

Fic Toll de TollWriter
82: La guerra: Y sus secretos
Me desperté porque me faltaba el aire y notaba un pesado, caliente y apestoso cuerpo sobre mí. Con un gran esfuerzo y un gruñido de queja, conseguí llevarme a Tom hacia un lado, el que se había vuelto a quedado dormido después del primer polvo. El movimiento le desveló, gruñó por lo bajo y esperó a que yo le acariciara el pelo rizoso y revuelto mientras le decía con cariño:
—Espabila, tenemos que ir a desayunar y ya es tarde.
Todavía hacía frío a principios de febrero, aunque las nevadas hubieran cesado para ser sustituidas por lluvias torrenciales que repiqueteaban contra los cristales sin parar. Se estaba muy a gusto en la cama, cubiertos por las sábanas y el edredón mullido que conservaba el calor y la peste a lobo; pero a mí me gustaba salir y tener un poco de tiempo a solas con mi Macho antes del trabajo y las constantes visitas.
Tom asintió lentamente, me acarició el rostro contra el suyo y me dio un beso en los labios antes de moverse, entre graves gruñidos y resoplidos de queja, hacia el borde de la cama. Me fui a dar una ducha y, cuando salí, le encontré vestido, pero en la misma posición sentada de expresión seria. Fui por mi chaqueta y le hice una señal para que nos fuéramos.
Al llegar al portal, todavía había una luz pálida y plomiza del atardecer sobre las nubes de tormenta, bañando la ciudad junto con la lluvia. Así que apuramos el paso y aprovechamos todo soportal y cobertura posible de camino a la cafetería. Fuimos a hacer el pedido a la barra y nos sentamos en nuestra mesa de siempre al lado de los cristales. A golpe de sábado, había bastante gente allí, tomándose algo antes de irse a cenar; pero, como siempre hacíamos, ignoramos las miradas y los susurros.
Tom se bebió su enorme vaso de leche caliente y se limpió el bigote manchado de blanco con la lengua mientras yo me terminaba el primer sándwich vegetal y miraba la televisión. En el canal 24h de la CNN habían incluido imágenes y datos sobre las noticias del «conflicto entre bandas» de Bremerton.
La Guerra había llegado a un nivel nacional y estaba causando cierto malestar entre la población. En la ciudad temían que aquello se extendiera más allá del lago y no entendían por qué no habían mandado ya al ejército hasta allí, porque todos sabían que no eran más que lobos.
—Ya debe faltar poco —le dije a Tom, haciéndole una señal hacia la televisión.
El lobo asintió y gruñó algo bajo y corto, una muestra de preocupación o de reflexión.
—Alfa querrá atacar antes de que se recuperen —murmuró.
—Sí, eso hará —afirmé—, pero tú vas a tener mucho cuidado y no te meterás en problemas innecesarios, ¿a qué no?
Tom respondió a mi mirada seria y, tras un par de segundos, terminó asintiendo.
—Tom estará bien.
—Más te vale…
Al volver a casa, me puse mi ropa de Doctor Lobo, me despedí de mi Macho con una caricia y un beso rápido y le recordé que dejara el tupper sucio en el lavaplatos antes de marchar. Había reanudado mis clases cuando había sido posible. Aun con la Guerra, el número de alumnos seguía creciendo, al igual que mis precios.
Ya cobraba cien dólares por cabeza y los muy imbéciles los pagaban sin dudarlo. Para ser justos, diré que había dejado de dar las clases en una deprimente ONG de la periferia y había alquilado un pequeño local en unas galerías interiores e íntimas.
¿Recuerdan dónde estaba el Sex-Shop? Pues justo en frente, en lo que había sido una mercería que se había ido a la quiebra porque las viejas no querían pasar hasta el final de una galería oscura donde había una tienda de pervertidos. A mí, por el contrario, eso me venía de lujo.
—Sí, el local es espacioso… pero me preocupa la mala situación —le había dicho a la mujer de la inmobiliaria—. Verá, siempre he tenido el sueño de hacer una pequeña librería, con charlas y esas cosas… pero no sé cuántos clientes tendrían el valor para venir hasta el final de las galerías, por temor a que les confundan con unos pervertidos que quieren comprar en esa tienda de en frente…
Al final, conseguí un alquiler estúpidamente barato para tratarse del centro de la ciudad. La inmobiliaria solo quería sacarle rentabilidad a aquel local que, sabían, nadie más alquilaría, y yo solo tuve que invertir doscientos dólares en pupitres de segunda mano y un proyector. Había mandado la nueva dirección y había seguido ganando dinero como un cabrón a expensas de los desesperados que llegaban con las mismas preguntas y las mismas ideas tontas.
—¿Por qué llegas tarde todos los sábados y con esas pintas de estúpido?— me preguntó Nick, que ya me estaba esperando, fumando distraídamente en la puerta con su chaqueta abierta y una camiseta de Tokio Hotel que parecía bastante usada, porque las letras en blanco estaban algo quebradizas y habían perdido color.
—¿Por qué no estás haciendo tu puto trabajo? —respondí, quitándome las gafas de mentira antes de hacerle una señal con la cabeza y sacarme un cigarro de camino al garaje.
Los Lobatos ya habían cargado los tuppers en el maletero del Land Rover y solo estaban esperando a que les diera su tabaco de premio.
—Ey, Bill —me dijo Sam, fumando con la espalda pegada en la pared, separado del resto de adolescentes porque él era «uno de los mayores»—. Quiero hablar contigo… —se acercó e ignoró por completo a Nick a mi lado, lo que no sentó nada bien al lobo—. ¿Qué es eso de tienes un sitio especial con sofás, una pedazo de televisión y cervezas? —me preguntó el Lobato en voz más baja junto con una sonrisa pícara en su atractivo rostro juvenil—. Hayato dice que ya ha ido un par de veces… Creía que éramos bros, Bill. ¿Por qué no me has dicho nada a mí?
—Como te acerques a mi conserjería, te quitaré ese culo de goma al que tanto quieres y volverás a correrte metiendo la verga en la almohada, ¿ha quedado claro?
Sam gruñó por lo bajo y perdió la sonrisa, apartando el rostro antes de fumar una calada de su cigarro largo.
—¿Has metido al puto Hayato en la Madriguera? —me preguntó Nick una vez en el auto.
Odiaba aquel nombre que le habían puesto a mi conserjería, porque sonaba a que era un espacio común como el Refugio, pero no lo era.
—Claro que no —murmuré, arrancando el motor para salir hacia la carretera.
Nick levantó la cabeza y produjo un sonido ronco de entendimiento.
—Entonces Hayato miente para decir que está con los Machos y reafirmar su autoridad como Alfa entre los Lobatos —me dijo, como si yo no me hubiera dado cuenta.
—Hayato tiene que tener cuidado de no hincharme las pelotas, porque como los Lobatos comiencen a rondar por mi conserjería, me voy a enfadar muchísimo…
—Bill enfadado. Mal —dijo Nick, imitando la voz grave de Tom y la cadencia más lenta de su voz antes de sonreír.
Soltó el humo por la leve abertura de la ventanilla y encendió la radio que ya estaba sintonizada en el canal de música rock de la ciudad. Por alguna razón, llevaba acompañándome un tiempo a mis viajes al almacén, a donde seguía llevándoles la comida, para después pararnos a comer algo antes de volver a mi conserjería para hacer poco más que vaguear, ver la tele o dormir.
El joven no me había pedido permiso, solo había aparecido una noche, me había seguido al garaje y se había subido al auto. Si Gustav lo sabía, no parecía hacer nada por evitar que Nick escapara de su trabajo de limpiador para escapar conmigo.
Hicimos nuestra primera parada en el Coffe&Shop del centro, una especie de extraña cafetería/supermercado del que Nick me había hablado. Seguía prefiriendo el Starbucks, pero los sábados llegaba demasiado tarde de mis clases y aquel era el único sitio algo parecido que seguía abierto. Además, aprovechaba para hacer la compra de la semana, más grande en aquella ocasión porque se acercaba un partido importante. Así que aparqué, nos pusimos nuestras capuchas y salimos corriendo hacia la puerta para mojarnos lo menos posible.
Por alguna razón, Nick siempre ronroneaba por lo bajo al entrar allí: quizá por el olor a café y bollos, quizá por algún buen recuerdo de aquel lugar, o quizá porque le hacía feliz el estúpido hecho de pasearse con su latte macchiato en la mano mientras miraba las estanterías de productos.
Entre las cajas de cerveza, pizza de microondas, palomitas, refrescos y bolsas de snacks, siempre colaba algo que le gustara y le llamara la atención. Aquel día fue un nuevo tipo de Red Bull con sabor a moras. A mí me daba igual, porque aquello no lo pagaba yo, sino una preciosa tarjeta a nombre de una empresa fantasma de la Manada, así que el lobo podía llevarse la tienda entera si quería.
Al terminar, salí corriendo hacia el Land Rover y, con toda prisa, lo acerqué marcha atrás hasta casi la puerta corredera del local, donde Nick ya me estaba esperando con todas las bolsas y cajas. Las cargamos frente a un equipo de seguridad impaciente y nervioso que no nos quitó ojo de encima hasta que nos subimos al auto de nuevo y nos fuimos de allí.
—Tengo una nueva humana, Christina —me dijo de vuelta en el auto tras bajar el volumen de la música—. Tiene un piercing en la lengua… — sonrió más.
—No estoy impresionado —murmuré sin apartar la mirada de la carretera. Tenía los limpiaparabrisas a tope y aún así me costaba mirar algo con tanta lluvia.
—Y… —añadió, volcándose un poco hacia mí como si se tratara de algún secreto—, puede ponerse las piernas detrás de la cabeza. Es profesora de yoga.
—Ahm… —comprendí—, así que te gusta jugar a poner posturas raras en la cama.
El lobo se encogió de hombros, pero no perdió la suave sonrisa.
—Es divertido, ¿tú no lo haces, Bill?
—No. Tom tiene cinco posturas y no las cambia nunca.
—¿Cuáles?
—Misionero, a perrito, Cara a Cara, la Silla Caliente o yo montándole pero moviendo él la cadera. Se pone nervioso y se enfada si no puede cogerme al ritmo que el gusta.
Nick frunció el ceño y sacó el teléfono para, discretamente, buscar las posturas en internet.
—Ah, sí, la Silla Caliente también me gusta mucho —murmuró—, pero me gusta más el perrito tumbado que el de a cuatro patas. —Guardó el teléfono y se cruzó de brazos mientras miraba al frente de forma distraída—. El otro día, mi otro humano, Jonathan, me pidió que me corriera solo en su boca y en su cara. Está un poco obsesionado con el tema…
Me detuve en un semáforo y giré el rostro hacia Nick. Me hablaba mucho de sus humanos últimamente, de sus experiencias o de lo que hacía o no con ellos. No es que fuera un tema extraño ni mucho menos, solo que el joven a veces escondía preguntas o reflexiones bajo frases que trataba de hacer pasar por simple cháchara.
—Para que tú digas que alguien está obsesionado con las mamadas y con tragar, debe ser muy grave, Nick —murmuré.
El lobo sonrió y me dedicó una rápida mirada por el borde de sus bonitos ojos color miel.
—Eso me gusta mucho, Bill, ya lo sabes —afirmó, encogiéndose levemente de hombros—, pero cada vez que voy a ver a Jonathan es siempre lo mismo. Me sienta en el sofá o se pone de rodillas y no para hasta que me corra dos o tres veces. Me empieza a aburrir un poco, la verdad…
—Entonces, deja de ir —respondí, arrancando de nuevo el auto para seguir por la carretera en dirección a las afueras.
—Sí… lo he pensado… —murmuró, entrecerrando los ojos y aspirando un poco de aire entre los dientes—, pero es que ese cuerpo de bombero me tiene un poco loco…
Puse los ojos en blanco y negué con la cabeza.
—Entre Félix y tú van a acabar con todos los guaperas de gimnasio que vayan al Luna Llena —le aseguré.
—No lo sé —dijo él, perdiendo al instante el buen humor—. No me hablo con Felix.
Ese era el problema, que Nick no se hablaba con nadie, solo conmigo. Por muy irónico que sonara, creo que el joven había encontrado en mí una especie de apoyo, alguien que no se limitaba a ponerle expresión seria y a darle respuestas cortas.
Tras el rapto y su degradación en rango, el lobo había tocado fondo en la Manada. Todos lo sabían. Él lo sabía. Seguía siendo demasiado orgulloso para dar un paso al frente, pero aún así se esforzaba a su manera por entrar en el grupo de Machos Solteros; aunque sus muchos errores le habían alejado de ellos y ahora estaba más solo que nunca.
Aquellas conversaciones que teníamos en nuestros viajes, eran solo reflejos de las que tenían los chicos en la conserjería, cuando discutían sobre sus humanos o contaban alguna anécdota divertida que les hubiera pasado. Nick escuchaba, a veces decía algo, a veces hablaba un poco, pero cuando a sus palabras seguía el silencio o una breve y escueta respuesta, tensaba la mandíbula y se iba. Que en la Manada fueran unos cabrones rencorosos, no era nada nuevo.
Cuando llegamos al almacén principal, saludé a Max, el viejo lobo con el parche en el ojo que seguía vigilando la entrada. Él se acercó corriendo bajo la lluvia y abrió la verja antes de volver a cubierto. Me saludó con un respetuoso asentimiento porque yo era el compañero de su SubAlfa y después me ayudó con las cajas de tuppers. Nick no salió del auto, se quedó allí esperando, con la ventanilla un poco abierta mientras fumaba con expresión seria en el rostro atractivo y masculino.
—Ese chico… —gruñó Max en voz baja—. En mi época ya le habrían expulsado…
—En tu época quemaban a las mujeres en la hoguera por brujería, Max — respondí yo.
—En mi época las cosas eran difíciles —dijo, levantando su cabeza de barba espesa y larga de santa Claus—. Los Machos de ahora no saben la suerte que tienen.
—No me jodas, Max, tú eras un Macho Soltero en los ochenta y te hinchaste a coger con hippies en mitad de la ola de amor libre y experimentación sexual —le recordé, caminando a su lado por el pasillo.
—No hablaba de eso —insistió, inflando su pecho todavía fuerte y musculado aunque probablemente el lobo rondara los sesenta y pocos. —Eran momentos de inestabilidad, había guerras y la Manada no podía permitirse cargar con Machos débiles que no dieran más que problemas…
Preferí no insistir, porque sabía que Max y yo terminaríamos discutiendo. No era un mal lobo, pero su generación tenía esa mentalidad de «nosotros sí que sufrimos» que me ponía de tan mal humor.
Así que me limité a repartir los tuppers, responder los saludos de los lobos que se acercaban como hienas al oler la carne e ir en busca de Jack que me esperaba a cubierto en un lado del almacén. Ya no se escondía en el exterior, pero todavía era incapaz de comer con el resto.
—Mañana vamos a ver un partido, ¿quieres venir? —le pregunté cuando ya había terminado de comer y volvía a ser un lobo con raciocinio y no una bestia hambrienta.
Jack se pasó una mano por los labios manchados de salsa de tomate y fue a darle un trago a su termo de café con sirope de avellana. Yo ya me había terminado el mío, fumando distraídamente a un par de pasos de distancia para no molestarle con el humo. Se suponía que no se podía hacer dentro de la nave, pero yo tenía muy buen trato con el director, un lobo degenerado y asqueroso llamado Félix, así que disfrutaba de privilegios como aquel.
—¿Es la Super Bowl, no? —me preguntó.
—Sí, van a venir bastantes chicos y David va a gritar como un hijo de puta con todo su ropa de fanático idiota puesta.
Jack bajó la mirada al tupper vacío, apretó una de las comisuras de sus labios y murmuró:
—No lo sé, Bill. No me gustan los deportes.
—No se trata del partido, se trata de pasar un rato divertido. Habrá cerveza, comida y creo que hasta Gustav bajará de su cúpula del mal para pasarse un rato. Me ha estado preguntando nada sutilmente si íbamos a ver el partido o no en la conserjería.
Jack gruñó con interés, replanteándose seriamente la idea. Iba a decir algo, pero unos pasos le interrumpieron y Jack apareció por un lado con un cigarro en los labios manchados y una enorme sonrisa.
—¿Están hablando del partido? —preguntó, dándole un leve apretón en el hombro a Jack. —Vente, será la estupendo. Espero que no gane el equipo de David, o Corney va a tener una noche muy movida… —añadió con una tono más bajo y sórdido.
Se me escapó una breve carcajada. David se había mudado hacía poco con esa chica, Corney, con la que había pasado los últimos dos Celos. Ahora el lobo rubio y grande tenía Guarida y, la humana, un nombre que decía la Manada. Si las cosas iban bien, quizá en unos meses o en un año aparecería en una de las fiestas.
—Me lo pensaré —prometió Jack, levantándose del pequeño cajón en el que se había sentado. Me dio las gracias por lo bajo y se despidió de Jack antes de alejarse.
—Félix, ahora que tienes Machos de sobra y ya no te ocupas de todo el trabajo, quizá deberías mandar a uno a que vaya a por los tuppers y los traiga —le sugerí.
Él sonrió de esa forma tan sexy y se encendió el cigarro sin dejar de mirarme a los ojos.
—Pero entonces dejaría de ver todos los días ese culito apretado que tanto me gusta, Bill… —murmuró, soltando el humo y alargando la sonrisa—. Cuando traes esos pantalones negros de rayas amarillas siempre me tengo que ir a casa de uno de mis humanos de lo caliente que me pongo.
Mantuve su mirada sin decir nada, pero, como solía pasarme, terminé por soltar un breve bufido y sonreír.
—Deberías darle las gracias a Tom de haberme encontrado primero, porque te aseguro que no ibas a poder conmigo, Félix —respondí, apartando la espalda de la estantería para alejarme en su dirección—. Y manda a un puto Macho a que recoja los tuppers —añadí.
—Pero me gusta que los traigas tú… —dijo, esta vez con un mohín de pena y un leve ronroneo de queja—. Así charlamos un poco— y guiñó un ojo de esa forma que podría haber derretido una estatua de hielo.
Cogí aire y suspiré, negando con la cabeza antes de irme con las manos en los bolsillos hacia la salida. El cabrón de Félix siempre conseguía darme las vueltas y usar ese encanto para conseguir que me ablandara con él.
Era un jodido manipulador, pero, sinceramente, esa era una de las cosas que más me gustaban de él. De vuelta en el auto me reuní con Nick, quien siguió con expresión seria hasta que dejamos atrás el almacén y nos detuvimos en la hamburguesería preferida del lobo; un pequeño local en el bajo de un edificio con solo un letrero en neón parpadeante que decía:«Hamburguer&Fries».
Apestaba a grasa de freidora, tabaco negro y a carne a la parrilla, no tenía ventanas y solo había dos mesas redondas con manteles de plástico frente a un mostrador con una caja registradora de los sesenta.
Lo mejor era que el cocinero no hablaba nuestro idioma y tenías que señalarle el número de lo que querías en una carta mientras te miraba con cara de asco. Al final había que gritarle y darle el dinero por adelantado para que se diera la vuelta y empezara a cocinar. Todavía no tenía claro si lo hacía porque Nick estaba allí y era un racista o porque ese hombre era así.
—Cada día me gusta más esta mierda de local —le confesé mientras nos íbamos a sentar a una mesa con restos de migas de pan y manchas de kétchup.
—Lo descubrí cuando era Lobato, había robado algo por aquí cerca y necesitaba un sitio donde esconderme —me explicó antes de quitarse su chaqueta y dejársela apoyada en el regazo, porque no había otro lugar donde ponerla.
Saqué la cajetilla de tabaco y le entregué uno a Nick antes de colocar otro en mis labios. Lo mejor de ese local era que se podía fumar dentro porque el cocinero lo hacía todo el rato.
—¿Fue antes o después de joderme uno de mis trabajos? —le pregunté.
—Un poco antes —respondió, sacando su zippo negro para encender la punta del cigarro y soltar una voluta de humo a un lado—. ¿Va a venir Jack a ver la Super Bowl? —me preguntó entonces.
—No lo sé, sigue teniendo miedo de juntarse con los Solteros, pero le dije que vendría Gustav y eso le calmó un poco.
—¿Por qué no se da cuenta de que esa humana es una zorra? —repitió, como hacía siempre que salía el tema—. ¡No puede ser tan imbécil!
Le dediqué una mirada seca para que controlara el tono y, tras un par de segundos, me saqué el cigarro de los labios y respondí:
—Lo sabe, Nick. Ese no es el problema. El problema es que es su compañera y la quiere más que a nada. Aunque ella no se lo merezca.
—¿Y a qué está esperando? ¿A que le escupa en la cara y se ría de él? Matémosla, finjamos que es un accidente y que Jack le haga un entierro y se olvide de ella.
Murmuré algo y me pasé la lengua por los dientes antes de mirar a un lado.
—No es mala idea… de todas formas va a morir cuando la Guerra termine.
Nick frunció el ceño y levantó la cabeza con interés.
—¿Ah, sí? Bien, me alegro de que Gustav al fin se haya dado cuenta de que es lo más fácil.
—Sinceramente, no sé qué es peor, porque a Jack le va a romper el corazón, pero Ria ha cruzado demasiadas líneas rojas.
—Matarle de hambre y abandonar a su Macho es una línea roja suficiente para merecer morir —me aseguró Nick.
—Ria… —me detuve, chasqueé la lengua y tomé una bocanada de aire—. Esto es un secreto, Nick, y no quiero que se lo digas a nadie, ¿entiendes?— esperé a que el lobo asintiera lentamente y entonces, solo porque quería darle una muestra de confianza al lobo, le dije—: Gustav ha descubierto que Ria ha abortado a la Cría de Jack.
El joven se quedó en blanco. Entreabrió los labios hasta que su cigarro quedó casi colgando de su boca, solo sujeto por el rastro de saliva que lo mantenía pegado. Parpadeó y bajó la mirada a la mesa sucia. No supo qué decir, solo se quedó así más de medio minuto hasta que se quitó el cigarro y se pasó una mano por el pelo negro. Negó con la cabeza y, con los ojos un poco empañados, me miró para decir:
—Hay que hacer sufrir a esa puta tanto como nos ha hecho sufrir a nosotros…
—Gustav no pasará esto por alto, ya lo sabes —respondí en voz baja, echando la ceniza del cigarro al suelo porque no podía estar ya más sucio. —Pero esto solo lo sabemos nosotros y Tom, así que cierra la puta boca…
El joven alzó la cabeza con orgullo pero asintió, demostrando que estaba preparado para formar parte de los pequeños secretos de la élite. Aún así, la noticia le afectó de una manera que no me esperaba.
Comió sus nueve hamburguesas dobles y sus dos paquetes grandes de patatas con lentitud, para ser un lobo, quiero decir. Miraba la mesa, gruñía por lo bajo, y a veces incluso levantaba la cabeza hacia la pared a mi espalda, donde había un horrible cuadro de un anuncio de los setenta donde una mujer sonriente enseñaba una hamburguesa con queso.
—Déjame en Capitol Hill —me pidió cuando entramos en el auto.
—¿Vas a ir a ver a la profesora de yoga? El lobo asintió.
—Necesito distraerme.
No dije nada, giré en dirección contraria para no tener que dar un rodeo y dejé al lobo en la dirección que me señaló. Antes de bajarse, apagó la radio y me miró.
—Gracias por contármelo, Bill.
Me limité a hacer un gesto con al cabeza, un poco sorprendido de que el lobo me diera las gracias por primera vez después de tanto tiempo.
—Pásalo bien —murmuré.
—Lo haré —me aseguró, abriendo la puerta y colocándose bien calada la capucha de pelo canela antes de salir bajo la lluvia torrencial.
Cuando al fin volví al Refugio y aparqué el auto, entré en busca de algún Macho despistado que pudiera ayudarme a cargar todo lo que tenía en el maletero del Land Rover, pero a quién encontré en el salón grande fue a Mari Ann, una de las Ancianas. Me saludó con una sonrisa y se quitó sus gafas de cerca para decirme:
—¿Buscas algo, cariño?
—No, señora, solo a un par de lobos que me ayuden con la compra.
—Ah, los chicos están ya en esa Madriguera tan bonita de la que hablan sin parar.
—Demonios… —murmuré, dando un escueto «gracias» a la vieja antes de girarme en dirección a la puerta.
Salí en dirección al edificio de oficinas y entré de golpe en mi conserjería, encontrándome con que Norman, Jack, Finn, Roy y Kai habían movido uno de los sofás y se habían traído su videoconsola del casino para jugar en la enorme pantalla de cine. Ya se habían bebido las seis últimas cervezas y comido las tres últimas bolsas de snacks, pero como no había sido suficiente, había cinco cajas de pizza vacías a un lado junto a las latas. Ellos me saludaron con una sonrisa y algo rápido para no apartar la mirada de la pantalla.
—¡Ven, Bill! —me animó Norman, al que ahora le había dado por trenzarse su pelo rizo y enjuto y dejarse la barba más larga porque se lo había visto a un rapero y le había gustado—. ¡Es un videojuego de miedo y está que te cagas!
—Jared ya se ha asustado tres veces —añadió Kai con una sonrisa cruel—. Ah, y Gustav ha llamado un par de veces preguntando por ti.
—Por cierto, Bill, no queda cerveza —dijo Finn, señalando las latas vacías del suelo—. ¿Has ido a comprar más?
¿Recuerdan cuando les dije que los lobos simplemente tomaban las cosas sin preguntar y que si les dabas la mano te terminaban cogiendo hasta el brazo? A esto me refería. Pero conmigo había un límite, y los Machos solo necesitaron mirarme la cara para saber que algo no iba bien. Pausaron el videojuego y se quedaron en silencio y a la espera, un poco encogidos y atentos por si tenían que salir corriendo en cualquier momento.
—La compra está en el maletero del Land Rover —dije en voz baja, pero con el intenso silencio se me escuchó perfectamente—. Van a levantarse, van a tirar toda esa mierda a la basura y van a traer las cosas aquí para ordenarlas en la nevera y las estanterías…
Cuando asintieron lentamente les tiré las llaves y me aparté de la puerta a la espera de que desfilaran por delante de mí, sin darme demasiado la espalda. Cerré de un portazo y me fui con cara de muy mal humor hacia el teléfono rojo.
—Privet, camarada Gustav.
—Me resulta curioso que tú mismo hayas asumido que eres el bando soviético, Bill —respondió el Alfa. No parecía cortante y su tono de voz era calmado, así que, llamara por lo que llamara, no era nada grave—. ¿Es porque eres un admirador de la Mano de Hierro con la que dirigía Stalin?
—Sí, pero también es porque lo de ser un líder carismático que después resulta ser un cabrón ególatra y corrupto te pega más a ti, Gustav.
Tras un breve silencio, respondió:
—Puede ser… Ven a verme cuando puedas, me gustaría discutir algo contigo.
—Voy ahora —murmuré antes de colgar.
Me quité la chaqueta, la dejé sobre la barra de bar de madera que separaba un poco la parte de la cocina, los muebles y nevera y fui con un chaqueta en los labios y el zippo en la mano hasta el despacho del Alfa. Llamé más por costumbre que por educación y me sumergí en aquella peste ácida y desagradable. Gustav continuó escribiendo algo sin si quiera levantar la vista, solo cuando terminó, cerró la tapa del bolígrafo y me miró.
—La Guerra está a punto de terminar. La policía portuaria de Bremerton ha encontrado el cadáver de Victor, el Alfa de los Colmillo, flotando en el puerto. Los Medianoche no tardarán en dar caza a los últimos supervivientes y en llevarse a sus Crías. He planeado el ataque y es el momento de hacernos con el control de Tacoma y toda la península. Nuestro Territorio será uno de los más grandes del país… —con una sonrisa blanca y perfecta de grandes colmillos, saboreó la idea, dulce en los labios pero amarga en la garganta, porque volvió a ponerse serio y fue a por el mapa enrollado a sus espaldas—. Pero me preocupa dar un paso en falso y perder a alguno de mis Machos. Aún con sus fuerzas mermadas, un ataque frontal podría no ser la mejor idea. Deben ser conscientes de su posición y de que los Luna Llena estaremos frotándonos las manos a espera de poder sacar partido de la situación. ¿Tú qué crees?
—Creo que esa caja de puritos te está durando muchísimo, Gustav — respondí, señalando el chaqueta que se había sacado y que, solo cuando dejó de hablar, fue a encenderse—. Pensaba que solo se vendía de diez en diez…
El Alfa me dedicó una mirada cortante y seria por el borde superior de los ojos. Soltó el humo azulado lentamente, que acarició su rostro masculino de piel caramelo, y me dijo:
—Quizá sea mejor que utilices ese ingenio tan agudo que tienes para el tema que nos preocupa, Bill —utilizó la misma mano con al que sostenía el purito para dar un par de toques al mapa extendido.
Me recosté más en el asiento y me quedé un momento en silencio, dándole otra calada al chaqueta y preparándome para una noche de esas largas en el despacho del Alfa. Era cierto que yo no trabajaba mucho y solía pasarme las noches rascándome los cojones en conserjería, pero estaba seguro que aquellas sesiones intensas lo compensaban con creces.
Salí de allí cuando ya había amanecido, con una expresión seria y cansada. Fui directo a la calle y crucé la lluvia para subir a la Guarida. Tom todavía me estaba esperando despierto, sentado en el sofá mientras miraba uno de sus programas de jardinería.
—¿Qué tal Bill con Alfa? —me preguntó, apagando la televisión y siguiéndome hacia la cama.
—Demasiado bien —murmuré—. Vamos a atacar a los Medianoche.
Mi lobo gruñó un poco y se puso muy serio de pronto, mirándome fijamente antes de apretar los puños y asentir.
—Buen momento. Son débiles y la Manada puede ganar mucho.
—Sí… —me detuve y me giré hacia él—. Tú vas a dirigir el segundo frente, después de que Gustav inicie el ataque.
Tom alzó la cabeza y volvió a asentir, como si fuera un caballero del rey dispuesto a luchar a muerte. Pero no lo haría, porque yo me había asegurado de que estuviera lejos del peligro en todo momento. Había ayudado al Alfa a planearlo y había podido jugar un poco sucio con sugerencias sobre quién debería ir a donde.
Gustav se había negado a dejar a Tom atrás como le había pedido en un principio, después de todo era su SubAlfa y uno de los Machos más grandes y fuertes de la Manada, pero aceptó algunas otras proposiciones, consciente de que yo estaría más receptivo y participativo si me daba lo que quería; y lo que quería era que Tom volviera con vida de allí.
Yo quería a la Manada, pero quería mucho más a mi lobo.
Continúa…
Gracias por la visita. No te vayas sin comentar 😉
Privet camarada Gustav 😅
Hay no!! Las guerras siempre traen muerte…
Esperemos Nick no falle y mantenga el secreto como lo que es, un secreto