Fic Toll de TollWriter

80: La Guerra: Es sucia y cruel

El agradable mensaje de una mano amputada envuelta en un papel de bocadillo de una tienda del puerto de Bremerton, tuvo el efecto esperado. Los Medianoche no dudaron en atacar a los Colmillo con toda su rabia, metiéndose en una guerra sin sentido que ninguno de los dos bandos había buscado. 

Gustav lo observaba todo como un malvado súper villano en lo alto de su torre, fumando esos «puritos que le quedaban» y sonriendo como un cerdo tras recibir llamada tras llamada de sus espías y policías corruptos sobre el avance de la guerra. Solo le faltaban los rayos retumbando de fondo.

—Ya he hablado con algunos clientes que nos habían abandonado, les he asegurado que dentro de poco ya no les venderán mercancía y les he ofrecido un trato a un coste mayor del que ya teníamos —me explicó el domingo en su despacho, apenas dos noches después del gran golpe—. También he pensado que podríamos tomar de vuelta Federal Wey y permanecer a la espera, si ganan los Medianoche, veremos cuántos Machos les quedan vivos, si son una cantidad razonable, podríamos invadirlos y extender el Territorio por el sur. No necesito su puerto de mierda, pero tampoco nos vendría mal…

—No nos precipitemos, Gustav —le advertí, echando una calada a un lado—. ¿Ya has mandado a la humana a Bremerton?

—No, es complicado —respondió el Alfa, recostándose sobre su sillón y dejando sus ideas de conquistador a un lado—. Con la guerra no quiero que vean a ninguno de los míos rondando por allí.

—Iré yo —me ofrecí.

—No —se negó al instante—, es peligroso y no quiero tener que soportar a Tom. Todavía no me ha perdonado del todo nuestro… pequeño incidente.

—Tenemos que deshacernos de la compañera, Gustav —insistí—. Tienen que encontrarla en su Territorio, como habíamos acordado. Es importante para que no se den cuenta de que ha sido todo una trampa.

—¿Y cómo vas a mover un cadáver a través del río y dejarlo en algún lugar para que lo encuentren sin levantar sospechas? —me preguntó, entrecerrando los ojos antes de fumar una calada de su purito. Jamás lo reconocería en voz alta, pero Gustav fumaba como un cabrón muy sexy.

—Me llevaré conmigo a Nick.

—No —repitió, esta vez más duro que antes—. Nick está muy ocupado fregando el edificio de oficinas…

—Nick se coló en un Territorio enemigo durante toda una semana y consiguió raptar a la compañera de un SubAlfa, Gustav —le recordé—. Creía que a ti te gustaba sacarle el mayor provecho a las capacidades de tus Machos.

El Alfa se lo pensó y, con una mueca de disgusto, se inclinó para dejar la ceniza sobre el mismo vaso de la cocina que seguía usando como cenicero.

—Se lo explicarás tú a Tom y te harás responsable de todo lo que pase— murmuró.

Asentí y me levanté, apagando el cigarro en el mismo lugar antes de salir por la puerta. Aunque las cosas hubieran ido bien hasta el momento, aún quedaba trabajo sucio por delante. No sabíamos cuánto podrían tardar los Medianoche en derrotar a los Colmillo en aquella guerra sangrienta y sin cuartel que estaba empezando a llamar la atención de los medios y de la policía. 

Por lo que decían los informadores de la Manada, los Medianoche habían asaltado por sorpresa a los lobos de Bremerton, lo que les había dado una notable ventaja. Habían quemado un par de sus edificios y matado a algunos de sus Machos. Era difícil pensar que los Colmillo pudieran reorganizarse a tiempo y atacar de vuelta, así que, cuando los Medianoche descubrieran que la compañera no estaba allí, sabrían que les habían engañado. 

Eso les llevaría a sospechar de nosotros y, quizá, a atacarnos. Los lobos de Tacoma seguían siendo una Manada grande; no tanto como la nuestra, pero grande. Aún con sus fuerzas mermadas, no saldríamos de esa guerra tan bien parados como con los del Aullido. Y, aunque Gustav ya estuviera pensando en ampliar el Territorio, el objetivo principal de todo aquel plan siempre había sido evitar una guerra que no queríamos. Por eso la compañera debía aparecer muerta en alguna parte de Bremerton, acabando con toda sospecha y con la posibilidad de ser descubiertos.

—Nick —le llamé al alcanzar la sala del segundo piso donde sabía que estaría.

El lobato giró el rostro a prisa para ocultar sus ojos llorosos de mí. Estaba sentado sobre la mesa, como la primera vez que le había visto, fumando cigarro tras cigarro y bebiendo trago tras trago de su botella de whisky.

—¿¡Qué mierdas quieres?! —rugió.

Entré en aquel despacho de archivadores que apestaba ya al fuerte Olor a Macho de Nick, le habían degradado, pero su sudor seguía siendo tan fuerte como el de un SubAlfa. Cerré la puerta y caminé tranquilamente hasta quedar cerca del lobato, pero dejándole espacio suficiente para que pudiera seguir ocultando su rostro lloroso de mí.

—Hay un trabajo importante y necesito tu ayuda —le expliqué.

—¿Has venido a reírte, Bill? —preguntó tras un breve silencio, todavía con la mirada clavada en la otra esquina de la sala—. Ya habías tardado demasiado…

—He venido porque hay un puto trabajo que hacer, Nick —repetí, esta vez con un tono más seco—, así que espabila, no tenemos toda la jodida noche.

—Tú no me das órdenes… —gruñó con los dientes apretados.

—Muy bien, pues no vengas —concluí, dándome la vuelta hacia la salida. 

Volví a cerrar la puerta a mis espaldas y me sumergí en el pasillo en penumbra que todavía tenía un rastro al Olor de la Manada, incluso una semana después de que se hubieran ido todos de allí. Fui directo a las escaleras con las manos en los bolsillos de mi chaqueta y descendí paso a paso, calmadamente, hasta que oí un fuerte golpe a lo lejos y unos pasos furiosos que retumbaron por el pasillo. Esperé a Nick en el entresuelo, con una mueca desinteresada, para verle aparecer con su clásico enfado de niñato idiota.

—¿Vas solo? —quiso saber.

 Asentí.

—Es un trabajo que requiere discreción.

El joven levantó la cabeza, esperó el par de segundos que su orgullo le exigían y después bajó un par de escalones.

—¿Te ha dicho Gustav que vinieras a buscarme? —preguntó en un tono más bajo y controlado.

—No, yo le pedí a Gustav que vinieras conmigo. Hay que entrar en Territorio enemigo y dejar a la compañera en algún lugar visible pero no obvio. Tú has demostrado que sabes moverte muy bien y no llamar la atención…

Nick volvió a quedarse en silencio, como si sopesara la idea de que me estuviera riendo de él o alguna estupidez así. Creo que fue solo el hecho de que ya nos conocíamos demasiado el que le hizo darse cuenta de que yo no regalaba cumplidos ni tenía la necesidad de evitar conflictos. 

El lobo bajó el resto de escalones e hizo una señal para que continuáramos adelante. No dijimos nada hasta alcanzar el garaje, recogiendo las llaves de una camioneta Ford F-150 en el marco junto al resto. Era de los autos más «discretos» de la Manada, que, aunque grande, era bastante común y no llamaba demasiado la atención. Una vez dentro, Nick sintonizó la cadena de rock y subió un poco el volumen.

—¿Tienes un cigarro, Bill? —me preguntó sin mover la vista del frente. Saqué una mano del volante y busqué a tientas la cajetilla en mi bolsillo antes de tirársela. El lobo la aceptó, se sacó un cigarro y lo encendió con su zippo negro, soltando el humo por la ventanilla abierta.

—Así que tú crees que no lo hice mal… — murmuró.

—Creo que lo que has hecho ha sido bastante impresionante, y ojalá lo hubieras hecho para algo que no fuera jodernos con más problemas.

El lobo gruñó por lo bajo y volvió a enfadarse, girando el rostro todo lo posible hacia la ventanilla para no tener que mirarme ni por el borde de los ojos. Ya era tarde para bajar del auto en marcha, pero estuve seguro de que el lobato lo hubiera hecho si hubiera podido.

—Lo hice por la Manada… ¡por Gustav! —terminó gritando.

—La cagaste, Nick. Muchísimo —respondí, porque si buscaba consuelo, no lo iba a encontrar en mí—. Fuiste estúpido y jugaste a ser un puto héroe, metiéndonos de cabeza en un problema que podría haber terminado en muchas muertes y sufrimiento. ¿Recuerdas cuando te dije que pensaras las cosas antes de hacerlas? A esto me refería. Desobedeciste una orden directa del Alfa, te escapaste sin decir nada y quisiste tomarte la justicia por tu mano cuando solo llevas un par de meses siendo un Macho de la Manada.

—¡Me preocupaba Linda y quería vengarme! —rugió, lo que me llevó a mirarle con una expresión seria. No le iba a recordar que a mí no se me gritaba.

Nick siguió respirando con fuerza, tomando grandes bocanadas de aire por entre los dientes. Estaba enfadado, frustrado y dolido, consigo mismo y con los demás por no querer entenderlo. El joven solo estaba intentando hacerse un hueco en la Manada y demostrar su valor, pero cada decisión que tomaba era peor que la anterior.

—Gustav también fue al puto Club de los Aullido solo y casi le matan — insistió, ya sin gritar, solo como una exclamación desesperada.

—Tienes razón, Nick —le dije con tono calmado, porque entendía esa frustración y yo no estaba allí para sermonearle—. Gustav también la cagó y, por suerte, conseguimos pararle los pies y salvarle el culo. Quizá por eso está tan enfadado contigo por haber hecho algo que él no pudo hacer— me encogí de hombros—. El Alfa tuvo que tragarse su ansiedad y su furia mientras tú le desobedecías, y lo peor es que no es la primera vez que lo haces. Ese carácter de «yo soy mejor y puedo hacer lo que quiera», no es algo que a Gustav le guste demasiado… —le eché una breve mirada por el borde de los ojos y sonreí—. Aunque es un puto hipócrita de mierda y él siempre hace lo que le sale de la verga.

—¡SÍ! —exclamó Nick, agradecido de haber escuchado aquello. Hizo un gesto de manos en alto y agrandó sus bonitos ojos color miel—. ¡Pero es a mí a quien degrada en rango y no deja de humillar cuando solo intentaba ayudarle!

—Ya… conozco esa sensación —le aseguré.

—Sí… —repitió, frunciendo el ceño antes de continuar—: Ya… supongo que sí. Pero… no es lo mismo. Tú eras un cabrón y nos insultabas.

—Sí, porque tú eres un puto encanto que trata bien a todo el mundo, ¿verdad, Nick?

—Les trataría bien si me respetaran como su SubAlfa —volvió a gruñir.

—Yo decía lo mismo, pero cambiando los de SubAlfa por compañero.

El joven al fin se rindió. Tiró el cigarro arrugado y destrozado en su mano y fue a buscar otro a la cajetilla que aún tenía entre las piernas de sus vaqueros rotos. Alargué la mano para pedirle uno y me lo puse en los labios mientras bajaba la ventanilla. Todavía hacía un frío de mierda, pero la brisa del lago era agradable y dentro del Ford se había acumulado mucho calor y Olor a Macho.

—A ti al menos te daban oportunidades para recuperar su confianza — murmuró, echando una calada al exterior—. A mí solo me desprecian…

—No me jodas, Nick —respondí, sacando la mano del cigarro por la ventanilla mientras conducía, adentrándonos de nuevo en tierra firme para dirigirnos a la zona industrial repleta de naves. —No te hagas la puta víctima. Te han dado un buen rango, uno que sabías que te merecías, pero tú llegaste con tus aires de superioridad y la cagaste en el puerto, perdimos un cliente importante y nos diste problemas con la policía; en el almacén no obedecías a Felix y te escondías para evitar trabajar y ahora nos has traído a una compañera que podría haber provocado la guerra entre las dos Manadas más grandes de la ciudad. No me digas que no has tenido oportunidades para recuperar su puta confianza cuando te han dado más que a mí. Han respetado tu sillón en el Luna Llena, te han dado la habitación más grande del Refugio y te han invitado a todas las reuniones importantes. Ya sabes que yo tampoco soy de los que agachan la cabeza, Nick —continué, aprovechando lo recto que era la autopista para mirar más de seguido al joven—, pero a ti te ha cegado el puto orgullo…

—¡¿Por qué no cierras la puta boca?! —gritó, golpeando el salpicadero con el puño, lo que produjo una leve abolladura en él—. ¡No necesito tus putos consejos de mierda!

Me quedé en silencio, fumando y con la vista al frente. Quizá me había tomado demasiado en serio mi papel de Doctor Lobo y ahora era como uno de esos estúpidos que habían tratado de «ayudarme» cuando era joven, pero solo me recordaban todo lo que hacía mal y me hacían sentir más frustrado y furioso que nunca. Tras un par de segundos, murmuré:

—Tienes razón. Perdona, Nick.

El joven se quedó mirándome fijamente, hinchando su pecho abultado bajo la camiseta de Tokio Hotel con cada nueva bocanada. Después, subió casi al tope el volumen de la música y siguió fumándose el cigarro cara a la ventanilla abierta. Cuando llegamos al aparcamiento de la pequeña nave de trasteros en alquiler, bajó dando un fuerte portazo y se puso la capucha de pelo. 

Me reuní con él junto a la puerta, llevándome conmigo la llave que había en la guantera del Ford. Atravesamos el pasillo con suelo de corcho brillante, pasando verja tras verja pintada de un azul eléctrico hasta alcanzar la número 33. Usé la llave y pulsé el botón para levantarla seguida de un ruido metálico. Aquel sitio era una de las propiedades secundarias de la Manada, no sacaban mucho dinero de ella, pero les permitía esconder algunas cosas como caramelos, armas, o compañeras raptadas.

La mujer estaba al final del pequeño cuarto vacío, atada y amordazada en una silla. En una de sus manos había un muñón no demasiado bien vendado y empapado en sangre que todavía goteaba. No se movía, con la cabeza caída hacia delante y su pelo rubio oscuro cubriéndole por completo el rostro. 

Di un paso, adentrándome en aquel espacio que apestaba a un aroma metálico y también al charco de meados que había bajo la silla, puede que del terror o de llevar días encerrada sin moverse, la compañera no había podido aguantarlo. Chasqueé la lengua y solté aire entre los labios. No era una visión agradable y eso que yo no era un hombre aprensivo; pero ver a aquella mujer me recordó los peligros que corrías al ser compañero.

Verán, en tiempos de paz, a veces es duro, te enfrentas a la sociedad y al rechazo, pero tienes a tu lobo y la Manada. En tiempos de guerra, ser un compañero significa que estás jodido y que es mejor que no te encuentren con vida; porque podrían hacerte lo que le habíamos hecho a aquella mujer o incluso algo peor. 

No por placer, sino para usarte, por venganza o incluso para desestabilizar emocionalmente a la Manada enemiga. Todo vale en la Guerra. La única razón por la que Linda no había terminado igual que aquella muchacha era porque se trataba de la compañera del Alfa. Los Aullido no habían querido precipitarse y habían preferido no perder ni dañar su única ventaja sobre nosotros para, en el momento adecuado, poder chantajearnos y usarla en nuestra contra.

—¿Es la primera vez que ves un muerto, Bill? —murmuró Nick a mi lado.

—No —respondí mientras me sacaba otro cigarro, porque había sobrestimado mi capacidad para llevar aquello e iba a necesitarlo—. Pero nunca es agradable —fumé la calada y la eché hacia el techo amarillento y agrietado—. Métela en una bolsa de plástico y vayámonos —le ordené—. Todavía tenemos mucho camino por delante.

—¿Me has traído solo para ser una puta mula de carga?

—No me jodas, Nick —murmuré, dándome la vuelta hacia el pasillo—. No estoy de humor…

El joven gruñó a mis espaldas, pero, por suerte, no tuve que insistir. Mientras yo vigilaba el pasillo para que ningún cliente despistado nos interrumpiera, Nick desató a la mujer y la metió en una de las bolsas de basura tamaño industrial. Le hizo un nudo como si se tratara de basura y se lo cargó al hombro como si nada. Le eché una ojeada por el borde de los ojos y volví a chasquear la lengua. 

Era preocupante la poca empatía que mostraban los lobos por todos aquellos fuera de la Manada o que no pudieran cogerse. Le hice una señal hacia la puerta al final del pasillo y cerré la trapa antes de seguirle.

Nick metió el cadáver en el maletero y se reunió conmigo en la parte delantera, volviendo a poner la música alta mientras yo conducía de vuelta a la ciudad para tomar el camino contrario, cruzar el río y dejarles un regalo envenenado a los Medianoche. 

Nos llevó media hora llegar al ferri, donde solo tuve que hacerme a un lado para que el hombre de guardia viera al lobo que me acompañaba. Como muchos otros servicios de la ciudad, los trabajadores del ferri estaban sobornados y comprados por la Manada, así que no fue difícil que nos hicieran un hueco en un carguero de mercancías que iba a cruzar el lago directo al pequeño pueblo marítimo de Southworth. 

Desde allí, solo eran veinticinco minutos por una carretera boscosa y sin tráfico hasta Bremerton. Tuvimos que pasar un par de peajes, pero aquellos hombres y mujeres ni se atrevieron a mirarnos a los ojos, conscientes de que había una guerra en marcha y que no querían ser una víctima colateral del conflicto. En nuestro trayecto por la costa del estrecho, Nick subió la ventanilla, bajó la música y me dijo sin mirarme:

—Nunca creí que dejaría el Territorio, y ahora ya he estado dos veces fuera de él. Es raro.

—Tampoco es que te hayas alejado mucho —murmuré, con el codo apoyado y solo una mano en el volante y una expresión aburrida en el rostro.

Respetaba el límite de velocidad porque no quería llamar la atención y miraba hacia la carretera iluminada por las luces largas con una sensación de soñolencia. Llevábamos un cadáver en el maletero, pero el viaje no estaba resultando lo más emocionante del mundo, quizá por eso Nick había decidido sacar alguna conversación tonta.

—Me he alejado mucho más que otros Machos de la Manada —me aseguró, dedicándome una mirada por el borde de los ojos—. Para nosotros es como cruzar a otro mundo. Durante mí… expedición por Tacoma, lo pasé bastante mal, aunque no lo creas. Me ponía muy nervioso y apenas conseguía dormir.

—Tranquilo, Nick. Solo será entrar, dejar a la compañera y volver a casa.

—Lo sé —frunció el ceño y negó con la cabeza—. No estoy nervioso, solo me siento un poco extraño fuera del Territorio. —Se quedó un breve momento en silencio y entonces añadió—: Si nos atacan, puedo defenderte, solo tienes que correr muy rápido y dejarme que yo me encargue.

—Primero de todo, no vamos a arriesgarnos tanto como para que alguna de las Manadas nos vean —le aseguré—, y, segundo, por supuesto que te iba a dejar tirado sin pensarlo dos veces.

Aquello provocó una leve sonrisa en los labios del joven, una que trató de ocultar con un gesto de la mano, como si se la quisiera limpiar de los labios antes de volver a estar serio y asentir.

—¿Cuál es el plan, entonces?

—La dejaremos en los baños de una gasolinera y llamaremos a la policía por el teléfono público.

—¿Y me necesitabas para hacer eso? —preguntó—. Creía que habías dicho que venía porque era un trabajo discreto…

—Y lo es —afirmé, respondiendo a su mirada seria antes de encogerme de hombros. —Entramos discretamente, dejamos a la muerta y nos volvemos tan discretamente como hemos llegado.

Nick gruñó por lo bajo y negó con la cabeza con una expresión asqueada.

—¿Qué coño te creías, que nos íbamos a colar en el Refugio de los Colmillo o algo así? —quise saber—. No seas tonto…

—No me necesitabas para hacer esto. No es…

—¿No es qué, Nick? —le pregunté—. ¿Digno de un SubAlfa? ¿O es que esto no es lo suficiente bueno y emocionante para ti? —esperé un momento, pero como no respondió y solo se limitó a seguir gruñendo, continué—: No, lo digo en serio. ¿Qué crees que es digno de ti, Nick? ¿Qué trabajo crees que te mereces? Porque mi Macho es Primer SubAlfa y se pasa las noches pegando palizas como un matón callejero. A lo mejor tengo que ir a hablar con Gustav y obligarle a que le de un puto despacho y le ponga algún trabajo de oficina «digno de su rango».

—Tom no sabe ni contar… —dijo, levantando la voz.

—Cuidado, Nick —le advertí, con una mirada muy seria y un tono de voz que podría cortarle si se acercaba demasiado—. Tengo poca paciencia, pero tengo incluso menos si se trata de mi lobo…

El joven levantó la cabeza con orgullo e hinchó el pecho, pero no se atrevió a responder a mi mirada ni a decir nada al respecto. Lo dejé pasar y volvimos a sumergirnos en un pesado silencio los diez minutos que tardamos en alcanzar el desvío hasta el área de descanso con gasolinera, cafetería y un aparcamiento enorme para los camiones y los viajeros que decidían detenerse allí. 

Estaba dentro del Territorio de los Colmillo y era un lugar tan bueno como cualquier otra para dejar a la compañera. Detuve el Ford en uno de los lados más oscuros, le hice una señal fría y seca a Nick, quien me acompañó al maletero y cargó la bolsa de basura. Ambos tuvimos mucho cuidado de vigilar a ambos lados, para que no nos viera nadie y para comprobar que no hubiera cámaras de seguridad que pudiera cazarnos de camino a los baños.

Elegí el de mujeres, porque estaba un poco más limpio, solo un poco, y había menos posibilidades de que alguna humana despistada quisiera entrar en el cubículo donde dejamos a la muerta. El lobo puso una profunda expresión de asco y giró el rostro, aturdido por la peste que había allí.

—Así no podrán olernos, Nick —le expliqué.

Llevamos la bolsa al cubículo más alejado. El joven se encargó de sacarla de allí y sentarla sobre la taza del retrete, de tal forma que se sostuviera sola con la cabeza apoyada en la pared y los brazos muertos a ambos lados. Sin más preámbulos, nos fuimos de allí. 

Sin despedidas, sin palabras de disculpa o perdón susurradas a la primera víctima de esa guerra sin sentido. Aquella pobre compañera solo había sido un error convertido en mártir. No tenía que haber muerto, no tendría que haber sufrido y no tendría que haber sido abandonada en los baños de una asquerosa gasolinera. Pero allí estaba.

Nos subimos de nuevo al Ford y salimos de allí sin mirar atrás. No me detuve hasta una intersección de autopistas a medio camino donde, en otra área de descanso, utilicé el teléfono de la cafetería para hacer una llamada anónima.

—Sí, hola, soy Rob —dije con mi mejor acento texano—. ¿Es la policía del Estado? Mi mujer ha ido a empolvarse la nariz al cagadero de la gasolinera del área de descanso de la Autopista tres al sur de Bremerton, ¡y volvió gritando y llorando porque había una muerta! ¡Me han jodido las vacaciones y exijo una explicación!

Después de repetirlo, interrumpiendo constantemente a la mujer que trataba de hablarme y pedirme más datos mientras me yo quejaba de la inseguridad y vergüenza que daba la situación del estado, fingir estar sumamente enfadado y decepcionado y asegurar que dejaría una reclamación en el ayuntamiento; colgué. 

Subí al auto y arranqué para no detenernos hasta subir al ferry. No quería darle la razón a Nick, pero sí es verdad que sentí cierta relajación y tranquilidad cuando alcanzamos la costa de nuestro Territorio. No fui directo al Refugio, sino que me detuve una última vez en un McDonald y le ofrecí al joven que pidiera lo que quisiera, por la ayuda. 

Yo me pedí una hamburguesa con queso y una Coca-cola grande y me lo comí mientras Nick devoraba como un cerdo a mi lado. Al terminar, le ofrecí un cigarro y nos lo fumamos en el aparcamiento del local de comida rápida.

—No se trata del trabajo que me den, Bill —me dijo Nick en apenas un murmullo. Giré el rostro hacia él y dejé escapar la voluta de humo entre los labios. El joven tenía la cabeza gacha y miraba al suelo de cemento gris—. Sino de cómo me hacen sentir. —Cogió una bocanada de aire y la soltó, levantando la mirada al frente—. Y me hacen sentir como si fuera todavía un crío estúpido que no es capaz de hacer nada por sí mismo.

Me pasé la lengua por los dientes, como si quisiera asegurarme de que ningún trozo de la hamburguesa se me hubiera quedado atrapado entre ellos. Después miré también al frente y respondí:

—Yo también cometí muchos errores cuando era un crío estúpido, Nick. Me metí en muchos problemas y tomé muy malas decisiones, pero llegó un momento en el que me di cuenta de que toda esa rabia y frustración que sentía solo me estaba haciendo daño a mí mismo. —Fumé otra lenta calada y solté el humo al aire frío de mediados de enero—. Dejé de culpar a los demás por no querer entenderme, dejé de creer que todo lo malo que me sucedía era solo porque el mundo me odiaba, dejé de huir y de esconderme y rehíce mi vida como pude. Paso a paso…

Nick me miraba por el borde de los ojos en silencio, hasta que me preguntó en apenas un susurro:

—¿Y eso te hizo sentir mejor?

Me encogí de hombros y me llevé el cigarro de nuevo a los labios.

—Seguía en la mierda y viviendo como un puto miserable, pero supongo que sí, sí que me sentía un poco mejor. Todavía me enfadaba de vez en cuando y, a veces, las cosas me superaban, pero conseguí cierto control sobre mi propia vida y me paraba a pensar antes de tomar una decisión, a decidir si era bueno para mí o si solo sería un error más… —Me quedé mirando el suelo de cemento, surcado por las marcas negras que delimitaban los aparcamientos y los fuertes focos de luz amarillenta de las farolas que los alumbraban—. Aunque ahora me haya metido de lleno en una puta Manada de lobos y tenga que cuidar de un enorme y apestoso tonto para el resto de mi vida.

Oí un resoplido a mi lado y giré el rostro para ver a Nick negando con la cabeza.

—Para quejarte tanto de la Manada y de Tom, no paras de preocuparte de ellos y de cuidarlos —me acusó.

—Eso es cosa mía, Nick. Si quiero quejarme de mi lobo, lo hago, pero solo yo puedo. ¿Entiendes?

El joven volvió a negar, pero giró el rostro y no dijo nada al respecto. Entonces, el teléfono vibró en mi bolsillo y lo saqué, mirando un número desconocido en la pantalla.

—¿Quién mierdas eres? —pregunté.

—Bill —respondió una voz que ya conocía demasiado bien—. ¿Dónde está Bill? Tom no le encuentra en conserjería ni Guarida.

—Estaba tomando algo con Nick —le dije, relajando un poco el tono. —¿Ha pasado algo, fiera?

—No. Tom volvió y no vio a Bill y se preocupó mucho.

Puse los ojos en blanco. Lo que me faltaba, tener a un Tom obsesionado con que me iban a raptar a mí también.

—Volvemos ahora, espérame en conserjería —y colgué.

—Le has mentido… —murmuró Nick a mi lado.

Chasqueé la lengua y respondí a su mirada y a su leve sonrisa.

—No, no le he mentido, solo me he saltado parte de la verdad. No quiero aguantar una noche entera de gruñidos de enfado y refunfuños —tiré la colilla del cigarro al suelo y me fui en dirección a la puerta del piloto—. A veces los compañeros hacen esas cosas, Nick. No tienes ni idea de lo insoportables que se ponen.

—Es nuestra naturaleza, Bill. Nos preocupamos mucho por los nuestros, y más por nuestros compañeros.

—Sí… —murmuré, arrancando el motor—. No sabes la suerte que tienen de que toda esas estupideces vengan en un pack de cuerpo musculoso, cara sexy y verga enorme… porque si no iban a morir todos solos.

Nick frunció el ceño, sin entender a qué me refería. No se lo expliqué, no hacía falta gastar energías en algo que sabía que no iba a comprender. Así que cuando aparqué en el garaje del Refugio, le invité a un último cigarro y me fui directo a la nueva conserjería. 

Tom estaba allí, sentado en nuestro sofá y, por alguna razón que no comprendí, totalmente desnudo. Me quedé parado a un paso de la puerta, bajando la mirada por su pecho peludo hacia la obscena entrepierna. Tom gruñó y movió la cadera mientras su verga se ponía más dura y gorda por momentos.

Fruncí el ceño y traté de decir algo como: «¿Por qué demonios estás desnudo?» o quizá un: «¿Qué mierdas haces?», pero, al final, solo cogí una bocanada de aire y la solté lentamente.

—Estás puto enfermo… —murmuré, empezando a desnudarme.

Continúa…

Gracias por la visita. No te vayas sin comentar 😉

por TollWriter

Escritora del Fandom

Un comentario en «Humano 80»
  1. Insisto, extrañaré a Bill y su humor ácido, su sarcasmo pero también sus reflexiones, su orgullo, si inteligencia y su madurez adquirida a costa de sus errores y experiencias.

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