

Fic Toll de TollWriter
46: Ria: LA TRAIDORA
Al terminar mi turno, Jack me llevó a casa en su todoterreno gris metalizado. No se despidió de mí, ni siquiera me miró, dando su trabajo por finalizado y a la espera de que me bajara del auto y desapareciera de su vista. No tenía que decírmelo dos veces. Cerré la puerta de un golpe seco y subí a casa donde Tom ya me estaba esperando sentado en el sofá. Nada más oír las llaves en la puerta, se levantó y me miró fijamente con sus ojos amarillentos de bordes anaranjados.
—Comió las pizzas —anuncié sin entusiasmo alguno mientras tiraba las llaves sobre el taburete verde y me iba a por algo frío que beber—. Gustav me debe sesenta dólares.
Tom lo celebró con un gruñido agudo de felicidad y una sonrisa antes de seguirme hasta la cocina. Se pegó a mi espalda y me frotó el pelo con su rostro, pero yo chasqueé la lengua y traté de apartarle de un codazo mientras abría la nevera.
—Tom llamará a Alfa —me dijo, levantando una mano para pedirme el teléfono.
Se lo entregué junto con otro sonido de queja y me incliné para ver las numerosas latas de refrescos. Me decidí por una bebida energética de marca blanca que nunca había probado.
—Aquí Tom —dijo el lobo tras marcar rápidamente el número del Alfa—. Sí. Bill consiguió que comiera cuatro pizzas grandes —me miró con el pecho henchido y la cabeza bien alta. Yo puse los ojos en blanco y negué antes de darle un sorbo a la lata—. Sí. Emh… ahora Bill está… bebiendo —perdió su expresión orgullosa y la sustituyó por una mueca de preocupación y cierto miedo.
Alargué la mano cuando oí aquel triste intento de Tom por evitar que pasarme el teléfono y tener que hablar con el Alfa.
—Gustav —murmuré en mi tono sin vida, buscando un cigarro en la cajetilla y mi zippo.
—Oh, ¿ya has terminado de beber, Bill?
—Ya se lo he dicho a Georg, pero te lo diré a ti también —dije, ignorando por completo su comentario—. Ria ha dejado de dar de comer a Jack porque quiere que se vaya de su vida. Airea la Guarida y lava la ropa para librarse de su Olor a Macho. Cree que eso va a funcionar, pero ella no sabe que es demasiado tarde, y cuando se dé cuenta de que el lobo no se irá ni aunque le escupa a la cara y le eche a patadas, simplemente huirá de la ciudad. Alimentar a Jack a escondidas no va a resolver nada, porque Ria es el problema.
El Alfa se quedó en silencio tras terminar de oí mi discurso, lo que me dio tiempo a prender la llama del zippo y encenderme el cigarro.
—Esa es una acusación muy grave contra un compañero de la Manada, Bill… —dijo Gustav con un tono grave y profundo, casi como una advertencia—. ¿Tienes pruebas?
—No, pero tengo un recibo de sesenta dólares de una pizzería, porque esta noche he tenido que dar de comer a un lobo hambriento que tiene compañera —respondí, perdiendo por un momento mi tono indiferente y muerto. Cerré los ojos por aquel error y me rasqué la ceja con la misma mano con la que sostenía el cigarro—. No necesito que me creas, Gustav. Solo te digo lo que sé —concluí.
Iba a dar mi acto benéfico por concluido, despedirme educadamente y colgar para volver a mi exilio, pero el Alfa dijo:
—Ven a verme mañana al despacho, Bill —y antes de que pudiera negarme con una excusa, añadió—: Este tema es muy importante para mí y me gustaría que pudiéramos hablar tranquilamente tú y yo. No me importa madrugar un poco y reunirnos antes si tienes trabajo que hacer.
Fumé una calada con la mirada perdida en los ventanales con las repisas inundadas de macetas y plantas, después miré a Tom, que esperaba muy atento e impaciente al resultado de aquella conversación. Era mala idea. Era una terrible idea y solo me daría problemas. Solté el humo lentamente y respondí:
—Iré a verte a las seis para… hablar tranquilamente. Pasa buena noche, Gustav —y colgué.
Incluso antes de dejar el teléfono sobre la barra del bar de la cocina, supe que había cometido un error. Quizá había sido lo que me había dicho Georg, quizá había sido ver a Tom ilusionado con la idea de que el Alfa me hablara, quizá había sido estar con Jack toda la noche y verle dormitando a escondidas con cara triste y la cabeza gacha. Algo de todo aquello me había hecho tomar la decisión de tener una tregua con la Manada y ayudarle con este tema. Solo con este tema.
Sin decir nada, apagué el cigarro en el fregadero y me llevé a Tom directo a la cama. Mi lobo me iba a coger muy duro y a hacerme muy feliz, porque me lo merecía y porque necesitaba olvidarme de esa sensación de debilidad y rabia que me había atenazado las entrañas al pensar que, una vez más, la Manada estaba haciendo lo que quería conmigo sin darme nada a cambio. Al despertarme, hice lo mismo, pero esta vez porque necesitaba su semen repleto de Valium y sedantes de caballo para poder afrontar la reunión que me esperaba. Por suerte, mi lobo era un puto soldado, siempre preparado para la guerra y cumpliendo con su misión hasta la extenuación.
Le dejé en la cama tras la inflamación, completamente empapado en sudor, jadeando e hinchando su abultado pecho peludo con cada bocanada. Parecía todo un gladiador tras luchar contra los leones en la arena; y, en cierto sentido, lo era. Después de todo, tenía a una fiera rubia y rabiosa que domar.
Por mi parte, me di una ducha fría para limpiarme y salí flotando de vuelta a la habitación para vestirme. Preparé un café con hielo que me supo a gloria, me fumé un cigarro y le dejé el vaso de leche fría en la mesilla antes de darle un beso en los labios y dirigirme a la salida. Tomé un bus al centro, me detuve en la parada del parque y a las seis y diez estuve en la puerta del edificio de oficinas al lado del Refugio de la Manada.
Era demasiado temprano para los lobos, que a esa hora todavía seguirían durmiendo, así que no había nadie que vigilara la entrada. Pasé igualmente y atravesé el pasillo en dirección al ruidoso ascensor que me llevó hasta la última planta. Tampoco había luces encendidas, pero entraba la luz pálida del sol entre las nubes, arrojando una claridad algo mortecina al pasillo que llevaba a la puerta del despacho. Como estaba cerrada, me di un momento para mover la cabeza de lado a lado hasta hacer crujir el cuello, tomé una respiración y cerré los ojos. Cuando estuve preparado, llamé con los nudillos y esperé a escuchar alguna respuesta.
—Adelante.
Abrí la puerta y me encontré a Gustav sentado tras su escritorio blanco. Estaba inclinado hacia delante, con los codos apoyados sobre la mesa y los dedos entrelazados a la altura de su mentón. Me miraba fijamente con sus ojos lobunos, creando un momento de tensión fría y silenciosa. Con mi mejor cara de indiferencia y párpados caídos, entré y cerré la puerta a mis espaldas. El despacho apestaba al Olor de Macho del Alfa, fuerte, desagradable y penetrante. Seguía sin entender cómo era posible que Linda soportara aquello y, aun por encima, le gustara. Sin decir nada, me acerqué y me senté en una de las dos sillas frente a él.
—Sinceramente —dijo el Alfa tras aquel tenso silencio—, llegué a pensar que ni siquiera te presentarías, Bill. Es la típica falta de respeto inmadura que me espero siempre de ti.
Asentí lentamente, recostado contra el asiento en una postura despreocupada y poco elegante, contrastando mucho con la posición erguida y seria del Alfa.
—He venido porque Tom está preocupado por Jack —murmuré con el tono indiferente y sin vida con el que le hablaba a Gustav—. Como vuelvas a soltar otro de tus comentarios de mierda. Me iré. Como te pongas a dudar de todo lo que te digo y me toques los cojones. Me iré. Como me hayas hecho venir aquí solo para amenazarme, insultarme y reírte en mi puta cara. No volverás a verme nunca más.
Gustav escuchó mis palabras, inclinando lentamente la cabeza para mirarme por el borde superior de los ojos y parecer más peligroso. Cuando terminé, gruñó de un forma grave y profunda que reverberó en su amplio pecho apenas contenido por su camisa blanca.
—Recuerda que soy el Alfa —me dijo con tono firme y repleto de advertencias—. Ten cuidado con lo que dices y, si respondes a mis preguntas como un adulto y no como un niño bastardo, tendremos una conversación tranquila. ¿Qué te parece?
Tardé un par de segundos en responder:
—Maravilloso.
—Bien. —Gustav recostó la espalda en el sillón de cuero y dejó sus manos entrelazadas sobre la mesa blanca, haciendo chocar la yema de sus pulgares intermitentemente mientras me miraba. Quizá estuviera dudando de si cumpliría mi parte del trato, pero yo era un hombre de palabra—. Ayer me dijiste que Ria quiere… deshacerse de Jack. ¿Por qué crees eso?
—Ya te dije por qué lo creo —respondí—. He estado hablando con Jack y estoy bastante seguro de que ella no se estaba tomando en serio su relación con el lobo. A veces pasa —me encogí de hombros—, el sexo es demasiado bueno y crees que es divertido, hasta que las cosas se ponen serias y entonces deja de serlo.
—El sexo sigue siendo muy bueno con un compañero, incluso mejor, ya que es más abundante e intimo. ¿Por qué iba a dejar de ser divertido?
Por supuesto, el Alfa tampoco entendía a lo que me refería con aquello. Para ellos, estar con un Macho era lo mejor de lo mejor.
—No se trata del sexo, Gustav, se trata de todo lo que tienes que dejar atrás. Entrar a formar parte de la Manada y tener un lobo no es tan maravilloso como ustedes creen.
Gustav gruñó y acentuó su expresión seria.
—Dejemos a la Manada fuera de esto —me advirtió.
Levanté las manos en un gesto de «como quieras» y volví a dejarlas caer sobre el reposabrazos. El Alfa aspiró aire por la nariz hasta hinchar su pecho y lo soltó antes de continuar:
—Acusar a una compañera de no cuidar a su Macho es algo muy serio, Bill, más para alguien que ni siquiera es de la Manada. Te estoy dando la oportunidad de explicarte, si te equivocas, habrá consecuencias.
Me levanté de la silla y me giré hacia la puerta para irme.
—Es una advertencia, Bill —se apresuró a decir—. No una amenaza.
Me detuve y miré hacia la salida. Cerré un momento los ojos y apreté el puño, deseando poder fumarme un cigarro allí mismo.
—Yo soy el responsable de los míos —continuó—. Es mi obligación velar por ellos y protegerlos. Eso también significa impartir justicia. Tú no eres uno de los nuestros y Tom no podrá interceder por ti. ¿Estás seguro de lo que dices sobre Ria?
Me volví hacia el Alfa con la misma expresión indiferente con la que había entrado, enfrentándome sin parpadear a su mirada de ojos fijos y serios.
—Fuiste tú el que quiso hablar conmigo, Gustav —le recordé—. No he venido aquí porque esté aburrido y me haya parecido gracioso echar mierda de una de las compañeras. Sé que tú te crees que soy esa clase de persona, pero te equivocas.
—¿Y qué clase de persona eres, Bill? —me preguntó—. Porque lo único que me has demostrado es que no me equivoco contigo y que sí serías capaz de algo así. Ria, por el contrario, ha sido muy buena con la Manada todo el tiempo que ha estado con nosotros.
Ese fue el momento en el que sonreí. Asentí varias veces y cogí el teléfono de mi bolsillo. Desbloqueé la pantalla y se la mostré a Gustav.
—Esta es la página web de Ria, con fotos de sus obras de mierda y un número de contacto —le dije, bajando un poco para enseñárselo.
Después pulsé el número de teléfono y coloqué el teléfono entre nosotros, sobre la mesa, y activé el manos libres. Al cuarto tono, una voz algo aguda respondió:
—Hola, soy Ria Sommerfield. ¿En qué puedo ayudarle?
—Buenas tardes, Ria. Soy Paul Wilson, de la Fundación de Artistas Gráficos y Pintores de Nueva York —le dije con mi mejor acento neoyorkino—. Estamos buscando a alumnos prometedores y nuevos talentos que hayan estudiado en la ciudad, los que más hayan destacado tras los estudios, como tú. Vamos a crear un curso especial para darles a conocer, nacional e internacionalmente. Nos preguntábamos si querrías participar.
Se oyó el ruido del trafico al fondo y un simple «ahm…». Gustav me miraba fijamente con el ceño fruncido y cara de pocos amigos, pero yo no dudé en mantener la mirada.
—¿Es una broma? —terminó por preguntar Ria—. Si es un timo. No tengo dinero, la verdad.
—No —negué—. Tranquila, no eres la primera que me lo pregunta. Las clases son gratuitas. Puedes mirarlo como una beca artística, estamos subvencionados y no te costará nada, a excepción del alojamiento y la comida, por supuesto. Como ya te he dicho, nuestro objetivo es darle una oportunidad a nuevos talentos que, esperamos, se conviertan en la nueva ola artística de la Costa Este. Hemos incluido a un grupo heterogéneo de diversos ámbitos: escultura, pintura, ilustración…, una mezcla de perspectivas e ideas que creo que resultara en algo emocionante. ¿Qué me dices?
—Emh… yo… —tartamudeó ella, empezando a tomarse aquello en serio—. Vaya. ¿Esto es en serio? —insistió.
—Hablo totalmente en serio, Ria. Puedes llamar al ayuntamiento y preguntar por mí o por nuestro proyecto tras la llamada si quieres comprobarlo, pero te recomiendo que lo hagas rápido porque yo tengo una lista de nombres y no voy a esperar demasiado. Sin embargo, he de advertirte de que es un curso inmersivo. Dos o tres meses con viajes al extranjero y nacionales: San Francisco, Los Ángeles, Florencia, París… ya sabes a lo que me refiero. Así que si tienes algún proyecto en marcha o a alguna persona a tu cargo o que te necesite, te pediría que me lo dijeras.
—No. No —se apresuró a decir ella—. No tengo nada. Bueno, un mural en una cafetería, pero nada que no pueda cancelar, quiero decir.
Gustav bajó entonces la mirada al teléfono y tensó la mandíbula, empezando a respirar más lento y pausado y a gruñir. Agité la mano para llamar su atención y le pedí silencio.
—¿Estás segura, Ria? Serán un par de meses sin poder volver a casa. Insisto porque las plazas son limitadas y no nos gustaría dejar a alguien fuera por una cancelación de última hora.
—Sí. No habrá ningún problema —afirmó ella. Se notaba la emoción en su voz y que le costaba respirar. Puede que le estuviera dando un ataque en mitad de la calle y se estuviera llevando la mano a la cabeza y creyéndose la mujer más afortunada del mundo—. No tengo hijos ni nada.
—Perfecto —lo celebré—. Entonces, ¿te inscribo?
—Claro.
—Maravilloso. Te mandamos un PDF por correo, lo complementas con la información necesaria y lo presentas en el ayuntamiento de Nueva York. Después te pasas por nuestras oficinas con una copia y yo mismo te explicaré todo en mayor profundidad.
—Claro. Gracias —entonces se rio—. Joder, qué afortunada… —se dio cuenta de que aquello había sonado poco profesional y se corrigió—: Perdón, es que estoy súper emocionada.
—No te preocupes. Yo también estoy súper emocionado —sonreí—. Nos vemos, Ria.
Y colgué. En el despacho del Alfa se hizo el silencio. Gustav miraba el teléfono como si estuviera planeando cien formas de asesinar a alguien. Cuando lo recogí para volver a guardarlo en mi bolsillo, me miró a los ojos.
Tranquilamente, me levanté del asiento y le dije:
—Ahora le vas a pedir perdón a Tom por las veces que le has dicho que Ria era mejor compañera que yo y le has hecho sentir como una puta mierda.
Me di la vuelta y fui hacia la salida, sacándome un cigarro de la cajetilla y dejándolo en mis labios. Abrí la puerta y lo encendí con el zippo, echando el humo al exterior. Embriagado por la sensación de victoria, quise dejar algo claro.
—Me comporto como un bastardo insoportable porque son crueles conmigo, Gustav, porque se ríen de mí y hacen sufrir a Tom. Lo único que me has demostrado tú y la Manada, es que no merece la pena hacer nada por ustedes. —Crucé el umbral, puse una mano en el pomo y eché una última mirada al Alfa—. No vuelvas a llamarme en tu puta vida —y cerré la puerta.
Bajé por las escaleras, fumando y con la cabeza bien alta. Pasé por delante del Refugio sin apartar la mirada del frente y no me detuve hasta llegar a la parada de autobuses.
Llegué a tiempo a casa para darme una ducha, comer con mi lobo, dormir una pequeña siesta y echar otro polvo rápido antes de entrar a trabajar. No hubo llamadas aquella noche, ni visitas imprevistas, ni lobos a los que alimentar. Al terminar mi turno, me quité el mono y salí bostezando del edificio para encontrarme con un Jeep negro que me esperaba al otro lado de la carretera.
—¿Tenías un trabajo cerca de aquí, fiera? —le pregunté, subiendo al todoterreno lleno de ese fuerte y delicioso olor a Tom.
El lobo me miró y esperó a que me acercara lo suficiente para frotarme el rostro contra el suyo y ronronear antes de responder:
—Sí. Tom tenía trabajo con Kai cerca de aquí —señaló con la cabeza al asiento de atrás y giré el rostro, viendo una sombra rubia, musculosa y atractiva sumergida en la penumbra. No le había visto desde fuera y no le había olido porque el Jeep solo olía a mi lobo.
—Ah, hola, Kai —le saludé, apartando la mano que ya tenía en la entrepierna de Tom, creyendo que quizá podríamos darnos un revolcón en el auto antes de ir a casa.
—Hola, Bill —respondió, añadiendo con una ligera sonrisa—. Siento haberte jodido los planes.
—No pasa nada —murmuré, recostándome en el asiento y poniendo los pies en el salpicadero—. He esperado toda la noche para poder comerle la verga a Tom, puedo esperar un poco más.
Mi lobo soltó un gruñido gorgoteante, mezcla de placer y expectación, antes de arrancar el auto. Kai, por el contrario, profirió un bufido y giró el rostro hacia uno de los cristales ahumados.
—Ni te imaginas lo insoportable que es trabajar ahora con él —me dijo—. No para de pasarnos por la cara toda la comida que le das en esos cubos que llamas tuppers y aun por encima siempre aparece tarde y apestando a sexo. «Bill necesitaba a su Macho» —imitó la voz más grave de Tom, que hizo parecer perturbadoramente parecida a la del Monstruo de las Galletas.
Tom se rio, llenando el auto de una carcajada grave y tonta mientras asentía repetidas veces.
—Lo normal en un Macho con compañero, supongo —me encogí de hombros, mirando la suave lluvia que caía sobre el cristal del Jeep, brillando con los colores de las farolas, los carteles y los semáforos junto a los que pasábamos.
—No, Bill. Solo tú tratas a tu Macho como a un puto cerdo —murmuró Kai desde la parte trasera.
Arqueé las cejas, pero una fina sonrisa se coló en mis labios. No podía decir que no estuviera orgulloso de ello.
—Tom se merece toda la comida que Bill le da —le aseguró, dedicándole una rápida mirada por el retrovisor. Entonces giró el rostro hacia mí y añadió—: Bill necesita mucho a su Macho y Tom tiene que recuperar energías.
Respondí a su mirada y, tras un par de segundos, sonreí y le acaricié el enorme bíceps.
—Eso es cierto —afirmé.
Kai soltó otro resoplido y dejó caer la cabeza sobre el respaldo, cruzándose de brazos.
—Pero qué asco dan… —murmuró en voz baja.
Tom perdió la sonrisa y le gruñó a forma de advertencia, pero algo corto, para que supiera que no iba a permitir que nos insultara; aunque hubiera sido un comentario amistoso y sin importancia. Cinco minutos después, nos detuvimos frente al Refugio de la Manada.
—Nos vemos mañana, Tom. Hasta luego, Bill —se despidió Kai, antes de salir del auto.
Hice un gesto vago con la mano y Tom gruñó a modo de despedida.
—Qué raro que hablara tanto conmigo —murmuré cuando desapareció por la gran entrada del hotel lobuno.
—Alfa habló hoy con Tom —me contó el lobo en un tono repentinamente serio que no me esperaba—. Dijo que Ria era mala compañera y que Bill había ayudado a Manada. —Me miró y asintió—. Bien.
—Ahm… —murmuré—. ¿Te dijo algo más?
—Sí. Pidió perdón a Tom por comparar a Bill con Ria. Alfa dijo que había sido injusto y prometió recompensar a Tom.
Fui a por un cigarro y me lo puse en los labios, abriendo la ventanilla del Jeep antes de encenderlo y soltar una calada al aire húmedo de la noche. Saqué la mano por fuera para que el humo no entrara y seguí mirando al frente. Al parecer, Gustav a veces sabía escuchar y ser razonable.
—¿Le has dicho que me debe sesenta dólares? —le pregunté. Tom gruñó por lo bajo.
—Bill no debe pedir dinero a Manada—me recordó—. Compañeros no hacen eso.
—A los compañeros les pagan una manutención, Tom. A mí no — respondí, girando el rostro hacia la ventanilla para fumar otra calada.
—Bill compañero de Tom —insistió.
Puse los ojos en blanco, pero él no pudo verlo.
Dejé el tema pasar y puse música para aligerar el ambiente y disfrutar de la brisa suave y templada que entraba y me acariciaba el rostro. Movía un pie sobre el salpicadero y la cabeza al ritmo, seguido por las rápidas miradas del lobo; quien parecía más interesado en ver lo que yo hacía que en la carretera.
—Bill dijo que estaba esperando para poder comer la verga de Tom… —le oí decir en voz baja.
Miré como el lobo se recostaba en el asiento y movía la cadera para hacer la erección de su pantalón de chándal negro todavía más evidente de lo que ya era. Apreté los dientes y ahogué un gruñido de necesidad.
—Ya sabes que no mientras conduces —le recordé—. No quiero morir en un accidente de tráfico con tu verga metida hasta la tráquea..
Tom gruñó con enfado y apretó los puños alrededor del volante.
—Fue solo una vez…
—He dicho que no —concluí.
El lobo refunfuñó todo el camino hasta casa, mientras abría la puerta pintarrajeada y rayada del portal, mientras subíamos las escaleras e incluso al llegar al apartamento. Me acompañó a la habitación y se quedó de brazos cruzados y expresión seria. Sin decir nada, tiré de él hasta ponerle frente a mí y me senté en el borde de la cama, con su entrepierna a la altura del rostro.
El muy tonto de Tom siguió molesto y enfadado, mirándome por el borde inferior de los ojos con esa cara de mafioso peligroso que tanto me ponía. Todo se terminó cuando le bajé el chándal y le lamí los densos hilos de líquido seminal que le empapaban el glande, casi goteando hasta el suelo. Entonces el lobo gruñó con placer, echó la cabeza atrás y sonrió.
Al día siguiente me desperté como cada tarde, con tantas ganas de Tom que parecía que no me hubiera dormido con el Macho encima y su verga hinchada dentro de mí tras cuatro buenas corridas de lobo.
—¿Crees que tenemos sexo más que la media de Machos? —le pregunté en un murmullo, porque me había dado por pensar aquello mientras tenía el rostro hundido a la altura de su cuello y le acariciaba el pelo rizoso.
Tom tardó un momento en responder, interrumpiendo su continuo ronroneo y ya casi dormido. La luz grisácea de un día nublado se colaba por los borde de las cortinas, iluminando apenas la penumbra de la habitación. La inflamación se había terminado hacia rato, pero yo no me había movido de encima de él mientras el sudor de nuestros cuerpos se evaporaba lentamente. Era domingo, no tenía que trabajar y quise pasar un poco más de tiempo con mi lobo en la cama.
—A Tom le gusta así —le oí decir en voz baja y vaga antes de rodearme más con sus grandes brazos y darme un leve apretón contra él.
Murmuré algo, nada demasiado comprensible, y besé el cuello ancho del lobo con unos labios húmedos. Sabía que Tom y yo cogimos bastante, «bastante» en términos humanos, pero no sabía que también «bastante» en términos lobunos, lo que debía ser… MUCHO. Pero a Bill también le gustaba así.
Nos quedamos dormidos y volví a despertarme en algún momento del atardecer. Como aún tenía que ir a buscar la comida, desperté también al lobo frotando mi rostro contra el suyo y sintiendo el picor de nuestras barbas al rozarse. Tom abrió lentamente los ojos y ronroneó, devolviéndome las caricias y sonriendo. Cuando le dije que se vistiera para ir a desayunar, asintió, se levantó y fue rascándose el culo camino al baño para echar una ruidosa meada en el váter.
Volvió para encontrarme ya preparado, sentado en el borde de la cama mientras me ataba los cordones de las zapatillas. Se puso un pantalón de chándal gris sin nada debajo, una camiseta negra de cuello abierto para enseñar la cadena plateada y se colocó las zapatillas; esas que nunca desataba por pura pereza. Fui hacia el armario y saqué su chaqueta de motero para tirársela antes de ponerme la mía; esas que nos había comprado cuando tenía dinero.
—Hace un poco de frío —anuncié, abriendo la puerta corredera de papel de arroz.
El lobo me siguió de cerca hasta el portal, donde, en vez de seguirme por la calle, se detuvo y tiró de mi muñeca. Me giré con el ceño fruncido y le miré. El lobo tenía una suave sonrisa en los labios y señaló hacia el Jeep.
—No hace falta ir en auto, Tom. Además, aparcar por esa zona es una mierda —le recordé.
El lobo no me escuchó, insistió en tirar de mi muñeca y llevarme al Jeep. Pero no fue a abrir la puerta, sino que me llevó hacia la parte de atrás donde había aparcada una pedazo de moto Honda deportiva. Muy cara para aquel barrio de mierda, así que alguien la habría robado y la habría dejado allí para que todos la vieran.
—Para Bill —anunció el lobo entonces, sonriendo más.
Miré a Tom, después la moto negra y después de nuevo a Tom, buscando alguna explicación.
—Alfa dijo a Tom que le compensaría, y Tom pidió moto buena para Bill.
Aquella fue la primera y, casi diría, única vez que el lobo vio auténtica sorpresa en mi rostro. Yo no era un hombre acostumbrado a recibir regalos a no ser que alguien quisiera algo de mí. Muchos hombres me habían regalado muchas cosas: me las daban porque así se creían que les iba a querer, me hacían regalos con la esperanza de que no me fuera de su lado, pero solo trataban de comprar mi amor y mi tiempo. Tom ya tenía ambas cosas de mí, así que aquel regalo debía ser solo por puro cariño.
Asentí varias veces, me acerqué a la preciosa moto deportiva y acaricié el negro metalizado. Solo se me ocurrió mirar de vuelta al lobo, asentir profundamente como él hacía y decir:
—Bien.
Continúa…
Gracias por la visita. No te vayas sin comentar 😉
Bien!! 😁 por fin una pequeña victoria para Bill y Tom 💪💪💪💪