

Fic Toll de TollWriter
60: Gustav: Y su compañera predestinada
Cuando me desperté, lo primero que sentí fue un vacío, la pérdida y una angustia latente en el fondo de mi pecho. Me removí incómodo entre las mantas con olor a suavizante y estiré los brazos, recorriendo la suave superficie, fría y solitaria. Entonces levanté la cabeza y me enfadé. A medida que despertaba, me daba más cuenta de «qué» era eso que echaba tantísimo en falta: una enorme, apestosa, peluda y pesada masa musculosa roncando a mi lado.
Chasqueé la lengua y me di la vuelta, tratando de dormir un poco más, pero fui incapaz porque mi cuerpo me decía que me faltaba mi dosis diaria de sexo y de lobo. Me levanté, tan frustrado como empalmado, hacia la ducha. Puse el agua tibia y traté de solucionar aquello por mí mismo, pero fue como tratar de poner una tirita para cerrar una herida de cañón que me atravesaba el pecho. Cuando me corrí tras cinco minutos gruñendo y frotándome como si no hubiera un mañana, terminé incluso más enfadado y frustrado de lo que había empezado.
Voy a decir algo, y es que una vez que te acostumbras al sexo con un lobo, no hay vuelta atrás. Nada vuelve a ser lo mismo, nadie te pone igual ni te coge tanto; simplemente, no es suficiente para ti. Es como si comieras tus cereales favoritos cada mañana y de pronto te los cambiaran por gachas sosas y sin gracia ninguna. Por eso los loberos estaban tan jodidos de la cabeza.
Me vestí a toda prisa, todavía tan enfadado que llegué a tirar una lamparilla al suelo porque había chocado con ella al tratar de ponerme los pantalones. Así eran las cosas. Salí de la habitación y di un fuerte portazo que retumbó por todo el pasillo del hotel. Iba a ir a desayunar y a fumarme media cajetilla de tabaco cuando oí que se abría otra de las habitaciones. Me giré al instante, dispuesto a cagarme en la puta vida de la persona que se hubiera atrevido a quejarse del ruido; sin embargo, una cabeza de melena rubia y ojos azul cielo se inclinó para mirar el pasillo hasta encontrarme.
—Buenos días, Bill —me saludó con una tímida sonrisa—. ¿Tampoco has podido dormir bien?
—No, no he podido —murmuré con los dientes apretados, tratando de tragarme mi frustración y no pagarla con Linda.
Ella asintió, salió de su habitación con unos pantalones vaqueros ajustados, botines altos y un jersey grande de punto negro. Sus pasos resonaron por el suelo laminado de falsa madera del pasillo, a juego con el resto de la decoración elegante y refinada. La mujer se pasó una mano por el flequillo suelto de su pelo recogido en un moño improvisado y suspiró. Cuando Linda no iba con uno de sus vestidos de niña pequeña y no trataba de sonreír constantemente, era solo una mujer de mediana edad, atractiva y con un ligero aire de profesionalidad.
—No paraba de dar vueltas en la cama —me dijo cuando se acercó un poco—, no sé si fue el vino o que no dejaba de pensar en Gustav.
Solté un murmullo antes de mover la cabeza y girarme hacia el ascensor. Linda revisó su teléfono mientras esperábamos a que las puertas se abrieran y no dijo nada hasta que llegamos a la cafetería del hotel y nos sentamos.
—Es la primera vez que nos separamos de esta forma —murmuró, mirando las preciosas vistas por la cristalera a lo lejos, más allá de las demás mesas y las enormes macetas con árboles que había esparcidas por el local—. Jamás creí que le echaría tantísimo de menos.
—Yo tuve que hacerme una paja en la ducha —murmuré. No era mi intención ser tan sórdido, pero tenía curiosidad por descubrir si Linda se escandalizaría al oírme.
—Eso no sirve de nada —me aseguró, todavía sin mirarme—. Cuando yo conocí a Gustav, pensé que si me masturbaba regularmente, no caería tan rápido en el deseo y podría tener la mente más clara para centrarme en la investigación. No funcionó.
—¿Ponías una alarma en el Teléfono? —le pregunté—. Pi-pi-pi, oh, son las doce en punto, mi hora de hacerme unos buenos dedos.
Linda giró el rostro hacia mí y tras un breve momento, se rio.
—No, no seguía un horario tan estricto —me contó—. Lo hacía antes de verle o cuando sabía que iba a venir a mi apartamento.
Volví a murmurar y busqué a algún camarero que viniera a servirnos. Mis intentos de escandalizar a Linda no funcionaban porque no era la clase de mujer que yo había creído, algo que me gustaba mucho pero a la vez me preocupaba. Si Gustav estaba empezando a ser justo conmigo y su compañera empezaba a caerme bien… el equilibrio del cosmos se derrumbaría por completo.
—¿Qué edad tienes, Linda? —le pregunté entonces, antes de levantar la mano para llamar la atención de un camarero y ordenarle que viniera a servirnos de una puta vez.
—Oh… tengo… —se resistió un momento y bajó la mirada al elegante mantel blanco sobre cobertor lavanda—. Treinta y ocho. —Aspiró aire con los dientes cerrados, produciendo un sonido siseante y se removió un poco incómoda—. El tiempo pasa rápido…
—¿Solo? —la miré y fruncí el ceño—. Pareces más joven —reconocí, y no era un halago intencionado, solo la verdad—. Treinta o así.
Linda sonrió y hasta se puso un poco colorada mientras me miraba y negaba con la cabeza.
—Estas ojeras no son de una niña de treinta —me dijo, señalándose los leves círculos oscuros bajo sus ojos.
—Para no llevar nunca maquillaje, te conservas muy bien —insistí, de nuevo, como si fuera algo obvio y no un halago.
El camarero nos interrumpió entonces, yo le pedí un café solo y un sándwich y Linda quiso un Early Grey con un poco de leche y una tostada de pan integral. Aquello ya sonaba más a la clase de mujer que me esperaba que fuera.
—¿Y tú qué edad tienes, Bill? —me preguntó cuando el hombre se fue.
—Veinticinco.
Linda se quedó con los labios entreabiertos y reaccionó rápido, parpadeando y arqueando las cejas.
—Oh, pensé… que tenías… más —reconoció.
—No.
Sabía que yo parecía más mayor de lo que era, me pasaba desde los dieciséis. La gente se creía que tenía entre unos treinta o treinta y pocos, por eso había podido comprar alcohol siendo menor de edad y entrar en locales nocturnos sin tener que dar explicaciones. Los numerosos tatuajes, mi expresión seria y la barba corta que siempre me dejaba, también ayudaban bastante a que la gente pensara eso.
—¿Cuánto llevas en la Manada? —le pregunté entonces, ya que habíamos comenzado aquel intercambio de información.
—¿Dentro de la Manada? —respondió, especificando aquello porque era importante—. Diez años, pero hace trece que conozco a Gustav.
—¿Llevas diez años siendo la compañera del Alfa?
—No, no —negó al momento—. Gustav se hizo Alfa cuando murió Terry, el anterior Alfa de la Manada. Su compañero aún está con nosotros, Albert, pero el pobre es muy mayor y sufre Alzheimer. Cuando yo conocí a Gustav, era solo Segundo SubAlfa de la Manada.
—¿Y quién era el Primer SubAlfa? ¿Tom?
—No, Tom vino más tarde a la Manada.
Fruncí el ceño y ladeé el rostro.
—¿Tom no nació en la Manada?
Linda se quedó en silencio, con sus labios rosados entreabiertos antes de cerrarlos y bajar la mirada.
—No, Tom no nació en la Manada.
—¿Y dónde demonios…?
—Bill —me interrumpió antes de mirar por el borde superior de los ojos—. No puedo contarte nada privado de Tom que él no te haya contado… Por… respeto, ya sabes.
Mantuve el ceño fruncido y me pasé la lengua por los dientes. Ahora quería saber qué rayos era todo aquello y por qué Linda ponía esa expresión apenada al recordar el pasado de mi lobo. Por otro lado, entendía que la compañera del Alfa quisiera respetar el silencio de Tom; después de todo, era mi Macho y se suponía que, si no me había contado ya aquello, era por algo. Así que asentí lentamente un par de veces y dejé pasar el tema. Para cuando llegó el camarero con nuestro desayuno, ya estábamos hablando de otra cosa.
—No creo que no nos abra la puerta —decía ella, comiendo su tostada con toda la elegancia, sin que ninguna miga saliera fuera del plato y tapándose la boca si necesitaba hablar mientras masticaba—. Yo creo que Ria solo está un poco asustada y confundida.
Puede ser muy intimidante al principio enfrentarte a la idea de entrar a formar parte de la Manada.
—Yo creo que quería coger y pasárselo bien y, ahora que se ha dado cuenta de que Jack va en serio, ha huido como una perra —respondí, sin la delicadeza de dejar de masticar mientras hablaba o de taparme.
—Espero que no —murmuró Linda—. Ya es muy tarde para Jack.
Cuando terminamos el desayuno, nos fuimos directos a la calle. Yo ya tenía un cigarro en los labios y las gafas de sol puestas, me detuve a encenderlo con mi zippo plateado y empezamos a caminar. El cielo estaba nublado, pero había claros por los que entraba el sol, reflejándose en los edificios cubiertos de cristaleras y resultando algo cegado a pie de calle. Un sábado a medio día y tan cerca del Distrito Financiera de Manhattan, no faltaba la gente caminando a prisa de un lugar a otro, hablando por el Teléfono e insultándote si te cruzabas en su camino.
Los putos neoyorkinos me ponían de muy mal genio… Linda, al contrario que yo, se apartaba de su camino y tenía cuidado de no molestar mientras miraba el GPS del Teléfono para guiarnos en aquella jungla de acero y cristal. Bajamos por una entrada de Metro que apestaba a meados y donde un vagabundo nos pidió un par de monedas. Nos encontramos otro en la segunda bajada, esta vez con un perro pulgoso al lado y, finalmente, a otro en la estación tocando una guitarra mientras cantaba. Ese último no era un vagabundo, solo algún tipo de artista callejero y cantante, pero para mí eran lo mismo. Todos pedían dinero para comer y vivían de dar pena, que supieras tocar cuatro acordes y la letra de Crazy in Love, no cambiaba nada.
Nos metimos en un vagón repleto de gente a la que no me importó empujar para abrirnos paso y esperamos cinco paradas y quince minutos para salir a la superficie en Brooklyn Heights, a solo diez minutos del estudio de Ria. Me saqué otro cigarro y lo encendí, echando el humo hacia arriba como un chimenea.
Linda había empezado a ponerse algo nerviosa en el trayecto en Metro y ahora apretaba las mangas de su jersey mientras miraba al frente con una expresión preocupada. Solo nos detuvimos cuando llegamos al edificio de apartamentos de cuatro plantas, de color rojo ladrillo y abundantes ventanales. El detective privado que la Manada había contratado, nos había dado la dirección y el número del apartamento, que Linda revisó en el Teléfono antes de mirarme, coger una bocanada de aire y pulsar el telefonillo.
Evidentemente, nadie respondió.
—No está en casa —dijo tras un largo minuto de espera.
Solté un murmullo, no demasiado convencido de aquello. Ria era una mujer sola en una gran ciudad que quizá no quisiera abrir la puerta al primer desconocido que llamara. Yo no lo hubiera hecho, yo habría ido a las ventanas para espiar quién demonios había llamado. Por eso me moví al otro lado de la calle y revisé el tercer piso mientras fumaba. Incluso con las gafas de sol oscuras, no percibí ningún movimiento extraño o sombra. Linda se acercó y miró a donde yo miraba.
—¿Crees que sí que está ahí?
—Hay unas escaleras de incendios, podría subir y comprobarlo —murmuré.
La mujer me miró como si estuviera bromeando, pero cuando le respondí con expresión seria, perdió lentamente la sonrisa y abrió más los ojos.
—Eso sería peligroso —me advirtió.
—Espera en el portal —ordené, tirando la colilla del cigarro al suelo antes de soltar el humo en la misma dirección y pisarla.
Linda trató de detenerme, alzando las manos y llamándome, pero lo dejó al comprender que no iba a conseguir nada. Entonces miró a ambos lados de la calle, como si estuviera vigilando que nadie se hubiera dado cuenta del «delito» que íbamos a cometer, y se fue a paso rápido hacia el portal. Yo llegué a la parte trasera, miré hacia la escalera de incendios oxidada a tres metros del suelo, chasqueé la lengua y volví el rostro hacia un contenedor cercano.
Bien, no voy a mentir, no era la primera vez que hacía aquello. Fue jodido saltar y agarrarme al metal rojizo y oxidado antes de que cediera por el peso y descendiera, produciendo un momento de miedo en mí por si se rompía del todo y me precipitaba de espaldas contra el cemento sucio del callejón. Pero al final resistió, produciendo solo un alto y desagradable chirrido. Escalé hacia la primera plataforma, al lado del primer piso y pasando en frente de las ventanas. Me podían ver, por supuesto, y también escuchar mis pasos retumbando por el metal, pero fueron pocos los que se acercaron para comprobar lo que pasaba y solo uno el que se inclinó por debajo de su ventanal y me gritó:
—¿Qué rayos haces ahí, imbécil?
—Me he olvidado las putas llaves en casa, bastardo—respondí junto con un corte de manga.
El hombre me respondió con otro y una expresión de asco antes de deslizar el cristal con un golpe seco. Típica charla de vecinos neoyorkinos. Sin más interrupciones, alcancé el tercer piso y me detuve, agachándome para mirar al interior. Era un apartamento pequeño, con solo una pared que separara el salón-cocina de la habitación y el baño. No había nada extraño en él y, al contrario de lo que pensaba, estaba vacío; así que entré.
No voy a mentir, no era la primera vez que me colaba en el apartamento de alguien a través de una ventana entreabierta, pero era la primera vez que lo hacía para no robar o vengarme. Eché una rápida ojeada, percibiendo al instante que allí no olía a lobo. No me esperaba que se hubiera llevado algo de Jack, pero quizá Ria era una mujer retorcida y, como ya he dicho, perder el buen sexo con un Macho es algo jodido de llevar. Quizá ya había hecho nuevos amigos en la Manada local…
Pasé a la habitación: cama deshecha, ropa tirada por el suelo, lienzos en blanco, bolsas con más ropa… todo lo que se esperaba de alguien que se hubiera acabado de mudar y no hubiera tenido tiempo para organizarse. No me interesó mucho ver la ropa interior, ni los sujetadores, pero hubo algo que sí me interesó. El envase vacío de un condón a un lado de la mesilla. Me detuve en seco y lo miré un momento. Estaba medio escondido porque, seguramente, se hubiera caído y Ria no se había dado cuenta de que seguía ahí…
—Pedazo de puta… —sonreí.
Sin más, fui a la entrada y pulsé el telefonillo.
—Linda —la llamé.
—¡Bill! —exclamó ella, quizá sorprendida de oírme o de que lo hubiera conseguido.
—Sube, tienes que ver algo… —y le abrí la puerta del portal antes de sacarme otro cigarro y abrir la puerta del apartamento para esperar a la compañera del Alfa. Ella llegó por las escaleras, con una expresión todavía preocupada y algo asustada en el rostro. Me encontró al final del pasillo y me saludó con la mano, acercándose a paso rápido.
—¿Esta ella en…?
—No —la interrumpí antes de soltar el humo y hacerme a un lado—, pasa.
Linda cruzó el umbral con una mueca incómoda en el rostro, cruzando los brazos bajo el pecho como si quisiera evitar tocar nada por error y dejar sus huellas dactilares por allí.
—No deberíamos haber entrado sin ella aquí —murmuró.
—Que se joda —respondí antes de hacerle una señal para que me acompañara a la habitación—. Mira lo que hay aquí…
Linda dudó un momento, pero terminó por seguirme hasta donde yo le indicaba, señalando el envoltorio del condón mal abierto. Linda lo miró y abrió mucho los ojos hasta casi palidecer. Tardó unos buenos cinco segundos en mirarme y tartamudear:
—Qui… quizá ya estaba antes de que ella llegara…
—Linda… —me agaché para coger el cuadrado de plástico vacío—. Esto está nuevo —se lo quise mostrar más de cerca, pero ella retrocedió un paso—. La muy estúpida ni siquiera se ha buscado a un lobo que cogerse, se ha traído a un humano con la verga corta… —se me saltó la risa—. Qué triste… Debió quedarse tirada en esa cama con cara sería mientras un bastardo se la metía, con la esperanza de ponerse caliente en algún momento y demostrarse a sí misma que podía volver a hacer aquello, conformarse con humanos y olvidar a los Machos…
Linda solo negó con la cabeza antes de cerrar los ojos y taparse el rostro.
—Ria… —murmuró por lo bajo.
—¿Todavía quieres hablar con ella para «resolver sus dudas»? — pregunté, regodeándome un poco en mi victoria.
—Sí, tenemos que hablar con ella y asegurarnos de que esto es lo que quiere —afirmó con un tono más duro y serio—. Quizá solo tenga miedo y no sepa lo que hace.
—Claro que no sabe lo que hace —le aseguré, volviendo a levantar el envoltorio—. Es un condón de tamaño medio, Linda…
—Eso no importa, no tiene nada que ver —insistió.
—No te importará a ti… —murmuré, tirando el envoltorio sobre la cama—. Yo solo montaba vergas de menos de dieciocho centímetros si venían acompañadas de un jodido Jaguar. E incluso así me resistía…
Linda frunció más el ceño y volvió a sentirse incómoda. Negó con al cabeza, agitando su moño improvisado y se dirigió a la puerta.
—Vámonos, por favor —me pidió.
Puse los ojos en blanco y la seguí. Hubiera sido mucho más rápido y sencillo quedarnos allí a que Ria volviera, pero ella prefería una aproximación más neutra y pacífica; llamar a su puerta con una sonrisa y pedirle una charla de amigas. Así que bajamos por las escaleras, salimos a la calle y caminamos un trecho hasta un Sturbucks desde el que se podía ver bien el portal.
Linda no tenía hambre, pero se pidió un Ice Tea con miel y yo me pedí un enorme café solo con sirope de caramelo. Pagaba ella por supuesto, así que añadí al pedido una de las camisetas con el logo de la compañía que había expuestas en la pared al lado de la lista de bebidas. Me querían dar una L, pero pedí una XL.
—Para Jack —le expliqué—. Estas mierdas le gustan mucho.
—Ah —Linda asintió—, es verdad. Tiene una parecida.
Con nuestros pedidos y la camiseta dentro de una bolsa plastificada, nos fuimos a sentar cerca de la cristalera con vistas a la calle. Ambos nos pusimos del mismo lado, pero sin rozarnos, mirando al exterior en silencio.
—Theresa, una compañera de la Manada, me dijo hace tiempo que todos los Machos tenían a un humano especial esperando por ellos —murmuró Linda tras un par de minutos en silencio. No me miraba, solo seguía jugueteando con las uñas sobre el regazo y vigilaba por si llegaba Ria—. Y que los lobos solo tenían que buscarlos… como si estuvieran predestinados a encontrarse en algún momento. Entonces ellos se enamoran, solo una vez y para siempre —se volvió a quedar en silencio y la miré por el borde de los ojos mientras bebía mi café. La compañera del Alfa parecía estar a punto de llorar—. Ella estaba segura de que algo tan único y especial, no podía ser pura casualidad… Que tenía que tratarse del destino.
—Pues se equivocó —respondí en voz baja.
—No. Yo también lo creo —me dijo—. Lo he visto en la Manada. Un humano que encaja perfectamente con un lobo, como si estuvieran destinados a estar juntos.
—¿Crees que Tom y yo estábamos predestinados? —incluso decirlo en alto sonaba estúpido.
—Sí —entonces me miró con sus ojos húmedos y expresión muy seria—. Tom llevaba muchísimo tiempo buscándote, Bill, y creo que tú llevabas muchísimo tiempo buscándole a él; aunque no lo supieras.
Mantuve su mirada con una expresión poco impresionada de párpados caídos, hasta que le dije:
—Tom y yo nos conocimos por casualidad, seguimos juntos por interés y, solo por eso, tuve el tiempo para terminar enamorado de él. Tanto como para soportar el odio de su puta Manada y seguir luchando para quedarme a su lado, aunque supiera que tenía que haberme ido hace tiempo. Ningún jodido hilo mágico del amor tiró de mí, Linda, no hubo conexión instantánea, ni me palpitó el corazón, ni sentí mariposas en el estómago… Solo cogíamos mucho y de forma muy cerda porque Tom es un cabrón grande y peludo que me pone a cien. —Terminé haciendo un movimiento con la cabeza hacia el exterior sin romper mi mirada con Linda—. Tampoco se alinearon las estrellas y el mundo se detuvo cuando Ria conoció a Jack. Ella solo tuvo suerte de ser la clase de artista venida a más y de culo grande que tanto le gusta al lobo.
Linda parpadeó y sus ojos se humedecieron, pero apartó el rostro para secárselos discretamente. Linda era una romántica, le gustaba pensar en que el mundo era hermoso y perfecto, que había una princesa o un príncipe para cada lobo y que juntos tendrían una Guarida donde darse besitos mientras eran felices y comían perdices. Pero la realidad no era así.
El mundo es un lugar cruel donde habitan personas crueles, personas que comenten errores y toman decisiones sin pensar en las consecuencias, personas egoístas a las que no les importaba dejar atrás a un lobo enamorado. Personas que, quizá, estaban cruzando por la calle en aquel mismo instante, con un enorme bolso bajo el brazo, una bolsa de papel en el otro y un estúpido gorro de lana en la cabeza.
—¿Esa es Ria? —pregunté, incorporándome para sentarme mejor e inclinarme hacia delante.
—¡Sí! —exclamó ella, dando un salto y moviendo la mesa de tal forma que derramó su Ice Tea sin beber—. ¡Ay, mier…!
—Déjalo —murmuré, pasando de largo mientras Linda trataba de encontrar algo con lo que limpiarlo—. Tenemos cosas mejores que hacer.
Ella se resistió un momento, pero terminó por asentir y seguirme a paso rápido hacia la salida, dejando tras nosotros a un público sorprendido y curioso. Seguimos la calle hasta el portal y nos detuvimos allí, un poco después de que Ria lo hubiera cruzado.
—Esperemos un poco a que suba a casa y se acomode —me dijo antes de asentir para sí misma y quedarse allí esperando de brazos cruzados.
—No me jodas… —murmuré, alargando el brazo para empezar a pulsar el botón del telefonillo sin parar hasta que, un minuto después, una voz algo aguda respondió:
—¿Quieres parar, bastardo?
—Mírala… ya es toda una neoyorkina… —le dije a Linda en voz baja. Ella negó y me apartó suavemente para poder acercarse al altavoz.
—Hola, Ria, soy Linda. La… la compañera de Gustav. Hemos venido a verte… emh… ¿Podrías abrirnos la puerta y charlar?
No hubo respuesta, solo un sonido vibrante y grave del sistema de comunicación.
—Ho… hola, Linda —dijo una Ria que debía estar a punto de salir corriendo por la ventana—. No… no puedo. Está mi madre en casa. Ya sabes que está muy enferma.
La compañera del Alfa y yo intercambiamos una mirada seria.
—Entonces quizá podrías bajar a tomar un café con nosotros —le ofreció—. Solo queremos hablar y saber que estás bien.
—Estoy muy bien, gracias. No se preocupen. No… no puedo irme ahora. Tengo trabajo.
—¿y cuándo tienes tiempo? Quizá al atardecer te venga mejor, o a la cena. Podemos invitarte a un restaurante, ¿qué te parece?
—No. Tengo que cuidar de mi madre. Yo… mira, Linda, es mejor que se vayan—y cerró la comunicación.
—Ahora es mi turno —le dije, apartándola para apoyar el hombro en la pared al lado del telefonillo y volver a pulsarlo hasta que a la joven le dio por volver a responder.
—Linda, de verdad, no puedo… —empezó a decir con un tono más cortante y seco, hasta que yo la interrumpí.
—Soy Bill, el compañero de Tom.
—¿Bill?
—Sí. Bill. Oye, Ria, voy a decirte algo. O nos abres la puta puerta y nos dejas pasar, o bajas a tomar un café con pastelitos de colores, pero te aseguro que, de una forma u otra, vas a hablar con nosotros. Sí, es una amenaza, así que atente a las consecuencias. Y no te preocupes por la puta de tu madre, porque se dejó un condón vacío sobre la cama y se fue…
Mis palabras dejaron otro intenso silencio solo interrumpido, una vez más, por el sonido del sistema de comunicación.
—No… no quiero hablar… —gimoteó, a punto de echarse a llorar—. Váyanse, por favor…
—Creo que no lo entiendes, Ria. No es una oferta que puedas rechazar…
—Ria —intervino Linda, porque aquello se estaba volviendo muy terrorífico por momentos—. No vamos a hacerte nada, te lo prometo, solo queremos charlar y… preguntarte algunas cosas.
—No…
—Solo será un momento, por favor —insistió ella.
Entonces se oyeron gimoteos y, finalmente, la alarma del portal que indicaba que se había desbloqueado. Linda me miró con expresión preocupada y cruzó al interior. Subimos por las escaleras en silencio hasta llegar al tercer piso, donde una Ria aterrada y con los ojos empapados en lágrimas nos miraba por una puerta entreabierta.
—Hola, Ria… —la saludó Linda con cuidado, bajando el tono y el ritmo de sus pasos a medida que se acercaba—. Solo queremos hablar —repitió por venteaba vez.
Puse los ojos en blanco, pero no dije nada. La chica ya estaba demasiado asustada y, quizá, si la presionábamos más iba a cerrar la puerta y llamar a la policía. Ria entreabrió más la puerta y nos miró a uno y a otro, parándose más tiempo en mí y en mi expresión seria y peligrosa.
¿Los ha enviado… la Manada…? —bajo la voz para no tener que pronunciar esas palabras en alto.
—Sí —afirmó Linda—. Creyeron que los compañeros del Alfa y el SubAlfa eran buenos enviados para hablar contigo.
—¿Por qué?
—Porque los lobos no pueden dejar el territorio, Ria, algo que ya sabes… —murmuré yo, cansado de toda aquella estupidez. Con un movimiento rápido tiré de la puerta y la abrí, produciendo un chillido asustado de la joven y una expresión de alarma y sorpresa en Linda—. ¿Por qué no nos invitas a un café? —le pregunté, pasando al interior.
La joven, todavía con su estúpido gorro de lana en la cabeza y un peto negro sobre una camiseta de un festival de música, se quedó paralizada mirándome con sus grandes ojos marrones. Linda cruzó también y cerró la puerta antes de que los vecinos pudiera salir a curiosear. De vuelta hacia Ria, forzó una sonrisa de princesa y le dijo:
—Perdona a Bill, es un hombre duro, como su Tom.
—Un hombre duro con una navaja en el bolsillo —añadí.
—¿Qué? —gimió Ria, más aterrada que antes mientras retrocedía otro paso.
—¡No! —exclamó Linda alzando una mano hacia mí—. ¡Nada de navajas!— esperó a que yo chiscara la lengua, me metiera las manos en los bolsillos de la chaqueta y me dirigiera caminando distraídamente hacia los ventanales de la pared frente al sofá, para continuar—: Ria, la Manada está muy preocupada. No sabemos nada de ti desde hace semanas y de pronto hemos descubierto que estás aquí sola en Nueva York. Jack te echa muchísimo de menos y a Gustav le ha parecido el momento de intervenir. ¿Ha ocurrido algo, Ria?, ¿tienes alguna duda o… te preocupa algo?
—No, solo quiero estar sola… —dijo ella, todavía con un tono gimoteante y nasal—. Solo eso.
—¿Por qué? ¿No estabas a gusto con Jack?
—No —negó con la cabeza con tanta intensidad que el gorro casi se le cayó de su pelo castaño—. No es lo que quiero. No sabía dónde me metía y no quiero hacerlo. No tengo nada contra Jack, pero no quiero —insistió, agitando las manos en alto.
Linda asentía a cada palabra con una mueca de entendimiento y consternación.
—Lo entiendo, Ria. Puede ser muy intimidante al principio. Bill y yo lo sabemos —me dedicó una mirada rápida—. Muchas cosas cambian y… es complicado, pero te prometo que después merece la pena. Nunca he sido tan feliz como estando con Gustav en la Manada.
—Pero yo no quiero eso —repitió Ria, empezando a subir el tono y agudizar la voz—. ¡No sabía lo que era!
—¿Es… por tu familia? —quiso saber Linda, pronunciándolo con cuidado y tono suave.
—¡Es por todo, Linda! —terminó chillando—. ¡No quiero ir oliendo mal por la calle, que me traten con desprecio, dejar mi trabajo, mi vida y mis amigos atrás para ser una puta compañera! ¡Yo soy una mujer libre!
—Uh… —murmuré, dando un par de pasos con los brazos cruzados sobre el pecho—. Ria es un espíritu libre, Linda… —le dije, como si fuera algo sorprendente—. Se siente atrapada por Jack y la Manada y quiere volar lejos, tener control de su propia vida y pintar murales por todo el mundo… —Me detuve a su lado y la miré a aquellos ojos asustados y húmedos—. ¿Por eso empezaste a ir a Clubs de lobos, Ria? Para experimentar nuevos límites. Tú no tienes miedo de cruzar la línea, no eres una de esas aburridas mujeres que se conforman con su novio de toda la vida y que no buscan nada más… No. Tú eres una mujer libre, así que te buscaste a un buen Macho para cabalgarle la verga como si fuera un potro salvaje por un campo de trigo en dirección al ocaso… Eso está bien —asentí antes de bajar la cabeza hacia ella—. A mí también me gusta mucho cabalgar, Ria… pero, a diferencia de ti, yo sé cuándo parar.
Ria retrocedió otro paso y miró a Linda, quizá en busca de ayuda, pero esta vez, la compañera del Alfa no hizo nada. Solo estaba allí, al lado de la puerta con cara de pena y la mirada baja.
—Si no querías esa vida, si no querías a la Manada y si no querías a Jack, tuviste mucho tiempo para irte, Ria. Tuviste tres Celos… año y medio para irte, Ria. Eso es mucho tiempo para pensar en lo que quieres, ¿no crees?
—No, no fue así —trató de defenderse en apenas un gemidito lloroso—. Creía que no pasaba nada serio…
—¿Y cuando Jack se mudó a tu casa y la hizo su Guarida? —pregunté. —¿Eso no llamó tu atención? Porque tener un lobo desnudo en el sofá, rascándose los huevos durante toda la tarde, es algo difícil de pasar por alto. ¿Hiciste algo entonces, Ria? ¿Te preocupaste de buscar información? ¿Te preocupaste de preguntarle a Jack qué era lo que pasaba? ¿O ya sabías lo que estaba pasando? —no necesité más que ver su cara de pánico para saber que tenía razón.
Levanté una mano y clavé el dedo índice en su pecho, sobre uno de los botones de su peto negro—. Pero tú estabas muy a gusto con un lobo para ti sola, así que cerraste la puta boca, abriste las putas piernas y pensaste: ya se solucionará solo mientras me corro tres veces por polvo. ¡Así que no vengas a llorar ahora y a mentirnos a la puta cara diciendo que no sabías lo que pasaba! ¡Tuviste año y medio para preocuparte e irte, año y medio para dejar a Jack antes de matarle de hambre y escupirle a la cara! ¡AHORA YA ES TARDE!
Mi rugido dejó un profundo silencio en el estudio, tan solo interrumpido por los sollozos infantiles de Ria, la que cada vez parecía más una cría infantil que solo sabía llorar y negar con la cabeza.
—Bill —me llamó Linda—. ¿Podrías dejarnos un momento, por favor?
No aparté la mirada de la cerda de Ria hasta que bufé y le dediqué una profunda mueca de desprecio.
—Mujer libre mis huevos… —murmuré de camino a la puerta—. Eres solo una zorra egoísta —y me fui con la cabeza muy alta y dando un fuerte portazo que retumbó por el pasillo.
Ya tenía un cigarro encendido en los labios cuando salí a la calle. Solté el humo y apoyé el hombro en la pared del soportal del edificio, mirando a ambos lados sin buscar nada en especial. Estaba enfadado y sabía que tenía que tomar una buena bocanada de aire y tranquilizarme antes de que hiciera alguna estupidez.
Así que me fumé aquel cigarro y después un segundo hasta que, a mitad de este, salió Linda. La miré, a sus ojos húmedos y su expresión apenada, entonces negó con la cabeza y ambos entendimos que no habría vuelta atrás.
Ria se había quedado con algo que no quería, le había quitado el lugar a otro humano que sí lo hubiera dado todo por su Macho. Se había ido y se había llevado con ella la única oportunidad del lobo de amar y ser amado. Ahora, Jack estaría solo para siempre.
Continúa…
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