

Fic Toll de TollWriter
68: Cosas de lobatos: Es igual que decir «Es Bastardo»
Nick no regresó al almacén en toda la semana y solo volví a verle el jueves por la noche, cuando, por sorpresa, apareció él en vez de Linda para entregarme las llaves del garaje.
—Dile a Gustav que mañana iré al Luna Llena y que más vale que haya un sofá bien grande para mí solo —fue lo único que dijo antes de tirarme las llaves al pecho y darse la vuelta.
—Las cosas no funcionan así, Nick —respondí a su espalda ancha y fuerte que se alejaba ya en dirección a las escaleras.
El lobato se detuvo en seco y se giró lentamente para dedicarme una mirada asesina por el borde de los ojos.
—Soy un Macho y quiero mi puto sofá —gruñó con los dientes apretados. Me limité a encogerme de hombros desde mi posición en la calle, a un paso del umbral de la puerta.
—No has ido al trabajo y no habrá sofá para ti, ya te lo he dicho.
—Como no haya sofá, sí que me voy a enfadar… —me aseguró, yéndose por donde había venido.
Miré cómo subía las escaleras a grandes pasos, haciéndolas retumbar bajo su peso, antes de recoger las llaves que habían caído al suelo e ir en dirección al garaje. Mi lobato favorito ya estaba allí esperando junto a otros seis adolescentes. Hayato me saludó con un movimiento de cabeza y me dijo:
—Ya hemos cargado el maletero, Bill.
Me acerqué, lo abrí para revisar que las cajas estuvieran alineadas y después comprobé que estuvieran llenas.
—Esto es de putos principiantes —les aseguré, sacando una de las cajas que habían escondido al fondo y de la que habían robado el contenido—. Pensaba que eran más listos, sobre todo tú, Hayato.
El lobato se encogió de hombros y se frotó la parte baja de la nariz con el dedo índice.
—Podríamos habérnoslo llevado todo, Bill —me dijo uno de ellos, un chico de pelo cobrizo, pecas y ojos amarillentos, mientras se acercaba a Hayato para rodearle los hombros—. Fue él el que no quiso.
Tiré la caja vacía a un lado y cerré el maletero sin darle mayor importancia.
—Espero que les haya gustado, porque van a estar lamiendo esos tuppers una semana —les dije.
Los lobatos no lo entendieron entonces e incluso les hizo gracia, pero no se rieron tanto cuando nadie les dio de comer aquella noche, ni la siguiente, ni la de después… Linda no estaba segura y me llamó el viernes mientras desayunaba con Tom para preguntarme si no estaría siendo demasiado cruel con los chicos, a lo que yo respondí:
—Espero que sí. Cierra la cocina y la despensa con llave o la robarán —y colgué con una media sonrisa en los labios.
—¿Bill castigó a los lobatos? —me preguntó Tom al otro lado de la mesa.
—Sin comer.
El lobo lo celebró con un leve gruñido y asintió.
—Bien.
Tras pararnos en la tienda de comida y en el supermercado, volvimos a casa y me puse a ordenar la compra mientras el lobo devoraba su pata de cordero. Esperé a que Tom estuviera tirado en el sofá, mirando un programa de jardinería mientras se le caían los párpados y su respiración se hacía más pesada bajo la manta, para prepararme un café y llevármelo junto con un cigarro y el teléfono a la puerta de emergencias.
—Gustav—dije cuando me respondió al cuarto pitido—, quiero hablar contigo.
—¿Es muy importante? —quiso saber. Su voz sonaba algo jadeante, algo que me resultó extraño.
—Es sobre Nick..
—Entonces te llamaré más tarde.
—¿He interrumpido el polvo salvaje, Gustav? —pregunté.
Solo oí un grave gruñido antes de que colgara. Me terminé el cigarro y el café y me llevé el teléfono conmigo al sofá para reunirme con Tom debajo de la manta, quien ya roncaba como un cerdo con la boca abierta y un reguero de baba que se deslizaba por el borde de sus labios. Cuando Gustav me llamó de vuelta, respondí con una media sonrisa cruel en los labios.
—¿Solo has tardado media hora? Qué decepcionante…
—Bill… —dijo con un tono duro y peligroso.
Seguí sonriendo mientras me pasaba la lengua por los dientes, por desgracia, el Alfa no pudo verme.
—Ayer bajó Nick a darme las llaves del garaje —le expliqué—. Me dijo que esta noche iría al Luna Llena y que esperaba tener un sofá para él solo.
—Pues ya puede traérselo del Refugio, porque en el Luna Llena no va a encontrar ninguno —me aseguró.
—Eso le dije —murmuré—, pero quizá sea buena idea dejarle descargar un poco de tensión.
El Alfa no respondió al momento, esperó unos segundos y entonces me preguntó:
—¿Es una de tus bromas, Bill?
—No. Lo digo en serio.
—Creía que me habías dicho que tratara a Nick con mano de hierro y que le castigara por sus errores, ¿pero ahora quieres que le consienta y le premie aunque haya puesto en peligro a la Manada y le haya pegado a uno de mis Machos sin razón alguna?
—Sí —respondí sin tapujo alguno—. Solo esta noche. Quiero saber si es capaz de apreciar el gesto y entender que sus… «derechos de Macho» también vienen con muchas «responsabilidades de Macho».
—No va a funcionar —me aseguró—. Yo hice algo parecido contigo y no salió bien.
—¿Cómo que no? Míranos, Gustav, charlando al atardecer como los mejores amigos que somos…
El Alfa volvió a tardar un momento en responder:
—Sin duda… —le oí coger una bocanada de aire y entonces añadió—: Será la última oportunidad que le dé. Si no aprende, le trataré como me ha demostrado que merece que le traten.
—Se lo diré esta noche cuando vaya a vigilar que no entre policía, porque quieres que vaya, ¿verdad?
—Sí.
—¿Y mi sueldo de vigilante es igual al de conserje y repartidor, o hay un bonus económico del que todavía no hemos hablado?
—Si quieres dinero, sabes que te lo daremos, Bill, pero no hagas preguntas estúpidas y me obligues a perder tiempo con tratos que ambos sabemos que ya no necesitamos —y colgó.
Dejé el teléfono a un lado mientras chaqueaba la lengua y miraba la televisión. Era más divertido cuando la Manada no me daba lo que quería, así que yo no hacía lo que ellos me pedían. Cogí una bocanada y solté el aire entre los labios. Casi que echaba de menos ser el enemigo número uno de la Manada… sonaba a chiste, ¿verdad?
Un gruñido bajo llamó entonces mi atención y volví el rostro para encontrarme con los ojos adormilados de Tom a mi lado. Todavía era pronto, así que sabía que solo se había despertado para tirar de mí, tumbarme frente a él y rodearme con un enorme brazo antes de volver a roncar a la altura de mi nuca, moviendo mi pelo y produciendo un cosquilleo a cada respiración.
No fue hasta una hora después que se desveló de nuevo, me apretó más y empezó a frotar su entrepierna cada vez más abultada contra mí mientras gruñía.
Llegué frente a la entrada del Luna Llena diez minutos tarde y con un Tom insoportable que no dejaba de quejarse y refunfuñar. Yo todavía estaba bastante relajado después del sexo y, gracias a la música, conseguí pasar todo aquello por alto y disfrutar del trayecto en auto antes de bajarme y decirle:
—Como sigas así, terminaré enfadándome de verdad.
Cerré la puerta y crucé la calle para bajar las escaleras del local y sumergirme en su ambiente cargado y más luminoso que de costumbre. Los porteros y vigilantes ya estaban por allí, como las camareras que hacían los últimos preparativos; nadie me detuvo esta vez cuando subí al segundo piso.
Los Machos Solteros me saludaron, tan sonrientes y empalmados como la primera vez. Me detuve a charlar un poco, hacer uno o dos comentarios subidos de tono para reírme de ellos y salir a fumar al callejón. No llovía demasiado, solo unas gotas finas que, con el paso del tiempo, se iban acumulando y empapando la ropa por completo.
Me adentré en la parte más oscura donde, tras el enorme contenedor de basura, encontré lo que quería.
Nick estaba fumando con la capucha de su parka marrón puesta, mirando hacia el suelo y con la espalda apoyada en la pared. No me olió a tiempo entre la peste a orines y el contendor, así que se sorprendió un momento y se incorporó para levantar la cabeza con prepotencia.
—¿Qué demonios haces aquí? —me preguntó—. ¿Recordando viejos tiempo cuando te pasabas la noche de rodillas en este callejón?
—No, Tom y yo nunca cogimos en este callejón. Él es un romántico —le expliqué mientras me llevaba un cigarro a los labios—, me llevaba al auto.
—No hablo de Tom —murmuró—. Hablo de los Machos a los que se la chupabas antes.
—Nunca me he cogido a otro lobo —respondí, encendiéndome el cigarro con el zippo antes de ofrecerle uno a Nick. El lobato miró el paquete un par de segundos, tiró la colilla del cigarro que ya se había fumado y cogió otro antes de alargar la mano para pedirme el mechero plateado—. Es tu primera vez, ¿estás ilusionado?
—No, por supuesto que no —negó al momento—. Ya me he cogido a más de dos docenas de humanos en el Luna Nueva, Bill. Hace mucho tiempo de mi «primera vez».
—Sabes que no hablo de eso —respondí con calma, aunque sin molestar en ocultar una mueca de aburrimiento. A veces la constante necesidad del lobato de recordar lo sexual y fuerte que era, resultaba agotador. Ni siquiera era gracioso, como cuando hablaba con Felix o Maty, lo de Nick simplemente era un fanfarroneo sin sentido—. Ahora puedes tener humanos, quizá encuentres a alguno esta noche y se convierta en el primero de una larga lista. ¿Tú tienes algún prototipo especial, Nick?
—¿Por qué, Bill? —sonrió de una forma cruel después de una calada y supe por donde iba a llevar aquello—. ¿Te has cansado de Tom y ahora quieres que yo te coga de verdad? ¿Por eso me vienes a buscar y hablas conmigo…?
Seguí fumando tranquilamente, dejando disfrutar al lobato de lo que, él creía, era una victoria. Asintió lentamente y entonces recostó la espalda en la pared sucia de ladrillos, abriendo la parka marrón con una mano para hacer más evidente el grueso bulto que se alargaba hacia un lado del pantalón, como si el joven se hubiera escondido ahí una banana que no dudó en apretar un poco por encima del vaquero para marcarla más.
No se quedó ahí, sino que subió la camiseta de Tokio Hotel para enseñar sus marcados abdominales y el reguero de pelo negro que descendía entre ellos hasta su pubis, bien visible gracias a la cintura baja del pantalón y a los tirones que el lobato le daba cada vez que se apretaba la verga; convirtiendo todo aquello en algo incluso más obsceno de lo que ya era.
—Eres un cabrón muy listo, vienes primero porque sabes que es la corrida más abundante… —sonrió y gruñó por lo bajo—: Venga, hazlo de rodillas mientras me termino el cigarro.
Nick estaba cruzando de nuevo un límite que no debería cruzar. Los Machos de la Manada jamás, y lo digo en serio, JAMÁS, se insinuaban a un compañero. No solo era cuestión de respeto, sino también de propiedad y territorialidad, algo que tenían muy fijado en su instinto. Al igual que marcaban y apestaban con su Olor a Macho a los humanos que les interesaban para que ningún otro se acercara, un compañero apestaba tanto a su lobo que no tenía sentido ni acercarse a él o ella, a no ser que quisiera provocar y enfurecer a un hombre muy grande que podía arrancarte la cara de un puñetazo; y ahí sí que no importaba quién o qué rango tuviera en la Manada. Con los compañeros y el territorio no se juega.
Así que, aunque pudieras resultar físicamente atractivo a un lobo soltero de la Manada, todo quedaba en algo casi anecdótico o en un par de bromas subidas de todo como las que yo mismo compartía con Felix o Georg.
Como ya les dije, para ellos el sexo solo era una parte más de su camino hacia una relación estable; y no tiene sentido coger con alguien que ya tiene un Macho. Solo los lobatos estúpidos podían llegar a ponerse tontos en algún momento y cruzar un poco la línea antes de que un lobo furioso les diera un paliza, pero una «suave» porque eran… Cosas de Lobato.
Por eso, lo que Nick estaba haciendo en ese momento era tan peligroso. Él, en teoría, ya era un adulto, y aún estaba haciendo aquello de forma consciente, sin que El Celo le nublara los sentidos y sin lugar a error: lo hacía solo por provocar y hacer daño.
—Nick —le dije con un tono serio y sin apartar la mirada de sus bonitos ojos amielados—. Ya eres un adulto y tienes que aprender a pensar un poco las cosas antes de hacerlas. Si tienes huevos para gritarle a un traficante y meter a toda la Manada en problemas, tienes huevos para afrontarlo como un puto hombre y no andar a esconderte y enfadarte porque te han degradado al almacén. Y si eres tan valiente como para manosearte delante de mí, espero que también lo seas para enfrentarte a Tom cuando sepa lo que estás haciendo, porque mi lobo es el más grande y fuerte de toda la puta Manada.
—Tom también puede venir aquí y comerme la ver…
Se detuvo porque le di una bofetada que le giró el rostro y resonó por todo el callejón.
—Ten mucho cuidado conmigo, Nick —le advertí, porque el Bill bueno y comprensivo que daba cigarros y trataba de ayudar, ya se había ido—. Esta noche es tu última oportunidad, si la vuelves a cagar y mañana no vas al almacén, se acabará todo.
El lobato me gruñó mucho y muy alto, apretando los puños y mostrándome los dientes, pero le di otra bofetada que le pilló por sorpresa y se calló.
—Vacíate los huevos, date una ducha fría y madura —fue lo último que le dije antes de darme la vuelta y dejarle allí solo.
Georg me preguntó por mi expresión seria al verme, cambiando su sonrisa por una mueca preocupada antes de murmurar: «¿Nick?», a lo que negué.
—Solo pensaba en los pobres humanos tan confundidos y desesperados como para meterse tu verga enana —le dije—, es muy triste…
Algunos de los solteros se rieron, Norman y David más que ninguno, pero el Beta pelirrojo se quedó mirándome tranquilamente.
—Que yo sepa, tú hubieras sido uno de ellos… —me recordó.
—Si no hubiera estado Félix —añadí, mirando al increíblemente guapo y enorme lobo sentado a un lado, quien me dedicó una sonrisa y un guiño que podría haber derretido el puto polo norte.
—Eso sí que es triste —murmuró Georg.
Cuando abrieron las puertas y entraron los primeros humanos, me fui a mi sitio al lado de la barandilla. Un buen lugar para mirar quién subía por las escaleras a la vez que controlar de un vistazo el espacio de sofás y mesas de la Manada.
Nick entró por la puerta de emergencias poco después, yendo a uno de los que estaban en la esquina. Se quitó la parka, la tiró a un lado y extendió sus brazos por el respaldo antes de cruzar los tobillos sobre la mesa baja repleta de botellas de alcohol frío. Parecía enfadado, pero con la distancia y la luz más tenue y azulada, no podía estar seguro.
En apenas una hora, la parte de abajo y la pista de baile estaban a reventar, pero la sección de la Manada estaba más tranquila, en parte por el precio adicional que había que pagar ahora para subir y que le estaba causando tantos problemas y discusiones al portero. Aún así, había más de cinco humanos por lobo en cada sofá.
Félix iba en cabeza con ocho a su alrededor, seguido de, como era de esperar, la nueva atracción, Nick. El lobato se comportaba como el puto rey del lugar, dejándose adorar como un dios y llevándose a humano tras humano al callejón para volver con una sonrisa sórdida en los labios. Al parecer, al fin había seguido un consejo mío y había decidido vaciarse los huevos por completo aquella noche.
Con respecto a mi trabajo allí, no pasó nada interesante ni vi nada más extraño de lo normal. Lo único que me sorprendió fue ver a Tom entrando por la puerta de emergencia y mirando a todas partes con una expresión muy seria. Arqueé una ceja y me crucé de brazos, a la espera de que me encontrara apoyado en la barandilla. Entonces, vino con paso firme y directo hacia mí para rodearme con los brazos y, muy discretamente, olfatearme.
—¿Qué demonios haces aquí, Tom? —le pregunté al oído, sin devolver el abrazo.
—Tom quería estar con su compañero — respondió, apretándome más fuerte—. Tom puede estar con Bill cuando y donde quiera —y gruñó, anticipándose a mi enfado.
—Quédate callado y no me toques los huevos —le advertí—, no estoy aquí por placer.
El lobo lo entendió, levantó la cabeza con cierta sorpresa y me miró antes de asentir.
—Y ni se te ocurra alejarte de mí, porque como un humano te toque, le corto la jodida mano — eso ya no era una advertencia, era una declaración de intenciones.
No pude oírlo con la música tan alta, pero supe que el muy tonto gruñó de esa forma entre el interés y el placer al escucharme decir aquello. No es que temiera que Tom me fuera infiel porque, como Linda había dicho, los lobos no hacían eso; pero sí temía que algún o alguna bastarda se acercara a mi lobo como si fuera otro soltero más de la Manada. Y eso no iba a pasar.
Yo no era alguien celoso, solo era alguien capaz de darte una patada en la boca si tocabas lo que no debías. Así que mi trabajo se volvió un poco más complicado con un enorme lobo de dos metros pegado a mi espalda, excitado por el ambiente cargado y sexual, frotándose, acariciándome y queriendo que le prestara toda mi atención.
Al final, me cansé, mandé todo a tomar por culo y me llevé a Tom a la pista para bailar hasta que estuvimos tan calientes que salimos directos hacia el Jeep. Cuando volvimos una hora más tarde, las cosas parecían no haber cambiado en absoluto dentro del local: la misma música tecno, la misma luz baja, la misma cantidad de gente, el mismo olor fuerte… todo.
No nos quedamos hasta el final, solo hasta las cuatro de la madrugada, cuando ya no entraba nadie en el local y los humanos empezaban a irse de allí. Entonces nos dirigimos a la salida de emergencia, cruzándonos con algunos de los lobos que levantaron la cabeza y nos saludaron con respeto. Incluso Georg, que se tomó la molestia de levantar la mano que una chica le había metido bajo su falda para dedicarnos un breve saludo. Una vez fuera, el aire volvió a ser puro y fresco.
—Tom no echa de menos el Luna Llena —me dijo entonces el lobo, caminando muy pegado a mi espalda—. Le gusta mucho más estar con Bill.
—Más te vale —murmuré, ya con un cigarro en los labios—. Porque yo no voy a huir como Ria y tú no me vas a dejar, porque te juro que te corto los huevos y te los hago comer.
—Tom jamás dejará a Bill —respondió con enfado y un gruñido grave.
—Bien —dije, justo como él lo decía siempre: un tono firme y un asentimiento.
Al día siguiente me quedé un poco dormido tras el sexo. El edredón era demasiado suave y Tom demasiado cálido debajo de mí. Cuando me desperté y miré la hora, empecé a escupir insultos, me levanté casi de un salto y me vestí a toda prisa con lo primero que encontré, con la mala suerte de ponerme una de las camisetas de Tom.
El lobo se desveló debido al ruido y el movimiento, levantó la cabeza de ojos completamente adormilados y pelo totalmente revuelto y, sin más, empezó a gruñir como si hubiera algún enemigo cerca. El muy tonto tardó todo un minuto en volver en sí y darse cuenta de que solo era yo corriendo de un lugar a otro, entonces empezó a gruñir más agudo a forma de interrogación, pero yo ya estaba saliendo por la puerta.
Estaba atardeciendo y solo tenía una hora de margen para recoger la comida, dársela a Tom e irme a mi clase de PIHL. Seguía yendo, pero ya no era por necesidad, sino por codicia. Como ya les dije, Gustav me pagaba más que suficiente para suplir los gastos que Tom generaba en comida o ropa, así que todo lo que quedaba y todo lo que ganaba yo semana a semana iba directo a otros gastos como alquiler, desayunos diarios, compras, gasolina para mi preciosa moto y, por qué no decirlo, algún que otro capricho.
Al volver a casa apurado, puse la bandeja de comida en la mesa y el tupper de la noche al lado junto una cerveza. Me detuve solo un momento para responder al saludo del lobo con un beso húmedo de sudor y me fui a dar una ducha rápida antes de ponerme mi uniforme de Doctor Lobo.
—Ya sabes a donde voy, nos vemos en el Refugio —me despedí, saliendo por la puerta con una chaqueta de estilo motero sobre el jersey azul marino con camisa y corbata interior. Todo nuevo y financiado por los quince bastardos que habían venido a escucharme la semana anterior.
Estaba trabajando mi imagen de «Profesor caliente, porque al parecer y según los nuevos comentarios del Foro, eso atraía a casi tanta gente como mis buenos consejos; pero sin perder ese toque de intelectual que quería proyectar con las gafas falsas. Llegué a una clase con trece personas, algunas de ellas repetidores de semanas anteriores que, aun habiendo conseguido que un lobo les cogiera, por alguna razón, no dejaban de venir. Me pagaban igual y yo no tenía ningún problema con que volvieran las veces que quisieran para oírme repetir casi lo mismo en cada ocasión, incluso en el turno de preguntas.
Cuando terminé, me apuré para salir de primero y subir al auto que me llevaría al Refugio. De no tener dinero de sobra, jamás pagaría cincuenta dólares a la semana por ir al centro.
Tuve suerte de no toparme con ningún Macho de camino a la puerta del edificio de oficinas, pero me quedé helado cuando vi que no me quedaba ropa de repuesto en conserjería.
—Rayos… —murmuré, enfadado por tener que ir así vestido al almacén.
Ya fui de mal humor a por las llaves, aunque Linda se quedara parada de golpe nada más verme para entreabrir los labios y decir:
—Madre mía, Bill, qué guapo estás.
—Ya —murmuré sin ganas, alargando la mano para que me diera las putas llaves.
Eso no fue nada comparado con la reacción de los putos lobatos. Estaban famélicos, frustrados y enfadados conmigo. No habían cargado las cajas y me esperaban de manos cruzadas; verme vestido como un idiota solo alimentó de una forma exponencial sus ganas de provocarme. Los insultos y las risas no se hicieron esperar. Me lo tomé con calma, sin darles el placer de comprobar lo mucho que aquello me estaba jodiendo. Seguí fumando mi cigarro tranquilamente, deteniéndome al lado del Land Rovert antes de mirarles.
—¿Van a cargar las cajas o van a querer quedarse sin comer más tiempo?— les pregunté.
—¡Que te jodan, puto wannabe de mierda!
—Bien —asentí. Me puse el cigarro en los labios y fui yo mismo a por una caja para llevarla hacia el auto, la puse allí y la abrí. Saqué uno de los tuppers de costillas asadas y se lo enseñé a los lobatos hambrientos, quienes lo miraron como si se trataran de leones a la caza en la sabana. Ya nadie se reía—. Le daré esto al primero que me traiga una caja.
Los lobatos se quedaron quietos un par de segundos, dudando y asustados. Ya empezaban a conocerme lo suficiente para saber que yo no bromeaba y que cuando solo había sacado un tupper, era porque solo iba a darles un tupper. Entonces uno de ellos se dio la vuelta a prisa, cogió una de las cajas entre los brazos y se acercó corriendo a mí.
—¡Yo! —gritó, dándome la caja—. Comida —añadió después, moviendo sus ojos amarillentos hacia el tupper.
Tomé la caja que me había dado y le entregué las costillas a cambio.
—Chico listo —le felicité..
El resto se quejó, gruñó y nos insultó; a mí y al lobato «traidor».
—No hay traidores aquí, solo lobatos listos y lobatos hambrientos — respondí todavía con el cigarro en los labios y los ojos entrecerrados para que el humo no me picara. Saqué otro tupper, esta vez de arroz con verduras y pollo y se lo enseñé—. Le daré este otro al que me ayude a cargar el resto de cajas.
¿Han visto alguna vez a un grupo de hienas luchando por una presa? Se apresuran a rodearla, luchan entre ellas, gruñen y se muerden mientras tratan de asegurarse una buena tajada de carne. Bien, pues los lobatos hicieron lo mismo pero con las cajas de comida. Se apresuraron a tirarse sobre ellas, dándose patadas y puñetazos unos a otros, gruñendo y tratando de traerlas al auto lo más rápido posible, sin importarles la integridad de las propias cajas. Yo me limitaba a observarlos, al igual que hacía Hayato, quien no participó en la locura, sino que se acercó a mí y me preguntó:
—¿Me das un cigarro, Bill?
Le miré un momento por el borde de los ojos y metí la mano en el bolsillo del pantalón de traje para sacar la cajetilla y entregarle el cigarro. No hizo falta encendérselo porque el lobato ya tenía un mechero propio.
—¿Tú no tienes hambre? —le pregunté.
El lobato se encogió de hombros y siguió mirando a sus compañeros pegarse por traer las cajas.
—¿En serio creías que nos podías dejar sin comer, Bill? —me dijo—. Los mayores sabemos conseguir comida fuera del Refugio.
Murmuré, poco sorprendido de aquello.
—Ten cuidado, Hayato —le advertí—. La policía anda detrás de nosotros y es peligroso. No seas tan estúpido para dejar rastro y llamar la atención, podrían seguiros hasta aquí.
—No somos tan tontos como crees —murmuró antes de darle una calada al cigarro.
Yo no estaba tan seguro de eso. No mientras veía a los lobatos arrastrando las cajas y llegando a romperlas para tirarlas sobre el maletero y gritar:
—¡Yo gano! ¡Dame el puto cubo de comida, cabrón chupavergas!
Le pegué una bofetada por el insulto y le di el tupper por ser el ganador. El joven se sintió muy confuso por aquello, pero se alejó aprisa para esconderse y comerse todo él solo.
Después les dije que, si al día siguiente las cajas estaban en el auto y no faltaba nada, les invitaría a veinte pizzas tamaño familiar, y entonces me fui. Me paré en un Starbucks que todavía estaba abierto y en un pequeño supermercado a comprar tabaco; no se debía a que aquellas tiendas hubiera ampliado su horario, sino a que anochecía antes cuando más se acercaba el invierno y la «jornada laboral» de los lobos se ampliaba, así que había un breve periodo de tiempo con el que coincidía con el de resto de humanos.
Cuando llegué al almacén, le hice una señal de luces a Max, el viejo lobo del parche en el ojo, y vino a abrirme la verja antes de ayudarme a cargar las cajas destrozadas por los lobatos. El Macho resopló y puso una mueca de disgusto antes de decirme:
—En mi época, si hacíamos algo así, el Alfa nos pegaba una paliza…
—¿No son solo Cosas de Lobato? —pregunté.
—Las Cosas de Lobato se solucionan con Palizas de Lobato —me aseguró. Me caía bien Max. Le ayudé cargando una caja hasta el interior, pero después me quedé para empezar a repartir el contenido a lo largo de las mesas plegables.
—¡Ha llegado Bill! —gritó alguien antes de que los solteros lo dejaran todo para venir apresuradamente hacia donde yo estaba.
¿Alguna vez han visto a una jauría de perros hambrientos esperando a que les den comida? Te miran con sus grandes ojos de colores, se quedan muy quietos, expectantes y deseosos, mientras mueven su cola de un lado a otro y se gruñen entre ellos si alguno quiere adelantarse al resto. Pues bien, los Machos Solteros eran igual, pero sentados en sillas donde apenas cabían y que eran demasiado bajas para hombres de entre uno noventa y dos metros. Les entregué los cubiertos, los platos y las bebidas, cerveza en su mayoría y un par de latas de refresco para Matt, Devon y Jared porque a ellos les gustaba más. Al terminar, fui a avisar a Felix en su oficina, quien, evidentemente, se quedó muy parado al verme y empezó a sonreír de una forma malvada.
—Vaya, vaya… si quieres entrar en una universidad católica y tener esposa y cinco hijos, vas perfecto, Bill; pero si quieres ponerme caliente, que sepas que me gusta mucho más tu ropa de siempre.
—Que te cojan —murmuré con una expresión seria—. La comida ya está— y cerré la puerta.
De vuelta, fui a por una de las cajas que había dejado y me la llevé conmigo en dirección al exterior, donde Jack ya me estaba esperando en el sitio de siempre, pero con una gabardina negra bastante elegante de solapas amplias.
Me miró y arqueó las cejas, aunque tuvo mucho cuidado al decir:
—Estás… muy guapo, Bill.
—Cierra la puta boca —ordené, entregándole su tupper, la cerveza y el café—. Cappuccino latte con sirope de vainilla, para que lo pruebes —añadí cuando le entregué el enorme vaso avanti del Starbuscks en el que, por supuesto, ponía «Princesa».
Jack lo aceptó junto con una mueca de resignación y lo dejó a un lado del suelo para centrar toda su atención en el cubo de carne asada con patatas. Cuando empezó a devorarlo como un puto animal, le dejé allí y me fui a por un café a la mesa donde se agrupaban el resto de Machos en su hora del descanso.
—¿Ha venido Nick? —le pregunté a Phil mientras me servía una taza hasta el borde.
—Sí, estará por ahí escondido..
—¿Ha ayudado?
El lobo resopló y compartió una mirada cómplice con los demás antes de responder:
—Digamos que lo ha intentado, al menos.
Asentí, me saqué un cigarro de la cajetilla nueva que había comprado y me llevé el café al exterior. Pasé al lado de Jack y recogí la caja del suelo para llevármela conmigo hacia aquella parte más discreta al final de la extensión de la nave.
Allí me encontré con el lobato, fumando sentado en el borde del altillo de cemento que había entre la base elevada del almacén y el suelo. Me olió llegar antes de verme, porque tenía la capucha de pelo alzada, y giró el rostro para gruñirme con los dientes apretados.
—Sí, eres muy fiero… —murmuré, sentándome a su lado, a un metro de distancia, para sacar el otro tupper que había guardado junto con una cerveza—. Toma, come algo..
—¿Por qué demonios vas vestido como un puto profesor de mierda?.
—Porque me salió de la verga, ¿algún puto problema?
—Sí, tengo un puto problema. No quiero tu puta comida —me dijo con tono seco, tirando el tupper de un manotazo hacia el suelo a metro y medio de distancia—. Quiero que me dejes en paz y no vuelvas a hablarme, ¿me has entendido?
—Si no comes con el resto de Machos, tendrás que comer aquí —respondí con calma, soltando una bocanada de humo al aire frío de la noche—. ¿Qué tal ayer? Por lo que vi, triunfaste..
—¿Qué parte de lo que he dicho no has entendido Bill? ¿Te has tragado tanta corrida de Tom que te ha llegado al cerebro y ya no eres capaz ni de entender las palabras?
—De acuerdo —asentí, levantándome para irme.
Sin embargo, antes de que me alejara lo suficiente y girara la esquina, oí a mis espaldas:
—¿Ya le has contado a Tom lo que pasó?
Me giré hacia él y le miré por el borde de los ojos y una expresión indiferente.
—Si se lo hubiera contado, te aseguro que ahora estarías en el hospital al borde de la muerte.
—Tom no hubiera podido hacerme nada porque tú no…
—Tom te hubiera matado, Nick —le aseguré, interrumpiendo en seco otra de sus estúpidos insultos sin sentido—. Piensa lo que quieras de mí, sigue llamándome humano chupavergas si te hace gracia, pero ten por seguro que como Tom descubra lo que has hecho, nadie en la Manada le impedirá ir a por ti…
Nick solo supo apretar los dientes con ira y gruñir bien alto..
—Yo no soy tu enemigo, Nick —añadí, lo suficiente alto para que pudiera oírme por encima de aquel ronquido grave—. No me conviertas en uno… porque entonces sí que vas a estar jodido.
Me puse el cigarro en los labios, le dediqué un corte de manga con ambas manos y me alejé de espaldas hasta alcanzar la esquina y girarme. Incluso Nick no estaba tan ciego para ver lo que pasaba. Ahora que los lobos me respetaban, Gustav no intervenía en mis asuntos con los lobatos y me pagaba un sueldo más que de sobra para mantener a Tom, la balanza del universo se había roto. Yo me había resistido y ellos seguían sin decirlo, pero todos allí sabíamos que yo ya era parte de la Manada.
Continúa…
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