“Forced” Fic original de Starling011. Traducción de OuterSpace
Capítulo 4: Progreso
Cuando Tom entró a la habitación el día siguiente, Bill seguía de rodillas. Tom rápidamente le echó un vistazo al chico dormido. Podía ver los moretones en sus rodillas y notaba la tensión por haber estado sentado así por tanto tiempo. Todas las contusiones se habían tornado de un color púrpura y parecían palpitar con cada latido que daba el corazón de Bill. A Tom ni siquiera le importaba que Bill se hubiera quedado dormido, era de esperarse. Frotó la mejilla del pelinegro de forma gentil y Bill despertó dando un respingo. Tom pudo sentir el miedo de Bill irradiando como si fueran olas cuando se dio cuenta de que había sido atrapado durmiendo sin permiso. Tom no hizo mucho por tranquilizarlo; sólo se alejó antes de que el miedo de Bill pudiera hacerlo derrumbarse.
Bill se quedó en su misma posición sin decir palabra alguna y Tom lo observó por el rabillo del ojo mientras comía su desayuno. Bill había bajado la mirada hacia sus manos nuevamente, su cabello negro estaba enredado y toda su postura evidenciaba derrota. Tom tomó un pequeño recipiente y lo llenó con unos pequeños trozos de fruta que realmente no serían suficientes para nada y después colocó el tazón junto a la rodilla de Bill. Bill no lo miró a él ni al tazón y después de unos minutos sin moverse, Tom se dio cuenta de que el pelinegro estaba esperando por sus órdenes. Tom le rezaba a dios no haber presionado de más a Bill a tal grado de quebrantar su espíritu.
—Come —ordenó y Bill lo miró antes de recoger el tazón y comer lentamente, haciendo muecas de dolor con cada movimiento. Ese día, Tom no le daría aspirina. Sí, quizá Bill se había disculpado, pero si Tom lo dejaba pasar sólo así, el pelinegro nunca aprendería.
Bill colocó el tazón en donde Tom lo había dejado antes de volver a contemplar sus manos.
—¿Necesitas hacer del baño? —preguntó Tom cuando se acercó para retirar el tazón. Bill negó con su cabeza y Tom asintió—. ¿Tienes sed?
Bill se encogió de hombros y Tom fue por un vaso de agua para darle.
—Bébela —Bill obedeció.
—¿Más? —preguntó Tom cuando Bill le devolvió el vaso. El pelinegro negó con la cabeza y Tom colocó el vaso sobre la mesa—. Levántate.
Tom vio cómo Bill batallaba para ponerse de pie y cuando lo hizo, se quedó ahí, aun con la mirada baja; el corazón de Tom dio un vuelco. Bill mostraba cada indicación de estar destrozado. Parecía que Tom la había cagado y aun así, debía continuar como si nada hubiera pasado. Subió por la bata de Bill, que ahora era más corta, pues había progresado.
—Muy bien, hora de la ducha —dijo Tom y le tiró a Bill la bata. Bill se la puso sin esperar la orden y Tom dejó salir un suspiro silencioso; Bill todavía debía aprender algunas cosas, afortunadamente no estaba roto, sólo estaba asustado.
En silencio, Tom lo guió fuera de la habitación. El camino a las duchas fue bastante igual al de la primera vez, pero el resultado fue muy diferente. Georg estaba ahí con su tercer esclavo, un joven muchacho llamado Vlad. Era más o menos un año más joven que Bill.
—¿Finalmente lo pudiste controlar? —preguntó Georg y Tom lo ignoró al ordenarle a Bill que se desnudara. Después le quitó la correa y lo dirigió hacia la ducha.
—Acércate dos metros a él y te reportaré —advirtió Tom y Georg asintió antes de indicarle a Vlad que se acercara. Vlad se detuvo justo antes de que sus pies tocaran la línea roja.
—Buen chico —dijo Georg y cerró la distancia restante al besar al otro y correr una mano entre ambos cuerpos. Tom estaba acostumbrado a ese tipo de comportamientos, pero Bill los miraba con los ojos abiertos como platos. Tom se aclaró la garganta y Bill dio un salto antes de voltearse y tomar el jabón; lavó la parte delantera de su cuerpo mientras Georg tomaba el miembro de Vlad, quien soltó un gruñido que terminó ahogándose en la boca de Georg mientras su mano lo trabajaba expertamente.
Tom vio cómo los testículos de Vlad se contraían y Georg no aflojaba su agarre. Sin embargo, el chico no se corría y tampoco se alejaba de la boca de Georg. Vlad dejó caer su cabeza sobre el hombro del mayor después de que éste se separara de su boca.
—Por favor, Maestro, ¿puedo correrme? —preguntó Vlad y Georg lo pensó por un momento antes de girarse hacia Tom.
—¿Qué opinas, Tom? —preguntó Georg—. ¿Debería dejar que Vlad se corra o debería mostrarle a Bill cómo es que un esclavo de verdad debe servir? Vlad no se va a correr hasta que yo se lo permita, ¿verdad?
—No, Señor —dijo Vlad inmediatamente y Tom se dio cuenta de que Georg intentaba ridiculizar Bill de una forma distinta. Tom volteó a ver a Bill quien nuevamente los miraba con los ojos bien abiertos. Bill vio que Tom lo estaba mirando y nuevamente intentó alcanzar el jabón sólo para chocar contra Vlad. Georg lo había empujado contra Bill y Bill, estando ya débil por el dolor, soltó un gruñido y cayó contra las frías baldosas. No hizo sonido alguno al caer, pero Tom pudo notar que probablemente el dolor había sido tan fuerte que le había hecho ver estrellas.
—Vlad, si quieres complacerme, haz que él se corra —dijo Georg y Vlad instantáneamente intentó pegar su boca a la de Bill, pero Bill volteó su cara sin hacer nada más. Tom se dio cuenta de que lo hacía porque él le había dicho que debía aprender a aceptar las insinuaciones que le hicieran. Incluso bajo el asalto de agua y dolor, Bill sólo estaba cumpliendo sus reglas. Dejó que Vlad bajara por su cuerpo besándolo y que cerrara su boca alrededor de su pene que estaba flácido y sin cambios.
—Dile a tu chico que se quite o haré que te maten —advirtió Tom. Georg lo miró y después volteó a ver la bata azul de Bill. Sus labios se apretaron, pero sabía que Tom lo haría, pues Tom ya antes había acusado a otras personas por interferir, no sólo con sus aprendices, sino también con los de otros entrenadores. Georg llamó a su esclavo y salieron; Vlad era jalado fuertemente y Tom tuvo el presentimiento de que más tarde sería castigado. Le dio lástima, el pobre chico sólo estaba siguiendo órdenes, pero sabía que eso no hubiera ayudado a Bill.
Entre las baldosas mojadas y el dolor que sentía, Bill batallaba para ponerse de pie, lo cual no iba del todo bien. Tom se acercó y lo ayudó a levantarse antes de darle la vuelta y lavar su espalda con suaves caricias que calmaron el dolor de las marcas moradas.
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Bill se encontraba de rodillas, pero esta vez estaba junto a Tom mientras éste leía y comía, alimentando a Bill y acariciando su cabello perezosamente; cabello que le había permitido cepillarse cuando habían vuelto de la ducha. Tom no había dicho nada, sólo había empujado a Bill por la puerta y había regresado con un cepillo. El pelinegro se había cepillado tan rápida y cuidadosamente como había podido con sus heridas, había dejado el cepillo frente a sí mismo y se había puesto de rodillas, esperando. Después de un rato, Tom había ido y recogido el cepillo, y después había guiado a Bill hasta un lado de su silla.
—¿Puedes cantar? —preguntó Tom repentinamente y Bill dio un respingo. Tom supuso que probablemente lo había sacado de sus pensamientos o de estar soñando despierto y estuvo a punto de cambiar su pregunta por “¿Qué estabas pensando?”, pero se contuvo.
—¿Puedes cantar? —preguntó nuevamente y Bill asintió. Tom bajó su libro.
—Tienes permiso de hablar, ¿qué puedes cantar? —preguntó Tom mirando al pelinegro que estaba junto a su silla.
—Conozco muchas canciones, Señor. ¿Puedo hacerle una sugerencia? —preguntó en voz baja, pero como si quisiera complacer a Tom.
Tom asintió.
—Si quiere que cante, dígame una canción y se la cantaré si la conozco.
En la mente de Tom, eso sonaba bastante razonable así que sugirió una canción y sonrió cuando Bill arrugó su frente un poco mientras comenzaba a cantar la melodía. Tom estaba sorprendido por lo bien que Bill cantó la balada alemana.
—No creí que te la supieras —dijo Tom con una pregunta obvia inferida en lo que había dicho.
—Mi mamá nació en Alemania. Solía cantármela cuando yo no podía dormir, Señor —dijo Bill sonrojándose un poco y bajando la vista—. ¿Quiere que le canta algo más?
—Canta lo que te guste, Bill —dijo Tom pretendiendo volver a su lectura cuando en realidad toda su atención estaba concentrada en la hermosa voz de Bill. Al final de la tercera canción, Bill tosió ligeramente y Tom bajó su libro—. ¿Estás bien?
—Sólo tengo sed —contestó Bill con vacilación cuando se dio cuenta de que Tom quería saber qué necesitaba para poder continuar. Tom le sirvió un vaso de agua. Bill comenzaba a recuperar algo de su ánimo, pero continuaba comportándose. Devolvió el vaso después de beber dos más y se movió en sus rodillas, algo incómodo. Tom sabía que no podía ofrecerle una silla, pero ya en ese punto, sí era aceptable aliviar algo de ese malestar.
—Bill, quiero que vayas y me traigas esa almohada —Tom apuntó hacia la almohada en la cama de Bill.
—Sí, Señor —dijo Bill; aunque no quería hacerlo, lo haría de todas formas. Esperó hasta que Tom lo liberó de la silla y comenzó a gatear de rodillas.
—Bill, si puedes, quiero que por favor de pongas de pie y camines —pidió Tom. Vio a Bill batallando para ponerse de pie, pero sus piernas no resistieron y cayó fuertemente sobre su trasero. Tom vio cómo su cuerpo se tensó y pudo ver el rostro de Bill contorsionarse en una mueca de dolor al intentar no gritar. Tom no le ordenó moverse y esperó a que, lentamente, el cuerpo de Bill se relajara y su cara volviera a la normalidad. Sólo su respiración evidenciaba el esfuerzo que hacía. Seguía sin hacer algún sonido por el golpe, y Tom estaba sorprendido de que aun con tanto dolor pudiera recordar una orden así.
—Lo siento, Señor —Bill volvió a arrodillarse.
—Sólo tráeme la almohada, Bill. Como puedas —dijo Tom y Bill asintió comenzando a avanzar con sus rodillas lastimadas. Tomó la almohada y se la llevó a Tom, quien la tomó antes de volver a atar la correa. Ahuecó la almohada entre sus manos antes de ponerla frente a Bill.
—Arrodíllate ahí —Bill se ajustó un poco para poder moverse y después hizo lo que se le ordenó. Se veía un poco más cómodo.
—Gracias, Señor —dijo Bill y Tom lo miró sorprendido.
—¿Qué? —preguntó. Bill frunció el ceño inmediatamente y le echó una mirada a la vara que todavía estaba en su esquina.
—¿Hice algo mal, Señor? —preguntó Bill, el miedo se evidenciaba en su rostro, en su mirada y en su voz.
—No —contestó Tom.
—Ayer me dijo que debía mostrarle gratitud cuando fuera amable, yo sólo… —Bill comenzó a explicar y Tom entendió. Calló a Bill y pasó una mano por un lado de su cara gentilmente.
—Eres un buen chico —dijo Tom—. Si te resulta menos doloroso, puedes sentarte sobre la almohada.
Vio a Bill hacer una mueca al sentarse, pero después de un momento, su rostro se relajó. Se veía mucho mejor ahora que estaba sentado.
—Gracias, Señor —dijo Bill. Ahora estaba más cerca de Tom pues al moverse para poder sentarse se había acercado. Esta vez Tom no dejó que su sorpresa se evidenciara; simplemente asintió y volvió a su lectura.
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Esa noche, Tom ayudó a Bill a recostarse en su colchón y alivió la espalda que primero había jodido. Después guió a Bill de vuelta a su esquina y le permitió descansar como él quisiera únicamente con su almohada. Sabía que estaba siendo cruel, pero a través de la obediencia, Bill volvería a recuperar cosas como el cepillo, la almohada, el aceite y finalmente el colchón. Después de eso, Tom le daría un poco de libertad en la habitación hasta que pudiera estar sin cadena, a excepción de las horas de entrenamiento.
—¿Señor? —preguntó Bill, sentándose cuidadosamente cuando Tom ya se iba. Tom regresó y se arrodilló. Observó a Bill acomodarse el collar para evitar asfixiarse y después se inclinó cuidadosamente para entonces posar un beso delicado en la mejilla de Tom.
—Gracias —susurró y volvió a sentarse como si fuera a ser golpeado por lo que acababa de hacer.
—Ya casi, Bill —dijo Tom y despeinó su cabello, obteniendo una pequeña sonrisa pícara por eso—. Ahora duerme, regresaré en la mañana.
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Bill ya estaba despierto antes de que Tom regresara… aunque no se había puesto de rodillas como debía. Estaba sentado recargándose contra la pared mordiéndose las uñas cuando Tom entró. Al principio, ni siquiera había notado que Tom había entrado, sólo hasta que sintió empujón en su costado. Tan pronto como se dio cuenta de su error, se sentó y se puso de rodillas. Tom pasó una mano gentilmente sobre la mejilla de Bill y después lo llevó hasta su lugar junto a la silla. Comió en silencio notando que Bill ya había cepillado su cabello.
Después del desayuno, caminaron hasta las duchas, las cuales estaban vacías en esta ocasión. Los músculos de Bill comenzaban a no doler; Tom pensó que los golpes permanecerían un tiempo, pero dejarían de doler para el fin de semana y esperaba que Bill dejara de resistirse completamente para ese entonces. Cuando volvieron a la habitación, le permitió a Bill hacer sus necesidades y que caminara de vuelta a arrodillarse junto a la silla sin necesidad de acompañarlo.
—Bill —dijo Tom, sacando al pelinegro de sus pensamientos—. Se nos solicitó almorzar con el resto de la Casa mañana por la tarde. Necesito saber si podrás comportarte, si no, podemos saltarnos el desayuno, pero habrá consecuencias.
Bill permaneció en silencio por tanto tiempo que Tom bajó la mirada y fue hasta entonces que se dio cuenta de que ese día aún no le había dado permiso para hablar. Después de concederle el permiso, Bill contestó.
—Haré lo mejor que pueda, Señor, pero la decisión final se la dejo a usted —dijo Bill sin alzar la mirada. Tom suspiró pero no respondió. Después de unos momentos de silencio, Tom se levantó y salió de la habitación sin decirle a Bill a dónde iba o cuándo regresaría. Había decidido ir a hablar con Jorg. Aún era muy pronto y Bill no estaría listo para su próxima ceremonia en un buen tiempo, pero era mejor tomar sus precauciones.
Sabía que Bill estaría sumisamente esperando por su regreso. Él se había comportado igual cuando Georg había logrado encontrar sus puntos débiles. Mientras Tom fuera gentil con Bill sin dejar de tener disciplina, no tendrían problemas. Bill era capaz de seguir las reglas bastante bien.
—Hola, Tom —dijo Jorg cuando Tom entró.
—Jorg, me gustaría solicitar a un esclavo que probablemente estará listo en los próximos meses —dijo Tom sin preámbulos.
—Oh, sí. Georg me contó acerca de tu joven aprendiz, Bill. Dijo que parecía inmanejable —dijo Jorg sin levantar la vista de los cuchillos que limpiaba.
—Sí, bueno… ya encontré la forma de hacerlo comportarse —dijo Tom.
—Sólo tienes que terminar de entrenarlo y ganarás el título de Maestro, ¿verdad? —preguntó Jorg aún sin levantar la vista.
—Sí —contestó Tom.
—Sabes que a muchos entrenadores les lleva toda la vida conseguir el estatus de Maestro, pero tú mismo que empezaste desde una posición precaria siendo un esclavo, has manejado llegar hasta donde estás en sólo tres años —dijo Jorg.
—Sí, bueno, tuve un buen entrenador y un Maestro estricto —dijo Tom. Jorg había sido el que lo había controlado cuando había sido un esclavo—. Después de dos años sirviéndote recomendaste que fuera promovido a entrenador.
—Sí, así fue. Y me alegra que en nuestro tiempo hayas triunfado para estar en ese puesto —dijo Jorg y finalmente encaró a Tom—. Aunque te he extrañado.
Cuando Jorg levantó su mano para tocar la mejilla de Tom, incluso después de un año, Tom no pudo evitar sobresaltarse. En varias ocasiones, Jorg lo había golpeado sin ningún motivo más que el de estar ahí presente.
—Sí, pues pudiste conservarme —dijo Tom queriendo retroceder pero sin saber cómo ese movimiento pudiera ser recibido. Quería a Bill, así que debía tolerar ciertas cosas de parte del Maestro de Ceremonias. Su bata era sólo un tono más claro que la bata completamente negra que portaba el Maestro de la Casa.
—Tus talentos van más allá de complacer y entretener —dijo Jorg—. Tomaré en cuenta tu petición, aunque en general nunca rechazo ninguna solicitud, mucho menos de las personas que actúan tan de buena manera. He de informarte que Georg intentó reclamar al chico, pero le dije que no.
—Gracias —dijo Tom y Jorg quitó su mano.
—Nos vemos mañana, Tomi —dijo Jorg—. Recuerda que si lo lastimas demasiado, nunca te amará. Yo aprendí eso de mala forma.
—Sí —dijo Tom y salió.
Una vez estando afuera y ya alejado a una buena distancia, se metió en un rincón tranquilo y oscuro y se sentó en un banco acolchado. Tom debió saber lo que pasaría al afrontar a Jorg de esa manera. El hombre había sido su Maestro y aún quedaban algunas emociones persistentes que lo volvían débil e incapaz de enfrentar a Bill por miedo a dejar que los sentimientos nublaran su juicio.
Jorg lo había tratado un poco mejor que a un perro que había estado rodando sobre algo apestoso, pero Tom lo había tenido que soportar odiando cada segundo de ello. Cuando Jorg le informó que pasaría a ser un entrenador, Tom estaba tan feliz y aliviado que no había podido sentarse por dos días después del castigo que Jorg le había dado por romper algunas reglas. Una semana después de eso, usaba ya una bata gris que le permitía hacer lo que quisiera cuando no estuviera entrenando nuevos esclavos. Había encontrado difícil entrenar a los primeros aprendices porque él mismo se sentía bastante novato, pero después de los primero diez había aprendido cómo apagar sus emociones. Y ahora que estaba tan cerca de subir al rango de Maestro, Bill estaba amenazando todo lo que había logrado.
Un destello de color amarillo captó su mirada y una joven mujer, no mayor de 16 años, estaba de pie frente a él.
—¿Está buscando entretenimiento, Señor? —preguntó tímidamente.
—No, mi dulce niña —contestó Tom y ella sonrió mostrando los hoyuelos de sus mejillas.
—¿Le molesta si me… —señaló el lugar junto a él. Los esclavos de batas amarillas, en algunas ocasiones tenían más libertad que los otros debido a su estado disponible… pero en otras ocasiones, tenían menos.
—Por supuesto que no —respondió Tom y ella se sentó.
Tom se dio cuenta de que la chica sería reclamada en algunos días porque su bata amarilla apenas cubría su trasero. Su largo cabello castaño ondulaba con suavidad por debajo de su espalda y tenía un lindo cuerpo esbelto y unos bonitos ojos verdes que brillaban con felicidad a pesar de los aprietos en los que se encontraba.
—¿Por qué no tienes un Maestro? —preguntó Tom.
—Era bastante rebelde, nadie me quería —dijo ella. Por su falta de miedo y al no dirigirse a Tom como “Señor”, Tom pudo entender por qué todavía seguía sin tener un Maestro. Tampoco había esperado permiso para hablar tan atrevidamente. Ya fuera que su entrenador hubiera sido muy negligente o el tiempo en la población general la había arruinado. Tom sólo había pasado una semana en la población general, pero ese tiempo había logrado que se olvidara de algunas partes de su entrenamiento.
—¿Y vas a conseguir uno pronto? —preguntó Tom.
—Eric se está interesando en mí —respondió ella. Eric era uno de los esclavistas más viejos. Él apreciaba más la belleza que los modales y el entrenamiento. Sus esclavos subían de rango más rápido que los demás y también eran los que permanecían más tiempo. También le daba bastantes libertades a los de niveles más bajos y como el Maestro de la Casa lo apreciaba, podría decirse que el hombre tenía permitido hacer lo que quisiera.
—Qué bueno, no me gustaría ver arruinada esa cara bonita —dijo Tom—. Discúlpame, tengo que irme.
Le dio unas palmaditas a su cabeza al alejarse y ella sonrió ligeramente. Ser amable con los esclavos siempre tenía sus recompensas: normalmente, te lo pagaban bien después de alguna u otra forma. Tener a los esclavos no sólo temiéndote y respetándote sino también tenerlos interesados en hacerte favores era un buen recurso para poseer.
Caminó de vuelta a la habitación del sótano justo cuando Bill estaba regresando a su posición sobre sus rodillas al lado de la silla. Bill se sonrojó ligeramente y tragó saliva al bajar la vista a sus manos.
—¿En dónde estabas? —preguntó Tom.
Las mejillas de Bill se sonrojaron aún más y pareció aterrado. Señaló a la esquina de la habitación y a Tom le tomó un momento entender que el pelinegro se había levantado para ir al baño.
—Lo lamento, Señor. No me dijo que tenía que permanecer de rodillas. Si hubiera sabido que eso era lo que quería, me hubiera quedado así —dijo Bill encogiéndose espantado cuando Tom caminó lentamente y con pasos fijos hasta donde estaba y posó una mano gentil bajo su barbilla. Los ojos de Bill se encontraron con los de Tom y después Tom se inclinó. Nuevamente, Bill se volteó.
—¿Qué problema tienes con los besos? —preguntó Tom.
—Es otra traición, Señor —dijo Bill, manteniendo su cabeza volteada. Tom comprendió; Bill sólo intentaba mantener lo único que podía.
Tom se preguntó si debería golpearlo por ello, pero decidió no agregar una nueva regla. Bill ya estaba mejorando bastante por lo que decidió permitirle conservar ese consuelo, pero sólo ese. Esa noche volverían al entrenamiento regular.
Continúa…
¿Opiniones, dudas?
Todo parece estar estabilizándose un poco… pero varias cosas vienen en camino, ¿alguien quiere adivinar qué tipo de cosas? jaja. En el próximo capítulo vamos a conocer a alguien importante en la historia. Gracias por leer y muchas gracias a todos los que se han animado a comentar, me alegra leer lo que tienen para decir acerca de la historia. ¡Saludos!
