¡Hola! Esta es mi primera traducción autorizada y publicada. De verdad espero que les guste tanto como a mí y que se animen a comentar; la autora está muy emocionada por escuchar sus opiniones.
Administración: Por el plagio de wattpad habíamos eliminado este fic, pero lo volvemos a subir ya que la obra ahora está protegida. Fue publicado originalmente en esta web entre junio y agosto del 2014. Ahora tendrá las fechas actuales.
“Forced” Fic original de Starling011. Traducción de OuterSpace
Capítulo 1: El primer día
—Nos vemos luego —le dijo Bill a sus amigos. Vio a Andreas tambalearse entre dos chicas: su hermana y la cita de su hermana; ambas llevando al chico de ahora 21 años a su casa.
Estaba contento de que lo hubieran convencido de salir esa noche, se había divertido mucho a pesar de que ahora tendría que quedarse despierto toda la noche estudiando para sus exámenes de mañana. Oh, bueno, a veces se gana y a veces se pierde. Recibió un mensaje de la hermana de Andreas diciéndole que habían llegado con bien a casa.
Sin prestar atención, se metió por un callejón oscuro que era el atajo hacia su casa. Era un buen vecindario y frente a él podía ver el edificio de apartamentos. Había tomado ese atajo un millón de veces antes, así que sólo caminó. Su bolso colgaba sobre su pecho y su gas pimienta estaba enterrado hasta el fondo. Jugueteaba con su iPod cuando el forcejeo comenzó.
Lo que no notó fue que la bolsa tenía una enfermiza esencia dulce. Sus miembros se empezaron a sentir pesados y adormecidos, y sus forcejeos eran más débiles. Finalmente colapsó y fue arrastrado hasta una furgoneta blanca sin ventanas a excepción de las del frente. Antes de que la puerta estuviera cerrada, el vehículo ya había acelerado. La única evidencia de un crimen era el iPod azul destrozado entre la basura del callejón la cual fue recogida en la mañana.
Por el otro lado, Bill despertó a una realidad muy diferente. Estaba oscuro y tenía frío. Intentó envolver sus brazos sobre su propio cuerpo, pero no se movían. Hizo un esfuerzo y sintió unas frías esposas de metal alrededor de sus muñecas. Le tomó otro poco darse cuenta de que no podía ver nada porque había una venda sobre sus ojos. Y aún más espeluznante: podía sentir que no llevaba puesta una sola prenda. Sus brazos estaban atados por encima de su cabeza y sus piernas extendidas frente a él; podía sentir la soga raspando su piel.
Se preguntó qué tan iluminado estaría fuera de su vendaje y quién lo estaría mirando. También se preguntó qué tenían planeado hacer con él. No podía gritar, pues su boca se mantenía abierta por lo que parecía ser una pelota hueca de goma, la cual apenas y cedía ante sus mordidas. Comenzó a forcejear más cuando escuchó una voz y pasos bajando por unas escaleras.
—Ah, ya despertaste —dijo una voz frente a su cara.
—Supongo que te gustaría saber qué haces aquí —dijo la voz, y después de un momento de duda, Bill se dio cuenta de que estaba esperando una respuesta, así que asintió—. Mmm… pronto lo sabrás.
Pudo escuchar pasos alejándose y, frustrado, sintió ansias de gritar. Ni siquiera tenía la decencia de decirle por qué lo habían escogido a él. Antes de que pudiera seguir pensando en eso, sintió su piel escocer. Soltó un grito de dolor y sorpresa. Le quitaron su vendaje y se encontró a sí mismo viendo directo a un par de ojos castaños enmarcados por unas rastas rubias. El primer pensamiento que cruzó por su mente fue que el hombre frente a él era atractivo, pero lo reprimió en el fuego de su furia. Juzgando por el látigo de cuero en la mano del hombre, se dio cuenta de que acababa de ser latigueado.
La habitación estaba bien iluminada y lucía como un sótano inacabado, para su alivio, no había nadie más en el cuarto.
—Eso es sólo una probada de lo que te va a pasar si no me complaces —dijo el hombre y levantó una ceja—. ¿Me entendiste?
Bill asintió lentamente, comenzando a comprender la situación. El hombre se levantó e hizo algo que Bill no pudo ver.
—Levántate —dijo. Bill lo intentó, absteniéndose de desobedecer y encontrando que sus ataduras habían sido aflojadas. Tan pronto como se levantó, las ataduras volvieron a apretarse.
—Creo que serás el esclavo perfecto… y bello también —dijo el hombre pasando un dedo sobre la mejilla de Bill y notando cómo éste intentaba apartarse del toque. Sonrió levemente y continuó acariciándolo, pasando sus dedos a lo largo de la mandíbula de Bill. Bill miró con furia al hombre y él sólo le sonrió amablemente antes rodearlo. Bill intentó voltear para tener al hombre a la vista, pero sintió el látigo arder contra su piel nuevamente.
—No te mueves hasta que yo lo ordene —dijo, y Bill dejo de moverse.
Sintió el dedo ligeramente calloso recorrer su piel suave. Gimoteó levemente cuando se deslizó a la hendidura de su entrada. Se tensó, intentando mantener la intrusión afuera.
—Vas a tener que relajarte antes de que yo pueda entrar ahí. Quiero hacer una prueba antes de que podamos llegar a eso —dijo el hombre quitando su mano, y un momento después, la venda se deslizó sobre sus ojos nuevamente. Lo frío del piso se había transmitido a sus pies, sus manos comenzaban a adormecerse por haber estado sostenidas sobre su cabeza y estaba claramente consciente de su falta de ropa.
Se movió un poco para aliviar su incomodidad, pero no esperando a que el látigo azotara su piel. Era demasiado, esta vez el hombre lo golpeó con el látigo dos veces un poco más fuerte que las anteriores. Bill gimoteó por el dolor y sintió algunas lágrimas intentando escapar.
—No quiero lastimarte así que sólo debes relajarte y ser un buen chico —dijo el hombre y se inclinó presionando sus labios contra los de Bill. A Bill no le importaba el castigo, pero se apartó del toque. No podía dejar que el hombre tomara también sus besos.
Se puso firme para recibir la bofetada pero ésta nunca llegó. El hombre sólo suspiró y se alejó. Bill se esforzó por escuchar intentando averiguar lo que pasaría después. No pudo escuchar nada, pero un momento después sintió unas cálidas manos en su miembro. Estaba flácido y Bill estaba decidido a no dejar que eso cambiase pronto. Sin embargo, no parecía que esa fuera la intención del toque; algo pesado y frío se fijó en la base y después las manos se retiraron.
—Ponte de rodillas, esclavo —dijo el hombre y Bill permaneció de pie, rehusándose a moverse. Sus brazos cayeron a sus lados cuando las ataduras se soltaron, pero Bill permaneció inmóvil. Sintió el cuero contra su piel, pero no hizo ningún sonido a pesar del dolor—. Sabes que podemos hacer eso por las buenas o por las malas. No quiero tener que lastimarte, pero lo haré si debo hacerlo.
Bill deseó poder hablar, pero la pelota en su boca se lo imposibilitaba. Si pudiera hablar, le diría a ese hombre exactamente lo que pensaba de él. El siguiente latigazo desvió sus pensamientos temporalmente; por un momento, sólo el sonido del cuero chocando contra su piel podía ser escuchado. El hombre aumentó su fuerza progresivamente y obviamente no se detendría hasta que Bill se pusiera de rodillas; después comenzó a seguir el mismo patrón y a golpearlo en la piel ya abusada. Entre los fuertes golpes y la piel ya adolorida, Bill no pudo evitar un sonido ahogado y cayó de rodillas haciendo una mueca de dolor cuando éstas cayeron fuertemente contra el piso.
—No era tan difícil, ¿verdad? —preguntó el hombre. Apretó las ataduras, levantando los brazos de Bill sobre su cabeza nuevamente y evitando que se moviera. Bill sintió las manos alrededor de su cuello y un momento después, la pelota fue removida.
—No hables todavía, necesitamos establecer algunas reglas —dijo y dejó colgar el látigo sobre el hombro de Bill, adelantándose a cualquier desobediencia. Bill permaneció en silencio forzando lo último de su voluntad mientras movió su mandíbula inferior para asegurarse de que no hubiera algo seriamente lesionado—. Ahora, me llamo Tom, pero cuando te dirijas a mí debes llamarme “señor” o “amo”, y no hablarás a menos que yo te lo permita explícitamente, ¿entendido?
Como Bill no estaba seguro si eso era un orden para hablar se limitó a asentir sintiendo sus manos dormirse nuevamente y sus rodillas doliendo por descansar sobre el piso duro.
—Buen chico —dijo Tom y Bill sintió nauseas por obedecer a ese hombre evidentemente enfermo, pero el látigo sobre su hombro le recordó por qué obedecía de forma tan dócil—. Abre tu boca.
En el momento en el que Bill obedeció, deseó no haberlo hecho, al sentir carne dura y caliente en su boca. El sabor no era desagradable, pero la presión en el fondo de su garganta lo estaba atragantando. Al único al que le había hecho sexo oral era a Andreas, y Andreas no había tenido la necesidad de ahogarlo. Tom obviamente intentaba meter todo su miembro en la garganta de Bill. Bill intentó no resistirse mucho mientras su garganta se resistía y algunas lágrimas saltaron a sus ojos. Forzó su garganta a relajarse y respiró por la nariz mientras Tom penetraba su boca. Tom se separó después de un momento y se arrodilló frente a Bill viendo cómo recuperaba su aliento.
—Si cooperas, no seré tan duro contigo —dijo Tom cuando Bill tosió y lo miró a los ojos—. Si hay algo que quieras decirme puedes hacerlo ahora.
—Hay muchas cosas que quisiera decir —contestó Bill con voz rasposa. Tom levantó una ceja y rozó el látigo levemente sobre el hombro de Bill, recordándole lo que debía añadir para evitar el castigo—. Señor.
—Eres capaz de aprender —dijo Tom. Notó el tono sarcástico que Bill había usado, pero decidió dejarlo pasar. Después de todo, era su primer día y la mayoría de los esclavos llegados tomaban semanas en ser entrenados. Todos los esclavos que él había entrenado casi nunca necesitaban recordatorios y seguían estando lo suficientemente animados por lo que no eran sólo muñecos de trapo que seguían órdenes. También solían tener la iniciativa y eran más complacientes. No es que Tom fuese poco severo, pero sabía qué tan lejos podía llegar con un esclavo un día antes de que se derrumbaran.
Nunca había llevado a un esclavo al punto de quiebre, pero conocía a algunos otros entrenadores que sí, los cuales habían sido revocados cuando sus esclavos habían fallado para cumplir con las expectativas y habían necesitado muchos recordatorios de sus entrenamientos. Tom sintió una breve oleada de pena por el pelinegro frente a él; no podía tener más de 19 años y parecía ser virgen… reaccionaba como uno. Normalmente traían drogadictos, alguien que nadie extrañaría y cualquier cosa podría ser mejor que la vida que habían llevado. Pero este chico parecía un chico limpio y sano que seguramente tendría una familia y amigos preocupados por él. Tom se preguntó por qué lo habrían elegido; probablemente había estado en el momento y lugar equivocados.
—¿Cómo te llamas? —le preguntó Tom.
—Bill —contestó Bill con la voz aun rasposa—. ¿Por qué estoy aquí?
Bill esperó que lo de poder hablar todavía estuviese permitido y pensó que lo había arruinado cuando Tom volteó su muñeca; Bill se encogió pero el látigo nunca tocó su piel.
—Para aprender —contestó Tom simplemente y se levantó decidiendo que era hora de continuar—. Permiso para hablar: revocado.
Bill asintió para demostrar que había entendido la orden. Tom tuvo que sacudirse a sí mismo mentalmente, no sería bueno involucrarse personal y emocionalmente con un aprendiz.
—Separa las piernas e inclínate lo más que puedas —dijo.
Observó a Bill batallando para cumplir lo que le ordenó. Las cadenas pesadas se lo dificultaban, pero finalmente lo logró. Tom estaba sorprendido por lo flexible que era el chico. Sus manos estaban sujetas por detrás de su espalda y por encima de su cabeza, sus rodillas seguían sobre el piso y sus piernas estaban lo suficientemente separadas para ofrecerle a Tom una tentadora ojeada del pliegue escondido.
Tom recorrió la espalda arqueada del otro con sus manos escuchando cómo Bill soltaba pequeños ruidos cada vez que sus dedos rozaban una de las marcas que había dejado. Cuando tocó su columna, presionó ligeramente haciendo que Bill arqueara más su espalda. El siguiente paso sería más fácil si estaba arqueado y con las piernas abiertas. La posición los beneficiaría a ambos. Bill se arqueó con un poco de resistencia, obviamente no era un fan del dolor y podía sentir el cuero del látigo rozando sus áreas más sensibles.
Tom se puso frente a él y se volvió a arrodillar.
—Abre —ordenó, golpeteando con sus dedos la boca de Bill para indicarle de lo que hablaba. Bill obedeció sin reproches. Tom metió un par de dedos y le ordenó a Bill que los chupara. No sería el único lubricante que usaría, pero Bill no lo sabía. Cuando estuvo satisfecho, sacó sus dedos y después colocó horizontalmente el asa del látigo en la boca de Bill y éste automáticamente mordió el suave cuero que cubría por fuera la dura superficie de plástico.
—La primera vez que lo dejes caer te daré cinco azotes, después de eso, por cada vez agregaré cinco más, ¿entiendes? —preguntó Tom y Bill asintió.
Tom volvió a caminar hacia donde el trasero de Bill estaba en el aire y se estiró para alcanzar una repisa escondida en la que había todo tipo de objetos para infligir dolor y placer, así como también los que proveían sólo placer como premios y otras cosas como látigos y bastones para castigos y entrenamiento normal. Tomó una pequeña botella triangular y la destapó antes de verter una generosa cantidad en los mismos dedos que Bill había chupado.
Uno de los pasos clave del entrenamiento era enseñar a los esclavos que la cooperación y la obediencia serían recompensadas y el sexo podía ser placentero una vez que dejaran de resistirse. Se arrodilló entre las piernas separadas del chico, apartándolas más en el proceso, y entonces posó su mano limpia en una de las nalgas para separarlas. Cuando tuvo una vista más clara de la pequeña estrella escondida se sintió endurecer y puso la yema de su pulgar contra ella. Bill seguía tenso, pero en un suave deslizamiento, el dedo se hundió hasta el primer nudillo. Bill soltó un leve gimoteo, pero continuaba mordiendo el látigo con sus dientes. Lo había sostenido por más de lo que Tom había pensado que lo haría.
No le agradaba mucho tener que mantener su promesa de castigo, pero sabía que Bill soltaría el látigo antes de que Tom entrara en él. Movió su dedo dentro del estrecho pasaje e intentó encontrar el pequeño botón caliente que ayudaría a Bill a relajarse. Cuando lo encontró y presionó, Bill soltó el látigo dejando salir un leve y pequeño quejido de desaliento cuando se dio cuenta de lo que había hecho. Tom sintió pocas ganas de sacar su dedo pues podía sentir los músculos de Bill relajándose, pero sabía que si no seguía sus reglas, sería difícil manejar a Bill después, así que los sacó y avanzó hasta recoger el látigo dejándolo caer sobre la espalda de Bill y escuchó el lloriqueo desdichado del chico por sus propios esfuerzos.
—Cuenta —ordenó Tom intentando que su renuencia no opacara la orden.
—Uno —dijo Bill y Tom pudo escuchar las lágrimas en su voz. Volvió a azotar el látigo nuevamente contra su piel.
—Dos —dijo Bill después de un momento tras recuperar su voz. El sonido del cuero impactando contra piel resonó en la habitación una y otra vez seguido por una pequeña voz congestionada que contaba cada golpe hasta que Tom llegó a los cinco. Una vez que Bill nombró el último número, Tom volvió a ofrecerle el látigo y Bill lo aceptó, mordiendo tan fuerte como para dejar marcas. También cerró sus labios a su alrededor, pero Tom sabía que eso no ayudaría mucho. Bill soltaría el látigo otras pocas veces antes de que Tom entrara en él.
Se movió de vuelta detrás de Bill y volvió a meter su dedo, contento por notar que Bill no estaba tenso a pesar de los azotes. Presionó la próstata nuevamente, pero no hubo ningún estruendo. Bill logró mantenerse sin soltar el látigo. Estaban progresando. Tom comenzó a mover su dedo, intentando prepararlo para otro dedo. Poco después, Tom deslizó un segundo cubierto con lubricante. Abrió sus dedos y los torció luchando por no ser muy compasivo con el chico. Si lo hacía, Bill no estaría preparado para cómo otros guardias, entrenadores, maestros e incluso otros esclavos lo tratarían una vez que fuera soltado a la población general.
El trabajo de Tom era enseñarle qué esperar y cómo comportarse. También decidir cuándo debía ser puesto con los otros esclavos para la rutina diaria de la casa, él mismo había servido hace unos años. Había estado en la misma posición que Bill hace cinco años. Era una cuestión de simpatía poco común cuando los esclavos se convertían en algo más que mascotas estimadas, pero Tom había superado las expectativas de todos. No volvería a esa vida, así que siempre intentaba ser cuidadoso para no mimar a los aprendices. Una vez que un entrenador se volvía vulnerable era relegado o asesinado.
Nadie salía de ese lugar con vida. Los prisioneros que no cooperaban también eran asesinados pues no eran útiles como esclavos o entrenadores. Tom metió un tercer dedo mientras rozaba la próstata de Bill cuando escuchó el ruido que delató que Bill había soltado el látigo nuevamente.
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Toda la espalda de Bill ardía, pero se forzó a sí mismo a contar No quería darle un motivo a Tom para azotarlo más, ya que parecía que, después de todo, era muy poco lo que hacía falta para ganarse una paliza. Cuando llegó al número quince, dado a que esta era la tercera vez que Bill había soltado el látigo, Tom se levantó y se puso frente a él.
—Muy bien, como estás siguiendo las reglas y, cuando no, soportas los castigos sin quejarte, te voy a ofrecer una opción —dijo Tom levantando a Bill y soltando la presión de sus muñecas que comenzaban a doler.
—Podemos seguir con el látigo o podemos volver a ponerte la pelota de goma —dijo Tom sosteniendo la pelota que había estado en la boca de Bill cuando había despertado. Bill sabía lo que quería, pero miró a Tom esperando por el permiso para hablar. Tom pareció notarlo y sonrió—. Retienes información sorprendentemente bien considerando lo que debes estar pasando. Puedes hablar.
—Prefiero la pelota, señor —dijo Bill esperando no haber cruzado la línea al escoger su propio limitante. Tom colocó el látigo en el suelo frente a Bill y le indicó que abriera la boca. Bill obedeció y la goma fría se deslizó dentro de su boca manteniéndola abierta. Tom se aseguró de que estuviera sostenida firmemente contra los incisivos de Bill antes de abrocharla por detrás, cuidando no jalar de su cabello; eso era una táctica de entrenamiento para el tercer día.
Bill sintió a Tom arrodillarse entre sus piernas y empujarlo, haciéndole jalar sus muñecas adoloridas otra vez. Bill soltó un ruido silencioso y la presión en su espalda se aflojó inmediatamente. Sintió sus hombros tronar cuando Tom le instó a levantarse otra vez y Bill casi se cayó de boca cuando las ataduras se aflojaron.
—Arriba —dijo Tom poniéndose en frente y Bill se levantó inmediatamente, a pesar de que sus piernas se sentían extrañamente inestables. Cuando se puso de pie, Tom liberó sus brazos de las ataduras y Bill se sorprendió de ver lo roja que había quedado su piel.
Tom reemplazó las esposas con unos lazos de seda que servirían para lo mismo pero sin causar daño e instó a Bill a ponerse de rodillas antes de sujetar los lazos al gancho que sostenía sus brazos sobre su cabeza.
—Muy bien, inclínate —aún dolía, pero no ardía y le ayudó a no pensar en lo que Tom le hacía cuando no podía verlo. Sintió los dedos intrusos y batalló por no tensarse, sabiendo que Tom lo tomaría apretado o no, y que si cooperaba, era menos probable que Tom lo lastimara. Andreas y él habían decidido esperar el momento perfecto y ahora, la única cosa de la que había estado en control por toda su vida le estaba siendo arrebatada sin nada que pudiera hacer.
Si se resistía, sería golpeado hasta que hiciera caso y el resultado sería el mismo, así que sólo se quedó ahí quieto y permitiéndole a Tom hacer lo que quisiera. Deseó haber elegido el látigo; al menos con eso podía distraerse enfocándose en no dejarlo caer. Ahora todo en lo que podía enfocarse era en el dolor y la mente de Bill le temía al dolor. Se preguntó si habría alguna forma de hacer que Tom lo dejara hablar sin provocar su furia. Su mente estaba en blanco. Tom removió sus dedos y lo primero que pensó Bill fue: ‘¿Y ahora qué hice?’
—Bien, levántate —ordenó Tom y lentamente Bill se sentó derecho. Tom le quitó la pelota.
—¿Estás limpio? —a la mente estresada de Bill le tomó un momento entender, pero cuando lo hizo, asintió lentamente—. ¿Quieres que use un condón?
—¿Por qué debería importar lo que quiero? —demandó Bill antes de que pudiese pensar en las reglas o en lo que había dicho. Cerró sus ojos y su boca, preparándose para la peor golpiza que tendría desde que Tom le había dicho las reglas.
—Pregunta justa. Es una cortesía que le ofrecemos a nuestros esclavos. Crea confianza —dijo Tom y Bill abrió sus ojos, sorprendido—. Nunca revoqué el permiso para hablar, pero no veo por qué castigarte por haberlo olvidado un momento. Estabas sorprendido, es entendible. Pero si lo vuelves a olvidar, tendré que castigarte.
Bill asintió más que nada para no tener que decir “señor” o “amo” si contestaba verbalmente.
—¿Puedo, por favor, volver a sostener el látigo, señor?
—¿Quieres que te golpee? —preguntó Tom. Inmediatamente, Bill negó con la cabeza preguntándose qué había hecho mal esta vez—. No muchos vuelven a pedir el látigo.
Tom pasó sus manos detrás de su cabeza y desabrochó la pelota. Después recogió el látigo.
—¿Por qué lo quieres?
—Distracción, señor —respondió Bill quedamente, preguntándose si la respuesta franca haría que lo golpeara otra vez.
—La honestidad es una cualidad que muchos otros valoran en sus esclavos. Me alegra ver que es algo que no voy a tener que enseñarte —dijo Tom y sostuvo el látigo frente a Bill para que lo mordiera. Volvió a caminar detrás de Bill, tomó un empaque y se puso el condón. Bill no había contestado su pregunta, pero era obvio en su mirada que quería que Tom usara condón. Cuando se topó contra la entrada, ambos Bill y él, soltaron un jadeo sorpresivo por el contacto inesperado.
Tom posó una mano fija en la cadera de Bill y presionó, entrando. Obtuvo un lamento lacerado de parte del chico, pero ningún sonido del látigo. Suavemente, pasó una mano sobre la espalda arqueada y sintió la tensión abandonando el cuerpo.
—Si quieres, puedes bajar el látigo —dijo Tom. Muchos entrenadores les ordenaban a sus esclavos que soltaran el látigo cuando estaban adentro porque querían escucharlos. Tom ajustaba sus tácticas a cada caso. Bill se estaba esforzando mucho y había sido directo con Tom a pesar de que pensaba que a Tom no le gustaría su respuesta.
Tom supuso que si lo presentaba como una opción, Bill podría conservar su distracción, pero si lo soltaba, lo cual pasaría, no causaría problemas tensándose o asustándose. Bill asintió mostrando que había entendido pero mantuvo el látigo firmemente entre sus dientes. A Tom no le sorprendió mucho, cada quien tenía sus formas de afrontar las situaciones. Comenzó a moverse lentamente al principio y cuando sintió que Bill podría soportarlo, aumentó el ritmo. Una de sus reglas más incuestionables era que nunca se debía lastimar a los esclavos de tal forma en la que una noche de descanso no pudiese arreglarlo. Tom no tenía intención de quebrar a Bill.
Escuchó un suave sonido y estiró el brazo para confirmar sus sospechas. Bill estaba completamente duro y goteando líquido pre-seminal, pero no podía correrse con el anillo apretando su miembro. Estando completamente adentro, Tom dejó de moverse.
—Muy bien, ¿listo para más instrucciones? —preguntó Tom y Bill asintió ligeramente.
—Aquí es en donde se pone divertido para ti, más o menos… Tienes que preguntarme si puedes correrte. Si lo arruinas, te castigaré hasta que hayas aprendido la lección. Tienes permiso para hablar libremente, pero recuerda que incluso cuando me ruegues, debes recordar referirte a mí como “señor” o “maestro” —- dijo Tom y Bill asintió antes de que Tom comenzara a moverse nuevamente.
Bill soltó suaves gimoteos, pero aun sin rogar. Tom imaginó que estaban progresando cuando Bill soltó el látigo y comenzó a encontrar cada embestida.
—Por favor, Tom ¿puedo correrme? —Bill sonó absolutamente devastado y Tom casi se detuvo al escuchar su nombre saliendo por esos labios perfectos. Se inclinó para informarle a Bill de su equivocación, pero cometió el error de mirar la cara de Bill y se perdió. Sin pensarlo, liberó a Bill del anillo para pene y dio su consentimiento. El semen de Bill salpicó en el suelo y en la mano de Tom y éste lo siguió un momento después. Ahora que había terminado, tenía permitido ser amable.
Se quitó el condón usado y lo tiró en el cesto de basura en la esquina. Ayudó a Bill a enderezarse y lo desató antes de guiarlo a un colchón. Bill pasaría las 24 horas del día en esta habitación hasta que estuviera entrenado. Tom lo ayudó a acostarse y lo puso boca arriba. Así era la relación entre un maestro y un esclavo. El esclavo era bien cuidado y la confianza era sembrada. Ahí era en donde Bill necesitaba entender que incluso a pesar del abuso, Tom siempre lo cuidaría después. La relación no funcionaría bien si Bill sólo pensaba que sería lastimado.
Tomó la botella de aceite calmante y humedeció un harapo con él antes de frotarlo suavemente sobre la espalda de Bill.
—¿Aun tengo el permiso para hablar? —preguntó Bill suavemente.
—La mayoría de las reglas no aplican fuera de las prácticas —dijo Tom. Bill aprendería cuáles eran las reglas que tenía requerido seguir en todo momento y cuáles eran sólo para las prácticas.
—¿Por qué estás siendo tan bueno conmigo ahora? —preguntó después de un momento, obviamente decidiendo tomar sus palabras como una confirmación.
—Así es como funciona esto. Cuando obedeces y sigues las reglas, al final eres recompensado con un buen trato, mejores comodidades e incluso ascensos. A veces los castigos por parte de los maestros de la casa no tendrán otra razón más que para aliviar su estrés. Si eres bueno y obedeces, serás menos castigado mientras vas subiendo de rango. Las mascotas más valiosas raramente sienten la furia de sus maestros. Estoy cuidando de ti ahora porque obedeciste las reglas y soportaste los castigos sin reparos. No te resististe mucho, aunque al principio pensé que tendría que golpearte hasta sangrar antes de que termináramos. No lo dudes, Bill: me perteneces desde que fuiste capturado, pero cuidaré de ti cuando me satisfagas.
—¿Por qué estás siendo honesto conmigo? —preguntó Bill.
—Me demostraste honestidad aún bajo prueba y quiero que sepas que puedes confiar en mí. Te guste o no, tendrás que confiar en mí para hacer lo que es mejor para ti —contestó Tom.
—¿Puedo dormir? —preguntó Bill sonando como si ya estuviera casi dormido.
—Primero quiero que tomes un poco de agua. No es buena idea que te deshidrates —dijo Tom y puso el trapo a un lado antes de ayudar a Bill a sentarse. Le ofreció un vaso de agua asegurándole que no estaba narcotizada cuando Bill dudó. En verdad no lo estaba y viendo que Tom no le había mentido hasta ahora, Bill decidió que eso tampoco era mentira. Se tomó el vaso de agua y volvió a recostarse—. El primer día siempre es el más difícil.
Continúa…
El primer capítulo. Gracias a los que leyeron, los invito a comentar. Me gustaría de verdad poder decirle a la autora cómo está siendo recibida su historia en la comunidad de habla hispana.
