

Fic Toll de TollWriter
8: El celo: Una aventura demasiado larga
El lobo se terminó cinco hamburguesas dobles, el cubo familiar de alitas de pollo y las tres cuartas partes de lo nuguets tamaño gigante, dejando el resto para mí, que básicamente fue una hamburguesa y los aros de cebolla grandes.
Al terminar, soltó un resoplido y se recostó
contra el sofá, con la barriga abultada y los ojos entrecerrados. Cogí el mando de la tele a un lado y se lo tiré para que pusiera algo si quería. El encendió la tele y pasó canal tras canal hasta dejar un programa de manualidades y carpintería. Alcé las cejas, pero no dije nada mientras me acababa los pocos nuguets que había dejado, mojándolos en salsa picante.
Al terminar, fui a la nevera a por otras dos cervezas y le ofrecí una a Tom, que se bebió más de la mitad de un solo trago y eructó al final. Yo no era la princesa más refinada y educada de palacio, pero ver a un hombre ocupando casi todo el sofá, desnudo y velludo, con marcas de arañazos rojizas y marcadas sobre la espalda, los hombros y el pecho, las piernas abiertas y las pelotas colgando mientras bebía cerveza, era bastante impactante.
Dejé los pies sobre la mesa, estiré los brazos por el respaldo y negué con la cabeza murmurando un «demonios…».
Tras media hora de descanso y un programa entero sobre cómo montar una pajarera en el jardín de tu elitista casa de clase media-alta, el lobo empezó a mirarme y a gruñir por lo bajo. No era su ruido de enfado, ni tampoco el ronroneo de placer; era un sonido diferente que no supe identificar, así que giré el rostro con expresión seria y le pregunté:
—¿Qué cojones quieres? —Tom volvió a gruñir y tiró de mi camiseta un par de veces, quizá pidiéndome que me acercara. Solté un suspiro y dejé la cerveza en la mesa, creía que sabía lo que quería.
Me incliné sobre él y le acaricié la barriga con el reverso de los dedos. El lobo cerró los ojos y recostó la cabeza mientras aquel sonido ronroneante brotaba de su garganta. Pero, al contrario de lo que solía suceder, no se durmió, sino que la verga se le puso cada vez más dura y mojada antes de girarse y recostarme con él en el sofá. Me acarició el rostro con el suyo y me bajó los pantalones del chandal. Resoplé, porque acababa de cenar y no quería moverme demasiado, sin embargo, sí que me apetecía un polvo suave.
—Lento, no quiero vomitar— dije, rodeándolo la cadera con las piernas y el cuello con los brazos.
El olor del lobo, su calor y su proximidad siempre conseguían ponerme a tono muy rápido y en cualquier ocasión, aunque terminara de pasarme cinco días atrapado en la cama y con el culo chorreando semen.
Había algo en él, en el puto Tom, que me hacía pasarle cosas que no le hubiera pasado a otro, como dejarle metérmela después de cenar y jadearme en la cara con su aliento a cerveza y hamburguesa. Pero lo hizo lento, como le había pedido, con un pausado vaivén de cadera que consiguió sacar un par de buenos gemidos de entre mis labios.
Cuando se corrió la primera vez lo sentí y le apreté contra mí, la segunda vez me rodeó con los brazos y me mordió el cuello, aumentando el ritmo hasta que me corrí y solté un gruñido liberador, entonces terminó él. Llegaron los espasmos y la ya de sobra conocida inflamación. Se dejó caer lentamente sobre mí, con cuidado, y yo le acaricié aquella enorme espalda mientras miraba el techo de loft. Él me frotó el rostro a los pocos minutos y dijo:
—Jimin huele mucho a Tom.
—Ya, bueno, me he pasado cinco días debajo de ti— respondí— Y sudas como un puto cerdo, así que… sí.
El lobo gruñó de esa otra forma y volvió a frotar su mejilla contra la mía, lenta y suavemente, hasta que se le desinfló la verga y pudo sacarla. Pero no lo hizo, porque se había quedado adormilado encima de mí. Puse los ojos en blanco y le di un par de palmadas en el enorme brazo.
—Tom, despierta— le dije, —te has dormido.
Él abrió los ojos y me miró un momento, gruñó y se separó, saliendo de dentro de mí. Entonces me cogió de la muñeca y tiró para levantarme. Sin decir nada me llevó hacia la habitación y me cogió en brazos antes de tirarnos sobre la cama. Con otro gruñido de enfado tuvo que incorporarse para ir en busca del edredón a un lado y echarlo sobre nosotros para podernos tapar. Yo miré todo aquello con el ceño fruncido y una sensación de que algo no estaba yendo como debería.
No tenía claro las reglas del Celo, pero estaba por jurar que los lobos no se quedaban tanto tiempo después. Creía firmemente que, al terminar, simplemente cogería sus cosas y se iría para no volver nunca; no que se recostara contra mí para rodearme y quedarse dormido. En ese momento decidí que, al día siguiente, si Tom no se iba, le echaría yo. ¿Cómo iba a echar a un lobo de un metro noventa y cinco y ciento y pico kilos de mi casa? Ese era un problema que resolvería mañana.
Cuando me desperté, lo primero que sentí antes de abrir los ojos fue un olor fuerte y extrañamente familiar, después una piel caliente y velluda bajo mi mano y mi rostro. Se me escapó un gemido de entre los labios y me acerqué más a aquella figura tan grande, echándome sobre él, todavía demasiado adormilado y confuso para saber lo que hacía.
Levanté la cabeza y froté su barba espesa y oscura contra la mía, estaba áspera, pero era agradable. Busqué sus labios marcados y entreabiertos y los besé un par de veces, frotándome contra su cuerpo.
Él abrió sus ojos amarillentos y anaranjados, rodeados de pestañas largas y densas. Me miró fijamente y volví a besarle, un poco más profundo, metiendo la lengua y rozando sus colmillos gruesos. El lobo produjo un gruñido mientras se le escapaba todo el aire de los pulmones. Tardó apenas un par de segundos en ponerse duro y empezar a mojarse, y yo tardé incluso menos en ponerme a horcajadas y montarme sobre él.
Quizá buscarle a primera hora y querer que me la metiera de nuevo, no fuera la mejor forma de decirle a Tom que se fuera de mi casa de una jodida vez; pero no fue algo que pensara de forma racional, fue algo casi instintivo: me había despertado al lado de un hombre grande, fuerte y que apestaba a macho de la manada… y yo no era más que un humano, así que era difícil resistirse a las feromonas que flotaba en cada milímetro del aire cargado.
Le dejé que me agarrara con fuerza de la cadera y comenzara su alocado movimiento, llevándome a un lugar llamado Paraíso mientras yo apretaba sus enormes y peludos pectorales con marcas de arañazos que le había hecho durante el Celo, a las que sumé algunas más en esa ocasión mientras me enfadaba y le gritaba insultos.
Pasaba algo curioso cuando me cogía, porque me molestaba mucho que fuera tan desconsiderado, violento y salvaje, pero a la vez me encantaba y no quería que parara. No podría explicar lo retorcido y jodido que era sentir aquello. Quizá había que ser una persona tan mentalmente inestable como yo para entenderlo.
Cuando se corrió por primera vez noté el chorro caliente y denso dentro de mí y gruñí con profundo placer, apretándole más el pecho firme y duro. Tom soltó otro gruñido de enfado y me agarró para atraerme a él, me sujetó el cuerpo con un brazo mientras con el otro me agarraba del pelo para exponerme el cuello, que no dudó en morder.
—¡Demonios, hijo de puta!— le grité, porque dolía. Levanté una mano y le rodeé el pelo rizoso y negro con fuerza, pero eso solo consiguió que me mordiera más fuerte y me cogiera más rápido.
Llegó al segundo orgasmo en apenas un minuto, y al tercero y último poco después.
Bastante seguidos para estar fuera del Celo, la verdad. Cuando se detuvo, ambos nos quedamos jadeando y muy quietos. El lobo tuvo un par de contracciones en la cadera a las que siguió la inflamación de su miembro. Me soltó al fin el cuello, babado y un poco ensangrentado debido a las heridas que me había hecho con sus jodidos colmillos. Entonces me lo lamió con una lengua áspera y muy extraña que me produjo un escalofrío por todo el cuerpo.
—¿Qué mierdas haces?— me quejé, apartándole el rostro de mi cuello.
Tom se quedó mirándome fijamente, con esa cara de imbécil que tenía a veces. Puse una expresión seria de ceño fruncido, preguntándome cómo era posible que sus feromonas consiguieran excitarme tanto, cuando todo lo demás en mí me decía lo contrario. No era la clase de hombre que a mí me gustaba, ni de lejos, y sin embargo ahí estaba, consintiéndole todas esas mierdas que me hacía.
Levanté una mano y le froté aquel pelo rizado, de un negro intenso y ya demasiado largo. Tom entrecerró los ojos, empezó a ronronear por lo bajo y en menos de un minuto se quedó dormido, incluso antes de que desapareciera la inflamación. Solté un suspiro y me levanté para ir al baño, sentarme en el váter y después darme una buena ducha para limpiarme.
Juraría que tenía tanto sudor seco encima que cuando salí estaba más ligero.
Saqué la maquinilla de afeitar y me di un buen repaso a la barba después de una semana y pico sin tocarla. Al terminar casi parecía una versión rejuvenecida de mí mismo, una versión con heridas y marcas de haber cogido con un lobo. Todavía no tenía claro cómo eso me hacía sentir.
Salí tan desnudo como había entrado, echando un rápido vistazo a Tom recostado y todavía roncando en la cama. Debajo del edredón había un movimiento de vez en cuando, debido a las contracciones musculares que tenía en la pierna al dormir.
Fui hacia mi armario y me puse un calzoncillo limpio, mis vaqueros rotos y una camiseta de cuello abierto y con botones; después me dirigí a la cocina, encendí un cigarro, abrí un poco la puerta de emergencia y puse la máquina de café a funcionar. Tuve que darle un buen golpe para que arrancara, porque la había comprado en una tienda de segunda mano y a veces necesitaba un empujón para despertar. Puse la taza con el logo de un comedor social debajo y esperé a que se llenara lo suficiente mientras soltaba volutas de humo alrededor del rostro como una chimenea.
Con el café recién hecho y el cigarro en los labios, me fui hacia la puerta y apoyé el hombro en el marco, mirando hacia el paisaje descampado con edificios industriales y decadentes. La ciudad estaba a lo lejos, más allá del río, y una fina lluvia seguía cayendo del cielo gris oscuro. Eran unas vistas de mierda, pero a mí me gustaban. Había crecido en un barrio muy parecido a aquel y sabía que se me haría raro vivir en cualquier otra parte. Bebí un sorbo de café y fumé otra calada.
A lo lejos empezó a oírse un movimiento, los ronquidos cesaron y fueron sustituidos por el bostezo más alto y ruidoso que había escuchado en mi vida. Giré la cabeza y vi a Tom, sentado en el borde de la cama y agitando la cabeza para despertarse.
Entonces se levantó y se fue desnudo al baño, rascándose la barriga de camino. Fruncí el ceño y volví a mirar el paisaje. Para ser un Hombre Lobo, esa supuesta raza superior y evolucionada, se comportaba igual que un hombre humano no demasiado elegante y educado. Seguí fumando tranquilamente y bebiendo el café, oyendo cómo salía del baño tras una larga y ruidosa meada y se empezaba a vestir con gruñidos de queja. Después caminó hacia mí, con pesados pasos sobre la madera vieja del suelo, y se detuvo cuando estuvo pegado a mi espalda. No me giré, solo me llevé la taza a los labios y seguí mirando el paisaje.
—Tom se va— dijo el lobo cerca de mi oído.
Asentí con la cabeza, contento de que al fin hubiera decidido largarse de una puta vez y no tuviera que echarle a patadas.
—Pásalo bien— le deseé en un murmullo bajo.
El lobo inclinó la cabeza y me frotó el pelo con la mejilla antes de pasar toda la cara y, sin decir nada más, alejarse en dirección a la puerta. Cuando la cerró y estuve al fin solo, solté un suspiro de liberación y me masajeé el puente de la nariz. Se había alargado más de lo que me había imaginado, pero al fin había terminado.
Me había pasado El Celo con un lobo y había sido… toda una experiencia, eso sin duda. Si me había gustado o no era algo complicado de decidir. El sexo había estado muy bien, sin duda, incluso cuando parecía demasiado, me había gustado; pero todo lo demás había sido una puta mierda. Pasar hambre, estar atrapado en la cama y tener que levantarse cuando el lobo estuviera dormido para ir al baño a vaciarte los litros (y no creía que aquello fuera una exageración), litros de semen que te había metido dentro tras correrse como treinta veces dentro de ti. Ya no me sorprendía que las mujeres tuvieran tanto riesgo de quedarse preñadas en El Celo, porque sus óvulos debían estar nadando en esperma al final de los cuatro días.
En resumen: había sido la «aventura» que me habían prometido. Sin duda. ¿Volvería a repetirla? Jamás.
Tiré la colilla del cigarrillo al exterior y solté una útima bocanada de aire antes de cerrar la puerta. Aquella noche tendría que volver a mi vida normal, al asqueroso trabajo y las horas de aburrimiento, pero antes debía hacer algunas cosas; como abrir las ventanas para airear una casa que apestaba, literalmente, apestaba a lobo. Cambiar el edredón, las sábanas, las almohadas y meterlo todo en bolsas para, en algún momento que tuviera ganas y energías, llevarlas a lavar. Puse todo nuevo y limpio y salí de casa por primera vez en seis días para tomar aire y comer algo.
Tuve que llamar a Sarah, la cual me había enviado infinidad de mensajes y llamadas pérdidas ya la que tuve que soportar gritándome al oído:
—i¿Por qué no me has respondido durante El Celo, Bill?!
—Me lo pasé con un lobo— respondí sin más.
—¡Serás hijo de la gran puta! ¡Pedazo de Zorra!
La tarde se me hizo muy corta y, antes de que me diera cuenta, ya estaba en la tienda del señor Xing. Me recibió con su misma cara de enfado y sus mismos gritos con fuerte acento chino.
—¡Llegal talde, tú llegal siemple talde! — no era por ser racista, pero el señor Xing parecía una parodia de los dueños chinos que siempre estaban molestos con todo y gritaban una mezcla de horrible inglés y mandarín.
—Sí, sí.. —asentí yo mientras él farfullaba cosas que, estaba seguro, eran insultos en su idioma.
Me había contratado hacía año y medio para cubrir el turno de noche porque él y su mujer tenían varios negocios y no daban abasto. Sus tres hijos estaban todos en la universidad y habían dejado de ayudarles con el negocio familiar, así que se habían visto obligados a contratar a hombres como yo que aceptaban sueldos de mierda y horarios estúpidos. Durante las primeras semanas el señor Xing se había quedado conmigo para asegurarse de que hacía mi trabajo, y después me había seguido vigilando atentamente por las cámaras que había repartidas por toda la tienda.
Wang Xing era un hombre profundamente desconfiado, y no podía culparle, ya que mi imagen de chico malo y rebelde no proyectaba la mayor confianza del mundo; además de que ya le había robado un par de veces aprovechando los puntos muertos de las cámaras. Nunca dinero, porque eso lo tenía muy, muy vigilado, pero sí comida, cartones de leche, chicles… un poco de todo.
Aquella noche de vuelta me entretuve mirando la vieja tele que había a un lado del mostrador, escuchando la radio y jugando a tirar gomas elásticas al cubo de la basura. La tienda era un veinticuatro horas en una Zona de las afueras y solo recibía visitas de adolescentes fumados, alcohólicos, algún padre primerizo que necesitaba algo a las tantas de la madrugada o trabajadores nocturnos como yo que querían comprar antes de volver a casa. A veces llegaba gente con mala pinta, pandilleros que se paseaban de un lugar a otro y que yo ignoraba por completo. Solo me ponía serio cuando se acercaban al mostrador y se ponían gallitos, soltando estupideces y tratando de robar el dinero de la caja. Ya había tenido un par de buenas disputas y peleas allí mismo, porque si querían robar donuts y Doritos, que lo hicieran, pero a mí que no vinieran a tocarme los cojones.
Al terminar mi turno, recibí la visita de la señora Xing, una diminuta mujer de enormes gafas y moños muy apretados que siempre contaba el dinero antes de dejarme marchar. Salí de camino a mi casa, con el cielo lluvioso y de un negro intenso, ya que todavía faltaba un poco para el amanecer. Al llegar a mi barrio me topé con algunos grupos de hombres y metí las manos en los bolsillos de mi chaqueta negra, asegurándome de tener mi navaja a mano,y puse cara de pocos amigos. Nos ignoramos mutuamente y seguí adelante.
Cuando alcancé el portal, saqué las llaves y noté unos pasos a mi espalda, volví a coger la navaja y giré el rostro a prisa para encontrarme con unos ojos amarllentos y anaranjados. Fruncí tanto el ceño qué entrecerré los ojos y arrugué la nariz. Tom estaba allí, con solo una camiseta blanca muy ajustada y un pantalón de chándal negro de marca Nike.
—¿Qué mierdas haces aquí?— le pregunté.
El lobo no dijo nada, solo dio otro paso hasta quedar a mi lado en la puerta y apoyar el hombro en el cristal pintarrajeado y rayado. Tenía la parte superior de la camisa mojada, al igual que el pelo y los brazos, como si se hubiera pasado un buen rato esperando a la intemperie. Temblaba un poco, quizá debido al frío, pero su expresión era seria.
—Tom buscar Bill. No estaba en casa.
—Tengo que trabajar— respondí, como si fuera algo evidente.
—¿Dónde?
Ladeé el rostro, todavía con el ceño fruncido.
—¿Qué haces aquí, Tom?—le pregunté de nuevo. —El Celo terminó.
—Tom vuelve— dijo, acercándose a mí lentamente para rozar su barba mojada contra mi pelo y mover su cadera. Entreabrí los labios, pero con cada respiración podía percibir más y más de su olor a sudor y lluvia, despertando en mí un hambre sexual que creía que ya había saciado de sobra. Al parecer, me equivocaba. Chisqué la lengua y miré al interior del portal. Había una violenta guerra dentro de mí; una parte me decía que subiera el lobo a casa y que me lo cogiera de nuevo, otra me decía que le mandara a tomar por culo y me asegurara de que no volvía jamás por allí. Miré las llaves y abrí el portal.
—Pasa— murmuré con enfado.
El lobo cruzó el portal y me siguió por las viejas escaleras de cerca, siempre a la espalda y en silencio.
—¿Por qué mierda estás tan mojado?— le pregunté.
—Tom buscar Bill bajo la lluvia.
Volví a chiscar la lengua y negué con la cabeza. Definitivamente, era tarado. No solo me estaba comiendo a un lobo, sino que además era el más tonto de la manada…
Increíble.
—Vete a darte una ducha caliente— le dije al llegar a casa, dejando las llaves sobre el taburete verde. —¿Has comido algo al menos?
—Tom hambre.
Me mordí la lengua y cogí aire. Una vez más, no sabía por qué estaba haciendo aquello por él, si eran las feromonas que me estaban atontando o si había algo más. Le señalé la habitación para que se fuera hacia allí, me quité la chaqueta, cogí un cigarro y el zippo. Me lo puse en los labios, pero no lo encendí hasta haber cerrado todas las ventanas que había dejado abiertas para airear la casa; algo estúpido ahora que el lobo había vuelto con su peste.
Fui a la cocina y miré el congelador, solté el humo del tabaco y decidí sacar todas las cajas de burritos de carne que tenía, tres en total, con dos unidades cada una. Abrí el envase de la primera y la tiré dentro del microondas a diez minutos, después fui hacia la puerta de incendios y seguí fumando. Al acabar el primero, me encendí un segundo y me froté la frente. Algo no iba nada bien, porque el lobo había vuelto. Y eso no era lo que tenía que pasar. Lo que tenía que pasar era que se fuera y no volviera a verle en la puta vida.
Si en ese momento hubiera sabido lo que estaba pasando en realidad por la mente de Tom, probablemente le hubiera echado de casa a patadas y me hubiera mudado de piso al día siguiente; pero no lo hice, ni lo haría jamás.
Continúa…
Gracias por la visita. No te vayas sin comentar 😉
Hay Bill, en la que te metiste, y tú siendo un chico rudo, tenías un ❣️ suavecito y una libido traicionera 😅