Fic Toll de TollWriter

11: El olor a macho: Un gran negocio

Salí de la tienda con los tres cubos de pollo frito que casi no me cabían entre las manos. Llegué al portal de casa y tuve que dejar uno en el suelo para sacar las llaves. Una figura apenas iluminada por las farolas de la calle salió de un Jeep negro y cruzó la carretera a paso rápido para reunirse conmigo.

—Ey, Tom, hoy he comprado pollo fri..— pero me detuve y miré el rostro del lobo, con el labio roto y un pequeño cardenal cerca del ojo.

Llevaba una camiseta de asas negra y muy ajustada, mostrando sus enormes bíceps que, esa madrugada, tenían algunos cortes y arañazos. Algunos un poco profundos y con costras de sangre seca alrededor. Alargué mi mano libre y le cogí de la muñeca para verlos mejor antes de dedicarle una mirada fija por el borde superior de los ojos.

—¿Qué mierda ha pasado?— pregunté. El lobo levantó la cabeza con orgullo.

—Trabajo complicado hoy, pero Tom ganar. Tom siempre gana.

Mantuve la mirada en silencio y chisque la lengua. Los lobos siempre andaban metidos en mierdas y a mí no debería importarme, pero por un momento, un brevísimo instante, sentí hasta preocupación y miedo de que le hubiera pasado algo a ese estúpido lobo.

—Hoy he comprado pollo— repetí, girándome para abrir el portal pintarrajeado y rayado.

Tom me siguió por las escaleras, muy de cerca y todavía con la cabeza alta y orgullosa. Cuando entramos en casa dejé las llaves sobre el taburete y llevé los cubos de pollo frito a la mesa de la cocina.

—No, vamos a limpiar eso— dije cuando el lobo quiso sentarse ya para cenar.

—No. Tom bien. Solo hambre.

—Tom va a cerrar la puta boca y se va a limpiar las heridas a no ser que quiera que Bill se enfadé —respondí con tono seco y una mirada enfadada. —Así que vamos.

El lobo soltó uno de esos gruñidos de advertencia, pero me dio por el culo que se enfadara, porque yo me enfadaría más que él. Tras una silenciosa guerra de intensas miradas y gruñidos, el lobo terminó levantándose muy indignado y yendo a pasos largos y pesados hacia la habitación.

—Siéntate ahí— ordené señalando la cama.

Fui al baño a por el botiquín y volví para ver a un Tom de cabeza alta y expresión enfadada, al que, evidentemente, ignoré por completo. Me quité la chaqueta negra, me senté a su lado y abrí la caja para sacar líquido desinfectante y una gasa con la que limpiarles los múltiples cortes. A veces emitía un gruñido cuando le escocía, tratando de apartarse de mí, pero le dedicaba otra mirada seca y continuaba.

Me cambié de lado y revisé una herida más profunda cerca del hombro. Yo sabía algo de heridas de arma blanca, y de cómo curarlas, así que la desinfecte bien, le puse pomada para que cicatrizara antes y la rodeé con una gasa, apretándola lo suficiente, pero no demasiado.

—¿Tienes más heridas? — quise saber.

Tom bajó la cabeza y la apartó, evitando mi mirada antes de levantarse la camiseta de asas y mostrar un buen cardenal en el costado. Lo miré con atención, debía dolerle, porque era grande, seguramente de una patada o un buen golpe.

Le quité la camiseta y busqué en el botiquín una crema que había comprado algún tiempo, cuando yo también participaba en peleas callejeras y me salían muchos moratones. Quedaba poca, pero se la conseguí extender lo suficiente para cubrir el cardenal.

—No tengo más. Compraré mañana y te volveré a echar— le dije, aprovechando los restos de pomada antiinflamatoria que tenía en el dedo para pasárselo por el moratón de la cara.

—Tom ganó— me aseguró, manteniendo aquella fachada de pecho henchido y orgulloso.

—Claro que ganó— respondí mientras recogía todo y lo volvía a meter en el botiquín. —En esta casa no entran perdedores— le aseguré.

El lobo me miro con atención mientras iba hacia el baño y lo siguió haciendo cuando volví con las manos lavadas y me detuve frente a él.

—¿Quieres comer ya y coger después o Quieres coger ahora?— le pregunté antes de quitarme la camiseta.

Le había estado tocando y su olor a sudor era muy fuerte después de la noche tan movida que había tenido, así que yo llevaba un buen rato con la verga muy dura mientras le hacía las curas. Y como yo me había excitado, Tom también se había puesto muy caliente, con ese gran bulto duro bajo su pantalón de chándal negro; mientras le hacía las curas, había tratado de ocultarlo de mí, pero el lobo era un pésimo actor y se le notaba excitado e impaciente bajo toda aquella fachada de macho fuerte e independiente. Así que Tom no lo dudó.

—Coger ahora.

—Bien— asentí, quitándome las zapatillas sin agacharme y desabrochándome el pantalón.

Cuando estuve desnudo me puse de rodillas entre sus piernas y acaricié con cuidado la barriga musculada del lobo, frotando el rostro contra su pecho peludo, grande y firme que apestaba tanto a Tom. El lobo soltó un gruñido y agachó la cabeza para frotarse de igual forma contra mi pelo. Disfruté un poco de aquello y después le lamí; estaba salado, pero solo sabía a sudor fuerte. Eso no era algo que hubiera leído en el Foro, solo era algo que tenía ganas de hacer.

Fui descendiendo por su barriga musculada, dándole lametones y besos a su piel salada, siguiendo el reguero de pelo negro y más denso que iba directo a su entrepierna. Tom empezó a mover cadera, muy emocionado con aquello, y se recostó, apoyándose en los codos para no perderme de vista. Apoyé los brazos en sus grandes muslos y empecé a gemir de placer mientras frotaba la cara contra ese bulto grueso, alargado y carnoso bajo la tela del chándal. Aquello sí apestaba a Tom.

Entonces bajé la cintura elástica de sus pantalones, mirándole fijamente a sus ojos amarillentos y a sus labios jadeantes, para descubrir una verga que estaba completamente húmeda. Había empapado por completo la entrepierna del lobo, había dejado un rastro viscoso en el pantalón y en el vello denso y rizado de su pubis. El olor fue todavía más intenso, primitivo y sórdido después de un día en que Tom había sudado tanto. Llegué a resoplar y cerrar un momento los ojos, porque me había pillado un poco por sorpresa y había sido como una sórdida y alucinante bofetada de Olor a Macho del bueno. Los esnifadores no tenía ni puta idea de lo que se estaban perdiendo, porque aquello era una jodida pasada..

Con un profundo gruñido de placer le lamí el vello del pubis manchado, saboreando aquel líquido viscoso que te llenaba las papilas gustativas de un sabor fuerte y denso. Después fui a por el plato fuerte y me metí la cabeza gorda en la boca, gimiendo y tragando todo lo que había allí para limpiársela. Algo inútil, por supuesto, ya que el lobo no dejaba de mojarse todo el rato; pero aun así lo hice, solo por placer personal. Me detuve porque estaba incómodo con la ropa que él aún tenía puesta, así que tuve que levantarme para poder quitarle las zapatillas sucias y mojadas y el pantalón de chándal, una interrupción que no agradó nada al lobo. Soltó uno de sus gruñidos de enfado y movió la cadera.

—Te estoy quitando la puta ropa, tranquilízate— le dije, acompañando mis palabras de una mirada seria mientras tiraba como más fuerza para acabar antes.

Me volví a poner de rodillas y acaricié sus enormes muslos. Su verga se contraía, alzando y cayéndose con necesidad sobre la parte baja del ombligo de Tom, manchando el pelo que había allí del líquido viscoso y traslúcido que no paraba de gotear de la punta.

Sin embargo, lo que hice primero fue lamerle sus enormes pelotas. Esa fue la primera vez que lo hice, pero solo fue la primera de muchas, muchísimas veces que se lo haría en el futuro. La forma más sencilla de decirlo es que me enamoré de aquellos huevos, de lo grandes que eran, del fino pelo negro y rizado que tenían y  de los suaves, increíblemente suaves que eran. Puede que, como uno de los lugares que concentraban más feromonas, mi mente estuviera totalmente confundida y nublada por la excitación, pero joder.. hundir la cara en esos huevos me ponía como una puta perra.

Los lamí un buen rato, empapándome el rostro con mi propia saliva y gimiendo como había pocas veces que había gemido, compitiendo con los gruñidos de un Tom que no paraba de mover las piernas y jadear.

Cuando llegué a su verga, tuve casi que sorber y beber tanto líquido que había producido. Me empapó por completo la boca ya mojada, goteando por todas partes, fuerte, denso y con un intenso sabor.

La primera eyaculación de Tom me pilló por sorpresa, pero la aguanté un momento y después la escupí al suelo para seguir. El lobo me agarró del pelo con firmeza y me cogió la boca como un puto energúmeno enloquecido, produciéndome arcadas que me enfadaron bastante, llenándome los ojos de lágrimas que me emborronaban la mirada mientras tenía una estúpida y enloquecedora mezcla de placer y odio.

Por suerte, no duró mucho y el lobo tardó apenas otro minuto en volver a correrse. No me lo tragué porque aquel semen era puto asqueroso, solo me llenó muchísimo la boca y se deslizó hasta gotear entre mis labios como la saliva y el líquido preseminal. Entonces pude levantar la cabeza, frotarme la boca, jadear con fuerza y limpiarme los ojos antes de volver a escupir al suelo.

—¡Mierda, Tom!—rugí —¡Me estabas haciendo daño, pedazo de imbécil! —Pero eso no le detuvo. Gruñó como él gruñía cuando se enfadaba porque había interrumpido el sexo, se abalanzó para cogerme en brazos y me tiró sobre la cama, se puso de pie y tiró de mi culo para que me pusiera a cuatro patas antes de metérmela de golpe y apretarme con fuerza la cadera.

—¡Tu puta madre, lobo de mierda!— exclamé, pero empecé a jadear y apreté los dientes.

Tom no detuvo aquel ritmo enloquecido hasta correrse otras dos veces dentro de mí. A mí me goteaba semen de lobo, baba y líquido preseminal del mentón. El olor era una locura, el sexo era una locura, creo que me corrí dos veces, no estuve seguro. Fue un polvo increíble.

Al terminar, perdí el aire cuando Tom se dejó caer sobre mí en la cama, me rodeó con sus brazos y jadeó en mi oreja. Nos quedamos así durante toda la inflamación, hasta que al fin pudimos movernos. Me costó un poco, la verdad, me sentía como en una nube y me faltaban las fuerzas. Tropecé un poco de camino al baño y tuve que agarrarme al marco de la puerta y respirar profundamente.

—Joder… —se me escapó entre los labios mojados.

Mi reflejo… daba miedo. Parecía salido de una película porno de un boy-bang, con la barba sucia, los ojos enrojecidos e hinchados y el pelo completamente alborotado. Me lavé la cara y volví a respirar, hinchándome los pulmones. El lobo entró entonces en el baño con sus pasos pesados y se puso frente al váter para echar una ruidosa y larga meada. Me miró y me dijo:

—Tom hambre.

Asentí sin apartar la mirada de mi reflejo.

—Hay pollo frito en la cocina— respondí, pasándome una toalla por el rostro y tirándola a un lado antes de girarme de vuelta a la habitación.

Busqué un pantalón de pijama corto en el armario y me lo puse antes de buscar otro para el lobo y tirarselo cuando volvió del baño. Cogí mi cajetilla de tabaco y me puse un cigarro en la boca, pero no lo encendí hasta poner un plato para Tom y los cubos delante. Apoyé la cadera en la encimera y fumé una calada, mirando como el lobo se sentaba en la silla alta y metía una mano en el primer cubo de pollo para casi devorarlo de una sentada, tirando el hueso sobre el plato.

Eché la ceniza en el fregadero, qué siseó un poco al mojarse, y me llevé una mano a los labios porque sentía un pelo en alguna parte. Era negro y rizado y me lo limpié contra el pantalón antes de fumar otra calada y cruzarme de brazos.

—¿Qué rango tienes en la Manada, Tom?—le pregunté cuando terminó con el primer cubo de pollo frito y fue a por el segundo.

—Tom Primer Sub-Alfa de la Manada— respondió con gesto orgulloso y la boca llena de grasa y restos de pollo.

—¿Tú?— exclamé, y el cigarrillo casi se me calló de los labios

—¿Sub-Alfa?

—Primer Sub-Alfa— me corrigió con cierto enfado, una mirada fija de sus ojos amarillentos y la boca llena de pollo.

Eso quería decir que Tom solo estaba por debajo del Alfa en su escala social y que, si algo le pasaba a ese lobo, sería el nuevo Alfa… Esa Manada debía ser bastante patética y ridícula, fue lo primero que pensé, lo segundo que pensé fue que había vendido esa camiseta por muy poco dinero.

Los Sub-Alfas y Alfas eran los más raros, los más «poderosos» y en lo más alto de la Manada. Su Olor a Macho tenía una media de seiscientos dólares la prenda, y ni siquiera una que hubiera llevado ellos encima.

—Joder.. —murmuré, llevándome una mano al rostro para frotarme el puente de la nariz-–Qué putada…

—Tom muy importante en Manada— insistió él, quizá malinterpretando mi reacción. —Solo Alfa por encima. Tom poderoso y respetado. Muy buen macho para Bill.

—Sí, sí. —traté de calmarlo. —Eres una fiera— Como eso no pareció ser suficiente, me acerqué, rodeé la barra de la cocina y le acaricié la cara interna del brazo vendado antes de decirle al oído. —Muy buen macho para Bill.

Eso le calmó, asintió y siguió comiendo como el cerdo que era. Fumé una de las últimas caladas y solté el aire por la puerta de emergencia entreabierta, mirando el desolado y deprimente paisaje, cada vez menos oscuro a medida que la luz pálida y mortecina del amanecer se colaba entre las nubes del horizonte.

Me estaba cogiendo a un Sub-Alfa en mi casa cada día, a seiscientos dólares la prenda sudada y manchada, eran unos… cuatro mil doscientos dólares en tan solo una semana. El puto Tom me iba a hacer de oro. Sonreí y fumé la última calada antes de tirar la colilla anaranjada al exterior y expulsar una columna de humo de entre los labios. Cerré la puerta y me giré, cruzándome de brazos y con la espalda apoyada en la pared. El lobo me miraba de vez en cuando sin dejar de llevarse alita tras alita a la boca, masticaba ruidosamente y sonriendo con los labios porque me veía feliz.

—Pollo muy bueno— me dijo. —A Tom le gusta mucho.

—Me alegro— asentí.  —Compraré más, entonces.

Cuando se terminó los tres cubos enteros, bebió su segunda cerveza de medio litro y eructó bastante alto. Se levantó con su panza más redondeada de lo habitual y tuvo intención de irse al sofá, pero se detuvo, alargó la mano y cogió el trapo para limpiarse los cachetes grasientos y manchados. Me miró en el proceso y le hice un gesto de aprobación con el pulgar; solo entonces se tiró en el sillón, puso uno de sus programas de reparaciones y se rascó la barriga distraídamente. Fui a la cocina para tirar la montaña de huesos de pollo que el lobo había dejado y las dos latas de cerveza a la basura.

Pasé un paño para quitar la suciedad y fui a sentarme junto a él, acariciándole la interna del abultado bíceps. Tom soltó un ronroneo, pero movió el brazo para rodearme los hombros y atraerme a él. No dije nada y me quedé allí apoyado, en esa postura tan estúpida e incómoda para mí, mientras el lobo me pasaba sus labios y barba grasientos de pollo frito por el pelo. Cuatro mil doscientos… Cuatro mil doscientos… Ese se convirtió en mi nuevo mantra.

Tras el programa de reparaciones y la mitad de uno sobre bricolaje, Tom empezó a dormirse y le agité la pierna para que se despertara. No necesité decirle nada, solo ponerme de pie y cogerle de la mano para ayudarle a levantarse y que me siguiera a la habitación. Le abrí la cama y se tiró encima, haciéndola crujir una vez más, después me quité el pantalón y me metí a su lado.

Fue Tom el que se puso de lado y me abrazó por la espalda, metiendo un brazo debajo de mi cabeza y pegándose mucho.

—¿Dónde trabaja Bill?— me preguntó entonces.

—En una tienda.

—¿Dónde?— insistió.

Cuatro mil doscientos… Cuatro mil doscientos…

—En Velvet’s Bulevar, hace esquina con la calle veintisiete— le expliqué —Se llama The Wong Xing’s Shop, pero todos la llaman «The Wondering Shop».

—Dentro de territorio. Bien —respondió él.

—Debe ser un territorio muy grande— murmuré.

Pude notar como el pecho de Tom se inflaba contra mi espalda y el leve movimiento de su cabeza hacia arriba en uno de sus ridículos gestos de orgullo.

—Manada poderosa. Territorio grande.

Solté un murmullo de fingida admiración y cerré los ojos, para que el lobo se durmiera deprisa le acaricié el brazo que tenía colocado bajo mi cabeza, llegando a darle incluso pequeños besos sobre la piel suave.

Tom ronroneó un poco y tras un par de minutos empezó a roncar y a tener contracciones musculares en la pierna. Cuando me desperté, yo estaba cara al techo y el lobo me rodeaba con su brazo y su pierna, respirando profundamente cerca de mi oreja. Alargué una mano y le acaricié el muslo antes de volver la cabeza y besarle los labios.

El lobo no tardó en despertarse también y, con él, su excitación al sentir, u oler, o lo que fuera que hacía que notara que yo estaba caliente. Se puso encima de mí, se bajó los pantalones, me abrió las piernas y empezó a cogerme exactamente como a mí me gustaba mientras jadeaba, gruñía y se corría numerosas veces.

Durante la inflamación, se frotó el sudor contra mi cara y se volvió a quedar dormido como un oso encima de mí. Esperé un par de minutos a recuperar la calma y las energías, me froté la cara con la mano y le aparté para poder escapar de debajo. Tom soltó un gruñido de queja, pero enseguida volvió a roncar.

Fui al baño, me senté en el váter, solté lo que tenía que soltar y me lavé la cara. Había mucho que hacer aquella tarde. Salí del baño y me puse un pantalón y una camiseta limpia, me preparé el café, encendí un cigarro y miré el móvil.

Lo primero que hice, por supuesto, fue actualizar la información de mi hilo de venta de ropa. «Ah, por cierto, el lobo es Sub-Alfa de su Manada. Se me había olvidado decirlo. Estas dos prendas son las primeras y tienen mejor precio, pero las siguientes estarán en la media del precio. Espero que las disfrutéis»,

A tomar por culo hijos de puta, a ver si tenían los mierda de ignorarme ahora y ponerse exquisitos. Después comprobé que el comprador me hubiera hecho el ingreso por PayPal y leí la dirección que me había dado por mensaje privado a la cuenta de usuario. «Esta misma tarde te lo envío», respondí.

Oí a Tom levantándose, bostezar, ir al baño y vestirse entre gruñidos. Básicamente lo que hacía cada tarde, y como cada tarde se acercó a mí, me acarició la cabeza con el rostro y me dijo:

—Tom se va.

—Pásalo bien.

Cuando se largó, me terminé el café y el cigarro, me puse la chaqueta negra, metí su nuevo pantalón usado en otra bolsa de envasar y me llevé la de la camiseta sucia que ya tenía guardada en el armario.

Sentí un poco de rabia por haberla casi regalado por más de la mitad de su precio, pero había sido error mío por no haber preguntado antes al lobo su rango.

Tampoco es que me hubiera imaginado jamás que fuera un puto Sub-Alfa. Fui a una oficina de correos, hice el envío; pasé por la farmacia y compré más pomada antiinflamatoria y vendaje; fui a la tienda de segunda mano, compré la ropa de talla grande que tenían; la fui a lavar a una lavandería, abrí otro hilo anunciando los pantalones de chándal usados y volví a casa antes de salir corriendo a trabajar.

Después tuve que soportar los gritos del señor Xing y a un par de borrachos de media noche, revisé el foro por si había nuevos compradores y me enfadé. Al parecer, esos bastardos no se creían que fuera un Sub-Alfa de verdad. 

«Estoy harto de los loberos que vienen aquí a decir tonterías y a fanfarronear de que se han rozado con un Sub-Alfa. En vez de ChicoOloroso deberías llamarte ChicoMentiroso». A lo que respondí: «Y yo estoy harto de los esnifadores que vienen aquí a criticar y a pedirme explicaciones..A mí me coge un Sub-Alfa cada día (varias veces) y después duermo encima de él. Tú puedes conformarte con olerle los pantalones por 600 pavos»

Entonces dejé el móvil a un lado, porque me conocía, y cómo se pusiera tonto, descubriría donde vivía ese hijo de puta de SibaritaLobuno y le quemaría el puto auto.

Me fui a reponer las barritas de chocolate y las golosinas, farfullando por lo bajo insultos y amenazas y retroalimentando mi propio enfado. Ya tenía más de una docena de respuestas que darle a ese bastardo cuando, de pronto, la puerta se abrió con un «pii-poo» y un olor muy familiar llegó a mí.

Levanté la cabeza al instante y vi a Tom, con una camiseta blanca ajustada y un pantalón vaquero con cinturón de hebilla plateada. Se había cortado el pelo, dejándolo degradado por los lados y un poco rizado por encima, al igual que su barba ahora recortada e igualada.

El cabrón estaba terriblemente sexy. Había pasado de lobo indigente a lobo mafioso que te cogia hasta el amanecer y al que te daba mucho miedo enfadar. Echó una rápida mirada al local con sus ojos amarillentos y anaranjados hasta que me encontró detrás del estante.

Olfateó un poco el aire y debió oler lo caliente que me había puesto al verle, porque soltó un gruñido y se acercó con la entrepierna de los vaqueros ya bastante abultada.

—A la trastienda —ordené con tono serio. 

En ese momento no me preocupó el hecho de que el lobo me hubiera seguido hasta allí, ni el hecho de que ahora visitara mi casa y mi trabajo; en aquel momento solo quería desabrocharle el pantalón y que me cogiera sobre el escritorio del despacho del señor Xing.

Si hubiera prestado más atención a las señales, quizá a esas alturas ya hubiera sospechado lo que estaba ocurriendo en realidad. Si hubiera leído más el foro y me hubiera preocupado por entender mejor a los lobos, a esas alturas ya sabría que lo que hacia Tom conmigo no era muy corriente y que iba a traerme muchos problemas. Porque todas las señales estaban ahí y el lobo no era nada sutil en sus intenciones. Él me estaba cuidando.

A veces me pregunto qué hubiera pasado si lo hubiera sabido y hubiera podido huir antes de que fuera demasiado tarde, quizá mi vida fuera ahora muy diferente.

Continúa…

Gracias por la visita. No te vayas sin comentar 😉

por TollWriter

Escritora del Fandom

Un comentario en «Humano 11»

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