
Fic Toll de TollWriter
87 Extra. Tim: El impasible
Cuando me despierto, lo primero que hago es liarme un cigarro de tabaco con sabor a vainilla y ponérmelo en los labios mientras me visto.
Normalmente soy el primero del grupo en hacerlo, cuando todavía está cayendo el atardecer y aún se percibe algo de luz por las pocas rendijas de las persianas. Camino hacia la puerta, pero antes de salir, recojo un calzón sucio de Tilo que, como siempre y sin importar la de veces que le dijera que aquello era una puta guarrada, había dejado colgado en el picaporte. Lo cojo y me doy la vuelta hacia la litera para metérselo en la boca entreabierta por la que no para de roncar.
—¿Qué mierda…? —se despierta y mueve las manos para tratar de apartarme, pero yo solo se lo hundo con más fuerza y le doy una bofetada seca.
—Como vuelva a ver un puto calzón en la puerta, te lo hago comer, ¿me oyes? — le digo todavía con el cigarro en los labios antes de darle otra bofetada.
Él me insulta y escupe la ropa interior, pero sabe quién soy yo y de lo que soy capaz.
Todos lo saben y por eso yo soy el Alfa. Salgo por la puerta y doy un ruidoso portazo antes de recorrer el pasillo del Territorio Lobato del Refugio en dirección a las escaleras.
Me cruzo con Will el Bigotes y Sam en las cocinas. Ambos me saludan con un breve cabeceo mientras continúan desayunando y yo respondo con el mismo gesto vago y desinteresado. Me acercó a la cafetera y pongo una cápsula de café instantáneo en la máquina antes de sacar mi zippo plateado del bolsillo del vaquero. Doy la primera calada del día, que, para mí, es siempre la mejor. Suelto el aire hacia el techo y me cruzo de brazos a la espera de que el café esté listo.
—Tim —me llama una voz grave a mis espaldas.
—¿Qué? —pregunto sin girarme. Sé quien es, pude olerle en el pasillo y nada más cruzar la entrada de la cocina. Sé que ha venido a dormir al Refugio, pero después de estar con uno de sus humanos, ese que usa champú con olor a manzana.
—El Alfa quiere verte —responde Ron.
—Ahm… —murmuro por lo bajo, recogiendo mi taza de café caliente cuando la máquina termina de prepararlo.
—No me enfades y no me obligues a repetirlo —insiste en un tono más grave y peligroso.
Suelto otra calada de humo con aroma a vainilla y voy hacia una de las neveras para sacar un cartón de leche.
—Te he oído, Ron —respondo con calma, todavía sin dignarme a mirarlo.
—Entonces deberías recordar con quién estás hablando, Tim…
Me doy la vuelta y echo la leche en la taza, enfrentándome a la mirada del Quinto Beta con mi mejor expresión de indiferencia mientras el humo azulado brota de la punta de mi cigarro. La única razón por la que me está tocando los huevos es porque Zain y Loper están delante, así que Ron quiere reafirmar su autoridad conmigo frente a los dos Machos Comunes; pero a mí eso no podría sudarme más la verga.
—Uh… qué miedito me das… —digo antes de encogerme de hombros.
El Beta saca las manos de los bolsillos de su vaquero y aprieta los puños, produciendo una serie de crujidos, a los que yo respondo con la misma actitud indiferente. Me saco el cigarro de los labios, echo el humo a un lado y le doy un sorbo al café templado.
La tensión crece por momentos, interrumpiendo el ambiente cálido de la cocina.
Nuestras miradas no se separan. Ron está decidido a pegarme una última vez si fuera necesario antes de que me convierta oficialmente en un Macho de la Manada. Yo no le caigo bien y a mí él tampoco. Entonces, antes de que se produzca lo inevitable, unos pesados pasos llegan desde el pasillo y una enorme figura se queda parada en la puerta.
Ron se gira y agacha la cabeza, al igual que Loper y Zain.
—Tom —le saludan casi al unísono.
El puto Tom se queda mirándonos con su expresión de tonto, respondiendo con un vago cabeceo a los saludos. Lleva una sudadera negra y abultada, un gorro de lana con pompón en la cabeza y un enorme cubo de tupper repleto de comida bajo el brazo. Da un par de pasos hacia la mesa más cercana y lo deja encima.
—¿Ocurre algo? —pregunta.
—No. Solo le estaba diciendo a Tim que el Alfa quiere verle, pero el lobato se está haciendo el importante, como siempre…
Los ojos amarillentos y anaranjados de Tom recaen sobre mí. Sigue siendo un SubAlfa enorme e intimidante aunque ya tenga numerosas canas en su barba espesa y en las sienes. Es algo así como una reliquia viviente, porque la mayoría de su generación de viejos ya habían dejado las actividades de la Manada hacía tiempo, limitándose a hacer trabajos secundarios y sin importancia; pero él continua a la cabeza del grupo de Machos que hacen las «visitas».
—Tim tiene que ir a ver a Alfa —ordena con su voz grave.
Chasqueó la lengua y miro hacia un lado de la cocina. Odio que me den órdenes, como si yo no supiera lo que tengo que hacer… pero él es el Primer SubAlfa y no tengo otra opción que asentir y agachar un poco la cabeza.
—Sí, Tom —respondo en voz baja.
Sin esperar ni un segundo más, me voy con mi café recién hecho hacia la puerta, fumando otra calada rápida que me aseguro de echar en dirección a Ron antes de desaparecer por el pasillo. Estoy de mal humor y no saludo a los Machos que me encuentro de camino, o fumando en la entrada del Refugio al cubierto de la fina lluvia de primavera. Solo sigo adelante por la acera hasta el edificio contiguo. Antes había sido un bloque de oficinas, pero hacía muchos años que lo habían remodelado para que formara parte del propio Refugio, como un añadido. Algo más que necesario cuando la Manada era tan grande que ya ni cabía en el Hotel.
Aún así, habían reservado una parte de tres pisos, privada. solo para el despacho del Alfa, los archivos y… la Madriguera. No me detengo hasta subir las escaleras, alcanzar el último piso y detenerme frente a la doble puerta de roble del despacho. Llamó con el nudillo un par de veces, pero se oye una fuerte música rock proveniente del interior y sé que no me va a escuchar, por eso abro sin más.
—¿Me has llamado, Nick? —le pregunto con un tono suficiente alto a hacer oír con la música de guitarras y baterías.
El Alfa levanta la mirada de la pantalla plana del ordenador y me dirige un breve saludo a forma de cabeceo rápido. Coge el mando del equipo de música y la detiene, sumergiendo de pronto su despacho en el más profundo silencio.
—Sí, siéntate, Tim, por favor —responde antes de girar el sillón hacia mí.
Dejó la taza de café a medio beber sobre el escritorio y, mientras me acomodo en uno de los asientos frente a su enorme mesa, el Alfa se recuesta y se cruza de brazos, tensando la tela de su camiseta de Tokio Hotel.
Nick todavía es joven, para ser el líder de la Manada, quiero decir. Se había ganado el puesto a los treinta, cuando Gustav decidió retirarse a una casita de Bremerton con Linda. Nick es un Macho muy fuerte y un gran Alfa, tiene el respeto de toda la Manada, pero a veces se escuchaban historias de un pasado no tan brillante donde era un paria y hasta había sido desterrado.
—Ha llegado el momento de hablar de tu futuro y de tu lugar en la Manada, Tim —me dice tras un breve silencio.
Arqueo levemente las cejas con interés y presto mucha más atención a sus palabras, llegando a inclinarme hacia delante para apoyar los codos en las rodillas y sacarme el cigarro de los labios.
—No me digas… —murmuro—. ¿Ya te has dado cuenta de que no hago más que perder el tiempo en ese pozo de miseria que es el Territorio Lobato?
El Alfa asiente y continúa:
—Sí, eso creo, pero me preocupan un par de cosas. Como, por ejemplo, el rango que debería darte. Dime, Tim, ¿qué rango crees que te mereces?
Es una pregunta extraña, pero no dudo en responder:
—SubAlfa.
Nick vuelve a asentir, como si fuera exactamente lo que se esperaba que dijera.
—¿Por qué?
—Si me estás haciendo una entrevista de trabajo, quiero que sepas que no he traído mi currículo.
El Alfa ni se inmuta por mi pequeña broma sarcástica.
—¿Crees que serías un buen SubAlfa, Tim? Es un rango muy importante, repleto de responsabilidades.
—Creo que sería un SubAlfa cojonudo —le aseguro—. Sé contar hasta más de diez, que es más de lo que sabe hacer Tom…
Nick se queda en silencio y continúa mirándome fijamente, pero si está sorprendido o divertido, no da ninguna muestra de ello.
—Tom es un gran SubAlfa —declara—. Ha hecho mucho por la Manada.
Pongo los ojos en blanco y no me queda otra que responder:
—Era broma, Nick. Ya sé que Tom es un gran Macho.
—A veces tu sentido del humor es un poco ofensivo. ¿Lo sabías? Eso también me preocupa, muchos Machos te consideran prepotente y desagradable.
Me encojo de hombros me recuesto en la silla, dejando caer la espalda en una postura cómoda pero poco profesional y elegante.
—Mi humor solo es ofensivo si crees que lo digo en serio —respondo tranquilamente—. Y esos Machos que se ofenden, es porque tienen el ego quebradizo y la verga pequeña.
—Yo creo que el problema es tu actitud. Siempre pareces muy serio, Tim. Indiferente… como si nada ni nadie fuera suficiente bueno para ti.
Fumo otra calada y dejo que el humo azulado me acaricie el rostro y que el silencio se alargue hasta el extremo. Nick no me está diciendo nada que yo no sepa ya.
—Que yo sepa, no está prohibido ser una persona seria —le digo al fin—. A no ser que ahora hagas una nueva norma para que todos sonrían en la Manada, lo cual, si me preguntas, sería bastante aterrador.
—Te lo digo porque, como SubAlfa, se espera de ti que seas capaz de empatizar con tus subalternos, Tim. Nadie quiere seguir a un líder que parece una estatua de hielo y que te mira como si te estuviera juzgando en silencio por todo lo que haces.
Frunzo un poco los labios y miro a un lado, hacia la ventana con vistas a la creciente oscuridad de la calle. Podría decir muchas cosas, podría intentar poner excusas o incluso explicar lo que aquellas palabras me hacen sentir, pero prefiero quedarme en silencio.
—Sé que eres muy fuerte e inteligente, Tim. Aunque tus métodos sean… duros, está claro que son efectivos —reconoce, acentuando esa parte—. Has mantenido a raya a los Lobatos bajo un puño de acero, pero me preocupa que lo que sientan al oír tu nombre sea… miedo. Te respetan solo porque te temen, no porque te consideren un líder. —Se detiene ahí, quizá a la espera de que diga algo, sin embargo, no recibe nada más que silencio de mi parte. Nick toma una profunda bocanada de aire y continúa—: No te digo esto para sermonearte, sino para que entiendas la complicada situación que tengo delante. Quiero darte el rango de SubAlfa, pero temo que no seas capaz de… ofrecer a los Machos el liderazgo, apoyo y confianza que se esperan de sus superiores. ¿Tú crees que podrías? — termina por preguntarme.
—No —murmuro antes de girar el rostro hacia él—. Cuando me haga SubAlfa, montaré una sala de torturas en el sótano y mandaré allí a todos los Machos que se atrevan a hablarme. A los que se crucen en mi camino, les daré latigazos hasta que tengas la espalda ensangrentada y…
—Tim —me detiene Nick con un tono duro y seco—. Es una pregunta seria.
¿Crees que podrías liderar a un grupo de Machos? Había pensado en darte un puesto especial y poner a un par de chicos a tus órdenes.
—Por supuesto —respondo—. Les obligaré a llamarme Hishler y llevaremos uniformes especiales de las SS Lobunas.
—Por dios… —murmura Nick mientras se lleva una mano al rostro para frotarse el puente de la nariz.
Se queda así un momento hasta que, con una expresión de cansancio, abre el cajón del escritorio para sacarse una cajetilla de tabaco largo junto con un zippo negro y gastando. Se pone un cigarro en los labios y lo enciende, entrecerrando los ojos para que el humo no le pique cuando le da la primera calada. Tras aquello, apoya los codos en la mesa y vuelve a mirarme.
—Vete, ya hablaremos en otro momento.
Aplasto lo poco que queda de mi cigarro en el cenicero y me levanto, llevándome conmigo la taza de café con leche. Tengo cuidado de no cerrar la puerta de un portazo, aunque mi mano se aferre al pomo con tanta fuerza que duele. Una vez en el pasillo, camino en dirección a la segunda planta. Allí hay otro despacho, menos señalado y ostentoso, pero casi tan importante que el del Alfa. Esta vez no llamo. Solo entro en la Madriguera de un golpe seco y miro al hombre que espera con un cigarro en los labios, una taza de café en la mano y los tobillos cruzados sobre el sillón frente a él.
—Hola, cachorro —me saluda, como siempre.
—¿Qué puesto me quiere dar Nick? — pregunto—. ¿Tacoma?
—No —responde tranquilamente, volviendo a mirar a través de la ventana entreabierta por la que se escapa el humo de su tabaco—. Quiere que lleves un equipo de apoyo o alguna mierda así.
—¿Qué? —frunzo el ceño y chaqueo la lengua, porque el día solo empeora por momentos—. ¿Qué mierdas significa eso? Yo debería tener Tacoma.
Bill gira el rostro hacia mí y me observa en silencio. Para lo mucho que fuma y lo poco que se preocupa por su salud, sigue siendo un hombre muy atractivo; incluso a sus cuarenta años. Las canas en el mentón y en las sienes, junto con unas pocas arrugas, solo le han dado un toque de madurito sexy que volvía locos a muchos Lobatos.
—¿Quieres un donut? —me pregunta entonces, señalando la barra en un lateral de la Madriguera—. Hay de tus favoritos.
En una de las paredes hay una especie de cocina con numerosas tazas en las baldas, una por cada Macho que visita asiduamente el lugar. Debajo hay una máquina de café último modelo, un bufete de cereales y una bandeja de cruasanes recién horneados y donuts que entregaban puntualmente cada anochecer.
El aroma dulce y delicioso se mezcla con muchos otros en el ambiente: el rastro de los chicos que han estado ahí mezclado con un leve olor a tabaco, pero sobre todo, con la fuerte peste a Tom que Bill desprende.
No respondo a su pregunta, solo cierro la puerta a mis espaldas, me acerco a la mesa y dejo mi taza de café. En el montón de los bollos, hay dos o tres un poco apartados del resto, recubiertos con un glaseado de color rosa chillón con sabor a fresa; mi favorito.
—Sabías que iba a venir —murmuro.
—Claro que lo sabía —responde a mis espaldas—. Conozco muy bien a mi cachorro.
Asiento lentamente y cojo uno de los donuts con glaseado de fresa antes de girarme para mirarle con la misma expresión indiferente que él me dedica. Algunos dicen que nos parecemos, pero yo no creo que eso sea verdad; tan solo tenemos un par de gestos parecidos, puede que alguna mueca o respuesta similar, aunque nada importante ni sorprendente ya que, después de todo, él es el humano que me ha criado desde pequeño.
—Sigo sin entender por qué siempre te vistes como si fueras un matón de la mafia del este —me dice, señalándome con la misma mano con la que sostiene el cigarro.
No necesito bajar la mirada para saber que se refiere a mis pantalones de pinza ajustados y a mi camisa negra, metida por dentro de la cintura, remangada hasta los codos y desabotonada hasta casi el abdomen, por lo que hay una más que clara visión de mis pectorales cubiertos de vello pardo y de la cadena plateada que me cuelga del cuello.
—Me gusta más cuando lo describes como: «un estríper disfrazado de hombre de negocios».
—Sí… —murmura él, moviendo la mirada de vuelta a la ventana—. Describir así a un hijo es el sueño de todo padre… Bill es de los pocos compañeros que mantienen esa mentalidad de «figura paterna», aunque sus Crías —en este caso, yo—, ya fueran Machos con pelo en los huevos y a punto de comenzar su vida adulta.
La mayoría cedían ante el hecho de que la Manada no funcionaba como sus familias humanas, así que dejaban de considerarse padres o madres una vez que sus Crías llegaban a la pubertad, perdiendo, muchas veces, todo contacto con ellos. Pero no Bill, que insistía en llamarme «cachorro» y recordarme que, una vez, había vivido en la Guarida y compartido el olor de Tom. Algo que ya no tenía ningún tipo de significado para mí o para el Primer SubAlfa, quien me trataba como a cualquier otro Lobato de la Manada.
—¿Qué es eso del equipo de apoyo? —le pregunto tras dar un mordisco al donut.
Bill tarda un momento en ladear el rostro y mirarme de nuevo a los ojos. Se nota que todavía está algo atontado, difuso y demasiado calmado. Tom no ha perdido la vitalidad con los años y sigue cogiendo como un animal cada mañana, lo que siempre deja a su compañero sumergido en aquel estado de extraña relajación.
Bill señala el asiento frente a él y espera a que me dirija hasta allí antes de bajar los pies para que pueda sentarme.
—El Territorio de la Manada es muy grande y las cosas se están… complicando— me dice—. Los Distritos fueron una gran idea al principio, cuando la Manada estaba centralizada, pero es un sistema que podría terminar dando problemas. Lo que empezó como algo inofensivo —continúa, recostándose en su mullido sillón—, como las «Madrigueras», con las que, por cierto, yo no tengo nada que ver —recalca, señalándome con la mano del cigarro antes de llevárselo a los labios para darle una calada—, están preocupando a Nick y, sinceramente, no puedo decir que no tenga lógica ni sentido.
—¿Cuál es el problema con las Madrigueras? —pregunto antes de encogerme de hombros—. A mí también me jodería tener que conducir tanto para ir y volver al Refugio cada día. Además, aquí ya no hay sitio para todos.
—El problema no son las Madrigueras, Tim —responde—. Está claro que no podemos obligar a los Machos que trabajan en Bremerton, North Rend o Tacoma a pasarse de dos a tres horas en el auto conduciendo ida y vuelta cada día. Además, como dices, aquí ya no hay sitio. Así que tiene lógica que la Manada haya tenido que crear espacios en esos lugares que funcionan como pequeños Refugios de cada Distrito. El problema es que las nuevas generaciones están naciendo y creciendo allí, a veces, sin llegar a tener contacto con el Refugio más que una o dos veces al año, durante las estupideces que tenemos que celebrar — pone los ojos en blanco para recalcar lo mucho que odia las cenas de navidad y las vacaciones en el campamento de verano, los dos únicos eventos a los que ni él puede permitirse faltar—. El caso es que podría empezar a haber un sentimiento de pertenencia a esos Distritos, uno que podría ser más fuerte que el de la pertenencia a la Manada. No ahora, pero sí quizá dentro de unos años, cuando esas nuevas Crías crezcan y se conviertan en Machos. ¿Lo entiendes?
—Ah… —comprendo—. Esto es por lo del Club Eclipse…
—Por supuesto que es por el puto club, Tim —afirma antes de darle una calada al cigarro y expulsar el humo en dirección a la ventana entreabierta—, a Nick se le pusieron los pelos de punta cuando lo supo. Walt nunca fue el más listo de la Manada, pero esa tontería de «los Eclipse» se le está yendo de las manos.
—Nick cree que esa tontería va a dividir a la Manada.
—No es una tontería, Tim —me asegura Bill—. Lo de poner nombres a los Distritos es solo algo anecdótico, no algo para diferenciarnos y separarnos. Los Machos de Bremerton no son «los Eclipse», como los de Tacoma no son «los Media Luna» ni los de North Rend «los Luna Roja». Todos somos la misma Manada, los Luna Llena. Y los lobos del Luna Llena solo tienen un Club.
Bill le da una última calada al cigarro y lo aplasta contra el cenicero que hay en la repisa de la ventana. Entonces se levanta y va en dirección al bar para prepararse un segundo café. Me ofrece uno también y murmuro un breve «Sí». En lo que tarda en activar la cafetera y buscar mi taza en la repisa, me da tiempo a reflexionar sobre lo que me ha contado. Personalmente, no me parece tan grave que los chicos de Bremerton hayan decidido abrir un pequeño bar de copas y que lo hayan llamado el «Club Eclipse». Después de todo, son los que más lejos viven de la ciudad, al otro lado del lago.
—¿Te das cuenta que es más cómodo para ellos tener un club allí? —le pregunto a Bill, de espaldas a mí—. No solo por tener que venir hasta el centro, sino porque quizá los humanos que elijan vivan en la otra punta de la ciudad. Es más sencillo si esos humanos son de Bremerton, que tengan sus casas por la zona, lo suficiente cerca para poder ir a visitarlos cuando quieran.
—Sé por qué lo hacen, Tim —responde, volviendo con dos tazas en las manos, una para mí y otra para él. Cuando se sienta de nuevo en el sillón, cruza las piernas y ladea el rostro—. Comer y coger son las únicas dos cosas que les preocupan. Cuanto más y más cerca, mejor… Sin embargo, Walt no pidió permiso a Nick para abrir un nuevo club, lo que le dijo fue que había encontrado un local nocturno bastante rentable. Entonces lo remodeló, le puso el nombre y llevó allí a sus chicos para que les comiera la verga en el sótano.
—¿En el sótano? —pregunto.
—Sí, es como el callejón del Luna Llena. Ya sabes de lo que hablo —afirma junto con un leve arqueamiento de la ceja.
Un bajo gruñido de excitación e interés me brota de lo profundo de la garganta mientras un calor me recorre el abdomen, descendiendo en directo a mi entrepierna.
—Suena divertido —reconozco.
Bill coge una bocanada de aire y la suelta lentamente. Sus ojos verdes se desplazan de nuevo en dirección a la ventana y le da un sorbo a su taza de café recién hecho.
—Puedes ir a verla por ti mismo, ahora ya eres un Macho de la Manada — murmura.
Me quedo en silencio y, por primera vez, aparto la mirada.
—Nick no me ha dado el rango todavía —le confieso.
—¿Qué? —dice Bill, volviendo su vista hacia mí con la misma rapidez y violencia con la que había hecho la pregunta.
Mantengo la calma, pero siento un leve cosquilleo de nerviosismo en la boca del estómago que, por supuesto, no dejo traslucir en mi actitud indiferente. Me encojo de hombros y continuo:
—Dice que quiere hacerme SubAlfa, pero que me falta carisma o alguna idiotez así. Le preocupa que haya usado la violencia y el miedo para someter a los Lobatos.
—Claro que has usado la violencia para someter a los Lobatos. Son putos Lobatos
—responde, como si con eso ya lo explicara todo.
—Quizá Nick se crea que van a obedecer solo porque se lo pida «por favor» — afirmo, respondiendo a su mirada.
Bill pone los ojos en blanco y niega con la cabeza. Después de todo, yo había aprendido mucho de él y de sus métodos. A día de hoy, Bill todavía era considerado El Terror de los Lobatos.
—Lo que pasa es que Nick también era un pedazo de cabrón violento cuando tenía tu edad. Quizá tema que tú cometas sus mismos errores…
—¿Qué se cree que voy a hacer? ¿Pegar y amenazar a los Machos que ponga a mis órdenes? —pregunto, dejando traslucir un poco de mi enfado e indignación.
—Seguramente —afirma—. Es difícil conocerte, Tim. Trasmites una imagen bastante fría y distante.
—Pues como tú —le recuerdo—. Y no veo que haya ningún puto problema con eso.
Bill no se enfada, no se toma a mal mis palabras y no duda en mirarme fijamente y con calma mientras le da otro sorbo a su café.
—A mí también me costaba conectar con la gente cuando tenía tu edad —me dice—. También iba por la vida con esa actitud indiferente, un chico malo con corazón de hielo. Pero sé que tú no lo haces por las mismas razones por las que yo lo hacía. Tú simplemente eres así, Tim.
Compartimos un breve silencio, lo que tarda Bill en sacarse la cajetilla de tabaco del bolsillo de su chándal negro de Nike. Me ofrece uno y lo acepto, encendiéndomelo con mi propio zippo.
—El problema —continua tras arrojar una columna de humo hacia la ventana entreabierta—, es que no puedes ser así y esperar que los demás te entiendan o te conozcan. Lo que ha visto Nick de ti es lo que tú le has enseñado. Quizá haya llegado el momento de demostrarle que se equivoca.
—¿Y cómo se supone que…? —pero me detengo a mitad de la frase cuando unos golpes en la puerta nos interrumpen.
Uno o dos segundos después, se abre y la cabeza de Hayato aparece por la abertura. Nos mira a ambos un momento y arquea las cejas. Ha podido olerme en el pasillo y sabe que yo estoy allí, así que tiene cuidado al preguntar:
—¿Interrumpo algo, chicos?
—No, Tim y yo solo estábamos charlando — responde él a la vez que le hace una señal para que entre.
Hayato pasa al interior con su clásica media sonrisa en mitad de su barba recortada. Lleva el pelo tan repeinado como siempre, hacia atrás, dejando una especie de tupé alto y, cuando se quita la chaqueta, se pueden ver perfectamente las marcas de chupetones y arañazos que le recorren los hombros y los brazos bajo su camiseta de asas. Algunos son recientes, muchos otros, no. Incluso sin poder percibir el olor a sexo reciente que desprende el Primer Beta, Bill pregunta:
—¿Nancy?
Hayato sonríe más y responde:
—Tylor.
—¿Es Tylor un nuevo tipo de sanguijuela mutante con garras? —preguntó yo. Bill se ríe, echando un poco de humo de tabaco a cada golpe de aire. Sin embargo, Hayato no se lo toma tan bien. Me mira y pierde un poco de su buen humor, alzando la cabeza a forma de saludo para recalcar el hecho de que él es un Macho y yo solo soy un lobato. Al menos, de forma oficial.
—¿Por qué no vas a machacártela con el resto de niñatos en vez de hablar de cosas de las que no tienes ni puta idea? —me pregunta mientras se dirige a la barra. Deja la chaqueta de cuero hecha un ovillo y alcanza su taza de café, no sin antes buscar un cigarro largo que ponerse en los labios.
—¿Por qué no vas al médico? —respondo—. Creo que todos esos moratones han afectado a tu riego sanguíneo y a tus sentidos… como la vista o el olfato.
Hayato se gira lo suficiente para dedicarme una mirada por el borde de los ojos. Él sabe tan bien como yo que ya no soy ningún lobato. Soy un poco más grande que él y huelo mucho más fuerte, a futuro SubAlfa. Sin embargo, tiene los huevos de gruñirme con advertencia, insistiendo en el hecho de que está dispuesto a defender su posición superior. No dudo en gruñir de vuelta, pero, antes de que la cosa vaya a más, Bill no interrumpe con un pacífico:
—Como me enfade sí que van a tener una razón para gruñir. Los dos…
Eso frena en seco el gruñido de Hayato, terminando, segundos después, también con el mío. Me levanto del sillón y dejo la taza de café casi sin beber sobre el escritorio de pino, al lado de un bollo de pan recubierto con una capa de espray para que no se pudra. La razón por la que Bill tiene aquello en su escritorio, la desconozco, pero, que yo recuerde, siempre ha estado allí.
—Me voy antes de que empieces a comerle la verga a Bill, como haces siempre— murmuro lo suficiente alto para que Hayato me oiga.
—Tim —me llama Bill antes de que llegue a la puerta. Cuando me giro, veo que se lleva un dedo a los labios, pidiéndome silencio. Lo entiendo y asiento vagamente. —Pásalo bien, cachorro —se despide.
—Ojalá pudiera comerte la verga —oigo decir a Hayato a mis espaldas en un tono más alegre.
—Lo sé —responde Bill sin más—. ¿Has hablado con Jul sobre las…?
Cierro la puerta y su voz se convierten en solo un murmullo grave a mis espaldas. Estoy molesto y fumo mi cigarro de forma un poco violenta mientras camino hacia las escaleras. Estoy cansado de que me traten como un lobato y que me menosprecien, por eso solo visito la Madriguera cuando sé que está vacía. Algo complicado cuando Hayato, el Primer Beta, se pasaba allí tanto tiempo que prácticamente podía decirse que trabaja para Bill. No es ningún secreto que era uno de los favoritos del humano y que, quizá algún día, heredaría el puesto como «consejero» y su sillón en la Madriguera.
Perdido en mis pensamientos y con una mueca de leve desprecio en el rostro, salgo del edificio y me sumerjo en la fresca noche. El sol todavía está cayendo por el horizonte, pero el cielo nublado ha sumergido la ciudad en una oscuridad temprana y húmeda. Me quedo debajo del soportal del edificio, a cubierto de la fina lluvia mientras me termino el cigarro y saco el teléfono. Marcó un número y me lo llevo al oído. Ian tarda apenas dos tonos en responder:
—¡Ey! ¡Pero si es el Alfa de la Mini-Manada…! ¿A qué debo este increíble placer?
—Que te jodan —le digo—. ¿Dónde mierdas estás?
—En el mejor bar de la ciudad.
Pongo los ojos en blanco y niego con la cabeza.
—Voy para allí —y cuelgo.
Apuro un par de caladas más y tiro la colilla hacia los charcos de la acera, tomando el camino hacia el Refugio. Subo corriendo al Territorio Lobato en busca de una chaqueta, sin importarme demasiado hacer ruido mientras los demás duermen. Oigo un par de quejas bajas, pero solo necesito una mirada para que se callen. Tras un ruidoso portazo, voy directo al garaje, ignorando por completo a todos los Machos que se cruzan en mi camino, al igual que ellos me ignoran a mí.
Allí, en la fila de motos, hay una preciosa Honda color azul eléctrico. No es mía, por supuesto, pero estoy seguro de que a Hayato no le importa que la tome prestada por un par de horas, después de todo, está demasiado ocupado lamiéndole el culo a Bill…
Hago rugir el motor y sonrío un poco antes de salir disparado del aparcamiento, llegando a saltar levemente al final de la cuesta que llevaba a la carretera. Lo que Ian considera «el mejor bar de la ciudad» no es más que un bar de carretera en la Noventa, dirección a North Bend. Hacía muchos años había sido el local de una Manada enemiga, pero los Luna Llena los habíamos conquistado y ganado su Territorio.
Ahora formaba parte de uno de los Distritos, junto con Tacoma y Bremerton. Tardo tan solo veinte minutos en llegar, apretando el acelerador y zigzagueando entre los autos de la autopista hasta alcanzar el camino más agreste que se hunde en la espesura del bosque. Como la mayoría de las propiedades de la Manada, el local no está especialmente señalado. Solo hay un cartel de madera donde pone con grandes letras negras: «Bar Luna Roja». Hay más motos que autos allí, ya que, oficialmente, aquel era un local de moteros. Así que no me resulta complicado encontrar un buen lugar a cubierto donde dejar mi Honda y quitarme el casco.
Antes si quiera de abrir la puerta acristalada, percibo el fuerte olor de la Manada, mucho más intenso y vibrante cuando traspaso el umbral. Nick había decidido invertir un poco de dinero en reparaciones, pero seguir manteniendo ese… encanto tan típico de los bares de carretera americanos: madera envejecida, todo tipo de tonterías y trastos colgados en las paredes como si fueran los trofeos más absurdos, una granola una esquina con una colección musical que no superaba los noventa y una iluminación amarillenta y cálida. No hay más de doce personas en el interior, entre ellos, uno de los Machos más grandes y poderosos de la Manada, el cual está limpiando pacientemente una jarra de cerveza tras la barra.
Es bastante intimidante, o lo sería si no fuera por su imborrable sonrisa, su incansable optimismo y su constante buen humor, lo que contrasta bastante con sus rasgos duros, agresivos y fuertes y con su aspecto fiero. El cabrón es enorme, incluso para nuestros estándares; dos metros de puro músculo, con unos brazos que podrían partir a un humano por la mitad, cubiertos por tatuajes maoríes que se extienden hacia sus abultados pectorales bajo la camiseta de asas. Por desgracia, esa proporción y tamaño también incluía su verga, la cual no se había privado de enseñar una y otra vez a la menor ocasión cuando éramos lobatos; demostrando otra estúpida razón por la que él era el Alfa.
No sé por qué, sonrío un poco al recordar aquello. Es estúpido, pero echo de menos ese tiempo en el que estábamos más unidos. Él ya lleva unos años yendo al Luna Llena, teniendo a todos los humanos que quiere y viviendo por todo lo alto su vida de Macho Soltero. No sé ha olvidado de mí y seguimos siendo poco menos que hermanos, pero esos tres años de edad que nos separan parecen todo un mundo cuando eres un lobato y esperas impacientemente a poder cruzar la frontera a la edad adulta.
Cuando estoy ya dentro del local, él no tarda ni dos segundos en percibir mi olor y levantar la mirada, sonriendo al instante.
—¡Atención! ¡Ha llegado el Alfa de los Pajilleros! ¡Postrarse ante nuestro señor, Tim el Impasible!—exclama con una voz grave y potente que retumba por todo el local, interrumpiendo toda conversación existente hasta el momento.
Los Machos que hay allí, tomando cerveza, jugando al billar o a los dardos, se detienen y empiezan a victorearme, provocados y animados por su líder; el Segundo SubAlfa, mi mejor amigo y mayor idiota de la Manada: Ian. Mi reacción es rápida y clara. Hago un corte de manga a todos y continúo andando hacia la barra con la misma expresión indiferente de siempre. De ahí lo de «El Impasible».
—Hola, Tim —me saluda Rita con una gran sonrisa, cruzando cerca de mí y cargando con mano experta una bandeja llena de botella de cerveza vacías.
La miro un momento y asiento. Es una de las camareras y la mujer que vive en la Guarida de Trevor, así que sería muy maleducado de mi parte ignorarla, aunque todavía no es una compañera.
—¡Trae vino, comida y humanos para el Alfa! —sigue gritando el muy idiota de Ian hasta que con un gesto seco le digo:
—Ya para, no estoy de humor.
El SubAlfa baja las manos y frunce ligeramente el ceño, aunque conserva la suave sonrisa.
—¿Qué pasa, Tim? —me pregunta, usando un tono más bajo e íntimo—. ¿Un mal día?
—Sí —murmuro mientras dejo el casco sobre la madera vieja y me quito la chaqueta de cuero—. Nick me ha llamado al despacho y la he cagado.
—Ahm… —levanta la cabeza y entonces asiente lentamente. Él me conoce, sabe lo fácil que me resulta complicarme la vida a mí mismo.
Sin decir nada, abre una nevera que hay escondida bajo la barra y me muestra una cerveza fría y húmeda, pero yo señalo una de las botellas de whisky que hay en el expositor a sus espaldas.
—Tengo uno especial para ti —me dice, yendo a buscar una botella escondida tras las demás—. Triple malta, barrica de roble y… no sé qué más estupideces. Costó setenta dólares, bueno, no a mí, sino al bastardo a quien se la quité, quiero decir; pero parecía cara y busqué el precio en internet —me explica mientras rompe el sello de seguridad, desenrosca la tapa y huele el interior, poniendo una breve expresión de asco—. A mí todo el whisky me sabe igual.
—Porque tú tienes un gusto de mierda, Ian —le aseguro, sentándome en el taburete frente a él.
El Segundo SubAlfa me dedica una mirada de ceño fruncido y media sonrisa en mitad de su espesa barba negra. Allí, en el Distrito de Ian, yo ya no soy un lobato. No me tratan como si no existiera ni se enfadan por todo lo que digo. Allí no importa cómo le hablo al SubAlfa porque él y yo tenemos una amistad que traspasa los rangos, desde crías, cuando Bill y Linda nos juntaban para jugar mientras bebían café.
—¿Has visto a mis humanos, Tim? Tú no podrías conseguir unos así ni aunque te hicieran el puto Alfa de verdad —me dice, señalando sutilmente con la cabeza hacia María.
La joven está recontando distraídamente el dinero de la caja al otro lado de la barra e, incluso desde allí, puedo percibir el fuerte rastro de olor a Ian y a sexo que ella desprende. Tiene la piel de caramelo, la melena salvaje y morena, unos labios llenos, ojos negros y brillantes, un cuerpo escultural y un delicioso acento puertorriqueño. Es una de las favoritas del Segundo SubAlfa, pero, al contrario de lo que ella cree, no es la única.
—No me has dado tiempo todavía —murmuro tranquilamente antes de encogerme de hombros.
—Eso es verdad —dice él, recuperando toda su sonrisa. Pone dos hielos en los vasos y empieza a verter el whisky, que produce un gorgoteo apresurado—. Estoy deseando que puedas venir conmigo al Luna Llena y ver como los humanos hacen cola delante de mi sofá… Te va a encantar, Tim.
—Estoy impaciente por comprobar cuantos de esos humanos que hacen cola son conscientes de que es tu sofá a lo que están esperando llegar y no a los baños.
Ian se ríe de forma irónica y mueve la cabeza de lado a lado, agitando su larga melena negra y ondulada.
—Si quieres te doy un par de lecciones sobre como coger, Tim, no es lo mismo que machacársela como un mono contra las almohadas, algo en lo que tienes una amplia experiencia.
—¿«Amplia experiencia»? —repito, arqueando ligeramente la ceja—. ¿Quién te ha enseñado esas palabras, Ian? ¿Te estás cogiendo a algún universitario o es que ahora aparece vocabulario nuevo en las etiquetas de las cervezas y te has parado a leerlo entre trago y trago?
—¿Por qué no usas ese ingenio tuyo para tratar de convencer a los humanos de que te coman la verga?
—Yo no necesito convencer a nadie para que me la chupe —le aseguro—, ellos son los que intentan convencerme a mí para que me deje chupar.
—A lo mejor lo hacen para tratar de descubrir si de verdad eres un robot incapaz de sentir emociones —responde, encogiéndose levemente de hombros.
Sonrío y se me escapa un leve bufido de risa. Para ocultarlo, niego con la cabeza y bebo un trago de whisky con la mirada perdida en el expositor de bebidas.
—Entonces… —dice Ian, cruzando los brazos sobre la barra y acercándose un poco más a mí, lo suficiente para poder bajar la voz y que aún se escuchara entre el ruido y la música—. ¿Qué ha pasado con Nick?
Tardo un par de segundos en responder:
—Me llamó al despacho. Dijo que iba a hacerme SubAlfa…
—¡Lo sabía! —me interrumpe él con una enorme sonrisa. Entonces levanta una mano y me golpea el hombro para celebrarlo, apretándome tan fuerte que hasta me hace daño—. ¡Bienvenido a la Manada, pedazo de cabrón!
—No —niego, sin compartir su buen humor ni su alegría—. Al final no lo hizo.
A Ian se le congela la expresión y relaja el apretón de mi hombro, terminando por deslizar la mano de vuelta a la mesa.
—¿Qué has hecho…? —pregunta.
—Nada —trato de defenderme, pero me siento mal y estúpido al recordarlo—. Simplemente me ha dicho que tiene… —me detengo y bajo la mirada al vaso de whisky.
Ian también lo percibe y se incorpora segundos antes de que María llegue a su lado con una preciosa sonrisa.
—Hola, Tim —me saluda en español mientras rodea el cuerpo del SubAlfa, o al menos lo intenta, porque es demasiado grande para abarcarlo entre sus brazos. —¿Vienes a la noche de billar? Los chicos van a hacer una… un… ¿cómo se dice? ¿Competición? —le pregunta entonces a Ian.
—Sí, ¿por qué no? —responde él antes de encogerse de hombros. Se inclina para darle una suave y rápida caricia mejilla contra mejilla y le dice: —Oye, Tim y yo vamos a mi despacho. Si alguno de los Machos nos necesita, dile que estamos allí.
María se queda con los labios entreabiertos y en silencio, pero termina por asentir y bajar los brazos de alrededor de Ian. Lleva suficiente tiempo entre nosotros para saber que no puede hacer nada por evitar que la excluyamos de las «Cosas de la Manada». Ian me hace una breve y apenas perceptible señal con la cabeza para que le acompañe y me levanto de mi taburete, llevándome conmigo mi vaso de whisky. Él se mueve hacia el final de la barra y sale en dirección al pasillo más oscuro, donde no hay tanta decoración en las paredes y se apilan las mercancías a falta de un lugar mejor para dejarlas. A un lado, casi escondido tras una columna de cajas de cerveza, hay una puerta que abre para mí.
El despacho de Ian no es gran cosa, solo un cuartucho en la parte trasera del bar que apesta bastante al SubAlfa. Tiene un escritorio, un par de sillas, un pequeño sofá y una planta que no se acuerda de regar muy a menudo. Hay un ventanuco en lo alto, pero el cristal está tan sucio que apenas entra luz natural, así que siempre termina encendiendo la luz blanca y pálida que cuelga del techo.
—Se está empezando a meter mucho en mis cosas, María, digo —murmura tras cerrar la puerta a sus espaldas, ahora que estábamos en la intimidad y nadie podía oírnos. —Siempre está alrededor…
Dejo el vaso de whisky en el escritorio y me siento en una de las sillas de plástico que hay en frente. Tranquilamente, respondo:
—No puedes traerte a tu humana aquí para cogertela cuando te aburras y después quejarte de que se meta demasiado «en tus cosas» o esté «siempre alrededor».
—No la traje por eso —se defiende él, caminando hacia el destartalado sillón al otro lado de la mesa para dejarse caer con un golpe seco que lo hace chirriar. Va a continuar con sus idioteces, pero, al mirar mi rostro serio y la leve señal que le hago en dirección al sofá, el cual todavía apesta a sudor y sexo reciente, añade: —Bueno, cogemos un poco de vez en cuando, pero no la traje por eso — insiste—. La despidieron de su antiguo trabajo porque olía demasiado a mí y me sentí un poco mal por ello. María vive con su abuela y su madre, necesitan el dinero.
—Ya —murmuro antes de darle un sorbo al whisky—. Y de todos los negocios de la Manada en los que la podrías haber metido, elegiste tu bar…
—Si la hubiera metido en cualquier otro lugar, tendría que haber pedido permiso a Nick, y María no es tan… importante.
Me limito a asentir, porque no es de mi incumbencia meterme entre Ian y sus humanos.
—Entonces, ¿por qué todavía no eres SubAlfa? —me pregunta, cruzando sus grandes brazos sobre el pecho.
—Me dijo que teme que no cuide a los Machos a mis órdenes, que no les voy a dar apoyo o que tengan miedo de hablar conmigo —le explico, como había hecho con Bill—. Cree que los voy a tratar como a los lobatos.
—Oh… —murmura él, frunciendo más el ceño—. La verdad es que eres un poco duro con ellos —reconoce con un leve cabeceo.
—Son lobatos —digo, usando un tono más alto del habitual en mí—. Tú también los tratabas así cuando eras el Alfa. ¿O te has olvidado de todas esas peleas que tenías?
—No, no me he olvidado —responde, alzando las manos para pedirme que me calmara—, pero entiendo por qué Nick está preocupado. A veces eres… muy frío, Tim. No tratas de socializar con los demás y, cuando lo haces, das respuestas cortantes, haces bromas que rozan el insulto y no pareces interesado en nada de lo que te digan.
—La verdad es que no estoy nada interesado en lo que me dices ahora mismo.
Ian ladea la cabeza y se queda mirándome por el borde superior de los ojos con una expresión de labios apretados.
—Imagínate que te dan Tacoma —me dice—. Que tienes a más de veinte chicos a tus órdenes y que ninguno de ellos se atreve a hablar contigo, o, peor, que tengan miedo de hacerlo. Entones irían a hablar con otro Macho y, en ese caso, ¿para qué mierdas estás tu allí?
—No me van a dar Tacoma —respondo, evitando tener que responder a aquella pregunta—. Al parecer, Nick quiere ponerme al mando de un grupo especial.
—¿Un grupo especial? —pregunta Ian, sorprendido de aquello—. ¿Para qué?
Esa es una buena pregunta para la que no tengo respuesta. Bill había hablado de los problemas que podría haber en los Distritos con el tiempo, pero no me había explicado por qué eso me concernía.
—¿Has visitado el Club Eclipse?
—Demonios, Tim, sabes que me pone de los nervios que cambies así de tema.
—He oído que tienen un sótano —continuo—, bajan allí con los humanos.
—Oh, ¿en serio? —Ian se deja arrastrar por la conversación con tanta facilidad que muchas veces resultaba hasta cómico, distrayéndose de su propio enfado. Alza la cabeza y me mira por el borde inferior de los ojos—. ¿Cómo una especie de mazmorra o algo así?
—No lo sé, por eso te pregunto si has ido.
—No, no he ido —responde—. Me gusta mucho el Luna Llena.
Asiento lentamente y bebo otro trago de whisky sin apartar la mirada del SubAlfa. El Luna Llena ya no es el antro al que los Machos iban antes. Como muchas otras cosas, Nick lo había cambiado y actualizado para adaptarlo a las nuevas necesidades de la Manada. Ahora es una enorme discoteca en el centro, mucho más moderna, con una gigantesca pista de baile, tres barras con todo tipo de bebidas y dos plantas: reservando la superior para todos los sillones que necesitaban los numerosos Machos solteros que querían ir allí cada viernes noche. Lo único que era igual, es el sucio callejón a un lado.
—¿Sabes qué? —me dice Ian, descruzando los brazos para inclinarse hacia delante—. Mañana pides una audiencia con el Alfa, le explicas que no eres el Macho que él cree y, cuando al fin te haga SubAlfa de forma oficial, tú y yo nos vamos al Eclipse a ver ese «sótano». —Entonces el SubAlfa se ríe sin motivo aparente y llena el despacho con su risa grave y profunda—. Me da pena el primer humano que se cruce en tu camino, va a salir de allí con corrida hasta las orejas. Pfff… —suspira y niega con la cabeza—. ¿Te conté lo que me pasó mi primera vez?
—Todos saben esa historia, Ian.
—Sí… —Ian sonríe, pero a la vez se siente culpable y un poco triste al recordarlo—. Gustav ya me había dicho que tuviera cuidado, que con la verga tan grande no puedes simplemente meterla sin más, pero en ese momento estaba tan caliente y emocionado que se me fue de las manos. Le di la vuelta a ese chico y se la clave todo lo que pude. El pobre empezó a sangrar y a gritar, allí, en mitad del callejón. Fue un horror… después se lo llevaron en ambulancia y tuvieron que darle puntos en el ano y pasarse meses sin poder sentarse.
—Si tan mal te sientes, ¿por qué tienes la demanda de su abogado enmarcada en la pared? —pregunto, señalando el cuadro sobre el sofá.
—Porque pone que «le rompí el culo» — responde, como si fuera algo obvio—. ¿Cómo no voy a enmarcar eso? —sonríe.
Sonrío un poco y niego con la cabeza antes de terminar la copa de whisky. Sin más, me levanto y le digo:
—Voy a ir a comer algo.
—Haz lo que te digo, Tim. No pierdas más el tiempo con los lobatos solo por orgullo.
Le dedico una mirada rápida, pero no respondo, continúo hacia la puerta y voy.
Cuando recojo mi chaqueta y el casco de la moto de la barra del bar, María me dice:
—¿Quieres otra copa, Tim?
—No, gracias —respondo sin si quiera mirarla.
María pone una mueca de tristeza, creyendo que me cae mal o algo así, pero la verdad es que no es nada personal. Aunque se hubiera pasado el último Celo con el SubAlfa y oliera bastante a Ian, no es una compañera y no vive en su Guarida, solo es una humana, una no especialmente interesante con la que charlar, así que no tengo por qué molestarme en ser educado con ella.
Salgo del local y respiro el aire nocturno, húmedo y fresco comparado con el ambiente cargado del bar. Me pongo la chaqueta sobre la camisa y el casco en la cabeza antes de dirigirme a mi moto.
Tengo muchas cosas en las que pensar y quiero estar solo.
Continúa…
Gracias por la visita. Quedan algunos capis, a seguir leyendo 😉
Tim es la versión lobuna de Bill 😅
El terror de los lobatos 2.0