creyendo que es un poco raro. Me encojo de hombros con una expresión indiferente y, cuando termina la inflamación, le digo que puede volver la semana que viene. Si Patrik es listo, volverá, y entonces, tras un par de cogidas, quizá visite su casa y le haga mi humano.

La noche es joven y me tomo un descanso. Me encuentro con Agust y Yone al final del callejón y me fumo un cigarro con ellos. Los tres apestamos a sexo y sudor, charlamos un poco de cómo va la noche, nada importante antes de terminar y volver al interior. Decido tomarme un breve descanso y bailar un poco, después busco a mi tercer humano, una muchacha de pelo corto y gafas metálicas. La encuentro pegada al pasamanos del segundo piso, con una minifalda y una blusa ajustada que no pega nada con su actitud tímida y nerviosa. Se asusta al verme acercarme, balbucea, cree que me molesta y trata de disculparse e irse, pero la detengo y la miro fijamente a los ojos azules. No para de hablar, dice que ha venido con sus amigas de la universidad, pero que es sitio es muy grande y no las encuentra. Me enseña los abrigos que tiene entre sus manos y dice que ella solo ha venido a ver. Por curiosidad…

Sonrío.

Nina jadea muy bajo y me aprieta los brazos con fuerza mientras sus piernas me rodean la cadera como dos pitones. Tiembla entre mis brazos y, cuando termino de correrme la tercera vez, las gafas casi se le han caído por el borde de la nariz. Está completamente colorada, tan aturdida como el resto. No se da cuenta cuando termina la inflamación y la levanto sin ningún problema para recolocar la ropa. Me da las gracias, al menos, lo intenta. Sé que no va a llegar de vuelta al Club si no la ayudo, así que le rodeo la cadera y la acompaño.

—Si vuelves a venir, búscame —susurro en su oído, entregándole de vuelta el bulto de abrigos que he dejado en mi sofá—. Solo por curiosidad…

Me cojo a otros dos humanos antes de que termine la noche, pero no son nada especial. Una chica que había conseguido llamar mi atención con su extraño acento alemán, pero que resultó toda una decepción. 

El sexo estuvo bien, pero resultó ser una estudiante de intercambio. Volvería a Europa terminado el curso, así que no habría posibilidad alguna de convertirla en mi humana. 

El último humano de la noche fue un hombre con monocromía en los ojos: uno azul y el otro de un marrón claro. Tenía un atractivo campestre, cuerpo grande, con la barba desaliñada y el pelo de un rubio apagado. Sonría mucho y eso me gustaba, pero, por desgracia, el sexo fue poco menos que mediocre. Hacía algo raro, como mover la cadera y tratar de meter las manos por debajo de mi camisa casi con desesperación. Como si no se pudiera creer que estuviera cogiendo conmigo y quisiera aprovechar hasta el último instante. Al final de la inflamación, solo le dije un breve «Hasta luego» y me fui con la esperanza de no tener que volver a verlo.

Pasada ya las cinco de la madrugada, el Club cerró y empezó a echar a los humanos hasta que no quedó nadie en la parte alta. Momento en el que los Machos nos volvimos a juntar, cansados y complacidos tras una noche de sexo y diversión. No teníamos la mejor imagen, pero sí el mejor humor. Ian apareció con la camisa de asas rota y no tuve más que arquear la ceja para que me contara la historia. 

No fue el único con algo interesante que decir mientras esperábamos el pedido de pizzas familiares. Ni siquiera me di cuenta de lo hambriento que estaba hasta aquel momento, cuando devoré cinco de esas pizzas sin apenas respirar.

Fue una noche increíble. La primera de muchas…

Continúa…

Gracias por la visita. Quedan algunos capis, a seguir leyendo 😉

por TollWriter

Escritora del Fandom

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