

Fic Toll de TollWriter
78: YO: Expulsado de la manada
Hubo un gran alboroto a la vuelta, cuando Gustav volvió a llevar en brazos a Linda hacia el Refugio en mitad de la noche nevada. Ya habían avisado a Amber, que salió a recibirlos con los ojos llorosos, un estúpido gorro de lana con orejas de oso y su maletín de primeros auxilios entre las manos.
Yo pasé de largo y fui a aparcar la moto en el garaje, sin ninguna gana de participar en todo aquel espectáculo de película cuando el héroe vuelve con su amada rescatada entre los brazos.
Dejé mi casco, las llaves en el cuadro con las demás y salí por la puerta corrediza sin si quiera adentrarme en el Refugio. Ya tenía un cigarro en los labios al llegar al portal, uno que me encendí esperando al ascensor y continué fumando mientras entraba en el ático, dejaba las llaves en el taburete verde al lado de la puerta y me iba a preparar un café caliente.
Me lo llevé conmigo al balcón y me quedé con la espalda apoyada en la pared, lo más lejos de la barandilla que pude. Miré la oscuridad del cielo y la fina nieve cayendo. El Alfa me había arrojado a un auto y me había expulsado delante de un buen grupo de compañeros, así que yo ya no tenía nada que ver con la Manada. Exceptuando, por supuesto, al enorme, apestoso y enfadado lobo que llegó a la Guarida.
—¡Bill! —me llamó.
—Estoy aquí —respondí sin moverme del balcón.
Los pesados pasos de Tom retumbaron sobre las alfombras y el parqué, cada vez más alto, hasta que le vi aparecer por la puerta corredera y mirarme fijamente. Llevaba su gorro, ese que teníamos a juego, la chaqueta polar que le había comprado y los guantes de cuero, que apretaba muy fuerte mientras cerraba los puños.
—¡Bill fue a Territorio enemigo sin Tom! —exclamó, mirándome fijamente con sus ojos amarillentos de bordes anaranjados.
—Fue culpa de Gustav —no dudé en responder—. Vete a preguntarle a él por qué es tan estúpido…
—¡No! ¡Bill tendría que haber llamado a su Macho y no a Georg! —insistió.
—¿Cómo demonios quieres que te llame si no tienes un puto teléfono, Tom? — le pregunté con tono cortante.
El lobo hinchó el pecho y alzó su cabeza de espesa barba negra.
—Tom estaba con Roy. Bill pudo haber llamado a Roy.
—¡No tengo el número del puto Roy! —le grité.
—¡Bill podría haber muerto! —rugió, ya cansado de tratar de razonar.
Puse los ojos en blanco y giré el rostro hacia el frente, fumando otra calada del cigarro. Entendía el enfado de Tom, porque no era nada comparado con lo rabioso que hubiera estado yo si me hubiera hecho lo mismo, por eso me contuve y le dije:
—El bastardo de tu Alfa estaba en peligro y llamé al Macho de más rango con teléfono —recalqué—, para que trajera a todos los lobos posibles. De no ser por mí, Gustav estaría muerto —le aseguré—. Así que deja de tocarme los huevos, estoy cansado y me queda muy poca paciencia.
Eso no aplacó del todo la ira de Tom, enfadado y frustrado por haber descubierto que su compañero había ido a Territorio de otra Manada sin su Macho para protegerle.
No se trataba de que no confiara en que pudiera protegerme solito, ni que creyera que necesitaba su ayuda, era simplemente aquel instinto de protección tan arraigado en los lobos: podría haber ido allí con un jodido tanque impenetrable y rodeado del ejército de los Estados Unidos, que Tom se hubiera sentido igual de ansioso y frustrado por el simple hecho de no poder defenderme por sí mismo.
Aquella noche comió malamente, refunfuñando sin parar entre palada y palada de arroz con carne. No me rodeó con el cuerpo como solía hacer en la cama, sino que se quedó de brazos cruzados, mirando al techo y gruñendo por lo bajo hasta que, evidentemente, me enfadé.
—¡Te juro por mi puta vida que como no pares, te tiro de cabeza por el puto balcón!
Eso le cayó y al fin pude dormir tras un total de casi treinta horas despierto, echando solo pequeñas cabezadas en el salón con Jack. Al despertarme en aquel cálido y delicioso abrazo, entre el edredón y Tom, gemí de profundo placer. No sabía cuánto tiempo había pasado, pero no me importaba.
Empecé a besarle y a deslizarme por su cuerpo grande y velludo en dirección a su entrepierna. El lobo ya estaba despierto y bastante empalmado para cuando la alcancé; sin embargo, todavía seguía enfadado conmigo, por lo que el sexo se volvió algo bastante violento y salvaje.
Incluso más de lo habitual. Cuando Tom llegó a correrse por quinta vez, mordiéndome el hombro y agarrándome de las muñecas mientras me cogía de espaldas, soltó un jadeó y se desplomó, sudado y muy caliente, sobre mí. Creo que me volví a dormir durante la inflamación, porque lo único que recuerdo es haberme despertado para quitar al puto lobo de ciento y pico kilos de encima de mí y abrazarle para volver a cerrar los ojos.
Al despertarme de nuevo, llegó la segunda ronda, mucho más calmada y «normal». Tras la inflamación me desplacé algo tambaleante hacia el baño y me senté en la taza del váter con un suspiro. Tras la ducha fui con una de las enormes sudaderas de Tom y un pantalón grueso de chándal a preparar las dos jarras, una con leche caliente y otra con mi café.
Solo por curiosidad mientras me encendía el cigarro, encendí la pantalla del teléfono y vi que nos habíamos pasado doce horas durmiendo. No me preocupó, después de todo, no tenía nada más que hacer. Entre las notificaciones, había un par de llamadas perdidas de Gustav que ignoré por completo y un mensaje de Georg que decía: «Linda está bien, solo un poco deshidratada y afectada, pero no le hicieron nada malo». Lo leí de camino a la puerta deslizante del balcón, que abrí solo un poco para soltar el humo del tabaco sin que llegara a entrar demasiado el frío. Respondí con un rápido: «Ok» y guardé el teléfono.
Tom apareció desnudo desde el pasillo, rascándose el pubis repleto de pelo rizo y negro y con el pecho y la barriga todavía manchadas de mi corrida. Me saludó con un gruñido y una mirada de ojos adormilados, bostezó como un oso tras la hibernación y se bebió su jarra de leche sin apenas respirar, soltando un ruidoso eructo al terminar.
Después quiso acercarse a mí, pero le señalé con un pulgar hacia el pasillo y se detuvo para ir a ducharse y vestirse antes. Volvió con el pelo mojado, la barba húmeda y su ropa de invierno para abrazarme por la espalda y frotarme el pelo mientras ronroneaba. Como solíamos hacer, habíamos resuelto el problema con sexo salvaje y no necesitábamos volver a discutir el tema. Estábamos bien.
—¿Quieres que vayamos a desayunar, fiera? —le pregunté, a lo que él asintió.
Así que fuimos a buscar las chaquetas y los gorros y bajamos a la calle para atravesar la nieve sobre la acera. El sistema público de limpieza que se encargaba de quitarla no pasaba por esa calle repleta de lobos, así que eran los propios Machos los encargados de deshacerse de ella.
Con las continuas rondas de vigilancia no habían tenido tiempo aún, así que Tom y yo tuvimos que apañárnoslas para llegar a la esquina donde ya estaba limpio. Pedí lo mismo de siempre en la cafetería y eché a la pareja de subnormales que estaban en mi mesa favorita en la esquina del local. Siempre se quedaban con la boca abierta antes de mirar al enorme y peligroso lobo que me acompañaba, entonces agarraban con fuerza sus bolsos o sus teléfonos y se iban de allí.
Mientras me comía mi sándwich vegetal, recibí otra llamada que volví a ignorar. Recibí otra mientras nos parábamos a hacer la compra y una tercera mientras Tom se comía su enorme tupper de costillas.
Tras colgar aquella tercera llamada, un sonido llenó la Guarida. El lobo alzó la cabeza, mirando hacia la puerta y después a mí, con su boca empapada en salsa. Fruncí el ceño y fui hacia el telefonillo, el cual, les juro, no sabía ni que teníamos.
—Como no te vayas, bajo ahí y te meto tal patada en la boca que vas a cagar dientes durante un mes —le dije a quien fuera que se hubiera atrevido a pulsar el botón de nuestro ático.
—Bill… —me dijo una voz grave que no tardé ni un segundo en reconocer. Puse una mueca de asco y respondí:
—Gustav…
—Te he llamado varias veces, pero como supongo que has estado demasiado ocupado para responder…
—No he estado ocupado —le interrumpí—, simplemente no quiro hablar contigo —y colgué el telefonillo de un golpe seco.
Me alejé con una fina sonrisa en los labios de vuelta a la cocina, donde había estado jugando con el teléfono mientras mi lobo terminaba de comer. Para mi sorpresa, un timbre diferente al primero volvió a interrumpirnos en solo un par de minutos. Entonces sí que me levanté con cara de muy mal genio, seguido de un Tom que incluso había dejado de comer para seguirme a la puerta y quedarse muy pegado a mis espaldas mientras yo la abría.
—¿Cómo has abierto el portal? —le pregunté.
Tom gruñó de forma grave y densa, a forma de advertencia para el Alfa. Gustav estaba en frente a nuestra Guarida, a solo un paso, y él no iba a permitir que nadie entrara en nuestro Territorio. Absolutamente nadie. El Alfa alzó ambas manos y llegó incluso a agachar un poco la cabeza con respeto por Tom, retrocediendo hasta tocar con la espalda en las puertas del ascensor.
—Perdón, Tom. Solo quiero hablar —se disculpó. Alzó la mirada de ojos amarillentos—. No hubiera venido a no ser de… —me miró—, verme obligado a hacerlo.
El Alfa parecía mucho mejor, y con eso me refería a que se había afeitado la cabeza, recortado la barba y volvía a ser el mismo estúpido prepotente de siempre y no un energúmeno rabioso e irracional. Físicamente, por el contrario, no estaba en su mejor momento.
Tenía una herida todavía bastante fea en la sien, con unas tiras blancas que destacaban bastante en su piel tostada, al igual que los moratones y el cardenal hinchado en la mejilla. Había un poco de algodón en la oreja que le había sangrado y un par de cicatrices en el mentón y el labio inferior, más grueso y carnoso que el superior. Después de todo, le habían dado una buena paliza en el bar.
Gustav se recompuso con ayuda de una bocanada de aire. Llevó las manos a la espalda, tirando de la abertura de su camisa y remarcando su pecho abultado y velludo, junto con el… obscenamente enorme bulto bajo su pantalón azul marino de traje.
—Quería invitarlos a mi despacho —nos dijo—, les debo una disculpa seria, a ambos…
—Ah… —arqueé las cejas y giré el rostro hacia Tom—, es verdad, no lo sabes. Gustav me empujó contra un auto, me tiró al suelo y después me expulsó de la Manada delante de los compañeros.
Mi lobo me escuchó, abriendo más los ojos a cada palabra que le decía. Al terminar, miró a su Alfa en busca de una respuesta, demasiado sorprendido e impactado como para enfadarse en un primer momento.
—Y lo siento muchísimo, Tom —dijo Gustav, volviendo a agachar ligeramente la cabeza—. Sabes que fue un momento muy difícil para mí y perdí… parte del sentido común.
—¿Parte? —pregunté, empezando a sonreír antes de cruzarme de brazos—. Te escapaste como un idiota y hubieras muerto de no ser por mí…
Gustav tardó un momento y fue incapaz de mirarme a los ojos antes de asentir, confirmando mis palabras. Oh… yo sabía lo orgulloso que era el Alfa y lo muchísimo que le estaba costando aquello. Estoy bastante seguro que hubiera preferido meterse una piña por el culo antes que humillarse ante mí, pero, ¿le puse las cosas fáciles? Por supuesto que no…
—Y eso que me habías pegado y expulsado de la Manada —añadí.
—Eso… fue otro error sin sentido debido a lo frustrado y preocupado que estaba por no tener a Linda conmigo. Ambos sabemos que no iba en serio y…
—No, yo no lo sé —negué con el ceño fruncido—. Lo dijiste muy en serio antes de tirarme de nuevo contra el auto.
Un gorgoteo grave, como un tímido gruñido, brotó de la garganta del Alfa, pero se calló rápido cuando Tom gruñó con fuerza, empezando a comprender la situación y a actuar en consecuencia. Gustav había hecho daño a Bill. Muy mal…
—En mi defensa diré que tú, como siempre, no dejabas de provocarme, Bill —dijo con un tono templado en la voz—. Ese… don que tienes para sacar lo peor de mí no fue muy…
—No, eso tampoco lo recuerdo —volví a negar, interrumpiéndole una segunda vez—. Lo que recuerdo es que intentaba hacerte entrar en razón para que no mandaras a toda la Manada a una muerte segura, como cuando me subí al capó de tu auto para impedir que fueras tú solo en una misión suicida al bar de la Manada del Aullido.
—Tenía que ir a rescatar a mi compañera… —ya estaba apretando los dientes y, seguramente, los puños a la espalda—. Los Aullido son una Manada ridícula, como mucho tienen a treinta Machos.
—Pues te dieron una paliza que casi te deja muerto, Gustav —me encogí de hombros.
—Iban armados y…
—No, no… —sonreí—, el problema es que actuaste como un puto Lobato sin cerebro. No —me corregí—, ni siquiera, porque incluso ellos no son tan imbéciles como para meterse en peleas sin el respaldo del grupo. Deberías ir a hablar con Hayato, porque al parecer son dos Alfas con mucho en común…
A Gustav ya le estaba costando un mundo contenerse, respiraba con fuerza, trataba de apretar los labios para no mostrarme los dientes y cada vez que un gruñido grave amenazaba con brotar de su garganta, lo ahogaba tragando saliva.
—¿Te divierte humillarme así, Bill?
—Mucho —afirmé—, tanto como tú a mí. ¿Recuerdas la cena de navidad en la que echaste una bronca como a un crío?, o ayer, cuando me tiraste contra un auto delante de los compañeros antes de expulsarme de la Manada y amenazarme con matarme…
—¡He dicho que fue un error! —rugió.
Gustav cometió la imprudencia de dar un paso hacia delante; no como una amenaza real, sino más bien como una de esas muestras de fuerza y carácter tan típicas de los lobos; pero provocó una rapidísima reacción de Tom, quien me apartó a un lugar seguro a su espalda antes de avanzar para colocar su mano en el pecho del Alfa y empujarlo con bastante fuerza contra las puertas metálicas del ascensor.
Se oyó un ruido seco y las placas pintadas de gris ceniza se tambalearon con el impacto del enorme cuerpo. Gustav soltó un gemido grave de dolor, quizá más debido a las múltiples heridas que debía tener por el cuerpo que al golpe en sí, cerró los ojos y agachó la cabeza, alzando las manos como señal de paz antes el SubAlfa muy cabreado.
—Perdona, Tom —dijo en apenas un murmullo—. No quiero hacer daño a Bill.
—Gustav tiene que irse —sentenció mi lobo—. O Tom le pegará más fuerte.
Murmuré una leve aprobación, con una fina sonrisa en los labios y una mano apoyada en el borde de la puerta. No voy a mentir, aquello me había puesto bastante caliente.
Tom nunca había intervenido en mis peleas con Gustav, porque era el Alfa, pero ahora había cruzado el límite y mi lobo estaba muy, muy furioso. La única razón por la que no le estaba dando una paliza era porque entendía que la falta de Linda había desestabilizado por completo a Gustav.
El Alfa se tomó unos segundos, cerró lentamente las manos en alto hasta apretar los puños y volvió a asentir.
—De acuerdo —murmuró, girando hacia las escaleras, pero sin darle la espalda a Tom—. Me gustaría hablar tranquilamente, así que, cuando quieran, pueden encontrarme en el despacho.
Desapareció por las escaleras, seguido de sus pesados y lentos pasos mientras Tom miraba el pasillo vacío con su cara de mafioso aterrador.
—Tom —le llamé. Tardó unos segundos en reaccionar y mirarme. Todavía tenía la boca manchada de grasilla de las costillas, pero eso no me detuvo al señalarle el interior de la Guarida y decirle con una voz grave y densa—: Vete al sofá. Te voy a hacer una pedazo de mamada que te vas a cagar…
El lobo asintió profundamente y gruñó, adentrándose en el ático antes de que cerrara la puerta a sus espaldas. Solo por lo caliente que estaba y un poco a forma de regalo, me tragué la primera corrida, haciendo las delicias de un Tom que jadeaba y gruñía mientras me agarraba con fuerza del pelo.
Después lo cabalgué hasta la segunda y fue el lobo quien decidió agarrarme en brazos y terminar una tercera de pie, sujetándome de las piernas y zarandeándome en el aire como si no pesara nada. Como ya habíamos tenido bastante sexo aquel día, se quedó allí, cayéndose casi sin control alguno de espaldas en el sofá mientras jadeaba con fuerza, sudado y sin energías. Yo sonreía como un tonto y le acariciaba el pelo rizo y ya demasiado largo.
—Buen chico… —le felicité en apenas un susurro, dándole un beso muy húmedo y marcado por el líquido preseminal y la corrida que aún me empapaban toda la boca.
Tom ronroneó y me rodeó con los brazos, atrayéndome más hacia él para abrazarme durante toda la inflamación. Incluso cuando su verga se desinfló como un globo dentro de mí, nos quedamos un par de minutos más allí hasta que, finalmente, me levanté y tiré del lobo hacia el baño.
Tom había prometido quitar la estúpida bañera de los setenta y poner un plato de ducha, pero era uno entre tantos proyectos de la larga lista de cosas que quería hacer en la Guarida; al menos había mucho más sitio para ducharnos juntos allí y no me frustraba tanto como en el antiguo apartamento.
El lobo empezó a gruñir cuando vio el largo cardenal que tenía en un costado, volviendo a enfadarse de nuevo. No me había roto nada importante, pero sí era grande, doloroso y oscuro. La única razón por la que Tom no me lo hubiera visto antes era porque me había acostado con la camiseta puesta y mi lobo no era de los que se paraban a quitarme nada que no se interpusiera entre su verga y mi culo.
—Alfa hirió a Bill. Tom tiene derecho a pegar muy fuerte a Gustav…— murmuró, mirándome a los ojos como si esperara que le diera mi aprobación para hacerlo.
Aunque la idea resultó muy tentadora, negué con la cabeza y respondí:
—Yo me encargo de él, no te preocupes.
Eso no calmó al lobo, que se puso un poco pesado tratando de rodearme y acercarse mucho a mí. Así que me enfadé y le di una de mis cariñosas advertencias antes de secarle, recortarle un poco la barba y el pelo y llevármelo de vuelta al sofá. Puse uno de sus programas de carpintería y nos cubrí con la apestosa manta.
Tardó un poco más de lo habitual, pero las caricias en el pelo y la barriga por dentro de la sudadera acabaron haciéndole ronronear como un gatito antes de quedarse dormido con la boca abierta, roncando como un león. Cuando empezó a tener contracciones musculares y a mover la pierna bajo la manta, supe que estaba profundamente dormido y pude irme a coger un cigarro y mi café a medio beber sobre la isla de la cocina.
Crucé la puerta corrediza hacia el balcón y la cerré a mis espaldas para que no entrara el frío invernal en la Guarida. Apoyé los brazos en la barandilla y eché una bocanada de humo y vaho, mirando a mis pies como los compañeros seguían entrando y saliendo del Refugio. Linda ya estaba de vuelta, pero la guerra todavía no había terminado, y no lo haría hasta que los de la Manada del Aullido estuvieran muertos o hubieran huido muy lejos.
De todas formas, eso no tardaría mucho en suceder. Como había dicho Gustav, el Aullido era una Manada ridícula comparada con la nuestra —la suya, quiero decir, porque a mí me habían expulsado—. Si tenían solo treinta Machos, el Luna Llena casi les triplicaba en tamaño. En solo un par de días, ya les habrían destruido y robado todo su Territorio de mierda y sin valor alguno.
Pero había que reconocer que le habían echado un par de pelotas para enfrentarse a la Manada más grande del Estado. Y quizá, de no ser por mí, hubieran hasta conseguido matar al Alfa, desestabilizando por completo a la Manada y creando una oportunidad de oro para ganar Territorio y poder.
En eso pensaba cuando, en las últimas caladas del cigarro, oí el teléfono a lo lejos. Sabía que no era Gustav porque jamás se humillaría de aquella manera, así que resoplé, aplasté el cigarro contra el cenicero junto a una docena más y entré dentro. El teléfono seguía sobre la isla, al lado del cubo de costillas donde aún quedaban un par sin tocar, algo que no hubiera pasado de no haber sufrido la repentina interrupción del Alfa. Miré el nombre reflejado en la pantalla y respondí:
—No, no hay cervezas en la nevera de conserjería, Georg.
—Ya, ya lo sé —murmuró el lobo. Se oía un ruido por detrás de viento fuerte, por lo que su voz baja era casi difícil de escuchar.
Probablemente estuviera de vuelta en el puerto, siguiendo en su puesto de vigilancia, solo por precaución, hasta que la guerra terminara por completo—. Oye, Bill, Gustav me acaba de llamar para decirme que te has ido de la Manada…¿Me puedes explicar de qué cojones va eso?
Apreté los dientes y puse una profunda mueca de desprecio.
—Será hijo de puta… —gruñí—. ¡Él me expulsó, Georg. Yo no me fui! —le dejé bien claro.
—Bill… —Georg suspiró, como si estuviera demasiado cansado para todo aquello—. Sabes que Gustav no estaba bien, le faltaba Linda y se puso nervioso. Por favor, no vuelvas a esa mierda del exilio… —me rogó—. Sabes que nadie quiere que te vayas.
—¡Gustav lo quiso! —me defendí. Era indignante que el muy cabrón hubiera llamado a Georg para que hiciera presión en mi contra, haciéndome parecer, una vez más, el malo de la historia—. ¡Pregúntale a la docena de compañeros que había allí mirando!
—Lo sé, Bill… ya me contaron lo que pasó —murmuró entre el ruido del viento. —Escucha, entiendo que estés muy enfadado. En serio, esta vez estoy de tu parte. Sin ti las cosas podrían haber… sido muy diferentes, Bill. No creas que los Machos no lo saben. Gustav perdió la cabeza y cometió una insensatez, pero —siempre había un jodido «pero»—, hay que recordar que Linda estaba en peligro. Tom hubiera sido el primero en estrellar el Jeep contra el muro de ese bar de haber sido tú al que hubieran raptado…
—Georg, estás enfocando mal esta conversación —respondí—. Ya sé por qué Gustav hizo lo que hizo, no necesito que me lo expliques. El problema no es que no lo entienda, el problema es que me ha expulsado de la Manada y a mí no me sale de la puta verga ser comprensivo y tragar una vez más con su mierda —terminé, apretando los dientes con un tono más enfadado—. ¡Así que puedes llamarle de vuelta y decirle que se vaya a tomar por el culo!
—Bill, por favor… esto es más complicado de lo que crees.
—No, no es complicado, Georg, en realidad, es muy simple: yo tengo razón— y, como una vez hacía ya mucho tiempo, estuve a punto de colgar llegado ese punto, sin embargo, no lo hice hasta que añadí—: No estoy enfadado contigo, Georg —entonces colgué.
Lo siguiente que hice fue ponerme a buscar trabajo. Si creían que estaba bromeando o que aquella era solo una rabieta, se equivocaban. Gustav me había expulsado, así que yo no participaría en nada más que tuviera que ver con la Manada: no quería su trabajo, ni su dinero, ni sus favores.
De nuevo sería yo solo contra el mundo, pero cargando con un enorme y apestoso lobo a las espaldas. Para cuando Tom se despertó de la siesta, ya había llamado a un par de lugares y concertado dos o tres entrevistas de mierda para empleos temporales por los que me pagarían una puta miseria.
—Voy a ir a hacer una entrevista —le anuncié de camino al dormitorio. El lobo gruñó de forma aguda, entre sorprendido y adormilado.
—Bill ya tiene trabajo en conserjería. Al lado de Refugio y de Tom — dijo, siguiéndome por el pasillo—. ¿Por qué necesita otro?
—Ya no estoy en la Manada y no pienso volver allí.
Tom agachó un poco la cabeza y puso una de sus muecas apenadas, pero no gimoteó como sabía que odiaba que hiciera.
—Bill… —empezó, pero se detuvo cuando percibió mi mirada de advertencia por el borde de los ojos. El lobo caminó hasta el borde de la cama y se sentó, mirándose las manos enormes y callosas, como si quisiera limpiarse algo en ellas. —Tom también está muy furioso con Alfa —me dijo entonces—. Tom no le va a perdonar fácilmente por haber pegado a Bill y haberle hecho daño.
—Entonces estamos de acuerdo —concluí, buscando mis gafas falsas entre la ropa amontonada del armario empotrado. Estaba convencido de que me daban un toque intelectual y relajaban mi típica expresión indiferente o enfadada, lo que siempre venía bien a la hora de rogarle a un bastardo que te pagara una miseria por casi esclavizarte.
—Pero Alfa vino a Guarida —continuó—. Agachó la cabeza con respeto delante de Tom. Gustav sabe que ha hecho algo muy malo…
—Sí, la ha cagado pero bien —murmuré, encontrando al fin las gafas bajo una de las camisetas de asas del lobo. Me las puse y me giré hacia él. —Me voy. Volveré en una hora, o puede que dos, si me enfado mucho en la entrevista me pararé a tomarme una copa después.
Me acerqué a Tom y le froté la mejilla contra la mía como solíamos hacer, pero el lobo me rodeó de la cadera, todavía sentado en la cama, y se quedó mirándome fijamente a los ojos.
—Tom apoyará a Bill. Siempre —me dijo—. Pero no quiere que Bill se aleje de Manada otra vez. A Tom le hacía muy feliz ver a su compañero en consejería con los demás Machos, y cree que a Bill también le hacía feliz eso…
Me quedé mirando aquellos ojos amarillentos de bordes anaranjados, rodeados de espesas pestañas negras, extrañamente femeninas para un rostro tan brusco y rudo como el de Tom. Le pasé una mano por el pelo rizoso y corto y le rasqué suavemente al alcanzar la nuca.
—Yo no me fui. Él me echó —murmuré en voz baja.
Sin más, me di la vuelta y me fui a buscar la chaqueta antes de salir por la puerta. No quise mirar al Refugio en frente, ni a nadie que cruzara la otra acera nevada, ni siquiera a los tres lobos que vigilaban la esquina y que me preguntaron a dónde iba y si necesitaba que me acompañaran para protegerme.
—No —negué con un tono seco, pasando de largo mientras me ponía un cigarro en los labios y buscaba mi zippo en el bolsillo.
Ya era noche cerrada, pero cuando llegué al club nocturno en el que buscaban camareros «sociables, alegres y, preferiblemente, de buen ver», ni siquiera habían abierto al público todavía. Era uno de esos locales nuevos del centro, para gente con dinero que se podía permitir pagar cincuenta dólares la copa y esnifar cocaína sin cortar. Un chico bastante guapo de ojos azules me abrió la puerta y me dedicó una sonrisa y una breve mirada de arriba abajo, arqueando las cejas antes de decirme:
—¿Eres Bill?
Asentí. Aquella era la primera prueba: habían mandado al tipo aquel para que mirara si yo era lo suficiente guapo, así que me permitió entrar y conocer al dueño. No me acerqué lo suficiente para que pudiera oler mi peste a Tom, pero no tardó demasiado en decirme:
—No quiero a jodidos loberos en este local, pero tengo otro en la parte baja de la ciudad en el que podrías trabajar. Es una discoteca gay y… Y me di la vuelta y me fui, dejándole con la palabra en la boca. «Parte baja» significaba menos propinas y «discoteca gay» significaba que iba a tener que soportar a mil babosos con las manos muy largas.
Como le había dicho a Tom, me detuve a tomarme una copa y fumarme un par de cigarros antes de que me tocaran los huevos y me obligaran a marcharme. Al día siguiente madrugué para ir a una entrevista en un Burguer King frente al parque, donde ya ni me pasaron a hablar con el gerente; después un puesto de limpiador en un centro comercial donde me dijeron que solo buscaban mujeres, pero era mentira; y finalmente a un Dunkin’Coffee del distrito financiero donde solo había ido por pasar el rato, sinceramente, porque estaba convencido de que no me dedicarían ni un minuto de su tiempo.
—Mira, eres muy guapo —me dijo la dueña, o al menos la que estaba al mando—, y por aquí vienen muchas mujeres. Si te duchas y sonríes un poco, te pagaré setecientos.
—El anuncio decía novecientos…
—Te pago setecientos y estoy haciendo un favor, cariño —respondió, moviendo la cabeza con el típico swag de las mujeres de color que no aceptaban mierdas de nadie—, porque no hay muchos sitios que acepten a… gente con tus gustos.
Ambos compartimos una mirada fija y silenciosa, bastante tensa. Ahora yo ya no era solo un exdelincuente sin si quiera el graduado escolar, sino también un cogeobos buscando empleo justo cuando la temporada alta de navidad había terminado y las calles estaban llenas de hombres y mujeres tan desesperados como yo. Así que me di la vuelta y me fui, dejando el local atrás antes de sumergirme en las calles del distrito financiero.
—Dame un Long Black Latte, un Bombon Latte y cuatro cajas de donuts variados —pedí en el siguiente Donkin’Coffee que encontré, solo girando una esquina.
Con los cafés en un portavasos de cartón y la caja en la otra, fui hacia el puerto, a apenas diez minutos andando de allí, donde sopaba el mismo viento tempestuoso que movía la nieve un poco hacia todas partes. Sabía dónde estaría Georg, cubierto bajo uno de los pequeños almacenes con vista al estrecho, con las manos metidas en los bolsillos y la mirada perdida en el horizonte. Con el viento no me escuchó ni me olió a tiempo , así que casi saltó y estuvo a punto de darme un terrible puñetazo en la cara cuando le dije:
—¿Cuánto cobras por una mamada, pelirrojo?
El lobo se calmó al verme, soltó el aire contenido y me dedicó una expresión molesta y casi enfadada.
—Todavía seguimos en guerra, Bill. No te acerques a un Macho de esa forma, porque he estado a punto de dejarte sin dientes.
—Mmh… —murmuré, ofreciéndole el café caliente—. Si dices esas cosas no me sorprende que siempre te toquen las loberas sadomasoquistas…
Georg soltó un jadeó pero terminó sonriendo un poco y sacando la mano del bolsillo de su chaqueta de invierno para coger el café que le ofrecía.
—Esto es para los chicos —le dije, levantando las cajas.
Georg silbó con dos dedos en la boca, produciendo un sonido agudo y alto que se pudo escuchar incluso en mitad de la ventisca. Entonces empezaron a aparecer un par de lobos repartidos por el perímetro, que me saludaron con un cabeceo y algún breve «Hola, Bill» antes de repartirse los dulces.
Mientras se entretenían devorando los donuts, el Beta pelirrojo me hizo una señal para que le acompañara en un breve paseo por debajo de la cobertura de esa almacén abierto repleto de cajas y alguna maquinaria para moverlas.
—¿Ya estás mejor? —me preguntó—. ¿Has hablado con Gustav?
—No. Estaba por aquí cerca haciendo una entrevista de trabajo y me pasé a verte con un café —respondí mientras me encendía un cigarro.
—Joder, Bill. Deja de hacer el imbécil —me pidió, casi con enfado—. Gustav cometió un error y está muy arrepentido. Vete a hablar con él y pídele alguna tontería con la que pueda compensarte por haberte hecho daño.
—No me hizo daño, Georg, me expulsó —repetí, porque al parecer yo era el único que le daba importancia a eso—. Y ustedes no paran de defenderlo porque es el puto Alfa.
—Yo no le estoy defendiendo y ya te dije que estoy de tu parte —me recordó con un tono mucho más serio y cortante—. Y no soy el único… — añadió, echando una rápida ojeada al grupo de lobos a lo lejos, queriendo decir mucho con aquello.
—Oh… —comprendí, alzando un poco la cabeza—. No les ha hecho gracia que pegara a un compañero, eh…
—No, ninguna gracia… —entonces dejó de andar, echó otro vistazo y colocó su mano en mi espalda para guiarme hacia detrás de un muro de cajas de madera. Los lobos se tocaban mucho entre ellos, pero jamás a otros, y mucho menos a los compañeros; por eso supe que aquello era muy importante y serio—. Bill, te voy a pedir algo como mejor amigo y como Primer Beta de la Manada —me dijo en voz baja y mirada muy fija de sus ojos marrones—, y es que lo pienses bien antes de rechazar tu dinero de compañero, volver a tus trabajos de mierda y a ignorarnos por completo. Gustav ha pasado por un mal momento y su voluntad se vino abajo. Algunos dicen que fue… débil —le costó decir, casi como si le doliera reconocerlo—. Perder el control hubiera sido comprensible de cualquier otro Macho, incluso de Tom, pero no del Alfa, Bill. Todos saben que si no fuera por ti, estaría muerto. Ahora Gustav está en una posición muy delicada. ¿Lo entiendes?
Fumé una calada y eché el humo a un lado.
—¿Podría echar a Gustav de su rango? —pregunté, porque por el tono y la mirada que me había dedicado Georg, sonaba a algo así.
—Si fuera necesario… sí. Nadie quiere seguir a un Alfa débil, Bill — volvió a mirar a los lejos tras las cajas y a bajar más el tono, como si estuviéramos conspirando un regicidio—. Sé que crees que él puede hacer lo que quiera, pero no es cierto. Ser el Alfa es un rango muy importante con muchas responsabilidades, una de ellas es demostrar ser el más fuerte, incluso en momentos tan horribles para él como la desaparición de su compañera. Gustav es un gran Alfa, pero ha cometido un error y ahora los Machos dudan de él. Si le… ayudaras un poco, Bill…
Se me escapó un jadeo de incredulidad en mitad de una calada, así que tuve que toser un par de veces para recuperar el habla.
—Estás de puta broma…
—Bill, por favor, escúchame —me pidió—. Tú tienes razón esta vez…
—¿Solo esta vez? —le interrumpí.
Georg negó con la cabeza y cerró un momento los ojos.
—Escúchame —insistió—. Tú y Gustav tienen sus problemas, los dos son… complicados —fue la palabra que decidió usar—, pero cuando se trata de la Manada, trabajan muy bien juntos. La Manada necesita a su Alfa, y Gustav necesita que le ayudes a recuperar la confianza de los suyos. Si no lo haces, la Manada podría sufrir mucho, Bill…
Sus palabras quedaron flotando en el aire, al igual que la nieve fina y el olor del puerto.
—Todo queda en la Manada —murmuré.
El Beta no se rio, dedicándome tan solo una expresión seria y agotada. Asintió con la cabeza y respondió:
—Nuestra Manada.
Continúa…
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Vaya, ahora el cargo de Alfa de Gus está en manos de Bill, quien lo diría…. Pero talvez le conviene reconciliarse con Gus, después de todo el siguiente en la linea de sucesión es Tom, y dudo mucho que eso haga feliz a Bill, significa más responsabilidad de parte de ambos… Algo que Bill no estará dispuesto a hacer 😅..