Fic Toll de TollWriter

83: La guerra: Y sus víctimas

Gustav decidió atacar la noche del veinte de febrero. Hizo llamar a todos sus Machos, cerró todos los negocios de la Manada por un día y movilizó sus fuerzas. Ya habían llegado la mayoría de compañeros y sus Crías al Refugio el día anterior, más comprensivos y relajados aquella ocasión en la que no éramos nosotros las víctimas, sino los agresores. 

Linda organizó todo, muy preocupada de que estuviera cómodos y tranquilos durante las horas de vigía que se pasarían allí encerrados esperando noticias del frente. Les dio mantas, comida y hasta organizó juegos para mantenerles entretenidos, lo que, sinceramente, resultaba un tanto macabro pensando en que los Machos se iban a ir a matar a gente y que nosotros íbamos a estar jugando al escondite y al bingo.

—Bill, si tienes una idea mejor, me la cuentas —dijo Linda cuando, en uno de sus breves descansos, se escapó de las constantes preguntas y la planificación para tomar un café en conserjería; el único lugar virgen e intacto que quedaba en el edificio de oficinas, —pero creo que distraernos será mucho mejor que estar sin hacer nada y pensando que nuestros Machos no van a volver con vida.

Yo, como es evidente, había evitado a toda costa caer de nuevo en la órbita de la organización, alejándome lo más posible y refugiándome en mi conserjería, la que, ahora sí, era más bien una Madriguera. Solo intervenía en casos especiales, como cuando tuve que resolver un problema con los Lobatos que se habían llevado los calefactores.

—¿Dónde mierdas están los radiadores? — había preguntado, abriendo la puerta sin más antes de echar una rápida mirada a los cuatro.

Los lobatos estaban en la cama baja de la litera, Milo tenía la mano dentro del pantalón de chándal; Sam se los había bajado hasta el muslo y se frotaba la verga con una mano mientras apoyaba la otra detrás de la cabeza, Ron estaba directamente desnudo y prefería centrarse en frotar la cabeza empapada que todo el tronco mientras que Hayato solo se había desabrochado la bragueta y se había levantado la camiseta para no mancharla con las corridas. 

De la tablet que habían estado mirando tan fijamente salían gemidos y jadeos entrecortados de, diría, alguna película porno que hubieran encontrado en internet. Si el Olor a Lobato ya era fuerte, el olor de verga y denso que me hizo perder el aliento y soltar una breve arcada.

—¡Demonios! —exclamé antes de taparme la nariz—. ¿Va a llegar un día en el que entre aquí y no pille a alguno pelándosela como un mono? —les pregunté.

—Sí, el día que llames a la puta puerta — respondió Ron.

—Diganme donde están los calefactores y les dejaré seguir con su paja en grupo.

—Y por qué no vienes aquí, nos la chupas un poco y después te lo contamos —dijo Sam, meneando un poco su verga grande y venosa mientras sonreía.

Iba a decir algo, pero fruncí el ceño tras una breve mirada y le dije:

—La verdad es que tienes una verga enorme para ser un lobato, Jack.

El lobato se quedó quieto un instante y entonces sonrió mucho y alzó la cabeza con orgullo, inflando su pecho que ya empezaba a ser musculoso, pero en el que aún tenía que crecer mucho vello.

—La mía es más grande —negó Milo, sacándosela de dentro del pantalón para enseñármela—. ¿Ves, Bill? Es mucho más gorda…

Milo, además de convertirse en un Macho que iba a romper corazones, también iba a romper muchos culos por el camino porque estaba cerrando la mano alrededor del tronco y apenas la conseguía abarcar toda.

—Bill ha dicho que la mía es enorme —le recordó Sam, todavía en su nube de orgullo.

—¿Te gusta la mía, Bill? —preguntó Ron, volviendo a frotarse la cabeza—. A mí también me gustaría ver la tuya…

Durante todas aquellas idioteces, Hayato se había levantado, se había subido la bragueta todavía muy abultada por tener que soportar la tirantez de su erección, y vino junto a mí a la puerta. La cerró y me miró antes de cruzarse de brazos.

—Quiero ir a la Madriguera —fue lo que dijo—. Déjame entrar y te daré los radiadores.

—Oh… —comprendí de pronto, imitando su postura de brazos cruzados—. Así que los has escondido a propósito…

El lobato se encogió de hombros, se frotó la parte baja de la nariz con el dedo índice y me miró por el borde superior de los ojos como todo un pandillero.

—Ya nos conocemos, Bill —me dijo—. Tú y yo nos entendemos bien. Yo quiero ir a la Madriguera y tú quieres los radiadores… así que podemos hacer uno de nuestros tratos. ¿Qué me dices?

Hayato iba a ser un gran Macho porque era todo un jodido extorsionador y un puto mafioso de mierda. Por eso era mi favorito.

—Vas a mantener a los lobatos tranquilos la noche del ataque, no vas a dejar que molesten a los compañeros ni a las Crías y no vas a permitir que salgan del Refugio a hacer alguna de sus idioteces aprovechando que no habrá Machos por aquí. Eso es lo que te digo.

—Y me llevas a la Madriguera y me tomo una cerveza —añadió. Tardé un par de segundos en decir:

—Solo esta vez…

Hayato sonrió, descruzó los brazos y me quiso dar un apretón para cerrar el trato, a lo que yo me negué en rotundo.

—Ya he visto donde tenías antes esa mano, Hayato. Espero que te la laves con lejía antes de venir a mi conserjería.

El lobato, sin inmutarse por mis palabras, se llevó la mano a los labios y la lamió soltando un gruñido de placer.

—Ahora ya sé por qué a los humanos les gusta tanto comerme la verga…

—Rayos, qué asco me dan—negué con la cabeza y me fui de allí.

Resuelto el problema de los radiadores, que habían escondido en una esquina del desván bajo una vieja manta, tuve que cargar con la casi inmediata visita de Hayato y los resoplidos de queja de Nick.

—A mí no me ofrecías tratos tan buenos, Bill.

—Por entonces, tú no estabas tan dispuesto a cooperar conmigo como lo está Hayato —le recordé, vigilando atentamente al lobato mientras daba vueltas por conserjería con una cerveza en la mano y una sonrisa de victoria en los labios. Se aseguró de acercarse a las ventanas donde se podía ver el Refugio y quedarse allí mientras, seguramente, los lobatos se apiñaban en los ventanucos del pasillo para comprobar si era verdad que había ido a la Madriguera. —¿Sabes que ha escondido los radiadores a propósito para chantajearme? —le pregunté a Nick, sentado al otro lado de la mesa alta mientras fumábamos y nos tomábamos un café. —El cabrón es muy listo.

—¿Y eso no te enfada? O es que te has ablandado con los Lobatos desde que yo me fui…

Me encogí de hombros.

—Me vengaré de esto, te lo aseguro — murmuré, echando una calada hacia la ventana—, pero Hayato ha jugado bien y se merece su victoria. Yo también me aproveché de ellos para conseguir que me vendieran el ático casi regalado. ¿Al final dejaste a Jonathan? —pregunté, cambiando de tema.

—Más o menos. Ya no como nada en su casa, pero voy de vez en cuando para que me la chupe mientras fumo y veo algo en su televisión de pago. 

Me reí y asentí.

—Ya… yo también hacía eso a veces. Sobre todo cuando llovía y no quería dormir en la calle.

El lobo puso una mueca extraña, de ceño fruncido, algo entre la incomodidad y la pena. 

Fumó una calada del cigarro y giró el rostro hacia la ventana abierta para soltar el humo.

—Eres la última persona en el mundo a la que creía que le cogería cariño, Bill —murmuró.

—Eso pensé yo de Tom y la Manada — respondí antes de beber un trago de mi café.

—Entonces cada Macho se trae aquí su sofá —nos interrumpió Hayato, colocándose a un lado con una mano en el bolsillo de sus vaqueros y la otra en la cerveza. —Dentro de poco yo también seré un Macho, así que podría ir dejando un…

—Como traigas el puff apestoso ese o alguna de tus mierdas aquí, me voy a enfadar —le dije, —cuando seas un puto Macho, tengas tu propia habitación y tus propios humanos para no tener que pelártela con el resto de niñatos pajilleros, hablamos de si te dejo o no venir a la conserjería. Así que cierra la puta boca, sigue paseándote delante de las ventanas para que te vean y no toques nada…

El lobato gruñó y puso mala cara. Se tomó la libertad de coger un cigarro de mi cajetilla y el zippo plateado sobre la mesa para encenderlo, soltó una bocanada de humo y se fue a por otra cerveza con un gesto airado y la cabeza bien alta. Nick, sin embargo, sonrió un poco y le siguió con la mirada hasta que estuvo lo suficiente lejos para decirme:

—¿Los has encontrado machacándose en grupo? Qué triste…

—No te hagas el digno, Nick —respondí—. Lo que hacen ustedes en el callejón del Luna Llena no deja de ser una paja en grupo, pero a otro nivel. 

El lobo frunció el ceño y gruñó un poco, pero, antes de que pudiera darme alguna excusa de mierda para desmentir mis palabras, alguien nos interrumpió llamando a la puerta. Se trataba de Clara o Cloe o alguna estupidez así, una compañera de la antigua generación que parecía sacada de una tienda de Tarot y que siempre hablaba casi en susurros.

—Perdona, Bill… la caldera no funciona y Linda me ha pedido que te pregunte si podrías echarle un ojo…

—Cuando terminé el café —respondí. Ella asintió y cerró la puerta pidiendo otra vez disculpas por molestarnos—. Hayato, tú vienes con nosotros, no te vas a quedar aquí solo.

—¡Y una mierda! —gritó.

Pero al final vino con Nick y conmigo a arreglar el puto calentador del edificio, y también cumplió su promesa. Los lobatos no nos dieron problemas durante la fatídica noche en la que los Machos abandonaron el Refugio y se adentraron en el Territorio de los Medianoche.

Recuerdo que esa tarde, tras un buen polvo, me quedé más tiempo con Tom en la cama, le acaricié la barriga y el pelo rizoso, le llevé a desayunar, le di una buena comida y, antes de separarme de él, le abracé con fuerza.

—Si tienes que correr, corre —le dije al oído.

El lobo gruñó un poco y me miró a los ojos antes de acariciarme el rostro.

—Tom es grande y fuerte. Estará bien. Volverá.

—Más te vale… —le advertí.

Me volvió a abrazar, ronroneó en mi pelo y me dijo:

—Tom se va a la Guerra.

—No te mueras, fiera —respondí.

El lobo asintió y se alejó en dirección al Jeep negro, dejándome con el corazón en un puño y un nudo en la garganta. Me reuní con Nick en la puerta del edificio de oficinas y me saqué un cigarro, el primero de muchos que fumaría aquella noche. Había una angustia latente en mi pecho y, aunque supiera que había hecho todo lo posible por alejar a mi lobo de los problemas, todavía temía que no hubiera sido suficiente.

—Nick, no seas estúpido, no te hagas el puto héroe y ten cuidado —le dije al joven sin mirarle.

El lobo resopló un poco, como si le indignara mi preocupación, pero después de arrojar la colilla del cigarro a la lluvia, colocó una discreta mano en mi brazo para darle un apretón.

—Estoy en el equipo de Tom, le vigilaré la espalda —me prometió, saliendo hacia la lluvia para reunirse con el resto de Machos que aguardaban a la espera, fumando, despidiéndose de sus compañeros frente al Refugio o tratando de apaciguar su nerviosismo de alguna forma.

Cuando el último todoterreno giró la esquina de la calle, se produjo un extraño silencio tan solo interrumpido por la lluvia que caía con fuerza sobre la ciudad. Sería una noche oscura, larga y difícil para aquellos que nos habíamos quedado allí esperando. 

Incapaces de hacer nada más que aguardar y soñar con que su Macho no resultara herido o algo peor. Me terminé el cigarro, al que di incesantes caladas antes de pisarlo en el suelo y meterme en el edificio de oficinas. En el último piso, en un cuartucho de apenas veinte metros cuadrados sin ventanas, estaban tres Machos de los ocho que se habían quedado allí. 

Todos eran bastante mayores, pero todavía no había llegado ese momento en el que se convirtieran en Ancianos y quedaran apartados de las actividades de la Manada. Para los lobos no había una edad exacta de jubilación: aunque te hicieras viejo, seguías trabajando hasta que te fuera imposible.

Los tres me saludaron con un respetuoso asentimiento y siguieron mirando los monitores como si ya esperaran algún cambio. Podría decirse que aquel era el centro de operaciones, uno muy cutre y no demasiado profesional. 

No teníamos seguimiento en tiempo real, ni radares, ni estábamos conectados a satélites. Solo había un par de teléfonos en la mesa y el Google Maps. Si alguno de los Machos estaba perdido o tenía noticias, llamaría allí y, si no podían darle una solución, contactarían con el Alfa. Yo me quedé a un lado de la puerta, apoyado en la pared y cruzado de brazos, tratando de controlar la respiración y la inquietud que me atenazaba las entrañas. 

Pasó una hora, y después la siguiente y nada cambió. Salí a fumar de nuevo, evitando siempre las zonas más pobladas del edificio y minimizando toda posibilidad de que alguien pudiera hablarme; porque yo sabía que todo lo que pudiera decir en aquel momento no sería nada bueno.

Media cajetilla y tres horas después, seguíamos sin noticias. Eso no tenía por qué ser malo, pero a mí me pareció malo. El plan era sencillo: atacar varios puntos a la vez aprovechando la gran superioridad numérica de nuestra Manada. Someter a los Medianoche no tendría que resultar difícil, no después de aquella Guerra encarnizada. 

Entonces alguien llamó: habían puesto explosivos en las propiedades más importantes. Los Machos llamaron a todos para advertirles. Gustav y yo ya habíamos barajado la posibilidad de que nos estuvieran esperando, habíamos hecho planes de respuesta y habíamos tomado toda las precauciones; pero, incluso con explosivos, tres horas era mucho tiempo y ya deberían haber terminado. 

Empecé a ponerme tan nervioso y a frustrarme tanto que prácticamente me pasé la cuarta hora fumando sin parar, subiendo a la sala de operaciones para preguntar si había noticias y bajar de vuelta a la puerta. Cuando subí de nuevo a la sala de operaciones, fui directo al teléfono y llamé al Alfa delante de unos Machos sorprendidos.

—¿¡Qué mierdas está pasando!? —le grité nada más responderme.

—Todo está bien. Hemos tenido un par de bajas…, pero ya estamos cazando a los últimos —y colgó.

Un par de bajas… podía significar muchas cosas: heridos o muertos. Tomé una profunda respiración y dejé el teléfono en su sitio antes de bajar por última vez al portal del edificio. El decimo tercer cigarro de la noche se consumió por completo entre mis dedos mientras yo miraba los charcos de la carretera. Solo oía la lluvia y un profundo latido en los oídos. Respiraba de forma pausada y pensaba, pensaba mucho, en muchas cosas. 

Alguien que había vivido lo que yo había vivido, solo se espera lo peor del mundo. Si alguien tenía que morir aquella noche, ¿cómo no iba a ser el lobo de Bill? Porque al universo le encantaba joder a Bill y hundirle en la puta miseria. Los ojos se me empañaron por primera vez en mucho tiempo, no recordaba exactamente hacía cuanto no lloraba, aunque hubiera tenido infinidad de razones para hacerlo hasta entonces.

Solo cuando vi unas luces a los lejos salí de aquel estado frío y oscuro. Miré el todoterreno que se acercaba y que aparcó en frente al Refugio. Un par de Machos salieron de él, ninguno estaba herido, fueron directos al maletero y comenzaron a sacar cajas que fueron metiendo rápidamente en el interior del edificio. 

Sin decir nada, se volvieron a ir. No lo dudé. Todavía con el filtro del cigarro entre los dedos, caminé bajo la lluvia y abrí las cajas. Solo había papeles, informes, notas… información sacada de la base de los Medianoche y que resultaría muy útil cuando Gustav se hiciera con el control de todos sus negocios y posesiones: empresas fantasma, fondos de inversión, dinero y secretos.

Otro todoterreno llegó veinte minutos después con más cajas. Entre los Machos estaba Finn, al que interrumpí para hacerle una sola pregunta:

—¿Tom?

El me miró con sus ojos amarillentos y negó con la cabeza.

—No lo sé, Bill. Yo estaba en otro grupo.

Asentí y me aparté para que dejara más cajas antes de irse de vuelta. Como un incesante goteo, más autos y más lobos fueron llegando a medida que se acercaba el amanecer. Traían cosas, todo tipo de cosas, como el pillaje tras la Guerra donde el vencedor tomaba cuanto quería y se lo llevaba. 

Algunos de esos lobos se quedaron. Ninguno sabía nada de los demás grupos. Col me dijo que a ellos les había sorprendido una bomba en el puerto, que Vick estaba herido y habían tenido que llevarle al hospital de urgencias. Cuantos más Machos llegaban, más noticias traían del frente.

 Los Medianoche se habían preparado para el ataque, pero de una forma mucho más agresiva y suicida. Habían colocado explosivos para inmolar sus propiedades y matar a cuantos más enemigos posibles pudieran en el proceso. Sabían que no podían ganar aquello, así que solo les quedaba luchar hasta la muerte.

Gustav había pensado en eso y había obligado a los lobos a asegurarse de que no hubiera nadie por los alrededores antes de acercarse a las propiedades. Nadie que pudiera hacer detonar aquellos explosivos. Aun así, parecía que los Medianoche tenían entre ellos a algún compañero con conocimientos útiles, un químico o un físico, capaz de hacer explosivos caseros con temporizador. 

Al recibir el anuncio del ataque, sólo habían tenido que activarlos y esperar a que, con suerte, los Luna Llena ya estuvieran dentro antes de explotar. Eso había pillado desprevenidos a algunos, porque seguían llegando noticias de heridos que habían tenido que llevar a urgencias.

Los compañeros empezaron a salir del edificio de oficinas, a buscar a sus Machos, a abrazarlos si estaban ya allí, a preguntar si no lo estaban y a llorar si les decían que habían resultado heridos. 

Por ahora, nadie había muerto, pero eso era solo porque nadie del equipo de Tom había vuelto todavía. El equipo más seguro, era el que más tardaba en regresar. Cómo no… el universo se estaba riendo de mí una vez más.

Georg volvió con las primeras luces del amanecer. Se acercó a mí con una herida a la altura de la ceja y una mano mal vendada y algo ensangrentada. Vio mi rostro y frunció el ceño.

—¿Todavía no han vuelto? —preguntó en voz baja, porque él creía que ellos eran los últimos.

Hice un gran esfuerzo para no ponerme a gritar y a romper cosas. Juro que estuve al borde de un ataque de ira como nunca había tenido. Solo la desesperación y el vacío que me llenaba el pecho me contuvo. 

De pronto estaba más furioso que nunca y al siguiente segundo solo quería caerme de rodillas al suelo y llorar a gritos. Los lobos volvían. Pero no mi lobo.

Ben llegó a primera hora de la mañana, bajo la lluvia que todavía caía. Salió del auto y abrazó a Stephen, quien corrió como un desesperado hacia sus brazos mientras lloraba tras sus gafas. El Segundo Beta se tomó un momento para ronronear mientras abrazaba a su compañero, le dio un beso y después se lo llevó al Refugio. 

Fue él quien anunció la victoria arrolladora de la Manada y dijo que Gustav estaba repasando los últimos detalles antes de volver. Los Machos, aunque cansados y agotados tras aquella noche, lo celebraron con gritos y aplausos. La Manada Luna Llena era ahora una de las más poderosas, no solo del Estado, sino quizá del país.

Entonces me fui de allí. Con paso lento, me dirigí a conserjería, me preparé un café y me saqué un cigarro tembloroso entre mis dedos. Me senté en la silla y me cubrí el rostro antes de empezar a llorar en silencio. 

Trataba ahogar los gemidos apretando tan fuerte el abdomen que me dolía. No quería ver a nadie, no quería estar con nadie ni escuchar a nadie. Ya había amanecido hacia dos horas y todavía no sabía nada de Tom ni de su grupo, solo que habían escondido explosivos y que algunos lobos no habían tenido suerte. ¿Y quién tenía la peor suerte del mundo? Yo, por supuesto. 

Solo yo.

Entonces oí la puerta. Levanté la mirada, dispuesto a gritar a cualquiera que se hubiera atrevido a interrumpirme. Como sabía que haría desde entonces hasta el día que me muriera, porque después de aquello jamás podría volver a ser el mismo. Se había acabado el bueno de Bill. Había muerto junto con su Macho.

—Bill —dijo él—. Tom volvió.

Me quedé muy quieto, mirando a mi lobo con una pierna herida que no apoyaba en el suelo. Había sangre seca en su oído y una quemadura en su mano derecha. Pero estaba allí, mirándome de vuelta con sus ojos amarillentos de bordes anaranjados. 

Quería gritarle. Quería cagarme en su puta madre y preguntarle por qué demonios había tardado tanto. Quería enfadarme tanto con él que se le quitaran las ganas de volver a dejarme allí esperándole y sin saber nada. Pero solo pude decir:

—Bien.

El lobo sonrió y se acercó cojeando hasta la mesa, donde se apoyó para avanzar hacia mí y abrazarme con un brazo antes de frotar el rostro en mi pelo y ronronear. Me quedé así, con los ojos empapados en lágrimas y la frente pegada a su pecho. Tomé una gran bocanada de aire y la solté entre los labios.

Mi Tom estaba allí.

Continúa…

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por TollWriter

Escritora del Fandom

Un comentario en «Humano 83»

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