Fic Toll de TollWriter

73: Nosotros: Tenemos nueva guarida

La navidad es una mierda. La gente se vuelve idiota, no para de nevar y todo se llena de estúpida decoración y luces brillantes. Siempre había sentido un profundo amor-odio por esa festividad, desde que era niño. 

Era el único momento del año en que mi madre preparaba algo de cenar y esperaba un poco antes de emborracharse, incluso a veces se acordaba de comprarme un regalo cutre en la gasolinera de vuelta al trabajo; además, cuando vivía en la calle era más fácil que te dieran de comer en navidad, porque a la gente le entraba un repentino y pasajero espíritu de generosidad y te daban más cosas. 

Por otra parte, hacía un frío de mierda y siempre había envidiado un poco a todas aquellas familias felices que cantaban villancicos y cenaban montones de comida alrededor de una mesa iluminada por el fuego de la chimenea. Algo muy parecido a lo que hacía la Manada.

A la segunda semana de diciembre, cuando el Refugio volvió a estar en orden después del destrozo de la policía, Linda se apresuró a organizar las fiestas para, supongo, distraer a los Machos y cambiar ese ambiente tan oscuro y taciturno que les invadía. Vino a visitarme al garaje mientras los Lobatos llenaban el maletero con cajas de comida y charlaban conmigo como si fuera su amigo o algo, pidiéndome tabaco y haciendo bromas sobre mi peste a sexo.

—Perdona, Bill —se disculpó, inclinándose sobre la puerta para mirarme—, ¿te importaría charlar un momento?

Negué con la cabeza y le hice una señal a Hayato a mi lado para que vigilara que todo se hacía bien antes de acercarme a la compañera del Alfa.

—¿Ha ocurrido algo?

—No, no, es solo para decirte que hay una tradición en la Manada por navidad, todos los compañeros traemos un dulce y algo para poner en el refugio: una figurita, unas luces, un pequeño árbol —se encogió de hombros—, cualquier cosa vale.

Asentí sin más y solté el humo del cigarro a un lado.

—Quedamos un fin de semana y todos juntos las colocamos… podrías venirte con Tom.

—No creo que Gustav me deje, esas son cosas de la Manada —murmuré, aunque sonaba tan cursi y ridículo que casi agradecía no poder participar—. Además, sabes que yo no puedo entrar en el Refugio.

Linda puso los ojos en blanco y negó.

—No entras porque no quieres, Bill. Nadie te va a echar —me aseguró, pero terminó con un gesto airado para restarle importancia al tema y se dio la vuelta hacia el pasillo.

—Yo te echaría, Bill —me dijo Ken, dándome un golpe en la espalda antes de mirarme con su perfecta sonrisa blanca y sus ojos de un color marrón muy suave—. Antes de que tocaras algo con tus manos manchadas de corrida de Tom.

—Tom nunca se corre fuera —le aseguré, dándole una colleja para que espabilara y siguiera cargando las cajas junto al resto.

Cuando estuvo todo listo me despedí de ellos con un corte de manga antes de subirme al todoterreno. Seguía llevando la comida al almacén antes de quedarme el resto de la noche en conserjería, pasándome antes por el Starbucks y la licorería para comprar tabaco. 

Charlaba un poco con Jack, quien parecía cada vez más taciturno y triste, e incluso con Nick, a quien iba a visitar a su esquina de marginado con otro tupper en las manos.

—Toma, pedazo de bastardo —le dije, tirándoselo al pecho.

El lobo me miró y gruñó, pero cazó el envase al vuelo y uso la otra mano para indicarme que podía comerle la verga. Le hice un corte de manga y me di la vuelta.

—Espera, Bill. Dame un cigarro —me pidió—. Me los he olvidado. 

Resoplé, pero terminé dándome la vuelta para sacar la cajetilla de la nueva chaqueta de plumas que me había comprado para el frío. El lobo lo aceptó el cigarro y esperó a que sacara el zippo para encendérselo.

—Me olvidé el tabaco en casa de mi humana… —murmuró, con la mirada al frente, hacia la oscuridad sobre la caía una nieve fina y pálida.

—Oh… —murmuré—, eres todo un Macho ya…

Nick alzó la cabeza con orgullo y echó el humo al frente.

—Me da de comer y me la chupa todo lo que quiero —afirmó.

—Me alegro por ti, quizá ahora también puedas ayudar al resto y sentarte a la mesa con ellos.

—No me voy a sentar hasta que respeten mi sitio como su SubAlfa.

—No lo van a respetar si sigues escondiéndote como un puto crío enfadado.

Nick gruñó y apretó los dientes de grandes colmillos, pero me sudó la verga. Me despedí con un gesto de la mano y me fui junto a Jack, quien ya disfrutaba de su Latte con sirope de avellanas.

—¿Por qué te molestas con él, Bill? Es solo un Lobato grande —me dijo, dedicando una mirada a la esquina de la nave donde Nick se escondía.

—Me recuerda un poco a mí cuando era joven —le confesé antes de apoyar el hombro en la pared y cruzarme de brazos—. Yo también daba muchos problemas y pensaba muy poco.

—Cuando yo dejé de ser un Lobato, ya estaba preparado para estar con la Manada, conocía mi lugar y mi deber. No puede ser que él tarde tanto en darse cuenta.

—Ya, Jack, pero a veces las cosas son complicadas… —murmuré.

Cuando Félix nos interrumpió, el lobo se despidió rápidamente para volver al interior.

—rayos, qué frío… —se quejó Félix, cerrando su chaqueta de forro de piel—. A veces fumar es una mierda cuando tienes que salir a la nieve y se te congelan los huevos.

Deja el tabaco —le sugerí.

—Vamos, Bill… Ambos sabemos que tú y yo no dejaremos nunca de fumar ni de coger, es un hecho.

Sonreí y asentí, porque tenía toda la razón. Después me topé con Norman que llegaba un poco tarde después de visitar a uno de sus humanos que, de nuevo, le había regalado galletas.

—Llévaselas a Linda —me pidió.

—¿Son de Jacob? —le pregunté.

—Sí.

Murmuré una afirmación pero no dije nada al respecto. Probé una de las galletas de mantequilla por el camino y estaba bastante buena. Ese chico, Jacob, se había pasado el último Celo con Norman y siempre le daba un montón de dulces, usando su trabajo como pastelero para encandilar al Macho, quizá con la esperanza de llegar a un Vínculo Complejo; pero Norman llevaba trayendo aquellos dulces desde hacía un par de días, y que un lobo rechazara comida nunca era buena señal para el humano. A ese chico bajito y delgado le quedaba muy poco tiempo para disfrutar del enorme y musculoso lobo que iba a su casa.

Dejé el tupper en el asiento del copiloto y conduje de vuelta al Refugio, llevándomelo conmigo hasta conserjería, donde me senté con mi café en la silla y me puse a ojear una revista de alquileres. Continuaba buscando, pero todavía no había encontrado el anuncio en el que pusiera «se aceptan lobos como animales de compañía».

—Ey, Bill —me saludó Georg, entrando por la puerta con su chaqueta enorme y negra de invierno—. ¿Mi café? —se lo señalé a un lado y él lo cogió con una sonrisa—. Oh, Norman trajo galletas, suertudo —lo celebró, al verlas sobre la nevera.

—Vas a engordar con tanto dulce y sin hacer nada —murmuré, pasando otra página de la revista y sin molestarme en mirarle. Sus visitas ya eran algo tan habitual que casi parecían parte del trabajo.

—Lo único que me engorda a mí es la verga —respondió—. Al contrario que a Tom.

—A mí me encanta todo lo que le engorda a Tom —le aseguré.

—Sí, eso ya lo sabemos todos —afirmó, ya con el tupper de galletas entre las manos y una a medio masticar en la boca—. Están muy buenas — añadió—, va a ser una mierda cuando Norman dejé al humano y no las vuelva a traer.

—Búscate tú un humano que te haga galletas —sugerí.

—Yo necesito algo más que galletas, necesito una mente inquieta, un alma divertida…

—Un enorme par de tetas o un buen culo —añadí.

—Sí, eso también —afirmó sin pudor alguno—. Me gusta tener dónde agarrarme.

Me reí e iba a decir algo, pero el teléfono sobre la mesa empezó a sonar y me incliné hacia delante para cogerlo.

—Dime, Gustav.

—Linda me ha dicho que no entras en el Refugio porque, al parecer, crees que no puedes hacerlo, Bill. Me ha sorprendido que te tomaras la molestia de esperar a que te lo confirmara, pero quiero que sepas que tienes mi permiso y que puedes unirte a la Manada en la decoración navideña.

—No, suena bastante cursi y a que van a ponernos gorritos de Santa Claus y a cantar villancicos. Yo paso —respondí.

—Es una tradición de la Manada… —murmuró, como si no hubiera quedado bastante claro.

—Llámame cuando haya una tradición de beber chupitos hasta desmayarse —y colgué.

—No quiero meterme entre ustedes dos y su forma de hablarse… — me dijo Georg desde su sitio en el sofá, comiendo galleta tras galleta y bajándolas con un par de tragos de su café bombón—, pero sinceramente es bastante increíble que hayan llegado a entenderse tan bien.

—Gustav y yo sabemos lo que hay —me encogí de hombros—, nunca seremos amigos y solo cooperamos por la Manada. El resto del tiempo nos ignoramos mutuamente… ¿Qué te parece este ático? —le pregunté, tirándole la revista para que la atrapara al vuelo y mirara el anuncio—. No queda lejos y es de espacio abierto, como me gusta.

—Me parece que no vas a pagar dos mil dólares al mes para vivir rodeado de familias de clase alta que te van a expulsar a los dos días —respondió, echando una rápida ojeada al apartamento.

—No voy a vivir con ellos, sino sobre ellos. Es un ático.

—Si te gustan los áticos, venden uno en el edificio de enfrente —me tiró la revista de vuelta y volvió a recostarse en el sofá, abriendo las piernas y resaltando aquel enorme bulto de sus pantalones bombachos—. Siempre veo el anuncio desde mi ventana del Refugio. Les cuesta venderlo porque nadie quiere vivir a nuestro lado.

Fruncí el ceño y me lo pensé un momento, girándome por completo hacia el lobo. Me había resistido a comprar porque había algo que no me gustaba de sentirme atado a un lugar; quizá debido a mi alma de vagabundo y mi terror al compromiso; pero ahora tenía un lobo-marido, un trabajo fijo e incluso una… Manada-familia. Aunque quisiera huir, ya no podría hacerlo, así que comprar un apartamento donde envejecer y morirme, solo era el siguiente paso de mi nueva vida. 

Me llevé a Georg al tercer piso y juntos miramos el cartel de «Se Vende» en lo alto del edificio de en frente. Como el resto de la zona, era un poco antiguo y clásico, pero tenía un balcón bastante amplio y numerosos ventanales que le hacía parecer bastante luminoso. Tras fumarme un cigarro y chasquear la lengua un mínimo de veinte veces mientras le daba vueltas y vueltas, terminé llamando al número de contacto. Por supuesto, la inmobiliaria no trabaja de madrugada, lo que me permitió tener toda una noche para volver a pensármelo y convencerme a mí mismo de que no era buena idea.

—Georg me ha dicho que hay un ático a la venta frente al Refugio —le dije a Tom al día siguiente, después de que se levantara, echara una ruidosa meada y viniera a la cocina bostezando y rascándose el culo peludo.

El lobo dejó de beber su enorme vaso de leche caliente y gruñó con sorpresa.

—¿Frente a Refugio? —preguntó con sus bigotes manchados. Era invierno y le había dejado la barba más larga y espesa para que no tuviera frío en la cara durante las largas horas que se pasaba en la calle haciendo sus «visitas». —Guarida estaría al lado de Manada. Bien —asintió.

Murmuré algo incomprensible mientras le daba algunas vueltas al cigarro entre los dedos. Había tenido la esperanza de que Tom se negara con alguna de sus estupideces tipo «no huele a Tom» o «Tom prefiere quedarse en Guarida», para así poder enfadarme y negarme en rotundo a comprar el apartamento. Por desgracia, eso había salido mal y al lobo parecía hacerle mucha ilusión vivir a solo una calle del Refugio, tanto como para observarme fijamente mientras llamaba a la inmobiliaria.

—Sí, está disponible —respondió el hombre con sorpresa—, pero… he de decirle que ese ático está cerca de una zona un poco insegura… —confesó, porque no debía ser la primera vez que aquel hecho le había jodido a unos clientes potenciales, así que se lo sacaba de en medio lo antes posible.

—Oh, ¿cómo de insegura? —le pregunté.

—Verá, al lado hay un antiguo hotel donde viven… lobos —bajó la voz, casi como si quisiera que no lo oyera.

—¿Lobos? —exclamé, acariciando a Tom en la barriga—. Vaya… ¿quién quiere vivir al lado de lobos?

—Sí, lo sé, es una desgracia, pero no podemos hacer nad…

—Eso le habrá bajado mucho el precio, ¿no? —le interrumpí.

—Oh, bueno, sí, hemos hecho un par de rebajas al precio, pero sigue siendo un precioso ático de setenta metros cuadrados en el centro de la ciudad y…

—Y con vistas a un Hotel de lobos —le recordé—. Yo soy joven y con la mente abierta, pero entiendo que suponga un problema muy grave si quisiera invitar a mi familia o amigos. No me gustaría que les robaran el auto o les dieran una paliza…

Tom gruñó y yo le di una leve bofetada de advertencia antes de mirarle fijamente y ponerme un dedo en los labios para decirle que cerrara la puta boca: papi estaba negociando.

—No, claro que no, nadie quiere eso —afirmó el hombre de la inmobiliaria—. Verá, señor…

—Doctor —le corregí—. Doctor Lobo. Sí, puede ahorrarse la sorpresa y no, esta no es una llamada de broma. Estoy interesado en el ático —añadí antes de que se quedara en silencio debido a la ironía.

—Verá, Doctor Lobo, el caso es que ese precioso ático pertenecía a una pareja de ancianos que falleció hará unos años, lo compraron en los sesenta antes de que llegaran esos indeseables vecinos. Los herederos quieren deshacerse de él, pero no están dispuestos a bajar del setenta por ciento del precio de venta que es común en esa zona. Como ya le he dicho, es el centro de la ciudad y está muy bien situado, cerca de parques, teatros, museos y todo tipo de servicios, a menos de diez minutos del distrito comercial y a veinte del puerto.

—Sí, el lugar es maravilloso —concordé—, por eso estoy dispuesto a convivir junto a lobos y a pedirme a mis padres que no vengan a visitarme pasadas las ocho de la tarde… Pero no voy a pagar más de sesenta por ciento para que una noche quizá me peguen un tiro en la cara por error o un drogadicto me ataque en busca de algo que robar para dárselo a los lobos a cambio de cocaína. Iré a verlo junto a mi marido —añadí, levantando la mano de la barriga de Tom para acariciarle la barba espesa y rascarle un poco como a él le gustaba. Oírme considerarle «mi marido», no produjo ningún tipo de reacción en él, porque para los lobos, eso no significaba nada—, es carpintero y podrá saber si todo está en orden. Si nos gusta mucho, quizá estemos dispuestos a aceptar el sesenta y cinco por ciento del precio, pero no más.

—Ahm… eh… bien, hablaré con los dueños y les preguntaré si estarían dispuestos a aceptar la oferta.

—Maravilloso —murmuré antes de colgar. —Quizá lo consigamos —le dije al lobo, que asintió con una sonrisa de emoción y ronroneó antes de acariciarme su mejilla contra la mía.

Les explicaré algo, solo para aquellos más románticos e idealistas, y es que en el mundo de los lobos, no existía nada parecido al matrimonio o el noviazgo humano. No había cartas de amor, ni planificación, ni cenas románticas, ni momento en el que le vayas a presentar a tu familia, ni una unión legal y un certificado… Solo el momento en el que pasabas a ser su humano favorito a su compañero de forma oficial cuando te presentaba ante la Manada. Eso era todo. 

No hay boda de ensueño, ni banquete familiar, ni regalos, ni luna de miel: la Manada lo sabía y eso era todo lo que importaba para ellos. Así que no hay ninguna gran celebración de su amor, solo un enorme y apestoso Macho en tu sofá rascándose los huevos y la promesa de que te amarían para siempre pasara lo que pasara. A mí me valía solo con eso, pero otros compañeros preferían comprarse un anillo a juego con sus lobos porque eso les hacía sentir que, de alguna forma, su unión era más real.

No tuvimos que esperar mucho antes de recibir la llamada de la inmobiliaria mientras desayunábamos en la cafetería con calefacción y un delicioso olor a bollería. El hombre me dijo que podíamos ir a verlo al día siguiente por la mañana, pero yo atajé diciéndole que me venía mejor esa misma noche, a lo que él no le quedó otro remedio que aceptar. 

Yo sabía que ese ático llevaba muchísimo tiempo en venta porque Georg me lo había dicho, y que eran pocos los que estaban dispuestos a vivir al lado de la Manada por miedo y odio. Y, como ya saben a estas alturas, a mí me sobraba tiempo para aprovecharme de eso y jugar sucio en mi beneficio. Así que cuando llegamos al Refugio, me bajé del Jeep con mi disfraz de Doctor Lobo —gafas incluidas— y fui hacia el portal del edificio de enfrente, donde un hombre bajito y nervioso me esperaba.

—Soy el Doctor —me presenté.

—Doctor Lobo —sonrió el hombre, adelantándose un paso para ofrecerme un apretón de manos—. Entremos, por favor, antes de que nos vean.

Entonces tres Lobatos cruzaron la carretera y se acercaron como un grupo de putos pandilleros del extrarradio, causando un poco de barullo, con su ropa de invierno holgada, sus gorras y sombreros de lana calados hasta el fondo y sus expresiones de superioridad.

—¡Eh! ¿A dónde mierdas vas? —nos preguntó Ken, aproximándose con el resto, rodeándonos y acojonando por completo al hombre de la inmobiliaria, el que estaba a punto de cagarse encima—. Esta es nuestra calle y no queremos a humanos de mierda por aquí.

—Dame la cartera, puto viejo —le ordenó Sam, apoyando el hombro en la pared al lado del portal.

—¿Y tú, cacho de mierda con gafas? —dijo Hayato a mis espaldas, dándome una colleja como yo hacía con él—. Venga, dame las llaves del auto antes de que te dé una paliza, imbécil…

Me giré y arqueé una ceja con expresión de advertencia, aprovechando que el hombre no podía verme. Por supuesto, yo había organizado todo aquello, ¿el precio? Las llaves de la moto para que Hayato, el nuevo Alfa de los Pajilleros, se diera una vuelta a doscientos cincuenta por hora. 

A regañadientes, saqué las llaves del bolsillo y se las entregué. Entonces Mark empujó al hombre, que gritó como una niña pequeña. Los Lobatos se rieron y escaparon corriendo. Aquel numerito me iba a ahorrar muchísimo dinero del precio final…

—Vaya, no esperaba que me atracaran tan pronto —le dije—. Sesenta por ciento me parece mucho si voy a tener que aparcar a tres manzanas de aquí cada noche…

—Lo… lo siento muchísimo. Ya le dije que viven en frente… —me recordó el hombre, que se apresuró a abrir la puerta con manos temblorosas—. La… la mayoría de vecinos ya se han mudado o han dejado las casas abandonadas —me confesó, quizá por los nervios y la tensión del momento—. Esta zona no ha dejado de hundirse en precios desde hace cincuenta años, pero los herederos se niegan a no vender el ático…

—Claro —asentí, ahorrándome una sonrisa malvada.

Subimos por un ascensor amplio pero antiguo que refunfuñó y se agitó un poco antes de ascender.

—Es increíble, hemos estado apenas veinte segundos con ellos y ya se ha pegado el olor… —murmuré, mintiendo descaradamente porque en un espacio tan pequeño, mi peste a Tom era como una nube densa y penetrante que el hombre de la inmobiliaria no podía ignorar.

—Sí, huelen muy mal —asintió—. Lo siento mucho, de veras, pero es muy peligroso pasearse de noche por aquí. Por eso me ha sorprendido tanto que usted… quisiera.

—Trabajo de noche y me venía mejor —respondí sin darle mayor importancia y con la mirada fija en los números ascendentes del ascensor. Cuando llegamos al octavo, se detuvo.

Solo había un pasillo largo con las escaleras, varias puertas hacia un lado y una única puerta donde ponía «8ª- Ático», al que el hombre se acercó todavía con sus manos temblorosas.

—El resto del otro lado son solo guardillas, calderas, habitaciones con los cuadros de electricidad… —me explicó mientras tardaba más de un minuto en encajar la llave dentro de la cerradura—, pero la única casa es el ático, así que usted y su marido estarían solos en la planta. Tampoco hay vecinos abajo, así que no importa el ruido que hagan. Sé que a los jóvenes le suele gustar poner música alta y esas cosas —trató de bromear, entrando en su papel de vendedor, aunque siguiera nervioso y respirando agitadamente tras el atraco.

—Sí, sí que me gusta poner la música alta y hacer ruido —afirmé en un tono de voz bajo y tranquilo, cruzando el umbral de la puerta para echar un rápido vistazo incluso antes de que encendiera las luces.

El ático era como en las fotos. Mucho espacio abierto, grandes ventanales por los que entraba muchísima luz y un techo inclinado siguiendo el recorrido del tejado. La cocina y el salón estaban solo separados por una gran mesa tipo isla que tenía su propio grifo y fregadero, los muebles eran antiguos, al igual que toda la decoración en madera, un poco de los setenta u ochenta; porque los herederos ni siquiera habían invertido dinero en renovar aquel ático después de que los viejos murieran. 

El hombre trataba de describirlo como «un toque retro y orgánico», pero no encajaba. Toda aquella mierda era vieja y punto. Pasamos a un pasillo separado por dos puertas, una era el baño, tan antiguo y deprimente como el resto, y la otra daba a una habitación bastante grande que también tenía acceso al balcón. 

Esa era casi la mejor parte: un enorme espacio que unía toda la casa por el exterior y tenía vistas a la calle y, por supuesto, al hotel lobuno y el edificio de oficinas. Allí había un par de muebles de jardín y un toldo que dudaba que siguiera funcionando, pero de algo estuve seguro; cuando Tom viera aquello, le iba a encantar. Todo un espacio para llenar de macetas, muebles y plantas…

De pronto se oyó un ruido fuerte, de un motor rugiendo, interrumpiendo la explicación del vendedor que yo ni siquiera estaba escuchando. Me acerqué rápidamente a la barandilla y miré hacia la calle, donde Hayato estaba haciendo rugir a mi pequeña solo para que yo lo oyera. Casi pude verle mirando hacia arriba y reírse antes de salir disparado a toda velocidad por la calle. Apreté los dientes con fuerza y me obligué a calmarme, porque aquel sacrificio no iba a ser en vano.

—Le daré el cincuenta por ciento del precio —le dije al vendedor, girándome hacia él antes de sacarme un cigarro y encenderlo con el zippo—. La casa necesita una buena reforma, voy a tener que invertir dinero para no sentirme como si hubiera comprado el ático de mis putos abuelos. Sin contar, claro, con los jodidos lobos haciendo ruido a las tantas de la madrugada y las vistas a su hotel de mierda. Casi se puede verles desnudos desde aquí y no voy a poder disfrutar de un balcón si no puedo levantar la vista sin ver un culo peludo, a saber si también se llevaran a putas o a drogadictos ahí dentro para que les hagan mamadas a cambio de cocaína. Espero que los dueños se den cuenta de que no van recibir una oferta mejor que esta… —el hombre empezó a balbucear, pero no tenía nada con lo que poder negar mis palabras o convencerme de lo contrario. 

A la mañana siguiente me despertó una llamada, tuve que salir de la cama de muy mal genio, tropezarme con una de las puñeteras alfombras de Tom y responder:

—¿Qué? —con un tono bastante duro y seco.

—Ah, hola… ¿Doctor Lobo? Soy yo, Francis, el de la inmobiliaria. Quería decirle que los dueños han aceptado el cincuenta por ciento —entonces sonreí y se me olvidó el enfado por completo.

Tras despertar a Tom con una buena mamada seguido de buen sexo duro, le di la gran noticia mientras esperábamos a que la inflamación remitiera. Tom gruñó muy agudo y levantó la cabeza, dejando de lamerme las pequeñas heridas que me había hecho en el cuello al morderme. Desde ese momento no paró de removerse, nervioso e impaciente por ver el ático.

—Tiene que oler a Tom, mucho, como antigua Guarida —me decía, seguido de algunas preguntas como—: ¿Cabrán las plantas de Tom? ¿Nos llevaremos los muebles?, a Tom le gustan los muebles que hizo para Bill. Tom pedirá ayuda a Kai y Georg para mudanza. Puede tomar prestado uno de los camiones de Manada.

A lo que yo respondía con afirmaciones despreocupadas. Me gustaba mucho ver a mi lobo feliz y emocionado, pero no era de esas personas capaces de compartir el entusiasmo de los demás. Me hacía ilusión cambiar de casa, pero también había una voz en el fondo de mi cabeza que me decía que era algo importante y serio de lo que no había vuelta atrás: algo parecido a cuando decidí quedarme con Tom y joderme.

Francis de la inmobiliaria quiso cerrar el trato cuanto antes, quizá por miedo a que me echara atrás. Quedamos en el propio ático para firmar los papeles y que me diera las llaves. 

Gustav ya había adelantado el dinero tras una llamada de primera hora y no tuvo ningún problema en avalar el precio y conseguirme un buen préstamo bancario que, siendo realistas, jamás le hubieran dado a alguien como yo. Bien, la cara de Francis cuando me vio aparecer con Tom, fue algo que me produjo un increíble placer. Sonreí tanto que hasta me dolieron las mejillas y le dije:

—Te presento a mi marido, el señor Lobo…

Como me reí en su puta cara, pero ya era tarde para echarse atrás, firmé los papeles y recibí las llaves a cambio. Ya era oficial, teníamos una deuda bancaria y una nueva Guarida, una que Tom miró de arriba abajo, gruñendo cuando veía algo que no le gustaba y haciendo un  sonido más agudo cuando sí. Al final, en mitad del enorme balcón, me abrazó, me miró con expresión seria y me dijo:

—Muy bien.

Por supuesto, todavía quedaba mucho que hacer, muchas cosas que arreglar y mucho que cambiar. Lo primero y fundamental fue llevar allí las cosas más olorosas del antiguo apartamento para que el ático fuera cogiendo Olor a Macho lo antes posible. 

La mudanza duró toda una semana y recibimos bastante ayuda de los demás lobos, quienes, por supuesto, nunca se adentraron en ninguna de los dos viviendas porque eran la Guarida de Tom; así que nosotros bajábamos todo, ellos lo cargaban y se lo llevaban y después nos ayudaban a subirlo hasta el ático para dejarlo en la puerta. El último día, con solo la cafetera entre las manos y un par de bolsas de tonterías, nos quedamos mirando el antiguo apartamento. 

Podría decirse que hasta sentí una punzada de pena. Estaba extrañamente vacía sin las plantas y los muebles. Casi ni parecía nuestra casa. Y quizá echaría de menos mi puerta de emergencias donde ponía «EXIT to hell», los momentos que habíamos pasado allí y todo lo que había significado aquel lugar.

 Dejarlo por última vez fue como cerrar un capítulo de mi vida. Había llegado como un exdrogadicto con un trabajo de mierda que vivía día a día sin tener fe en el futuro, y me iba siendo el compañero de un lobo enorme al que, por alguna razón, amaba más que nada. Entonces me di cuenta de lo muchísimo que mi vida había cambiado, de lo muchísimo que quizá yo había cambiado. Ahora yo era Bill el compañero y tenía a una Manada.

Fumé un cigarro silencioso y pensativo en el último viaje en Jeep desde ese barrio marginal y podrido para volver al Refugio, frente al que ahora viviríamos. El ático ya olía bastante a Tom después de haber aireado aquella peste a cerrado y polvo tras tanto tiempo sin habitarse. Habíamos tirado los muebles de mierda y puesto los nuestros junto una cama nueva de tamaño King de dos de largo y ancho, un inesperado regalo de los Machos Solteros.

—Sabemos que es la parte de la Guarida que más usan —nos había dicho Georg al sorprendernos con aquella enorme cama embalada—, así que los chicos hicimos una colecta y buscamos la más grande y resistente del mercado.

Tom me ayudó a instalarla en la habitación y no duró ni un segundo en desnudarse y rebozarse en ella, porque la cama era lo que «¡más tiene que oler a Tom!». Algo que se solucionaría muy rápido tras varios días de uso y sexo. Así que la Guarida estaba lista: las plantas ya cubrían las paredes y Tom ya tenía sus herramientas y tablas de madera a un lado junto cientos de planes para mejorar la casa. Teníamos nuestro sofá en el salón frente a la enorme tele, la nevera llena de bebidas y cerveza, el edredón cálido y plumoso en la cama y unas bonitas vistas a la calle y al Refugio. Fumé otro cigarro en la terraza nevada y noté unos pasos a mis espaldas antes de que una enorme figura me abrazara por la espalda y ronroneara contra mi pelo.

—A Tom le gusta mucho la nueva Guarida.

—A mí también —murmuré.

Continúa…

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por TollWriter

Escritora del Fandom

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