Fic Toll de TollWriter

59: Gustav: Tiene una compañera extraña

La siguiente vez que Gustav me llamó, no estaba solo en el despacho. En una de las sillas, con una sonrisa nerviosa en sus labios, un jersey rosa palo y unos vaqueros ajustados, estaba Linda sentada.

—Hola, Bill —me saludó.

La miré y después miré la expresión seria del Alfa antes de volver a la mujer.

—Hola, Linda —respondí en un tono neutro antes de cruzar a aquel despacho que apestaba a Alfa casi tanto como su compañera.

Di un par de pasos y me senté en la silla al lado de ella, a la espera de que Gustav me diera alguna explicación de por qué estaba allí cuando solo habían pasado veinticuatro horas desde nuestra última conversación.

—Te he hecho venir para repasar un par de cosas antes del viaje — empezó a decir él, entrelazando los dedos sobre la mesa y dedicándonos una mirada intermitente a cada uno, como si se tratara del presidente a punto de enviar a sus mejores espías de la CIA en misión especial—. Quiero saber qué le pasa a Ria, es importante para la Manada. Necesito que hablen con ella y traten de hacerla entrar en razón; si tiene dudas, nosotros se las solucionaremos; si tiene alguna queja o problema, decirle que siempre estamos abiertos al diálogo y que no tiene que tener miedo en preguntar —eso se lo estaba diciendo más a Linda, que asentía con expresión regia y la espalda muy recta, quizá tomándose demasiado en serio todo aquello. Gustav era el Alfa, sí, pero también el hombre que le comía el coño y se rascaba los huevos en su sofá, así que podía relajarse un poquito con aquello—. Si Ria se niega a hablar con ustedes, se muestra esquiva, insegura o empieza a soltar excusas sin sentido, quiero que hagan lo posible para conseguir respuestas. Sin herirla, por supuesto — eso me lo dijo a mí que, al contrario que su compañera, solo le miraba con cara de aburrimiento y recostado en la silla.

Cuando terminó de hablar, asintió, mirándonos a uno y al otro. Debía ser muy raro para él vernos allí juntos. Era como haber reunido a la alumna más aplicada de la clase y al crío más problemático del instituto. Una mezcla que, a todas luces, iba a salir terriblemente mal.

—Le hemos pedido dos habitaciones en un hotel de Manhattan, lo más cerca del estudio de Ria posible, pero tendremos que tomar medidas especiales. Nueva York está plagada de Manadas agresivas y peligrosas, sin estabilidad e inmersas en guerrillas constantes por el territorio y el poder… Así que lo mejor y lo más precavido es que lleven ropa limpia y se duchen para deshacerse de nuestro Olor a Macho todo lo posible — dijo esto último como si le costara, apretando ligeramente los dientes y bajando la mirada a la mesa.

—Uh… eso no va a gustar nada a Tom… —le advertí.

—¡A mí tampoco me hace ninguna gracia! —gruñó en alto para dejarlo bien claro—. Pero eso evitará que un Macho de otra Manada los ataque al percibir a un extranjero y posible enemigo en su territorio. Ya que… ni Tom ni yo estaremos por allí para protegelos.

—No pasa nada, serán solo dos días —dijo Linda con una mueca de entendimiento mientras trataba de consolar a su lobo—. Después volveremos a la normalidad.

—Sí. Lo sé —afirmó el Alfa, aunque se le notaba jodido por aquello. Muy jodido—. Los he escogido porque, como ya lo he explicado, creo que pueden complementarse bien. Además, enviar a la compañera del Alfa y al… —se detuvo.

—Ten cuidado con cómo terminas esa frase, Gustav —le advertí.

—Enviar a los humanos más importantes, con la relación más estrecha con el Alfa y el SubAlfa de la Manada, es una muestra de lo preocupante que es este asunto para nosotros. Espero que Ria sepa apreciar ese detalle y que todo esto sirva para algo; porque como nos haya traicionado, si que me voy a enfadar de verdad.

Linda alargó la mano por el escritorio y rodeó las del Alfa. En comparación con las de Gustav, la mano de la mujer parecían la de una niña pequeña, frágil y demasiado pálida.

—No pasará nada, cariño —repitió en un tono más dulce y bajo—. Hablaremos con Ria, nos moveremos de día y evitaremos los problemas —prometió.

El Alfa la miró en silencio y terminó asintiendo, moviendo el pulgar para acariciar la mano de su compañera de una forma íntima y discreta. 

Yo seguía allí, con mi cara de aburrimiento y esperando a que el Señor y la Señora Lobo terminaran con todo aquello. Gustav cogió una bocanada de aire y buscó algo en su cajón, sacando dos sobres blancos para entregarnos uno a cada uno. Abrí el mío al momento y vi el billete de avión.

—Primera clase… —murmuré, arqueando las cejas.

—Por supuesto —dijo el Alfa, como si fuera evidente que su mujercita solo tendría lo mejor—. ¿Creías que los iba a meter en la parte de atrás de un camión y mandarlos de contrabando a Nueva York?

—A mí sí —reconocí.

Gustav entrecerró los ojos y puso una mueca de comisuras apretadas que nunca le había visto.

—No, Bill. Irás en primera clase y dormirás en la habitación contigua a la de Linda, en el mismo hotel.

Solté un murmullo de interés y leí la reserva del hotel.

—¡Demonios! ¡¿Mil putos dólares la noche?! —no pude evitar decir, inclinándome hacia delante como si fuera broma.

—Así es. El Four Seasons es el mejor hotel que hemos podido encontrar cerca del estudio de Ria. Está a quince minutos en metro de Blooklyn Heights.

Fruncí el ceño al máximo y les miré, comprobando que era el único allí sorprendido con ese gasto tan estúpido.

—Lo sé —sonrió Linda, como si me entendiera—. Ya le he dicho que no necesitamos esto, pero es un cabezota —puso los ojos en blanco y negó con la cabeza.

—Es un gasto que no supone nada para la Manada —se defendió Gustav, hinchando un poco su abultado pecho de vello negro—, y, como son nuestros enviados especiales, hay que dar la mejor imagen.

—Me trata como a una princesa y se cree que voy a ponerme a llorar si no duermo en un colchón de plumas de oca blanca —continuó Linda, ignorando a su Macho.

—La compañera del Alfa se merece lo mejor —gruñó Gustav.

Ella le miró y negó con la cabeza, volviendo a acariciarle la mano. Yo estaba allí, mirándoles en silencio y sin entender qué pasaba exactamente. Por alguna razón, el Alfa se comportaba un poco diferente cuando estaba con su compañera en «privado». Parecía más… juguetón, o quizá más dispuesto a dejar de lado su carácter serio de Alfa Opresor. Y Linda no parecía tan tonta e infantil, con aquella constante necesidad de caer bien a todos.

—Es el hotel que hemos elegido y punto —sentenció Gustav, dando el tema por zanjado y alzando la cabeza con superioridad—. Se irán mañana al atardecer, tendrán el fin de semana para hablar con Ria y regresar la noche del lunes.

Me limité a sacarme un cigarro de la cajetilla, ponérmelo en los labios y levantarme. Me detuve un momento a subirme los pantalones de chándal y a decir:

—Voy a hablar con Tom, a ver cómo se toma lo de que me duche…

—Mal —me aseguró el Alfa—, pero es lo que hay que hacer…

Asentí y me despedí con un vago movimiento de mano de camino a la puerta.

—Ven mañana a primera hora, se irán juntos en un taxi al aeropuerto — ordenó Gustav antes de que me fuera por la puerta.

Me encendí el cigarro en lo alto de las escaleras, algo que ya era casi un ritual, y bajé los escalones para dirigirme a la salida. Cuando bajo el soportal del edificio, me froté los ojos con el dedo índice y pulgar, soltando el humo del cigarro lentamente. Había varias razones y motivos por los que hubiera preferido no tener que ir a aquel estúpido viaje que, estaba seguro, no iba a servir de nada. Pero las cosas estaban solo a punto de complicarse. 

Decirle a Tom que me iba a deshacer de su Olor a Macho fue solo la primera. Se puso como un puto loco. Gruñó, se enfadó tanto que llegó a mostrarme los dientes y rugir: «¡NO! ¡Bill TIENE QUE OLER A TOM!». Después se pasó media hora dando paseos de un lado a otro de la Guarida mientras gruñía al Alfa por teléfono. La cosa no debió ir nada bien, pero por primera vez, aquello no era culpa mía.

 A Tom no le quedó otra que acatar las órdenes de Gustav y aceptar el hecho de me iba a lavar y a ponerme una ropa que no apestaba como él. Aquella noche se pegó mucho a mí, se aseguró de frotar su cuerpo sudado después del sexo contra el mío y frotarme el pelo como si intentara que su fuerte olor entrara dentro de mis células y no pudiera quitármelo jamás. 

Me acompañó a los recados, agarrándome de la muñeca y siempre muy pegado, hasta que volvimos a casa y guardé toda la comida para dos días en la nevera; explicándole al lobo que había comprado de más por si acaso. Después fue cuando me despedí para irme y el lobo quiso evitarlo. Tuve que enfadarme y gritarle:

—¡Si quieres, lo vuelves a hablar con Gustav! ¡Esto no fue idea mía! 

Terminada aquella parte, toco la segunda: desintoxicarse. Fue más complicado de lo que pudiera parecer. Me compré ropa nueva que no quise tocar por el momento —pagada por la Manada, por cierto, así que me compré una camiseta de noventa dólares, un pantalón de marca, unas gafas de sol de motero y una chaqueta bastante espectacular—, y fui a un gimnasio del centro solo para ducharme; algo que hacía en mi época de vagabundo. 

Allí me lavé dos o tres veces con jabón y champú con perfumes, todo un tabú para un compañero, antes de echarme desodorante, que era como el anticristo de los lobos, y ponerme la ropa nueva. El resultado fue un Bill que iba de puta madre vestido y que olía bien. Fue súper raro. No podía evitar arrugar la nariz y sentir una incomodidad al no percibir a Tom, como si algo no estuviera bien en mí. 

Cuando llegué a la puerta del Refugio, Linda ya me estaba esperando en la puerta con una pequeña maleta con estampado florar y ropa de entretiempo. Me sonrió, pero parecía no estar demasiado contenta con algo.

—Hola, Bill, el taxi nos está esperando —señaló a un lado, mostrándome un auto aparcado.

Asentí sin más y la acompañé. Dejamos su maleta y mi mochila con una muda limpia en el maletero y subimos a la parte de atrás. Allí descubrí que Linda se había puesto perfume, quizá demasiado perfume, y terminé abriendo la ventanilla para poder respirar algo de aire fresco, aunque afuera estuviera lloviendo. 

No hablamos en todo el trayecto, ni cuando buscamos la terminal, etiquetamos las maletas y entramos al avión para que una azafata muy atenta nos guiara a nuestros sitios en primera clase. Allí, Linda se sentó y suspiró, retorciendo la revista de la compañía aérea entre las manos de uñas largas y limpias.

—¿Te da miedo volar? —le pregunté desde el asiento de al lado.

Ella tardó un momento en mirarme y otro breve momento en que mis palabras se abrieran paso por su mente repleta de pensamientos.

—Ah, no, no. De niña lo hacía mucho —respondió—. Es solo que… — dudó un momento y bajó la voz, acercándose como si quisiera contarme un secretito de mejores amigas o algo así—. Echo mucho de menos el olor de Gustav. Me siento como… nerviosa y desprotegida sin él… ¿Crees que eso es raro? —terminó, frunciendo su ceño de finas cejas rubias en mitad de una expresión preocupada.

—No. Yo también echo de menos la peste de Tom —dije, pero sin bajar la voz—. Es muy raro oler bien.

—Lo sé —asintió Linda, muy agradecida de que yo sintiera lo mismo—. Antes el perfume me encantaba y ahora… no lo soporto. Este olor dulzón me está revolviendo el estómago.

—También es que te has echado medio bote encima.

—Quería asegurarme —murmuró, hasta que reconoció—: aunque quizá me haya pasado. Voy a ir a echarme un poco de agua a ver si se va.

La mujer se levantó y fue a paso rápido al baño, esquivando a un hombre con traje que le echó una ojeada nada discreta de arriba abajo. Que poco sabía aquel imbécil de lo afortunado que era de que Gustav no estuviera allí para arrancarle la cabeza de una mordida. Cuando Linda volvió, seguía con una mueca incómoda y se sentó para seguir retorciendo la revista entre las manos. 

Yo sabía lo que le pasaba: tenía mono. Era una jodida adicta de las feromonas de su lobo y, ahora que no las tenía, sufría por ello. Yo también sentía ese vacío, esa falta y la leve angustia que la acompañaba, pero yo había conocido vacíos más profundos y oscuros que ese, por lo que sabía llevarlo mucho mejor que ella. Incluso conseguí echarme una pequeña siesta en las casi tres horas que tardamos en sobrevolar los enormes lagos e infinitos bosques del norte del país hasta alcanzar el mundo paralelo y estúpido que era Nueva York.

Linda seguía perdida en sus pensamientos, con la cabeza gacha y acompañándome mientras yo buscaba por dónde cojones se salía de aquel aeropuerto. Una vez en el taxi, le dije al hombre chino que nos llevara directos al Four Seasons de Downtown y abrí al ventanilla para fumarme un cigarro. Cuando empezó a insultarme en mandarín por fumar en su auto, le dije:

—Bì zuǐ tā mā de gǒu shǐ —eso le cerró la puta boca.

Linda me miró con sorpresa, saliendo por un momento de su estado de pesadumbre para preguntarme:

—¿Sabes hablar mandarín?

—Se cagarme en la puta madre de alguien en mandarín —la corregí—. Practiqué mucho en mi antiguo trabajo.

—Oh…

Después de eso, no di propina al hombre y cuando empezó a gritar, yo grité más fuerte que podía comerme la verga si quería; todo eso a las puertas de uno de los hoteles más lujosos de Nueva York. Linda se puso colorada y tiró un poco de mí para que dejara de gritar y de hacer gestos obscenos al taxista.

—Tenemos que ser discretos, Bill —me recordó en voz baja, con cuidado de no enfadarme más—. Ya no estamos en el territorio de la Manada.

—A esta hora los lobos aún se están despertando y caminando al baño mientras se rascan las pelotas —le recordé.

—No hablo de los lobos… —e hizo una señal a los botones que aguardaban en la puerta—. Cualquiera podría estar viéndose con un Macho o trabajar para ellos. Este es un hotel importante.

Solté un murmullo de comprensión y asentí porque, para mi sorpresa, Linda había dicho algo con sentido. Más tranquilo, la acompañé al interior que era… espectacular. En serio, tienen que buscar fotos de ese sitio, es como un puto palacio de piedra con columnas. Yo miraba a todas partes, fingiendo que no estaba maravillado con aquello, como si todos los días me hospedara en sitios así. Nos detuvimos en recepción para hacer la entrada y apoyé los codos sobre la elegante mesa mientras echaba algunos vistazos alrededor, usando mis gafas de sol para cubrir el hecho de que estaba espiando a los humanos que había por allí.

—El hotel Four Seasons les desea una agradable estancia en la ciudad — sonrió el recepcionista, más a mí que a Linda, así que era más de rubios que de rubias.

Le ignoré por completo y me fui con Linda hacia el ascensor. Como Gustav había dicho, nuestras habitaciones estaban al lado y ambas eran absurdamente caras y elitistas. Me quité la chaqueta, fui en busca de un cigarro y miré las preciosas vistas de la cristalera al lado de la cama de matrimonio. El sol ya se estaba poniendo a lo lejos, entre los rascacielos, cubriendo el cielo de la ciudad de tonos anaranjados, rojizos y malva

—Que belleza… —murmuré.

Una hora después, volvimos a reunirnos en el pasillo para ir a cenar al restaurante del hotel. Linda se había vuelto a duchar y a cambiarse de ropa, eligiendo algo más abrigado pero elegante.

—No soy capaz de quitarme la sensación de angustia —me confesó, con los brazos cruzados y una mueca de preocupación en el rostro—. Y solo han pasado seis horas. 

Aguantar así dos días parece… una locura.

Puse los ojos en blanco y nos detuvimos en la cola frente a la mesa del metre, esperando a nuestro turno para pedir mesa.

—Tengo una teoría, Linda —le dije—, y es que las feromonas de lobo son adictivas. Te pudren el cerebro, te confunden y te ponen súper caliente, así que para cuando te quieres dar cuenta, ya eres un adicto y no puedes huir de tu Macho.

La mujer sonrió y después negó con la cabeza.

—Qué  va…  —negó—.  Las  feromonas  no  funcionan  así.  No  son «adictivas» ni producen dependencia. No con como una droga, bueno — lo pensó un momento—, no exactamente como se entiende comúnmente lo que es «una droga». Las feromonas de los Hombres Lobo funcionan a un nivel diferente, afectan y estimulan una parte distinta del cerebro humano. Una básica y primitiva que compartimos todos los mamíferos y de la que, incluso una especie desarrollada como la nuestra, no puede escapar: la necesidad de reproducirse con un individuo fuerte que asegure nuestra supervivencia y la de nuestras crías. No es un pensamiento consciente, por supuesto. No tiene nada que ver con tu educación o tu psique. Se trata de algo puramente biológico: asegurar la pervivencia de tu ADN y el de la especie. Ahí reside el poder de las feromonas, porque no puedes evitar sentir esa necesidad tan primitiva. Así que tu cuerpo reacciona y se excita, produciendo la reacción en cadena que conocemos como «ponerse caliente». Es solo nuestro organismo preparándose para el apareamiento y el cerebro mandando mensajes que tardan una centésima de segundo en llegar a nuestros genitales, nuestro corazón y nuestros pulmones. El ritmo cardiaco se acelera y, en consecuencia, necesitamos más oxígeno, por lo que cada vez absorbemos más y más feromonas del aire. En un espacio cerrado y expuesto a las feromonas, podemos llegar a absorber millones de micropartículas en tan solo cinco minutos. Hasta el doble si el Macho también está excitado y las produce en mayor cantidad.

Linda se detuvo entonces, encontrándose con mi mirada seria, entonces soltó un breve jadeo y puso los ojos en blanco como si se acabara de dar cuenta de algo estúpido.

—Perdona, Bill. Menuda explicación más aburrida te estoy dando —se disculpó.

No dije nada concreto, solo murmuré un bajo «uhm…» y moví la cabeza hacia arriba. Tras un breve silencio en el que la mujer cruzó los brazos bajo el pecho y miró distraídamente al restaurante, le dije:

—Pareces saber mucho del tema.

—Sí, eh… era mi campo de estudio. Tengo un doctorado en bioquímica — respondió sin darle ninguna importancia.

Volví a mover la cabeza y a soltar un «uhm…» como haría un buen palurdo de pueblo. La última pareja en la fila antes que nosotros se fue y el metre nos sonrió para preguntarnos cuántos comensales seríamos. Linda respondió por ambos y le dio la gracias cuando nos quiso guiar a nuestra mesa. El restaurante era tan lujoso como el resto del hotel y yo me sentía totalmente fuera de lugar allí, por suerte, tenía mi ropa deportiva de marca y, dentro de mis propios estándares, iba bien de elegante.

 Nos sentamos en una mesa de dos al lado de una cristalera con vistas a la ciudad nocturna y plagada de luces, había un centro de mesa con una vela, un mantel muy caro y unas copas de vino dadas la vuelta sobre unas servilletas perfectamente dobladas. Cogí la carta que nos vino a ofrecer nuestra camarera con una sonrisa y la ojeé, buscando el plato más caro como un buen pordiosero como yo haría cuando sabe que no va a pagar él. Después la dejé sobre la mesa y miré las preciosas vistas.

—Así que eres especialista en feromonas de lobo… —murmuré.

Linda levantó la mirada de la carta y entreabrió un momento los labios antes de responder:

—No. No solo en eso, pero las estudié bastante. Mi padre trabaja para un laboratorio muy importante de investigación y yo hacía muchas prácticas allí. Normalmente buscaban nuevas formulas para venderle a las farmacéuticas o desarrollaban derivados para empresas de perfumes, lociones y esas cosas. Una amiga mía de la universidad me contó una vez que fue a un Club de Hombres Lobo y que había salido de allí muy excitada, aunque ella creía que olía muy mal. Yo le expliqué que el «buen olor» no tiene nada que ver con la atracción sexual, es solo cuestión de higiene. 

Nos atrae el olor a limpio porque nuestro instinto nos dice que esa es una indicación de que no existe enfermedad y no va a ser peligroso. Después nos excitan otros olores porque los vinculamos a un nivel emocional y personal; quizá te excite el after shave porque tú padre se lo ponía siempre y a ti te parecía un hombre fuerte y protector. Así que… — se le saltó un momento la risa—. No quiero entrar en retorcidos pensamientos freudianos sobre si eso significa que quieres tener sexo con tu padre, pero la mente humana es muy compleja. De alguna manera, es así. Ese olor te recuerda inconscientemente a tu padre, tu padre era un hombre fuerte y tú quieres un hombre fuerte, así que ese olor es familiar y te hace sentir cómoda y segura. Como ya te dije, esa necesidad primitiva de supervivencia es algo muy arraigado en nosotros y… bueno, en todos los animales —se rio de nuevo antes de dejar el menú y removerse—. Uy, te estoy aburriendo de nuevo, perdona…

—No pasa nada, Linda —murmuré—. Si quisiera que pararas, ya te hubiera interrumpido.

Ella parpadeó y, tras un momento, asintió.

—Tu padre es un jefazo de un laboratorio y tú le ayudabas… —la animé a continuar con un gesto de la mano.

—Sí —afirmó, tomándose un momento para recordar dónde se había quedado—. Entonces mi amiga me dio una idea: los Hombres Lobo eran famosos por su increíble atractivo y su intensa sexualidad, pero aquel dato de que ella solo había ido allí a bailar y había vuelto a casa igual de excitada que una persona que hubiera estado en contacto directo con un lobo, me hizo pensar en hasta qué punto las feromonas podían afectar a un humano. Se lo conté a mi padre y le pareció muy interesante. Yo quería hacer un estudio, centrar mi tesis en eso y después publicarlo; pero él estaba pensando en utilizarlo de una forma más práctica —me miró a los ojos y se encogió un poco de hombros. 

—Solo hay que imaginarse los usos que podría tener algo así si, por ejemplo, consiguiéramos sintetizar las feromonas de lobo y producirlas en masa. Ya te dije que trabajábamos para algunas compañías de perfumes… una colonia con feromonas de lobo que asegurara al usuario atraer a las mujeres como a moscas… Ganarían billones solo con esa patente. Pero también podría tener muchos usos en el campo del marketing o la venta. Imagínate un cartel publicitario impregnado de feromonas. El sexo y el erotismo es muy común en la publicidad, por eso los modelos son atractivos y sugerentes. Está más que demostrado que los humanos tenemos mayor predisposición a aceptar consejos, sugerencias o órdenes de personas atractivas, por el simple hecho de que nos atraen. Añade a eso una buena dosis de feromonas de lobo inodoras y que no puedes percibir de forma consciente, pero que te están excitando mucho mientras miras un cartel de una marca de zapatos. No sabes lo que es, pero lo quieres. Lo deseas, aunque sea una cosa y no alguien. Y puedes tenerlo, porque puedes comprarlo ¿Lo entiendes?

Asentí justo antes de que la camarera nos interrumpiera para preguntarnos sí ya sabíamos lo que queríamos. Anotó los platos y la botella de vino que yo había añadido y al fin nos dejó de nuevo tranquilos.

—Comencé la investigación con ayuda de mi padre —continuó ella—, aprendí muchísimo con los experimentos y descubrí muchísimas cosas. Ya habíamos trabajado antes con feromonas de otras especies, pero no con una que afectara directamente a los humanos. Buff… —dijo entonces, poniendo los ojos en blanco—. Al principio no fue nada fácil, la verdad. Nuestra única fuente de feromonas de lobo era… emh… —se detuvo, dudando—. Digamos que no era elegante —concluyó.

—No soy un hombre delicado, Linda —le aseguré—. ¿Ibas a buscarlas al Club?

—No, no, por supuesto que no. No podíamos aparecer por ahí con un equipo de muestreo y pedirle a un lobo que nos dejara rascarle la piel, quitarle un poco de pelo, meterle un bastoncillo en la boca y… otros lugares.

Se detuvo de nuevo cuando la camarera llegó con el vino tinto y súper caro que había pedido. Lo destapó y nos deseó «que lo disfrutáramos», Linda fue la única que respondió a su mirada y le dio las gracias. Yo cogí la botella y di la vuelta a las copas para llenarlas.

—No, no —me pidió ella—. Yo solo quiero un poco…

La miré por el borde superior de los ojos y me quedé así un momento.

—Como quieras… más para mí —murmuré, acercando la boquilla a mi copa y llenándola hasta arriba—. Entonces, ¿de dónde sacabas las muestras?

Linda se apresuró a tragar el sorbo de vino que había dado antes de taparse los labios con unos dedos largos y elegantes.

—Es muy humillante. Bueno, ahora me lo parece, pero en aquel momento me pareció una gran idea. Verás, hay personas que… venden ropa de lobo usada —me confesó, esperando mi reacción a aquella noticia tan descabellada.

Bebí un buen trago de vino y dejé la copa a un lado.

—No me digas…

—Sí, es un negocio muy sórdido. A… algunas personas les excita olerla…—parecía producirle asco hasta hablar de ellos, abriendo sus ojos azules como si le costara entenderlo—. Recurrimos a ellos para conseguir nuestras primeras muestras. Así descubrimos que, aunque las feromonas están en el sudor de todo el cuerpo, se acumulan en mayor cantidad en zonas específicas como las axilas, el centro de la espalda o la entrepierna.

—Muchas cosas se acumulan en gran cantidad en la entrepierna de los lobos.

Esperaba que a Linda le asqueara el comentario o me dedicara una sonrisa comprometida para no hacerme el feo, pero, para mi sorpresa, se rio y asintió.

—Con eso tuvimos algunos problemas, la verdad —me dijo tras beber otro pequeño trago de vino—. Algunas muestras venían contaminadas con otros fluidos que no nos interesaban porque no contenían feromonas. 

Eso me hizo fruncir el ceño y alzar la cabeza.

—¿Solo tienen feromonas en el sudor? Yo creía que también estaban en su corrida o algo así.

—No, no. La orina de los lobos o su semen son totalmente normales. Espera, quizá normal no sea la palabra adecuada —reconoció con una sonrisa y la mano en alto—. Son diferentes a las de los humanos, pero no contienen nada que produzca una reacción en nuestro organismo, como las feromonas.

—¿No? —ese tema si que me interesaba especialmente. Fruncí más el ceño y me incliné un poco hacia la mesa—. Estoy por jurar que cuando me coge Tom le sale Valium de la verga, porque me deja flotando en una puta nube.

Linda puso una expresión un poco pícara de media sonrisa y una ceja arqueada antes de decirme en un tono más bajo e íntimo:

—A todos los compañeros nos pasa eso, Bill… Es debido a que la excitación, la fricción, la duración y la intensidad del sexo con un Macho, facilita mucho alcanzar el clímax y tener varios orgasmos en un solo acto sexual. La relajación y calma que se experimenta después es solo el resultado físico de la tensión liberada, no a que el semen de los lobos esté lleno de opiáceos.

—¿Estás segura? —insistí, a lo que ella se rio.

—Sí, Bill. Estoy muy segura —dijo todavía con una sonrisa en los labios mientras se aceraba la copa de vino.

—Ahm… —murmuré, volviendo a incorporarme y recuperar mi expresión desinteresada de siempre—. ¿Y qué más descubriste?

—Descubrimos que su sudor tiene un pH más alto que el humano, por lo que huele mucho más fuerte. Pero que eso cambiaba en cada Macho como pasa en nosotros; todos tenemos un olor particular, aunque no tengamos la sensibilidad olfativa para percibirlo. De aquella no teníamos ni idea de que el rango en la Manada afectaba a su producción de feromonas y a su olor corporal. Éramos como niños pequeños jugueteando con pantalones usados y manchados de semen… Ogh, no debería haber usado esa metáfora —se arrepintió al momento, cerrando los ojos y llevándose una mano al rostro.

—¿Descubriste si las feromonas podrían llevarnos a enamorarnos de los lobos?

—¿Qué? —se sorprendió Linda, abriendo de nuevo los ojos para mirarme—. No, por supuesto que no. Eso es imposible. No puedes enamorarte solo por cómo huele alguien. Puede ser un motivo, pero no el único motivo.

—Dijiste que las feromonas nos excitaban mucho, así que nos ponen muy calientes. Muchos confunden el sexo y el deseo con el amor.

—Sí —afirmó después de pensárselo un momento—. La atracción física es un factor importante, pero eso no tiene nada que ver con las feromonas. Es más la mezcla de ambas junto con el gusto personal lo que produce el enamoramiento. —Se quedó otro par de segundos en silencio y entonces añadió rápidamente—: Esto es un pensamiento personal, no algo que haya investigado de forma científica. Yo creo que, aunque todos los lobos sean grandes, fuertes y guapos, tienen personalidades diferentes y, que encuentres a uno de ellos que te guste tanto como para enamorarte, no es solo porque huelan fuerte o tengan feromonas. Eso es solo una parte de lo que son.

—Yo sí creo que puedes enamorarte de alguien solo por el físico y el buen sexo —respondí antes de beber otro trago de vino.

Linda se quedó mirándome, apretó un momento los labios y tuvo un debate interno sobre si era adecuado o no preguntarme aquello, pero al final me dijo:

—¿Tú… crees que te has enamorado de Tom solo por eso?

Tarde en responder, pero no porque quisiera crear un momento de tensión, sino porque era una pregunta que no me había hecho a mí mismo todavía.

—No lo sé. Un día estaba de puta madre teniendo sexo solo por diversión con un pedazo de lobo y al día siguiente estaba enamorado de un enorme y peludo bastardo que no sabe ni hablar.

Linda sonrió por lo bajo, tratando de ocultarlo de mí. Alargó su mano de uñas perfectas a la copa y bebió otro trago más largo.

—Nunca piensas que te vas a enamorar de un lobo, hasta que lo haces — murmuró, mirando al mantel color crema y a su plato vacío—. Yo tampoco creí que dejaría atrás un doctorado, a mi familia y un brillante futuro en la bioquímica para irme con Gustav a la Manada, pero aquí estoy…

Esperé un par de segundos para preguntar:

—¿Cómo se lo tomó tu familia?

Linda cogió aire por entre los labios y al fin me miró a los ojos de nuevo.

—Mal, como pasa casi siempre —respondió con una expresión apenada—, pero también es porque yo borré cinco años de investigación e innumerables horas de trabajo de la base de datos del laboratorio antes de escapar con Gustav. No quería que mi padre traficara con feromonas como si se tratara de armas biológicas para vender perfumes y zapatos.

—Oh… —murmuré, concediéndole a Linda una mueca de sorpresa y aprobación. Jamás me hubiera esperado algo así de la princesa de la Manada—. Eso se merece un brindis… —le dije, alzando mi copa en alto. Linda sonrió de nuevo, pero de una forma tímida, y fue a por su copa para brindar.

—Por la Manada —dijo.

—Por la Manda… —respondí, haciendo chocar mi copa contra la suya. Solo en aquella cena, descubrí muchísimas cosas de Linda primera de todas fue que no era para nada la clase de mujer que yo creía. No era una insoportable niña que vivía en un mundo de fantasía y nubes de algodón a la sombra de su maridito el Alfa, lloriqueando cada vez que no se cumplían sus deseos y organizando fiestas porque estaba aburrida de no hacer nada. 

Linda era una mujer muy inteligente y madura, difícil de escandalizar y sin ningún problema para discutir todo tipo de temas. Hablamos de su vida, de algunas de sus experiencias, de cosas que ella creía que quizá me fueran a ayudar con Tom, siempre dejándome claro que cada lobo era diferente. Cuando nos terminamos la primera botella de vino, pedimos otra y a medida que bajaba, ella se volvía más y más confiada y se relajaba más, llegando a tocar temas que quizá no se hubiera atrevido tanto a debatir conmigo: como la Manada o Gustav. 

Se disculpó por lo que me habían hecho los Lobatos —la primera que lo hacía—, y por lo increíblemente desconfiado y rencoroso que podía ser su lobo, el Alfa. Me pidió que no se lo tuviera en cuenta y que Gustav solo se preocupaba mucho por la Manada. Asentí a todo y valoré sus consejos mientras la dejaba seguir hablando sin interrumpirla demasiado.

Aunque Linda si tuviera un lado amable, pacífico y un poco inocente para las relaciones, empecé a notar algunas cosas. Como que no hablaba tanto de ciertos lobos o compañeros y que evitaba decir algo malo de nadie, así que usaba eufemismos como «es agradable» y pasaba a otra cosa. Me di cuenta de que esa fachada sonriente, cariñosa y atenta de reina de la Manada era, a veces, un poco forzada por sí misma. 

Por supuesto, ella era la compañera del Alfa y tenía que mostrarse abierta a los demás, tanto como su lobo. El peso de la corona era grande y exigía sacrificios, como, según me contó, no poder abandonar el Refugio. El Alfa no tenía Guarida, sino que vivía en aquel lugar junto a todos los demás, y Linda parecía echar mucho de menos tener un espacio para ellos solos sin tener que encontrarse a Lobatos correteando por el pasillo y a Machos solteros constantemente alrededor.

—A mí también me gustaría andar en pantaletas por la casa cuando hace calor en verano, pero no lo hago. ¿Por qué tengo que verles a ellos en bañador o incluso desnudos? —se quejó en el postre con la voz algo tocada debido al alcohol. Linda era como una madre que amaba a sus hijos, pero de los que también se quejaba todo el rato—. A veces veo tantas vergas flácidas al día que se me quitan las ganas de coger.

—Mentirosa…

—Sí, bueno, no se me quitan, ¡pero no es agradable, Bill! La única verga que me interesa es la de Gustav.

Tras el postre, pedimos un café y fuimos a los grandes balcones del hotel con preciosas vistas a la ciudad para que yo me fumara un cigarro. Linda apoyó las manos en la barandilla de piedra y contempló la ciudad a nuestros pies.

—De joven me encantaba viajar… y ahora ya nunca puedo hacerlo — murmuró—. Ni tener una cena romántica porque no dejan a los lobos entrar en restaurantes de lujo, ni ir a ninguna parte sin que te insulten o te miren mal, ni poder relacionarme con nadie de fuera de la Manada porque se creen que estoy en una secta de lobos encerrada, ni criar a mis hijos y acompañarlos a su primer día de universidad, porque al llegar a la adolescencia se van a convertir en unos cabrones desobedientes y adictos a la masturbación…

—Hay que hacer muchos sacrificios por la Manada —me coloqué a un paso de ella, apoyando la cadera en la barandilla mientras soltaba el humo del cigarro, que se fue directo en la dirección del viento fresco de la noche—. Solo los compañeros entienden eso.

—Sí…

—Quizá Ria no esté dispuesta a hacerlos.

—Ria… es agradable —murmuró antes de encogerse de hombros.

Continúa…

Gracias por la visita. No te vayas sin comentar 😉

por TollWriter

Escritora del Fandom

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