Fic Toll de TollWriter

75: Nosotros: Celebrando estupideces

El día más aterrador del año llegó el viernes de esa semana. Fue una tarde nevada como las anteriores, pero flotaba algo especial en el aire, como si las luces de navidad brillaran con más fuerza y la nieve fuera más blanca y menos fría. 

La gente charlaba animadamente en la cafetería, compartiendo dulces y café, reuniéndose en grandes grupos de amigos, demasiado distraídos quizá para prestar atención a la extraña y solitaria pareja del fondo formada por una enorme lobo y el único humano que no sonreía como un estúpido. 

Tom había sido el primero en levantarse aquella tarde, apretándose contra mí y ronroneando mientras me acariciaba con su espesa barba negra, como un puto crío emocionado por la Navidad. Me cogio con más energía de la habitual, llegando al cuarto orgasmo antes de rodearme con los brazos y pegarme mucho a su cuerpo empapado en sudor. 

Entonces se había puesto a mormonar y ronronear con una gran sonrisa en los labios. Cuando la inflamación terminó, me llevó en brazos al baño y nos dimos una buena ducha juntos. Él estaba extasiado y muy animado, se vistió deprisa y me esperó con una sonrisa en los labios, pero yo necesité fumarme mi cigarro y tomarme mi café en el helado balcón antes de ser persona de nuevo.

Le había prometido ir a desayunar dulces y después dar un paseo por el centro hasta el gran árbol de navidad que habían puesto cerca del parque, así que allí fuimos, bien tapados para soportar la nevada y con gorros de lana a juego. 

Eso no había sido algo intencionado, por supuesto, solo una promoción de dos por uno que no quise desaprovechar. En el parque, se me ocurrió hacer una bola de nieve y tirársela a Tom a la cara, algo que me hizo bastante gracia y que comenzó una guerra de la que me arrepentiría. El lobo se enfadó, sus instintos primitivos salieron a la luz y no paró hasta cazarme, echarme con todo su peso sobre la nieve y morderme el cuello mientras me agarraba de las muñecas para reafirmar su autoridad. La gente se asustó, pero yo solo le dije:

—Vale, eres el Macho…

Tom alzó la cabeza con orgullo y gruñó, asintiendo. Por alguna razón, quizá porque le amaba, o quizá porque en ese momento me pareció el hombre más guapo del mundo, quise besarlo y abrazarlo con fuerza. 

El lobo se sorprendió al principio, se puso nervioso y se aseguró de que no hubiera posibles enemigos cerca antes de besarme más fuerte. A los Machos no les gustaba parecer débiles ni vulnerables en público, pero a Tom no le importó compartir un par de besos y roces en la nieve antes de levantarnos. 

Gruñó con queja y se pegó a mi espalda, frotando su gran erección contra mi culo para que supiera que estaba tan caliente como yo, pero tuvo que joderse y esperar a volver a casa. Tras aquel segundo polvo, casi tan bueno y salvaje como el primero, dejé a mi lobo descansar como el soldado que acababa de volver victorioso de la guerra: jadeando, sudado, sonriente y feliz. Me vestí de nuevo y bajé al Refugio para ir en busca del tupper de la comida que me entregó Linda en persona.

—¡Feliz navidad, Bill! —me saludó con uno de esos gorros de Santa Claus en la cabeza—. La cena es a las doce y después daremos los regalos a las dos mientras nos tomamos unas copas. Vendrá toda la Manada.

—A la una y media estaré aquí —respondí, dándole a entender que no iría a la cena navideña, lo que produjo una leve mueca de tristeza en Linda.

Ya no era cuestión de que me permitieran o no asistir, porque mi papel como compañero ya era más que oficial y era tan parte de la Manada como cualquier otro; se trataba más de una cuestión de gusto personal. Cuando no me invitaban me enfadaba y cuando me invitaban no quería ir porque eran cenas aburridas. Así era yo.

Como era un día especial y ningún Macho trabajaba, pude volver tranquilamente a la Guarida para darle a Tom su tupper de arroz caliente con carne y echarnos juntos en el sofá a ver la estúpida programación navideña bajo la manta. 

El lobo se quedó dormido como un oso a los diez minutos, pero yo seguí acariciándole el pelo largo y rizoso y la barriga algo abultada. Sé que en algún momento suspiré y miré a Tom, roncando y con la boca abierta un poco babeada. Lo sé porque es uno de los recuerdos que guardo con mayor cariño en la mente. El calor, el Olor a Tom, lo bien que me sentía y lo estúpidamente feliz que era en ese mismo instante.

Cuando el lobo despertó, quiso ir por la tercera ronda de sexo del día, pero yo sabía que iba a ser mucho para él, así que le hice una buena mamada bajo la manta y después le monté un poco hasta que se corrió por segunda vez con un gruñido grave antes de la inflamación.

—Tom se ha corrido mucho h…

—Lo sé, Tom, no me voy a enfadar si solo te corres dos veces después de dos polvos —le interrumpí—. Tranquilo.

El lobo me rodeó con sus enormes brazos y ronroneó a la altura de mi rostro.

—Tom quiere mucho a Bill… —murmuró.

Cogí aire y lo solté lentamente mientras ponía los ojos en blanco.

—Yo también te quiero —respondí, pero tuve que añadir—: aunque seas un puto tonto.

Nos quedamos allí un buen rato, incluso después de la inflamación, hasta que llegó la hora y Tom tuvo que ir a vestirse «elegante» para ir a la cena. No me pidió que le acompañara ni se puso a gemir de forma lastimera; sabía que iría más tarde y que respetarían mi sitio en la mesa, así que solo se despidió de mí con un beso y un: «Tom se va».

—Pásalo bien, fiera.

Una vez solo, me di una buena ducha caliente, me puse mi ropa buena y salí a fumarme un cigarro al balcón junto con un café recién hecho. Apoyé los brazos en la barandilla y miré el refugió completamente lleno de luces de colores y decoración navideña. Todas las luces estaban encendidas, ya que todos estaban allí, arrojando una claridad amarillenta y cálida por los numerosos ventanales de las habitaciones. 

Parecía el único edificio con vida en toda la calle, sumergida en la oscuridad y la nieve, a excepción, claro, de la única ventana con luz del edificio de oficinas. Gustav siempre trabajaba hasta el último minuto, cuando, fumando el final de mi cigarro, lo vi salir de las puertas para dirigirse al Refugio. 

Se encontró con algunos Machos fumando en la entrada y los saludó con una sonrisa y un poco de contacto físico, al igual que a sus compañeros. Todos habían ido allí esa noche, llenando la calle de principio a fin de todoterrenos y 4×4, para disfrutar de la cena y los regalos. Menos yo, claro, que los miraba desde lo alto del Refugio como si fuera el Grinch y ellos los Quién festejando su estúpida navidad.

Cuando regresé al cálido interior, cerré la puerta del balcón y me tropecé con una de las putas alfombras de Tom, esa a la que más odiaba y que el muy tonto siempre ponía en medio. Después me fui a preparar un par de sándwiches y los cené con una cerveza mientras miraba algún programa sin importancia, hasta que llegó el momento de marcharme. 

Mentiría si dijera que no estaba un poco nervioso. Sabía que ya eran más de las dos y que algunos ya se habrían ido, que se habrían llevado a los Ancianos y a las Crías y que solo quedarían los Machos bebiendo y charlando junto con los Lobatos. Así que no era oficialmente «La Manada», pero aún así seguirían siendo muchos más de los que estaba acostumbrado a ver.

Me detuve a las puertas del Refugio, adornadas con roscones de hojas de abeto y bayas rojas. Tomé una bocanada y decidí fumarme otro cigarro antes de entrar. Como saben, nunca había pasado de la puerta del hotel lobuno, y me sentí como un completo extraño, como un extraterrestre en un planeta desconocido. Di un par de pasos y me detuve al lado de las escaleras adornadas con más guirnaldas y hojas de abeto. Apestaba a la Manada y a deliciosa comida y dulces, hacía un agradable calor, la decoración era abundante y preciosa y la luz suave e íntima; parecía un hogar y yo tenía el corazón acelerado y una expresión muy seria en el rostro.

—¿Qué haces aquí? —me preguntó una voz a un lado..

Giré el rostro al momento, preparado para soltar un insulto a la menor alerta de incomodidad y largarme de allí por todo lo alto, quizá arrojando algo al suelo y gritando que jamás volvería. Sin embargo, aquel anciano de gafas gruesas y pelo muy cano me miró fijamente y se inclinó un poco hacia delante en el sillón al lado de la chimenea.

—¿Ya has vuelto de ese trabajo, Jungkook? Es muy pronto, ¿ha ido todo bien?—me preguntó.

—No soy Jungkook —respondí, parado en el pasillo y muy quieto—. Se ha confundido, viejo.

—Jungkook, deja de jugar, ¿qué tal ha ido? ¿Has tenido problemas en el puerto? Llevo esperándote toda la noche.

—Le he dicho que no soy Jungkook —repetí—. ¿Está borracho o qué?

—Ey, Jimin, estabas aquí. Nos tenías preocupados, no te encontrábamos

—nos interrumpió un lobo, uno de los mayores, con ese cuerpo todavía enorme y musculoso y esas canas que les hacían parecer a todos Sugar Daddys de campeonato.

—Es Jungkook, Hobie, ha venido de su visita al puerto, pero no me dice si ha ido bien —dijo el viejo, cada vez más preocupado y nervioso, dando golpes con su bastón de cedro sobre la alfombra del salón.

El lobo me miró allí en el pasillo y arqueó las cejas.

—No es Jungkook, Jimin —respondió, agachándose frente al viejo para agarrarle suavemente de las manos temblorosas—. Es Bill, el compañero de Tom. También es rubio y tiene los ojos verdes, pero no es Jungkook. Jungkook murió hace mucho, ¿lo recuerdas?

El anciano frunció el ceño y bajó la mirada al suelo, como si le costara procesar aquella información.

—N… no… yo… estoy esperando a Jungkook, se ha ido al puerto con los chicos y me dijo que volvería pronto, pero ya es tarde…

—Lo del puerto salió bien, la Manada ganó y se hizo más fuerte. Jungkook fue un gran Alfa, pero ya no está aquí, Jimin. Tu Macho murió hace diez años.

El anciano empezó a llorar en voz baja y negar con la cabeza, pero, por la reacción del lobo, no debía tratarse de nada nuevo.

—Perdona, Bill, Jimin está senil y te ha confundido con el antiguo Alfa. Era su compañero.

—Ahm… —fue todo lo que conseguí decir en respuesta.

—Vete adentro, estábamos esperando por ti para dar los regalos. Yo me encargo de él —y señaló con la cabeza al anciano asiático.

Asentí y me moví en la dirección que había indicado, atravesando el bonito salón de chimenea, sillones y muebles antiguos para ir hacia la que, creía, sería la sala de fiestas del hotel. Era muy bonita y elegante, completamente reformada y decorada con abetos de verdad, guirnaldas y todo tipo de adornos navideños. 

Había varias mesas en fila y algunas redondas, todas repletas de bandejas y platos de dulces y galletas. Yo había comprado cinco paquetes de Chips Ahoy! y se las había dado a Linda pero, al parecer, algunos compañeros se tomaban en serio eso de preparar dulces. Había tartas de todas las clases, bizcochos y galletas caseras. Junto a ellas, habían puesto bandejas de litros y litros de café, leche, azúcar o edulcorantes con tazas y cucharillas.

Me empecé a poner cada vez más nervioso cuando noté las primeras miradas, pero no me detuve ni cambié mi expresión hasta alcanzar el final de la mesa principal, presidida por Gustav. Linda me saludó con una sonrisa, Georg hizo un comentario que no consiguió atravesar la telaraña de pensamientos que era mi mente, Tom gruñó con placer y me señaló el asiento vacío a su lado; al que me fui directo.

—Te has perdido una cena deliciosa, Bill, pero supongo que eso era lo que querías —fue lo primero que oí decir a Gustav, con los codos apoyados en la mesa y la manga de la camisa recogidas—. Si no te conociera, sería fácil pensar que querías hacernos un feo y tratar de humillarnos al rechazar nuestra invitación… pero ahora te conozco, ¿verdad?

—Gustav, no me toques los huevos— respondí con una mirada seca. —He venido a tomarme un café tranquilo y a dar los putos regalos.

El Alfa se quedó en silencio, lo acostumbrado cuando me oía hablarle de aquella forma. Quería intimidarme o algo así, pero a mí no podía importarme menos.

—Cenar todos juntos es una tradición de la Manada, al igual que colocar la decoración y dar los regalos. Y aquí, en mi Manada, se respetan las tradiciones… viene a la par del dinero de compañero y los demás privilegios que no has rechazado, al contrario que esta invitación.

—Para qué mierdas voy a venir, si cada vez que lo hago me tiran pan a la cara o te enfadas…

—Me enfado porque no hacer lo que debes es de críos inmaduros, yo también hago cosas que no quiero, Bill, pero esto es importante y lo respeto, al contrario que tú…

Me quedé en silencio, un silencio que se propagaba a lo largo de la mesa hasta donde podían escucharnos. Miré fijamente los ojos ambarinos del Alfa y me pasé la lengua por los dientes. El antiguo Bill se hubiera levantado y se hubiera ido en aquel mismo instante, sin aguantar ni un segundo más de aquella estúpida reprimenda; pero sabía que eso me devolvería a un punto de mi vida al que, sinceramente, no quería regresar si podía evitarlo. Así que con un tono calmado y firme le pregunté:

—¿Crees que este es el mejor momento y lugar para hablar de eso, Gustav? Aquí, delante de todos…

El Alfa movió la mirada por la mesa, percibiendo la incomodidad y silencio que había dejado su discursito de padre estúpido. Tras un momento, asintió y dijo:

—Tienes razón, ya hablaremos de esto mañana en mi despacho.

—Muy bien… —murmuré, sabiendo que ese despacho iba a arder en llamas en cuanto entrara en él, y no por culpa del Alfa.

Pero eso sería al día siguiente, por el momento miré al frente, encontrándome con los ojos color miel de Nick, sentado al lado de Linda por ser el Segundo SubAlfa. Al contrario de lo que me imaginaba, no se estaba riendo, disfrutando de mi humillación, sino que se limitaba a fingir que no existía y que nada de aquello estaba sucediendo.

—Bueno, ¿y de qué estaban hablando antes de que llegara? —les pregunté antes de servirme el café en una taza de porcelana blanca.

—Oh, pues hablábamos de lo bonito que estaba la ciudad hoy — respondió Linda, siempre al rescate de la situación—. Y de lo mucho que nevó…

—Oh… —asentí—. Ahora me arrepiento de no haber venido y perderme una charla tan emocionante…

Gustav golpeó el puño contra la mesa, haciendo temblar la bonita vajilla, y me clavó una de sus miradas más intimidantes. Yo bebí un sorbo de mi café caliente como si no pasara nada y dejé la tacita en su platito.

—Yo estuve viendo en la tele que hay una especie de parque de atracciones de la navidad a la que la gente va como loca por estas fechas— continué, mirando un poco a todos los que estaban a mi alrededor: Georg, David, Ben, su compañero Stephen, Nick y, por supuesto, mi lobo—. Podríamos hacer algo parecido en el Campamento Diversión. Le ponemos unas luces de navidad, vestimos a Tom de Santa Claus —moví la mano y rasqué su barba larga a la altura de la papada—, creo que incluso él podría aprender a decir: «Ouh, ouh, ouh». Creo —recalqué—. Ponemos a Georg orejas de elfo y le damos unas mallas, después soltamos a los Lobatos como si fueran los trasgos de la navidad y les cobramos a todos esos estúpidos cargados de hijos cien dólares por la entrada, ¿qué les parece?

—Me parece que si me ven en mallas, los niños se van a asustar —dijo Georg con una sonrisa.

—Sí, van a decir: ¿creo que a ese señor se la ha metido una oruguita en los pantalones, mamá? —dije con una voz infantil—. No, cariño, simplemente tiene la verga enana… —añadí en el papel de la madre.

Tom se rio como hacía él, de forma ronca y ruidosa, pero no fue el único; a David también le hizo bastante gracia, al igual que a un Nick con la mirada fija en la mesa, y a Linda, que trataba de ocultar su risa bajo la servilleta. Ben, por el contrario, solo puso los ojos en blanco y Gustav siguió bebiendo su taza de café, quizá ya planeando su venganza.

—¿Y tú dónde estarías, Bill? ¿Pintado de verde en la montaña del Grinch? —me preguntó el Beta pelirrojo—. La cara de asco ya la tienes…

—Bill estaría en algún sitio donde no tuviera que trabajar… —murmuró Gustav, lo que, sorprendentemente, también produjo algunas risas.

Iba a responder de inmediato, pero entonces el Alfa levantó un dedo con la mirada hacia mi espalda, de donde apareció un niño de piel morena muy parecido a la de Gustav.

—¿Qué haces tú por aquí? —le preguntó, echando hacia atrás su silla para tomarle en brazos y sentarlo en su pierna.

—Estamos jugando al escondite —respondió la cría, de ojos de un amarillo pálido y pelo negro.

—Pues aquí no estás demasiado bien escondido, pequeño —dijo el Alfa, inclinándose para frotar el rostro contra el pelo del que, sin duda, era su hijo.

—Estoy escondido detrás de Tom.

—Ian sabe que Tom es el más grande —afirmó mi lobo con aprobación. Linda sonrió y me miró.

—Es nuestro hijo, Ian, el pequeño —me explicó, porque ya me había hablado de él un par de veces. Tenían otro más mayor de nueve años que estaba en su última etapa antes de convertirse en un apestoso energúmeno obsesionado por el sexo.

—Sí, ya nos conocimos el día de la redada —asentí.

Los había reconocido al instante a ambos, y no por su parecido con el Alfa, sino por su desagradable peste. Las crías compartían el Olor a Macho de su padre hasta que alcanzaban la pubertad y empezaban a tener uno propio. 

La llegada de Ian cambió el rumbo de la conversación, porque no podíamos seguir hablando de temas adultos con él delante, así que hablamos de las pastitas, las tartas y el café como una panda de tontos hasta que llegaron más crías y encontraron al hijo del Alfa. Cuando al fin se fueron, Gustav decidió que era el momento de entregar los regalos de los adultos.

Hubo bastante movimiento, Linda pidió ayuda a los compañeros para que repartiéramos todos los regalos. Por desgracia, tuve que aceptar, paseándome de un lado a otro con expresión indiferente mientras daba cajas envueltas en papeles ridículos. 

La gran mayoría eran ropa o alguna tontería sin importancia, solo un detalle, hasta que llegó el momento de los Lobatos. Me acerqué a su mesa con carrito repleto de cajas y ellos empezaron a removerse, a hacerme preguntas y comentarios tan originales y sorprendentes como: «¿Mi regalo podría ser una mamadita, Bill?».

—Este año les he comprado yo los regalos… —anuncié con una sonrisa macabra en los labios—. Veamos la lista… — saqué una página y leí—: Oh, aquí dice que Hayato ha sido bueno con Bill, muy bien, toma tu regalo.

—Pff… —bufó el Alfa de los Pajilleros, aceptando su gran caja como si me hiciera un favor. —¿Qué es, otro puto chándal o una chaqueta de invierno?

—Cierra la puta boca y ábrelo —respondí.

El lobato me miró con escepticismo mientras rompía el papel, descubriendo su regalo. Entonces frunció el ceño y tiró más antes de soltar un: «Demonios». Los demás se abalanzaron alrededor, agolpándose unos sobre otros para mirar con ojos maravillados el juguete sexual de goma hiperrealista con tetas, coño y culo.

—¡No me jodas! —exclamó Ron—. ¿Y yo qué? —me miró.

—A ver la lista… ah, sí, tú también has sido bueno con Bill. Toma —le di las dos cajas con el tubo-boca y la otra con la verga de goma. 

Las abrió al momento y se las enseñó a todos con una amplia sonrisa en el rostro. Se relamió los labios y gruñó por lo bajo.

—No estoy seguro de que aquí dentro quepa toda mi corrida… —dijo, mirando bien el tubo.

—Hay que limpiarlas después de usarlas —les recordé, a ambos.

Los dos lobatos asintieron, pero estaban demasiado excitados ya como para pensar racionalmente. Sin decir nada, se llevaron sus regalos corriendo hacia las escaleras, ya con una erección bien gorda en los pantalones. Cuando desaparecieron, los demás lobatos fueron directos al carro para ver qué les había comprado, pero les detuve.

—Hay que mirar en la lista si han sido buenos con Bill… —les recordé.

—Y si no hemos sido buenos contigo, ¿qué? —me preguntó Will el Bigotes.

Sonreí más.

—Entonces tendrán un regalo diferente.

Ah… ver la desdicha y desilusión en los ojos del los lobatos cuando recibieron una mierda en comparación con los juguetes sexuales y el porno que les había regalado al resto… eso sí que me hinchó de felicidad y no el puto espíritu navideño. Hecho mi trabajo, volví a la mesa de los mayores para descubrir un par de regalos encima de la silla. Arqueé las cejas y miré al resto, que ya estaban empezando a abrir los que yo les había regalado.

—Eres un hijo de puta —me dijo Georg, con la colección entera en DVD de la serie que más odiaba en el mundo—, pero los bombachos están bien — añadió, estirándolos a un lado.

Sonreí y moví los regalos a encima de la mesa para poder sentarme. Tom ya se había puesto sus guantes de cuero de matón que le había comprado y sonreía como un tonto, mirándome fijamente con sus ojos amarillentos de bordes anaranjados. Después estaba Nick, dando vueltas entre las manos al zippo color negro que le había regalado, porque sabía lo mucho que le gustaba el mío. Me miró por el borde superior de los ojos y asintió, supongo que a forma de agradecimiento.

—¿Es para cuando vengas tú al despacho, Bill? —me preguntó Gustav, mostrándome el muñequito antiestrés que le había comprado.

—No, es porque me recordó a ti —respondí—. Cuando lo aprietas se le hinchan los ojos y parece que va a estallar.

Gustav no dijo nada, tan solo lo apretó con fuerza. Linda también me dio las gracias un tanto sonrojada, pero no había abierto del todo su regalo porque se lo había comprado en el sex-shop. A Gustav le sorprendió y echó una ojeada rápida, quedándose paralizado un par de segundos antes de mirarme y gruñir por lo bajo. Solo era un poco de lencería sexy y un par de botes de nata de sabores para jugar y lamer.

—También es un regalo para ti —le recordé al Alfa. Él solo volvió a apretar con fuerza el muñeco antiestrés.

En cuanto a mí, recibir regalos suponía un momento muy incómodo, así que los abrí lo antes posible e hice un par de comentarios tontos. Georg me había regalado un pequeño reproductor de música del tamaño de una carpeta que, según él, se podía conectar a no sé que mierdas y tenía acceso a plataformas de música en streaming. Como si yo pagara esas mierdas. Kai me había regalado unas gafas falsas de metal fino y liso que no dudé en ponerme antes de buscarle en la mesa cercana con el resto de Machos Comunes y dedicarle un corte de manga. 

Sorprendentemente, Felix me había comprado algo de verdad: unas zapatillas estupendas de Adidas. Por supuesto, le busqué en la misma mesa que a Kai y las levanté con el ceño fruncido como si le preguntara «¿pero qué mierdas?», a lo que él respondió con la misma expresión, levantando la cigarrera plateada y los dos packs de cuarenta cajas de cerillas que yo le había regalado. 

Al parecer, los dos únicos que creíamos que íbamos a recibir regalos de broma, habíamos sido los que nos habíamos hecho buenos regalos. Después la Manada —o sea, Linda—, me había regalado un chándal grueso de color negro con líneas a los lados en amarillo chillón. Norman me había comprado tapones para los oídos por lo mucho que roncaba mi lobo y, finalmente, Tom había envuelto malamente dos tazas con forma de bote pero con asas, de esas modernas, una mucho más grande que la otra.

—Para la leche de Tom y el café de Bill —me explicó.

—Ohm… —asentí. Así que ahora teníamos tazas a juego. ¿Se podía estar más muerto en vida?

Tras aquello, nos tomamos otro café con dulces y la conversación fluyó, nunca en una dirección concreta o alrededor de un tema en especial, hasta que los lobos empezaron a marcharse, no sin antes venir a despedirse debidamente del Alfa; lo que interrumpió nuestra charla numerosas veces. 

Pude conocer, al menos de vista, a la mayoría de compañeros y a sus lobos, que me echaron algunas rápidas miradas de vuelta por curiosidad. Jack se pasó por allí junto a Roy y a su compañera Amber, la enfermera, a la que ya conocía y que hasta me saludó con una sonrisa. Jack no venía a despedirse, solo a sentarse con nosotros ya que, a esas horas, ya no importaba el rango ni el orden en la mesa.

—Gracias, Bill, supongo… —murmuró, mostrándome el termo del Starbucks que le había comprado, uno bastante grande y personalizado con un precioso «Princesa» en rosa palo y una corona.

—De nada —sonreí—. Sé que te preocupa el medio ambiente y lo mucho que odias gastar vasos a lo tonto. Si quieres, puedes llevártelo tú, o me lo quedo yo para cuando te vaya a buscar el café.

—No te sientas mal, Jack— dijo David, mostrándole su regalo—. A mí me ha dado un babero para que no manche el sofá cuando bebo cerveza en conserjería.

—Siento que Ria no haya podido venir —le dijo al Alfa, lo que produjo un extraño momento de tensión y silencio en la mesa—. Se ha quedado a pasar las navidades con su madre, sigue muy enferma.

Gustav tan solo levantó la mirada al frente, hizo un breve intento de asentimiento con la cabeza y bebió de su tercera taza de café con leche de la noche.

—Pero ha enviado los regalos por correo, son de parte de los dos — continuó, hundiéndose cada vez más en aquel pozo de arenas movedizas, grano a grano, mentira a mentira, ahogándose a sí mismo con tal de no traicionar a su compañera.

—Voy a fumar —declaró David, levantándose de su sitio antes de explotar, como él sabía que haría si seguía escuchando aquellas estupideces.

Nick también se levantó en aquel momento, sin la sutileza para contener su expresión de odio y desprecio antes de dirigirse a la salida. Ben y Stephen se habían marchado hacía media hora, así que solo quedábamos Tom, Georg y, yo, Linda y Gustav para escuchar las excusas de Jack.

—Me ha pedido que encargara la tarta —dijo, echando un rápido vistazo a los dos Machos que se habían ido—. Parece que no ha tenido mucho éxito…

Por supuesto, nadie había tocado el pastel de limón y galleta que «Ria había encargado», una clara muestra de desinterés y rechazo que Jack no había pasado por alto; porque incluso habían comido un par de las cutres Chips Ahoy! que yo les había entregado. La Manada y sus sutilezas. Gustav, en su papel de conciliador, se aclaró la garganta, bajó la taza de porcelana que casi parecía de juguete en sus enormes manos, y dijo:

—Hay muchos postres esta noche.

Jack puso una expresión muy seria, casi aterrada, remarcada por sus bonitos ojos de un amarillo pastel y las marcadas ojeras grisáceas que los rodeaban.

—No la habíamos visto —intervine, porque, sinceramente, el pobre me estaba dando demasiada lástima y Gustav estaba jugando a algo peligroso—, tomaremos un cacho.

—Sí… —me apoyó Linda, levantándose al momento con su elegante vestido de noche para ir con una temblorosa sonrisa a por la tarta—. Tiene una pinta deliciosa —dijo mientras la ponía en medio.

Partió un pedazo para todos allí, pero el Alfa ni siquiera bajó la mirada hacia el suyo. Yo le di un intento y puse una expresión de asco porque odiaba el dulce y aquello era puto azúcar con un toque del limón de los friegasuelos. Tom llegó a comerse la mitad, al igual que Georg, pero no se la llegaron a terminar como Linda y Jack.

—Hay una exposición en el museo, una de arte moderno de ese que te gusta, ¿lo sabías? —le pregunté a Jack mientras comía la tarta.

Asintió con la cabeza y no esperó a tragar para responder:

—Sí, Ria y yo estamos suscritos al noticiario del museo, nos mandan un folleto al Refugio cada mes con las exposiciones o los eventos que vayan a hacer.

—¿Y ya has ido a verla? —preguntó Linda, tapándose la boca antes de hablar.

—No, la verdad es que no.

—Mhm… pues podemos ir juntos —se ofreció—, a mí también me gustaría mucho verla.

—Oh… eh… sí, supongo que podemos ir —afirmó el lobo, incapaz de encontrar una razón para no hacerlo.

Es curioso cuando miras al pasado y descubres cosas en las que antes no te habías parado a pensar. Como, por ejemplo, ¿qué hubiera pasado si yo no hubiera sacado el tema del museo? Entonces Jack y Linda no se hubieran ido un día al atardecer para no volver. 

Quizá hubiera sido a mí a quien hubieran raptado junto a la compañera del Alfa en una de nuestras salidas a tomar café. O quizá nuestros enemigos seguirían conspirando en las sombras, aguardando el mejor momento para atacar.

No quiero pensar que esa pregunta estúpida sobre el museo hubiera desencadenado todo lo que estaba por venir, porque sería muy egocéntrico de mi parte. Prefiero pensar que solo fue casualidad y que, de todas formas, la guerra ya estaba llamando a nuestras puertas.

Continúa…

Gracias por la visita. No te vayas sin comentar 😉

por TollWriter

Escritora del Fandom

Un comentario en «Humano 75»
  1. Rayos!! los s enemigos estaban al asecho….
    Jack y Linda serán secuestrados??!!
    Me encanta el sarcasmo de Bill, es directo, sincero y sin filtro, su orgullo aveces le trae problemas pero tb le ayuda a sobrevivir.
    Gracias!!

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