
Fic Toll de TollWriter
29: La manada: tiene algunos limites
Bailar con Tom era una de las cosas que más me gustaban en la vida.
El lobo se movía con una magia que me volvía loco; se pegaba y nos rozábamos, pero no intentaba rodearte con los brazos y agarrarse, no era invasivo y molesto, no trataba de acelerar los cosas, solo se pegaba y dejaba que tu propio movimiento y el suyo se mezclaran con la música. Frente contra frente, muy cerca, un roce de cadera, una simple mano en el costado, un beso húmedo en los labios, notar su cuerpo grande y musculoso, su entrepierna dura siguiendo el ritmo, el sudor deslizándose por su cuello y sus brazos, su mirada fija e intensa, su jadeo lento y pesado, su olor tan intenso y cálido… Demonios, me ponía tan caliente que dolía.
Cuando nos dirigimos al auto yo ya estaba flotando en una nube de excitación y con demasiadas ganas de arrancarle la ropa a mordiscos y montarlo hasta el amanecer. Apenas tuve paciencia para alcanzar el exterior y ya le estaba metiendo mano debajo del pantalón, hundiendo mi mano en su pelo rizado y negro, devorando sus labios y gruñendo con necesidad.
Tom no estaba mucho mejor que yo, totalmente enloquecido y tan empapado que se había manchado por completo la entrepierna. Me metió en el Jeep con un rugido grave y cierta violencia, mostrándome los dientes antes de abalanzarse sobre mí y demostrar su superioridad y todas esas mierdas que le convertían en un lobo tan divertido.
Me hubiera gustado habérsela chupado un poco antes, pero Tom fue directo a clavármela hasta el fondo, morderme con fuerza el hombro y usar todo su cuerpo y sus brazos para someterme por completo bajo su peso.
Cuando volvimos media hora después al interior del Luna Nueva, yo estaba todavía un poco grogui, con el culo empapado después de unas buenas cinco corridas del lobo. Me fumaba un cigarro de camino a la Manada y nada me podía importar menos que sus miradas esquivas y sus expresiones serias.
Georg el pelirrojo estaba ahora allí, junto con Kai, Devon y Nick el lobato; que, al parecer, se creía demasiado bueno ya para participar en las fiestas del Luna Nueva con el resto de adolescentes.
Una vez más, la Manada me ignoró y solo saludó y miró a Tom, a excepción de Nick, a quien no se le ocurrió otra cosa que hacer un comentario sobre el hecho de que acabábamos de tener sexo. Entonces se creó un momento muy tenso en el que Georg y Kai miraron a Nick con sorpresa mientras el resto de la Manada agachaba la cabeza y se quedaba en silencio.
Los Machos no participaron en aquello, pero tampoco impidieron a Nick proseguir, lo que provocó que Tom se abalanzara contra él para pegarle un puñetazo que casi le deja tonto. Necesitó que Georg y Kai le detuvieran para no acabar mandando a Nick directo al hospital.
Esto quizá necesite una explicación más profunda, ya que forma parte de las costumbres y normas de la Manada: La razón por la que Tom se puso tan furioso con el lobato, fue porque Nick me estaba considerando un mero lobero chupavergas con el que Tom se había quitado el calentón.
Los lobos pueden oler el sexo, incluso en aquel ambiente cargado, ellos siempre saben cuando otro Macho acaba de tener sexo y al humano que se ha cogido solo por cómo huelen; y para la Manada, siendo una raza tan sexual, esto es totalmente normal.
Todavía más si ese Macho tiene un omega con el que poder coger cuanto y donde quisiera sin dar explicaciones a nadie.
No es algo vergonzoso para ellos, simplemente lo ignoran educadamente, a no ser que el lobo en cuestión quisiera hacer referencia a ello. El problema es que este, llamémoslo «respeto y privacidad», solo se cumple cuando el lobo tiene una pareja, un compañero; en cualquier otro caso es normal que los Machos solteros bromeen entre ellos sobre los humanos que se cogían, compartiendo experiencias de lo que les hacen, dónde se lo hacen y si el humano lo había hecho mejor o peor que otros.
Así que cuando Nick había hecho aquel comentario sobre si Tom y yo acabábamos de coger, había sido muy grosero e insultante conmigo, dando a entender que yo no era el compañero de Tom ni parte de la Manada, sino un humano cualquiera que se hubiera cogido aquella noche. Y, aunque yo fuera considerado un paria y la Manada me odiara, seguía siendo el hombre que compartía Guarida con Tom y que le mantenía bien alimentado y cuidado; así que al menos me merecía un pequeño respeto en ese sentido y había un límite que no se podía cruzar a la hora de insultarme.
Por eso Tom se puso como una completa fiera.. y yo no pude sonreír más mientras me llevaba el cigarro a los labios y veía a Georg y Kai tratando de calmarlo. Les costó un poco hacerle entrar en razón, tuvieron que emplear algo de fuerza y recordarle que Nick era «solo un lobato».
Tom al fin se detuvo, pero no paró de gruñir y mostrarle los dientes al adolescente.
—¡Tom es el Macho de Bill!— rugió, dejándoselo bien claro a Nick, pero también a la Manada que había allí.
—Sí, Tom. Lo sabemos— respondió Georg, con la cabeza gacha y las palmas en alto para pedir al SubAlfa que se calmara. —Nadie duda de eso— Entonces el lobo pelirrojo me echó una rápida mirada e hizo un muy sutil movimiento con la cabeza para pedirme que le ayudara con Tom.
Fumé otra calmada calada y solté
lentamente el aire. Entonces me acerqué a mi lobo y le acaricié la barriga para llamar su atención y calmarlo, cuando Tom me miró, su gruñido profundo y grave se convirtió en uno más suave, como de queja. Asentí, dándole la razón. Nick era un idiota y se merecía aquel golpe en la cara. El lobo inclinó el rostro y me acarició un poco para que todos lo vieran.
—Vamos por un trago— le sugerí, metiendo la mano por debajo de la camiseta sin mangas para poder frotar su barriga de una forma directa.
Tom volvió a gruñir, me agarró de la muñeca y se pegó mucho a mi espalda para acompañarme hacia la barra. Se pasó el resto de la noche con expresión seria y gruñendo de vez en cuando, como si de pronto recordara el incidente y empezará a enfadarse de nuevo. Fue divertido verle así, hasta que estuvimos en la cama y siguió haciéndolo cada tres minutos sin parar.
—Tom, para de una puta vez— le dije con enfado tras más de media hora sin poder dormir, escuchando sus gruñidos graves en mi nuca mientras me apretaba contra él. —Le has dado dos golpes a Nick y la Manada sabe que no tienen que tocarnos los huevos con ese tema. Como vuelvan a insultarnos así, quemo el puto Luna Nueva de arriba abajo y los lobatos se quedan sin club.
El lobo se quedó entonces callado. Me di la vuelta entre sus brazos y apoyé la cabeza en su hombro para frotar su pecho abultado y peludo hasta que se durmiera; pero tras cinco minutos de silencio, soltó otro gruñido bajo.
—iTom!— le grité, incorporándome —i¿Quieres dormir en el puto sofá?!
Ahí terminó todo. A la mañana siguiente, tras el sexo matutino y el vaso de leche con hielo, el lobo se encontraba más calmado.
Volví de las compras diarias con tres costillares de cerdo y una maceta enorme con una pequeña palmera que le regalé a Tom.
El lobo alzó sus espesas cejas negras y sonrió, ronroneando muchísimo mientras me frotaba toda la cara contra la suya sin parar. Cuando me llevó a la gasolinera y se despidió para ir a trabajar, ya estaba contento y había olvidado el incidente de la noche anterior; pero yo no lo había olvidado.
Si había alguien verdaderamente rencoroso y enfadado en la pareja, ese era yo, solo que a mí no se me notaba hasta que era demasiado tarde y de pronto tenías el auto rayado, las ruedas pinchadas, las ventanillas rotas y el interior lleno de basura. Qué fue exactamente lo que le pasó a la mierda de Volkswagen rojo de Nick, pero eso fue más adelante, por el momento lo dejé pasar y seguí adelante.
—Hola, bienvenido a Old Gas, ¿quiere que le llene el depósito?— pregunté con cara indiferente al primer grupo de lobos de la noche que se pasó por allí. Digo el primero porque hacía una semana y media que, al parecer, a la Manada le gustaba venir a repostar gasolina gratis a mi trabajo.
En esa ocasión al menos se trataba de Felix en su precioso Hyundai Tucson azul grisáceo, acompañado de Matt y Devon, otros dos Machos Comunes. Todos tenían su collar de cadenas plateadas al cuello e iban con ropa muy veraniega para aguantar el bochorno de la noche.
—Bill— me saludó Felix, haciendo un breve contacto visual antes de bajar del auto. —¿Puedes llenar el depósito? Hoy tenemos un viaje largo qué hacer.
No dije nada, solo me puse en ello mientras los otros dos lobos también se bajaban del auto.
—Nos vendría bien algo de beber— dijo Matt, pasándose la mano por su pelo rizado y castaño. Llevaba una camiseta sin asas y en vez de mirarme a mí, miraba por encima de mi cabeza hacia la caseta donde estaba la tienda. —Quizá un par de cervezas de esas frías.
—Trae también algunas bolsas de snacks. Las de cecina no estaban mal— me dijo Devon sin mirarme, estirando los brazos antes de ponerse las manos tras la cabeza rapada, mostrando sus anchas axilas de pelo abundante y oscuro. —Empiezo a tener hambre.
Le miré por el borde superior de los ojos, con una expresión muy seria que decía que tenían que tener mucho cuidado con sus palabras. Una cosa era que vinieran allí, otra muy diferente era que se creyeran que podían tratarme como a su puta criada, porque eso no iba a pasar.
—Bill vivé en la Guarida de Tom— tuvo que recordarles Felix, acompañando sus palabras de un tono de advertencia. No podía defenderme, por supuesto, pero al ser el de mayor rango allí sí podía marcar un límite de cómo sus hermanos podían tratarme.
Los dos lobos agacharon un poco la cabeza y se cruzaron de brazos, mirando a cualquier parte menos a mí. Terminé de llenar el depósito del auto y dejé la manguera en su sitio antes de dirigirme a la tienda.
Volví con sus putas cervezas frías y un par de bolsas de snacks que tuve una enorme tentación de tirarles a la puta cara; pero no lo hice, porque yo ahora era «bueno» con la Manada. Dado por finalizado mi trabajo allí, quise volver a mi silla de playa a seguir fumando mi cigarro y leyendo revistas de mierda, pero Felix me siguió a un par de pasos de distancia y me mostró un billete de cinco dólares; probablemente el primero que había encontrado en su bolsillo.
No se esforzó ni en parecer interesado en dármelo, solo me lo enseñó y volvió a guárdalo. Después hizo una señal hacia mi cajetilla de tabaco y se la lancé, la cogió al vuelo y sacó un cigarro que se dejó en los labios mientras se lo encendía con una cerilla, iluminando sus fuertes rasgos de un fulgor anaranjado. Agitó la cerilla para apagarla y soltó una bocanada de humo con la mirada perdida hacia un lado.
—¿Cómo lo llevas, Bill?— me preguntó. Me llevé mi cigarro a los labios y fumé una calada mientras le miraba fijamente, recostado en mi silla de playa, con una camiseta rota sin mangas que había cogido prestada de Tom, mi bañador amarillo de piscina y mi chaleco de la gasolinera de nombre equivocado.
—De lujo— murmuré. —Soy la viva imagen del éxito— y fumé otra calada.
A Felix se le escapó una sonrisa que escondió girando un momento el rostro a un lado. Con su metro noventa, sus ojos color chocolate, su media melena rubia, Felix era uno de los lobos más guapos que había visto en mi vida. Era solo un Macho común y su olor no era muy fuerte, incluso en pleno verano, pero el lobo se hinchaba a coger en el Luna Llena y tenía como a cuatro lobera y a tres loberos que le mantenían muy bien cuidado durante el resto de la semana.
Él y yo habíamos hecho muy buenas vibras mientras trabajé allí y, lo gracioso, era que nos habíamos conocido porque una vez había intentado ligar conmigo, saliendo a fumar del club las primeras veces que yo había trabajado como portero. Me había confundido con un lobero esperando en la entrada del local y habíamos intercambiado una larga y fija mirada en la distancia mientras ambos fumábamos.
No supo que yo era Bill, el compañero de Tom, hasta que se había acercado lo suficiente para olerle en mí. Entonces se le había borrado su sonrisa prepotente y victoriosa de un plumazo y se había preocupado de pedirme perdón y decirme que no se había dado cuenta desde tan lejos, que el aire iba en dirección contraria y todo tipo de explicaciones para que no se lo contara a Tom.
Yo no le había dicho nada a mi lobo, porque ya tenía suficiente con que estuviera molesto por cómo me vestía y no quería darle razones para creer que estaba en lo cierto. Así que Felix había vuelto para agradecérmelo, presentarse formalmente y charlar de vez en cuando durante las noches.
—Lo de ayer fue bastante jodido— me dijo, refiriéndose al incidente con Nick. —Ese lobato cruzó la línea…— seguía mirando hacia los árboles a oscuras, fumando y hablando distraídamente como si fuera mera casualidad que yo le estuviera escuchando. —La Manada está enfadada, pero sabe que Tom es tu Macho. Me llevé el cigarro a los labios y solté un murmullo desinteresado.
No entendía exactamente por qué Felix se estaba tomando la molestia de aclararme aquello, pero allí estaba, siendo «bueno» conmigo mientras el resto de la Manada me trataba como a la mierda. — Bill— …murmuró tras un breve silencio. Negó con la cabeza y miró al suelo de cemento gris —¿Qué mierdas te pasó en la bolera?— me preguntó entonces con un tono bastante serio y el ceño fruncido.
Chaqueé la lengua y fumé otra calada, girando el rostro hacia un lado antes de soltar el humo.
—Una mala noche— respondí. Felix negó con la cabeza y volvió a mirar el bosque.
—Me esperaba algo mejor que eso, Bill— reconoció. Parecía decepcionado, y quizá me hubiera hecho aquella pregunta con la esperanza de que yo tuviera una explicación convincente y comprensible de por qué les había ignorado y había insultado a la Manada de aquella forma. Pero yo no la tenía. —Los chicos te llamamos varias veces. Yo te llamé varias veces— fumó una calada y soltó el humo. —Todavía me cuesta mirarte a la cara después de aquello.
Cogí aire y me recosté hacia delante, apoyando los codos en las rodillas. Yo creía que los lobos se estaban tomando aquello demasiado a pecho, que no era para tanto y que no necesitaban darle tantas vueltas al hecho de que les hubiera ignorado durante una estúpida noche de bolos. Pero claro, yo lo estaba viendo desde una perspectiva humana, para ellos, lo que yo había hecho tenía muchos niveles de complejidad profundidad.
Yo había ofendido a la Manada, que era una cosa, pero también había ofendido traicionado a los Machos que habían «confiado en mí», o que habían empezado a quererme antes incluso de ser parte de la comunidad; así que las relaciones individuales que tenías con cada lobo eran algo diferente al conjunto de la Manada. A veces se mezclaban, pero no eran lo mismo. Lo sé, es muy complejo de entender, y a mí también me costó mucho hacerlo, créanme.
—Me caes bien, Felix— le dije. —Sé que no deberías estar aquí charlando conmigo y que cuando vuelvas con Devon y Matt tendrás que inventarte una buena excusa— señalé con la cabeza a los dos lobos que esperaban al lado del auto, bebiendo la cerveza ría, comiendo y mirándonos fijamente. —Pero no necesito que vengas a decirme lo que he hecho mal, porque eso ya lo sé.
El lobo cabeceó, fumó una última calada y tiro el cigarrillo a un lado, creando un rastro de chispas anaranjadas cuando cayó al suelo. Se dio la vuelta y echó el humo, pero antes de que se alejara le dije:
—Siento haberte ofendido, Felix. No fue nada personal, solo el enfado del momento. Vuelve siempre que quieras y te invitaré a una cerveza y un cigarro.
El lobo se detuvo y se pasó la mano por su bonita media melena, echándose el pelo hacia un lado antes de girar la cabeza para dedicarme una mirada fija. Estaba serio y no dijo nada, solo asintió de nuevo y se fue. Me quedé mirando como los tres Machos se metían en el Hyundai Tucson y se iban hacia la autopista, haciendo un giro para salir en dirección norte.
Tras ellos llegaron un par de clientes humanos, otro todoterreno de lobos que no reconocí, pero que no dudaron en decirme que les llenara el depósito antes de ofrecerme el dinero para pagarme, cuando no lo acepté gruñeron con cierto descontento, pero no insistieron y se fueron sin más. El último auto de la noche antes de que llegara Tom fue el Skoda Kodiag gris oscuro de Kai el rubiazo. No me miró a la cara en ningún momento, solo me pidió que le llenara el depósito y me preguntó:
—¿Tienes algo de beber?
—Cerveza, Red Bull, refrescos y agua fría— respondí mientras apretaba la manivela de la manguera para verter el carburante dentro del auto.
—Agua estará bien— dijo.
Al terminar fui a por una botella fría de un litro y se la entregué. Kai se la pasó por el cuello y ronroneó un momento antes de agitar la cabeza. Era el único lobo de ojos azules que conocía y el primero que había visto fuera del Luna Llena; a excepción de Tom, claro. Los dos se llevaban bastante bien y solían trabajar juntos, pero Kai y yo no habíamos entablado demasiadas conversaciones.
Incluso cuando trabajaba de portero en el club, al que el lobo rubio asistía religiosamente cada viernes del mes, no habíamos intercambiado más que breves saludos y frases cortas; por eso me sorprendía tanto que fuera de los que más a menudo visitaran la gasolinera, solo o acompañado.
—¿Te pide Tom que vengas?— le pregunté con curiosidad, después de darle algunas vueltas a la idea.
—No— respondió, destapando la botella para dar un par de buenos tragos. La volvió a cerrar y la dejó en el asiento del copiloto antes de añadir: —Me gusta la gasolina gratis.
Por alguna razón aquella sinceridad tan desgarradora me hizo gracia y sonreí un poco, asintiendo varias veces con la cabeza. El lobo cogió el mismo billete de un dólar que me enseñaba siempre, como si fuera una tarjeta de visita; hizo el gesto rápido por el mero hecho de hacerlo y lo volvió a guardar en la guantera.
—Nos vemos, Bill— se despidió, arrancando el auto para desaparecer en la oscuridad de la autopista.
Media hora después llegó Tom en el Jeep negro, aparcó a un lado de la gasolinera y se bajó, pero yo ya estaba caminando hacia él y le hice una señal para que volviera a subirse, esta vez en la parte de atrás. El lobo gruñó con excitación y enseguida se puso duro bajo su pantalón corto de deporte. Todavía estaba sudado, algo entumecido y con la boca manchada cuando entré en la caseta de la tienda para dejar mi chaleco de la gasolinera.
Contaba con cruzarme con la mujer que me sustituía en el turno de mañana, pero quien me estaba esperando tras pasar media hora en la parte de atrás del Jeep con Tom, fue el encargado de la gasolinera. Era un hombre bajo, calvo y lampiño que trató de explicarme de la forma más retorcida y extraña posible que me estaba despidiendo porque él era un racista de mierda y no quería lobos en su gasolinera.
—Sentimos mucho tener que prescindir de tus servicios de forma indefinida— concluyó con una fingida expresión de pena.
—Vale— respondí yo, dejando el chaleco sobre el mostrador antes de irme de allí con la misma expresión indiferente con la que había entrado. Me pagaban una mierda, pero les había robado miles de dólares en carburante y productos de la tienda, así que estábamos en paz. —Me han despedido— anuncié a Tom cuando me subí al auto. —Dile a la Manada que se acabó la gasolina gratis.
El lobo gruñó con enfado, no supe si porque hubieran echado o porque a partir de entonces tendría que volver a pagar para que le llenaran el depósito y le inflaran las ruedas. De todas formas, volvimos a casa, cenamos antes del amanecer y nos echamos a dormir bañados por el agradable aire de los ventiladores.
A la mañana siguiente después de coger, me di una ducha fresca y preparé el café con hielo y la leche de Tom; con un cigarro en los labios y el teléfono en la mano, comencé la búsqueda de otro empleo nocturno. En verano, con las vacaciones y el calor, las posibilidades eran más altas para hombres como yo, que aceptaban cualquier puesto de mierda en cualquier sitio.
Tom no había vuelto a traer el dinero de su paga y esos quince mil dólares se habían ido esfumando rápidamente con los electrodomésticos y la comida, pronto alcanzaría un punto peligroso si yo dejaba de trabajar.
Tom salió de la habitación con solo un pantalón corto y suelto que le quedaba por debajo de la cintura, enseñando su pronunciada uve al final de su barriga y el espacio en el que el pelo de debajo de su ombligo se mezclaba con el principio del pubis.
Se me escapó un murmullo de placer que Tom no escuchó y le miré de arriba abajo mientras se bebía su enorme vaso de leche fría. Solté el humo del cigarro y apoyé la cabeza sobre la pared de ladrillos.
Mi lobo era un pedazo de hombre enorme, estúpido, peludo y apestoso con cara de mafioso y cuerpo de gladiador.
Nunca había pensado que algo así pudiera hacerme feliz, pero, de alguna forma, lo hacía. Tom percibió mi excitación en el aire y me miró con una suave sonrisa en sus labios. Se acercó a mí y me acarició con la mejilla, ronroneando y gruñendo un poco al final, como si estuviera dispuesto a volver a tener sexo si eso era lo que yo quería. Pero el teléfono comenzó a vibrar en mi mano y miré el número oculto antes de entregárselo a Tom.
—Aquí Tom— respondió sin dejar de mirarme y frotar la punta de la nariz contra la mía. El murmullo apagado por la línea del teléfono se largó un poco hasta que el lobo alzó las cejas con sorpresa y preguntó. — ¿Puede entonces ir Tom con Bill?— Más murmullo y una expresión ensombrecida en su rostro que sustituyó la sorpresa inicial —Sí. Tom lo entiende. Bien… —y colgó. Me devolvió el teléfono y murmuró: —La Manada va a organizar un picnic nocturno en el río para conocer a Ria, la compañera de Jack.
Asentí sin darle demasiada importancia. Sin embargo, Tom sí se quedó entristecido y taciturno con la noticia, preocupado, una vez más, de cuánto podría tardar la Manada en perdonarme y darme otra oportunidad.
—Es solo un picnic— le dije —Seguro que iré al siguiente— y me encogí de hombros antes de darle una caricia en la barriga y un beso en los labios.
No lo había dicho de verdad, por supuesto, tenía la esperanza de que así fuera, pero esa tal Ria se iba a pasar meses en la Manada, yendo a todas las celebraciones con su lobo, hablando con todos los Machos y sus compañeros, disfrutando y riéndose… y yo seguiría siendo tan solo un rumor, un nombre dicho en voz baja, ese extraño «compañero de Tom», aunque Tom era un lobo que siempre iba triste y solo a las reuniones de la Manada.
Y llegué a creer firmemente que, por mucho que vinieran a verme, por mucho que hablaran conmigo, por mucho que empezaran a tratarme de nuevo con cierta normalidad, quizá solo estuvieran siendo unos putos interesados y después no paraban de decir mierdas de mí a mis espaldas y las de Tom.
Pero eso no era cierto. Yo le gustaba a la Manada, no a todos, por supuesto, pero sí a una gran mayoría de los solteros; los chicos siempre hablaban muy bien de mí y, a su manera, trataban de reabrir la puerta que me diera una segunda oportunidad de volver a presentarme a la comunidad.
El único que me odiaba realmente y que no estaba dispuesto a perdonarme, era Gustav, el Alfa.
Continúa…
Gracias por la visita. No te vayas sin comentar 😉
Creo que si Tom (sino tuviera sus limitaciones lingüísticas) hubiera podido explicar a Bill lo que significaba la presentación a la Manada, Bill no lo hubiera arruinado; aunque por ese entonces Bill -corazón de hielo- estaba un poco asustado de donde se estaba metiendo y no estaba dispuesto a caer enamorado por un lobo…