
Fic Toll de TollWriter
79: Nosotros: La manada
Gustav estaba trabajando en su despacho, como siempre. Cuando abrí la puerta sin avisar, le sorprendí con la cabeza gacha y un purito humeando entre su dedo índice y anular.
Alzó al instante sus ojos de un color ocre suave, mirándome por debajo de sus cejas negras. Pasé el umbral con una expresión indiferente y calmada en el rostro y cerré la puerta a mis espaldas antes de acercarme a una de las sillas. No olía tan fuerte al Olor a Macho del Alfa porque la ventana que daba a la calle estaba abierta para dejar salir aquella peste a humo, llenando el despacho de un frescor muy diferente a la calidez que ahora reinaba en el edificio repleto de calefactores y gente.
—¿Puritos, Gustav? —fue lo primero que le pregunté, haciendo referencia al cigarro entre sus dedos.
El Alfa siguió mirándome fijamente con una expresión muy seria, entonces se incorporó un poco y recostó la espalda en el sillón.
—Dejé de fumarlos por Linda —me dijo con su voz pausada y grave—. Odia el olor a tabaco.
—Qué romántico… —murmuré, sacando mi propia cajetilla para buscar un cigarro y ponérmelo en los labios antes de encenderlo con el zippo—. Fumar a escondidas en el despacho y no dejarme hacerlo a mí, es la típica cosa hipócrita que me espero de ti.
—Si vienes solo para insultarme, Bill, es mejor que te vayas.
—No, no vengo solo a insultarte —respondí, soltando el humo hacia el techo antes de recostarme un poco en la silla—. Me han dicho que algunos Machos te están perdiendo el respeto, Gustav.
El Alfa no respondió al momento, movió un poco los labios como si valorara seriamente lo que decir y terminó por darle una calada al purito, echando el humo azulado hacia un lado.
—¿Eso te hace feliz, Bill? —me preguntó.
—La verdad es que sí —reconocí—. Empezaba a pensar que yo era el único que se daba cuenta de que eras un imbécil.
Gustav asintió lentamente. Estaba muy serio, pero, al parecer, ya no tenía ganas de enfadarse conmigo. Ladeó el rostro hacia la ventana y fumó otra calada.
—Usa el puto cenicero —fue lo que dijo, haciendo un vago gesto con la mano del purito hacia la vasija de vidrio que había robado de la cocina.
Me incorporé lo suficiente para acercar la mano y golpear el cigarro antes de manchar nada. Dejándome caer de nuevo en el respaldo, chasqueé la lengua y entreabrí los labios, soltando algo de aire. Aquello me estaba costando mucho más de lo que creía.
Había guardado la esperanza de encontrarme con el Gustav enfadado, ese que me haría cambiar de idea y me demostraría que estaba cometiendo un error, porque se merecía pasarlo mal; por desgracia, el Gustav razonable era un poco más complicado de odiar. Solo un poco.
—Querías disculparte, ¿no? —le pregunté.
El Alfa me miró por el borde de los ojos.
—Sí —afirmó—, eso quería hacer.
—Bien, pues adelante —le animé.
Gustav no lo hizo al momento, quizá sospechando que se trataba de una trampa y que solo quería humillarle un poco más antes de irme con una sonrisa en los labios y un portazo. No voy a mentir, lo hubiera hecho en otro momento, quizá hacía unos meses, pero no ahora.
El Alfa cogió una bocanada de aire y se acercó al escritorio para echar la ceniza del purito en la vasija, después se quedó con los brazos apoyados y la mano del cigarro alzada, casi al lado de su rostro.
—Habían secuestrado a mi compañera y yo estaba muy preocupado. Solo era capaz de pensar en lo peor y escucharte hablar como si ella no te importara una mierda, me puso muy furioso. Sé que todo lo que dijiste era cierto, sé que esperar era lo más razonable y sé que cometí un error muy grave al querer ir a salvarla yo solo. Sé que solo tratabas de impedir que hiciera una estupidez al subirte al capó de mi auto y sé que sin ti estaría muerto. Siento mucho haberte pegado y amenazado y me arrepiento de todo corazón, Bill. —Se detuvo ahí, tragó saliva y, apartando un momento la mirada, dio otra calada al purito antes de soltar el humo—. Es evidente que no era mi intención expulsarte de la Manada —continuó, volviendo a mirarme—, y creo que ya no es ningún secreto lo mucho que… valoro tu opinión y tus consejos.
Estaba dicho. Ahora no podía echarse atrás… ambos lo sabíamos. Por eso se produjo un momento muy tenso en el que el Alfa aguardaba muy serio a que cometiera el error de despreciar su disculpa, quizá con la misma esperanza que yo había tenido de encontrar una razón para cambiar de idea y despreciarle.
—La conserjería se me está quedando un poco pequeña —le dije—. Quizá cuando termine todo esto y deje de haber bebes llorones y compañeros correteando de un lado a otro del edificio, me cambie a la sala esa de abajo a la esquina. La que es como una pequeña oficina con ventanales y vistas a la calle.
Gustav asintió lentamente.
—Quieres más espacio para no hacer nada…
—Sí —afirmé antes de darle una calada al cigarro.
El Alfa fumó también de su purito y bajó la vista hacia el cenicero antes de apagar la punta dándole suaves vueltas entre los dedos para no estropear el resto del cigarro que, quizá, terminaría de fumarse más tarde.
—Si hablas con los compañeros y los Machos, diciéndoles que la situación me superó y que tú me sacaste de quicio, algo que sin duda creerán, quizá entiendan que no me guardas rencor —me explicó mientras se volvía a recostar en su sillón—. Creo que dejarán pasar el incidente como un error aislado que no tiene por qué afectar a mi buen juicio como Alfa de la Manada.
—Y yo creo que mi nueva conserjería va a tener de todo —murmuré tras un breve silencio.
—Va a tener de todo porque va a ser mi forma de pedirte perdón con algo más que una disculpa, pero es mejor que no vayas por ahí diciendo que es un intercambio de favores porque, como sabes, la Manada no funciona así.
—Claro, me vas a montar una sala estupenda con pantalla de proyección, luz regulable y un mini-bar solo porque me quieres mucho, Gustav — sonreí.
—No. Te lo daré porque te lo has ganado —me corrigió.
—Y porque me quieres mucho —insistí, guiñándole un ojo antes de incorporarme para aplastar el cigarro—. Lo del secreto de que fumas puritos a escondidas, te lo doy gratis —añadí antes de dirigirme a la puerta.
—Solo volví a fumar porque Linda había desaparecido y estaba de los nervios —respondió, con un tono más duro y alto, más normal en él—. Ahora que ha vuelto, lo dejaré.
—Claro… —murmuré de espaldas, cerrando la puerta y dejándole en la soledad de su frío despacho con olor a Alfa y puritos.
Como había prometido, empecé una campaña de publicidad para el Alfa, pero a mí manera. No fui corriendo a hablar con todos ni mucho menos, solo me dejé ver por el edificio de oficinas y el Refugio después de día y medio sin dar señales de vida. Algunos Machos y compañeros tuvieron el valor de acercarse y preguntarme si me encontraba bien, a lo que respondía:
—Sí, de puta madre. A Gustav se le fue un poco la cabeza con eso de perder a Linda y, cuando le dije que me chupara la verga, se enfadó mucho. No entiendo por qué… de todas formas, ya se ha disculpado y vuelve ser el mismo idiota de siempre.
Poco a poco, el mensaje fue calando en la Manada. Yo no estaba enfadado y un Tom muy orgulloso y reservado también recibió una buena disculpa por parte de Gustav, así que, tras organizar un asalto el domingo por la noche y exterminar a los Aullido, Gustav volvió como el conquistador y gran Alfa que se suponía que era.
Me había quedado esperando todo aquel tiempo, fumando cigarro tras cigarro mientras caminaba de un lugar a otro. No quería ver a nadie, no quería estar con nadie ni participar en esa tensión y nerviosismo común de los compañeros reunidos en el Refugio. Cuando vi los primeros todoterreno aparecer por el final de la calle, sentí el corazón a mil por hora hasta que, de pronto, dejó de latir, porque el Jeep negro no había aparecido por ninguna parte.
Apreté los dientes y empecé a respirar más fuerte. Gustav ya salía de su puto Land Rovert Discovery, con solo una nueva marca en el rostro y una ligera sonrisa. Iba a ir directo a cagarme en su puta madre cuando, de pronto, un gruñido agudo me interrumpió, giré el rostro y vi a mi Tom caminando hacia mí por la calle nevada.
Estaba bien. Bueno, tenía la chaqueta gruesa manchada de sangre y los guantes que le había regalado estaban un poco gastados a la altura de los nudillo; pero él estaba bien y no parecía herido. Cogí una buena bocanada de aire y entonces le grité:
—¡¿Por qué mierdas vienes andando, pedazo de idiota?!
El enorme lobo perdió la sonrisa y frunció el ceño.
—Tom sabía que no iba a haber sitio y aparcó el auto en la calle de al lado.
—¡Para eso hay un puto garaje en el Refugio! —volví a gritar, recortando los pocos pasos que nos separaban.
Tom gruñó, encogiéndose un poco como si temiera que tuviera que defenderse, hasta que le rodeé tanto como pude entre los brazos y le apreté con fuerza, cerrando los puños sobre su chaqueta y pegando el rostro a su cuello. Respiré aquella peste a sudor que tantísimo me gustaba y que ya formaba parte de mi mundo, de todo mi mundo. Tom gruñó por lo bajo, algo denso y grave para indicar placer antes de ronronear y frotarme el rostro contra el pelo.
—Tom está bien —me dijo—. Bill no tiene que preocuparse…
—Cierra la puta boca —respondí, apretándole más fuerte porque, por un instante, había creído que le había perdido y esa sensación fría y desagradable había sido lo más horrible que había sentido nunca. Muchísimo peor que el mono o la abstinencia. Y yo jamás creí que se pudiera experimentar algo más agónico y difícil que eso.
Pasados un par de minutos, me moví lo suficiente para mirar sus ojos amarillentos bordeados de espesas pestañas oscuras y le hice una señal hacia el portal de enfrente. Indicándole que quería ir a la Guarida.
El lobo asintió y me siguió sin separarse mucho de mí, volviendo a rodearme por la espalda y a frotarse el rostro contra mi pelo en el ascensor. Una vez en casa, tiré de él hacia el dormitorio y, sin decir nada más, le empecé a quitar la ropa manchada de nieve y sangre a tirones.
Tom sabía lo que iba a pasar, podía olerlo en mí y no tardó en gruñir, poner su cara de mafioso enfadado y en empalmarse como un animal bajo su pantalón de chándal. Y cuanto más gruñía y peor me miraba, más caliente me ponía. Terminé arrojándole sobre la cama y poniéndome de rodillas para pegar el rostro a su entrepierna y gemir de puro placer, pero no tanto como cuando le chupé la apestosa verga y le lamí esos enormes huevos peludos.
Cuando le monté con la boca empapada en saliva y su fuerte líquido preseminal, Tom ni siquiera se había llegado a quitar el jersey y yo tenía la chaqueta atrapada en un brazo y los pantalones por las tobillos. Fue uno de nuestros increíbles polvos salvajes, duros y totalmente caóticos, esos que tanto adoraba.
Tras cuatro buenas corridas de lobo, se derrumbó sobre mí y me empezó a lamer las nuevas heridas que me había hecho al morderme tan fuerte. Me frotó su rostro empapado en sudor y ronroneó como un gatito.
—Tom quiere muchísimo a Bill —me dijo.
Tomé un par de respiraciones, todavía flotando en mi nube de calma y tranquilidad.
—Bill también quiere muchísimo a su Tom… —murmuré.
Tom gruñó con placer, me rodeó con sus brazos y ronroneó más alto mientras sonreía como el lobo más estúpido y feliz del mundo. Cuando al fin nos levantamos, le llevé a la ducha, le recorté un poco la barba demasiado larga y le serví su enorme tupper de cena.
Mientras lo devoraba como un animal y me miraba sin parar, me preparé un café y me fumé otro cigarro, el décimo de aquella larga noche de espera. Cogí un momento el teléfono para enviarle un rápido mensaje a Georg y preguntarle qué tal estaba, a lo que respondió: «Todo ha ido muy bien. Eran pocos Machos y los hemos barrido del mapa. Phil, Devon y Dan tienen algunas heridas, pero no hemos sufrido ninguna pérdida». Asentí, dejé el teléfono y miré a Tom a los ojos mientras terminaba de cenar.
El lunes por la tarde, Linda ya estaba recuperada, lo que quería decir que al fin Gustav la había dejado salir de esa torre de marfil en la que la había tenido encerrada todo aquel tiempo. Fui a hacerle una visita al Refugio con un café del Starbucks que ella rechazó con una sonrisa culpable y una breve explicación:
—Ya me he tomado mucho café con otros compañeros que vinieron, pero muchas gracias, Bill.
—Este tiene whisky —le dije.
—Oh, entonces sí —respondió, alargando su mano de perfectas uñas para darle dos buenos tragos al café y terminar con una expresión de ceño fruncido y labios apretados—. Bill, eres el único que me daría un vaso del Starbucks con más whisky que café… —no parecía nada molesta por ello.
No le hice preguntas sobre el rapto, ni siquiera toqué el tema, sabiendo que los demás ya la habrían mortificado a preguntas y que Linda ya estaría cansada de dar las mismas respuestas; así que le hablé de cómo había organizado el Refugio y el edificio de oficinas en su ausencia, lo que consiguió arrancarle un par de sonrisas.
Después me explicó que los demás compañeros y sus lobos estaban volviendo a sus Guaridas y que pronto todo volvería a la normalidad. Suspiró y se rodeó el pecho debido al frío que hacía en el exterior donde yo fumaba tranquilamente.
—Ha sido un mes duro, pero al fin ha terminado —me dijo.
Yo también lo pensé. Cualquiera lo hubiera pensado, pero todavía había una horrible noticia que descubrir aquella semana. Era viernes de la penúltima semana de enero y al fin había vuelto a mi conserjería, a la nueva, quiero decir. Tom, Georg, Matt, David y Jared estaban conmigo ayudándome con los nuevos muebles y a organizar el espacio. Mi lobo llevaba el sofá más grande y, cuando lo había dejado en su sitio con buenas vistas al proyector de la pared, se había tumbado y se había pasado los cojines por la entrepierna.
—¡Joder, Tom! —le había dicho David con una mueca de asco—. ¡No te los pases por la puta verga!
—Sofá de Tom y Bill —respondió el SubAlfa con tono grave y una mirada seria—. Nadie más puede sentarse, así que Tom deja su olor en él.
David se había girado hacia mí en busca de apoyo, pero yo solo me encogí de hombros.
—Me gusta consentir a mi Macho —murmuré sin más, lo que produjo alguna carcajada de los otros lobos menos escrupulosos con el tema.
—Pues yo no voy a soportar la puta peste de tus cojones, Tom —declaró David, llevándose su puff al otro lado de la sala, lo más lejos posible del sofá.
—Yo sí, fiera —le dije a mi lobo antes de guiñarle un ojo, a lo que él respondió con un gruñidito de placer y un movimiento de cadera.
Si no hubieran estado los demás allí, le hubiera bajado el pantalón de chándal y le hubiera montado, pero teníamos mucho tiempo para «dejar bien de olor a Tom» en cada esquina de la nueva conserjería, como habíamos hecho con la otra; en ese momento me interesaba más dejar colocados los muebles y que Georg terminara de programar la pantalla de cine y el portátil sobre la mesa de bar. Junto a la que, por supuesto, también había un teléfono.
Gustav lo había comprado expresamente para mí, y había elegido un modelo vintage de color rojo y sin marcación. Yo no había entendido la broma hasta que Jared se había reído y lo había señalado.
Al buscarlo en internet descubrí que el famoso «Teléfono Rojo» era una referencia a la línea directa que unía la Casa Blanca y Moscú durante la Guerra Fría. Por mucho que me doliera, la verdad es que encontré aquella retorcida broma del Alfa bastante divertida. Esa era la razón por la que cada vez que llamaba, respondía:
—Privet, camarada Gustav.
—¿Está Tom contigo? —me preguntó al momento con un tono duro y seco, lo que significaba que algo no iba nada bien.
—Y Georg y David—añadí, dejando las bromas a un lado mientras me giraba hacia los chicos—. ¿Por qué?
—Tráelos al garaje, ahora mismo —ordenó antes de colgar.
Solo tuve que hacer una señal con la cabeza hacia la puerta para que los dos Betas y Tom me siguieran. Les hice un breve resumen de camino, algo como «Gustav está muy enfadado» y ellos se limitaron a asentir.
Cruzamos al Refugio y nos adentramos en la cocina antes de salir al garaje, donde el Alfa estaba con la cadera apoyada en el capó de un Jeep Grand Cherokee rojo fuego.
No necesité más que verle su expresión muy seria mientras se frotaba el puente de la nariz para saber que Nick la había vuelto a cagar. El joven no estaba ni cerca de él, sino con la espalda apoyada en la pared de cemento gris, con la mirada clavada en el suelo, fumando con una mano temblorosa mientras respiraba pesadamente, como si se ahogara. No detuvimos a un paso y Gustav al fin nos miró.
—Nick queda degradado desde hoy a Macho Común —fue lo primero que dijo. Un duro golpe para el joven, pero, por como lo había dicho, eso no era lo peor—. Ha tenido la brillante idea de tomarse la justicia por su mano… —continuó, levantándose del capó y haciendo vibrar el auto que había tenido que soportar su enorme peso. Dio un par de pasos hacia el maletero y lo abrió para que pudiéramos ver el interior.
—Demonios… —jadeó David.
Georg se quedó totalmente en blanco, mientras Tom gruñó y me apretó más contra él, como si ya estuviéramos en peligro. Yo no hice nada, me quedé un par de segundos quieto y después me saqué un cigarro de la cajetilla para encenderlo con el zippo.
—¿Quién es, Nick? —le pregunté directamente al joven.
En el interior del maletero había una mujer atada y amordazada, nos miraba con terror en sus ojos llorosos y enrojecidos y gemía por lo bajo. Por supuesto, apestaba a lobo de otra Manada. El bastardo del lobato, porque había demostrado que no se merecía ser tratado como Macho, me dedicó una mirada seria por el borde superior de sus bonitos ojos color miel.
—Es la compañera de un SubAlfa de los Medianoche —respondió Gustav por él, cerrando el maletero para que la mujer no pudiera seguir escuchando nada más—. Nick lleva una semana en su Territorio escondido y la ha raptado para vengarse de Linda. Ha preferido ignorar las órdenes que le di y ser el imbécil que nos lleve de cabeza a una guerra con la segunda Manada más grande de la ciudad.
Tom ya no era el único que gruñía. Los tres lobos miraban al joven fijamente y con postura rígida, como si estuvieran a punto de atacarle.
Gustav solo tuvo que levantar una mano para hacerles parar. Movió la cabeza hacia Nick, pero no se dignó ni a mirarle antes de hacerle un gesto para que se fuera, excluyéndolo de aquella conversación de un rango que ya no tenía.
El lobato, al contrario de lo que solía hacer, cerró la boca, tiró el cigarro a medio fumar al suelo para pisarlo y se fue a paso lento en dirección a la salida. Sabía que la había cagado tanto que ya ni su ira le iba a proteger.
—Ahora tenemos que pensar una forma de tratar de evitar una guerra que no queremos —continuó el Alfa, dejando bien clara su posición sobre el tema—. ¿Alguna idea? —me miró—. Sería un gran momento para una de esas ingeniosas, Bill.
Mantuve su mirada en silencio y fumé una calada del cigarro antes de responder:
—Hubiera sido fácil si la mujer no nos hubiera visto ya. La hubiéramos dejado tirada en alguna esquina del Territorio, drogada o empapada en alcohol y hubiéramos esperado a que los Medianoche se hubieran vengado de cualquier mafia de Tacoma. Ahora, en cuanto vuelva con su Macho, le contará que hemos sido nosotros y será la guerra. Hay dos opciones: o la matas o tratas de negociar con ellos.
—Negociar no es una opción —negó David, todavía con los dientes apretados y bastante enfadado por aquel nuevo problema—. Nos hará parecer débiles.
—Será comprensible si le decimos que fue un lobato… —dijo Georg.
—Eso es incluso peor, creerán que Gustav no tiene autoridad ni para poner firmes a los lobatos.
Recosté la espalda en el pecho de Tom, algo que me había acostumbrado a hacer cuando no tenía nada más donde sentarme. El lobo me abrazó con ambos brazos y me frotó el rostro contra el pelo como si estuviera buscando consuelo o algo.
—O la matamos, o la devolvemos, pero la guerra es inevitable —les dije con total seguridad—. Tenemos que atacar primero antes de que descubran que hemos sido nosotros.
Mis palabras dejaron un profundo silencio en los Machos, que me miraban casi sin pestañear.
—Acabamos de salir de una guerra —murmuró Georg, como si aquello le pesara demasiado—. Ya hemos mandado a todos a sus Guaridas, hacerles volver les va a bajar mucho la moral.
—Haremos lo que tengamos que hacer por la Manada —declaró David, alzando la cabeza e hinchando su abultado pecho de levantador de pesas—. Puedo llevarme a unos cuantos Machos y descubrir dónde está el Refugio de los Medianoche.
—No, eso sería estúpido —respondí—. Lo que tenemos que hacer es jugar sucio… —miré al Alfa—. ¿Recuerdas cuando tú estuviste a punto de lanzar a la Manada de cabeza contra los Medianoche aunque no hubieran sido ellos los culpables, y no lo hiciste solo porque yo te paré?
Gustav gruñó por lo bajo y puso una de sus expresiones de asco, aunque terminó asintiendo.
—Lo recuerdo, Bill…
—Tú idea fue que tuvieron que ser ellos porque eran los segundos más poderosos, así que, quizá, el Alfa de Medianoche piense que los culpables de haber raptado a la mujer hayan sido los del Club Colmillo, en Bremerton, ya que nosotros no tenemos razón alguna para poner en peligro nuestro Territorio…
Gustav lo entendió rápido, levantó su cabeza calva y siguió mirándome por el borde inferior de los ojos, aprovechando sus dos metros de altura.
—Eso es muy retorcido, Bill —me dijo—. Causar una guerra entre Manadas para debilitarlas y que sean más fáciles de atacar… —asintió lentamente y una fina sonrisa le afloró en los labios, como si se tratara del genio malvado de una película.
—¿Extendemos un rumor, entonces? —preguntó Georg—. No sería difícil.
—Cortamos una mano a la humana —dijo Tom a mis espaldas antes de hacer una señal al maletero—. Y se la enviamos en un envoltorio de algún restaurante de Bremerton.
—Demonios, Tom —fruncí el ceño, casi sorprendido de oír a mi lobo ir aquello. Estaba tan acostumbrado a verle ronroneando y rascándose las pelotas en el sofá que a veces me olvidaba de que era un puto mafioso sin escrúpulos. Él bajó la cabeza para mirarme y se encogió de hombros, como si no entendiera el problema.
—Sí, podría funcionar —aceptó el Alfa—. Si no lo entienden, probaremos con la otra mano, pero creo que con una será suficiente para que ese Macho se lance hacia el Territorio de los Colmillo sin dudarlo. ¿Te encargas tú, David? —le preguntó al Tercer Beta, que no dudó en asentir—. Hazlo en la nave de las afueras, no quiero que las crías oigan los gritos. Georg —miró al lobo pelirrojo—, llama al periódico, que saquen alguna noticia sobre un grupo de Machos en el Puente de Tacoma Barrows dirección norte. Algo como que había gritos de mujer y risas, sensacionalista, que llegue a oídos de los Medianoches. Tom —le dijo a mi lobo—, encárgate de vigilar la frontera sur y que nadie se adentre en nuestro Territorio, a la menor señal de peligro, vuelves y daré la alarma para que todos se escondan de nuevo en el Refugio. Por el momento, finjamos que nada ha cambiado. Bill —me miró—, acompáñame al despacho.
Como si se tratara de un general de campo, todos los lobos obedecieron sin dudarlo, yo incluido, siguiendo al Alfa en su camino hacia el edificio de oficinas para ascender en silencio hacia su despacho. Gustav se sentó en su silla, me ofreció que me sentara con un gesto de la mano —aunque yo ya lo estaba haciendo— y, para mi sorpresa, sacó una caja metálica de puritos del cajón superior de su gran mesa blanca de jefazo.
—Quiero terminarlos antes de dejarlo —murmuró, no como si fuera una justificación, solo un dato sin importancia. Se puso uno en la boca y se lo encendió con una cerilla. Yo había entrado con mi cigarro en los labios y no había hecho nada por tirarlo antes de entrar en el despacho—. Bien — continuó el Alfa, soltando el humo azulado a un lado y recostándose—, ¿qué pasaría si no caen en la trampa? Nos acabamos de recuperar de una guerra que, aunque estúpida y rápida, nos ha dejado algo tocados…
Puse los ojos en blanco y farfullé algo incomprensible antes de recostarme más en el asiento. Casi envidiaba a la pobre compañera a la que le iban a emputar la mano en una nave de las afueras, porque sería menos doloroso que una de las sesiones de preguntas y planificación con el Alfa.
No paraba de darle vueltas a todo y quería planear cada puto detalle de lo que haría o cómo reaccionaríamos en un sinfín de escenarios sin sentido. Entonces no paraba de preguntarme qué pensaba yo o qué me parecía una idea en concreto.
Hasta sacó el mapa de la ciudad, lo puso encima de la mesa y después me fue explicando puntos estratégicos en los que la Manada tenía «cosas». Ya había quedado atrás el tiempo en el que Gustav dudaba de mí, se enfadaba por todo lo que decía o se reservaba información; ahora yo era parte de la Manada, una parte importante, y él no iba a dudar ni un segundo en aprovecharse de mi «retorcida mente». Aunque, a decir verdad, no sé cuál de los dos era más retorcido.
A la tarde siguiente, recibí una llamada cuando todavía estaba en la cama con Tom. El lobo gruñó y dejó de abrazarme para mover la mano a la mesilla y acercarme el teléfono.
—Tengo la verga de Tom inflada como un globo dentro del culo, Gustav— le dije, —así que espero que sea importante…
—No me interesa saber lo que estás haciendo ni lo que tienes metido dentro, Bill —respondió con calma antes de añadir—: Ya hemos enviado la mano, al anochecer, ven a verme directamente al despacho —y colgó.
Resoplé, tiré el teléfono sin mucho cuidado a un lado y volví a cerrar los ojos antes de volver a meter el rostro en el hueco del cuello de toro de Tom.
—Empiezo a echar de menos cuando me odiaban y no me daban tanto por el culo… —murmuré.
Tom se rio un poco, haciendo vibrar su pecho abultado y peludo bajo mí. Después me apretó más fuerte y ronroneó hasta quedarse dormido y roncar como un puto oso. Fui a ducharme, me preparé un café y me lo llevé junto con un cigarro al balcón nevado. Hacía frío y el cielo estaba encapotado, pero, con suerte, esquivaríamos una tormenta.
Continúa…
Gracias por la visita. No te vayas sin comentar 😉
Bill: Privet camarada Gustav!
Eso sí fue tan ingenioso 😅🤣🤣🤣 voy a extrañar esos diálogos tan mordaces y divertidos