
Fic omegaverse de TollWriter
Capítulo 9
—¿En serio trataste de marcarme? —gruñó Bill con su voz de mando, dando unos pasos para mostrar su jerarquía. Sin embargo, el nuevo rugido de Thane lo hizo retroceder dos pasos más, volviendo a chocar su espalda contra la pared.
—¿Dónde está Tyler? —lo escuchó a través del lazo.
Bill se sorprendió un poco; había notado que el lazo cada vez se intensificaba, pero escuchar al omega en su modo lobuno pasaba de lo extraño. Aun así, miró fijamente al lobo blanco frente a él: tenía que hacerlo entrar en razón, tenía que hacerlo entender que Tyler no iba a aparecer.
—Te estoy hablando, alfa.
—¿Cómo te atreves a hablarme así? ¿Es que no sabes de jerarquías? —Bill estaba indignado; el ego del alfa se había activado por tal desobediencia.
—¿Jerarquía? Para mí solo eres el humano que alberga a mi alfa.
—Soy más que eso, omega.
—Le has hecho daño, hasta tal punto de que se ha sentido humillado por ti. Tú, que deberías darle protección.
Bill no supo qué responder, porque sencillamente todo lo que le decía el lobo blanco era cierto. Guardó silencio, era lo único que podía hacer; el omega se veía muy ansioso y sus feromonas amargas estaban casi asfixiándolo en ese reducido espacio.
El lobo blanco rugió otra vez, sacando a Bill del lapso mental en el que había caído.
—No quiero hablar contigo, humano. Trae a mi alfa —ordenó de nuevo.
Bill endureció la mirada y de nuevo dio un paso para refutar; sin embargo, no tuvo tiempo. La puerta principal se abrió, seguida de algunos murmullos. Bill se distrajo por el escándalo, momento perfecto que aprovechó Tom.
En la parte baja, Georg dejó en el pequeño mesón de la cocina las bolsas que traía. Soltó la mano del pequeñín omega rubio que lo acompañaba y suspiró un poco; el ambiente dentro de esa casa lo incomodaba muchísimo.
El pequeño omega corrió hasta el jardín trasero y Georg sonrió con dulzura: sus hijos eran su polo a tierra.
—¿Dónde demonios están estos dos? —preguntó al aire más denso y asfixiante que había sentido.
—Seguramente ya se mataron.
Gustav entró con el otro bebé en sus brazos y lo bajó a la alfombra de felpa para que jugara con su maleta de juguetes.
—Ni lo digas —interrumpió de inmediato Georg—. Odessa me mataría si a ese par le sucediera algo.
—Y hablando de eso, ¿cuándo es que vienen? —preguntó Gustav adentrándose en la cocina para comenzar a preparar el desayuno. Sin embargo, no tuvo ninguna respuesta. Desde el segundo piso se escuchó una voz de mando; específicamente, la voz de mando de Bill.
Georg se apresuró a subir los escalones dejando atrás a su esposo a cargo de los pequeños.
Cuando llegó arriba y entró sin previo aviso a la habitación, vio algo completamente irregular.
—Qué demonios… —expresó con total asombro, y no era para menos: en la cama estaba Bill acostado, apresado entre las piernas de Tom.
—Oh, lo siento, lo siento —se disculpó Georg dando la espalda—. No quería interrumpir.
—No estás interrumpiendo nada —se apresuró a decir Tom bajando del regazo de un estático Bill que aún no procesaba lo que había pasado.
Georg giró de nuevo y los vio a ambos sentados. Tom tenía la respiración normal, pero Bill estaba a bordo de un colapso. Frunció el ceño con duda. ¿Acaso su olfato estaba fallando por primera vez? No lo creía. Él lo había olido, y muy bien.
—Ustedes son tan extraños.
Fue lo último que dijo antes de girar y salir de la habitación.
Tom y Bill se miraron.
—¿Qué fue todo eso? —indagó el alfa levantándose al fin.
—Nada.
—¿Nada? ¡Casi termino marcado por mi omega, sin contar que te transformaste en un lugar donde ¡no puedes hacerlo! —lo último lo gritó con un poco de frustración.
—¿Quieres calmarte? No te voy a morder y mucho menos te voy a reclamar como mi alfa.
—Claro que no lo harás —aseguró con una voz que rozaba una orden, pero flaqueando en el intento. Claro que Tom lo notó: sonrió ladino y se acercó un poco a ese chico que aún permanecía en bata de baño.
—¿Tienes miedo, alfita? —Sonrió en grande cuando obtuvo silencio por parte de Bill—. ¿Tienes miedo de que tu cuello sea mío? —Pasó los dedos por la zona blanquecina y algo rojiza por la casi mordida de Tyler.
Bill bufó, negando con la cabeza. A él le encantaban los retos, le hallaba gusto a las cosas difíciles y claramente su omega era uno de esos. Por eso se había acercado a su profesor de deportes: le parecía sexy lo prohibido, y ahora su destinado lo estaba llevando a un juego que seguramente él iba a ganar. Su cuello sería de él y lo reclamaría como la pareja destinada que eran.
—Tranquilo —volvió a hablar Tom alejándose y tomando una toalla para luego caminar hacia los baños—. Tú me pedirás que lo haga —y sin más se metió al baño dejando solo a Bill en medio de la habitación.
—No me conoces, Tom. —Dejó su bata en el suelo y se acercó a su clóset—. El que lo pedirá serás tú —sonrió y comenzó a vestirse.
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Eran las diez de la mañana y la pareja de chicos salía de su hogar con Gus, Geo y sus pequeños cachorros. Se subieron al auto entre ruidos que hacían desesperar al alfa irritado. Bill dio un portazo cuando subió al auto; la idea de que sus tutores fueran con ellos no le molestaba, lo que realmente lo irritaba eran esos pequeños cachorros revoltosos.
—Vamos camino a una feria y debería haber un ambiente alegre, pero en cambio está pesado y oscuro.
Gustav, que jugaba con su cachorro menor, habló vagamente rompiendo el silencio. Bill siguió conduciendo sin prestar mucha atención; el olor a fresas cada vez era más dulce y eso lo enloquecía. Tom estaba ensimismado viendo por la ventana, o eso era lo que quería creer, porque su lobo se revolcaba y aullaba dentro de él. El beta era el único que escuchaba y sonreía a Gustav, sin embargo no quería profundizar en el tema.
Su esposo tenía razón: era una fiesta y parecía que fueran a un funeral.
Así, en un silencio un poco agradable, llegaron a la plaza. Bajaron del auto y caminaron por los alrededores mientras buscaban el sitio perfecto. Lo hallaron entre unas bancas de picnic que habían instalado para los jóvenes y parejas destinadas que tenían el mismo problema que Bill y Tom; inclusive había parejas con peores problemas.
Gustav preparó con entusiasmo su mesa de aperitivos y comida, la adornó con flores y se sentó para beber un buen vino acompañado de su esposo, que se había refugiado en su regazo.
Mientras tanto, Bill y Tom se alejaron un poco con la excusa de echar un vistazo a los juegos de la feria, que prácticamente era lo único interesante en ese lugar.
—Mira ese —señaló Tom a una montaña rusa gigante, demasiado alta. Bill la observó con detenimiento para luego tragar el nudo que se le había formado en la garganta.
—¿Seguro? —contestó con la esperanza de que Tom se retractara; pero no, su omega asintió y se encaminó hacia la tabla de precios. Bill lo siguió sonriendo: esas actitudes lo enloquecían.
El festival en la reserva seguía en su mejor momento. A pesar de que ya pasaban de las once, había muchísima gente allí, en su mayoría jóvenes destinados. Bill y Tom también se estaban divirtiendo: habían recorrido todas las atracciones mecánicas e inclusive en los juegos de mesa habían participado. Ahora salían riendo y corriendo de la casa del terror, que de terror no tenía nada; solo habían estado molestando a los demás participantes.
Habían decidido esconderse detrás de un muro para que, cuando las parejas destinadas pasaran por allí, fueran sorprendidas de inmediato con sus pistolitas de agua y los empaparan de pies a cabeza. Algunas se reían con ellos; otros no se lo tomaron bien.
Como Mark…
—¿Qué? —pronunció Bill al ver la mirada de Tom puesta en él. El omega había dejado de reír y ahora solo lo miraba fijamente—. ¿Qué tengo o qué? —El alfa tocó su rostro sudoroso para buscar algún indicio de anomalía. Sin embargo, Tom sonrió.
—Nada, solo que te ves lindo sonriendo. —El alfa no pudo evitarlo y sonrió también; pero antes de decir algo, Tom se acercó y besó dulcemente su mejilla para luego correr hacia la plaza principal. Bill lo siguió, entre risueño y nervioso: el lazo estaba completando su fase y ambos lo sabían.
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Bill siguió a su omega entre la multitud hasta que este se detuvo para girar y esperarlo a que llegase. Pero antes de hacerlo, Bill fue sorprendido por otro alfa, el mismo que no tomó con gracia el hecho de ser mojado en la casa del terror. Sostenía un gran bate con el que golpeó el costado derecho de Bill, haciéndolo caer al suelo y chillar de dolor.
La gente retrocedió alarmada. La omega de ese alfa llamado Mark lloraba desesperada para que se largaran de allí, pero este le hizo caso omiso. Sostuvo de nuevo el bate y apuntó otra vez hacia Bill, que aún permanecía en el suelo. Su objetivo era su pierna y allí mandó el siguiente golpe; claro que habría logrado partirle un hueso si no hubiese sido porque el golpe aterrizó en el lomo de un lobo blanco que se interpuso en su camino.
—¡Qué demonios! —expresó con total asombro Mark, que aún sostenía el bate en sus manos—. ¿Por qué puedes traer a tu lobo? —preguntó aterrado. Allí todos sabían que eso era imposible, y ahora, ver a un lobo inmenso de color blanco y ojos azules en mitad de la plaza los había dejado perplejos.
—¡Tom! —lo llamó Gustav cuando se acercaron al ver la aglomeración—. No puedes dañar a nadie en la reserva, recuérdalo.
Pero no obtuvo respuesta. El único que sabía de su furia era Bill: lo había escuchado, estaba furioso con ese alfa. Como pudo, Bill se levantó y caminó a su lado hasta quedar frente a él; ya no le importaba ese chico que estaba más pálido del miedo.
Ahora miraba los ojos celestes de su omega. Levantó la mano y acarició su lomo blanco, se acercó un poco y rodeó su cuello. Thane enterró el hocico en las glándulas aromáticas de su alfa para respirar el café amargo.
—Omega, mi omega —susurró Bill tratando de calmar a Thane.
—¿Eres omega? —preguntó incrédulo el alfa cobarde. Ahora se sentía herido, el orgullo de alfa salió: tomó el bate de nuevo y cambió de objetivo. Ahora apuntó a la cabeza del lobo blanco, que al darse cuenta gruñó más fuerte y con más rabia.
El lobo blanco era intimidante, así que con dos gruñidos más pudo someter a Mark.
—¡Basta! —Una voz cansada y con autoridad se escuchó. Todos giraron para ver de dónde provenía, encontrándose con la anciana. Claro, todos la conocían allí menos los jóvenes—. ¿Qué está pasando aquí? ¿Por qué este alboroto? —preguntó adentrándose en la multitud. Cuando sus ojos se fijaron en el lobo blanco gruñendo de furia y en el chico aterrado en el piso, se quitó su sandalia y la tiró directamente al lomo del lobo. Este chilló más por el asombro que por el golpe; retrocedió sobre sus patas, miró a Bill por última vez y se giró para correr hacia el bosque.
—¡Thane! —gritó Bill siguiendo sus pasos y adentrándose también en el bosque.
—¡Se acabó! ¡Váyanse todos a sus hogares! ¡Ahora! —La multitud se evaporó en minutos, dejando solo a la anciana y a su acompañante, al chico aterrado en el piso, a su omega aún llorando y a Georg y Gustav con sus pequeños ya dormidos.
—Odessa, ¿por qué no avisaste que ibas a llegar hoy? —preguntó Georg.
—Sabía que esto pasaría, sabía que volvería a ver a uno de su especie. —Odessa miró hacia el bosque y luego a Georg—. Ya no estás solo, querido.
El beta sonrió y asintió.
—Vayamos a casa, mañana hablaré contigo —le ordenó al alfa. Este asintió, se levantó, tomó a su novia y se marcharon—. Vayan ustedes también, los niños deben estar cansados. Mañana será otro día —ahora se dirigió a Gustav y Georg, que solo asintieron y se giraron para irse.
—¿Entonces ese lobo blanco es un omega? —preguntó el señor que la acompañaba.
Odessa asintió.
—¿No deberíamos ir a buscarlos?
—No. Su alfa está con él, con los dos juntos nadie podrá hacerles daño. Mejor vámonos a casa, mañana tendré un día pesado.
Arthur, el omega de la anciana, asintió y comenzó a caminar, mientras que Odessa miró la Luna: una brecha roja comenzaba a asomarse, un nuevo ciclo se avecinaba.
Continúa…
Llegué yo… 🫣 Perdón por la demora, de verdad que trataba de ponerme al día y siempre pasaba algo y me distraía. Pero ya no lo prometo y vengo con todo de nuevo. Gracias por todo 😊