

Fic Toll de TollWriter
54: El doctor lobo: Y su amigo pelirrojo
El viaje en coche fue largo, tenso y silencioso. Georg no apartaba la mirada de la carretera y no me había dirigido la palabra nada más que pasa saludarme. Yo estaba en el asiento del copiloto, recostado contra la ventanilla, con el codo apoyado en el borde y la cabeza en el puño mientras el aire de la montaña me azotaba el rostro.
El Beta ni siquiera había puesto la radio o música, así que se podía mascar el profundo silencio mientras los minutos pasaban a cuentagotas. Yo miraba el paisaje de altos pinos en la oscuridad mientras transcurríamos por la carretera de montaña, sin más iluminación que los focos delanteros del todoterreno. En algún momento, me aburrí de aquella situación y, tras coger un cigarro de la cajetilla y encenderlo con el zippo, le dije:
—Ambos sabemos que no me necesitas para hacer un par de comprobaciones, Georg —solté el humo a la ventanilla abierta y saqué la mano con el cigarro fuera—. ¿Me has invitado solo para estar en silencio y enfadado o es que quieres hablar de algo?
El lobo no respondió, solo continuó en silencio mirando al frente hasta que yo asentí y fumé otra calada. Un par de minutos después, me dijo:
—Jack parece mejor ahora. Lo estás ayudando mucho.
En esa ocasión fui yo el que dejó un silencio dramático y estúpido mientras fumaba antes de responder:
—Sí.
—¿Por qué?
—Ya sabes por qué —murmuré sin apartar la mirada del paisaje de árboles borrosos.
—No, ya no lo sé.
Moví la cabeza para mirarle por el borde de los ojos mientras fumaba otra calada.
—Entonces, piénsalo un poco, Georg. Eres un lobo listo, seguro que lo descubres.
El Beta apretó con más fuerza el volante, pero no dejó traslucir nada más en su rostro serio. Ahí se acabo nuestra pequeña charla hasta que, cuarenta minutos después, tomó un desvío de la carretera principal y entró en un terreno de tierra cruda. En menos de cinco minutos, llegamos a una especie de claro con árboles y casetas de madera.
Georg bajó del todoterreno y fue a la parte trasera para volver con dos linternas y un portafolios en las manos. No me dijo nada al entregarme una de ellas y comenzar a caminar hacia las escaleras que separaban aquella zona de la parte alta donde estaba el campamento.
Era noche cerrada y, aunque la luna arrojara algo de luz, apenas se veía nada más que formas oscuras. Le seguí por unos escalones de tablas chirriantes y bastante inseguras hasta un camino de gravilla que había vivido tiempos mejores. Allí el camino se separaba y había un viejo y desgastado poste de señalización al que apunté con la luz de la linterna.
—¿Qué comprobamos primero, Georg, La Maleza de lo Chachi o el Bosque de la Diversión? —le pregunté.
El lobo gruñó por lo bajo y se dirigió directo hacia la parte central. Había un círculo de piedras donde, suponía, harían la gran hoguera para calentarse sus nubes de algodón, contar historias bajo las estrellas o cantar canciones cursis. Alrededor estaban las cabañas principales, algunas más elevadas para adaptarse al terreno irregular, con grandes escalones de madera y pasamanos.
Las casas no eran gran cosa, pero parecían haberse mantenido en pie con el paso de los años. Georg fue hacia la principal, la más grande y con más banderas americanas y del estado. Sacó un fajo de llaves del bolsillo de su pantalón de baloncesto y las iluminó con la linterna mientras yo descansaba la espalda en la pared de tablones de madera y miraba al fondo.
—¿Dónde van a dormir los Lobatos? —le pregunté—. Quiero prenderle fuego.
Georg me volvió a ignorar, metió una de las llaves y tras forcejear un poco, abrió la puerta de pequeños ventanucos acristalados. Me moví de la pared y le seguí al interior, apuntando con la linterna un poco a todas partes. Se trataba de la casera de recepción e información, con un tablón a la entrada donde ponía: «Puesto de Aventureros». Estaba decorado como lo que una familia de clase media que no había salido de la ciudad en su puta vida, se imaginaba que sería una cabañita en el bosque.
O al menos, lo había estado, porque ahora solo había polvo, macetas vacías y postes carcomidos por el tiempo con mapas de la zona o las actividades que el campamento ofrecía. Georg ignoró la entrada de recepción y fue hacia uno de los pasillos. Le seguí en silencio hasta que nos volvimos a detener frente a otra puerta que tuvo que abrir. También estaba atascada, hasta el punto de que el enorme lobo tuvo que darle un fuerte golpe con el hombro para desatascarla.
Allí dentro estaba el cuadro eléctrico, la caldera central y la llave del agua. Georg se acercó primero al cuadro eléctrico y tiró de una palanca, produciendo un sonido de generadores al despertar. Sin más, las luces de la cabaña se encendieron todas a la vez, alumbrando la oscuridad de la noche con una luz amarillenta y cálida.
—Hay que comprobar que no haya ninguna importante rota —murmuró sin mirarme antes de dirigirse a la llave del agua y repetir el proceso de encendido, activando la ruidosa caldera. Entonces apagó la linterna y leyó un momento el portafolios con la lista antes de hacer una señal vaga hacia el pasillo. —Vamos.
Le seguí con una expresión desinteresada en el rostro mientras certificaba que las luces de la cabaña funcionaban y que la cocina al otro lado era utilizable y que las bombonas de butano que usaban estaban llenas. Después le seguía afuera donde, al igual que en la cabaña principal, se habían encendido las demás luces.
Fuimos entrando de cabaña en cabaña, desde «Equipo Arce» hasta «Equipo Pino», repletas de literas con colchones desgastados y viejos. Georg fue mirando meticulosamente y anotando todo lo que veía mal. Eché un vistazo para leer por encima cómo ponía: «Cambiar colchón cama 12. Equipo Olmo» o «Telarañas. Equipo Pino». Lo más emocionante fue cuando en la caseta del Equipo Nogal nos encontramos con un mapache, que salió corriendo nada más abrir la puerta. El lobo gruñó y mostró los dientes como si se tratara de un enemigo que fuera a atacarnos.
—¿Nunca has visto un mapache? —le pregunté tranquilamente.
—Aquí no debería haber mapaches.
—¿Aquí dónde? ¿En mitad del bosque?
Georg me miró con enfado por el borde de los ojos, pero le ignoré y crucé al interior con las manos en los bolsillos de mi pantalón de chándal. Me detuve en una de las últimas literas, donde el animal había deshecho el cochón y convertido aquello en un agradable y confortable nido. No tardé mucho en encontrar la tabla podrida y rota por la que se había colado y se la mostré al lobo.
—Había bastantes mapaches donde me crie —le dije—. Y ratas.
—¿Te criaste en un vertedero? —me preguntó, todavía molesto conmigo.
—Sí. Algo así —me encogí de hombros.
Georg se me quedó mirando un momento, pero después escribió una rápida nota y salió de la cabaña lo más rápido que pudo para volver a cerrarla con llave. Terminadas las comprobaciones de los baños, de si el agua se calentaba y de si el pozo de donde la sacaban seguía siendo potable, salimos a echar un vistazo a las demás zonas libres y volvimos al… Puesto de Aventureros para cerrarlo todo de nuevo.
Tres horas y cuarto después, ya estábamos de vuelta en el todoterreno. Nos esperaba otro viaje tenso y silencioso de hora y media hasta regresar a la ciudad, una perspectiva que no me emocionaba en absoluto. Así que me saqué un cigarro y lo encendí, echando el humo al viento fresco que entraba por la ventanilla abierta. Seguramente, aquella sería la última vez que aceptaría ir con el Beta a ninguna parte. No me había terminado de fumar el cigarro cuando le oí decir en voz baja:
—Estoy muy decepcionado contigo y no creo que pueda perdonarte.
Giré el rostro hacia él y le miré un par de segundos antes de responder:
—Entonces deberías dejar de pedirme favores.
Georg apretó con más fuerza el volante y asintió lentamente un par de veces, dando por concluida aquella charla y su relación conmigo. Yo seguí fumando las últimas caladas antes de arrojar el cigarro a la oscuridad de la noche. Chasqueé la lengua y cogí una bocanada de aire.
—Sabes que yo no soy la clase de persona que va detrás de los demás, ni que se disculpan por sus errores —le dije sin apartar la mirada del paisaje frente a nosotros—. Pero sé cuando la cago y con quien, Georg. Aquella noche estaba muy enfadado y frustrado, porque una vez más había intentado ser bueno con la Manada y Gustav lo había usado en mi contra. Te grité a ti porque fuiste la única persona que se preocupó por llamarme.
Traté de alejarme de mí porque eres parte de la Manada y yo no quería nada de ella. Ya sé que es jodido, pero es así. Pero no estoy enfadado contigo ni quise hacerte daño, Georg, nunca lo he querido. —Me di un momento para sacarme otro cigarro y encenderlo, soltando el humo a un lado antes de dejar el brazo fuera de la ventanilla y golpear de forma discreta y nerviosa la chapa negra del todoterreno.
—Tú me dijiste que me comporto como un crío odioso y me gusta hacerme la víctima y humillarlos, pero solo lo hago porque me siento muy atacado. Aunque no lo creas, trato de esforzarme por entenderos, pero yo no puedo agachar la cabeza y sonreír mientras me escupen a la cara. Simplemente no puedo, Georg. Llevo meses haciendo cosas por ustedes, arriesgando mis trabajos y mi seguridad y siguen sin mirarme a los ojos cuando me hablan, siguen gruñéndome y dejándome claro que no soy bienvenido cuando voy a darle comida a Jack al almacén. Es como darse de bruces contra un puto muro y darte cuenta de que, por mucho que lo golpees, no se moverá ni un milímetro —fumé una buena calada y solté el aire lentamente, ladeando la cabeza sobre el respaldo.
—Quieren que me quede callado y les dé las gracias mientras Gustav me humilla a mí y a mi lobo delante de toda la Manada. Quieren que no me enfade cuando me tiran pan a la cara y se ríen mientras nadie hace nada por evitarlo —negué con la cabeza y puse una expresión de asco—. No, Georg. Eso no va a pasar. Si la Manada no me quiere, yo no voy a ir detrás de ustedes. Si ahora tú tampoco me quieres, simplemente olvídame. Yo haré lo mismo contigo y así podremos ser un par de desconocidos.
El lobo se quedó en silencio tras oír todo lo que tenía que decirle. Creí que se iba a quedar así el resto del camino, pero me preguntó:
—¿Puedes decirme por qué nos diste la espalda esa noche en la bolera?
—Ah… —me pasé la lengua por los dientes, dudando en si responder. Una vez más, solo lo hice porque era Georg y al menos le debía esa explicación—. Me asusté y traté de huir —murmuré, deteniéndome a fumar otra calada mientras giraba el rostro hacia la ventanilla.
—¿De qué tenías miedo?
—De todo —me encogí de hombros—. De la Manada, de que mi vida cambiara, de que me estaba metiendo en un mundo que no conocía, de querer a un estúpido lobo… —negué con la cabeza al recordarlo—. Todo fue muy precipitado, Tom iba muy rápido y yo no sabía lo que quería. Estuve a punto de huir de él e irme muy lejos… —se me escapó un bufido y una sonrisa triste me llenó los labios—. ¿Te imaginas? Yo sin Tom… y ahora no sé ni lo que haría sin ese cabrón apestoso. —Me llevé el cigarro a los labios y solté una calada al aire nocturno.
—Me arrepiento mucho de lo que pasó esa noche, porque le hice mucho daño a Tom y porque es la razón de que siga sufriendo cuando la Manada me desprecia. Me jode haberos decepcionado a ti, a Felix, a Norman o a Kai, porque fueron bastante buenos conmigo y los conozco, pero no me siento mal por la Manada, porque, sinceramente, no tengo ni puta idea de cómo es o lo que significa estar en ella. Solo he hablado con algunos de los los Machos Solteros del Luna Llena, con los lobatos y con Gustav. Y ya sabes lo mucho que odio a los lobatos y al Alfa. Linda me da más igual —reconocí mientras pensaba en ello—, creía que era un zorra, pero ahora solo me parece tonta. Jack es bastante bueno, un poco idiota cuando se pone a hablar de sus mierdas de arte, pero no se merece lo que Ria le está haciendo. ¿Sabes lo que creyó Gustav cuando me llamó para hablar de ese tema? Que yo me lo estaba inventando todo solo para joder a la Manada… Casi me jodió tanto como cuando me preguntó si le había contado a la policía algo sobre ustedes. —Me quedé un par de segundos en silencio y volví a negar lentamente con la cabeza—. Pero ya es tarde. No puedes cambiar los errores del pasado. Yo no puedo volver atrás y cambiar a mi madre. No puedo volver atrás y evitar meterme en las drogas. No puedo volver a ese momento en la bolera y decirme a mí mismo que no sea un cabrón idiota. Solo puedo seguir adelante lo mejor que pueda y aprender de todo eso.
Cogí una bocanada de aire y tiré la colilla del cigarro, consumida durante aquel monólogo que había soltado por ningún motivo aparente. Quizá había sido la brisa nocturna y el aroma de los pinos, quizá la tranquilidad y calma que nos rodeaba, la soledad de la carretera de montaña o la confianza que me inspiraba Georg; pero por un momento me había parecido agradable compartir aquello.
—Es complicado —murmuró Georg sin apartar la vista de la carretera—. Nos das regalos con una mano y nos abofeteas con la otra.
—No —negué al momento—. Les doy regalos y, cuando me desprecian, les doy una bofetada con la misma mano. No hay dos manos, Georg, ni dos Bills. Solo uno lo suficientemente bastardo para seguir intentándolo y que se frustra y se enfada cuando las cosas no avanzan.
—Perdonar lleva tiempo, te lo he dicho.
Esta vez le miré y esperé un breve silencio a que él me dedicara una rápida mirada por el borde de los ojos antes de responder:
—No me importa esperar si sé que he cometido un error y esa persona está dispuesta a perdonarme, Georg. Yo también soy un cabrón muy rencoroso, pero no creo que ese sea el caso de la Manada. Lo que creo es que la Manada solo quiere humillarme y reírse de mí mientras yo hago cosas por ella.
—El teléfono y la moto…
—El teléfono y la moto los pidió Tom —atajé—. No me los regaló la Manada.
—El teléfono de última generación con nuestros números privados y la moto de doscientos mil dólares, no los pidió Tom —me aseguró con el mismo tono serio y cortante que yo había usado—. La Manada podría haberte dado un puto Samsung de segunda mano con la pantalla rota y una motocicleta que no pasara los cincuenta por hora, pero Gustav decidió hacerte buenos regalos para que vieras que la Manada estaba agradecida.
—Oh… —murmuré, como si estuviera sorprendido—. Entonces, ¿quién está dando regalos con una mano y repartiendo golpes con la otra, Georg?
El lobo apretó el volante y tensó la mandíbula, apartando un momento el rostro como si se hubiera arrepentido de comenzar aquella conversación que, una vez más, no iba a llegar a ningún sitio. Me recosté en el asiento del copiloto, con el brazo apoyado en la ventanilla y expresión seria.
—Dile a Gustav que si quiere agradecerme lo que hago por él, que empiece por respetarme —le dije entonces—. No necesito regalos caros, necesito no sentirme un completo apestado cuando me acerco a menos de un metro de la Manada.
—Así que la Manada se tiene que adaptar a ti, y no tú a la Manada — concluyó él con el mismo tono serio de antes.
—Podemos encontrarnos a medio camino, Georg —murmuré—. No tiene que ser blanco o negro.
—¿Y crees que estás poniendo de tu parte para que eso ocurra?
Puse los ojos en blanco y cogí una bocanada de aire que solté lentamente entre los labios.
—No, Georg. Estoy aquí sabiendo que iba a comerme tres horas de viaje en un incómodo silencio y contigo enfadado porque, evidentemente, yo nunca pongo de mi parte para solucionar las cosas —le dije con la mirada perdida en el paisaje oscuro y borroso—. Yo solo me quejo, pongo excusas y me enfado.
—Siempre terminas poniéndote a la defensiva… —me acusó en voz baja.
—¿Y qué mierdas quieres que haga, Georg? —le pregunté, alzando las manos y mirándole—. Ya te he explicado por qué hice lo que hice y te he dicho lo que pienso, pero tú sigues dudando de mí y asumiendo que en algún momento voy a volver a cagarla.
—Es lo que me has demostrado hasta ahora cada vez que te he dado un voto de confianza.
Me quedé con los labios entreabiertos y, después de un momento de duda, me limité a asentir y volver a recostarme para mirar la carretera.
—¿Acaso me equivoco? —insistió, echándome una mirada por el borde de los ojos—. ¿Cuánto vas a tardar esta vez en decirme que vaya a pedirle ayuda a los demás compañeros que sí están en la Manada? ¿Cuánto voy a tener que esperar para que te dé uno de tus cambios de humor y me vuelvas a gritar cuando solo quiero ayudarte?
—Muy bien, Georg —murmuré, aceptando su pequeña venganza.
—¿O vas a esperar a que me confíe y me humille para pedirte otro favor antes de mandarme a la mierda, Bill? —continuó, elevando un poco la voz y apretando los dientes—. ¿Vas a continuar enviándome regalos con dibujos de vergas y a decirme que me relaje, porque lo que yo siento es menos importante que lo que tú sientas? —a esas alturas ya empezó a casi gritar y a mirarme con enfado.
No dije nada, solo le di un tiempo para que tomara un par de bocanadas y se calmara. Al parecer, Georg tenía mucha frustración e ira que liberar. El lobo negó con la cabeza y mostró sus dientes de anchos colmillos antes de gruñir, no hacía mí, sino hacia sí mismo.
—No sé por qué me sigo molestando contigo —murmuró.
Me saqué otro cigarro de la cajetilla y me lo puse en los labios antes de buscar mi zippo plateado y encenderlo. Solté una pequeña bocanada con los ojos entrecerrados y después fumé una más larga, soltando el humo a un lado.
—Como yo lo veo, Georg, tienes dos opciones: o me olvidas, dejas de pedirme favores y me tratas como el resto de la Manada; o me das una última oportunidad, te relajas y vuelves a llamarme cuando necesites algo.
El lobo continuó mirando la carretera en silencio hasta que negó de nuevo.
—¿Crees que te mereces una última oportunidad, Bill?
—Yo creo que sí —murmuré antes de echar una bocanada de humo por la ventanilla.
El lobo me miró por el borde de los ojos, pero no dijo nada más en todo el camino de vuelta a la ciudad. A veces le oía refunfuñar algo o le veía mover la cabeza a un lado y apretar las comisuras de los labios, como si estuviera discutiendo consigo mismo. Yo no aporté nada a todo aquello, porque ya había dicho todo lo que tenía que decir. Ahora era Georg el que tenía que elegir.
Cuando llegamos a frente a la Guarida, me quité el cinto y le dediqué una mirada seria.
—Gracias por todo, Georg —me despedí, sabiendo que aquella podría ser la última vez.
El Beta hizo un movimiento vago de cabeza y bajó la mirada al volante. Bajé del coche, cerré la puerta y me dirigí a la portal de puertas pintarrajeadas y rayadas.
—Bill —me llamó Georg.
Me detuve en mitad de la carretera y me volví para mirarle.
—Volveré mañana al campamento para empezar a llevar comida y prepararlo todo, ¿quieres que te recoja?
—Llevaré dos packs de cerveza para que el nombre de Campamento Diversión al menos tenga sentido —respondí.
A Georg se le escapó un bufido, cerró un momento los ojos y negó con la cabeza, girando el rostro para esconder una pequeña sonrisa de mí.
—Nos vemos mañana —se despidió, arrancando el motor de su todoterreno Toyota.
Miré cómo se alejaba por la carretera y sonreí con la comisura de los labios. Me había hecho a la idea de perder a Georg y me alegraba que el lobo hubiera tomado la decisión correcta.
Todavía sonriendo, llegué a casa y me encontré con Tom tirado en el sofá. El lobo levantó la cabeza y la giró hacia mí, gruñendo a forma de saludo. Me acerqué y le di una caricia en el pelo rizoso y desordenado y un beso en los labios.
—¿Qué tal Bill con Georg? —me preguntó.
—Bien. Volveremos mañana a llevar no sé qué mierdas.
—¿Tom tiene que arreglar algo?
—Un par de luces y la presión de las duchas —le expliqué, sacándome la cajetilla de tabaco, el zippo y el teléfono de lo bolsillos y dejarlos sobre la mesa de bar—. Vi las cabañas llenas de literas, ¿toda la Manada duerme allí?
—No. Allí solo duermen crías y lobatos —respondió—. Machos llevan sus propias tiendas. Tom también tiene tienda de campaña donde puede dormir Bill.
—Ahm… —murmuré, volviendo de nuevo hacia él para inclinarme, acariciarle el pecho y acercarme a sus labios para decirle—. Ahora mismo solo hay una tienda de campaña que me interesa… —y metí la mano bajo su pantalón de chándal.
Me pasé los siguientes tres días ayudando a Georg en el campamento después de llevarle la comida a Jack al almacén. Hubo una parte mala y una buena de todo aquello:
La mala era que Jack se había dado cuenta de que mi presencia allí era algo muy extraño y había tomado la decisión de no coger los tuppers que yo le traía. Me los encontraba noche tras noche apilados al lado del contenedor. ¿Cómo me sentía tirando de veinticinco a cincuenta dólares todas las noches? Bastante cabreado.
Sin embargo, yo sabía que era cuestión de tiempo. Ya habíamos pasado por esto antes y cuando el lobo viera que seguía trayendo cubos de carne con arroz y costillas y que me daba por culo si los comía o no, volvería a llevárselos. Por otro lado, los Machos del almacén ya no me gruñían a lo lejos con cara de asco, solo se quedaban mirándome muy atentos y huían de mí. Quizá Félix les hubiera contado al fin la razón de que yo estuviera allí.
La buena era que el Beta y yo empezamos a reconciliarlos. Como le había prometido, llevaba cervezas y nos las bebíamos mientras preparábamos el campamento para la visita de la Manada. Por supuesto, Georg no cambió del día a la mañana; el segundo viaje en coche también fue algo silencioso, al lobo seguía costándole un poco mirarme a los ojos y respondía cosas cortas y vagas a todos mis intentos de iniciar una conversación, pero al menos se notaba que estaba haciendo el esfuerzo de tratar de seguir adelante, así que yo le daría el tiempo que pudiera necesitar para ello. Aquella noche le ayudé a llevar algo de comida imperecedera como latas, bidones de agua y leche en polvo.
—La Manada traerá el resto cuando venga —murmuró mientras revisaba las etiquetas de las latas para dejarlas ordenadas en los estantes.
A veces hacía aquello, soltaba comentarios al aire y me explicaba cosas que yo no le había preguntado. Yo asentía y respondía alguna tontería o no, como cuando me dijo:
—Esta es la cabaña de los lobatos, pero no puedes quemarla.
—Entonces, ¿quieres que traiga más papel y toallas para cuando hagan sus sesiones masturbatorias? —murmuré, terminando de asegurarme de que una de las literas era estable. Me subía, daba un par de saltos y, si no se rompía, estaba bien
El lobo siguió arrastrando uno de los colchones rotos y deshechos hacia la puerta, pero lo hizo con una leve sonrisa en los labios.
—Los lobatos solo hacen cosas de lobatos —respondió a lo lejos—. ¿Tú nunca te tocabas de adolescente?
—Sí, pero no junto con mis hermanos.
Georg bufó y tiró el colchón afuera con el resto que no servían, deteniéndose para coger el portafolios colgado en un clavo de la pared, anotar que había que sustituirlo y volver al trabajo.
—Ser lobato es un momento jodido, Bill —me explicó—. Estás caliente todo el día, te crees todo un Macho, pero aún te está creciendo el pelo en los huevos. No puedes culparles por hacer tonterías, ser estúpidos y… pelársela como monos. Todos pasamos por eso.
—No les culpo por eso, les culpo por ser una panda de críos bastardos que se creen con derecho a hacerme enojar y a buscarme problemas.
—Siguen siendo de la Manada —dijo en un tono bajo de advertencia.
Bajé de la última litera y apoyé el hombro en uno de los postes de madera, cruzándome de brazos y mirando al lobo con una expresión de párpados caídos.
—¿Y no les van a dar problemas al tenerlos por aquí?
—El Alfa los mantendrá controlados —respondió mientras echaba un vistazo a un colchón de la cama superior. Tras un breve silencio, añadió—: Gustav siempre se preocupa por la Manada, incluso cuando se supone que tendría que estar descansando como el resto de Machos.
Puse los ojos en blanco y negué con la cabeza, incapaz de sentir pena por el Alfa. Al final de aquella noche, cuando volvimos en coche, Georg arrancó el todoterreno y me preguntó:
—¿Y qué es eso de que te criaste en un vertedero?
Yo ya tenía un cigarro en los labios y me lo estaba encendiendo con el zippo. Solté el humo por la ventanilla y me encogí de hombros.
—Mi madre era una camarera en una cafetería de carretera, ganaba poco y se gastaba la mayoría en alcohol, así que vivíamos en una mierda de patio de caravanas. Nuestros vecinos no estaban mucho mejor que nosotros y a algunos se les daba por acumular basura y ponerla en montones. Eso atraía a las ratas y los mapaches y demás alimañas —le expliqué sin más. Georg frunció el ceño, pero siguió mirando a la carretera.
—No suena a que fuera un lugar muy feliz… —murmuró en voz baja.
—No lo fue —le aseguré.
No fue la única pregunta privada que me hizo esos días. Yo no era de los que contaban su vida sin más, pero Georg tenía cuidado y, siendo esa clase de persona que inspiraba confianza, consiguió sacarme algunos trapos sucios que no esperaba compartir con él. Nada que no le hubiera contado ya a Tom, pero más de lo que le contaría a ningún otro lobo.
—No hagas eso —le advertí mientras bebíamos cerveza y cortábamos leña a un lado del campamento para ponerla en la reserva—. No soporto que la gente tenga pena de mí.
Georg dejó de mirarme con esa expresión apenada y triste que me dedicó al oír la historia de mi madre. Asintió y continuó cortando los leños. Como me sentí incómodo de pronto, quise cambiar de tema a uno más liviano y sin importancia:
—¿Sabes que me dijo Jack? Que no me hubiera cogido si me llega a encontrar una noche en el Luna Llena. ¿Tú qué piensas?
Georg frunció el ceño y sacudió la cabeza.
—¿Y eso qué más da? Ya tienes a Tom. No debería interesarte lo que hubieras hecho con otros Machos.
—Me interesa —le aseguré con una voz más grave antes de bajar el hacha con bastante fuerza para partir un leño.
—¿No tienes el ego ya demasiado grande, Bill?
—Sabes que no.
El Beta soltó un bufido y negó con la cabeza, llevándose el antebrazo a la frente sudada para limpiársela. Se apoyó el hacha en su enorme hombro y apoyó la mano en la cadera de cintura baja, por donde se podía ver el final de su increíble uve y el reguero de pelo pelirrojo que se hundía hacia su entrepierna.
—Sí, Bill, te hubiera cogido —reconoció al fin con un tono desinteresado, para que no me lo tomara demasiado en serio.
—Pero, ¿mucho? —sonreí de forma malvada, apoyando la cabeza del hacha en el tocón y mirando al lobo.
El Beta no dijo nada en un par de segundos, hasta que apretó la comisura de los labios rodeados de una espesa barba y miró a un lado.
—Sí… te habría hecho mi humano —concluyó a su pesar—. ¿Ya estás contento? —preguntó.
Me reí y asentí, agachándome para buscar otro de los leños que cortar.
—¿Y tú?, ¿hubieras venido a mi mesa del Luna Llena? —quiso saber entonces.
Me detuve y le miré. Georg se había quitado la camisa y se había quedado solo con uno de sus pantalones de baloncesto que no dejaban nada a la imaginación. Su cuerpo grande, musculoso y sudado resplandecía y su Olor a macho inundaba el pequeño claro. Georg parecía salido de un puto sueño erótico, de esos de los que te despiertas con el corazón latiendo a mil y la entrepierna empapada. Sin embargo, por muy atractivo que fuera y lo sexy que me pareciera Georg, no era Tom. No apestaba a Tom.
Sí, eso es algo que pasa. La gente se cree que al estar rodeado de hombres perfectos e hiper sexuales, vas a caer en la tentación de querer tener sexo con varios de ellos; pero los compañeros no somos loberos. Cuando tienes a un lobo, por estúpido que pueda parecer, no quieres a otro. Yo no hubiera cambiado a mi Tom por nadie. Ni siquiera por Georg.
—Si la de Félix i hubiera estado demasiado llena, sí, habría ido directo a la tuya —respondí.
—¿Félix? —se sorprendió, abriendo un poco más los ojos marrones—.
¿Por qué cojones irías primero a ver a Félix? ¡Yo soy el Primer Beta de la Manada! —exclamó con la mano en el pecho.
Me limité a reírme y dejarlo pasar. En ese momento creí que la reacción de Georg había sido una especie de broma, porque todavía no sabía nada de la Mentalidad de Macho ni de ese mundo paralelo en el que ellos veían donde el rango era incluso más importante que el atractivo físico.
Al final, terminé pasándomelo bastante bien en el Campamento Diversión. Aquellas noches con Georg fueron una especie de vacaciones y también una terapia; para él y para mí. Charlábamos, bebíamos, arreglábamos el campamento y nos volvíamos a la ciudad cuando casi había salido el sol por el horizonte. Sentí una punzada de pena cuando el lobo me dijo que, a partir del miércoles, tendría que llevarse a un par de Machos para limpiarlo todo y hacer los últimos preparativos antes del fin de semana. Me limité a asentir y decirle: «Llámame cuando lo necesites», a forma de despedida. «Lo haré, Bill», me prometió él con una media sonrisa en los labios.
A partir de entonces, la planificación del Campamento Diversión se convirtió en algo nuestro, como muchas otras cosas. Nadie en la Manada se atrevió a interponerse en eso, ni siquiera Gustav. Y es que, como ya dije, los lobos son muy intensos en sus relaciones. Se las toman muy a pecho y por eso estar en la Manada era a veces como vivir una puta telenovela. Ellos nunca lo van a reconocer, pero son unos putos dramáticos; y para que yo diga eso, imaginen lo grave que tiene que ser.
Continúa…
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