Fic Toll de TollWriter

45: El exilio: Pero siendo bueno

El viernes en el desayuno, revisé el correo para comprobar que seguía sin mensaje alguno. A esas alturas estaba seguro de que la clase estaría vacía y que mis intentos de hacerme un hueco en el mundo de los charlatanes y timadores no iba a tener éxito. Chasqueé la lengua y metí el teléfono en el bolsillo del pantalón corto antes de coger mi enorme taza de café frío. Tom me miraba desde el otro lado de la mesa de la cafetería, con su vaso de leche vacío en frente y sus ojos amarillentos de largas pestañas negras.

—El bigote, fiera —le dije, refiriéndome al hecho de que se lo había manchado y ahora tenía una sombra blanca sobre el labio.

Tom se lo lamió como un niño pequeño y después se pasó la mano para secarse. Asentí en señal de aprobación y le recompensé con una caricia de mi pierna contra la suya bajo la mesa, a lo que el lobo ronroneó por lo bajo, de forma casi inaudible. 

A los Machos no les gustaba hacer aquello en público, a no ser que ese público fuera la Manada. No era algo que hubiera leído, eso lo aprendí por pura observación. Los lobos reservaban los ronroneos y muestras de afecto para la privacidad, allí donde no les importaba parecer vulnerables. El resto de ocasiones, siempre mantenían aquella fachada de hombres serios, grandes e intimidantes; algo con lo que, sinceramente, podía identificarme con ellos.

Un comentario por lo bajo interrumpió mis pensamientos. Giré el rostro para mirar al hombre que nos observaba desde un par de mesas de distancia y que había dicho: «No puedo creer que les dejen entrar aquí. Qué puto asco». Terminé mi café y me levanté de la mesa, haciéndole una señal a Tom para que hiciera lo mismo. Antes de dirigirnos a pagar, me acerqué a aquel hombre mayor que estaba tomando un café de media tarde con la frígida de su mujer. Ambos nos miraron y empezaron a tener miedo, algo que solía pasar cuando un lobo enorme y con cara de muy mala hostia se acercaba; entonces ya no eran tan valientes.

—¿Tienes algún puto problema con que venga a desayunar con mi lobo? —le pregunté.

El hombre nos miró a ambos y cerró sus labios finos y viperinos, terminando por tragarse sus palabras y negar con la cabeza. Su mujer parecía estar a punto de sufrir un infarto, mirando alrededor con cara de miedo como si intentara llamar la atención de los demás clientes para que fueran a su rescate.

—Vaya, Tom, parece que hoy nos van a invitar al café —le dije al lobo, acariciando su abultaba barriga bajo la camiseta corta y apretada.

El lobo gruñó en respuesta, con su cara de mafioso. Con una sonrisa, me lo llevé de allí y salimos a la calle fresca y agradable. El cielo se había cubierto de nubes y una brisa suave arrastraba un agradable aroma a humedad, así que Tom me había acompañado aquel día en los recados. Fuimos a la lavandería a hacer el lavado y después nos pasamos por la tienda de comida para llevar a recoger nuestro pedido diario. De vuelta a casa, el teléfono  empezó a vibrar en mis pantalones y, sin mirar el número, se lo entregué al lobo.

—Aquí Tom —respondió. Tras un breve silencio, agachó la cabeza y puso una expresión preocupada—. ¿Y Jared? Se llevan muy bien. —Asintió lentamente y gimoteó por lo bajo.

Fingí que ignoraba la conversación, sacando las llaves para abrir el portal del edificio antes de cruzar dentro. Era la misma conversación de todos los días; Gustav llamaba a Tom para decirle que habían fallado en otro de los estúpidos intentos por dar de comer a Jack, Tom se ponía triste y se preocupaba más, jodiéndome la comida con sus quejidos lastimeros y su cara de pena.

—Jack no quiso las pizzas que le llevó Lucio. Las dejó sin comer en la tienda de caramelos —me explicó cuando colgó el teléfono.

Solté un murmullo, ya con un cigarro en los labios, y continué desenvolviendo el papel albal de la bandeja de carne con arroz y verdura.

—Tom está muy preocupado por él —continuó, sentándose en el taburete frente a mí, a la espera de que le diera su cuchara y su cerveza fría—. Toda la Manada lo está.

—Creía que solo lo sabías tú, Gustav y Georg—le dije de camino a la nevera, sacándome el cigarro de los labios y soltando el humo.

—Manada sabe que algo no va bien. No sabe lo qué, pero Jack no es el Jack de antes.

Volví con su cerveza y la dejé abierta a su lado antes de dirigirme hacia la puerta de emergencias con una para mí. Bebí un trago espumoso y apoyé la espalda en la pared de ladrillos.

—¿No se le ha ocurrido al iluminado de Gustav tener una charla con Ria? —le pregunté.

—Alfa no puede hablar con Ria sin que Jack lo sepa. Es su compañera—respondió, como si fuera algo evidente.

Puse los ojos en blanco y giré el rostro hacia un lado, fumando otra calada de mi cigarro y echando el humo hacia la puerta. El lobo comenzó a comer lentamente, masticando la carne y el arroz mientras me miraba con cara de pena. Tras un minuto de dudas, terminé por decirle:

—Dile a Jack que venga a verme al trabajo.

Tom levantó mucho la cabeza y envaró la espalda, soltando un gruñido de sorpresa, más agudo y corto. Se apresuró a tragar para poder hablar lo antes posible.

—Jack ya no habla con Tom, pero Tom puede decirle a Gustav que le ordene ir a ver a Bill.

No giré el rostro, continué mirando hacia el lado y poniendo una mueca de desagrado. Hubiera deseado dejar al Alfa fuera de todo aquello, porque no quería que supiera que había cedido tratar de ayudar a Jack. Sería un precedente horrible y pondría en peligro mi exilio de la Manada.

—¿No se lo puedes pedir a otro?, ¿a Georg o a Felix?

—Órdenes de Alfa más fuertes. Jack no podrá negarse —concluyó él, moviendo el brazo hacia un lado para alcanzar el teléfono  a un lado del bonsái y llamar a Gustav de nuevo—. Aquí Tom. Sí. Bill pidió a su Macho que llevara a Jack a su trabajo esta noche. —Después de un murmullo bajo procedente del auricular, el lobo infló su pecho con orgullo y puso una expresión seria antes de gruñir a forma de advertencia—. Bill pidió a Tom —repitió con tono contundente, muy ofendido por las dudas de Gustav al respecto—. Bien.

Incluso cuando colgó y volvió a dejar el teléfono , continuó con su postura orgullosa y su expresión seria mientras comía, esta vez como solía hacer siempre; como un puto cerdo que no se paraba ni a respirar. Al terminar, bebió la cerveza de un par de tragos, manchándose las comisuras de los labios y el mentón, eructó, se limpió y fue con pasos pesados a tirarse en el sofá para encender la tele y rascarse los huevos bajo el pantalón de chándal. Mi príncipe azul…

Tiré la colilla por la puerta y negué con la cabeza mientras negaba con la cabeza. Me reuní junto a él y me senté a su lado, con los tobillos cruzados sobre la mesa baja y un brazo extendido por el respaldo. Acaricié el pelo rizoso de Tom de forma distraída mientras miraba con él uno de sus programas de jardinería, el lobo ronroneó, cerró los ojos e inclinó la cabeza hacia atrás para que siguiera hasta que, en apenas un minuto, se quedó completamente dormido. 

Eso me dio una hora y media para perderme en mis pensamientos, mirando la tele sin ver nada realmente. Dudaba de si había hecho lo correcto al ceder con el tema de Jack, de si me traería más problemas. A golpe de experiencia, había aprendido que siempre me traía problemas hacer algo por la Manada. Gustav volvería a darme por el culo, a tratarme con condescendencia y soltarme sus comentarios envenenados, después no me daría ni las gracias y se creería con derecho a pedirme más cosas. Georg no lo entendía, se creía que yo me ponía a la defensiva solo por joder, pero eso no era del todo cierto.

Cuando llegó la hora, desperté a Tom con una lenta caricia en la barriga y frotando mi nariz contra su mejilla de barba corta y densa. El lobo entreabrió los ojos y ladeó el rostro para mirarme tras aquellas pestañas oscuras y largas, sonrió, gruñó un poco y me mordió suavemente la cara. No tardó demasiado en convertir sus ruidos de cariño y placer por algo más denso y oscuro en su garganta. 

El bulto que había bajo la fina tela gris de su pantalón de chándal, se volvió mucho más duro, grande y gordo, adquiriendo una forma alargada que luchaba por ser liberada. 

Tom se fue volcando más y más sobre mí con su peso, cambiando sus mordiscos de cariño por algo más intenso y fuerte. Como siempre me pasaba cuando mi lobo se ponía caliente, mi cuerpo reaccionó al instante, aspirando su Olor a Macho y las feromonas que flotaban en él. Gemí de improvisto y solté aire entre los labios, decidido a no irme de allí sin el culo lleno de semen de lobo y el cuerpo cubierto de sudor de Macho.

Llegué al trabajo con nuevas heridas de mordisco en el cuello, nuevos cardenales en las muñecas y flotando en una nube de calma y perfección. Fui hacia la conserjería y me puse el viejo mono antes de salir por el pasillo en busca del cuarto donde guardaban la fregona y los útiles de limpieza. La gente que hacía yoga, tantra, ejercicios de respiración y todas esas idioteces para relajarse, evidentemente no habían probado a cogerse a un lobo enorme y apestoso; o dejarían de perder el tiempo con tonterías. 

Puse música en el teléfono y moví la cabeza y los hombros al ritmo mientras limpiaba la oficina de la segunda planta, repleta de cubículos. Antes de que terminara, recibí una llamada que interrumpió la música. Dejé la fregona apoyada sobre la pared y miré el número desconocido. Fui a guardarlo de nuevo, pero después recordé que aquella noche yo era una buena persona.

—¿Sí? —respondí.

—¿Bill? —dijo una voz grave y tranquila—. Soy Jack, Macho Común de la Manada.

—Ah, hola, Jack —murmuré, levantando la mirada hacia el falso techo de láminas grisáceas—. ¿Ha pasado algo?

—Gustav me dijo que viniera a vigilarte. Por si te da otra crisis nerviosa y vuelves a enloquecer.

Me quedé en silencio, me pasé la lengua por los dientes y cerré los ojos un momento antes de responder:

—Claro… —El Alfa era capaz de ofenderme y mandarme indirectas incluso de segunda mano; debía reconocer que el cabrón era muy bueno en lo suyo—. ¿Sabes dónde está el edificio?

—Estoy aparcado en la puerta.

—Bajo ahora —y colgué, pero no guardé el teléfono.

Busqué el número de una pizzería y llamé para encargar cuatro pizzas familiares de carne y barbacoa, las mismas que Jack me había pedido que le llevara aquella noche. Para cuando llegué a la entrada, ya había hecho el pedido y dejado el teléfono en el bolsillo. 

Jack estaba al otro lado de la puerta acristalada, esperando de brazos cruzados mientras echaba miradas de un lado a otro de la calle. Era alto, muy atractivo, de pelo negro y denso bigote; sin embargo, no era el lobo que recordaba haber visto la primera vez. 

Estaba más delgado, seguía siendo fuerte y musculoso, pero la piel se le pegaba demasiado al cuerpo y su rostro se había afilado mientras unas ojeras grisáceas habían florecido bajo sus ojos, marcando unos iris de un amarillo pálido. Cuanto más me acercaba, más detalles era capaz de percibir en él. 

Eso que la Manada había descrito como «pasa algo con Jack», resultaba ser que el pobre lobo estaba demacrado. Su pelo tenía peor aspecto, como si se hubiera vuelto seco y quebradizo, y el tono de su piel era más pálido y tenía menos vida. Chasqueé la lengua y saqué la tarjeta magnética para pasarla por el lector y abrirle la puerta.

—Pasa —ordené.

El lobo entró, trayendo con él el aroma de la humedad del aire. Ese era el problema, que fui capaz de percibir aquello, pero no su Olor a Macho, tan débil ya que no se podía diferenciar del resto de olores. Así que eso era lo que pasaba cuando un lobo no comía lo suficiente y no estaba bien cuidado. 

Jack no me miró a los ojos, por supuesto, siguiendo las órdenes de la Manada de tratarme como a una mierda. Tampoco descruzó los brazos ni respondió a mi saludo, se limitó a gruñir por lo bajo para dejarme claro que no quería estar allí y a mover la cabeza de forma airada.

—Ven, vamos a beber algo —le dije, ignorando todo aquello, como había hecho docenas de veces antes con docenas de Machos de la Manada.

Metí las manos en los bolsillos del mono y fui delante, guiándole hacia la sala de descanso. Allí me detuve frente a una de las máquinas expendedoras y me saqué una Coca-cola fría.

—¿Tú quieres algo? —le pregunté.

—No.

—También hay café —añadí, señalando la máquina de café al final de la fila.

Jack pareció pensárselo un par de segundos, lo suficiente para que yo decidiera por él y fuera hacia la máquina para meter las monedas sueltas que me quedaban.

—¿Te gusta solo o con leche? ¿Azúcar? Jack gruñó para dejarme claro que aquello no le estaba gustando.

—Yo tengo compañera —me recordó de pronto.

Metí una última moneda que resonó con un sonido metálico desde el interior de la máquina. Me giré hacia él con una expresión indiferente y pregunté:

—¿Tampoco puedes beber un puto café sin que te lo dé Ria?

Jack volvió a gruñir, dedicándome una mirada seca por el borde de los ojos antes de hinchar el pecho y poner una expresión orgullosa.

—Café con leche. Sin azúcar —dijo, como si hablara solo y sin darle la más mínima importancia.

Me giré y pulsé el botón. Empecé a dudar seriamente de que tuviera la paciencia suficiente para hacer aquello. No era el hombre con el mayor tacto del mundo y mi forma de afrontar las cosas podría ser descrita suavemente como: agresiva. Sin embargo, había estado con demasiado psicólogos y psiquiatras para saber que esa no era la forma de conseguir que Jack me escuchara. 

Esperé a que el café estuviera listo, compartiendo un silencio tenso con el lobo, solo interrumpido por el ruido de la máquina. Cuando terminó, cogí el envase de cartón plastificado y se lo llevé a la misma mesa donde había dejado mi Coca-cola. Me senté, saqué mi cajetilla de tabaco y me puse un cigarro en los labios, haciendo una rápida señal al Macho para que se sentara antes de encenderlo con el zippo. 

Jack dudó de nuevo, todavía de brazos cruzados y de pie entre las mesas. Tardó dos de mis caladas en decidirse a acercarse, coger su café, y llevárselo a una mesa más alejada. Yo seguí fumando y dando pequeños sorbos al refresco, mirando la fila de máquinas expendedoras, que arrojaban una luz pálida y calmada a la penumbra de la sala de descanso.

—Tom me dijo que Ria es una chica encantadora —murmuré.

—Sí, lo es —afirmó él al instante. Asentí lentamente y fumé otra calada.

—¿Cuánto llevan juntos?

—¿Qué quieres decir?

Tuve que rehacer la pregunta al darme cuenta de que los lobos no entendían las relaciones como los humanos lo hacíamos.

—¿Desde cuándo se conocen?

—Año y medio —y tras un momento, apuntilló—: Mucho más que Tom y tú.

Volví a asentir, mordiéndome discretamente la lengua para no responder a aquello.

—¿A qué se dedica? —continué tras aquel breve silencio.

—Es artista.

—Oh… —no conseguí que sonara tan impresionado como debería, porque sinceramente me parecía una profesión de mierda. La única diferencia entre algunos autoconsiderados «artistas» y yo, es que a ellos les daban subvenciones y a mí me daban cheques de comida gratis en el comedor social. —Eso está muy bien…

Pude ver a Jack asintiendo por la periferia de la vista.

—¿Te gusta el arte? —le pregunté.

—Mucho —afirmó con cierto tono de orgullo.

—Entonces van a muchos museos y exposiciones juntos, ¿no?

Aquel comentario produjo una reacción que ya me esperaba. Jack se quedó callado porque no tenía claro si la verdad era buena o no; lo que siempre quería decir que era mala.

—No abren por la noche, y la Manada vive de noche —respondió al fin, encontrando una buena excusa con la que desviar el tema.

De todas formas asentí, me llevé el cigarro a los labios y fumé otra tranquila calada.

—¿Cuál es tu pintor favorito, Jack?

—Botticelli.

—Ahm… —no tenía ni puta idea de quién era ese, pero la pregunta solo era para que se relajara y no creyera que le estaba haciendo un interrogatorio sobre la puta de Ria. —A mí me gustan los dibujos de Garfield. Quizá esa sea la razón de que ahora esté con Tom —murmuré, echando la ceniza del cigarro a un lado, directamente al suelo. De todas formas, iba a ser yo quien lo barriera—. ¿Y pinta muchos cuadros, Ria?

—Sí. También hace diseño gráfico y esculturas —respondió al momento.

—Vaya… entonces debe airear mucho la casa, ¿no? Abrir las ventanas durante todo el día y limpiar a menudo la ropa. —Miré a las máquinas expendedoras y bebí un trago de Coca-cola. —Lo digo porque el oleo y el aguarrás huelen muy fuerte y deben molestaros en la Guarida —añadí tras aquel breve silencio. 

—Ria tiene un estudio de trabajo, no pinta en la Guarida —dijo en voz más baja.

Afirmé con un murmullo y asentí.

—Pero lava mucho la ropa para no molestarme con el olor —continuó, como si eso fuera algo bueno que decir de ella—, a veces se la mancha con pintura, con arcilla o agua. Trabaja mucho.

—Sin duda. Suena a que tiene mucho éxito en lo suyo —le dije, girando al fin el rostro para mirarle directamente a los ojos.

El lobo me miraba de vuelta con sus iris amarillentos, sentado en una silla de plástico que apenas era lo suficiente grande para su cuerpo, con expresión muy seria y atenta, los brazos cruzados y las piernas abiertas. El café que le había comprado ya había dejado de humear sobre la mesa y Jack no lo había tocado.

—La invitarán a muchos sitios, supongo —continué, encogiéndome de hombros como si fuera algo que hubiera deducido de forma totalmente casual—. Conocerá a mucha gente del mundo de los artistas.

—Sí, tiene muchos clientes y le encargan muchos proyectos. Te he dicho que es una artista —me recordó.

—No debe tener mucho tiempo para ti, entonces.

Jack tensó la mandíbula y empezó a gruñir por lo bajo. Mi comentario había rozado peligrosamente la línea roja y el lobo se había puesto de pronto a la defensiva. Compartimos una mirada tensa y silenciosa mientras yo daba vueltas al zippo sobre sí mismo en la mesa y fumaba.

 Jack sabía que Ria no estaba cuidándole bien. No era algo de lo que no se diera cuenta un lobo, pero ya era tarde y ahora no podía irse y buscar a otro humano que sí le diera de comer. Las cosas no funcionan así para ellos.

El teléfono  empezó a vibrar en el bolsillo de mi mono, interrumpiendo nuestra pequeña competición de «a ver quién es el primero que pestañea». Sin apartar la mirada, cogí el teléfono y respondí a la llamada.

—¿Sí? Bien. Ahora voy —colgué y me levanté de la mesa, cosa que hizo Jack también. —He pedido la cena y voy a ir a pagarla —anuncié.

El lobo me siguió de todas formas hacia la entrada, asustando al pobre repartidor, que miró al Macho a través del cristal y abrió mucho los ojos. Quizá se creía que no le íbamos a pagar y que después le daríamos una paliza. Por eso le enseñé el dinero primero, sesenta dólares que tiraría a la basura y que necesitaba, antes de desbloquear la puerta y entregárselo; cogiendo la pila de pizzas a cambio. 

Sin decir nada, me di la vuelta y volví a la sala de descanso. Jack se sentó donde antes, de la misma forma, mientras yo abría la primera caja, liberando un delicioso olor a pizza barbacoa recién hecha. Tomé un pedazo y le di un pequeño mordisco. En mitad del silencio, se oyó un profundo rugido de tripas de lobo hambriento. Jack apretó más los brazos contra su cuerpo, como si así pudiera impedir que su estomago se retorciera de necesidad, apretó los dientes de gruesos colmillos y miró hacia un lado. Quizá pudiera evitar mirarme comiendo, pero no podía evitar olfatear el aroma de la carne caliente y grasienta, el queso derretido y la masa recién hecha.

Tras comer la mitad del pedazo, lo tiré en la caja y me froté las manos.

—¿Cuál es el nombre de artista de Ria? —le pregunté, cogiendo el teléfono  de mi bolsillo y levantando las piernas para cruzar los tobillos sobre la silla vacía frente a mí.

—¿Y a ti qué te importa? —me respondió el lobo.

—Ahora tengo curiosidad por sus obras de arte.

—Que te quede algo claro, Bill. Solo estoy aquí porque el Alfa me lo ha ordenado. Tú no eres de la Manada y me da igual si te pasa algo o no.

Murmuré una afirmación y busqué «Ria artista» en el buscador. Por increíble que pudiera parecer, en el cuarto puesto había una tal Ria Sommerfield, ilustradora y pintora. Abrí su página web: todo era muy colorido, muy sobrecargado y muy cursi, con tonos pastel y dibujos de animales y flores. Puse cara de asco y seguí deslizando el dedo por la pantalla. Entonces encontré justo lo que necesitaba.

—Estudió Artes Gráficas y Pintura en Nueva York y ganó el concurso para el nuevo mural del ayuntamiento… —silbé y arqueé las cejas— También ha hecho varias portadas para novelas y tiene un libro de ilustraciones publicado —continué leyendo—. Ria’s Garden.

Jack volvió a mirarme fijamente y pareció enfadado, así que debía haber acertado y aquella mujer menuda, de pelo cobrizo, gafas de pasta, ojos oscuros, numerosos pendientes y piel pálida que salía en las fotos era su compañera.

—Tenías razón, dibuja muy bien —mentí, dejando el teléfono  sobre la mesa antes de sacarme otro cigarro de la cajetilla—. Vete a tirar esto —le dije, cerrando la tapa de la pizza—. No tengo hambre.

—Yo no soy tu criado.

Dejé el zippo y solté el humo al aire antes de mirarle fijamente a los ojos.

—Jack, voy a dejarte algo claro. Puede que no esté en la Manada, pero yo soy el humano que cuida de tu SubAlfa y vive en su Guarida, así que relaja el tono, coge las putas pizzas y vete a tirarlas afuera. No quiero que me apesten el puto edificio y tener que limpiar queso derretido y grasa de las papeleras —dicho eso me recosté y miré hacia las máquinas expendedoras mientras buscaba la tarjeta metálica en el bolsillo y la levantaba en alto para que el lobo la cogiera—. Y tíralas lejos o atraerán a perros callejeros.

Jack gruñó, un ruido ronco de seria advertencia. Le miré por el borde de los ojos y, tras otra pequeña batalla, mi peste a Tom ganó y al Macho Común no le quedó otra que obedecer; no sin antes gruñir bien alto y mostrarme los dientes apretados de grandes colmillos. Me quitó la tarjeta de un tirón y se llevó las pizzas con él mientras yo seguía fumando tranquilamente. Volvió diez minutos después, se presentó en conserjería y arrojó la tarjeta sobre la mesa en donde yo tenía cruzados los tobillos.

—Puedes ir por una de las sillas de la sala de descanso si quieres — murmuré sin apartar la mirada de la pantalla del teléfono.

El lobo gruñó de nuevo, se fue y regresó con una de las sillas de plástico que dejó en el suelo con un golpe seco antes de sentarse lo más lejos de mí posible. En un punto, quizá de apretar el abdomen de tanto gruñir, contuvo un eructo y agachó la cabeza para ocultarlo de mí. Le eché una rápida mirada por el borde de los ojos. Jack había comido las pizzas a escondidas, pero, como le había dicho a Tim, eso no iba a solucionar el problema.

Y es que los lobos, por muy sexuales y salvajes que sean cuando son solteros, cambiando entre humanos cada semana, yendo y viniendo y dejando que todos ellos se desvivan por hacerles felices; cambian por completo cuando encuentran un compañero. Entonces se convierten en las criaturas más fieles y leales del mundo.

Jack jamás reconocería que Ria le cuidaba mal, mentiría una y otra vez, incluso delante de la Manada y el Alfa, solo por no poner en evidencia a su compañera. Aunque volviera cada noche a una Guarida vacía, diera vueltas de un lado a otro gimiendo y hambriento, sin percibir su Olor a Macho en ningún lado y sin saber dónde estaba Ria. Él jamás la traicionaría. Aunque se muriera de hambre hasta el punto de desfallecerse en mitad del trabajo.

Los lobos solo se enamoran una vez. Y es para siempre.

Continúa…

Gracias por la visita. No te vayas sin comentar 😉

por TollWriter

Escritora del Fandom

Un comentario en «Humano 45»
  1. Mis intentos de hacerme un hueco en el mundo de los charlatanes y timadores no hiba a tener éxito. 😅
    …después recorde que aquella noche yo era una buena persona 😮‍💨
    🤣🤣🤣🤣🤣🤣
    Pobre Jack 😢😢😢

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