Fic Toll de TollWriter

76: Nosotros: Estamos perdidos

Recuerdo que ese día a principios de enero no fue especialmente diferente a todos los demás. Nevaba muchísimo, las calles estaban cubiertas de una capa blanquecina, se estaba demasiado a gusto en la cama y Tom roncaba después del polvo vespertino. 

Me quedé encima de él, bajo el apestoso edredón un poco más de lo habitual, con su verga ya flácida todavía dentro y la barba y las nalgas empapadas de viscoso líquido preseminal. El calor del lobo, su fuerte olor y el Valium que le salía de la verga, me habían dejado completamente K.O; por lo que me levanté media hora más tarde de lo habitual para deslizarme como pude al baño, vaciarme, ducharme e ir a prepararme el café y el vaso de leche caliente en esa horterada de tazas a juego, solo porque a Tom le hacía muchísima ilusión. 

Salí a fumar afuera con la chaqueta sobre el pecho desnudo y unos pantalones de chándal grueso, pisé la nieve acumulada con unas botas sin atar y me acerqué a la barandilla, soltando una bocanada de humo que era mezcla del tabaco y el propio vaho de mi aliento en contacto con la tarde helada.

Los vi marcharse. A lo lejos, en la calle, saliendo juntos de un Refugio todavía a oscuras para poder ir a la última hora de abertura del museo. Linda llevaba un gorro de lana con pompón blanco y Jack iba con una de sus gabardinas color negro con una bufanda atada al cuello. Se dirigieron al todoterreno del lobo y subieron juntos para desaparecer al final de la carretera. 

Linda y yo ya habíamos hablado de aquella salida, ella me había invitado y yo lo había rechazado, diciéndole que al único museo al que había entrado en mi vida era una de ciencias naturales al que había ido en infantil solo porque nos daban comida gratis al terminar. 

Evidentemente, no le di mayor importancia al hecho de que se hubieran ido, porque no era más que una salida tonta para mantener a Jack entretenido ahora que estaba tan solo en esas fechas de amor y felicidad.

Así que volví a la habitación para tirarme un poco más al lado de mi Tom, nos levantamos juntos para recoger el tupper y comer antes de echarnos en el sofá para la siesta. Cuando llegué al garaje, los lobatos y Georg ya estaban allí. El Beta pelirrojo me acompañó al almacén y a los recados, contándome su última experiencia con una humana que le había pedido que la abofeteara y le apretara el cuello con las manos hasta casi ahogarla.

—No pienso volver —declaró, negando con la cabeza antes de darle un sorbo a su café bombón—. No entiendo por qué todas las putas locas me tocan a mí.

—Dáselas a David —respondí—, a él le van esas mierdas sadomaso.

—¿Es que ya ningún humano quiere coger normal? —empezó, abriendo las manos con una expresión consternada.

—Pasarse una hora haciendo preliminares hasta que estés tan empapado que podrías llenar una piscina infantil, no es «coger normal», Georg —le aseguré.

—A mí me gusta así —declaró, hinchando su pecho con orgullo y levantando la cabeza—. Te aseguro que, si te tomas el tiempo necesario, después es todo mucho más placentero. Para ambos…

Resoplé y negué con la cabeza, girando el volante en una curva algo cerrada antes del puente que llevaba a las afueras.

—Era solo una puta lobera a la que le iba lo duro, pasa página.

—Odio a los loberos… —murmuró—. La idea de que me usen me asquea muchísimo.

No dije nada, pero Georg no era tan inocente como se creía, porque a los Machos no les importaba «usar» a cuantos humanos fuera necesario en su constante búsqueda de compañero. Aunque claro, eso no es algo que ellos fueran capaces de comprender, ya que es parte de su instinto y del Cortejo.

Una vez entregados los tuppers a los lobos hambrientos del almacén, me fui con los dos de sobra para Jack y Nick. Me sorprendió no encontrarme al lobo en su sitio de siempre, pero creí que quizá la tarde de museo se hubiera alargado un poco. 

Así que fui junto a Nick y le di el suyo. El SubAlfa sí que estaba donde siempre, fumando con la espalda apoyada en la pared, su chaqueta  gruesa y un gorro de lana calado hasta las cejas. No tuvimos una conversación demasiado profunda, solo compartimos un par de insulto, el lobo soltó algunos de sus comentarios prepotentes sobre que «la comida que le daban sus humanos era mucho mejor» y finalmente compartí un cigarro  y un café con Jack. Cuando le pregunté por Jack, se encogió de hombros y dijo:

—¿No se iba hoy a una mierda de museo con Linda?

No fue hasta que recibí una llamada a mitad de la noche que fruncí el ceño y empecé a sospechar que algo malo había pasado. Georg estaba dormitando en el sofá y solo farfulló algo incomprensible para quejarse del ruido del teléfono antes de que yo lo descolgara.

—¿Ha ocurrido algo, Gustav? —le pregunté.

—¿Está Linda contigo? —me preguntó al momento.

—No, se fue al museo con Jack. ¿No está en el Refugio?

—No. No está y ya es tarde y no responde a mis llamadas —declaró el Alfa. No podía verle, pero su tono de voz era grave y más rápido del habitual porque se había empezado a poner muy nervioso con la idea de que su compañera hubiera desaparecido.

—Georg y yo podemos ir a echar un vistazo —respondí.

—No, iré yo —y colgó.

Apreté las comisuras de los labios, dejé el teléfono y chasqueé la lengua antes de levantarme. Fui junto a Georg y agité la pierna a la altura de la rodilla para despertarle, por suerte, aquella noche se había dejado los bombachos puestos. El Beta pelirrojo se desveló y levantó la cabeza de ojos adormilados para mirarme.

—Linda y Jack no han vuelto todavía —le dije—. Gustav va ir a investigar, yo iré con él, quédate en el Refugio y avísanos si vuelven antes que nosotros.

Georg frunció el cejo y se frotó la cara antes de levantarse.

—Claro, o avisaré enseguida —prometió, un poco preocupado, pero todavía lo suficiente dormido para no darse cuenta de la posible gravedad de la situación.

Me fui a por mi chaqueta polar y mi gorro antes de salir en dirección a la puerta. No me detuve hasta alcanzar a Gustav en su Land Rovert gris, abrí la puerta de un tirón y me subí. El Alfa me miró un par de segundos decidiendo si echarme o no de allí, pero en cuanto le pregunté:

—¿Vas a arrancar ya o te vas a quedar así? —apretó los dientes con fuerza y gruñó antes de dar rápidos tirones del volante y sacar el auto a la carretera nevada.

Gustav estaba nervioso, preocupado, de una forma que nunca le había visto. Apretó con fuerza el acelerador y condujo mucho más rápido de lo habitual, ahorrándonos unos diez minutos de trayecto hasta el museo de arte moderno cercano al río. Ya estaba cerrado, por supuesto, pero eso no detuvo al Alfa a la hora de acercarse y mirar el interior oscuro como si, quizá, Linda se hubiera quedado allí encerrada sin darse cuenta. 

Cuando no la encontró, empezó a olfatear el aire como si se tratara de un perro de caza tratando de percibir el olor de su compañera. Yo me quedé a un par de pasos, en la pequeña plazoleta con una fuente que había frente a la puerta. Me metí las manos en los bolsillos y miré la calle solitaria, tan solo iluminada por las farolas y la decoración tardía de navidad que todavía colgaba de ellas. Era una vía secundaria y poco concurrida, allí solo estaba el museo y, tras una barandilla de piedra, el paseo del río a un nivel inferior.

—El auto de Jack no está —le dije al Alfa.

—Se habrán ido a otro lado —gruñó él, que no había parado de emitir un ronquido grave desde que habían salido del edificio de oficinas.

—O se lo han llevado… —murmuré, comenzando a caminar hacia la carretera para cruzarla y mirar el paseo. De noche era bastante oscuro, apartado y discreto, perfecto para los amantes que querían hacer alguna guarrada en público, para los que querían vender droga sin ser vistos o para los que querían cometer algún crimen y salir corriendo.

—No serían tan bastardos para bajar ahí —me aseguró Gustav, ya a mi lado y mirando lo que yo miraba, pero con la mandíbula tensa y una respiración cada vez más acelerada. Si yo ya estaba pensando en lo peor, él debía estar al borde de un ataque de pánico.

Me quedé quieto y no dije nada. Una de las bajadas estaba cerca, y desde ahí, habría que andar poco para llegar al resguardo de uno de los puentes que cruzaban el río.

—Bajaré a echar un vistazo —murmuré, moviéndome en dirección a las escaleras de piedra que descendían paralelas al muro.

El Alfa no dudó en seguirme de cerca, mirando a todas partes y con la espalda algo encogida, dispuesto a echarse encima del primero que se acercara a nosotros. Continuaba gruñendo por lo bajo y eso no ayudaba si necesitábamos el factor sorpresa, como si un hombre de dos metros y con la espalda de un armario no fuera suficiente sutil. 

De todas formas, seguí adelante, girando en dirección al puente, el lugar más cercano, discreto y lógico para cometer un crimen. Cuando más nos acercábamos, peor olía debido a los desagües que daban al río y a los cientos de borrachos que bajaban a mear allí en las noches de borrachera o tan solo porque tenían ganas. 

Al resguardo del puente, en la oscuridad más intensa, había cartones y telas con la que los vagabundos y drogadictos se habían hecho un refugio del frío y la nieve. Yo había dormido un par de veces en algunos sitios así, y sabía que nadie hacía preguntas y que nadie miraba nada que no debiera ver.

Le pedí a Gustav que estuviera atento, aunque el Alfa ya estaba enfrentándose con la mirada a todos los vagabundos resguardados en sus mierdas de tiendas de campaña o alrededor de los bidones donde habían prendido un fuego para darse calor.

—Huele a muchas cosas, no puedo percibir a Linda ni a Jack —me dijo en voz baja al oído.

Estaba muy pegado a mí, tanto que podía sentirle a mi espalda como muchas veces sentía a Tom; una proximidad que, de no ser por el momento y la tensión, me hubiera resultado perturbadora y desagradable.

—Sígueme y no hagas ruido —ordené en voz baja, girando el rostro un poco hacia él.

No esperé a oír una afirmación, solo comencé a caminar, sumergiéndonos en el pasillo más abierto que recorría lo largo del puente de lado a lado y «respetaba» el paseo del río, desde allí, giré en dirección a los pequeños senderos entre las cabañas, cartones y telas viejas y sucias que formaban los espacios de los diferentes vagabundos. 

Allí ya se mezclaban demasiados olores, de toda clase, cada uno peor que el anterior; sin embargo, no me importó, solo arrugué la nariz con hasta y seguí mirando a los lados. Había apenas luz, pero yo iluminaba de un lado a otro con la linterna del teléfono , pasando por encima de los drogadictos, las montañas de chatarra y carritos de la compra, los bultos y las paredes de cartón. Entonces miré algo y me detuve en seco, haciendo que el Alfa se golpeara contra mí.

—Él —señalé.

Gustav giró el rostro al instante y gruñó muy alto, saliendo de mi espalda para dar un par de pasos y agarrar al vagabundo encogido bajo su cabaña de una caja de nevera. El hombre gritó y se batió por la sorpresa, abriendo sus grandes ojos hundidos.

—¿De dónde has sacado esta gabardina? —rugió Gustav, refiriéndose a la gabardina color camel que llevaba, demasiado grande para él.

—No lo sé, la encontré. No… —no le dio tiempo a decir nada más porque el Alfa le pegó tal puñetazo que debió saltarle un diente, o puede que varios, porque empezó a sangrar mucho por la boca y a llorar.

No hizo falta repetir la pregunta, el vagabundo señaló una dirección con su dedo tembloroso y ambos nos alejamos hacia allí. Nos hundimos hasta el final, donde estaba la pared de piedra llena de pintadas. 

Esa parte se usaba como una especie de vertedero/baño y no había apenas cabañas allí. Hice un rápido barrido con la luz de la linterna y entonces Gustav se movió rápidamente, casi tirando de mí con una violencia que me asustó por un momento, hasta que encontré lo que había visto.

Apunté al cuerpo de Jack tirado contra la pared, entre las meadas y las grietas de agua que se habían filtrado y llenado la pared de moho. El lobo estaba de lado y casi desnudo porque ya le habían robado todo lo que fuera de valor o sirviera para abrigarse de la noche fría. Nos agachamos y Gustav le dio la vuelta, comprobando que no había ninguna herida mortal sobre su piel pálida, velluda y musculosa.

—Jack, Jack —le llamó, dándole un par de golpes en la mejilla—. Jack, despierta.

Me incliné para colocar la oreja en su pecho. Oí un latido débil y pausado junto a una respiración apenas perceptible. Me levanté y moví una mano al párpado para subírselo, descubriendo uno ojo de pupila muy dilatada donde apenas había un fino aro de color amarillento.

—Está drogado —le dije al Alfa.

No tuve que buscar mucho para encontrar en su cuello un pinchazo reciente en el que todavía se veía una mancha rojiza de sangre coagulada. Gustav apretó mucho los dientes, mostrando sus grandes colmillos y respirando entre ellos, de tal forma que saltaban gotas de saliva. 

Gruñó muy fuerte y muy alto con cada respiración, siendo la mismísima imagen de la ira salvaje de un lobo muy enfadado. Sus peores sospechas se habían hecho realidad: algo malo había pasado y Linda no estaba allí.

 Sin embargo, chasqueé los dedos delante de sus ojos para llamar su atención, cuando la tuve, le dije con voz serena y tono calmado:

—Hay que llevar a Jack a que le vea un médico, su latido es muy débil. 

El Alfa tardó un par de segundos, pero terminó asintiendo.

—Llama a la Manada, que te vengan a ayudar. Yo me quedaré a preguntar si alguien ha visto algo… —me dijo con un tono de voz que helaba la sangre.

Se levantó del suelo y se giró hacia las cabañas de los vagabundos. Para cuando amaneciera, no habría ninguno al que un Gustav terriblemente enfadado no le hubiera roto algún hueso para saber si le estaban mintiendo. 

«Masacre nocturna bajo el Puente Fitzgerald», dirían los periódicos, dando una noticia sensacionalista sobre un lobo maníaco que había maltratado a un montón de inocentes solo por placer.

 Lo digo porque quizá la hayan leído en su momento, llegó incluso a salir en el telediario nacional. A saber qué se debió solo a que había una compañera en peligro y a que, como sabe , los Machos no bromean con ese tema.

Por mi parte, hice una rápida llamada a Georg, dándole la dirección y un breve resumen de lo que pasaba. Dijo que llegaría en un par de minutos y eso hizo, apareciendo junto con Tom y Kai entre los gritos y ruegos de los vagabundos a los que Gustav les seguía «preguntando». 

Mi lobo se acercó corriendo y se puso muy pegado, rodeándome el cuerpo y gruñendo como si hubiera posibles enemigos cerca. Georg y Kai solo estaban muy serios y cargaron el cuerpo de Jack entre los dos de vuelta a la carretera. Lo metieron en el Toyota del Beta pelirrojo y arrancaron sin esperar a que Tom y yo nos metiéramos en el Jeep.

—¿Han secuestrado a Linda? —me preguntó Tom cuando estuvimos a solas.

—Seguramente. Han drogado a Jack y lo han dejado tirado en un sitio donde no pudieran encontrarlo. Su auto no está y Linda tampoco— resumí, ya con un cigarro  en los labios y la ventanilla bajada.

Tom empezó a gruñir y apretó el volante con fuerza.

—¿Cómo se atreven a secuestrar a compañera de Alfa? Eso es la guerra… 

Eché una buena bocada de humo al viento frío del exterior.

—A ver que dice Jack cuando se despierte —murmuré.

Tom asintió y apretó el acelerador, dando un brusco giro en dirección a la carretera. Cuando llegamos al Refugio, había un extraño silencio florando en el aire, entre el calor y el fuerte Olor de la Manada. 

Habían llevado a Jack a uno de los salones interiores, donde ya estaban reunido un buen grupo de los Machos que no trabajaban aquella noche, o que ya habían vuelto. 

Amber la enfermera estaba también allí, sentada sobre la alfombra frente a Jack, tumbado en el sofá. Le medía el pulso y las constantes con mano profesional, sin parecer incomodada por las docenas de ojos lobunos que la observaban atentamente. Tras diez minutos al fin se levantó y se acercó a Tom, ya que era el lobo de mayor rango en la sala.

—Se recuperará en doce o dieciocho horas, solo le han inyectado un fuerte sedante. Lo suficiente para tumbar a un Macho de su tamaño en apenas segundos —le explicó con una expresión seria—. Vendré a hacerle un par de revisiones, pero no hay que moverlo de esta posición o podría tragarse su propia lengua o ahogarse con su saliva. Su cuerpo está totalmente paralizado y no podrá moverlo. Cuando empiece a despertar hay que darle mucha agua y dejarle espacio. Estará muy atontado y confuso al principio.

Tom asintió lentamente y le dio las gracias. Amber se despidió inclinando la cabeza ante el SubAlfa y después ante mí a su lado antes de rodearnos e irse con su maletín de primeros auxilios bajo el brazo. La situación era complicada, muy complicada. Los Machos se encontraban cada vez más nerviosos e impacientes, Gustav no estaba allí para serenarlos y Tom parecía incapaz de aclarar la mente y sobreponerse al momento. Así que di un par de palmadas y dije bien alto:

—Ya han oído, Jack necesita espacio. Venga, todos afuera.

Los lobos me miraron, después a Tom a mi lado con expresión muy seria, y, finalmente, terminaron agachando la cabeza para dirigirse a la salida. Todos excepto David y Georg, los Betas. Una vez los cuatro solos, cerré las puertas dobles del salón y me llevé a Tom a uno de los sofás.

—Tom no quiere que le pase nada malo a Linda —gruñó en voz baja. 

David estaba todavía de pie, de brazos cruzados y mirando a Jack dormido. Georg se había sentado en uno de los sillones y se había inclinado hacia delante para apoyar los codos sobre las rodillas y rodearse la cabeza entre las manos. Había muchas cosas en las que pensar y muchos momentos difíciles en el horizonte, pero, por el momento, teníamos aquel oasis de calma. Le acaricié la espalda lentamente a Tom y les dije:

—Nadie quiere que le pase nada a Linda, pero todavía no sabemos ni quién les ha atacado. —Tras un breve silencio, me incliné un poco hacia mi lobo y le agarré del brazo con más fuerza—. Escucha, Tom. Gustav estará muy enfadado y muy nervioso por la pérdida de su compañera, querrá hacer alguna locura, tenemos que controlarlo y calmarlo para que no mande a la Manada de cabeza a una guerra sin sentido. Si él no puede, tú tendrás que hacerte cargo de todo. ¿Me entiendes?

El lobo giró el rostro de ceño fruncido y me miró con sus ojos amarillentos de bordes anaranjados, bordeados por aquellas densas pestañas negras.

—Eso es traición… —murmuró.

—No, eso es tomar el mando cuando el Alfa no es racional —respondí.

—Si han secuestrado a Linda, quieren la guerra —dijo David junto con un gruñido grave—. ¡Iremos a donde quiera que esas putas ratas se escondan y les mataremos!

—No —negué con un tono duro, sin importarme la mirada furiosa y asesina que el Tercer Beta me dedicaba, debida tan solo a la tensión del momento—. Han secuestrado a Linda, así que lo primero es rescatarla, después la venganza. Si les atacamos antes de que ella esté a salvo, podrían usarla contra nosotros.

—Les atacaremos y la salvaremos al mismo tiempo —insistió él.

—Sí, y quizá cuando encuentres a Linda, le hayan metido un tiro en la cabeza…

Mis palabras enfurecieron más a David, que incluso llegó a dar un paso en mi dirección con los puños apretados y mostrándome los dientes. Tom se levantó de un salto y gruñó más alto que él, usando su enorme tamaño para recordarle al Beta quién mandaba allí y al compañero de quién estaba amenazando. 

Eso detuvo a David, pero no le calmó en absoluto, girándose para dirigirse a la chimenea mientras farfullaba algo por lo bajo.

—Bill tiene razón —me apoyó Georg, levantando la cabeza después de habérsela frotado—. Precipitarnos sería un error. No sabemos qué Manada lo habrá hecho, y no podemos comenzar una guerra con las cuatro a la vez, sería una completa locura.

—Nuestra Manada es grande y fuerte, puede contra todas —le aseguró Tom.

—Tom, una guerra así sería muy peligrosa… —trató de hacerle razonar el Beta pelirrojo, cuidando el tono, pero con expresión seria—. Perderíamos Territorio y seguramente a muchos de nuestros Machos. Aunque ganáramos, la Manada quedaría muy debilitada.

Tom se dejó caer en el sofá a mi lado, haciéndolo retumbar un poco bajo su peso. Gruñía por lo bajo, incómodo y frustrado por la situación, como todos los demás. Entonces la puerta del salón se abrió y todos giramos la cabeza al unísono para mirar a un Nick con expresión muy seria.

 Por su rango de SubAlfa, también le había llamado; bueno, no a él porque no tenía su teléfono , sino a Felix para que le mandara cagando hostias al Refugio. El lobo miró a Jack desmayado y después al resto antes de, como no, gruñir y cerrar la puerta a sus espaldas.

—Hay que atacar de vuelta —declaró, muy convencido de sus palabras.

—¡Tú cierra la puta boca! —le gritó David al momento—. ¡Por tu culpa hemos parecido débiles y nos han atacado!

Nick se puso enseguida a la defensiva y David no se contuvo esta vez, ya que no tenía respeto alguno por el Lobato. De no ser por Tom, hubieran empezado a pegarse allí mismo de una forma salvaje.

—David, ¿por qué no te tomas una tila y te relajas? —le pregunté con mi encantador tono conciliador.

—¿Y tú por qué no te vas a la mierda?

Tom empujó al Beta, con la suficiente fuerza para desestabilizarlo y hacerlo caer al suelo de culo. Era la última advertencia, si David volvía a insultarme o amenazarme, le daría una paliza de la que se acordaría toda la vida.

—Esto es lo que quieren, David —dijo Georg, todavía en su sillón—. Que nos enfademos, que perdamos la cordura y que cometamos un paso en falso. Entonces volverán a atacarnos. Han dejado a Jack con vida para reírse de nosotros… para darnos a entender que ya no somos lo suficiente fuertes ni para defender a nuestros compañeros.

—Nos atacaron a traición —respondió Nick, que no se había movido ni un paso de la puerta.

—¿Y qué querías, que nos mandaran un aviso?

—Ya estábamos avisados —aseguró David—. ¡Llevan meses metiéndose en nuestro Territorio y cojiendose a nuestros humanos sin consecuencia ninguna!

Chasqueé la lengua y me saqué un cigarro del bolsillo de la chaqueta polar. Nuestros problemas con la policía y la inactividad del puerto, habían dado a entender a las otras Manadas que el Luna Llena era ahora débil.

—Quizá hayan oído hablar sobre la redada del Refugio y eso les haya animado a atacar —asintió Georg.

Nick puso cara de asco y se sacó un cigarro al verme encender el mío, usando su nuevo zippo negro que le había regalado. Sabía que David tenía razón y que todo lo que había propiciado aquel ataque había sido su estúpida actuación en el puerto. 

Sin ella, los canadienses no se hubiera enfadado y no hubieran filtrado información a la policía para que nos jodieran con su investigación, haciéndonos abandonar el puerto y retraernos en nuestro territorio.

 Solté el humo del cigarro y negué con la cabeza, pero, antes de que pudiera hablar, alguien abrió la puerta de un golpe seco, casi llegando a golpear a un Nick cercano. Gustav entró con cara de muy mala hostia, respirando con fuerza y la mejilla y la ropa manchadas de gotas de sangre. Se hizo un profundo silencio y todos esperamos a que nos mirara uno a uno y dijera:

—A mi despacho. Ahora.

Como si hubiera sido la orden de un dios, todos los lobos se movieron en dirección a la puerta para acompañar al Alfa hacia el edificio de oficinas. Yo cerré la marcha, fumando con una mano en el bolsillo y dándole vueltas a la situación. 

Cuando alcanzamos el pasillo del tercer piso, tiré mi cigarro  al suelo y lo pisé antes de cerrar la puerta del despacho a mis espaldas. Los cinco Machos se habían quedado de pie, así que pude sentarme tranquilamente en una de las sillas frente al escritorio. El Alfa esperó con los puños apoyados en la mesa y una expresión seria hasta que todos estuvimos reunidos, entonces dijo:

—Han sido Machos de otra Manada. Algunos vagabundos les vieron cargar a Jack hasta allí, pero no vieron a Linda.

La noticia no fue inesperada ni sorprendente, pero dejó un intenso malestar en todos. Aún habíamos guardado la pequeña esperanza de que hubiera sido alguna banda criminal de humanos lo suficiente estúpidas como para atacarnos, y no una completa y absoluta declaración de guerra. 

Gustav se dio la vuelta y sacó un mapa enrollado de las estanterías blancas a sus espaldas, lo extendió encima de la mesa y todos nos inclinamos a verlo. Allí estaba toda la ciudad, con sus lagos, sus ríos y el estrecho que entraba desde el mar del norte. 

No llegaba a la frontera con Canadá, pero sí hasta las poblaciones circundantes en las penínsulas e islas del oeste. En el mapa había una línea negra más gruesa que marcaba el enorme territorio de nuestra Manada, casi alrededor de toda la ciudad, dejando sólo la periferia más remota y las montañas al este para otros tres círculos menores.

—La Manada más grande después de la nuestra es la del Club Medianoche, en Tacoma —dijo, señalando el sur, donde un círculo azul rodeaba una ciudad portuaria pegada a la nuestra. Estaban juntas y no había diferencia entre donde empezaba una y terminaba la otra, pero solo por lo mucho que el área metropolitana de nuestra ciudad se extendía, tragando a todas las demás—. También está la del Club Colmillo, en Bremerton —continuó, señalando el círculo rojo al otro lado del estrecho—. La Manada del Club Aullido, al este —el Alfa movió su enorme dedo hacia un círculo mucho más ovalado y con, aparentemente, bastante territorio, pero eso no importaba cuando todo lo que tenías eran un par de autopistas principales y kilómetros de bosque y montaña.

 Allí no había dinero, en la ciudad, sí—. Y la Manada del Club Lomo Gris —terminó, señalando el más pequeño de los círculos al norte en color verde—. Los Medianoche son los que más se han beneficiado de nuestra pérdida de influencia en el puerto, pudiendo traer grandes cantidades de caramelos y armas desde el sur para venderlas en el linde de nuestro Territorio y en su puerto de mierda. Nos han quitado a varios clientes y se han extendido casi por todo Federal Wey. Les atacaremos esta misma noche…

El Alfa dejó que sus palabras calaran bien en nosotros, posándose como pesadas motas de polvo en nuestros hombros. La guerra ya estaba aquí y, al igual que los lobos, venía con un hambre feroz.

—¿Estás seguro de que han sido ellos? —le pregunté.

Gustav me miró fijamente con sus ojos amarillentos. Era un momento peligroso para tratar con el Alfa, su compañera había sido secuestrada y su mente solo podía pensar en los horrores que, quizá, planearan hacerle. Era un lobo muy enfadado y que tenía el poder para mandar a toda la Manada de cabeza a la muerte con solo una orden; por eso, relajé mi tono un poco, solo un poco más de lo acostumbrado, para repetir:

—¿Estás seguro de que han sido ellos o vas a atacarles sin más? Porque si no han sido ellos tendremos dos guerras en marcha, una contra los secuestradores y otra contra la Manada a la que atacamos por ningún motivo…

—Son la Manada más poderosa después de nosotros, Bill… —murmuró el Alfa, controlando apenas el tono de ira de su voz.

—Eso no quiere decir que hayan sido ellos — insistí.

Gustav apretó tanto los dientes que tuvo que dolerle. Hizo un enorme esfuerzo para contenerse, cerró los ojos y ladeó la cabeza antes de volver a mirarme.

—Tu presencia en el despacho no es algo necesario, solo una cortés invitación. Es mejor que te vayas al Refugio y cuides de Jack hasta que despierte…

—Ahm… —murmuré, asintiendo lentamente antes de recostarme en el asiento. 

Comprendía la situación, pero eso no quería decir que no me hubiera ofendido al decirme aquello—. Entonces me quedaré callado mientras tu ira te ciega y mandas a todos los Machos a luchar —acepté—. Cuidaré de Jack y haré sitio para cuando lleguen los demás heridos, o muertos… —me encogí de hombros—, porque ya no te importa la Manada, solo recuperar a Linda a cualquier coste…

Gustav se inclinó sobre la mesa como un animal salvaje, me agarró con tanta fuerza de la chaqueta  que llegó a hacerme daño antes de pegarme contra su rostro y apretar su frente contra la mía mientras no paraba de rugir y mostrarme sus dientes de grandes colmillos. 

Tom se había acercado, muy nervioso, gruñendo y agitado, sin saber qué hacer. Él era Gustav y yo su compañero, quería defenderme, pero no quería tener que enfrentarse a su Alfa. Los demás Machos solo se quedaron mirando, petrificados y nerviosos, con la respiración acelerada y la tensión compartida entre ellos. Sin embargo, yo miraba en primer plano los ojos amarillentos de Gustav, que me había levantado de la silla como si yo fuera apenas un pelele.

—Todos estamos preocupados, Gustav, pero tú eres el Alfa —le dije con tono lento, para que las palabras pudieran atravesar esa densa neblina que le cubría la mente—. ¿Qué le dirías a Tom si hubiera sido a mí al que hubieran secuestrado? Le hubieras dicho: primero nos aseguraremos de saber quién lo ha hecho y después iremos a buscar a Bill…

Gustav tardó unos segundos y después me tiró contra la silla, dejándome sin aire y haciendo retroceder el asiento con un chirrido desagradable. Se bajó de encima de la mesa y, con un par de buenas respiraciones, se sentó en su enorme sillón. Sus labios temblaban y sus ojos estaban muy abiertos mirando el mapa, como si estuviera a punto de prenderle fuego a la ciudad entera.

—Quiero a Linda de vuelta… —murmuró con un tono grave y peligroso. 

Tom se acercó a mi espalda y se quedó pegado, con sus manos en mis hombros y muy atento a si Gustav intentaba volver a hacerme daño.

—Jack se despertará en doce horas —le recordé al Alfa, todavía con poco aire tras el golpe—, él tuvo que haber olido a los Machos, sabrá de que Manada son.

—No. Quiero a Linda de vuelta, ahora… —insistió.

—Mandar a investigar en territorio enemigo solo les alertará de que algo va mal, eso, si todavía no lo saben.

El Alfa golpeó la mesa con el puño, con tanta fuerza que crujió, creando una abolladura en la madera blanca.

—Como vuelvas a decir una sola palabra, te expulso de la Manada… — declaró, clavándome su mirada por el borde superior de los ojos.

Me pasé la lengua lentamente por los dientes y, por no decir nada, terminé levantándome de mi asiento para darme la vuelta hacia la puerta, dejando atrás al Alfa enloquecido y los cuatro lobos que no se atrevían a contradecirle. 

Me saqué un cigarro  y lo encendí en lo alto de las escaleras, echando el humo al frente antes de descender. No había llegado abajo cuando oí unos pesados pasos subiendo. Ben, el segundo Beta, pasó por mi lado sin siquiera mirarme, corriendo a reunirse con los demás en el despacho. Seguí avanzando con una expresión seria hasta llegar al exterior nevado, donde me detuve a fumar mi cigarro.

Verán, yo entendía perfectamente a Gustav, su frustración, su impulso suicida y toda aquella rabia; porque yo ya estaría quemando toda la puta ciudad de arriba abajo si hubieran capturado a Tom. 

Pero yo no era el Alfa de la Manada, solo un compañero con muy mal genio, un zippo y acceso a gasolina. Así que, si las cosas fueran mal, no habría más víctimas que yo mismo. Sin embargo, el Alfa podía mandar a toda la Manada a la ruina si decidía perder el control; y eso no era algo que yo fuera a permitir.

Cuando me fumaba mi segundo cigarro, Georg salió por la puerta y se acercó a mí con una expresión muy seria y preocupada.

—Es la guerra, Bill —murmuró—. Ben a convencido a Gustav de que lo más sensato sería esperar a que Jack despertara, como tú dijiste, pero es mejor que empieces a llevar la navaja encima. Las cosas se van a poner muy sangrientas por aquí…

Asentí con la cabeza y seguí mirando la calle nevada. Ya había participado en algunas guerras callejeras y de bandas y no había tenido miedo, pero en aquel momento sentí un escalofrío. 

Por entonces yo estaba solo, pero ahora era diferente: tenía a Tom. Y les puedo asegurar que no iba a permitirle ir en misión suicida a rescatar a Linda. Lo sentía por ella, pero si Gustav no entraba en razón, estaba dispuesto a drogar a mi lobo tanto como a Jack y a encerrarlo en casa hasta que todo aquella locura terminara.

Tom era lo primero para mí y lo único que me importaba en aquel momento.

Continúa…

Gracias por la visita. No te vayas sin comentar 😉

por TollWriter

Escritora del Fandom

Un comentario en «Humano 76»
  1. Apoyo a Bill, si inicia la guerra debe dormir a su lobo hasta que pase esa masacre, ya luego asumirá las consecuencias…

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