
Fic Toll de TollWriter
63: Cosas de lobatos: Es lo que dicen siempre
Cuando Nick se fue, pude oír sus pasos rápidos resonando por el pasillo y el golpe que dio a la puerta acristalada. Al parecer, su nueva habitación y el trabajo en el puerto, no habían sido lo suficiente buenos para un chico como él. Y tan solo un minuto después de que el lobato se fuera, sonó el teléfono y alargué una mano sin dejar de mirar la pantalla del ordenador para responder:
—Dime, Gustav, del uno al diez, ¿cuánto crees que te has equivocado con Nick?
—No estoy de humor, Bill —me advirtió el Alfa—. Solo quería decirte que, lo que pasó antes, no es algo que yo apruebe. Ya no —añadió al final.
Solté un murmullo de interés y asentí lentamente. Gustav se había preocupado de llamarme y explicarme aquello, como yo me había preocupado de llevarle una cerveza la noche anterior: pequeñas muestras de respeto mutuo para no poner nuestra frágil relación en peligro..
—También se lo he dicho a Nick, pero me gustaría que no le provocaras más.
—Lo intentaré… —murmuré.
—¡No quiero que lo intentes, quiero que lo hagas! —sentenció en un tono más alto—. ¿O es que ya nadie me respeta en mi puta Manada? —y colgó.
Me quedé con el auricular en la oreja, escuchando el pitido de la línea mientras seguía mirando la pantalla del ordenador. Tras un par de segundos, colgué el teléfono y me levanté de mi silla nueva para ponerme la chaqueta y salir a fumar a la calle. Era mucho mejor hacer aquello que subir las escaleras, pegarle una patada a la puerta del despacho y cometer uno de esos errores que ahora tanto evitaba. No por ganas, sino por comodidad. Allí me encontró Norman, fumando con cara de muy mal genio y la mirada perdida.
—Ey, Bill —me saludó, bajando la ventanilla de su enorme Toyota Land Cruiser verde oscuro—. ¿Tienes un cigarro?
Norman iba acompañado de otros tres lobos que yo no conocía, como muchos otros que había visto últimamente saliendo y entrando del Refugio, pero lo que ellos pudieran pensar sobre mí no me impidió que le mostrara a Norman mi dedo corazón bien en alto a forma de respuesta.
El lobo sonrió más y me hizo una señal para que me acercara a hablar con él, cosa que, tras fumar la última calada y tirar la colilla a un lado, hice. Uno de los Machos, el que iba en el asiento de atrás, les dijo algo al resto y bajó del auto para hacer el mismo viaje que yo estaba haciendo, pero en sentido contrario, dirección a la entrada del edificio. Cuando nos cruzamos, me echó una rápida mirada y siguió adelante.
—¿Por qué nunca tienes tabaco, Norman? —le pregunté, sacándome la cajetilla del bolsillo para tirársela.
—Comprar tabaco es difícil para nosotros —respondió, sacándose un cigarro para él y otro de más que me mostró—. ¿Te importa darle también uno a Cody? —me preguntó, señalando con el pulgar al lobo que le acompañaba en el asiento del copiloto—. Lleva años intentando dejar de fumar, pero hoy ha sido una noche jodida y creo que nos merecemos un pequeño premio.
Sabía que ese Cody no era un Macho soltero porque no lo recordaba del Luna Llena, pero hice una vaga señal con la cabeza y, cuando Norman le dio el cigarro, le oí murmurar un «gracias» mientras me miraba.
—Pues Gustav ya está bastante enfadado, así que no le va a hacer ninguna gracia —les advertí mientras me metía las manos en los bolsillos de la chaqueta para buscar el zippo.
—¿De verdad, Bill? —quiso saber Norman, aceptando el mechero plateado para encenderse la punta del cigarro y pasárselo a Cody. Soltó el humo a un lado y me miró—. Lo estás haciendo de puta madre, no la cagues ahora.
—Esta vez no ha sido culpa mía —respondí, dedicándole una expresión seria de ceja arqueada—, pero gracias por tu fe en mí.
—Perdona, por lo enfadado que parecías antes, creí que habrían discutido o algo —se disculpó, devolviéndome el zippo cuando Cody terminó de encenderse su cigarro.
—Fue Nick —les expliqué a ambos, ya que el otro lobo también parecía interesado en la conversación—. Tiene… grandes planes para él.
Norman resopló, recostando la cabeza en el asiento y sacando la mano con el cigarro por fuera del auto.
—Ese lobato es un cabrón, espero que no nos complique las cosas — murmuró. Entonces se incorporó y me hizo otra señal—. Ven, sube. Vamos a comer algo aquí cerca y podremos pasar por una tienda para que nos compres tabaco.
—¿No eres mayor de edad y no te lo venden a ti solito?
—Vamos, Bill —insistió—. Sabes que es mucho más fácil si no nos ven y no llaman a la policía nada más entrar en la tienda.
Chasqueé la lengua y miré a un lado, pensando en negarme y volver a conserjería, pero terminé por ir a la parte de atrás y abrir la misma puerta por la que el otro lobo había salido. El interior del Toyota de Norman estaba repleto de su Olor a Macho: un sudor suave pero intenso que, personalmente, encontraba bastante agradable. Entremezclado con él había un ligero aroma a tabaco y al olor de Cody.
—¿Y por qué fue una noche jodida? —les pregunté.
—Pff… —Norman negó con la cabeza y arrancó el auto, pasando por delante de la puerta del Refugio—. La puta policía hizo una redada en el casino.
—¿El bueno o el malo?
—El malo. Por suerte nosotros pudimos escapar por la puerta de atrás.
—¿Había muchos caramelos allí?
—No… —murmuró—, no muchos. Algunos de menta y limón y algunos bombones.
Asentí. Siempre había algunas personas vendiendo cocaína y mariguana en los casinos ilegales de la Manada, por si el alcohol no era suficiente para los clientes.
—Lo peor es que han detenido a humanos —añadió Cody, mirándome por el retrovisor mientras fumaba con la ventanilla abierta—. Eso es malo para el negocio.
—¿Es la primera redada que les hacen? —pregunté.
—No, pero normalmente nos avisan los topos que tenemos en la comisaría. No sabemos qué habrá pasado esta vez —concluyó Norman antes de fumar otra calada—. A ver qué dice el Alfa.
Como me había prometido el lobo, no fuimos demasiado lejos. Nos detuvimos en una licorería del centro y bajé para comprarles tabaco, volviendo con una caja grande de seis paquetes de la marca favorita de Norman. El lobo arqueó las cejas y gruñó con sorpresa cuando se la entregué; solo me había dado dinero para una cajetilla, pero le dije:
—Así no me pides más tabaco.
—Joder, gracias Bill. Mi adicción a la nicotina y yo te lo agradecemos.
Después nos pasamos por un Burger King y el lobo pidió cuatro hamburguesas dobles solo para él antes de preguntarme:
—¿Quieres algo, Bill?
—Una Coca-cola grande.
Añadió eso al pedido junto con una Fanta naranja para Cody. La chica que nos entregó el pedido lo hizo rápido y sin atreverse a hacer contacto visual con los Machos, aceptando el dinero y cerrando la ventanilla al instante. Al ser un local de comida rápida tan cerca del Refugio, debían estar ya acostumbrados a los lobos, o peor, a los lobatos, así que no se la jugaban demasiado. Nos detuvimos de nuevo en el aparcamiento y Norman empezó a comer allí mismo, como un completo cerdo.
—¿De qué van a ir disfrazados en Halloween? —nos preguntó en un momento en el que se paró a respirar tras la segunda hamburguesa.
—No lo sé, Amy elige siempre los disfraces —respondió Cody, encogiéndose de hombros mientras miraba hacia el aparcamiento—, pero anda un poco distraída con el embarazo. El otro día me tuve que comer un trozo de carne quemado porque se le había olvidado apagar el horno.
—¿Y por qué no lo tirastes y pedistes un par de pizzas?
—Se puso a llorar y a disculparse… No me gusta verla triste, así que me lo comí —respondió.
—¿Y ustedes, Bill, de qué van a ir?
Antes de que pudiera responder, Cody giró rápidamente el rostro y le dio un leve golpe a Norman, como si hubiera cometido un error.
—Bill no puede ir —sentenció, pero relajó un poco la expresión y el tono al mirarme por el retrovisor—. Es solo para la Manada… ya sabes.
—Gustav me dio permiso porque es una de las fiestas preferidas de Tom
—le dije tranquilamente tras darle una calada al cigarro que fumaba por la ventanilla—. Pero iré hacia el final, cuando ya casi todos se hayan ido. No te preocupes por eso…
—Ah… —el lobo asintió y, tras un silencio que quizá le resultó incómodo, añadió—. No creo que puedas conocer a Amy, nos iremos antes. No por ti— se apresuró a decir.
—Aha… —murmuré, no muy interesado en su opinión al respecto—. ¿Y de cuánto está Amy?, ¿siete meses?
—Sí —Cody sonrió como lo haría cualquier estúpido padre lobo a la espera de una cría—, ¿te lo ha dicho Linda?
—No, pero dudo que tu compañera lleve un año preñada.
—¿Qué quieres decir?
—El Celo.
—Ah, claro —lo entendió—. Sí, se quedó embarazada en el Celo de abril. —Infló el pecho con orgullo y levantó la cabeza—. Lo decidimos los dos, queríamos un segundo hijo.
—Me alegro —murmuré—. Disfruta de ellos hasta que se conviertan en adolescente pajilleros.
Aquello hizo mucha gracia a Norman, quien casi se atraganta con su tercera hamburguesa.
—Todavía queda mucho para eso —respondió Cody, también con una ligera sonrisa. —Ian tiene solo dos años. Tengo fotos en el teléfono…
Sí, los padres lobos son igual de insoportables que los humanos. Cuando saqué el tema, Cody no se detuvo hasta enseñarme las tres docenas de fotos que tenía de su hijo Ian, un niño bastante normal que no parecía ni tan fuerte ni tan listo como su padre decía. También salía Amy en algunas, una joven mestiza de pelo castaño claro y muy rizado, ojos chocolate, piel tostada, piernas largas y cuerpo escultural.
—¿Es modelo? —le pregunté. Cody se rio y negó con la cabeza.
—Es entrenadora de fitness y nutricionista.
—Ah… —comprendí—. ¿Por eso te ha obligado a dejar de fumar?
—No —entonces bajó la mirada—. Sí, pero no me lo pidió en serio hasta que se quedó embarazada de Ian.
Asentí y preferí cambiar de tema antes de que también me contara la vida de su compañera, como había hecho con Ian.
—¿Y tú, Norman? ¿Cómo vas con tus humanos, alguno especial?
El lobo se había sacado un cigarro tras terminar con sus hamburguesas y ahora lo fumaba con la cara vuelta hacia la ventanilla, quizá porque ya estaba hasta los huevos de escuchar a Cody hablando de su hijo.
—Hay uno o dos a los que me gusta preñar —respondió, dedicándome una sonrisa socarrona por el retrovisor—, pero fuera del Celo.
Sonreí y asentí.
—Un día vas a romper a alguno, ten cuidado.
Norman volvió a reírse y fumó otra calada. Él era un Macho Soltero, le gustaba visitar a su larga lista de humanos pequeños y suaves y sentirse un lobo muy grande y poderoso; pero algún día acabaría trayendo a uno de aquellos twinks o muñecas de porcelana a la Manada, como todos los demás. Porque para ellos, todo aquel sexo era solo parte del Cortejo, y el Cortejo solo tenía un objetivo: encontrar compañero. Disfrutaban mucho por el camino, sí, pero la meta era siempre la misma.
Cuando al fin volví al edificio de oficinas, Tom ya estaba en conserjería, instalando unas persianas venecianas color crema. Había oído el sonido del taladro desde la entrada y solo había tenido que seguirlo para encontrarme al lobo, de rodillas sobre la mesa de pino y las manos levantadas. La postura le levantaba la camiseta corta, mostrando la parte baja de su extraña barriga de uve muy marcada.
Tom era el único lobo que conocía que estaba, por así decirlo, algo «gordo». Felix, Georg o incluso Gustav, tenían cuerpos muy musculosos y definidos, sin embargo, mi lobo tenía una ligera capa de grasa que le daba forma y le abultaba un poco la barriga peluda. Así que parecía más grande y rudo que ninguno. Sinceramente, no podría explicar lo muchísimo que eso me gustaba de él.
Tom se detuvo entonces, gruñó y agachó la cabeza para verme al otro lado de la ventanilla, con los brazos cruzados y un brillo especial en los ojos verdes. Había sentido mi excitación como una vibración en el aire, o quizá la hubiera olido, y ahora él también se había puesto muy caliente y apretaba los dientes mientras producía un sonido ronco y grave desde la parte baja de la garganta.
Solo tuve que hacer una señal hacia un lado del pasillo para que el lobo bajara de la mesa de un salto y me siguiera al baño, muy pegado a mi espalda mientras apretaba su erección contra mi espalda, gruñía con la cara pegada a mi pelo y me agarraba de la muñeca. Media hora después, ya pudo terminar de instalar la persiana, con el pelo revuelto, la camiseta sudada y una sonrisa tonta en los labios mientras yo descansaba en el sofá con la mirada perdida en el techo.
Tenía un Red Bull en la mano al que de vez en cuando daba sorbos para tratar de borrar aquel intenso regusto a semen de lobo que me había quedado en la garganta cuando el muy hijo de puta se había corrido por sorpresa y sin avisar. Me había enfadado, por supuesto, pero estaba tan caliente chupándole la verga que me lo había tragado, haciendo las delicias de un Tom que había gruñido con profundo placer al no verme escupirlo.
Creo que es un buen momento para aclarar algo: no todos los lobos son iguales, sé que lo he repetido un par de veces, pero es algo que deben tener claro. Al igual que con su ropa, su atracción hacia ciertos humanos y sus hobbies, cada Macho tenía sus propios gustos sexuales, que también eran muy marcados y no demasiado flexibles.
Digo esto porque puede que crean que todos los lobos cogen como mi Tom, ya que es lo único de lo que les he hablado, pero eso es mentira. En el Luna Llena, los Machos solo se dejen hacer mamadas y te cogen, pero la cosa cambia mucho cuando van a visitarte a tu casa.
A Georg, por ejemplo, le encantaban los preliminares, disfrutar de esa tensión, del roce y los juegos que le dejaban tan empapado que tuviera que escurrir sus pantalones de baloncesto antes de volver a ponérselos; a Matt, con el que ya había mantenido conversaciones bastante explícitas sobre el tema aunque lleváramos tan solo dos semanas y media charlando de vez en cuando, le excitaba mucho el sexo oral, darlo y recibirlo, así como el control y la sumisión de sus humanos; mientras que Felix, como ya he dicho, era un completo cerdo al que le gustaba muy sucio: escupir, dar cachetes, besos profundos con mucha saliva, que le lamieran de arriba abajo sudado y hacerlo muy duro a cuatro patas mientras te tiraba del pelo.
Lo único que jamás hacían era dejarse dar por el culo, ya que era una especie de tabú relacionado con sus idioteces de «ser Machos dominantes» y que los humanos debían ser los «sometidos». Pues bien, mi Tom daba muchos mimos, ronroneaba como un gatito y te abrazaba cuando dormía a tu lado, sí, pero no te comía la verga ni el culo.
Él solo te la metía como un martillo percutor, duro y sin parar mientras te agarraba con fuerza y te mordía. Como ya dije, le gustaba muchísimo que le pusieran las cosas difíciles, tener que luchar un poco y después hacérselo solo dentro; y le gustaba incluso más si, por en medio, te tragabas alguna de sus corridas; pero jamás ibas a conseguir que te diera besitos y esperara a que dilataras para metértela. Durante el sexo, él era solo un cogedor.
Puede que suene horrible para algunos, puede que piensen que Tom era demasiado egoísta y desconsiderado; pero a mí me gustaba así. No voy a mentir y decir que me hubiera agradado que me la hubiera mamado de vez en cuando, o hacer algún sesenta y nueve, pero yo no necesitaba que me diera besitos ni que me tratara como a una princesa, que se pasara media hora metiéndome el dedo por el culo para abrir paso ni que me abrazara en la postura del misionero.
A mí me ponía caliente lo bruto y violento que se volvía, con esa cara de mafioso y envistiéndome como si fuera un puto toro salvaje. Y como Tom era mi lobo y no el nuestro, mi opinión era todo lo que importaba. Si a ustedes les gusta de otra forma, búsquense un Macho propio.
Pero que a mí me gustara, no quería decir que no quisiera poner algunos límites. Así que a la mañana siguiente, mientras cogíamos debajo del edredón nuevo, me limpié mi propia corrida de los abdominales y se la metí en la boca entreabierta mientras él seguía jadeando y moviendo la cadera sin parar. El lobo puso una expresión de profundo asco, apretó los ojos y escupió antes de agitar la cabeza.
—¿A QUE NO TE GUSTA? —le grité—. ¡PUES A MÍ TAMPOCO!
Tom se enfadó muchísimo con aquello. Me agarró del cuello con una mano y ambas muñecas con la otra antes de rugir como un energúmeno. Llegó cinco veces aquella mañana, así que pueden imaginarse lo jodido que estaba de la cabeza; puede que casi tanto como yo.
Después se quedó descansando como un héroe de guerra mientras yo me iba tambaleando hacia el baño. El cuerpo me temblaba, tenía moratones en el cuello, mordidas algo ensangrentadas y el culo ardiendo, pero, joder… qué puta pasada de polvo.
Ya estaba tomándome mi café y fumando mi cigarro cuando el lobo se levantó, se fue al baño y vino hacia mí con el edredón alrededor de los hombros para abrazarme por la espalda y ronronear en mi pelo.
—Tom avisará a Bill antes de correrse en su boca… —me prometió en voz baja.
—Más te vale —murmuré sin apartar la vista de la ciudad a lo lejos bajo un cielo plomizo y lluvioso.
Aquella noche de mitad de semana, Georg vino a verme. No parecía de buen humor y cruzó por delante del ventanal con una expresión seria antes de abrir la puerta de conserjería y mirarme sentado en el sillón. Llevaba una de sus sudaderas deportivas con capucha y unos bombachos negros que, al igual que sus pantalones de baloncesto, seguían curvándose bastante en su entrepierna.
—¿Hay cerveza? —me preguntó.
—Claro que hay cerveza —murmuré sin apartar la mirada del teléfono.
El Beta pelirrojo asintió y cerró la puerta tras él para irse directo a la nevera a por una. La abrió, bebió un par de tragos y gruñó por lo bajo antes de sentarse en el sofá.
—Nick nos ha jodido un cliente muy importante —me dijo.
Dejé el teléfono sobre la mesa y me giré en la silla, como uno de los archienemigos de James Bond. Solo me faltaba el gato negro que acariciar, porque la sonrisa malvada ya la tenía.
—No me digas… —murmuré—. ¿Qué ha pasado?
—No me hace caso, no me escucha, siempre hace lo que le sale de la verga y si la caga, solo sabe enfadarse y gritar —empezó a quejarse, bastante indignado mientras gesticulaba con su mano libre—. ¡Ha amenazado al representante de la mafia con la que llevábamos armas y droga a Canadá!
¡Nos ha jodido un negocio de millones, Bill!
—Oh… —asentí. La cosa solo mejora a cada palabra—. ¿Y por qué le ha amenazado exactamente?
—¡Yo que sé! ¡El muy bastardo quería subirles el precio de la mercancía, pero cuando se negaron les dijo que les joderíamos los barcos y no les dejaríamos usar nuestro puerto nunca más! ¡Sin permiso de Gustav!
—Vaya… —murmuré antes de llevarme una mano a los labios en una postura reflexiva. Realmente solo trataba de esconder de Georg el profundo placer que estaba sintiendo en aquel momento. Yo había tenido razón y el Alfa se había equivocado—. ¿Se lo has dicho ya a Gustav? —pregunté.
—Sí, claro. Acabo de bajar de su despacho —respondió antes de recostarse en el sofá y negar con la cabeza, todavía dándole vueltas a lo que había pasado—. Ahora está hablando con Nick. Espero que le esté dejando las cosas bien claras.
—Yo también lo espero —asentí—. Estas ya no son solo Cosas de Lobato…
Georg me dedicó una mirada seria, quizá al percibir el retintín macabro de mi voz.
—Nick tiene que aprender, Bill, como todos lo hicimos —me dijo. —Siempre salen un poco estúpidos de su época de lobato.
—¿Tú también amenazaste a un traficante canadiense en tu primer trabajo con la Manada, Georg? —le pregunté.
—No… —apretó los dientes y ladeó el rostro—, pero yo no era el Alfa de los Lobatos. Quizá a él le cueste un poco más adaptarse.
—Pfff… —negué con la cabeza y miré a un lado, incapaz de creerme lo que oía—. Es increíble que sigas defendiéndole después de esa pedazo de cagada. Se lo dije a Gustav, le dije que Nick no estaba preparado y que iba a darle problemas.
—Hay que darle una oportunidad, Bill… como te la dimos a ti.
Compartimos una mirada seria que se alargó un par de segundos hasta que yo chasqueé la lengua y terminé por asentir a regañadientes. No quería discutir con el Beta, y menos por culpa de Nick, así que preferí cambiar de tema.
—Ya me terminé la serie esa que me dijiste, a Tom le gustó, pero yo sigo creyendo que es una mierd…
—Oh, perdonen, chicos —nos sorprendió una voz al otro lado de la ventanilla.
Me giré en la silla y miré a Linda, con una tímida sonrisa y un jersey que le quedaba tan grande que era evidente que se trataba de uno de los de Gustav. Aquello era lo único malo de mi nuevo trabajo y mi proximidad a la Manada; que a veces no dejaban de interrumpirme durante toda la noche, a veces eso me mantenía entretenido y a veces me jodía.
—No molesto, ¿verdad?
—Claro que no, Linda —respondió Georg por los dos—. ¿Necesitas algo?
—Sí, venía a hablar con Bill de una cosa —respondió con su voz algo apagada tras el cristal, así que me levanté lo suficiente para deslizar el cristal y oírla mejor—. Oh, gracias —murmuró antes de continuar—: Es por la fiesta de Halloween. Ya estoy empezando a organizarla y nos hacen falta algunas cosas: spray de tela de araña, los platos y vasos de plástico, la…
—Dame una lista e iremos mañana Tom y yo a comprarlo antes de venir— la interrumpí, no por ser maleducado, sino porque sabía que Linda podría pasarse así diez minutos antes de decidirse a pedírmelo.
—Genial —dijo ella con una sonrisa. Después de nuestro viaje juntos, ya sabía perfectamente cómo era yo—. Gracias, Bill. ¿Podrías dejar libres a un par de los chicos para que me ayuden a montarlo todo, Georg?
—Claro, no será un problema —respondió le lobo.
—La celebraremos aquí, en el salón grande, así que habrá mucho movimiento estos días, espero que no te importe, Bill.
—Si limpian lo que ensucian, me da igual.
Linda sonrió un poco elevando tan solo la comisura de sus labios y me dedicó una mirada cómplice.
—Claro, no te preocupes —murmuró—. Gracias, chicos. Era solo eso —se despidió.
Cuando se fue, volví a girarme hacia Georg, que me miraba mientras bebía su cerveza.
—¿Qué? —le pregunté, encogiéndome de hombros.
—Me gusta mucho el nuevo, Bill —me dijo entonces.
—No hay un nuevo Bill —le aseguré.
—¿No? Pues lo parece. Estás mucho más tranquilo y ya no te quejas de todo.
—Te lo he dicho —le recordé—, solo me enfado cuando me dan razones para enfadarme. Estoy tranquilo porque la Manada ya no me está dando por el culo y riéndose de mí.
—La Manada nunca quiso reírse de ti.
—Ojalá tuviera un bollo de pan ahora mismo para tirarte a la cara —le dije.
Georg soltó un jadeo y recostó la cabeza en el respaldo del sofá, con la cerveza entre las manos.
—¿Nunca te vas a olvidar de eso? —me preguntó.
—Jamás…
—Así que vas a seguir negándote a ir a todas las fiestas —concluyó—. Muy bien.
No le había dicho al Beta que acudiría a la de Halloween; primero, porque no quería que se hiciera ilusiones y, segundo, porque era un tema sensible para mí. Trataba de no darle muchas vueltas porque sabía que, si lo hacía, empezaría a encontrar excusas para cambiar de idea y no ir.
Me pasó comprando la larga lista de cosas que me había mandado Linda, cuando pasaba por entre las baldas repletas de decoración del supermercado con cara de muy mala hostia. Las personas se apartaban de nuestro camino, no estaba seguro de si era por mí o por el enorme lobo que me seguía de cerca tirando del carro.
Al contrario que yo, Tom no paraba de sonreír y pararse para mirar cosas que llamaban su atención, entonces las tiraba junto al resto de mierdas que no estaban en la lista. Aquello era lo único que me mantenía adelante, lo ilusionado que estaba mi lobo, porque yo seguía convencido de que era humillante llegar tarde a aquella fiesta para comerse las sobras, beber los restos y bailar en una pista vacía y sucia que la Manada ya había usado.
—Bill y Tom tienen que ir disfrazados de lo mismo —me dijo él cuando nos detuvimos frente a la sección de disfraces baratos—. Eso hacen los Machos con compañero.
—No vamos a ir de lo mismo, es una puta horterada —murmuré, mirando la sección de XXL en busca de un disfraz que pudiera caberle a un enorme lobo de dos metros.
—Bill y Tom tienen que ir igual —repitió en un tono más duro y seco, mirándome fijamente con sus ojos amarillentos de bordes anaranjados.
—Te das cuenta de que no va a haber casi nadie para vernos, ¿verdad? — le pregunté, respondiendo a su enfado con más enfado—. Cuando lleguemos ya se habrán ido o estarán demasiado borrachos para prestarnos atención. Así que te pondrás el puto disfraz que te quepa y cerrarás la boca.
El lobo empezó a gruñir, asustando a una señora que estaba al final del pasillo con su nieto, al que agarró de la mano y se llevó a paso rápido de allí.
—¡Bill es compañero de Tom! —dijo—. Los compañeros de la manada van disfrazados igual que sus Machos…
—Tom… —murmuré, levantando la cabeza y cerrando los ojos—. No me toques los huevos, porque te juro que me voy a enfadar muchísimo…
Eso terminó con la discusión, hasta que el lobo me vio coger un disfraz de policía para mí y después ir a la sección de accesorios sin comprar nada para él.
—Tienes un jersey de cuello alto negro en casa, te comparé un gorro de lana y este antifaz —se lo mostré—, porque es lo único de esta puta tienda que te cabe. Nos llevaremos esa porra y ese saco de dinero de broma —le señalé otra parte— y serás un puñetero ladrón. Yo me llevaré este disfraz e iré de policía con las gafas de aviador que tengo en casa y estas esposas de juguete. Iremos conjuntados pero no iremos de lo mismo. ¿Te parece bien o vas a seguir comportándose como un jodido crío hasta que me enfade de verdad?
Tom atendió a mi explicación y siguió con la mirada todo lo que le señalaba, al terminar, me miró a los ojos y asintió.
—Bill será el chico bueno y su Macho el chico malo… —y sonrió mucho con un gruñido profundo cercano a la excitación—. A Tom le gusta…
—No hay chicos buenos en esta pareja, Tom —le dije, yendo a por los accesorios de los que le había hablado—. Si yo fuera agente de verdad, sería el mayor hijo de puta corrupto del cuerpo de policía, te lo aseguro…
Nos lo llevamos todo a la caja y, tras pasar por lo mismo de siempre y seguidos muy de cerca por tres hombres de seguridad, pudimos irnos al Jeep para cargar las bolsas apresuradamente bajo la fina lluvia del atardecer. Cuando aparcamos frente a casa, subimos tan solo la compra y los disfraces, dejando el resto allí para llevarlo al Refugio más tarde. Linda se pasó por la noche para agradecérmelo y pedirme el recibo, que le entregué diciendo:
—Tom se puso a comprar estupideces, si quieres no tienes que pagármelas.
—Oh, no pasa nada, está bien —negó junto con un movimiento despreocupado de la mano—. Nunca sobran tonterías que colgar. Lo hacemos con las crías, les hace mucha ilusión.
Asentí y di la conversación por terminada, pero Linda se quedó allí un par de segundos más, jugueteando con el ticket entre las manos y sin dejar de mirarme.
—¿Quieres algo más, Linda? —terminé preguntándole.
—No —respondió al momento—. Bueno, sí… emh —se le escapó una risa baja y se llevó una mano al rostro antes de sonrojarse un poco—. Parezco una niña estúpida, perdona Bill. —Cogió aire y me miró—. Había pensado que quizá querrías ir a tomar un café o algo una noche de estas. Me lo pasé muy bien en Nueva York. No con lo de Ria —aclaró al momento—, eso fue horrible. Me refiero a cenar y charlar y… a tener un poco de espacio.
—Ah… —murmuré cuando al fin terminó, sin cambiar la expresión indiferente de mi rostro, le pregunté—: ¿No haces eso con los demás compañeros?
—No, no mucho. A veces me tomo un café con Mariane después de las clases, o con Amber cuando viene a curar a alguno de los chicos, pero los demás no suelen pasarse mucho por el Refugio a no ser que haya una fiesta o algo así.
—Creía que la Manada estaba muy unida y todo eso.
—Sí, y lo está —afirmó sin dudarlo—, pero… —fue bajando el tono hasta que miró hacia el pasillo para asegurarse de que no viniera nadie—, son los Machos los que tienen lazos fuertes y se relacionan activamente. Los compañeros estamos un poco aquí y allá, cada uno con su trabajo… somos como las mujeres y los maridos de una familia de hermanos, vamos a las cenas familiares, pero eso no significa que nos lleguemos a conocer bien.
A día de hoy, sigo creyendo que aquella explicación es de las más sencillas para entender las relaciones entre compañeros de la Manada: todos formábamos parte de aquella gran familia de lobos y todos teníamos un Macho, pero, al final del camino, no éramos más que desconocidos que charlaban de vez en cuando en las fiestas y con los que podías llevarte mejor o peor.
Yo, por ejemplo, tenía mucha relación con algunos de los Machos solteros, pero apenas conocía a compañeros y tampoco es que tuviera ganas ni interés en hacerlo. Linda, por el contrario, sí se esforzaba en tener algún tipo de relación con todos, en parte debido a su papel como compañera del Alfa; pero era algo superficial en la mayoría de los casos.
Lo que realmente me estaba pidiendo Linda aquella noche era una salida de amigos, que la sacara del Refugio y la llevara a alguna parte donde fuera algo más que la mujer del Alfa. La Manada está bien, no se equivoquen, pero a veces quieres salir a tomar una copa con otro humano, perderte entre la muchedumbre de desconocidos y, por un momento, no ser solo «un compañero». Solo alguien más.
Continúa…
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