Fic Toll de TollWriter

44: El exilio: Un lobo hambriento

Tras nuestra charla, no volví a recibir notitas de Gregory nunca más. La última noche del sábado fue bastante tranquila y al día siguiente solo tuve que aguantar las quejas lastimeras de Tom por no acompañarle a la puta fiesta. Era increíble cómo el lobo pasaba de ser un puto mafioso enorme y peligroso a un insoportable perrito que no paraba de abrazarte y frotarte la cabeza para consolarse.

—Tom, ya hemos hablado de esto —le recordé en el supermercado.

Era momento de la compra del mes y necesitaba el Jeep para cargar las bolsas, así que el lobo me había acompañado en los recados de aquella tarde, como solía hacer cuando íbamos a un local climatizado en el que no hacía calor y bochorno. La gente nos veía y trataba de evitarnos todo lo posible, algunas señoras mayores incluso se paraban en seco con sus carros y se daban la vuelta con una expresión de miedo. 

A los cinco minutos, ya teníamos a dos hombres de seguridad siguiéndonos por todo el supermercado, alertados por los clientes. No podían echarnos, porque realmente no estábamos haciendo nada malo, aunque no fuera por falta de ganas. Tom estaba demasiado concentrado en seguirme de cerca, pegarse a mi espalda y acariciarme como para prestar atención a todo aquello; yo me limitaba a tirar a mirar los productos, buscar ofertas y seleccionar lo más barato. Sentirme como un puto criminal incluso haciendo la compra, no era nada nuevo para mí.

La joven de la caja evitó mirarnos a los ojos en todo momento, pasando los productos rápidamente antes de murmurar el precio de todo. Le entregué un par de billetes y comprobó que eran auténticos antes de darme la vuelta. Los vigilantes nos acompañaron hasta el aparcamiento, donde nos miraron meter todo en el Jeep y dejar el carrito junto al resto antes de volver al interior. 

Le di la comida a Tom cuando llegamos a casa, me hice un sándwich y lo comí frente a él mientras miraba el Teléfono. Todavía no se había apuntado nadie a mis clases y empezaba a preocuparme. Si aquello no funcionaba, ChicoOloroso tendría que volver a enviar retales y ropa para finales del mes. Chasqueé la lengua, fui a por un cigarro y lo fume en la puerta de emergencia mientras el lobo terminaba su bandeja de pavo. Cuando terminó, se echó en el sofá, tumbado boca abajo y gruñendo para llamar mi atención y que le diera su masaje en el lumbar. Le miré y puse una mueca de enfado. Tom se acostumbraba muy rápido a pedir cosas.

Al despertarse de su siesta de dos horas, me buscó todavía adormilado y volvió a gruñir para pedirme otra cosa, esta vez con una buena erección en su entrepierna cada vez más húmeda. El muy cerdo volvió a quedarse dormido durante la inflamación, echado sobre mí y roncando al lado de mi oreja. Yo le acariciaba la espalda con una mano y miraba el techo, escuchando el programa de reparación de casas que había puesto en la televisión. No pensé en nada,  solo estuve allí tirado, sintiendo el peso del lobo y su respiración, hasta que, en algún momento, decidí apartarle e irme al baño.

—Tom, tienes que irte a la fiesta —le desperté poco después.

El lobo comenzó entonces su ritual de muecas de pena, cabeza gacha y gemidos bajos.

—Bill tendría que poder venir con Tom —murmuraba, dedicándome mirádas rápidas por el borde de los ojos mientras se vestía—. Tom puede pegar a otro humano si es necesario.

—Así son las cosas, Tom —respondí, cortando aquello en seco mientras terminaba de calzarme sentado al borde de la cama—. Quizá cuando te den tu parte de los beneficios, tengamos dinero suficiente para que deje un trabajo y así tener más tiempo.

—Tom puede vender televisión —sugirió—. Tele grande y cara. Darán mucho dinero por ella.

Dejé de atarme los cordones de la zapatilla y me quedé un par de segundos en silencio. La verdad era que aquella noche no tenía nada que hacer, ya que los domingos yo no trabajaba; pero había mentido para no tener que ver a la Manada, ni a Linda, ni a los demás Machos ni a Gustav.

—¿Por qué somos nosotros los que tienen que hacer sacrificios, Tom? — le pregunté—. ¿Porqué cometí un error en una mierda de noche en la bolera? —Negué con la cabeza y apreté los labios en una mueca de rabia contenida—. Ya hemos hecho más que suficiente.

—Es importante que Bill vaya con Tom a…

—Pues díselo a tu puto Alfa —le interrumpí, dedicándole una mirada seca.

Tom gruñó un poco, pero yo salí hacia la cocina y le dejé solo en la habitación, cerrando la puerta corredera de papel de arroz con un golpe seco. Por lo que a mí respectaba, Gustav podía venir y comerme la verga a dos manos, porque yo no iba a volver jamás con la Manada. El lobo salió del dormitorio con una camiseta negra que apenas contenían sus musculosos brazos, con el cuello abierto hasta el final de su pecho peludo y abultado, mostrando la cadena de plata que llevaba. Me miró a lo lejos, fumando en la cocina mientras me tomaba un café con hielo. Dudó, pero terminó por acercarse y frotar su rostro contra mi pelo.

—Tom se marcha a la fiesta —murmuró.

—Pásalo bien —me despedí sin siquiera mirarle.

No estaba enfadado con él, estaba enfadado con aquella puta costumbre de gimotear y quejarse como si todo eso fuera culpa mía. ¿Por qué cojones no le iba a gimotear a Gustav?, él era el verdadero culpable.

El lobo se dio la vuelta y fue caminando a pasos cortos y con la cabeza gacha hacia la puerta, cogió las llaves del taburete verde y me dedicó una última mirada antes de salir. Esperé un poco y después me fui al cine, sin importarme demasiado la película que fuera a ver; solo quería hacer tiempo para que Tom no me encontrara en casa al volver. Después me tomé un par de copas en el primer bar que encontré abierto y caminé tranquilamente de vuelta a casa. 

El lobo ya estaba allí, sentado en el sofá, recostado y con los codos apoyados en las piernas. Dejé las llaves sobre el taburete con un golpe seco y me acerqué. Me crucé de brazos y no dije nada hasta que él ladeó el rostro para mirarme con sus ojos amarillentos de bordes anaranjados.

—¿Qué tal la fiesta? —pregunté—. ¿Jugaste a muchos juegos de mesa? 

Tom negó con la cabeza y volvió a mirar al suelo.

—Tom se fue porque todos estaban con sus compañeros —murmuró—. No respetaron el sitio de Bill en la mesa junto a su Macho…

Puse los ojos en blanco y descrucé los brazos antes de dirigirme a la cocina. Me saqué un botellín de agua y me senté en el taburete a beberlo.

—¿Cuántas veces tiene que pasar esto para que te des cuenta, Tom? —le pregunté tras un largo silencio.

El lobo se levantó y fue caminando hacia la habitación.

—Tom ya lo sabe —dijo en voz baja y sin mirarme.

No le seguí, sino que me quedé allí sentado, terminando el botellín a tragos cortos mientras miraba hacia los ventanales y las plantas que llenaban las repisas. Gustav decía que no era un ataque personal, pero allí estaba, sin respetar mi sitio en la mesa. Yo no sabía lo que eso significaba, pero le hacía daño a Tom. Quizá el Alfa quería hacerme sentir culpable, pero eso ya se había terminado. Al igual que en mi trabajo, haría solo lo que se suponía que debía hacer; y no iba a limpiar la mierda de otros…

Al despertarme, el lobo me rodeaba con un brazo y la pierna, soltando grandes bocanadas de aire caliente en mi sien. Giré el rostro y le mordí el labio suavemente, despertándole al instante. Gruñó y me acercó a él. Tras una buena ronda de sexo de primera hora, ambos estábamos mucho mejor. La noche anterior se fue difuminando en el pasado a lo largo del día, quedando como otro más de la lista de desagradables recuerdos.

 El martes, mientras Tom comía su enorme plato de cuatro costillas enteras, el teléfono empezó a vibrar sobre el final de la barra de madera, al lado del pequeño bonsái que medio tapaba la grieta en la pared. Yo lo ignoré por completo, terminando de mezclar los sobres de vitaminas en una botella de dos litros mientras un cigarro bailaba en mis labios. 

Ya habían terminado con el traslado del almacén, pero seguía haciéndole aquellas botellas porque había pagado mucho dinero por esos sobres y Tom se los iba a beber todos sí o sí. El lobo me miró a mí y después al teléfono, con los morros llenos de grasa y pequeños trozos de carne. Dejó la costilla que estaba royendo y se limpió las manos la toalla que le rodeaba la cadera antes de coger el Teléfono.

—Aquí Tom —respondió, pasándose la lengua por los dientes.

Llamé su atención y me señalé con un dedo, después negué con la cabeza, finalmente apunté al plato de comida y volví a negar más lentamente con una intensa mirada de advertencia. Tom lo entendió rápido y puso una mueca de preocupación.

—Sí. Tom se ha dado cuenta. —Un breve silencio y una voz pausada y grave que salía del Teléfono—. Tom cree que pasa hambre… —respondió en voz más baja, apesadumbrada y triste, como si aquella fuera una acusación que no debía tomarse a la ligera—. Bill le dijo a Tom que una vez le pidió pizzas, pero Jack estaba solo aquella noche. —Me miró, pero apartó rápidamente los ojos porque le dio miedo lo que vio en mi rostro—. Georg también lo cree. Estuvo vigilando a Jack y dijo a Tom que no comía con el resto de Machos.

Dejé la botella de color anaranjado sobre la mesa y me llevé mi café recién hecho y mi cigarro hacia la puerta de emergencia. Apoyé la espalda en la pared de ladrillos y eché el humo a un lado, muy interesado en lo que Gustav tuviera que decir sobre aquello.

—Sí. Hay que tener cuidado —afirmó Tom.

Esperó la respuesta del Alfa y fue asintiendo de vez en cuando, aunque el lobo no pudiera verle.

—¿Linda puede hablar con ella? —le preguntó, pero tras escuchar la respuesta frunció el ceño y gruñó por lo bajo—. ¿Y qué puede hacer Tom? Sí —me miró un momento—. De acuerdo. Adiós —y colgó.

Me quedé mirando al lobo mientras dejaba el Teléfono a un lado y continuaba comiendo, más lentamente, como si le costara pensar y hacer otra cosa a la vez. Me llevé una mano a los labios y me quité distraídamente un pelo negro que se me había quedado en la lengua, quizá de esta mañana.

—¿Qué quería Gustav? —pregunté de forma desinteresada. Tom me miró y siguió masticando lentamente.

—Jack—respondió con el mismo tono bajo y apesadumbrado—. Alfa cree que pasa hambre. En la fiesta comió mucho otra vez, demasiado.

—Oh… —murmuré—. ¿Y por qué no llama a Ria?, ¿no tiene su número?

—Alfa no puede llamar a compañera de Jack y decirle que trata mal a su Macho —dijo Tom, como si fuera algo evidente—. ¡Jack se enfadaría mucho!

—Por supuesto… —me llevé el cigarro a los labios y fumé otra calada—. A mí sí puede llamarme para explicarme por qué no nos va a dar dinero, pero a Ria no, porque Jack se enfada…

Tom dejó de masticar y gimoteó un poco. No hacía falta que respondiera algo que ambos ya sabíamos; que Ria era parte de la Manada y yo no. Negué con la cabeza y me di la vuelta para mirar la ciudad a lo lejos, sumergida en la luz anaranjada y rojiza del atardecer.

—Alfa no sabe cómo conseguir que Jack coma —continuó diciendo el lobo a mis espaldas—. Linda ya lo ha intentado, pero no aceptará nada que le dé la Manada.

Asentí y bebí un trago de mi café frío.

—Georg… sugirió pedir ayuda a Bill.

Se me escapó un bufido y una sonrisa que el lobo no pudo ver. Como no dije nada al respecto, Tom añadió:

—Tom también cree que Bill podría ayudar a Jack.

—¿Y por qué creen que puedo ayudarle? —quise saber. Otra respuesta evidente, tanto como la anterior. Yo no estaba en la Manada.

—Bill es astuto —respondió Tom sin embargo—. Sabe conseguir las cosas.

Me volví hacia el lobo y respondí a su mirada seria. Si eso fuera cierto, no estaría donde estaba ahora.

—No voy a alimentar a dos lobos, Tom —le dejé bien claro—. Jack tiene compañera.

Di el tema por zanjado y tiré la colilla del cigarro por la puerta antes de cerrarla de un golpe seco. Tom bajó la mirada y siguió comiendo su plato de costillas al que, por si acaso, rodeó con un brazo para protegerlo de mí. No estaba seguro de que el lobo fuera del todo consciente de lo injusto y cruel que estaba siendo conmigo la Manada. Si era capaz de percibir los matices tan absurdos y esa retorcida posición en la que me tenían atrapado: ni dentro ni fuera. Yo ya había jugado a eso, y sabía que no funcionaba. 

Para cuando tocó el momento de irse a trabajar, Tom seguía un tanto preocupado y silencioso. Me despedí de él con un beso y ronroneó un poco, muy poco, antes de mirar cómo me alejaba hacia el edificio. Al llegar a conserjería me cambié la ropa por el mono de trabajo y fui en busca de la pulidora para sacar brillo al pasillo de la segunda planta. Me puse música en el Teléfono y tras limpiar los cristales que daban a la calle, di mi trabajo por concluido y fui a tomarme un merecido descanso.

Cigarro en boca y con una Coca-cola fría sobre la mesa, me puse a revisar el Teléfono. Seguía sin tener a ningún alumno y quedaban solo cuatro días para la primera charla. ¿Había puesto un precio alto para un novato o es que a la gente no le gustaba que le dijeran la verdad? Quizá preferían que les mintieran y que les aseguraran un 99% de éxito; a veces, marcar la diferencia no era algo bueno. Seguía dándole vueltas a esto mientras entraba en el Foro a curiosear. 

Había buscado palabras clave cómo «Lara Hollow» o «charlas» y, evidentemente, había salido cientos de hilos de quejas sobre la ineficacia de estos seminarios. Los Omegas los odiaban especialmente, pero ellos odiaban todo. De la doctora Hollow solo había encontrado un par de comentarios, riéndose de ella o diciendo que «al parecer a los ricos también les gusta probar con lobos». Que se rieran lo que quisieran, pero ella se estaba embolsando una media de cuatro mil dólares al mes trabajando veinte horas a la semana.

La pantalla se puso blanca y el teléfono empezó a vibrar en mi mano. Puse los ojos en blanco y lo dejé sobre la mesa mientras seguía fumando, a la espera de que se detuviera. Cuando al fin lo hizo, lo volví a coger y borré la notificación de llamada perdida, entonces volvió volvió a sonar. Terminé por guardarlo en el bolsillo del mono y disfrutar del resto de mi descanso. Al volver a la conserjería, probé suerte de nuevo y saqué el Teléfono. Dos llamadas perdidas y un mensaje que decía: «Quiero hablar contigo, Bill. Esto es importante». 

Siempre era importante. De todas formas, no era Gustav, porque había guardado su número como «El Hitler Lobo». Desbloqueé la pantalla y abrí el Candy Crash. Me había quedado atrapado en una fase y, estaba por jurar, que el juego hacía trampas para no dejarme pasar de misión y así comprar vidas o mierdas de esas. De todas formas, tenía muchos juegos instalados y podía ir rotando cuando uno de ellos me aburría; sino, siempre podía echarme una siesta o mirar la televisión vieja.

 Al final de la jornada, volví a casa en autobús y me encontré a Tom esperándome en el salón. Arqueé las cejas de la sorpresa, pero no dije nada. Tiré las llaves donde siempre y fui hacia él para darle una caricia antes de girarme hacia la cocina.

—¿Una noche tranquila, fiera? —le pregunté, buscando entre las muchas latas de refrescos y cerveza algo que me apeteciera beber.

Tom se había levantado y me había seguido para sentarse en el taburete de la barra de bar. Asintió y bajó la mirada.

—Tom intentó compartir la comida con Jack, pero no la quiso — murmuró—. Se puso nervioso y se enfadó mucho con Tom. Ahora no le habla.

Giré el rostro y le dediqué una mirada silenciosa.

—No compro comida para que la compartas —le recordé, como ya había hecho una vez.

—Tom SubAlfa, tiene que preocuparse por los Machos.

—Que se preocupe Gustav por ellos.

—Gustav se preocupa mucho por Manada —me aseguró con un tono firme y claro—. Muchísimo. Tom también.

Terminé eligiendo un té con limón o algo así que había en una de las baldas. Lo había comprado porque estaba de promoción, aunque yo no era muy fan del té. Abrí la botella y bebí un par de tragos. Sabía a friegasuelos de limón.

—Jack come a escondidas, lleva haciéndolo un par de meses ya —le recordé—. No se va a morir de hambre.

—Bill no lo entiende. Jack está mal. Débil. Triste. Quizá Ria es… — entonces bajó la voz hasta casi hacerse inaudible—, mala compañera…

—Qué va —negué yo—. Pero si es súper buena y habla con todos. ¿No es eso lo que te dijo Gustav? Dijo: «esto es lo que pasa cuando los compañeros son buenos y no insultaban a la Manada, Tom». ¿Lo recuerdas? Y Gustav nunca se equivoca…

El lobo gruñó y me miró por el borde superior de los ojos. Él no era el culpable y no tenía por qué escuchar mis comentarios repletos de resentimiento y veneno, pero no podía dejar de recordarle aquello. Fui a por mi cajetilla, miré que solo me quedaban tres cigarros y la dejé a un lado con uno de ellos entre los labios. Lo encendí con mi zippo plateado y lo dejé a un lado de la mesa, soltando el humo y volviendo a mirar al lobo.

—Hay muchos compañeros. Enfermeras, profesoras y contables, seguro que a uno de ellos genios se le ocurre cómo darle de comer —murmuré—. Deja de preocuparte.

El lobo negó con la cabeza y bajó la mirada a sus manos. Me llevé el té frío y el cigarro a la puerta de emergencias y la abrí. Había una oscuridad densa en el descampado, pero más allá la ciudad brillaba bañada de pequeñas luces.

—¿Por qué Bill ya no quiere ayudar a la Manada? —me preguntó el lobo. Contuve un momento el aire y entonces solté una bocanada de humo al exterior—. Antes lo hacía. Les daba cosas. Comida. Se… preocupaba por ellos tanto como Tom. —Como no respondí, añadió—: ¿Fue culpa de los Lobatos?

Me pasé la lengua por los labios y bajé la mirada al callejón a mis pies. Tom parecía tan tonto que a veces me olvidaba de que podía tener pensamientos racionales más allá de «Tom hambre» y «Tom coger». Fumé una última calada y tiré el cigarro antes de darme la vuelta hacia el lobo, que esperaba con una expresión entristecida mi respuesta.

—Mi madre era una borracha —le dije—. Llegaba a casa desde su trabajo de mierda y bebía, después se levantaba e iba al bar y bebía más. Algunas noches traía a hombres y algunas noches no volvía. Yo era el que limpiaba el vómito del suelo, el que la obligaba a comer y la bañaba cuando estaba demasiado borracha como para andar. Pero quería más a esos hombres desconocidos que se la cogía y no a mí. —Me acerqué y dejé la botella de té—. Me voy a dormir.

Tom me siguió atentamente con la mirada, gimoteó un poco por lo bajo y se levantó para seguirme. Se desnudó rápidamente para tumbarse a mi lado en la cama y rodearme con los brazos, acariciándome con su rostro y apretándome contra él; como si así pudiera hacerme sentir mejor. Cerré los ojos y me dejé arrastrar por aquel Olor a Macho y el roce de su cuerpo grande y cálido hasta quedarme dormido. 

Al día siguiente, Tom me acompañó a desayunar y hacer los recados. El cielo estaba nublado y una brisa fresca templaba el ambiente. La ola de calor había finalizado y, como habían dicho, se aproximaban algunos chubascos que refrescarían la ciudad. Así que el lobo era capaz de caminar a la luz del día sin resoplar y terminar empapado en sudor.

Tras la comida, el masaje, una siesta y sexo de sofá, estuvimos preparados para comenzar la noche de trabajo. El lobo me llevó en el Jeep y gruñó para que le diera su beso de despedida, el cual recibió con un ronroneo y una caricia de su mejilla contra la mía. Volvió Jhon, el chico de las máquinas expendedoras, el cual me mantuvo entretenido la hora que tardó en rellenar los huecos y llevarse el dinero. Incluso me invitó a una Coca-cola después de preguntarle cómo había ido con Cindy, su novia problemática. Al irse, volví a conserjería y me puse a jugar al Teléfono hasta que me sorprendió el timbre de la puerta. Fruncí el ceño y me levanté, creyendo que Jhon se habría olvidado algo.

Pero no era Jhon. Mis pasos fueron descendiendo en velocidad y distancia cuando, al bajar las escaleras, vi una enorme figura tras el cristal de la entrada. La luz de las farolas alumbraba su pelo anaranjado y su expresión muy seria y atractiva. Miraba fijamente al interior, hacia mí, con los brazos cruzados sobre el pecho, apenas cubierto por una camiseta corta a la que le costaba contener el tamaño de sus bíceps. Incluso aunque no le hubiera visto la cara, solo necesitaría echar un vistazo a sus pantalones de baloncesto y al obsceno bulto que escondían para saber de quién se trataba.

Me detuve a un paso de la puerta acristalada y metí las manos en los bolsillos, compartiendo una fija y tensa mirada con Georg el Pelirrojo al otro lado. Aunque en el pasado me hubiera alegrado verle y poder mantener una entretenida charla con el Beta, nuestra relación había terminado de una forma un tanto abrupta y ahora se podía notar la fría tensión entre nosotros. Ninguno de los dos hizo ningún gesto hasta pasado un minuto entero, cuando Georg movió un brazo para indicarme que quería hablar. Si hubiera sido cualquier otro, ya me hubiera ido, dejándole allí tirado y sin mirar atrás; pero era Georg.

Saqué la mano del bolsillo y pasé la tarjeta metálica por el lector para desbloquear la puerta. El lobo pasó y entró en el edificio, trayendo consigo su Olor a Macho más salado y penetrante. Ahora que no había un cristal entre nosotros, todo se volvió incluso más tenso. El Beta estaba muy serio, podría decirse que incluso enfadado, y yo le miraba con mi expresión indiferente, a la espera de que me explicara por qué demonios había venido.

—Te llamé —me dijo al fin con su voz grave—. Te dije que era importante.

—Y yo te dije que, la próxima vez que necesitaras algo, fueras a hablar con los compañeros de la Manada —le recordé. 

Georg  puso una mueca de enfado y apartó la mirada hacia la calle. Asintió varias veces, como si se diera la razón a sí mismo.

—Fue un error venir —murmuró.

Hizo un movimiento hacia la puerta, pero no se abrió, por mucho que tirara de ella y la hiciera temblar. Cuando se dio cuenta de que estaba bloqueada y necesitaba que yo se la abriera, me dedicó una mirada seca por el borde de los ojos.

—¿Sabes por qué Ria ha dejado de dar de comer a Jack? —le pregunté—. Porque he leído por ahí que, si dejas de dar de comer a un lobo, se irá. Seguramente también esté lavando su ropa y ventilando la casa para quitar el olor de Jack. Lo que ella no sabe es que ya es tarde — saqué la tarjeta magnética del bolsillo y la pasé por el lector, desbloqueando la puerta. Sin embargo, Georg no se movió—. Empezó esto como un juego, algo divertido y emocionante. Experimentar, hacer algo diferente porque una amiga lo hizo antes. Cogerte a un lobo grande y guapo… quizá enfadar a papá… —me encogí de hombros—. Ahora Ria tiene miedo y no sabe lo que hacer para deshacerse de Jack. Darle de comer a escondidas no va a resolver el problema, Georg.

Dicho aquello, me giré hacia el interior, dispuesto a volver a la cajonera que era conserjería.

—Jack es un buen Macho —oí decir al lobo—. Amable y tranquilo. ¿Por qué iba a querer ella hacerle sufrir así?

Me detuve y me volví lo suficiente para poder mirarle por el borde de los ojos.

—Ustedes no tienen ni puta idea de lo mucho que un humano tiene que sacrificar por la Manada. Lo mucho que hay que dejar atrás y cómo te cambia la vida. No todos están dispuestos a hacer eso.

—¿Lo sabes porque tú tampoco estás dispuesto a hacerlo, Bill?

Me tomé un momento y pensé seriamente en no responder a aquello, pero, solo porque era Georg, lo hice.

—He perdido mi trabajo fijo por la Manada, cuando ayudé a Tom y Kai y casi nos matan a tiros. He perdido otro porque les regalé miles de dólares en gasolina y apesto a Tom. Después los lobatos me atacaron en el puesto de comida y la pizzería, me llevaron a comisaría y me pasé dos noches allí sentado porque creen que me están usando como a un pelele. Gustav me odia. No me quiere dar dinero porque no soy un compañero, así que tengo que buscarme la vida para seguir pagando el alquiler y la comida de Tom; pero  ustedes quieren que, además, les ayude y tenga tiempo para organizar fiestitas y cenas con Linda. Fiestas y cenas a las que no me invitan y donde no respetan mi sitio en la mesa. Cuando hago algo por ustedes, no me miran ni a los ojos, me ofrecen dinero y no me dan ni las gracias. ¿Y qué he conseguido a cambio, Georg? Un puto Teléfono y promesas vacías.

—Insultaste a la Manada cuando se te dio la bienvenida, Bill —dijo el lobo, que ya había perdido el enfado y me miraba con expresión seria—. No tienes ni puta idea de lo mucho que eso significa para nosotros. Aún así, algunos Machos te estamos dando la oportunidad de acercarte a nosotros, te pedimos cosas y vamos a verte no por joder y molestarte, sino para que nos demuestres que quieres estar con nosotros, que de verdad quieres ser uno de los nuestros. —Señaló a un punto en la lejanía y continuó—: Linda, esa mujer que según tú se va chismoseando y quejándose de todo lo que haces, no para de justificar tus estupideces y de invitarte a participar en la organización, como haría cualquier otro compañero. Esa fiesta de la semana pasada la hizo solo para que tú pudieras ir, Bill, pero a ti eso no te importa. Le respondes mal y la haces sentir como una mierda cuando ella no para de insistir a Gustav para que te dé otra oportunidad. Te quejas de que nosotros no queremos entenderte, pero tú tampoco te esfuerzas una mierda en entendernos a nosotros. —El tono de su voz iba creciendo y elevándose, como solía hacer cuando el Beta se indignaba.

—Tú solo sabes cagarla más y más y jugar el papel de la víctima. Te hemos dado un Teléfono nuevo cuando tiraste el otro, Gustav me dejó poner nuestros números privados ¿y qué haces tú? Ignorarnos otra vez y poner más excusas. ¡Parece que lo haces solo para poder humillarnos más, Bill! — 

A esas alturas ya estaba gritando y moviendo la mano en gestos cortantes para reafirmar sus palabras, como cuando me señaló y dijo—. Gustav te odia porque te comportas como un niño odioso. Siempre tiene que ser cómo tú quieras y cuando tú quieras. ¡Siempre hay que ir detrás de ti porque tú eres demasiado orgulloso para venir por ti mismo! E incluso así, te haces de rogar, solo te quejas, nos insultas, te pones a la defensiva o te escudas en bromas estúpidas o en comentarios indiferentes solo por joder. 

El Beta terminó, jadeando un poco debido a todo lo que había hablado. Hinchaba su pecho abultado bajo la camiseta y me miraba fijamente con sus ojos marrones y serios.

—Lo peor de todo es que, cuando te hemos necesitado, has estado ahí, Bill —dijo tras un breve silencio, en un tono mucho más calmado y bajo—. Yo lo sé, los Machos lo saben y Gustav lo sabe. —Negó con la cabeza, como si fuera incapaz de poner en palabras lo que le llenaba la mente—. Es como si hubiera dos Bill: está el bastardo insoportable y después el Bill que quiere mucho a Tom, con el que es divertido hablar y al que le preocupa la Manada. Me gustaría saber cuál es el verdadero.

Me quedé en silencio, entreabrí los labios y le dije:

—Todo queda en la Manada.

Georg cerró un momento los ojos, agachó la cabeza, se frotó el pelo y volvió a negar. Sin mirarme, se dio la vuelta y se fue.

Esa había sido la última oportunidad que el Beta pelirrojo me había dado. A partir de entonces, yo no era más que otro humano para él. Le había decepcionado, me había intentado hacer entrar en razón y, finalmente, me había dado por perdido. Yo sabía mejor que nadie que había un número límite de oportunidades que le podías dar a alguien antes de darte cuenta de que no tenía sentido seguir adelante. 

Mentiría si dijera que no sentí cierta punzada de angustia, que no volví a conserjería para fumarme media cajetilla y darle vueltas a lo que había pasado. Georg creía que había dos Bills. Uno alejaba a la gente, era incapaz de reconocer sus errores, se obsesionaba con que todos eran injustos con él y se defendía tras un mar de soberbia e insultos. El otro era muy fiel, cuidaba mucho de los que cuidaban de él, no tenía miedo, sabía escuchar, daba buenos consejos y era fácil de querer.

Georg se equivocaba. Esos dos Bills eran el mismo, pero, al igual que la Manada, yo también daba oportunidades para comprobar si se merecían lo mejor de mí.

Continúa…

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por TollWriter

Escritora del Fandom

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