Fic Toll de TollWriter

37: Los lobatos: Cruzándo el límite

No sabía a dónde nos dirigíamos, pero ya había anochecido y bajé la ventanilla, disfrutando del ritmo de la música, del aire templado de la noche de verano y de la agradable calma.

Tom atravesó el túnel subterráneo que llevaba al centro y todo se llenó de una luz amarillenta. Saqué la mano y la moví de arriba abajo, jugando con el viento como si fuera una serpiente. Cuando salimos a la superficie, giramos hacia una calle del centro que yo conocía, porque me había pasado una noche espiando a los lobatos allí.

Fruncí el ceño cuando Tom aparcó frente al Hostal de la Manada, también conocido como el Refugio. Había muchos todoterrenos allí, como era de esperar, pero también algunos autos deportivos de lobatos. Tom bajó del auto y me esperó en la acera, sin embargo, en vez de dirigirse hacia la entrada del Hostal, giró hacia un edificio de oficinas que había más adelante. No era gran cosa y parecía abandonado, pero detrás de la puerta acristalada había un lobo haciendo guardia, uno que no conocía.

—Tom— le saludó, abriéndonos la puerta e inclinando la cabeza con respeto a su SubAlfa. —Gustav los está esperando en el despacho.

El lobo cabeceo, devolviendo el saludo, y con un gesto de la mano me dijo que fuera delante para así pegarse mucho a mi espalda y «protegerme», como si creyera que me fueran a atacar. Pasamos a un gran hall de suelo de moqueta gris y con macetas de plantas de plástico. Había pocas luces encendidas y todo tenía un aspecto bastante antiguo y deprimente, incluso el ascensor parecía que se iba a caer a pedazos mientras ascendía al piso más alto. Allí, al final de otro pasillo igual de deprimente, había otro lobo de la Manada, uno que sí reconocí.

—Norman— le saludé con un cabeceo, —¿Esta noche te ha tocado el trabajo aburrido?

—Tom— dijo él, evitando mirarme saludando primero al SubAlfa, los lobos. De haber sido yo su «Compañero» oficial en la Manada, podría haberse saltado ese paso y haber podido responderme directamente.

Tom empezó a gruñir por lo bajo debido a la falta de respeto que el Macho Común me había dedicado, pero fue solo una advertencia, porque no podía enfadarse con Norman por seguir las normas de la Manada; después de todo, él tenía razón. Yo, por otro lado, no le di importancia. Sabía que le caía bien al lobo y que aquel insulto velado se debía solo a que la puerta estaba abierta y, por cómo olía allí, Gustav no debía estar lejos.

—Bill— me saludó Norman después, bajando la mirada desde su metro noventa y pocos para echarme un vistazo rápido a los ojos. —El Alfa los está esperando dentro.

Dio un paso a un lado, moviendo su enorme cuerpo musculoso, cubierto apenas con una camiseta corta y unos ridículos pantalones grises que, sinceramente, no dejaban nada a la imaginación.

Tom volvió a gruñir por lo bajo y Norman agachó la cabeza, teniendo que soportar el enfado de su SubAlfa una vez más antes de que cruzáramos el umbral de la habitación. Cuando lo habían llamado «despacho», no me había imaginado que fuera realmente un despacho.

No me esperaba las paredes cubiertas con estanterías y vitrinas, libros, archivos e incluso fotos de la Manada; ni el escritorio de oficina con sillón a juego, ni el portátil de último modelo, el teléfono y la lamparilla que arrojaba una luz calmada y suave sobre ellas. Incluso llegué a arquear las cejas del asombro, pero fue solo un instante antes de volver a mi expresión seria e indiferente de siempre.

—Bill— le saludó Gustav, sentado al otro lado de la mesa y dejando los papeles que leía para prestarle toda su atención al lobo. El Alfa parecía fuera de lugar, resultaba cómico verle en un entorno tan profesional y serio, con una camiseta que apenas contenía su enorme cuerpo. 

Era como si hubieran sentado en un escritorio de oficina a un puto luchador de WWE. Al igual que Norman, el Alfa me ignoró por completo hasta que Tom cabeceó junto con un «Gustav», a forma de saludo, entonces al fin me miró y cambió el tono de su voz a uno más seco para decir: —Bill..

—Gustav…— murmuré antes de meterme las manos en los bolsillos de mi pantalón corto, solo para que pudiera ver lo mucho que me sudaba la verga su actitud fría y distante.

—¿Estás de humor para charlar hoy?— me preguntó, lanzándome otra vez esa ácida referencia.

—Nunca estoy de humor para charlar contigo— respondí.

Oí a Tom gruñendo por lo bajo, pegado a mi espalda, así que casi pude sentir la vibración de su pecho. No le gustaba que no tratara a Gustav con respeto, pero no iba a poner un puta sonrisa cuando el lobo me escupía a la cara; ya podía ser el Alfa, el Presidente de Estados Unidos o el jodido Jesucristo. A mí nadie me hablaba así.

—Creo que nunca estás de humor para nada que tenga que ver con la Manada, Bill— apuntilló, pero fue rápido para que no me diera tiempo a responderle y añadió un — Siéntese, quiero hablar con ustedes.

Apreté los dientes e hice un gran esfuerzo para no mandarle a la mierda. Tom me empujó suavemente hacia los asientos y gimió por lo bajo para pedirme que me portara bien. Chasqueé la lengua y solté aire de una forma sonora, haciendo bien evidente mis pocas ganas de estar allí. Gustav me observó en todo el proceso con su cara seria, pero, por suerte para él, no dijo nada que pudiera hacer hervir la olla a presión que yo era en ese momento.

—Ayer me hablaste de que un detective te había mostrado unas fotos de la Manada— empezó en el momento en que estuvimos sentados, recostándose en su sillón para cruzar sus enormes brazos sobre el abultado pecho. —Ignorando el hecho de que te llamé para disculparme en nombre de los lobatos y que, aun por encima, tú fueras muy maleducado y condescendiente, algo que ya considero normal en ti, no pude seguir preguntándote al respecto porque me colgaste antes. Así que los he invitado a venir con la esperanza de que, en persona, al menos podamos mantener una conversación de personas adultas y sin interrupciones.

Tom gimió por lo bajo, me miró y después agachó la cabeza, como si se sintiera derrotado. Él creía que, con esta actitud, nunca iba a conseguir que Gustav me perdonará; lo que él no sabía era que el Alfa jamás iba a perdonarme de todas formas.

—¿Ibas a hablar antes de que te colgara?— le pregunté con el mismo tono tranquilo e indiferente. —No me di cuenta..

Gustav acentuó su expresión seria, añadiendo incluso un leve y grave gruñido. Tom solo agachó más la cabeza y cerró los ojos.

—¿Recuerdas lo que hablamos en el Luna Nueva?— me preguntó en un tono más bajo, moviendo los ojos hacia Tom para referirse a él de una forma discreta. —¿O es que has cambiado de idea, Bill?

Controle mi cara de asco y enfado y me mojé los labios como si pudiera saborear la frustración y el despecho en ellos. Así que, antes de decir algo que no debería, busqué mi cajetilla de tabaco en los pantalones.

—No fumes aquí, chico. Al contrario que Linda, a mí no me vas a obligar a aguantar el humo de tu tabaco.

Dejé la cajetilla con un golpe seco en la mesa y me enfrenté a los ojos amielados de Gustav.

—Tom, ¿puedes dejarnos un momento?— le pregunté sin girar el rostro. — Quiero hablar con el Alfa a solas..

Mi lobo levantó la cabeza y me miró, después a Gustav y, tras unos segundos, este asintió, dándole permiso para irse. Tom se levantó entonces y se inclinó sobre mí para darme una caricia en el pelo y gemir una ultima vez antes de dirigirse a la salida y dejarnos a solas. La tensión en ese despacho podía cortarse con un cuchillo.

—¿A qué mierdas estás jugando, Gustav?— le pregunté con un tono de rabia contenida.  —¿Nos has traído aquí para humillarme delante de Tom y hacerle sufrir? ¿Es eso lo que quieres?

—Yo no le estoy humillando— respondió. —El único que lo está humillando aquí eres tú con esa ridícula actitud tuya.

—Oh…— me hice el sorprendido y arqueé muchos las cejas. —Por eso no has parado de soltar idioteces pasivo-agresivas sobre mi viaje en auto con Linda y le has explicado al detalle la conversación que tuvimos por teléfono… porque no quieres humillarme delante de Tom…

—Solo he dicho la verdad, Bill. Tom tiene derecho a saber la clase de humano con el que está y el poco respeto que tiene a la Manada y a su Alfa.

Me quedé en silencio un par de segundos y, entonces, se me escapó un bufido y sonreí antes de negar con la cabeza. Aquello era como volver al pasado, a esa época en la que tutores y psicólogos que no me conocían realmente fingían querer ayudarme, pero lo único que hacían era recordarme todo lo que hacía mal, porque yo no era más que un pequeño delincuente, un ególatra soberbio y un drogadicto. Ellos nunca eran los malos, nunca me trataban mal, solo yo tenía la culpa. Así que hice con Gustav lo mismo que había hecho con ellos, asentir con la cabeza, ignorarlos por completo y seguir adelante.

—Muy bien— murmuré, recostándome en la silla.

Otro silencio se extendió entre nosotros, pero a mí ya no me importaba nada de lo que el Alfa pudiera decirme. ¿Quería insultarme delante de mi lobo? Que lo hiciera. ¿Quería pensar que así me estaba dando una lección y que yo aprendería a ser «mejor persona»? Que lo creyera. Yo le había avisado de la ficha policial y del detective Lemon para hacerle un puto favor, aunque él siguiera pensando que yo era «esa clase de humano» y excluyéndome de la Manada, pero no debería preocuparse más, esa sería la última vez que me preocupaba por contarle algo.

—¿Vas a contarme lo de ese informe con fotos que viste en la comisaría?— me preguntó Gustav tras un breve silencio.

—Era un informe con fotos de la Manada, como ya te dije— respondí en un tono clamado, simple y carente de vida. —Estaban algunos solteros y otros que no reconocí. Tú tenías tu propia página. No sé nada más.

—¿Dónde lo viste?, ¿te lo enseñaron por alguna razón en especial?

—Me lo enseñaron porque apesto a Tom y el detective está convencido de que trabajo para nosotros o algo así. Me enseñó las fotos y me preguntó a cuál reconocía o a cuántos me estaba cogiendo y qué podía contarles sobre ellos.

Gustav frunció el ceño de cejas espesas y descruzó los brazos para inclinarse hacia delante.

—¿Le has contado algo, Bill?— me preguntó.

Esa pregunta era… tan ofensiva que tardé un par de segundos en conseguir reunir la fuerza para responder. Miré a los ojos amielados del Alfa, quien, por un momento, pareció arrepentido de haberme dicho aquello; pero ya era tarde.

—No…— murmuré —No le he contado nada.

Gustav asintió y bajó la mirada a la mesa.

—Dijiste que creías que ese detective tenía un motivo para perseguirnos, que trata de vengarse porque alguno de mis Machos ha tenido relaciones con su prometida— continuó tras un breve parón de un par de segundos. —¿Por qué crees eso?

—El detective tiene una marca de un anillo en el dedo anular. Se lo debió quitar hace relativamente poco, así que supuse que su prometida le había abandonado. Como también le tenía mucho odio a los lobos por como me trataba sabiendo que estoy con alguno, me pareció divertido pensar que su novia le dejara por un Macho de la Manada. Cuando le hice una broma al respecto, me dio un puñetazo y se enfadó muchísimo, así que creo que acerté o que me he acercado mucho la verdad.

—Nosotros no tenemos la culpa de que las humanas vengan a buscar a los Machos solteros de la Manada— respondió el Alfa, abriendo un momento las manos con las palmas en alto para remarcar sus palabras. —Si están comprometidas o casadas, es solo cosa de ellas.

Asentí un par de veces, dándole toda la razón, por supuesto.

—¿Quién estaba en las fotos que viste?— siguió preguntando.

—Georg, David, Felix, Kai, Devon, Jared, Tom y cinco más que no pude reconocer.

—¿Dónde estaban?, ¿eran fotos sacadas en algún lugar concreto?

—No, eran de cámaras de seguridad y vigilancia. Estaban en blanco y negro y no tenían mucha definición. Felix tenía el pelo un poco más corto y David llevaba una especie de peinado a lo mohicano, me costó un poco reconocerle.

El Alfa soltó un gruñido de entendimiento, como si hubiera descubierto algo con aquello.

—¿Alguno más estaba diferente de como los conoces ahora?

—No, solo ellos dos.

Gustav asintió y cogió una hoja en blanco y un bolígrafo para escribir algo con letra apresurada. Me quedé allí, con cara seria hasta que terminó y me preguntó:

—¿Qué le dijiste sobre el incidente de la pizzería?

—Que podría ser el ex celoso de alguno de mis numerosos amantes lobos.

—¿Y te creyó?— el lobo arqueó levemente una ceja. —¿Con lo mucho que huele a Tom?

—No, no me creyó, pero ellos no son capaces de diferenciar el olor de un solo Macho, para ellos solo apesto a lobo. Así que suena convincente que uno de los ex amantes de esos Machos que me estoy cogiendo quisieran vengarse de mí por robárselos.

Gustav soltó otro gruñido de entendimiento.

—A veces me olvido de lo poco que saben los humanos de nosotros— reconoció en voz baja, volviendo a agachar la cabeza para escribir otra nota rápida. —Bien— concluyó, dejando el bolígrafo a un lado y mirándome a los ojos. —Sal y pídele a Tom que entre un momento, necesito hablar una cosa de la Manada con él.

Asentí y me levanté, cogí mi cajetilla de tabaco todavía sobre la mesa y me di la vuelta hacia la puerta, pero antes de que pudiera salir, me dijo:

—Por cierto, si quieres disculparte con Linda por lo de anoche, puedes decírmelo a mí y yo hablaré con ella.

Apreté el manillar con fuerza y tomé una discreta bocanada de aire.

—Linda ya sabe por qué estaba de mal humor anoche. Ya se lo dije — respondí, abriendo la puerta para salir al exterior. Allí estaban esperando Tom y Norman, uno mucho más impaciente y nervioso que el otro.

Mi lobo me miró con sus ojos amarillentos y preocupados. No le dije nada, solo le hice una señal al interior.

—Quiere hablar contigo.

Tom gruñó por lo bajo con tristeza y me miró hasta el último momento en el que cruzó el umbral. Me quedé allí, en aquel horrible pasillo que ahora me parecía incluso más viejo y decadente que que antes.

—Bill— me dijo una voz a mi lado. Miré a Norman, con su perilla y su pelo de un castaño claro revuelto —tengo que seguir las reglas de la Manada, no…

—Lo sé— le interrumpí. —No te preocupes.

Él no me miraba a los ojos, así que había buscado un punto intermedio a un lado sobre mi cabeza, como si estuviera observando la pared a mis espaldas de forma distraída. Le ofrecí un cigarro de la cajetilla y al fin bajó la mirada, lo aceptó con un asentimiento y un brevísimo vistazo a mis ojos. Me despedí con un simple «nos vemos, Norman», busqué el zippo en mi bolsillo y me encendí el cigarro de camino a las escaleras, porque no tenía ganas de tomar otra vez el ascensor del terror.

Eran siete pisos, pero no me importó demasiado, bajando escalón a escalón, fumando y sintiéndome vacío. Gustav no me había decepcionado, simplemente me había demostrado que no se merecía ni siquiera mi odio. El tenía un poder contra el que yo no podía luchar y que no le importaba usar en mi contra a la menor ocasión.

Al llegar al último piso, ya casi me había terminado mi cigarro. Saludé al lobo que estaba allí guardando la puerta, quien solo me gruñó en respuesta, sin mirarme, como si yo fuera un extraño no deseado allí. Salí por la puerta y fumé la última calada antes de echar la colilla a un lado sobre la acera todavía un poco mojada. Me metí las manos en los bolsillos de mi pantalón y miré al cielo cada vez menos nublado, disfrutando del aire templado y el olor que arrastraba.

—Bill— oí a mis espaldas junto con el ruido de la puerta acristalada al abrirse. No necesité girarme para saber de quién se trataba. —Bill bueno con Alfa. Bien— me felicitó Tom, pegándose a mi espalda para frotarse el rostro contra mi pelo y ronronear por lo bajo. —Tom tiene trabajo, pedirá a Kai que lleve a Bill a…

—No— le interrumpí. —Puedo volver yo solo, hace buena noche.

El lobo gruñó para demostrar que la idea no le gustaba. La Guarida quedaba algo lejos de allí, quizá a una hora a pie, y no eran las calles más seguras para dar un paseo nocturno; sin embargo, me giré, le di un beso al lobo y le acaricié suavemente la barriga.

—Bill se va— fue lo único que le dije antes de tomar una dirección.

—Pásalo bien— le oí decir a mis espaldas, algo que me hizo sonreír un momento.

Pasé por delante del Motel de la Manada, pero no giré el rostro para ver el interior ni nada que pudiera haber allí. Seguí el camino hacia el final de la calle y después giré en una dirección. De camino a casa me detuve en un bar moderno del centro, con luces de neón, música movida, cócteles de diseño y camareros guapos. Me senté en la barra y pedí un cubata antes de sacarme un cigarro. Con mi camiseta de segunda mano y mi bañador negro, parecía vagabundo en comparación con los demás clientes, bien vestidos y con dinero. Eso no me importó, como no me había importado nunca, porque aún con aquella ropa al final siempre venía alguien a molestarme y tratar de ligarme invitándome a copas.

—Vaya, eres el primer rubio de ojos verdes que conozco— me dijo una mujer de mediana edad que, casualmente, se había puesto a pedir una copa a mi lado.

—Felicidades— respondí sin apartar la mirada del frente.

—¿Eres modelo o algo así?

—No, Solo soy gay.

Y eso solía terminar con los cutres intentos de las mujeres, pero no de sus amigos homosexuales que habían visto la oportunidad de oro.

—Eh, tienes unos tatuajes muy bonitos…— no le di tiempo ni a terminar, me levanté de mi asiento y me fui de allí dejándole con una expresión de sorpresa y la palabra en los labios.

Yo solo quería una copa y un momento para mí mismo, para reflexionar sobre la vida de mierda que tenía y los muchos errores que había cometido; no había ido allí a ligar y hacerme el tonto para que me pagaran copas. Ese momento de mi vida ya había pasado hacía mucho. Así que cuando volví a casa, fui directo a por una cerveza en la nevera, sin molestarme en encender la lámpara de pie y alumbrar la oscuridad del salón. Sumergido en la penumbra, abrí la puerta de emergencias y me senté en el borde, con las piernas colgando y la luna llena en lo alto del cielo, entre las finas grises. Me encendí otro cigarro y solté el humo al exterior. De pronto, sentí una vibración en el pantalón y saqué el móvil para mirar un número oculto. Estuve muy tentado a colgar, pero podía tratarse de Tom, así que respondí:

—¿Sí?

—Hola, Bill. Soy Georg— respondió el Beta pelirrojo. —Acabo de enterarme del ataque de los lobatos a la pizzería.

—Ah..—murmuré con un asentimiento. —Has pedido cinco pizzas familiares y has tenido que pagarlas, ¿no?

Georg se rió un poco al otro lado de la línea.

—No, me lo ha dicho Linda en el Refugio. También me dijo que en comisaría te habían dado un buen golpe…— y gruñó por lo bajo, como si aquello le molestara un poco.

Fumé otra calada con la mirada perdida en el horizonte, hacia la ciudad de altos edificios bañada por la luz de la luna y sembrada de pequeñas luces artificiales.

—¿Te ha contado Linda también nuestro viaje en auto?— le pregunté. —porque al parecer es una mujer a la que le gusta contar muchas cosas…

Georg no respondió al momento, quizá tratando de decidir por qué mi tono de voz sonaba algo ácido y amargo.

—Sí, me dijo que estabas cansado y enfadado, pero que era normal después de la noche que habías tenido. Se quedó algo preocupada y me pidió que te preguntara qué tal te encuentras.

No pude reprimir una mueca de asco. No me gustaban las personas hipócritas que te apuñalaban por la espalda y después te venían con una sonrisa a preguntarte «qué tal te encuentras». Podía meterse su preocupación por su acomodado culo de ama de casa y darle vueltas, porque después de andarle a llorar al Alfa sobre lo que había pasado en el auto, sus palabras no significaban nada para mí.

—Dile que estoy maravillosamente— respondí. —Mejor que nunca..

—Bill.. — el Beta soltó un suspiro de cansancio, casi pude imaginarlo frotándose los ojos en aquel breve silencio que dejó antes de decir: —Linda es una mujer muy dulce y buena. Lo que le ha contado a Gustav no ha sido por hacerte daño o quejarse de ti. Créeme. Ella sabe cómo es su Macho y que el Alfa iba a malinterpretar la..

—Claro— le interrumpí. Me encogí de hombros aunque no pudiera verme, pero es que quedaba a juego con el tono indiferente y sarcástico de mi voz. —No pasa nada..

—Bill— repitió, ahora ya más enfadado. —Deja de ser así. Te lo he dicho, la Manada no es tu enemiga. Ninguno de nosotros quiere hacerte… 

—No, Georg— le interrumpí de nuevo, dejando atrás esa fría calma que me había acompañado hasta entonces. —Al parecer la Manada sí es mi enemiga. Tu puto Alfa no deja de darme por el culo y humillarme delante de Tom por cualquier excusa de mierda, aunque yo le haya tratado de advertir de que la policía les tiene puesto el ojo encima. Pero claro, yo soy solo un bastardo soberbio y maleducado y un compañero de mierda para Tom, porque no voy junto a la Manada a sonreírles, a lamerles el culo y a darles las gracias por permitirme estar en nuestra presencia mientras me escupen a la cara y ni siquiera me miran a los ojos. ¿Te crees que no me doy cuenta de eso, Georg? Los lobatos me están jodiendo la vida y no veo que a nadie le importe que me echen del trabajo, solo oigo «los lobatos son así, Bill…». ¡Pues yo necesito esos trabajos de mierda, Georg! ¿Te crees que la puta comida de Tom sale gratis? ¿Eh?— a esas alturas ya estaba gritando y gesticulando en la soledad de la casa, sentado en la repisa de la puerta y haciendo un espectáculo para cualquier vecino que quisiera oírme.

—Trato de ser bueno con ustedes, pero sé que jamás me van a volver a dar la oportunidad de entrar en la Manada. ¡Así que a partir de ahora pueden ir a pedirle favores y comida gratis a los putos compañeros de los demás lobos a los que sí tratan con respeto! Como a la puta de Ria! ¡YA PUEDEN OLVIDARSE DE MÍ!—

rugí, alcanzando ese grado de enfado que, quizá, había estado acumulando dentro de mí desde mi reunión con Gustav. Georg no tenía la culpa, solo era la persona que había conseguido colmar un vaso ya demasiado lleno de frustración.

Antes de que respondiera, levanté el teléfono y lo tiré con fuerza hacia el vacío, viendo cómo reventaba al chocar contra el cemento del suelo y se deshacía en varios trozos. Cogí varias bocanadas de aire, recuperando el aliento, y entonces me cubrí el rostro. Sentí una repentina punzada de miedo y de angustia, porque estaba tirando por la borda todos aquellos meses de pequeños avances con los chicos, esos pequeños e insignificantes pasos que me estaban acercando, no a la Manada, sino a ellos. Por desgracia, yo ya estaba cansado de esforzarme, tragar y agachar la cabeza. 

Había llegado a mi límite.

Ahora, cuando el tiempo ha pasado y miro atrás recordando esos momentos, me doy cuenta de muchas cosas que pasaba por alto o que yo no era capaz de comprender.

Para ser justo conmigo mismo, diré que es más fácil cuando entiendes totalmente a los lobos, los conoces y aprendes lo que significa la Manada. Es un organismo muy complejo, no solo una pirámide de lobos con rangos y un estatus que van por ahí como zombis descerebrados haciendo todo lo que el Alfa ordenaba. No. La Manada está viva y formada por un montón de personas que, aunque sean parte de un conjunto, son capaces de pensar y sentir por sí mismas.

Cuando eres un compañero y conoces a otros lobos de la Manada, te tratan con respeto, son educados y se muestran receptivos; pero eso no quiere decir que les caigas especialmente bien o que te encuentren interesante ni divertido. Solo es que ahora eres parte de su comunidad y eso es algo muy importante para ellos. Van a defenderte a ti y tus intereses porque eres de la Manada.

Sin embargo, también está la posibilidad de que les caigas bien, se preocupen por ti y quieran pasar tiempo contigo. Algo así como lo que los humanos consideramos «ser amigos».

Georg, Felix y Norman eran mis Amigos de la Manada. Por eso, la noche de la bolera, no solo ofendí a la comunidad como conjunto, sino que también ofendí a un nivel personal a los pocos lobos que habían desarrollado una relación conmigo. Fueron ellos los que vinieron a pedirme una explicación cuando a nadie le importaba la razón por la cual me hubiera comportado tan mal. Y fueron ellos los únicos dispuestos a perdonarme y a darme la oportunidad de demostrarles que solo había sido un error.

Y, como suele decirse en la Manada: Bill nunca olvida. Ni lo bueno, ni lo malo.

Continúa…

Gracias por la visita. No te vayas sin comentar 😉

por TollWriter

Escritora del Fandom

Un comentario en «Humano 37»

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