

Fic Toll de TollWriter
56: Gustav: El Alfa de la manada
Aquella semana pasaron algunas cosas interesantes. La primera de ellas fue la prometida y esperada salida de la Manada a su nuevo campamento del bosque.
Georg y yo habíamos hecho las comprobaciones, después el Beta había ido con un grupo de Machos para limpiarlo y sustituir todo lo necesario, finalmente, el domingo acompañé a Tom a hacer las últimas reparaciones. No lo dudé en cuanto me lo preguntó, porque sonaba a un viaje con música y brisa fresca y a un polvo tremendo en el bosque bajo las estrellas.
Por desgracia, al llegar allí me encontré con que ya había otros Machos haciendo preparativos, viniendo de un lado a otro, cargando cosas al hombro y dedicándonos miradas serias y muecas de incomodidad. Perdí todas las ganas de estar allí y me limité a acompañar a mi lobo por su recorrido por las cabañas para solucionar los problemas. Verle con su camisa de asas negra, un poco sudado, gruñendo cuando tenía que hacer más fuerza mientras su cinturón de herramientas tiraba de su pantalón hacia abajo mostrando el reguero de pelo hacia su pubis… no ayudó en absoluto a mejorar mi estado de humor.
Quizá Tom estaba demasiado concentrado o distraído para oler mi excitación, pero eso fue algo que solucioné pronto.
—Te juro que como no me cojas ahora mismo, prendo fuego a todo el puto campamento, Tom … —le dije en un momento en que reparaba el desagüe de un grifo de la cocina, tumbado en el suelo y con las piernas abiertas.
El lobo me miró, entre sorprendido y extrañado, pero duró poco. Soltó un gruñido ronco y profundo y movió la cadera con un bulto cada vez más duro y abultado.
—Así me gusta… —murmuré, apartando el hombro de la pared para ir a por él.
Veinte minutos después, salimos del «Puesto de Aventureros» con el pelo revuelto, la piel empapada en sudor fresco, la ropa arrugada y la barba mojada. A Tom no pareció importarle y a mí mucho menos.
Yo me había quedado en mi nube de tranquilizantes después de cuatro buenas inyecciones de corrida de lobo y nada podía importarme menos. Por supuesto, los demás Machos podrían saberlo al momento, no necesitaban si quiera mirarnos; pero, como ya he dicho, no es algo mal visto ni vergonzoso en la Manada. Así que no agachamos la cabeza ni nos escabullimos de allí, simplemente seguimos con nuestro trabajo.
Yo le leía a Tom la lista en la entrada de cada cabaña, donde Georg había escrito lo que era necesario reparar, y él lo arreglaba. Al terminar, incluso nos quedamos un poco más por allí mientras el lobo comía su tupper a la vera del lago y yo fumaba tumbado a su lado. Entre las nubes se podían ver las miles de estrellas que inundaban el cielo oscuro y, por un momento, pensé en lo agradable que sería estar con Tom allí un par de días.
Fue solo un pensamiento estúpido, por supuesto. A apenas dos horas del amanecer, nos metimos en el auto para no volver jamás al campamento.
—Georg ha enviado un mensaje preguntando si te podrías pasar antes por el Refugio a ayudarles a cargar todo en el camión y controlar a los lobatos — le dije a Tom durante el desayuno.
El lobo se terminó el vaso y asintió con el bigote manchado de leche. Así que escribí una respuesta rápida con el emparedado de huevo entre los labios y dejé el teléfono en el bolsillo. Tom no hizo maleta ni mochila antes de irse, ya que no se iba a pasar más de doce horas allí antes de volver a casa. Aún así, se despidió como si se fuera a pasar años: gruñidos, caricias, abrazos y besos durante casi diez minutos en mitad del salón, hasta que me cansé.
—No te vas a la puta guerra, Tom —le recordé—. Para ya.
El lobo me dio un último apretón y se fue por la puerta sin su tupper de todos los días, ya que la Manada se había asegurado de llevar comida de sobra para todos. Una vez solo, me hice otro café, me fumé un cigarro y me senté en el sofá con los brazos extendidos por el respaldo. Miré un programa estúpido en la televisión y después puse las noticias de la noche antes de prepararme para salir de casa.
No tenía claro si debía seguir yendo al trabajo sin la Manada allí, pero como nadie me había dicho nada, fui de todas formas. Solo para que no creyeran que no me lo tomaba en serio. El Refugio estaba a oscuras, sin ninguna luz encendida, sin embargo, el edificio de oficinas sí tenía una: la del despacho de Gustav. Arqueé una ceja y me quité el casco de la moto, convencido de que era de esos que dejaban las luces encendidas.
Una vez dentro, fui a mi puesto, me quité la chaqueta y la dejé sobre el respaldo de la silla antes de sentarme. Georg me había instalado un ordenador bastante bueno y me había explicado todo lo que tenía, a lo que yo solo le había preguntado:
—¿Pero se puede ver YouTube o no?
El Beta había puesto una expresión de párpados caídos y comisuras apretadas y me había respondido:
—Te he puesto mis cuentas de streaming para que veas todo lo que quieras.
Georg, además de un friki de la tecnología, parecía tener una pasión oculta por la series y películas; eso o se aburría mucho con sus humanos para tener que pagar todas las plataformas de streaming que existían. Me había hecho algunas recomendaciones y yo había empezado a verlas, mandándole mensajes para criticarlas constantemente mientras él trataba de defenderlas sin fundamento alguno. A veces las ponía de fondo mientras jugaba al teléfono o dormitaba, a veces venía Tom y las miraba conmigo, obligándome a reproducirlas desde el principio otra vez. Eso solía mantenerme entretenido la mayoría de la noche hasta que nos íbamos a casa.
Así me encontró Gustav, recostado en la silla, con las manos detrás de la cabeza y las piernas sobre la mesa mientras veía una serie. Tardé un momento en percibir su enorme figura por el borde de los ojos y un momento más en girar el rostro hacia él para verle a través de la cristalera. Tenía su expresión seria de siempre, esa que daba miedo; de rostro cuadrado, amplia mandíbula, mentón ancho y cejas gruesas bajo unos ojos de un intenso color chocolate; la barba un poco más larga que la última vez que nos habíamos visto no hacía nada por suavizar sus rasgos. Gustav era el único lobo que conocía que se pusiera siempre ropa de vestir, camisa y pantalones de traje que parecían estar a punto de rasgarse por la tensión que producían su cuerpo musculoso contra la tela.
Compartimos una mirada silenciosa y tensa que se alargó un par de segundos antes de que yo bajara las piernas del escritorio y me acercara a la ventanilla para abrirla. Lo primero que percibí fue su fuerte e intenso Olor a Macho, ese que me resultaba tan desagradable y ácido, pero me aguanté la mueca de asco y le dije con un tono neutro:
—Hola, Gustav.
—¿Qué haces aquí, Bill? —quiso saber él.
—Trabajar… —murmuré, volviendo a recostarme en mi silla vieja, la cual crujió bajo mi peso.
Al fin había llegado el momento que tanto había estado esperando. El Alfa movió la mirada de mis ojos a la pantalla del ordenador de la que salía el ruido de la serie antes de volver a mirarme.
—Trabajar… —repitió con un tono seco y una levísima mueca de desprecio—. Ya veo.
—Nadie me ha dado nada que hacer y no me he movido de aquí, no vaya a ser que pienses que me he escapado —respondí con calma, ladeando el rostro antes de preguntar—: ¿A eso has venido, Gustav?
—Tengo mejores cosas que hacer que preocuparme por ti, Bill —me aseguró.
—Pero aquí estás —le recordé.
El Alfa tardó unos segundos en responder, manteniendo su expresión seria de empresario poderoso mientras sus puños se cerraban con fuerza allí donde yo no pudiera verlos.
—Estoy aquí porque me iba a ir ya con la Manada, pero oí un ruido al fondo del pasillo y me he acercado a comprobarlo. No sabía que todavía estabas aquí… trabajando.
—Sí, todavía estoy aquí —afirmé—. ¿Por qué?, ¿quieres que me vaya?
A Gustav le costó más esta vez aguantarse. Tensó un poco la mandíbula y alzó la cabeza.
—¿Por qué, Bill? ¿Quieres una excusa para irte?
Me encogí de hombros.
—Me iré si es lo que quieres —respondí—. Prefiero eso a que mandes a alguien a tirarme pan a la cara para echarme…
El Alfa no contuvo la mueca de desprecio esta vez, pero no perdió el tipo.
—Yo creo que es justo lo que quieres, otra excusa para quejarte de la Manada y decir que somos «malos contigo». Así podrás humillarnos y reírte de nosotros a placer…
No dije nada, manteniendo su mirada de ojos marrones durante un breve silencio.
—Qué curioso… yo pensé lo mismo de ti cuando me diste este trabajo de limpia váteres de la Manada —murmuré.
—Yo no soy tan infantil e inmaduro como tú, Bill —dijo con un tono serio y grave—. Este trabajo es una oportunidad, otra más de las que la Manada te ha dado…
—¿Estás seguro, Gustav? —le pregunté, frunciendo ligeramente el ceño como si estuviera pensándolo—. Porque lo único que yo veo es al capitán del equipo de rugby al que no le gusta el novio de su Quarterback, así que usa su poder y al resto de su equipo para echarle.
—Yo soy el Alfa de la Manada, no un puto capitán de rugby —se defendió, como si la metáfora hubiera sido un insulto para él o algo.
—Entonces es incluso peor, ¿no crees?
—No, no lo creo —respondió, apretando sus dientes de anchos colmillos—. Lo que creo, Bill, es que el tiempo me dará la razón. —Sin esperar a que respondiera, añadió—: No hace falta que… —echó otro rápido vistazo a la pantalla del ordenador—, trabajes… mientras la Manada no está aquí —dicho esto, se dio la vuelta y se fue a paso firme que resonó por el pasillo en penumbra hasta desaparecer.
No me quedé allí esperando, simplemente me levanté, me puse mi chaqueta, un cigarro en los labios y salí hacia la entrada del edificio. Me detuve en el soportal para encenderme el cigarro, mirando discretamente como Gustav se subía a su lujoso Range Robert gris metalizado y arrancaba el motor para desaparecer por la calle.
El Alfa se había quedado el último para terminar algún asunto, o quizá solo para poder darme por el culo con una de sus «charlitas». Me terminé el cigarro recreando la conversación una y otra vez en mi mente, pero añadiendo todas las cosas que me hubiera gustado decirle, la mayoría de ellas, insultos. Soltando una última bocanada de humo, arrojé la colilla al suelo de la acera, que rodó hasta caerse por el borde, directo a un desagüe. Me puse el casco de mi moto y apreté el acelerador para hacerlo rugir bien alto antes de salir disparado hacia casa.
Gustav no quería que trabajara sin la Manada para vigilarme. De puta madre. Tenía por delante cuatro días de vacaciones pagadas y todo el tiempo que quisiera para pasar con mi lobo. Así que las disfruté: el primer día invité a Tom a un «Come todo lo que puedas por veinte dólares» el cual, evidentemente, no estaba preparado para un enorme lobo hambriento.
Cuando Tom fue a rellenarse el plato por sexta vez, el gerente vino a hablar conmigo para echarme, a lo que solo respondí:
«Hemos pagado como el resto y vamos a comer lo que nos salga de la verga». Cosa que hicimos hasta que llegó la policía y nos echó de allí sin ningún motivo aparente. Otro día salimos a bailar y a beber, hasta que un grupo de imbéciles vino a molestarnos y a insultar a mi lobo. Yo le pegué a uno y Tom dejó en el suelo a otros cuatro, después fuimos al Jeep a echar un pedazo de polvo y volvimos a casa.
Fue genial. El último día empezó a llover por la mañana, una lluvia fina e intermitente que se volvió más intensa a medida que avanzaba la tarde. Por la noche, hubo hasta una tormenta de truenos. Yo los miraba desde la puerta de emergencia, fumando con un café caliente en la mano y sonriendo. Esperaba que en el Campamento Diversión se lo estuvieran pasando de puta madre encerrados en las cabañas.
El viernes volví al trabajo junto con Tom . Nos despedimos dentro del Jeep y cada uno fue corriendo en una dirección bajo la lluvia. Al llegar a conserjería, me quité mi chaqueta mojada y la puse en el respaldo de la silla antes de pasarme una mano por el pelo. No tardó ni cinco minutos en sonar el teléfono de la pared. Me detuve a escuchar el desagradable sonido que retumbó por toda la cabina hasta que, con una bocanada de aire, me levanté para responder:
—¿Sí?
—Te llamaba para decirte que estaría bien que limpiaras un poco las escaleras y los pasillos, Bill —dijo la voz grave del Alfa, sin interrumpirse en ningún momento para no darme tiempo a responder nada—, si no es mucha molestia para ti hacer algo con lo que justificar el suelo que te estamos pagando, por supuesto —y colgó.
Me quedé con los dientes apretados y el auricular en la oreja. Cerré los ojos y ladeé la cabeza, tanto que hice crujir mi cuello de la tensión. Los volví a abrir soltando el aire por entre los labios y colgué el teléfono de un golpe seco. Por suerte, Tom y yo habíamos tenido una sesión de buen sexo antes de venir y yo estaba lo suficiente relajado todavía para no subir con el cubo y la fregona hasta el despacho de Gustav y tirárselos a la puta cara. En cambio, fui al armario de la limpieza y los cogí para dirigirme a las escaleras. La guerra había comenzado y yo no iba a perder, así tuviera que sacrificar un poco de mi orgullo por el camino.
Verme fregar esos escalones con el palo de la fregona apretado entre las manos, mirando con una expresión de intenso odio hacia allí donde alguien de la Manada pudiera sorprenderme limpiando, debía ser como mirar a un psicópata planeando un asesinato en serie. Por desgracia, el único que apareció por allí fue Jack, quien me llamó durante un rato, subiendo las escaleras por el reguero de papel de periódico que había ido dejando hasta encontrarme.
—Bill, llevo llamándote un buen rato —me dijo al verme desde el final del segundo piso. Se cruzó de brazos y apoyó la cadera a la altura del pasamanos antes de dedicarme una expresión seria—. ¿Tanto te costaba responderme?
Dejé la fregona dentro del cubo y apoyé ambas manos en el extremo para inclinarme un poco hacia delante y mirar al lobo. Jack no parecía hambriento, pero se debía solo a que se había pasado cuatro días en el campamento con la Manada, allí donde no era un crimen capital aceptar comida que no viniera de tu compañera.
—Estaba ocupado —respondí, añadiendo un leve movimiento de hombros para restarle importancia—. ¿Qué tal las vacaciones?
—Bien, fue divertido —murmuró, apartando la mirada hacia un lado para restarle importancia a aquello. Hacía tiempo que el lobo evitaba explayarse demasiado en las cosas de la Manada a las que sabía que no me invitaban—, pero los últimos días empezó a llover y la cosa se torció un poco. ¿Tú qué tal?
—Maravilloso —murmuré antes de incorporarme y levantar la fregona para escurrirla antes de seguir fregando—. Dime, con un lugar tan bonito, perdido en mitad del bosque, bajo las estrellas… Ria debió volver muy inspirada para pintar, ¿no?
—Ria no pudo ir, tenía que ver a su madre —se apresuró a decir—. Creo que está enferma o algo.
—Oh… —dije, alzando la mirada hacia la pared de arcilla blanca—. Qué pena… ¿Vive lejos su madre?
—Sí, un poco lejos.
—Ahm… Entonces, te habrá dejado comida en el congelador. ¿Sabes usar un microondas, Jack?
—Sí, Bill —dijo con cierto enfado, volviendo a mirarme—. Sé usar un microondas.
—Si Ria ha calculado mal la cantidad, no seas estúpido, Jack. Vete al Refugio y pídele algo a Linda. A mí no me gustaría nada que Tom pasara hambre por un error así.
Levanté la cabeza y le miré. Jack me miraba de vuelta, con la mandíbula tensa bajo su fino bigote negro, decidiendo si debía ofenderse o no por aquella sugerencia.
—Ria no es tan despistada como tú para equivocarse así —respondió.
No me lo tomé a mal, como no me tomaba a mal nada de lo que me dijera de esa cerda de Ria. Jack era un Macho con compañera, diría y haría cualquier cosa para defenderla.
—No lo sé, no la conozco —volví a encogerme de hombros—. Solo digo que podría pasar algo así. Si yo me fuera y le dejara comida a Tom , necesitaría una nevera industrial para guardar los tuppers, e, incluso así, quizá él tenga más hambre de la que me esperaba y se le acabaran antes de tiempo. Solo digo que preferiría que viniera al Refugio antes de quedarse en casa como un idiota, gimoteando y con el estómago vacío.
—Si pasara eso, la Manada podría pensar que no le estás cuidado como debes… —me advirtió Jack.
—A mí con que Tom esté bien, me suda la verga lo que piense la Manada —le dejé bien claro.
Un gruñido grave y profundo nos interrumpió de pronto. Moví rápidamente la mirada hacia el lado contrario, al tercer piso, donde vi la figura enorme y musculosa de Gustav mirándome de vuelta. Evidentemente había escuchado lo que había dicho de la Manada, pero no me avergoncé en absoluto de ello. Era la pura verdad.
El Alfa se tomó unos segundos y empezó a descender los escalones uno a uno, haciendo retumbar sus pasos en el profundo silencio del edificio. Cuando llegó al entresuelo de las escaleras, al fin pude percibir su fuerte Olor a Macho, un poco diluido debido al olor a pino del friegasuelos que estaba usando.
Tras dedicarme una última mirada seria, se volvió hacia Jack esperando expectante en el segundo piso. Agachó la cabeza ante su Alfa con respeto y después me echó un vistazo nervioso, creyendo que estaba a punto de presenciar como Gustav se pondría como una fiera por haberme oído ser «irrespetuoso» con la Manada. Sinceramente, yo también lo esperaba y estaba preparado para ello.
Sin embargo, el Alfa relajó la expresión y sonrió un poco al Macho Común.
—Hola, Jack, ¿qué haces por aquí? ¿Necesitabas verme?
—No —negó él—. He venido a vigilar a Bill. Órdenes de Georg.
—Ah, sí —murmuró, como si acabara de recordarlo y no pudiera importarle menos—. Fui un momento al baño y de vuelta al despacho no he podido evitar oír lo que decían —comenzó a bajar los escalones por el camino de papeles de periódico, haciendo una señal con el dedo índice hacia el piso de arriba—. Si Ria todavía no ha vuelto de ver a su madre, o si… —movió sus enorme hombros en un gesto despreocupado—, necesita quedarse allí más de lo que esperaba y no te ha dejado comida suficiente. No pasaría nada por venir a comer al Refugio, Jack —terminó su descenso y se puso frente al otro Macho para colocar una mano en su hombro y darle un leve apretón—. La Manada jamás pensaría que no es una buena compañera. Ria siempre se ha portado muy bien con nosotros —sonrió un poco más y añadió—: No como otros.
Jack no pudo evitar echarme una rápida mirada por el borde de los ojos y asentir ante el Alfa.
—¿Para cuánto te ha dejado? —le preguntó Gustav de forma casual—.
¿Dos días más o menos? Sabía que estarías con nosotros en el campamento, así que no debió ser mucho.
—No lo sé. La verdad es que no lo he calculado.
—Claro… —murmuró el Alfa, acercándose al macho para rodearle los hombros y llevárselo con él hacia un punto más lejano de las escaleras, allí donde tuvieran un poco de intimidad y donde, quizá, yo no pudiera oírles—. Escucha, Jack —le dijo en voz baja y grave—. Si prefieres no ir a comer con los demás Machos, lo entiendo. Hablaré con Linda para que te prepare la comida a parte y te la dé discretamente. No hace falta hacer un mundo de todo esto. Quedará entre nosotros. Palabra de Alfa.
—Gracias, Gustav —le dijo Jack en el mismo tono bajo—. Si Ria no vuelve antes de que la comida se acabe, iré al Refugio y se la pediré a Linda como un favor personal.
—Por supuesto —le aseguró, dándole otro leve apretón más antes de separarse y cruzarse de brazos—. Ahora, ¿por qué no te vas a tomar un café mientras hablo con Bill?
No pude ver la reacción de Jack, pero no pareció muy feliz por aquello cuando respondió:
—Claro.
Sus pasos se oyeron alejarse, descendiendo las escaleras hasta casi desaparecer.
Entonces el Alfa perdió la agradable sonrisa que solo le dedicaba a la Manada, esa que le hacía parecer «amable y cercano». Se acercó al final de la escaleras para clavarme su mirada seria y subió para reunirse conmigo en el entresuelo, donde yo le esperaba con una expresión tan seria como la suya.
Gustav se cruzó de brazos, tensando la tela de su camisa gris hasta el límite y estirando la abertura que había en su pecho, a través de la que se podía ver el bello negro que le cubría los pectorales de piel tostada y la cadena plateada de la Manada. Nos quedamos así, en completo silencio durante un par de segundos, hasta que él me preguntó:
—¿Ya habías pensado en usar el viaje de Ria para invitarle a comer en el Refugio?
Aquella no era la pregunta que me esperaba, ni siquiera el tema de conversación que me esperaba. Yo estaba preparado para la guerra y eso me pilló algo desprevenido, así que necesité unos segundos más para responder:
—Voy a admitir algo, Gustav: tienes un talento especial para insultarme — asentí un par de veces, para que le diera tiempo a disfrutar de mi confesión—. Y le echas un par de huevos al compararme con Ria y no esperar que me enfade y te mande a la mierda…
El Alfa movió un momento la mirada al suelo y entreabrió los labios para coger aire lentamente.
—La comparación fue solo para que Jack se sintiera más cómodo con la idea de venir al Refugio. Una forma de prometerle que la Manada no iba a pensar lo mismo de ella de lo que… pensamos de ti. Solo eso —terminó, volviendo a mirarme a los ojos.
—Quiero que le expliques tú a Tom el motivo por el que voy a irme ahora mismo de aquí para no volver. Quiero que le digas que es solo tú culpa, como siempre, y que no has tardado ni tres días en venir a humillarme delante de la Manada, como yo le dije que harías.
Dicho esto, dejé caer la fregona al suelo, produciendo un sonido seco que llenó el silencio, antes de dirigirme a las escaleras. Sin embargo, el Alfa se interpuso en mi camino con un movimiento rápido que me hizo retroceder un paso de la sorpresa.
—Le diré lo mismo que te he dicho a ti —me dijo con un tono grave de dientes apretados—: que lo hice por Jack y que tú utilizaste la primera excusa de mierda que encontraste para irte y escupirnos a la cara, como yo le dije que harías… una vez más.
La mirada que intercambiamos podría haberle prendido puto fuego al ártico. Lo digo en serio, la tensión que se creó hizo crepitar el aire con electricidad estática y casi pareció que el mundo se hubiera silenciado, conteniendo el aliento y expectante por ver cómo se desarrollaba aquella guerra sin cuartel que estaba a punto de estallar entre nosotros.
No tuve ni idea del tiempo que pasó antes de que Gustav agachara lentamente la cabeza para mirarme por el borde superior de sus ojos, casi a la misma altura de sus cejas pobladas y oscuras.
—Te lo voy a repetir solo una vez más, Bill, y después decides si vas a seguir insultándome y a tirar esta última oportunidad a la basura, como has hecho con el resto que te hemos dado —murmuró con un tono contenido y grave—. Tuviste una idea muy buena al usar la ausencia de Ria para sugerir a Jack que fuera a pedir comida al Refugio, no sé si fue algo premeditado o se te ha ocurrido ahora, pero me pareció una forma bastante astuta de darle de comer sin ofenderle a él ni a su compañera. Intervine porque sabía que Jack no lo aceptaría viniendo de ti, por muy bien que lo argumentaras poniéndote como ejemplo… Por eso bajé y le prometí que la Manada no tomaría represalias contra Ria… como contigo, porque sé que es algo que le preocupa profundamente, como a cualquiera de mis Machos con compañero. No era mi intención ofenderte, fue solo algo necesario. A mí, con que todos los de la Manada estén bien, me suda la verga lo que piensen los forasteros…
Sus palabras se quedaron flotando en el aire entre nosotros hasta que se diluyeron por completo en el silencio. Ninguno de los dos apartó la mirada; Gustav estaba esperando mi reacción y yo estaba valorando su discurso. Usar mis propias palabras contra mí fue bastante inteligente, he de reconocer, porque llegamos a un punto medio que ambos pudimos comprender.
—Entonces, quizá lo primero que deberías haber hecho cuando Jack se fue, sería disculparte conmigo. ¿No crees? —le pregunté, ladeando la cabeza.
El Alfa cogió aire y levantó la cabeza para mirarme sin parecer a punto de saltar sobre mi y arrancarme la cabeza de un mordisco.
—Ya te he explicado por qué lo hice.
—Eso no es una disculpa.
El alfa apretó los dientes y los puños, pero se contuvo. Se cruzó de brazos y, antes de que le diera tiempo a darle demasiadas vueltas, me dijo:
—Siento haberte ofendido al compararte con Ria, Bill…
Aquel, y justo aquel, fue un momento clave en nuestra relación y en el futuro de mi vida en la Manada. El gran y orgulloso Gustav, Alfa de la Manada, había cedido, se había «rebajado» a disculparse conmigo, algo que jamás creyó que haría, y ahora estaba aguardando mi respuesta sin si quiera respirar. Quedó en mis manos la decisión de demostrar si era la persona que él creía, o la persona de la que Tom se había enamorado, de la que Georg hablaba tan bien y la que los demás Machos parecían disfrutar tanto. La tentación fue grande, no les voy a mentir, porque en aquel momento podría humillar a Gustav tanto como él me había humillado a mí… Sí, se me pasó por la cabeza hacerlo, reírme en su puta cara y decirle que era un completo bastardo; porque la venganza y la verga de Tom son las dos cosas favoritas de mi vida.
Pero no lo hice.
Lo que hice fue asentir, soltar un murmullo de curiosidad y, tras unos segundos más de intensa mirada, relajar la expresión a una más indiferente e irme en busca de la fregona en el suelo. El Alfa siguió observándome fijamente un momento más antes de relajar también la postura y dar un par de pasos hacia las escaleras.
—Terminaré con esto y me iré a tomar un café. No voy a hacer nada más esta noche —le dije de forma distraída mientras fregaba.
Gustav me miró por encima del hombro y gruñó por lo bajo antes de seguir su ascenso al tercer piso. No sonaron trompetas, ni cayó confeti del cielo, ni una multitud emocionada nos aplaudió… no, solo se oyó la fregona contra el suelo y los pesados pasos de Gustav al alejarse tras aquel momento tan decisivo. Yo había pensado que quizá el Alfa era capaz de reflexionar y corregir sus errores, y Gustav había pensado que quizá yo pudiera llegar a comportarme como un adulto y todo.
No se equivoquen. Eso no solucionó nuestro rencor mutuo ni el odio acumulado, solo abrió una pequeña puerta al entendimiento. Lo que después se convertiría en una relación de trabajo bastante fructífera basada en el frío respeto y la tolerancia.
Estoy seguro de que, si nos hubieran dicho que íbamos a pasarnos el resto de nuestras vidas trabajando juntos codo con codo, ambos nos hubiéramos arrojado de cabeza por esas escaleras.
Continúa…
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