
“Forced” Fic original de Starling011. Traducción de OuterSpace
Capítulo 6: El esclavo de Tom
*Tres meses después*
Bill se levantó con la salida del sol como era usual y se cepillaba su cabello cuando Tom entró. El pelinegro ya no se sobresaltaba cada vez que la puerta se cerraba. Habían llegado a tener otros lapsos de indisciplina, pero Bill había presenciado otros varios castigos públicos que siempre terminaban haciéndole comportarse. También en ocasiones había escuchado los disparos que hacían eco por las noches. Tom vio a Bill rodando sus hombros con una ligera molestia; la noche anterior había tenido sus brazos jalados por encima de su cabeza por más de tres horas mientras Tom no le daba permiso de correrse, pero Bill lo había manejado bien. Después de eso, cuando Tom lo había dejado descansar, Bill se había quedado dormido casi inmediatamente.
—¿Estás bien? —preguntó Tom sentándose a la mesa en donde la comida que Bill le había ordenado al guardia ya estaba servida. Bill estaba llevando a cabo sus tareas bastante bien.
—Sí, Señor —contestó Bill girándose para darle la cara a Tom una vez que se dio cuenta de que el mayor había entrado a la habitación. Le quedaban muy pocas marcas en su piel y las que tenía eran más que nada de cuando Tom se había aferrado muy fuerte de sus caderas o de cuando le había dejado una marca en su cuello. Hoy, sin embargo, la piel de Bill estaba perfectamente clara puesto a que después de la ducha pasaría a tener una bata verde con la insignia de Tom, y Tom por su parte, sería promovido a una de las batas grises de un tono más oscuro, las de los Maestros.
Bill se le unió a la mesa un momento después de que se hubiese deshecho de un nudo prácticamente testarudo.
—Entonces, ¿qué pasará hoy? —preguntó Bill, consciente de que algo iba a suceder.
—Iremos a ducharnos y después iremos con el Maestro de Armas, Maestro Jorg para ti, y él te dará una bata verde… —Tom dejó de hablar al ver la frente de Bill arrugándose con confusión—. ¿Sí?
—Dijo que el amarillo era para la población general… ¿acaso alguien ya me reclamó? —preguntó Bill.
Tom sonrió, Bill tenía una asombrosa memoria.
—Sí, fui yo —contestó Tom y la boca de Bill se abrió momentáneamente—. Espero que no tengas algún problema con eso.
—No, Señor —respondió Bill bajando la mirada a su plato al sonrojarse; Tom sonrió satisfecho. Una vez que habían pasado la etapa de rebeldía y todo lo demás, Bill se había vuelto muy dulce. Le dejaría a Bill saborear el hecho de que sería reclamado sin tener que pasar por el infierno de la población general antes de darle noticias de otra cosa.
—Después de que te vistan con la bata verde, te darán algo de aspirina y te tatuarán mi insignia en el reverso del cuello —explicó Tom y Bill alzó la mirada con sorpresa.
—¿Un tatuaje? —preguntó Bill.
—Ya tienes dos y uno de ellos es bastante grande, no me digas que tienes miedo de un pequeño círculo —dijo Tom.
Dibujó su marca sobre una servilleta y se la pasó a Bill sobre la mesa.
—Mi tatuaje se hizo profesionalmente —contestó Bill trazando las marcas en el papel con sus dedos.
—Son muy cuidadosos y muy limpios —Tom le aseguró —Vamos.
Ayudó a Bill a ponerse de pie. Bill se vistió y le permitió a Tom ponerle el collar.
—¿Tengo que usar el collar hoy? —preguntó Bill.
—No si me demuestras que puedes seguirme sin él —contestó Tom y Bill sonrió ligeramente. Sarah se estaba enjuagando su cabello cuando ambos entraron al cuarto de ducha y Bill pudo notar que su piel estaba tan limpia como la suya. Esa semana Leah y Tom habían sido demasiado cuidadosos para no marcar sus pieles que tenían que estar perfectamente claras para cuando fueran al cuarto de batas.
—Hola —saludó ella cuando vio a Bill entrar.
—No estés tan nerviosa —dijo Bill con una sonrisa.
—Para ti es fácil decirlo, seguramente Tom te va a pedir, yo me voy a la población general —dijo Sarah.
—¿Quién es la que se la pasa diciéndome que no debo dejar que ese lugar me derrumbe? —preguntó el pelinegro.
—Es que… no sé cómo manejarme el día de hoy. Lo único que he conocido es a la ama Leah y ahora de repente voy a ser carne fresca y todos podrán tocarme. Ni siquiera estoy segura de que mi propio optimismo pueda ayudarme con eso —confesó Sarah.
—Estarás bien —dijo Bill haciéndola sonreír.
—No querrás llegar tarde —dijo Sarah poniéndole un jabón en su mano. Bill lo tomó y comenzó a frotarlo en su cuerpo para quitar el sudor de la noche anterior. Por unos momentos sólo se escuchó el ruido del parloteo de afuera y el agua cálida chocando contra las baldosas de la ducha, luego Leah llamó a Sarah. La pelirroja tomó la mano de Bill brevemente antes de dejar que la bata se deslizara por su cabeza y la correa se atara a su collar. Su rostro estaba blanco.
—Se veía nerviosa —comentó Tom.
—Tiene miedo de estar en la población general —contestó Bill enjuagando el jabón de su cabello y haciendo una mueca cuando sus dedos rozaron un punto sensible en su nuca en el que Tom había enterrado sus dedos en su cabello para jalar su cabeza hacia atrás y besar su cuello.
—Estará bien —dijo Tom. En la mente de Bill eso parecía despiadado, pero asintió de todas formas—. Vámonos.
Bill dejó que Tom hiciera lo mismo que con Sarah y después fue llevado escaleras arriba en lugar de ir al sótano. Tom lo guió a un cuarto en el que sólo estaba Sarah y otra chica que Bill no reconoció. Tom lo dejó ahí y Bill se sentó junto a Sarah.
—¿Y ahora qué hacemos? —preguntó.
—Esperar —contestó Sarah y Bill asintió.
La chica en el otro lado de la habitación los miraba con desdén y después volteó su mirada a una pared sin ventanas. Sarah y Bill se miraron y después rápidamente desviaron sus miradas para evitar reír a carcajadas por su comportamiento.
Parecían haber estado sentados ahí por horas cuando de pronto, la puerta hizo clic y se abrió dejando entrar a Jorg. Bill y Sarah se levantaron inmediatamente en su dirección quedando alineados contra la pared.
—¿Tú eres…? —Jorg comenzó con la chica del otro lado haciéndola tragar saliva y bajar la vista a sus pies.
—Amelia Harrison, mi entrenador era Kevin, Señor —contestó con una voz bajita. Bill sintió pena por ella, era obvio que su entrenador había sido muy cruel y la chica parecía tener cerca de catorce años.
—¿Y tú? —preguntó Jorg moviéndose para estar frente a Sarah.
—Sarah Wilson, mi entrenadora era Leah, Señor —contestó Sarah con una voz más fuerte pero también miraba sus pies descalzos.
—¿Y tú? —preguntó Jorg moviéndose frente a Bill. Bill fue un poco lento para bajar la vista a sus propios pies, pero aun así imitó la posición de Sarah y Amelia.
—Bill Trümper, mi entrenador era Tom, Señor —respondió Bill y entonces Jorg hizo una anotación en su tabla sujetapapeles. Su bata era unos tonos más clara que las negras, pero seguía siendo más oscura que las de los Maestros.
—Muy bien, quítense las batas de aprendices —ordenó Jorg caminando hacia una mesa y dejando ahí su portapapeles. Frente a Bill colocó una bata verde y frente a Sarah y Amelia colocó batas amarillas. Amelia hizo un graznido consternada y empezó a protestar.
—Señor, Eric dijo que… —la mano de Jorg azotando su mejilla la hizo callar.
—No hablarás a menos que te sea permitido. Usarás las batas que te fueron designadas por la Casa o serás destituida, ¿entendido? —preguntó Jorg, Amelia asintió y tragó saliva al enderezarse—. Vístanse con las batas que fueron colocadas frente a ustedes. No es necesario hablar.
Sarah fue la primera en seguir la orden y Bill la siguió, algo triste por el hecho de que ella estaría en la población general. Hubiera sido agradable tener una amiga. Amelia tenía lágrimas cayendo silenciosamente por su rostro cuando se puso su bata amarilla, pero Sarah estaba estoica, la única cosa que delataba su nerviosismo eran sus manos temblorosas y su rostro pálido. Sarah empuñó sus manos y miró hacia adelante.
—Ahora tú vas a esperar afuera hasta que el Maestro Tom esté listo para ti. Amelia, Sarah, yo las escoltaré a la población general —dijo Jorg y llevó a los tres afuera. Se dispuso a asegurar a Bill a una pared que tenía esposas incrustadas.
—¡No iré a la población general! —gritó Amelia y se echó a correr mientras Jorg estaba ocupado atando las muñecas de Bill. No había terminado de asegurarlo completamente antes de poder ir tras Amelia, pero un guardia atrapó a la chica que no paraba de gritar y forcejear mientras Jorg terminaba de asegurar la cerradura de las esposas y puso las llaves sobre otro muro, fuera del alcance del pelinegro.
Jorg arrastró lejos a Amelia, con Sarah siguiéndolos calmadamente. Los gritos de Amelia continuaron haciendo eco contra las paredes de piedra incluso después de que todos hubiesen desaparecido por una esquina. Sarah le envió una mirada triste a Bill antes de desaparecer y entonces Bill quedó solo.
Después de un rato, el brazo de Bill comenzó a doler por la extraña posición en la que la esposa lo tenía, la piedra fría hacía que sus pies dolieran con el frío y la bata era delgada, lo cual lo hizo estremecerse. Cuando sus dientes comenzaron a tiritar un guardia se acercó, lo liberó y lo guió a otro cuarto, ahí le señaló hacia dos pequeñas pastillas blancas de aspirina, y un vaso de agua.
«—Al menos aquí se siente cálido —pensó Bill al pasarse las pastillas con el agua».
Cuando las aspirinas comenzaron a hacerlo sentir adormecido Tom y un hombre muy tatuado entraron a la habitación. Tom le indicó que se sentara en la silla frente al hombre y Bill se levantó un poco renuentemente.
—Muy bien —dijo el tatuador cuando Bill se sentó en la silla de cuero frente a él.
Bill sintió las manos ásperas del hombre quitando su cabello fuera del lugar y sujetarlo sin cuidado antes de encender la máquina que sin mucha advertencia presionó contra la piel de Bill. A Bill le costó mucho no moverse cuando los primeros pinchazos comenzaron. Apretó sus dientes y se forzó a quedarse quieto; la aspirina no hacía mucho para aliviar el dolor, pero en el tiempo que llevaba ahí, había pasado por cosas peores.
Aun así, se sintió agradecido cuando una tela húmeda limpió la piel irritada y después un vendaje fue puesto flojamente sobre ella.
—¿Ya me puedo ir? —preguntó el hombre.
—Sí, gracias —dijo Tom y el hombre empacó y se fue—. ¿Tienes hambre o prefieres regresar a la habitación y dormir un poco?
—No tengo tanta hambre, Señor —contestó Bill.
—Entonces vamos a la habitación —dijo Tom.
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Bill estaba bastante callado cuando llegaron a la habitación que ahora era suya. Era más lujosa que la celda del sótano en la que había estado antes. Había una cama de verdad con sábanas, una manta y almohadas. No era una cama bastante buena, pero era una cama de verdad. Las paredes estaban enlucidas pero sin pintar y sobre el suelo yacía una muy delgada capa de alfombra industrial sobre las piedras.
En una de las esquinas, había una mesa con dos sillas ligeramente más firmes que las de la habitación del sótano pero también, en la esquina más oscura, pudo ver la cubeta con su desagüe y suspiró para sus adentros; algunas cosas nunca cambian. También había una mesilla de noche sobre la que había un espejo deslucido y quebrado, el delgado cepillo para cabello y también el cepillo de dientes. Había un pequeño aparador a un lado de una de las paredes cerca de un espacio vacío en el suelo y Bill contuvo un escalofrío. Parecía que su cambio de estatus no lo libraba de los rituales sádicos de ese lugar.
Pero se recordó a sí mismo que no importaba, seguía estando mejor que Amelia y Sarah que habían sido llevadas con la población general. Esto era esplendido comparado con su habitación anterior, si es que la celda del sótano podía ser llamada una habitación.
—Les pedí que te pusieran en un cuarto que tuviera ventana —dijo Tom al ver que Bill no había dicho nada por unos momentos.
Bill miró hacia la ventana que Tom le había señalado, estaba sucia pero era útil y daba a las mismas montañas que la ventana del cuarto del sótano afrontaba.
—Gracias, Señor —dijo Bill y Tom asintió—. ¿Sabe qué cadena montañosa es esa?
—Incluso si supiera, probablemente no tendría permitido decírtelo —contestó Tom y Bill asintió habiendo esperado esa respuesta—. Solía pensar que eran las Rocosas porque es la cordillera más cercana a donde yo vivía, pero las Rocosas no tienen la capa permanente de nieve que esas tienen además son más puntiagudas.
—Podrían ser las de Sierra Nevada, mi papá me llevó ahí cuando era más joven. Eran más puntiagudas que las Olímpicas de Washington en donde yo viví —dijo Bill.
—¿Te secuestraron en Washington? —preguntó Tom medio confundido y medio contento.
—Estaba en Nueva York estudiando en la UNY cuando me atraparon. Casi desearía haberme quedado en mi casa; tal vez ahora tendría frío y estaría mojado, pero estaría en mi casa —dijo Bill y Tom sintió una punzada en el corazón, una porque Bill todavía no estaba feliz con él y la otra era la misma que ya se había acostumbrado a sentir cada vez que pensaba en lo cruel que había sido el destino en juntarlos de esa forma.
Tom estaba verdaderamente fascinado por Bill; por su piel suave y pálida y su cabello negro, por la forma en la que se sonrojaba y bajaba la mirada tímidamente cada vez que Tom le decía algo que resultaba innegablemente dulce, por la forma en la que desviaba la mirada y apretaba los dientes cuando Tom lo hacía enojar pero no tenía permitido responder, por su forma de caminar y moverse con tanta facilidad incluso después de una pesada sesión de entrenamiento… todo se combinaba para hacer sentir intensamente a Tom que debía proteger a Bill. Pero Tom sabía que Bill no correspondía sus sentimientos y probablemente nunca lo haría.
De pronto se escuchó un fuerte golpe a la puerta y Tom invitó a la otra persona a pasar viendo cómo su momento con Bill se terminaba y el pelinegro volvía a poner sus barreras. Se había estado resguardando tras su muro bastante bien en los últimos tres meses, sólo permitiéndole a Tom ver sus vulnerabilidades cuando estaba seguro de que no serían usadas contra él. La persona detrás de la puerta era la persona que había esperado no ver esa noche: Gustav. Aun así lo reverenció con respeto y vio a Bill arrodillarse como era requerido mientras Gustav se adentraba con su bata negra apenas rozando el suelo.
Era la primera vez que Bill estaba lo suficientemente cerca de él para notar que a diferencia de su bata que era de algodón o la de Tom que era de seda, las de Gustav estaban hechas con raso.
—Tom —Gustav colocó una mano cálida bajo la barbilla de Tom y Tom aguantó las ganas de alejarse. La única vez que Gustav lo había reclamado, había quedado tan adolorido y lastimado que le costaba respirar por tanto dolor. Jorg había sido lo bastante amable para darle una semana de recuperación. No quería ver a Bill pasar por eso.
Sin embargo, estaba igual de atrapado que Bill ya que Gustav era superior a él y podía tener a quien quisiera.
—Gustav —respondió Tom agarrando esa mano imitando burlonamente a un amigo que le da la mano a otro amigo. Gustav lo soltó, se giró hacia Bill quien seguía arrodillado y lo circundó.
—Así que este es tu nuevo esclavo —dijo Gustav rodeando a Bill. No era una pregunta, pero Tom sabía que si no contestaba se arriesgaba a enfrentar la ira de Gustav y no se desquitaría con él, sino con Bill.
—Sí, Señor —respondió Tom.
—¿Está bien entrenado? —preguntó Gustav.
—Para ser alguien que es nuevo en esta vida y no estando acostumbrado a lo que sucede aquí, está excepcionalmente bien entrenado, pero comparado a algunos de los otros esclavos que han estado aquí ya por más tiempo aun es bastante testarudo y poco cooperativo —dijo Tom. Eso no era precisamente cierto, Bill sí tenía ciertas tendencias que desaparecerían con el tiempo, pero era más bien portado que muchas de las mascotas más preciadas.
—Me gusta un poco de rebeldía —dijo Gustav poniendo una mano bajo la barbilla de Bill forzándolo a levantar la cabeza. Bill mantuvo su mirada abajo lo que causó que sus pestañas titilaran contra su piel de esa forma tan atrayente en que lo hacían cuando despertaba. Obviamente, aquella magia accidental funcionó con Gustav—. Mírame.
Bill alzó sus ojos color miel a los ojos oscuros y casi negros del Maestro de la Casa; Bill se encogió un poco al encontrarse con aquella mirada cruel e insensible. Los ojos de Tom siempre sostenían una pequeña porción de simpatía y arrepentimiento por las lesiones que provocaba y eso hacía los castigos un poco más fáciles de soportar. Dudó que Gustav alguna vez sintiera arrepentimiento por algo, especialmente por los apaleamientos que seguramente le infringía a su esposa.
—Señor, yo estaba esperando poder pasar su primera noche aquí con él —dijo Tom esperando no molestar a Gustav mientras intentaba que dejara a Bill tranquilo.
—Ya has tenido ese privilegio por tres meses. Es momento de mostrarle algo diferente —dijo Gustav y Tom pudo ver a Bill nervioso tragando saliva. Gustav soltó su mentón y retrocedió—. Levántate.
Bill giró rápidamente su mirada hacia Tom quien lo miró con unos ojos que decían: “Sigue sus órdenes”, después rápidamente se puso de pie.
—Sígueme —Bill siguió a Gustav mirando una última vez a Tom quien tomó su mano brevemente cuando pasó por su lado. Bill no estaba realmente seguro de lo que estaba a punto de suceder.
Continúa…
Ahora sí… se viene lo feo.
Gracias por leer, y muchas gracias por los comentarios del capítulo anterior. Todos ustedes son un amor. El próximo capítulo lo subo el viernes por la tarde (aunque no sé qué tan tarde). 😉 ¡Besos!