
Fic Toll de TollWriter
39: El exilio: Un pequeño bache
Cuando Tom me vino a buscar aquella mañana, estaba muy erguido en el asiento del piloto, atento a cada pequeño movimiento que yo hacía y al tono de mi voz, cuidadoso para no provocarme más, pero también preparado para reafirmar su autoridad sobre mí. Sabía que yo podía estar muy enfadado y él quería demostrarme que no se echaría atrás con el tema del teléfono. Sin embargo, subí al Jeep con mucha calma y respondí a su mirada de ojos amarillentos antes de señalar a la carretera y preguntarle:
—¿Vamos?
El lobo gruñó con afirmación y empezó a conducir mientras me sacaba un cigarro y abría la ventanilla. Pasado el nerviosismo y tensión de aquel primer contacto, comenzaron las pequeñas pruebas para comprobar cómo estaba la situación entre nosotros. Me agarró de la muñeca cuando subíamos las escaleras de casa y comprobó que yo no le rechazaba.
Esperó a que le diera de cenar y comprobó que era la misma cantidad de siempre y que no le estaba quitando comida para joderle. Al terminar me acompañó a la cama y se echó a mi lado, acercándose y gruñendo para que le diera caricias, comprobando si estaba frío y distante con él. Finalmente, me dio la vuelta y me cogió para comprobar que podía hacerlo.
Después de todo eso, al fin se calmó y se durmió ronroneando, victorioso, con una sonrisa en los labios en mitad de la inflamación.
Yo no estaba enfadado con Tom.
Bueno, sí lo estaba, pero no de la manera que él creía. Estaba jodido por tener que ceder a algo que yo no quería, como era el teléfono nuevo, pero podía entender que el lobo tuviera unas exigencias; como que la cama apestara a su Olor a Macho o que quisiera llenar la casa de putas plantas. Todos teníamos nuestros límites y yo era un hombre con muchos, muchísimos límites, demasiados para no ceder en uno o dos a cambio. Pero solo porque era Tom.
Además, tenía una leve sensación de que se lo debía. Después de todo, Tom todavía no sabía que su compañero nunca iba a estar en la Manada,y eso era un golpe muy duro para cualquier lobo. Por eso me «olvidé» del asunto del smartphone y lo dejé pasar como si no fuera nada. A Tom incluso le hizo sonreír verme con él al lado por la tarde, cuando al fin se levantó de la cama para venir a beberse su enorme vaso de leche a la cocina.
—Voy a desayunar y a comprar la comida— anuncié, ofreciéndole el teléfono –Quédatelo por si te llaman.
Tom gruñó, como si la idea no le gustara, frunciendo el ceño y mirando intermitentemente el teléfono y a mí; pero yo ya me estaba despidiendo y saliendo por la puerta antes de que se quejara. Mi plan era pasarme el menor tiempo posible con aquel smartphone y así tener que responder el menor número de llamadas. Para mí, aquel no era ni siquiera mi teléfono, era solo el de Tom. El único momento con el que, por desgracia, no podía evitar llevármelo era cuando iba a trabajar, y eso que lo intenté.
—Hoy es viernes, ¿no prefieres quedártelo esta noche, ya que los solteros van a estar en el Luna Llena y quizá te necesiten para algo?— le pregunté antes de salir del Jeep.
—Tom estará con Lucio en el puerto— respondió —Es el teléfono de Bill.
Contuve una mueca de molestia y me despedí con un rápido beso antes de bajar del auto. Aquella noche no lo tiré a la papelera, solo lo dejé dentro de la taquilla y salí a hacer mis tareas. Cuando volví a la conserjería dos horas y media después, llevaba una Coca-Cola en la mano que dejé a un lado de la mesa antes de recostarme en la silla y buscar mi cajetilla de tabaco en el bolsillo.
Me encendí el cigarro y eché el humo hacia la pantalla oscura de la televisión, inclinándome para encenderla. Seguía pasando canales cuando oí un zumbido y puse los ojos en blanco. No respondí, ni siquiera me moví de mi sitio, solo esperé a que el ruido desapareciera al rato y se silenciara. Si Tom sabía que se iba a pasar la noche con Lucio, el resto de lobos también deberían saberlo y no tenían por qué llamar a aquel teléfono.
Fuera quien fuera, no pilló la indirecta y, una hora después, volvió a llamar. En esta ocasión sí me levanté con cara de enfado, abrí la puerta de la taquilla con fuerza, haciéndola chocar contra la contigua y produciendo un estruendo metálico. Miré el teléfono vibrando sobre la chapa y lo cogí como si fuera lo más asqueroso del mundo.
—¿Sí?— pregunté en tono neutro, vacío y sin vida.
—Hola, Bill— me dijo una voz que no me costó reconocer. —Soy Linda, la compañera de Gustav.
—Hola, Linda.
—Hola— repitió, seguido de una pequeña risa, como si tuviera que liberar tensión al comprobar que no iba a enfadarme ni nada por haberme llamado. —No te habré interrumpido en el trabajo, ¿verdad? Quizá debería haber esperado a la mañana. No quiero molestar.
—No te preocupes.
—Ah. Bien… eh.. te llamaba porque mañana es el día de… mi cumpleaños. Nunca he sabido cómo decir eso sin sonar como una niña pequeña— y se rió un poco más.
—Sí, Tom me lo dijo— respondí con el mismo tono neutro y vacío, contrastando mucho con su actitud más jovial y sus intentos de relajar la tensión con bromas estúpidas.
—Sí, me imagino..— dejó un momento de silencio, seguramente muy incomodada por mi actitud indiferente. —Quería.. preguntarte si… Es que mañana hay muchas cosas que organizar, tenemos que ir a comprar a las tiendas y ya sabes que es mejor que no vayan los chicos o llaman mucho la atención. A veces no les quieren vender lo que hemos encargado o no les dejan ni entrar en el local, así que vamos nosotros. Nos vendría muy bien tu ayuda, si pudieras ir a buscar las tartas o quizá la comida… ¿qué te parece?— se detuvo al fin.
Me parecía que quería mandar a Linda a la mierda y colgar el teléfono por llamarme para que les hiciera de criada de una fiesta a la que ni siquiera me habían invitado, eso era lo que me parecía: pero no dije ni hice nada, solo fumé una calada de mi cigarro y miré la cavidad vacía de la taquilla.
—Me encantaría poder ayudar, pero no tengo auto— respondí con el mismo tono sin vida.
—Oh. ¡Seguro que Tom te puede dejar el Jeep! De todas formas, los chicos van a quedarse en el refugio organizándolo todo, no lo necesitará.
Me obligué a respirar y decir:
—Le preguntaré si no le importa prestármelo una hora o dos.
—Muchas gracias, Bill. Nos viene genial tu ayuda, de verdad.
—De nada..
—Te enviaré un mensaje con el nombre de la pastelería y la dirección— dijo, recuperando su tono alegre y más rápido. —Solo tienes que decir mi nombre, ya me conocen y ya está pagado, así que no tendrás problemas.
—Maravilloso..
—¡Perfecto, entonces! ¡Nos vemos mañana!
—Hasta mañana— y esperé a que colgara después de repetir «hasta mañana y gracias de nuevo, Bill». Entonces bajé el teléfono del oído y me quedé un par de segundos mirando el vacío de la taquilla.
Cerré la puerta de un golpe seco y empecé a darle puñetazos, produciendo un estruendo metálico y abollando la superficie hasta que ya no siquiera encajó con el tope y quedó cóncava y abierta.
Cuando me sentí vacío, apoyé los brazos en ella y jadeé, recuperando el aliento.
La puta de Linda me la había jugado y ahora iba a tener que recoger sus tartitas de princesa para llevarlas a su fiesta de cumpleaños. Puede que le hubieran hablado de mi trabajo como repartidor de pizzas y le hubiera parecido gracioso llamarme para pedirme aquello, como si se tratara de una jodida broma. Negué con la cabeza y me pasé la mano libre por el pelo. Ahora no solo los lobos me trataban como la mierda, sino que sus compañeros también.. pero sería la última vez.
Metí el teléfono en el bolsillo del mono y seguí dándole vueltas a la cabeza mientras miraba la televisión sin ver nada. Farfullando por lo bajo y rumiando el enfado una y otra vez, alimentando aquel ciclo interminable de frustración e ira. Y es que mi exilio y condena al ostracismo, tenía que funcionar en ambas direcciones, o, sino, pasaban cosas como aquella, como las que llevaban pasando los últimos meses; donde yo era el único perjudicado y la única víctima mientras los demás se aprovechaban de mí.
Cuando Tom vino a buscarme, empezó a gruñir por lo bajo con preocupación al ver mi rostro serio y enfadado. No tuve que decirle nada, solo salió del Jeep y se reunió en la parte de atrás conmigo para una sesión de sexo duro y violento que me dejó mucho más relajado y me ayudó a salir de aquel vórtice de locura en el que me había sumergido. Con la mente despejada, nuevas heridas y moratones en el cuello y los hombros, la ventanilla abierta, el aire besándome el rostro y un cigarrillo en los labios, pensé que no era mi culpa, que me había pillado con la guardia baja y que, en la siguiente ocasión, estaría preparado para rechazarlo con excusas y disculpas baratas. A la larga, rechazo tras rechazo, al fin dejarían de pedirme cosas.
—Mañana por la tarde necesito el auto— le avisé a Tom mientras devoraba su cena. Yo me terminaba un sándwich de pavo frente a él y bebía de su cerveza para acompañar los últimos trozos.
—¿Bill necesita ir a algún sitio? Tom puede llevar— dijo él de una forma más o menos comprensible y con la boca llena de arroz y carne.
—Tengo que ir a buscar unas mierdas para el cumpleaños. Linda me llamó— tuve que contarle sin muchas ganas, porque sabía lo que iba a pensar él sobre todo aquello. Lo contrario de lo que realmente estaba sucediendo.
—¡Compañeros van a buscar cosas para cumpleaños!— exclamó, alzando la cabeza y abriendo mucho sus ojos amarillentos. —¡Bien!
—Sí… de puta madre— murmuré, levantándome de la silla y cogiendo la cajetilla de tabaco.
Desde el momento de saberlo, el lobo no dejó de sonreír, tan repleto de comida como de felicidad. Me abrazó más fuerte en la cama, me frotó el rostro con mayor intensidad y ronroneó más alto y durante más tiempo hasta quedarse dormido. Cuando le desperté a primera hora de la tarde para tener sexo, no se quedó dormido después como solía suceder, sino que me esperó tumbado en la cama hasta que salí duchado del baño. Me siguió a la cocina y bebió su vaso de leche antes de eructar.
—Tom va a vestirse— anunció, dándose la vuelta hacia la habitación. —Tom y Bill no pueden llegar tarde.
Chasqueé la lengua y negué con la cabeza. Fumaba apoyado en la pared de ladrillos, al lado de la puerta de emergencias como cada mañana, tomándome un café que me sabía especialmente amargo y sintiéndome más molesto a cada segundo. No sabía qué era exactamente, si tener que hacer el puto recado para la reina de la Manada o la actitud emocionada de Tom, pero algo me estaba poniendo de los jodidos nervios.
Cuando el lobo volvió, llevaba una camiseta blanca con su cadena plateada por encima y unos pantalones cortos que no eran de chándal ni un bañador. Así que se había vestido «elegante» para la ocasión. Tiré la colilla del cigarro por la puerta y la cerré de un golpe seco, haciendo una señal hacia la salida. Quería terminar con aquello lo antes posible y olvidarlo.
—¿Bill va a ir así?— me preguntó él. —Cumpleaños de Linda. Hay que ir guapo.
—Yo no voy al cumpleaños, Tom— le recordé —Yo voy a por las putas tartas…
—Bill tiene que ir guapo— declaró, deteniéndose en seco con postura orgullosa.
—Tom… —murmuré, apretando los puños y cerrando un momento los ojos antes de girarme hacia él. —No lo has entendido. No. Me. Han. Invitado. No voy a ir bien vestido como si lo hubieran hecho, ¡O como si quisiera dar puta pena mientras les llevo sus putas tartitas!— terminé gritando.
El lobo gruñó a la defensiva.
—Tom va bien vestido y su compañero tiene que ir bien vestido.
—No me han invitado. Solo voy a hacer un recado y volver a casa. ¿Qué puta parte no has entendido, Tom?
—¡Manada va bien vestida a cumpleaños!— exclamó.
—¡PERO YO NO SOY DE LA MANADA!— rugí mucho más alto que él, llenando todo el apartamento con mi voz.
Tom se quedó callado. Perdió su enfado como si de repente se hubiera desinflado como un globo, dejando tras de sí solo un lobo apesadumbrado y dolido.
Miró al suelo y sus ojos amarillentos se humedecieron bajo sus espesas pestañas negras. Sin decir nada, caminó a la puerta con actitud derrotada y cogió sus llaves del taburete verde.
Yo me llevé las manos al rostro y ahogué un grito de desesperación, sintiendo como se me humedecían los ojos de pura rabia. Me giré en su dirección y abrí la puerta de casa para salir el primero, seguido de un Tom silencioso y entristecido. Ninguno de los dos dijo nada, ni cuando subimos al Jeep, ni de camino al Refugio ni cuando aparcó a un lado de la carretera. La puerta del Hostal estaba decorada con globos de colores y había bastante movimiento que llegaba desde el interior.
Tom le echó un vistazo y después agachó la cabeza. Tenía los ojos empapados y se los trató de limpiar antes de salir, para que la Manada no descubriera lo triste que estaba, aunque era algo que se podía notar a kilómetros de distancia.
—Tom— le llamé con un tono serio pero calmado. —Sabes que tengo razón.
El lobo tardó un par de segundos en reunir la fuerza suficiente para enfrentarse a mi mirada, pero no fue capaz de mantenerla y terminó con la vista al frente.
—Tom solo quería que Bill fuera guapo, como el resto de compañeros. Tom ya sabe que.. no está en la Manada.
Cerré los ojos y los abrí para mirar también al frente, sintiendo la vista borrosa debido a las lágrimas. Al final siempre me comía yo la mierda. Tenía que ir a buscar las tartas como un chico de los recados, tenía que soportar las estupideces de la Manada, los ataques constantes del Alfa y los lamentos de Tom, tenía que comerme las ganas de gritar tanto y tan fuerte que me quedara afónico durante años.. ¿Qué tan malo había sido yo realmente para merecerme aquello? Solo quería estar tranquilo y con mi lobo. Solo eso.
—Iré antes a casa y me cambiaré de ropa— murmuré. —Volveré bien vestido para entregar las tartas e irme.
El lobo giró el rostro y me miró, gruñendo algo agudo y corto que no conseguí reconocer lo que significaba. Respondí a su mirada y le pasé una mano por su pelo rizo y corto. Hice una señal hacia el exterior, a la puerta del Refugio y le dije:
—Vete a pasarlo bien. Volveré con las tartas.
El se acercó y me acarició con su rostro húmedo por las lágrimas, ronroneando algo lastimero, como cuando trataba de consolarme. Le froté la espalda y esperé un minuto a que terminara y se bajara del auto. Pasé a su asiento, reajustándolo para adaptarlo a mi tamaño y eché un último vistazo al lobo entrando en el Refugio para reunirse con su Manada.
Entonces solté un suspiro y puse la música muy alta para no tener que oír mis propios pensamientos de camino a casa. Me puse guapo, como le había prometido; elegí una camisa de verano blanca con dibujos de búhos de colores que había encontrado una vez por cinco dólares en la tienda de segunda mano y que yo consideraba «elegante y colorida»; pero que dejé medio abotonada para darle un toque sexy; y elegí unos pantalones cortos negros ajustados. Después hice un intento por peinarme, salí de vuelta al auto y revisé lạ dirección que me había enviado Linda en el mensaje. No me sonaba, así que usé el GPS del Jeep y me puse en camino.
La pastelería era un local pequeño con un montón de tartas de diseño y muy coloridas, de esas que salían en los anuncios o en los concursos de la tele. Aquello apestaba a caro y yo apestaba a lobo, así que los dueños no dudaron en preguntarme:
—Te envía Linda, ¿verdad?
Asentí, El hombre sonrió y fue a la parte trasera, la cocina, para traer de vuelta dos tartas, una en cada mano. La primera con una casita de fondant y muñequitos de los tres cerditos y un lobo que parecía muy feliz, la segunda de caperucita roja con otro lobo igual de contento que daba la mano a la niña. Fruncí tanto el ceño que el pastelero llegó a preguntarme con sincera preocupación si «algo estaba mal>. Muchas cosas estaban mal, al parecer, pero respondí:
—No, ¿Son solo estas?
—Oh, no, no— se río —ahora saco las otras seis.
Otras seis… y lo mejor era que las dos primeras eran las de los niños, porque el resto eran de un tamaño enorme, rectangulares o redondas y con varios pisos. Suspiré y me rasqué la frente, sacándome la mano del bolsillo. Necesité varios viajes y un milagro para que las tartas no se mezclaran o no se movieran durante el viaje.
No supere los cincuenta por hora y, con el tráfico de un sábado a media tarde, resultó el trayecto más puto frustrante de mi vida.
Cuando al fin aparqué en doble fila frente al refugio, había pasado una hora y media desde que me había marchado. Empecé a pitar varias veces para que alguien saliera del puto Motel, porque yo ya había terminado mi trabajo allí: ir a recoger las tartas y llevarlas.
En apenas medio minuto, vi aparecer a Linda por la puerta. Llevaba un bonito vestido azul bebé de verano y el pelo suelto. Me sonrió mucho y me saludó con la mano, como si estuviera muy contenta y emocionada por verme allí. Yo hice un movimiento con la mía en respuesta y ya podía darse por contenta, porque no iba a sonreír ni aunque me tiraran de las comisuras de los labios con ganchos. Miró a ambos lados de la carretera antes de cruzar y se acercó.
—Hola, Bill. ¿Qué tal estás?
—De maravilla— respondí con tono neutro y sin vida, bajando del Jeep para abrir la puerta trasera y entregarle la primera tarta.
—¡Qué guapo estás!— exclamó entonces.
Me detuve, de espaldas a ella y con la tarta entre las manos. Cerré los ojos y respiré. Se estaba riendo de mí, pero no pasaba nada, sería la última vez.
—Gracias— murmuré, dándome la vuelta para entregarle la bandeja redonda.
—Nos has hecho un gran favor, de verdad. Las celebraciones siempre son una locura— ella seguía sonriendo y yo seguía con mi cara seria mientras me giraba a por la segunda tarta. —Oh, no te preocupes, Bill. Ya vienen ahora algunos de los chicos, no tienes que sacarlas todas aún.
Asentí y la miré de nuevo. Linda tenía el pastel de los tres cerditos entre sus manos y parecía una madre de revista, de esas que hacían tortitas y zumo de naranja todas las mañanas mientras cantaba una canción. Trataba de mantener la sonrisa, pero le costaba más a cada segundo, enfrentándose a un muro de indiferencia y frialdad. Tras diez largos segundos en silencio al fin se rindió, como si se hubiera quedado sin fuerzas, mostrando una expresión preocupada y algo confusa.
—Lo siento, Bill, pero… ¿te he hecho o dicho algo malo?
—No, claro que no— respondí antes de encogerme de hombros y sacar mi cajetilla de tabaco del bolsillo de la camisa. Me puse un cigarro en los labios y lo encendí con mi zippo, echando el humo a un lado para que Linda no «tuviera que soportar el olor de mi tabaco»
La mujer iba a decir algo, pero entonces le señalé con la cabeza a sus espaldas.
—Ya llegan los demás— me puse de nuevo el cigarro en los labios y me di la vuelta para coger otra de las tartas y dársela al primero que se acercara, un lobo grande, rubio y desconocido.
No me miró, ni me saludó, solo me trató como si fuera un extraño y cogió la tarta entre las manos para volverse e irse. Lo mismo hizo el segundo, al que tampoco reconocí, y el tercero que incluso llegó a girar el rostro con una mueca de desprecio. Yo seguía sacando las tartas del coche y fingiendo que no me daba cuenta de nada de aquello.
El cuarto lobo era Kai el rubiazo, que cogió con cuidado la enorme tarta Red Velvet que le ofrecía. «Bill», murmuró a forma de saludo, llegando a dedicarme incluso una breve mirada a los ojos. «Kai», respondí sin pararme demasiado y yendo a por la siguiente tarta que le entregué a Matt, quien tampoco me saludó, y la última de ellas, un bizcocho de varias capas de crema y cobertura de chocolate, que le entregué a Norman.
—¿Ahora repartes tartas, Bill?— me preguntó con una ligera sonrisa.
Se estaba burlando, pero no más de lo que me hubiera burlado yo de él en esa situación. Cuando tuvo la tarta en las manos, me saqué el cigarro de los labios y respondí:
—También reparto golpes, ¿quieres uno?
El lobo no levantó la mirada del bizcocho, pero sonrió más y asintió antes de darse la vuelta. Concluido el trabajo, fumé otra calada, cerré la puerta de atrás y me fui a la del conductor para volver directo a casa.
—¿No.. quieres quedarte a tomar un café o algo?— preguntó Linda, todavía con la tarta entre las manos y una mirada igual de preocupada que antes. Algo no iba bien en su mundo perfecto de princesa y eso la perturbaba.
—Yo no puedo entrar en el Refugio— respondí mientras me ponía el cinturón. Algo que ella ya sabía perfectamente.
—No, yo… lo sé. Lo siento, me refería en la puerta o algo así. Hay dulces y sándwiches, Tom me dijo que te gustan mucho. Puedo sacarte un plato y un café.
En la puerta… para que todos me pudieran ver con un vaso de puto café y comiéndome un sándwich de mierda sentado en el borde de la acera como un vagabundo. A veces Linda tenía unas ideas tan estúpidas que parecían hasta crueles.
—Esta noche trabajo, tengo que volver a casa, hacer la cena y cambiarme— dije, sin embargo, con mi tono neutro e indiferente, diciendo todo lo que sabía que tenía que decir como si se tratara de un robot. — Gracias por el detalle, Linda. Ha sido un placer volver a verte. Feliz cumpleaños— añadí con una breve mirada a sus ojos azules.
—Gracias a ti— respondió en voz muy baja y casi inaudible, mirándome con esa misma expresión consternada y algo triste, una que no me podía importar menos. —Hasta luego…
—Adiós…— me despedí yo, porque era más contundente y definitivo.
Arranqué el motor y salí hacia la carretera, poniendo la misma música alta que había llevado en todo el trayecto. Pasado el mal trago, ya podía volver al exilio, a ser tan solo «el humano de Tom», ese que el resto de compañeros no conocían, al que no invitaban a ninguna parte pero el que tampoco les iba a dar nada nunca más, del que no se hablaba pero que siempre estaba por algún lado, al que no miraban ni a los ojos, y el que, a partir de entonces, no miraría de vuelta.
Sí, ese sería yo.
Quizá alguien piense que hacer eso fue infantil y estúpido, una especie de rabieta, una de muchas, y que el orgullo me estaba volviendo a jugar una mala pasada.
«¡Ahora que te están dando la oportunidad de volver y tú les das otra vez la espalda! iJoder, Bill!» Sí, sé lo que podrían estar pensando algunos, pero lo cierto es que se trata de unas de las pocas decisiones de las que no me arrepiento; la noche en la bolera fue un completo error, lo reconozco; sin embargo, separarme de la Manada e irme al exilio, fue justo lo que yo necesitaba.
No es agradable que te menosprecien, que te ignoren y que te humillen. No es agradable que, aun por encima de hacerte eso, tú te sientas culpable porque en el fondo piensas «he cometido un error y me lo merezco», No es agradable esforzarte, tragarte la frustración y seguir luchando, y aun así darte cuenta de que, da igual lo que hagas, porque un grupo de personas ha decidido que tú no eres lo suficiente bueno para ellos.
No es agradable cuando esas personas se supone que son las que deben quererte, tu familia, pero ellos nunca te perdonan y solo te siguen culpando y odiándote. Yo ya había pasado por todo aquello y había aprendido que no merecía la pena.
Yo tengo muchas cosas malas, soy un hombre complicado y hay muchas razones por las que alguien podría odiarme; pero también creo que hay algunas razones por las que alguien podría quererme. Si no eres capaz de entenderme o no te gusta mi forma de ser, no es mi problema. Si la Manada no podía ver lo que hacía por ellos o no les importaba, me daba igual. No los necesitaba a ellos como no necesitaba a una madre alcohólica y a una larga lista de padrastros violentos. Yo ya tenía a Tom, y él me quería tal y como era.
Continúa…
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