Fic Toll de TollWriter

57: Gustav: Es un bastardo 

Aquella misma noche llegó Tom corriendo a conserjería, se detuvo frente a la ventanilla y me miró con una expresión de pánico en el rostro a la que respondí con un ceño fruncido de extrañeza. Cruzó la puerta como un tornado y se acercó gimiendo para abrazarme.

—¿Qué ha pasado? —le pregunté al instante, empezando a preocuparme de verdad— ¿Estás bien?

—Jack dijo a Tom que Bill  habló mal de la Manada delante del Alfa — me explicó.

—Ah… —entonces puse los ojos en blanco y me relajé—. No fue nada, ya hemos… hablado.

Tom se sorprendió y levantó la cabeza, arqueando las cejas. No podía culparle, sonaba bastante irreal que el Alfa y yo hubiéramos «hablado». No hizo más preguntas, pero insistió en que me levantara de la silla para poder sentarme conmigo encima y abrazarme con fuerza mientras mirábamos la serie juntos en el ordenador de la cabina.

Como no recibió llamadas de Gustav para quejarse ni ninguna noticia de problemas, se relajó bastante hasta que llegamos a casa y empezó a ronronear y pegarse mucho a mí, frotando su erección contra mi espalda por si no me había dado cuenta de que estaba caliente. Había intentado lo mismo en el Jeep, poniendo la mano tras mi respaldo y gruñendo mientras movía la cadera, pero yo lo había cortado de seco con un sutil:

«Ya te he dicho que no te voy a volver a comer la puta verga mientras conduces, Tom. No me hagas enfadarme…».

Al día siguiente en el desayuno, como era sábado, revisé el teléfono solo para asegurarme de que no recibiría ninguna llamada de la ONG a mitad de la tarde. Alcé las cejas y emití un sonido de sorpresa al comprobar que tenía otros siete alumnos programados. Tom dejó su vaso de leche caliente sobre la mesa y me miró, relamiéndose para limpiarse su bigote manchado de blanco. Gruñó para llamar mi atención y que le contara la buena noticia.

—Tengo una clase esta tarde, así que saldré antes de casa —le expliqué.

—¿Bill recibe clases? —me preguntó entonces, frunciendo el ceño—. ¿De qué?

—De cocina —mentí al momento.

Tom puso una cara que, de haberse tratado de otro tema, me hubiera parecido hasta cómica. Retrocedió con la cabeza, encogiendo los amplios hombros mientras ponía una expresión de extrañeza y sorpresa tan intensas que eran dignas de un dibujo animado. Le miré por el borde de los ojos y le pregunté:

—¿Algún puto problema…?

El lobo negó rápidamente y bajó la mirada al vaso antes de que me enfadara. Solo se atrevió a levantarla cuando me había terminado mi emparedado de huevo y mi café y le había hecho una señal para que nos fuéramos. No hizo más preguntas sobre el tema el resto de la tarde, pero se desveló cuando me moví de su sitio en el sofá y fui a vestirme a la habitación. Se quedó mirándome mientras salía con la ropa del Doctor Lobo, gafas incluidas, y me acercaba para darle un beso de despedida. Si seguía sorprendido, no lo mostró ni por un segundo.

—Espérame para ir al Refugio, llegaré antes de que te vayas —le dije antes de salir por la puerta con mis llaves en una mano y el casco de la moto en la otra.

Seguía lloviendo un poco y, aunque me hubiera puesto la chaqueta, llegué mojado a la clase después de recorrerme la puta ciudad de punta a punta. No dije nada al respecto y los siete hombres y mujeres que me esperaban allí no se atrevieron a decir nada al respecto. Hice lo que hacía siempre, me quedé mirándolos con los brazos cruzados y, tras decidir cuales de ellos tendrían suerte, empecé la explicación. En aquella ocasión surgieron preguntas más específicas y no el típico: «A mí me han contado que…»,

«He leído que…», «Mi amiga que fue al Celo me hablo de…».

—¿Y si hay un lobo que te gusta mucho, pero no te hace caso? —me preguntó una joven de pelo rubio cenizo y grandes ojos azules. No era una lobera, pero tenía marcas en las muñecas y en el cuello que trataba de ocultar con un horrible suéter azul.

—¿Hablas del lobo que va a cogerte a tu casa? —le pregunté sin detener mi paseo entre los pupitres.

La joven se quedó sin habla y de pronto miró al resto de alumnos antes de ponerse muy colorada.

—Las relaciones con lobos son muy diferentes al sexo esporádico — continué—. No se pueden medir por los mismos estándares ni usar las mismas técnicas. Es un mundo completamente diferente y muy complejo.

¿Estás segura de lo que haces y de lo que quieres? —le pregunté, volviéndome hacia ella.

La joven, todavía colorada como un tomate y con la mirada baja, asintió un par de veces seguidas.

—¿Sabes lo que significa intimar con un lobo y, quizá, llegar a entrar en la Manada?

Ella volvió a asentir.

—¿Sabes que los lobos solo se enamoran una vez y que, si cambias de idea y decides dejarle, le habrás jodido la vida para siempre?

Ella me miró y como si fuera una prueba de fuego, infló el pecho y asintió con más fuerza.

—Espero que no me estés mintiendo, ni a ti misma… —murmuré, dándome la vuelta para continuar mi paseo—. Existe algo que se llama «vínculos» que un lobo puede desarrollar con un humano. No todos significan que se van a enamorar, ni tienen que darse en sucesión, algunas veces…

Tras una charla bastante profunda del tema, tuve que detenerme en seco al comprobar la hora en el viejo reloj de pared con el dibujo de Micky Mouse. Ya era algo tarde y chasqueé la lengua con rabia. «Terminaré la semana que viene», les dije antes de dirigirme por el casco de mi moto y salir por la puerta, dejando tras de mí a un público silencioso, sorprendido y expectante. Se habían quedado muy callados durante toda la explicación, sin interrupciones estúpidas ni preguntas, por lo que, supuse, el tema les había interesado. Aunque, como todo lo que decía yo sobre los lobos, no era demasiado motivador para ellos.

Volví a casa corriendo y empapado bajo la lluvia, saludé a Tom con un cabeceo y me fui directo a la habitación para cambiarme. El lobo se acercó, con las llaves del Jeep en la mano, el tupper de costillas en la otra y su chaqueta de cuero negro puesta.

—¿Qué tal Bill en la clase? —me preguntó.

—Bien. He aprendido a hacer un flan —respondí mientras me vestía a toda prisa algo de ropa cómoda y, lo más importante, seca. Cuando estuve listo, me giré y le dije—. Vámonos.

No pasaba nada por llegar tarde, no tenía que fichar ni nada así como en los demás trabajos, pero no quería darle ninguna excusa a Gustav para criticarme. Estaba seguro de que lo que había pasado en las escaleras había sido solo un incidente aislado y que, en cualquier momento, volvería a ser el hijo de puta cruel que había sido siempre. 

Tom gruñó para que le diera un beso antes de bajarnos y tomar diferentes direcciones: él al Refugio y yo a las oficinas. Nadie me estaba esperando allí ni nadie me llamó, pero fui a por el limpiacristales para frotar un par de ventanas y… justificar el sueldo que me pagaban. Después, pude echarme en mi silla y mirar el ordenador tranquilamente hasta que volvió Tom de un trabajo. Tenía sangre en la chaqueta y en los nudillos, pero no era suya, así que todo bien.

El domingo fue prácticamente igual porque, al contrario que en mi anterior trabajo, trabajaba toda la semana; como hacía la Manada. Eso no es realmente tan agotador como parece. Los lobos no tenían un horario que debían cumplir para cobrar, simplemente estaban donde se les necesitaba cuando un superior lo ordenaba. 

El resto del tiempo podían pasárselo por ahí, visitando a sus humanos, comiendo o tirados en la Guarida o en el Refugio. Había semanas que tenían mucho trabajo y semanas en las que no hacían nada. Pasaba algo parecido con los compañeros, a excepción de mí, por supuesto. Yo tenía que ir todos los putos días al edificio de oficinas a no ser que Gustav no estuviera o tuvieran una fiesta. Así que aquella mierda de cabina en conserjería se convirtió como en mi segunda casa, una a la que Tom también venía cuando quería.

Pocos lobos visitaban aquel lugar. De vez en cuando venían por orden del Alfa, se quedaban un rato y se iban. Yo los miraba pasar, con la fregona o la escoba en las manos, escondido en la oscuridad del pasillo como una especie de fantasma de la limpieza. El miércoles, oí unas voces a lo lejos subiendo las escaleras mientras  las fregaba. 

No me gustaba que la Manada me viera hacer aquello, es decir, mi trabajo allí, así que lo evitaba en la medida de lo posible; si resultaba inevitable, como en aquel momento, me enfrentaba a su mirada sin dudarlo. El lobo en cuestión era el segundo Beta, Daddy Ben, que me dedicó una mirada seria y me ignoró, al contrario que hizo el hombre de mediana edad, gafas y pelo repeinado que le acompañaba.

—Hola, buenas noches —me saludó, entre tímido y sorprendido de verme allí.

Les vi cruzar y fruncí el ceño. Ningún humano ajeno a la Manada podía ir a las oficinas, así que ese hombre rechoncho y nervioso que parecía salido de una biblioteca debía tratarse del compañero de alguien. No hice preguntas, solo continué limpiando hasta terminar y volví directo a la conserjería. A los veinte minutos, me sorprendió una llamada. Chasqueé la lengua y me levanté para responder:

—¿Qué quieres, Gustav?

—Sube a verme al despacho en cuanto puedas —y colgó.

Llegué al tercer piso diez minutos después y me dirigí a la única puerta por la que se veía luz debajo. Llamé con los nudillos y la abrí.

—¿Qué mierdas quieres? —pregunté en el mismo tono neutro y con una expresión indiferente.

El Alfa se me quedó mirándome por el borde superior de los ojos mientras repasaba unos papeles. No dijo nada en un par de segundos, hasta que hizo una señal hacia uno de los dos asientos frente a su escritorio.

—Siéntate, quiero hablar un momento contigo.

Cerré la puerta y me acerqué para echarme sobre el asiento. El lobo me siguió con la mirada todo el rato, hasta que al fin dejó los papeles y levantó la cabeza para entrelazar los dedos sobre la mesa.

—¿Estás de mal humor esta noche, Bill? —me preguntó con su tono serio y grave.

—No más de lo normal —respondí—. ¿Y tú?

—No, estaba bastante tranquilo hasta hace un momento —murmuró—. ¿Te he interrumpido o algo mientras mirabas una de tus series y eso te ha molestado?

—Ah… —empecé a entenderlo—. Me has hecho venir para tocarme los huevos…

—No, te he hecho venir porque quiero hablar contigo —me corrigió—. Lo que no entiendo es por qué entras en el despacho del Alfa preguntando: «¿qué mierdas quiero?». Como si yo fuera un cualquiera en un pub a mitad de la noche…

—Le hablo igual a todo el mundo, Gustav. No te sientas especial…

—Pero yo soy especial —insistió, arqueando una de sus espesas cejas y empezando a perder la paciencia—. Soy el Alfa, aunque insistas en olvidarlo.

—No. Tranquilo, no lo he olvidado… —le aseguré.

—Entonces quizá puedas recordarlo antes de abrir la puerta de mi despacho —sugirió, recostándose sobre su sillón de cuero.

No dije nada, solo mantuvimos una de nuestras tensas miradas en las que, varias veces, pensé en levantarme e irme de allí. Gustav, por el contrario, cogió una bocanada de aire entre los labios y bajó la mirada al papeleo para coger una hoja cualquiera.

—Si hicieras eso, podríamos empezar una conversación tranquila y civilizada desde un principio —murmuró—. Pero supongo que harás lo que quieras.

—Gustav… —le dije, inclinándome hacia delante con una expresión muy seria—. Ahórrate toda esa mierda paternalista y soplapollas conmigo y, quizá, sí podamos mantener una conversación tranquila y civilizada.

—Es solo mostrar un poco de respeto y educación hacia el Alfa de la Manada —respondió él, volviendo a mirarme por el borde superior de los ojos.

—¿Por qué no vas y le enseñas eso a los Lobatos? —le sugerí, levantándome de la silla para ir hacia la puerta y dejar al Alfa con la palabra en la boca.

Después de aquello, estaba casi seguro de que Gustav me echaría, o que quizá fuera por mis espaldas a quejarse con Tom. Estuve preparado para ello, reuniendo rencor y odio dentro de mí mientras veía de fondo el monitor del ordenador, esperando el momento para soltarlo todo. Tenía un plan y todo para dejar el lugar por todo lo alto; sin embargo, no sucedió nada. 

El jueves, cuando llegué a conserjería, todo seguía igual, lo que solo empeoró mi humor. Antes de fuera a por los productos de limpieza, otra llamada interrumpió el silencio. Me quedé mirando el teléfono en la pared, pasándome la lengua por los dientes y pensándome muy seriamente si responder.

—¿Qué pasa, Gustav? ¿Te has visto Mary Poppins y ahora me vas a enseñar con una canción que tengo que lavarme las manos antes de comer?

Oí una respiración profunda al otro lado de la línea y casi pude imaginarme al Alfa con los dientes apretados y el rostro desencajado por la ira. Sonreí.

—Bill … —murmuró con un tono apenas contenido—. ¿Podrías venir a verme al despacho?

Tardé un par de segundos en responder:

—Claro…

Subí al tercer piso por las escaleras, sin darme demasiada prisa, para llegar ante la puerta y llamar. La abrí y miré al lobo, mirándome de vuelta por el borde superior de los ojos, en una postura agresiva mientras apretaba con fuerza las manos entrelazadas sobre la mesa.

—¿Querías hablar, Gustav? —le pregunté.

El Alfa tardó un par de segundos en tomar una de sus profundas bocanadas de aire y en relajar un poco la postura, echándose sobre el sillón para señalarme los asientos frente al escritorio.

—Así es —murmuró—. Siéntate.

Cerré la puerta y me senté. Yo no era el malo allí. Yo era la persona que no iba a tolerar que Gustav le tocara los huevos con sus estupideces. Si quería paz, íbamos a tener que encontrar un punto intermedio, porque estaba claro que ninguno de los dos iba a cambiar por el otro. El Alfa cogió un puñado de papeles a un lado, los mismo que el día anterior, y los puso delante suya.

—Es lo mismo de lo que quería hablarte ayer antes de que te fueras como un crío enfadado —me explicó.

—¿Dices antes de que me quisieras enseñar modales como si siguiera en el puto correccional?

—Al parecer, no aprendiste mucho allí —dijo junto con otra de esas miraditas por el borde de los ojos.

—Ahora se hacerme una navaja con muchas cosas… —respondí antes de encogerme de hombros.

El Alfa no dijo nada de aquello, simplemente mantuvo mi mirada y continuó:

—Hemos encontrado a Ria. Stephen, el compañero de Ben, ha conseguido rastrear las cuentas y resulta que la… mujer, sigue usando el dinero de la Manada.

Me entregó una de las hojas y alargué la mano para echarle un vistazo. Era un extracto bancario repleto de números y registros, movimientos y de pagos con tarjeta. Al principio de cada mes había un jugoso ingreso del mismo número.

—Cuatro mil dólares… —murmuré, levantando la mirada hacia Gustav—. Y se lo siguen dando cada mes…

—Esa es la cifra que le damos a los compañeros de los Machos Comunes —afirmó sin ningún tipo de vergüenza, se podría decir que hasta estaba orgulloso—. Por supuesto, la cifra asciende bastante con cada rango.

—Qué bien… —murmuré, devolviéndole el papel.

El Alfa lo cogió y lo dejó junto al resto. No estuve seguro de si su intención era mostrarme que le seguían pagando o que viera lo que le daban a ella mientras yo fregaba el suelo cada noche. Viniendo de Gustav, me inclinaba por la segunda.

—Según esto, Ria está pagando un alquiler en Nueva York. Por desgracia, nos es imposible encontrar la dirección y, ya que ha dejado de responder a nuestras llamadas, las de Linda y las mías, pero no las de su trabajo —aclaró—, no sabemos si es ella la que está allí o… su madre.

—Se ha escapado —dije, como si fuera evidente—. Ha huido a Nueva York.

El Alfa puso una mueca un poco incómoda, pero no cambió el tono tranquilo al decir:

—Ria es todavía una compañera de la Manada, Bill . Eso es algo que trae consigo muchos privilegios, uno de ellos es el derecho a no ser difamada sin motivo alguno. No se le puede acusar de nada sin tener pruebas, porque, como ya sabes, es algo muy grave.

Me mantuve en silencio mientras el Alfa me miraba, cuando el tiempo se alargó demasiado, añadió:

—Necesito saber si tiene dudas momentáneas o todo esto esta premeditado y planeado. Entonces quiero saber por qué abandona a un Macho tan bueno como Jack y si es consciente de las consecuencias.

Otro silencio se apoderó del despacho, pero en esta ocasión el Alfa parpadeó y levantó un poco la cabeza, mostrándome que esperaba por una respuesta.

—¿Y qué mierdas tiene eso que ver conmigo? —le pregunté.

—Tú eres… un hombre con recursos —murmuró, usando el eufemismo más elegante que consiguió encontrar—. He pensado que quizá consiguieras descubrir dónde está ese estudio y si es ella la que vive en él.

—¿Quieres que juegue a los espías, Gustav? —pregunté, arqueando una ceja.

—Quiero que ayudes a la Manada —me corrigió con un tono duro.

—¿Para qué?, ¿para que me tiren pan a la cara en la próxima fiesta? 

Gustav tensó la mandíbula al momento y se inclinó hacia delante, apoyando los codos en la mesa mientras me miraba fijamente.

—No, para darme un motivo por el cual tenga que evitar que algo así ocurra.

—Oh, así que me estás extorsionando… —entendí antes de asentir un par de veces, no sin cierta sorpresa—. Rayos, Gustav, siempre te superas…

—¡No! —exclamó, dando un golpe a la mesa con el puño—. No es una extorsión —me corrigió con los dientes apretados—, es una prueba de que la Manada te importa.

—No —negué—. Tú dijiste que si lo hacía, evitarías que me tiraran pan a la cara, lo que quiere decir que, si no lo hago, me lo tirarán. Eso es una amenaza, Gustav.

—Siempre retuerces todo para hacernos parecer crueles —me acusó—, pero nosotros somos los únicos que están haciendo algo por aceptarte mientras tú solo te quejas…

—No empieces esta conversación, Gustav —le advertí con un tono tan duro y frío como el suyo—. No va a ser buena para ninguno de los dos.

El Alfa se quedó con su expresión de enfado muy cercana al desprecio, pero yo decidí pasar página y tomar un nuevo rumbo.

—Quiero ir a la fiesta de Halloween —le dije—. Tom no para de darme por el culo con lo mucho que le gusta y quiero poder ir con él.

Gustav fue relajando la expresión lentamente hasta que se calmó y bajó la mirada a la mesa.

—Esa fiesta es de la Manada. No puedo permitir que vayas. 

Asentí y me levanté del asiento.

—Pero podrías venir cuando las crías y los ancianos se hayan ido. Hacia el final, solo están los Machos y algunos compañeros, podrías venir entonces.

Apreté los dientes y ladeé el rostro, tomándome un par de segundos para tragarme la frustración.

—Sobras —murmuré, clavando una mirada seca en él—. Todo lo que me dan son putas sobras… —Negué con al cabeza y me senté de nuevo antes de alargar la mano—. Dame uno de esos números privados tuyos.

El Alfa tardó un par de segundos pero, sin levantar la mirada de la mesa, alcanzó su teléfono y pulsó una tecla antes de entregármelo.

—Marca el número del trabajo de Ria.

Gustav se tragó la rabia que le dio que le diera órdenes de aquella manera y, sin decir nada, buscó el número en un papel y pulsó los botones. Ria tardó cinco tonos en responder.

—Hooolaaaa —la saludé—, soy Jeremy Banks, de Peluquerías Banks. ¿Eres Ria la pintora?

—Oh, ehm, sí. Soy yo —dijo ella, quizá sorprendida por el pedazo de mariconeo que estaba usando. Algo increíble viniendo de una mujer que había estudiado artes en Nueva York.

—¿Qué tal, cielito? Oye, hemos visto tus murales y nos hemos quedado… Ogh, ¡son una maravilla, nena! ¡Cómo pintas!

Ella se rio un poco y respondió:

—Muchas gracias.

—Te llamaba porque queremos uno en la peluquería, ósea, pero fijo, además. No te importaría venir a Nueva York a pintarnos uno, ¿verdad?

¡Te pagaremos el alojamiento, claro! Ahora está por las nubes, es una completa locura vivir en esta ciudad…

—Sí, lo sé. Es un poco cara. Y sí —añadió—, trabajo en Nueva York también.

—¿Trabajas aquí o vives aquí? ¡Claro que vives aquí! ¡Todos los buenos artistas lo hacen!

Ahí Ria dudó un momento, pero terminó respondiendo.

—Sí… vivo aquí.

—¡Lo sabíaaaa! —miré a Gustav—. ¡Una artista de la gran ciudad…! No me lo digas, ¡vives en un precioso estudio del Sojo!

Ria se volvió a reír.

—Ojalá… qué va, en un pequeño estudio de Brooklyn.

—¡Brooklyn! —exclamé—. ¡Qué chic! Mi ex era de Brooklyn, una puta fiera en la cama, pero el muy cabrón me engañó con un decorador de interiores… ¿Te lo puedes creer? ¿Y de qué parte de Brooklyn?

—Ahm… no… —Ria dudaba, porque estaba claro que no quería dar demasiada información, pero tampoco quería ser desagradable con un posible cliente que iba a darle un trabajo y que, además, era tan gay que seguro que tenía a otros amigos igual de gays que también podrían querer murales en sus negocios. —De… Blooklyn Heights.

—¡Oh…! —gemí—. Blooklyn Heights… una delicia… Mi peluquería está en el Upper East Side, te va a llevar un buen viaje en metro  —y me reí de una forma escandalosa.

—Sí, pero no pasa nada.

—Ah, bien, me alegro… ¡Uy, clientes! ¡te tengo que dejar, preciosa! Después te llamo y te explico lo que tengo pensado. ¡Te va a encantaaaar! Sí… —y colgué.

Me quedé un momento en silencio y cogí una bocanada de aire.

—¿Tienes el número de la inmobiliaria o la persona que le alquila el apartamento? —le pregunté a Gustav con mi tono de voz normal.

El Alfa no lo dudó esta vez y revisó los papeles para marcar un número allí escrito.

—Hola, soy Bill Kaulitz, llamaba para preguntar por un precioso estudio que tienen en Blooklyn Heights, puede ser…

—Sí, claro, señor Kaulitz, espere un momento a que lo… —la mujer no terminó la frase, solo tecleó en el ordenador—. Vaya, no tenemos ninguno en este momento por esa zona.

—Qué raro, juraría que estaba por allí. Era muy bonito, espero que no lo alquilaran ya. ¿Podrías comprobarlo?

—Pues… —más tecleo—. Teníamos uno en Orange Street, pero lo alquilamos este mes… Lo siento mucho. Aunque tenemos otros muy bonitos que le podrían intere… —colgué.

—En Orange Street, Brooklyn Heights —concluí, mirando al Alfa. Gustav lo anotó rápidamente en una hoja y asintió con la cabeza.

—Podría haber mentido y dar la casualidad de que la inmobiliaria tuviera un apartamento por la zona —murmuré mientras me levantaba del asiento—. Sería raro, pero posible. Habría que ir a asegurarse —me saqué un cigarro de la cajetilla y me lo puse en los labios antes de girarme hacia Gustav—. Iré a esa fiesta cuando la Manada se haya ido y te juro por dios que como alguien me tire algo o me eche, no van a volver a oír de mí. Y yo no soy tan estúpida como Ria, a mí no van a encontrarme…

Gustav me miró desde su sitio tras el escritorio y asintió lentamente.

—Palabra de Alfa —me dijo.

—Lo que sea… —murmuré, cruzando al pasillo antes de cerrar la puerta. 

Me encendí el cigarro en lo alto de las escaleras y di una buena calada antes de descender tranquilamente hacia la salida. Fui a tomarme un café caliente a una cafetería abierta en horario nocturno a quince minutos andando de las oficinas y volví tranquilamente, cubriéndome bajo los soportales y los toldos para mojarme lo menos posible. A media noche, llegó Tom y entró en la cabina con el pelo empapado, la chaqueta mojada y una sonrisa tonta en los labios.

—Demonios, Tom… —me quejé cuando quiso pasarme su cara húmeda por el pelo—. Sécate primero, Rayos.

Nos quedamos allí como hacíamos siempre hasta que pudimos volver a la Guarida. No fue hasta después del polvo de antes de dormir, durante la inflamación, que abracé su enorme cuerpo y suspiré antes de decirle:

—Gustav me dijo que podía ir a la fiesta de Halloween cuando la Manada se fuera.

El lobo dejó de ronronear y levantó la cabeza de un golpe seco para mirarme.

—¿De verdad? —exclamó.

—Sí —murmuré—. De verdad. Gustav me dio su Palabra de Alfa o lo que mierda sea eso.

La felicidad de Tom no era algo contagioso, pero sí algo que me encantaba presenciar. Los ojos amarillentos le brillaban, su sonrisa era tan grande que parecía no caberle en la boca mientras gruñía, ronroneaba y me acariciaba a la vez, con tanta fuerza que casi me hacía daño.

Si me preguntan qué es lo más echo de menos de Tom, yo responderé: su verga. Pero la verdad es que una de las cosas que más hecho de menos de él es verle así de feliz. Ver cómo se alegraba tantísimo por las tonterías más grandes, como cuando le regalaba plantas, terminaba un mueble o yo iba con él a una fiesta que le gustaba. Cuando se fue, dejó un vacío dentro de mí que todavía no soy capaz de curar.

El puto Tom…

Continúa…

Gracias por la visita. No te vayas sin comentar 😉

por TollWriter

Escritora del Fandom

2 comentario en “Humano 57”
  1. He aprendido a hacer un flan 🫤
    Una especie de fantasma de la limpieza 🫤
    🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣

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