Fic Toll de TollWriter

69: Cosas de lobatos: Y cosas de machos

Mi aceptación en la Manada había sido un proceso lento pero constante del que yo había sido muy consciente aquellos últimos dos meses. Sin embargo, no fue hasta aquella semana a finales de Noviembre que se convirtió en algo casi oficial. Mientras desayunaba con Tom en el local de siempre, con las mismas miradas de siempre a nuestro alrededor, recibí una notificación en el teléfono. 

Como era del banco, no dudé en deslizar la pantalla con una expresión de enfado, dispuesto a cagarme en la puta madre de cualquiera que hubiera tocado mi cuenta bancaria. Para mi sorpresa, no era un cobro, sino un ingreso. Abrí mucho los ojos y fruncí el ceño, llamando la atención de Tom, quien empezó a gruñir por lo bajo con su bigote negro manchado de leche.

—¿Qué ocurre? —me preguntó—. ¿Nick?

—No… —murmuré antes de comprobar un par de cosas.

Una empresa llamada Luna. S.A. me había hecho un ingreso de siete mil quinientos dólares. Un error, sin duda, uno del que no iba a dar aviso hasta que fuera demasiado tarde. Si un banquero patoso o un contable distraído había metido mal un número y, por casualidad, esa burrada de dinero había acabado en mis manos… no era mi culpa. Yo también era un hombre despistado que quizá se gastara ese dinero sin darse cuenta. Los errores pasan.

De mucho mejor humor, apuré el café y el sándwich y me llevé a mi lobo de compras para regalarnos una renovación completa de la ropa de invierno. Como Tom odiaba y se negaba a probarse nada que no tuviera su Olor a Macho, elegí yo por él. Al igual que el resto de Machos, él también tenía un gusto muy marcado para la ropa: a Tom le gustaba vestirse como un matón callejero. 

Muchas camisetas de asas para que se vieran bien sus enormes brazos y la cadera plateada de su cuello, después sus pantalones podían variar dependiendo del calor o el frío, pero era bañador o chándal, nada más. Así que le compré un par de pantalones de tela gruesa y cómoda y algunas sudaderas sin mangas y con capucha, todo de Nike, Puma o Adidas.

 Después nos pasamos a por unas botas militares de las que le gustaban para la lluvia y por unas zapatillas. Encontrar el número cuarenta y seis de pie fue todo un reto para las mujeres de la tienda, pero el lobo llevaba demasiadas bolsas de marca en las manos para no esforzarse en buscarlos. A veces me divertía verles debatirse entre echarnos de allí para no asustar a los demás clientes o atendernos con todo el lujo, porque la venta de droga y armas daba muchísimo dinero. Otras veces simplemente era exasperante.

Con todo aquello, nos fuimos a la tienda de comida y me llevé los tuppers.

—Vaya, chicos, ¿una tarde de compras? —nos preguntó la misma joven de siempre con el pelo recogido y la mirada baja.

No sabía lo que intentaba con aquellos comentarios de vez en cuando, si parecer agradable delante de los demás o si trataba de demostrarnos que ella no era una racista intransigente como el resto de personas que había allí y que nos miraban muy atentamente. Fuera como fuera, yo nunca le respondía.

Llegamos muy cargados a casa y Tom resopló, dejando las bolsas en el salón para quitarse la ropa a tirones y quedarse completamente desnudo. Su Olor a Macho, contenido bajo la chaqueta y los pantalones y potenciado por el sudor del camino y la carga, llegó a mí como una oleada de feromonas que me hizo cerrar los ojos y gruñir de puro placer. El lobo gruñó al instante, poniéndose cada vez más duro mientras la cabeza de su verga gorda se humedecía y empapaba el abundante prepucio que casi cubría por entero.

—Demonios… —murmuré con los dientes apretados.

Les juro que aquello era algo que escapaba a mi control. Si olía la peste de Tom o le veía empalmado, me ponía tan caliente que no podía pensar en otra cosa que desnudarme y saltarle encima. Incluso en momentos como aquel, cuando el tiempo era un problema, no le dejé escapar hasta que me cogiera como una puta fiera y se quedara sudando y jadeando mientras la verga se le inflamaba dentro de mí.

—Tom hambre —me dijo cinco minutos después, cuando ya podíamos movernos y no estábamos atados el uno al otro por un enorme tapón anal. 

Tomé una buena bocanada de aire y asentí. Flotando en una nube fui desnudo a la cocina para dejarle su bol de pasta con carne picada sobre la barra, junto con una cerveza y un tenedor. Después me tomé un café caliente y me fumé un glorioso cigarro antes de cerrar la puerta de emergencia y ponerme a ordenar la ropa nueva entre la vieja para que empapara de Olor a Macho. La suya y la mía, porque ya había cometido el error de haberme puesto algo recién comprado y haber tenido que soportar al muy tonto enfadado y refunfuñando porque «no olía mucho a Tom».

Debido a las compras y el sexo improvisado, el lobo no se pudo echar la siesta y, aun así, llegamos tarde al trabajo. Como ya dije, la noche empezaba antes ahora y las tardes eran cada vez más cortas; no era cuestión de la hora, sino del momento en el que caía el sol. Cuando al fin llegué a conserjería, dejé mi chaqueta de motero sobre la silla y me tumbé con un resoplido y la idea de dormir un poco antes de…

Entonces el teléfono empezó a sonar, retumbando por toda la sala y provocando una mueca de asco en mi rostro.

—¿Pasó algo? —pregunté con un tono algo seco, ya que Gustav no me llamaba mucho últimamente y parecía que justo había esperado al peor momento para hacerlo.

—Sube a verme antes de ir al almacén, Bill —me dijo con una voz calmada y firme antes de colgar.

Tardé un par de segundos en dejar el teléfono y todo un minuto en levantarme del sillón.

—¿Qué? —le pregunté, entrando en aquel despacho que olía tan mal y cerrando la puerta antes de dirigirme al asiento.

Gustav no dejó de escribir en unos papeles y de pasar las páginas como si los estuviera firmando uno a uno.

—¿Te ha llegado el pago? —me preguntó sin mirarme.

—¿Qué pago?

—El que te hemos hecho esta mañana.

No dije nada en un par de segundos, solo ladeé el rostro y respondí:

—Me ha llegado algo de un tal Luna S.A. ¿Por qué?, ¿te has equivocado y has metido mi cuenta por error?

—No, no me he equivocado —dijo, dedicándome una rápida mirada por el borde superior de los ojos—. Luna S.A es nuestra empresa fantasma, pertenece a la Manada y la usamos para hacer transacciones legales que no resulten sospechosas para los bancos. La cantidad que has recibido es la que le corresponde a Tom como SubAlfa de la Manada.

—Ahm… —fue todo lo que dije.

—Solo era para que lo supieras —y me señaló la puerta con un movimiento de cabeza—. Ya puedes irte.

—Me voy a echar una siesta y a mirar vídeos de mierda —respondí yo antes de levantarme—. Solo para que lo sepas…

—Pues como todas las noches, Bill —murmuró él.

Solté un murmullo afirmativo y me fui, cerrando la puerta a mis espaldas antes de sacarme un cigarro que me encendí, como no, en lo alto de las escaleras. Gustav me había hecho subir para decirme que esa cantidad absurda de dinero que había recibido no se trataba de algo casual ni de un error: aquella era mi «paguita de compañero». 

Así que cada mes tendría siete mil quinientos dólares para gastar… No voy a decir que eso solucionara todos los problemas de mi vida, pero… sí. Ahora era un hombre jodidamente pudiente que no necesitaría preocuparse nunca más del dinero.

Georg me encontró en el garaje, observando como los lobatos llevaban las cajas de comida mientras fumaba al lado de Hayato. Llegó por la puerta del Refugio, ignoró por completo a los adolescentes y me hizo un breve saludo que yo respondí con un vago murmullo.

—Voy contigo esta noche —me dijo, cruzándose de brazos a mi lado.

—Qué ilusión… —respondí mientras le miraba un momento por el borde de los ojos.

Con su trabajo en el puerto mermado debido a la vigilancia policial y a que todos los Machos Comunes estaban echando una mano en el almacén, el Beta pelirrojo no tenía demasiado trabajo y me visitaba a menudo por las noches después de que llevara la comida. A veces solo venía a echarse una siesta y beber un par de cervezas, a veces quería charlar o miraba conmigo algo en el ordenador; ya saben, las típicas cosas que haces cuando no quieres estar solo, así que te aprovechas de tu mejor amigo para tocarle los huevos sin ningún tipo de consideración.

—Eh, bro, hemos metido las putas cajas. Danos las pizzas que prometiste— me dijo uno de los lobatos, el más mayor después de Hayato, unos catorce o quince.

El resto de lobatos le rodearon, pasándose los brazos por los hombros y acercándose mucho para crear un frente unido y firme en mi contra, como si hubieran decidido aliarse contra mí y dejar de dividirse en una guerra desesperada por la comida.

—Pasaremos por una pizzería de camino al almacén y las pediré allí — respondí antes de tirar el cigarro al suelo y pisarlo. Los lobatos en seguida se empezaron a quejar, gruñir y a amenazarme, pero cuando me volví de nuevo hacia ellos se acallaron un poco. —He dicho que las pediré. Como me toquen los huevos, no habrá putas pizzas nunca más.

Ellos siguieron gruñendo y se fueron enfadados, amenazándome por lo bajo y echándome miradas asesinas; pero conscientes de que conmigo había que tener cuidado, algo que estaban empezando a aprender rápidamente mientras sus estómagos rugían de pura desesperación.

—¿Ya te estás vengando de los lobatos, Bill? —me preguntó Georg en la soledad del Toyota todoterreno azul metalizado, ya que el Land Robert negro se lo había quedado Gustav mientras reparaban su auto roto.

—Les estoy enseñando a no tocarme los huevos —respondí, arrancando el motor para salir del garaje.

—Oh… así que te vas a convertir en el Terror de los Lobatos…

Sonreí y asentí. Ahí nació mi nombre oficial y la leyenda que después se susurraría con temor en las grandes habitaciones comunes de los lobatos. 

Pero todavía quedaba un poco para eso, por el momento, estaban empezando a aprender, error a error…

Me detuve con Georg en el Starbucks de siempre, uno en el bajo de un edificio de oficinas un tanto elitista del distrito comercial. Al Beta le sorprendió, pero no dijo nada hasta que le pregunté si quería acompañarme o quedarse allí.

—Sí… me apetece un café —murmuró, saliendo por la puerta.

La presencia del enorme lobo llamó mucho la atención, en parte porque, como solía hacer Tom, los Machos mostraban una actitud más distante, agresiva y fría cuando estaban delante de humanos; reservando su mejor cara solo para la Manada.

—Quiero el especial del mes, esa mierda con calabaza, para Princesa y un café bombón latte para mi amigo, Lobo verga Corta —le dije a la mujer tras la barra de pedido. Georg me gruñó al escuchar aquello último, lo que solo consiguió acojonarla más—. ¿No me has oído? —le pregunté con un tono cortante, ignorando al lobo. Ella reaccionó al fin, agachó la cabeza y asintió un par de veces antes de anotarlo y volverse para prepararlo todo. 

Esperamos poco, ya que dieron mucha prioridad a nuestro pedido, y nos entregaron los dos cafés sin atreverse a levantar la cabeza.

—No has escrito lo que te he dicho —le recordé, entregando de vuelta el café caliente para que, con una mano un poco temblorosa, escribiera «Lobo verga Corta».

Con una media sonrisa en los labios, le entregué su café a un Georg muy serio y de párpados caídos.

—Esta es la clase de cosas por las que al principio creía que nos humillabas —me dijo al llegar al auto—. ¿Y quién rayos es «Princesa»?

—Jack.

—Diablos, Bill… esa humana de mierda le ha traicionado, no deberías hacerle más daño.

Volvió a pasarnos algo parecido que en el Starbucks, pero en la pizzería y con un joven que no dejaba de tartamudear y de mirar constantemente a Georg por el borde de los ojos mientras intentaba escribir la absurda cantidad de comida que le estaba pidiendo. Terminé por decirle que íbamos a volver en tres horas y que más valía que las putas pizzas estuvieran listas. 

Con Georg no era tan divertido hacer aquello como con Tom, quien realmente daba miedo y parecía que iba a empezar un golpe en cualquier momento; pero el Beta pelirrojo seguía siendo un lobo y la gente seguía asustándose y, en mitad de aquel miedo, sintiendo una punzada de deseo y excitación que no eran capaces de comprender.

Con todo listo, nos pusimos camino al almacén y Max nos recibió a ambos con un saludo, de cabeza más profunda para Georg, ya que era el Primer Beta de la Manada y de rango superior. La edad y la experiencia no significaban nada en el mundo de los lobos, sólo la autoridad y el poder, por eso las generaciones jóvenes o de mediana edad eran las que mandaban, dejando atrás a los ancianos que ya no eran ni tan apestosos, ni tan agresivos, ni tan vivaces como antes. Ese era el ciclo de la vida y los Machos lo sabían.

De todas formas, Georg ayudó al viejo a cargar las cajas y a llevarlas al espacio con las mesas plegables, donde yo ya estaba rodeado de lobos hambrientos a los que de vez en cuando soltaba un comentario cortante o una mirada seria cuando se removían y me gruñían. 

Eso no se debía a falta de respeto, solo a que me estaba interponiendo entre ellos y los tuppers. Cuando apareció Félix  bajando por las escaleras, agachó la cabeza ante Georg y le invitó a sentarse en su sitio a la cabeza de la mesa, pero el Beta lo rechazó, diciendo que ya había comido y que volvería a hacerlo un poco más tarde. Así que nos fuimos hacia el exterior junto a Jack. Al lobo le incomodó un poco la presencia de Georg, algo que no pasó inadvertido a ninguno de los dos.

—¿Me vas a buscar un café, Georg? —le pregunté.

—Sí, claro —afirmó él al momento, dándose la vuelta para volver al interior.

Jack se calmó un poco entonces, pero aun así comió más deprisa y menos de lo que solía comer por miedo a que Georg volviera en cualquier momento. Guardó el tupper en la caja y se centró en beberse su café de Starbucks.

—Lo dejaré debajo de tu auto y te lo llevas a la Guarida —decidí por él, fumando tranquilamente a su lado.

—No, estoy bien.

—Te lo dejaré de todas formas —concluí.

A lo lejos, en la esquina escondida de la extensión de la nave, apareció una sombra. Levanté la caja con el otro tupper para mostrársela y él me hizo un visible corte de manga que yo respondí con otro. Nick no podía ni imaginarse lo mucho que me sudaba la verga si comía o no, ya tenía un lobo del que preocuparme. Félix salió poco después a fumar, ahuyentando a Jack y atrayendo a Georg, que hasta entonces había estado charlando con los Machos con compañero en la mesa del café.

—Pobre Jack —murmuró Félix , dándose un momento la vuelta para asegurarse de que no podían oírnos—. Sigue queriendo comer solo.

—Es normal —respondió Georg con expresión seria antes de cruzarse de brazos sobre su camiseta de Ricky y Morty, tan apretada sobre su pecho abultado y sus enormes bíceps que los dibujos y las letras quedaban amorfos. —No quiere parecer de nuevo un Macho Soltero. Yo también lo haría…

—Pero ella está lejos, la Manada lo sabe, puede comer tranquilo.

—Jack sabe que algo no va bien, no es cuestión de que ahora sus comidas estén justificadas o no —dije, fumándome la última calada del cigarro antes de arrojar la colilla a la oscuridad más allá de la luz amarillenta de los focos—. Come solo porque tiene miedo de que los demás pensemos lo que él piensa, que Ria no le cuida bien y no le quiere. Si estuviera seguro de que todo esto es solo algo temporal, no se escondería.

Mis palabras dejaron un profundo silencio en el grupo. No era un tema nada agradable y siempre causaba una profunda incomodidad y tristeza en los Machos. La simple idea de que un compañero te abandonara era simplemente terrible para ellos. Georg todavía seguía apesadumbrado cuando volvimos a la pizzería a recoger el enorme pedido que fuimos apilando en el maletero del todoterreno. Se guardó tres para él solo y se las llevó al asiento de copiloto para comerlas con la mirada perdida al frente.

—Si mi compañero me hiciera algo así, no creo que fuera capaz de levantar cabeza —me dijo en voz baja mientras negaba.

Cogí una bocanada de aire y me acomodé en el asiento, con una mano por fuera de la ventanilla para no ahumar el auto con el humo del tabaco.

—Ria es una zorra egoísta, Georg. No es extraño tener dudas, yo también las tuve, si lo recuerdas… pero al final tomas una decisión: te quedas y te jodes cada vez que te insulten por la calle, o te vas y te pasas la vida tratando de recordar lo que era un orgasmo mientras un bastardo de verga enana te coge. —Giré el rostro hacia el lobo—. Ria sabía lo que pasaba y no quiso hacer nada hasta que fue demasiado tarde, pero eso no quiere decir que tu compañero te vaya a hacer lo mismo, Georg. No se irá porque no te quiere, se irá porque estará cansado de escucharte hablar de tus putas series de mierda.

El lobo pelirrojo terminó de masticar mientras me dedicaba una mirada seria.

—A veces cuando hablas entiendo perfectamente por qué a Gustav le gusta tanto pedirte consejos, pero entonces la cagas con una de tus estupideces y me pregunto si solo dices tonterías que, por alguna extraña coincidencia, suenan como si fueras alguien maduro e inteligente.

—Si no te gustan mis tonterías, ya sabes dónde está la puerta — murmuré.

Georg gruñó por lo bajo y, tras negar con la cabeza, se terminó las pizzas al buen ritmo de siempre. Después fuimos directamente al Refugio, donde abrí el maletero ante una audiencia de lobatos nerviosos y frustrados que se echaron sobre las cajas como putos animales después de dos días y medio sin apenas comer. Los dejamos allí y nos fuimos a conserjería.

—¿Quién decide los sueldos de los compañeros?, ¿Gustav? —le pregunté allí.

Georg no levantó la cabeza del respaldo, donde la tenía apoyada mientras dormitaba de brazos cruzados y con las piernas abiertas.

—No. Eso depende de las ganancias de la Manada y el rango del Macho. ¿Por qué?

—Gustav me ha ingresado siete mil quinientos esta mañana. Sé que le daba cuatro mil a Ria, pero no estoy seguro de si me ha dado menos de lo que debería por… nuestra historia juntos y los viejos rencores.

—No, Bill… —murmuró con tono cansado—. Stephen era el compañero de mayor rango de la Manada antes de que tú llegaras y recibe cinco mil ochocientos.

—La compañera de mayor rango es Linda —le recordé.

—Linda no recibe nada. Es la compañera del Alfa.

—Entonces el sueldo de SubAlfa es siete mil quinientos —repetí, solo por asegurarme.

Georg suspiró y levantó la cabeza para mirarme con sus ojos marrones y adormilados.

—No es un sueldo, Bill, es dinero de la Manada que se te da para cuidar de tu Macho. Recibes esa cantidad porque Tom es Primer SubAlfa, si yo tuviera compañero recibiría más que Stephen porque yo soy Primer Beta. Tampoco es una cifra fija, puede cambiar dependiendo de las ganancias de la Manada, te lo digo porque quizá el mes que viene y debido a los problemas en el puerto, recibas menos ya que hemos ganado menos. No vayas gritando al despacho de Gustav y te pongas hijo de puta —me pidió—, seguirás siendo el compañero que más dinero reciba, aunque la cifra sea menor. También podríamos conseguir un buen negocio y generar más, así que recibirías una cifra más alta, pero sé que de eso no te vas a quejar…

Murmuré como toda respuesta tras escuchar su detallada explicación. El cabrón de Georg me conocía ya demasiado bien y no había dudado en darme aquella advertencia para que no entrara en el despacho de Gustav dando una patada a la puerta; cosa que, todos sabemos, haría sin dudarlo. 

Cuando apareció Tom por detrás de la ventanilla y entró en conserjería, Georg se desveló y se levantó para irse, dando nuestra noche juntos por concluida. Saludo a mi lobo con respeto y después se despidió con un gesto de la mano antes de desaparecer. Tom gruñó un poco y siguió al Beta con la mirada. Fruncí el ceño y me temí lo peor: que los celos de Tom se hubieran extendido incluso a los otros Machos de la Manada.

—Ahora huele mucho a Georg por aquí —me dijo con esa expresión seria.

—Sí, Georg viene a verme mucho —murmuré yo, preparándome para montar un buen show en cuanto se atreviera a sugerir algo remotamente parecido a que el Beta y yo éramos algo más que amigos.

Tom volvió a gruñir y se quitó la chaqueta para dejarla sobre la mía en el respaldo de la silla. Olfateó el aire y farfulló algo por lo bajo, tirando de mí para que me levantara y así poder sentarse él abajo y abrazarme por la espalda.

—La conserjería es de Bill, y Bill es el compañero de Tom, así que la conserjería debería oler mucho a Tom y no a Georg. Como la Guarida — me dijo mientras frotaba su rostro contra mi pelo.

Fruncí el ceño, mirando la pared frente a mí mientras reflexionaba en lo que había dicho.

—La conserjería es de la Manada, yo solo trabajo aquí —le recordé tras un breve silencio.

El lobo volvió a gruñir, pero fue algo más grave y pensativo, como si le estuviera dando vueltas a la idea.

—Manada dio conserjería a Bill para él solo —continuó—, nadie más la utiliza. Como despacho de Alfa.

—Este edificio es como el Refugio, Tom, no mi puto despacho. Yo solo estoy aquí y limpio de vez en cuando —insistí de una forma que, quizá, él pudiera comprender.

El lobo gruñó de forma más aguda, como si al final lo hubiera entendido. Entonces asintió, rozándose contra mi nuca y murmurando: «Bien». Y ahí terminó el tema y sus quejas al respecto. Al contrario de lo que yo había creído en un principio, su reacción no se debía a los celos, sino a una cuestión de territorialidad. 

Tom creía que la conserjería era algo «mío», así que también era «suyo», por lo que, como su auto, su compañero o la Guarida, debía oler a él. Pero recordarle que se trataba de una propiedad de la Manada le ayudó a entender que eso no era cierto. Los lobos sabían respetar los espacios comunes, como respetaban el Refugio, así que la conserjería no tenía por qué «oler mucho a Tom» ya que no era de su propiedad. Los Machos y sus putas estupideces…

De todas formas, olía más a Georg últimamente porque era el único que tenía tiempo para estar por allí. El resto de los lobos estaban demasiado ocupados en el almacén o, como Tom, haciendo visitas para que la situación no se descontrolara demasiado. La policía al fin parecía haber llegado a un punto muerto; vigilaban el puerto y habían seguido a un par de lobos de aquí allá, pero se habían perdido en cuanto Gustav había dado la orden de paralizar el movimiento de mercancías. 

Esas eran las buenas noticias, las malas noticias era que, como todos habían temido, algunas Manadas del extrarradio estaban supliendo el mercado con sus mercancías y robando a clientes; y, con ellos, adentrándose peligrosamente en el territorio. Gustav me llamó un par de veces, no sé si para poder gruñirme y golpear la mesa con ira o para pedirme consejo.

—¡Como vuelvas a gritarme, no volveré en la puta vida! —le advertí.

—¡Nos roban el territorio y a ti te suda la verga! —rugió una vez más.

—¡Pues como no empieces a cagar cocaína y mear LSD, vas a tener que reabrir el puto puerto, bastardo de mierda!

—¡El puerto sigue vigilado! ¡¿Me oyes cuando te hablo o estás demasiado ocupado quejándote como un puto niño de todo lo que hago?!

—¡Pues pasa la droga por otro lado y, cuando llegue aquí, TE LA METES POR EL CULO!

Al día siguiente me volvió a llamar, me pidió que me sentara y me dijo:

—He pensado en lo que has dicho y creo que sería peligroso traer grandes cantidades por tierra, es más lento y sería más fácil que nos descubrieran, pero si lo hacemos por aire, podría funcionar; aunque el precio se encarecería bastante. No podemos vender mercancías más caras que las otras Manadas, así que sufriríamos algunas pérdidas a cambio de conservar a los clientes y el control del territorio. Ahora estaba pensando en alguna forma de traer la mercancía al almacén y repartirla en grandes cantidades sin llamar la atención.

Se detuvo al fin y me miró fijamente con los codos apoyados en el escritorio y los dedos entrelazados a la altura de los labios. Mi idea había sido volver al despacho solo para continuar cagándome en su puta madre, pero el Alfa parecía mucho más relajado y tener ganas de una conversación adulta y calmada, así que respondí:

—El almacén ya era de una empresa de repartos —me encogí de hombros—. Utiliza los camiones como hasta ahora y punto, ¿cuál es el problema?

—El problema es si la policía se da cuenta de que la ciudad está llena de camiones de reparto nocturno, algo muy sospechoso.

—Estás paranoico, Gustav —concluí—. Yo he trabajado para docenas de empresas de reparto nocturno y a mí jamás me ha parado ni perseguido ningún policía para saber si escondía droga entre las cajas de verduras o carne congelada. Con tal de que no la conduzcan los Machos, todo ira bien.

El Alfa se cruzó de brazos, tensando la camisa y tirando de los botones que apenas conseguían contener su cuerpo, y recostó la cabeza en el asiento antes de cerrar los ojos. Gruñó por lo bajo tras un par de segundos y me dijo:

—Habría que subcontratar a una empresa de trabajo temporal que nos enviará a conductores, pero eso sería peligroso, tendrían que acercarse al almacén.

—Tenemos más almacenes.

—Pero no tan grandes. Enviar la mercancía a otros sitios para después repartirla desde ahí, sería rebuscado, caro y estúpido.

—Joder, Gustav, o quieres ser precavido y esconderte o quieres ahorrar dinero, las dos cosas no pueden ser.

El Alfa volvió a gruñir, esta vez con un poco de enfado.

—El dinero nunca ha sido problema para nosotros, pero no ganaremos tanto como antes si sumamos los viajes en avión y el reparto. No quiero que mis Machos se vean más afectados de lo que ya están. Hemos perdido un poco de influencia en el borde del territorio y me preocupa que el reparto de ganancias de este trimestre termine por crispar el ambiente todavía más.

—Pues abre el Luna Llena dos veces por semana y que tengan el doble de oportunidades de liberar la frustración a cogidas.

—Eso funcionaría con los solteros, pero no con los Machos con compañero.

Resoplé y me recosté más en la silla, llevándome una mano al rostro. Aquella solo era una de las muchísimas conversaciones que me tocaría soportar en aquel despacho que apestaba tanto a Gustav. Empecé a comprender las muchísimas vueltas que el Alfa le daba a todo, tratando de hacer lo mejor por la Manada y mantener a todos contentos y felices; algo que, sinceramente, a veces era imposible. 

Después de una de aquellas reuniones, siempre me fumaba dos cigarros seguidos y, si tenía la suerte de tener a Tom cerca, me desahogaba con uno de nuestros polvos salvajes y duros. Si No, llamaba a Georg y empezaba a quejarme como un cerdo. En cualquier caso, después ya me sentía mucho mejor.

A finales de noviembre, Gustav había reorganizado el reparto como lo habíamos acordado y liberado un poco de presión sobre los Machos que trabajaban en el almacén y, sobre todo, de Félix , el cual ya estaba un poco al borde de sus capacidades. 

Con más tiempo libre, pudieron volver a visitar regularmente a sus humanos y ya no se reunían tantos lobos famélicos alrededor de las mesas plegables del almacén, o, al menos, ya no parecían tan puto desesperados. 

Todo pareció mejorar un poco después del mal trago, aunque quizá fuera solo el ojo del huracán antes de volver a ser azotados por otra racha de viento. La actitud general subió, pero algunas actitudes individuales fueron solo a peor. Jack, por ejemplo, parecía cada día un poco más distraído y triste. No quise preguntarle si había pasado algo porque sabía que no serviría de nada, así que me quedaba a su lado mientras comía y bebía su café grande; a veces era él el que hablaba y a veces incluso me hacía preguntas. Algunas más preocupantes que otras.

—Oye, Bill, tú… ¿sabrías conseguir algo para dormir? —me preguntó una noche sin apartar la mirada del café.

—¿Una tila caliente?

—No, Bill. Hablo de pastillas o algo así.

Me quedé en silencio un par de segundos. Jack parecía no dormir bien y sus marcadas ojeras eran testigo de ello, pero conseguirle sedantes no era algo que me hiciera sentir cómodo.

—Conozco a un par de personas que podrían venderme relajantes, si los necesitas…

—No duermo… mucho. Cada vez me cuesta más —me dijo en voz más baja y, por un momento, juraría que vi lágrimas en sus ojos antes de que agachara más la cabeza para ocultarlas—. Echo mucho de menos a Ria  —terminó susurrando.

Chasqueé la lengua y seguí fumando.

—Veré lo que puedo hacer —le prometí.

Sé lo que están pensando, y sí. Fue así como pasó. Jack se compró un último Latte vienés con estevia, como Ria lo tomaba, y se lo bebió con una caja entera de pastillas. Pero no fue entonces, por entonces, él no me mintió: solo quería dormir un poco y tratar de olvidar lo triste y abandonado que se sentía. 

Por eso fui a hablar con Gustav y le dije lo de los calmantes. Ambos coincidimos en que, por la situación y el momento, quizá fuera bueno para Jack. Evidentemente, ninguno de los dos vio venir la desgracia. Así que yo mismo le conseguía las pastillas y se las daba a escondidas.

El lobo siempre me sonreía un poco y me decía:

—Gracias, Bill.

Continúa…

Gracias por la visita. No te vayas sin comentar 😉

por TollWriter

Escritora del Fandom

Un comentario en «Humano 69»
  1. Aquí estoy de nuevo leyendo x segunda xq la primera vez no dolió lo suficiente al parecer, pobre Jack no me acuerdo si recibió su merecido Ria espero q si nadie merece ser tratado y usado así 😥😡

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