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“Forced” Fic original de Starling011. Traducción de OuterSpace

Capítulo 3: El Tercer Día

Bill había despertado antes de que Tom bajara, pero no se movía y Tom no estaba sorprendido. La noche anterior había sido difícil. Sin embargo, Bill ni siquiera había volteado al escuchar los pasos de Tom; si no fuese por los movimientos de su respiración, Tom hubiera pensado que estaba muerto.

—Bill —dijo Tom sin obtener otra respuesta más que un largo suspiro. Bill siguió de frente a la pared.

Tom se acercó y corrió una mano sobre los hombros del pelinegro, teniendo cuidado de no tocar los latigazos del día anterior que sabía debían doler ahora. Bill se alejó de su toque.

—¿Quieres ducharte o desayunar primero? —preguntó Tom.

—Hoy no me voy a duchar —murmuró Bill.

—Desafortunadamente, no tienes opción —dijo Tom—. Las duchas son obligatorias y tan pronto como los aprendices toman la primera, deben tomar una todos los días después.

—Pues vas a tener que sacarme de aquí arrastrando, pateando y gritando —advirtió Bill.

—Si tengo que hacerlo, lo haré; y nadie hará nada por ti. Probablemente serías puesto en el pasillo principal para ser castigado frente a todos por tu conducta escandalosa, por desobedecer órdenes directas entre otras reglas de la Casa que estarías rompiendo con eso —dijo Tom con suavidad.

—Te odio —dijo Bill dándose vuelta lentamente.

—Lamento que te sientas así —dijo Tom y después le ofreció a Bill la aspirina y el vaso de agua—. Iré por tu desayuno mientras esperas a que la pastilla haga efecto, ¿hay algo en particular que quisieras?

—Soy vegetariano —contestó Bill y Tom asintió.

—Yo también —dijo Tom y salió a conseguir la comida mientras Bill dejaba que los efectos de la aspirina trabajaran en su sistema. Cuando Tom volvió, Bill estaba cepillando cuidadosamente su cabello negro, haciendo muecas pues la aspirina continuaba aliviando algunos de sus dolores más fuertes. Cuando terminó, caminó hacia la mesa y se sentó sin mirar a Tom.

—¿Qué se necesita para que vuelvas a tu actitud del primer día? Ibas bastante bien hasta que volvimos de las duchas —dijo Tom.

—¿Qué tal una explicación de por qué el imbécil insolente de tu amigo me castigó? —estalló Bill y después bajó la mirada a su plato, mordiendo su labio anticipando la paliza que estaba a punto de recibir.

—Primero que nada, Georg no es mi amigo, es mi antiguo entrenador. Segundo, fuiste castigado porque no tienes permitido resistir insinuaciones hacia ti; la cagué ayer y me disculpo, debí recordarle que no está por encima de las reglas. Y tercero, tienes que aprender a aceptarlo; si nadie te reclama cuando tu entrenamiento acabe, vas a terminar junto a los esclavos de batas amarillas, que son los que están disponibles y todos podrán tocarte.

—Cuando alguien te reclame, pasaras a portar una de las batas verdes, lo que significa que tu Maestro será el que tiene el mayor privilegio sobre ti, pero cuando no te esté tocando, los demás podrán hacerlo, y lo harán. Después de un tiempo, si complaces a tu dueño, tal vez él o ella te asciendan a las batas rojas, que te protegen de otros esclavos, pero no de otros Maestros. Si continuas complaciendo a tu dueño, entonces pasarás a ser de los de batas blancas y eso significa que sólo tu dueño y el Maestro de la Casa pueden tocarte, pero tienes que comportarte y hacer lo que se te dice o seguirás sin ser reclamado y siendo abusado. Las mascotas de la Casa que, son los que tienen batas blancas obtienen el mejor trato, las mejores habitaciones y son bien atesorados. No quiero verte en una bata amarilla o una verde. Quiero verte con una bata blanca —dijo Tom.

—No seré la mascota de nadie —contestó Bill.

—Yo lo fui —dijo Tom—. Si lo haces bien, serás promovido a portar una bata gris y no tendrás que soportar a nadie. Podrás escoger esclavos para entrenar y deberás entrenar a veinte antes de poder conseguir el nivel de Maestro y así podrás elegir esclavos que te pertenecerán.

—O sea que me puedo volver en alguien igual de horrible y malvado que tú y Georg —escupió Bill—. No, gracias. Lo dices como si me estuvieran haciendo un favor. Prefiero que me disparen. Estar aquí no es ningún regalo, esto es un maldito lugar asqueroso lleno de cerdos repugnantes y almas tan devastadas que ni siquiera son capaces de luchar más.

Tom se estiró sobre la mesa y abofeteó a Bill antes de que éste pudiera reaccionar. No le había hecho perder los estribos, pero haría que Bill aprendiera a cerrar la boca. No lo había abofeteado muy fuerte, pero había logrado su propósito junto con un efecto adicional no deseado. Bill se calló, pero no lo miraba y cruzó sus brazos mirando sin expresión hacia su regazo.

—Come algo —dijo Tom.

—No —respondió Bill.

—Maldita sea, Bill. ¿Te gusta que te lastime? Si es así, voy a tener que encontrar nuevas formas de castigarte. Si te gusta que te golpee, sólo dilo y te lastimaré todo lo que quieras. Pero sé que no es lo que quieres y a mí no me gusta hacerlo. No puedo volver a ser un esclavo, ¿entiendes? Y No puedo seguir avanzando un paso contigo sólo para regresar tres más. Así no vamos a llegar a ningún lado y tendré que entregarte a alguien más que sí te golpeará, y será más violento. No me obligues a hacerlo —el mal genio de Tom relució brillantemente.

Bill alzó la mirada sorprendido cuando Tom golpeó su mano que estaba sobre la mesa y su voz subió  de volumen. Tom nunca le había gritado. Se había portado un poco brusco en algunas ocasiones, pero Bill no estaba acostumbrado a que le gritaran.  Sus padres nunca le habían gritado, tampoco sus amigos y tampoco lo había hecho Andreas.

—No me gusta que me pegues —contestó Bill en el silencio que siguió después de que su cerebro asimilara lo que Tom había dicho.

—Entonces no me obligues a hacerlo —dijo Tom con suavidad esperando que pudiera convencer a Bill de cooperar. Bill resopló y miró el techo.

—Es que no puedo sólo rendirme —dijo Bill y miró a Tom, quien levantó las manos como preguntando “¿Por qué?” —. Andi es alguien que me importa mucho. Lo conozco desde el prescolar y  lo amo. Si me rindo sin luchar, sería como traicionarlo y no puedo hacerlo. Sé que me encontrará y me rescatará; y yo quiero ser capaz de decir que luché todo este tiempo y que nunca los dejé tomarme voluntariamente. Además, aunque siga las reglas, parece no haber ninguna diferencia.

—Bill, no me hagas lastimarte. ¿Qué puedo prometerte para hacerte cooperar? —preguntó Tom.

—Sólo te pido una cosa —dijo Bill—. No me fuerces. Enséñame si debes hacerlo, pero dame tiempo. Parece que quieres que me rinda en sólo tres días, y no puedo. Quizá, una vez que asimile que estoy aquí y que prefiera aprender de ti que de los demás pueda darte lo que quieres, pero por ahora no puedo.

—No puedo hacer eso, Bill, sin importar cuánto quisiera. Vas a hacer el entrenamiento cada noche y cuando no hagas lo que te ordene, aprenderás a soportar los azotes al igual que lo hacen todos los demás —dijo Tom y se después se levantó—. Vamos, hora de tu ducha.

—No —respondió Bill y Tom se dirigió a recoger las cosas. A la fuerza, levantó a Bill de la silla y metió la bata por su cabeza. Jaló los brazos de Bill con fuerza a través de los hoyos de la bata y le ató el collar sin tener cuidado alguno con su cabello. Bill hizo una mueca de dolor e intentó quitárselo.

—Déjalo —dijo Tom y Bill lo miró con furia—. No lo toques o te castigaré cuando regresemos.

Bill dejó caer sus manos y Tom ató la correa al collar. Le dio un pequeño jalón a Bill cuando éste no mostró ningún indicio de moverse y Bill se tambaleó hacia adelante ligeramente antes de decidir seguir a Tom. Esta vez su cabeza no estaba agachada, pero caminaba a través de los pasillos con los brazos cruzados y sin ver nada o a nadie. Cuando llegaron al cuarto de baño, Georg estaba ahí, en esta ocasión con Kassie, su otra esclava. Bill miró de reojo a Georg quien sonrió, pero después se volteó hacia su regadera.

—Quítatela —ordenó Tom y le alegró que Bill no discutiera—. Las mismas instrucciones que ayer.

Bill apenas había empezado a quitarse la bata y Tom ni siquiera pensó al alejarse después de haberle quitado la correa. Tom estaba desnudo y Bill estaba libre, así que volvió a meter sus brazos en los hoyos y salió corriendo hacia la puerta abierta. Tom maldijo y justo afuera de la puerta, derribó a Bill.

—Suéltame —gritó. Tom volvió a ponerle la correa y jaló a Bill, haciéndole levantarse. Afortunadamente, el pasillo estaba vacío, así que nadie había visto la momentánea falta de disciplina. Jaló a Bill de nuevo al cuarto de baño y Georg se limitó a reír mientras Tom le quitaba la bata azul a Bill y lo empujaba bajo la regadera empapándolo en agua helada. Bill se estremeció e intentó alcanzar los grifos.

—No, deja —dijo Tom y Bill dejó caer sus manos apretándolas en puños. Unos cuantos escalofríos recorrieron su espalda, pero permaneció de pie sin hacer nada—. Lávate, y te juro que si intentas hacer algo, te golpearé hasta que no puedas pensar y te dejaré atado por un mes entero.

Tom pasó la correa por un aro de acero inoxidable y la amarró antes de ordenarle a un guardia que la mantuviera lejos del alcance de Bill. Después, se aseguró de mantenerlo vigilado mientras Bill se enjabonaba y enjuagaba a sí mismo rápidamente y se quedaba bajo el chorro de agua fría esperando. Georg guio a Kassie fuera del cuarto sin decir una palabra, por lo cual Tom estaba agradecido. Le indicó al guardia que se fuera y cerró la puerta. Cuando estuvo a solas con Bill, cerró el grifo, pero no hizo nada más para hacer sentir cómodo al pelinegro.

—¿Quieres saber qué es lo que me dice tu comportamiento? —preguntó Tom y Bill se encogió de hombros. Tom se acercó más—. Me dice que he sido muy clemente contigo. Así que de ahora en adelante entrenarás todo el día, sin parar. Seguirás siempre las reglas y me obedecerás, y si no lo haces, el castigo no será nada bonito. No voy a tolerar este comportamiento, ¿me entiendes?

Bill no dio indicación de haberlo escuchado y Tom tomó un puñado de su cabello jalando su cabeza hacia atrás.

—Te hice una pregunta, ahora respóndeme. ¿Me entendiste? —jalaba fuertemente y Bill contraía su cara con dolor.

—Sí —respondió Bill.

—¿”Sí” qué? —preguntó Tom apretando su agarre.

—Sí, Señor —corrigió Bill y Tom lo liberó.

—Ahora, sécate y ponte tu bata —dijo Tom y liberó la cadena del aro para que Bill pudiera hacer lo que se le ordenó, pero lo mantuvo agarrado firmemente para que Bill no pudiera escapar, incluso si lo intentaba. Tom se puso su propia bata después de secarse y guio a Bill de vuelta a la habitación. Cuando llegaron, le quitó la bata a Bill, pero lo dejó con el collar y la correa. Lo empujó para que quedara de rodillas y amarró la correa a otro aro de acero inoxidable que estaba cerca de las escaleras y lejos del alcance de Bill.

Con la vista baja, Bill sólo miró sus manos y se sentó de rodillas sin parecer al menos un poco curioso ni enojado, sólo se sentó ahí y ya.

—Acuéstate boca abajo —dijo Tom y Bill alzó la mirada abriendo su boca como haciendo una pregunta—. No te dije que cuestionaras y no te di permiso para hablar. Acuéstate boca abajo.

Bill obedeció; la cadena estaba lo suficientemente floja como para permitirle hacer eso. Su espalda seguía mojada y Tom odió lo que estaba a punto de hacer.

—Quiero que cuentes cada azote y si se te pasa uno, vamos a empezar desde cero. Lo haremos hasta que quede convencido de que aprendiste la lección —dijo Tom y Bill asintió. Tom se alejó y tomó una larga vara de madera flexible en lugar de látigo al que Bill estaba acostumbrado y que seguramente esperaba. La vara dolía más y dejaba moretones hasta en los tejidos profundos de la piel, pero tal vez así le tomaría menos tiempo a Bill entender—. Si escucho algún otro sonido aparte del conteo, también volveremos a empezar desde cero.

Tom azotó la vara contra el trasero de Bill y lo escuchó reprimir un chillido de dolor antes de que  Bill hablara con una voz temblorosa.

—Uno —casi antes de que lo terminara de decir, Tom lo volvió a azotar la vara otra vez y escuchó nuevamente cómo Bill se esforzaba por suprimir sus chillidos—. Dos.

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—Noventainueve —Bill apenas podía retener los sollozos, pero al menos no habían tenido que volver a empezar en ninguna ocasión. Su espalda y sus glúteos dolían tanto, al igual que piernas y sus pies.

—Cien —dijo cuando la vara golpeó fuertemente contra su espalda. Se preparó para el próximo azote, el cual nunca llegó. Tom se arrodilló cerca de su cabeza.

—Terminamos por ahora —dijo y Bill comenzó a levantarse—. No, quédate ahí.

Cuando Bill mostró señales de desobediencia, Tom presionó una mano en su espalda. El dolor y la presión hicieron que sus músculos cedieran inmediatamente y cayera. El piso era duro e incómodo, tenía que orinar y todo le dolía, pero supuso que esta era su lección. Ahora Tom tenía que ser severo porque de la otra forma no había funcionado.

—Si tienes algo que decir, puedes decirlo ahora —dijo Tom.

—Tengo que hacer del baño, Señor —dijo Bill con su cara ardiendo por la humillación al tener que pedir permiso de ir al baño como un niño pequeño. El rostro de Tom se ensombreció y por un momento pareció que dejaría a Bill levantarse, pero  después volvió a ponerse serio.

—Debiste pensar en eso antes. Te quedarás ahí y si haces un desastre, lo limpiarás con tu lengua —dijo Tom—. Permiso para hablar, revocado.

Entonces, sin  otra palabra, Tom se dirigió a la mesa y se sentó a leer mientras Bill desesperadamente intentaba pensar en otra cosa. Finalmente se distrajo, usando el dolor de su cuerpo para ayudarse.

Tom observó de reojo cómo Bill, acostado incómodamente en el suelo, hacía pequeños e inconscientes movimientos para adaptarse y aliviar la presión en su vejiga sin realmente llegar a moverse. Tom recordó la crueldad con la que Georg lo había tratado a él por sus malas conductas, y ahora estaba siguiendo su ejemplo ya que parecía que Bill era inmanejable. Tom se había acercado mucho y le había permitido a Bill bastantes libertades. En tres días, los resultados estaban claros.

Cuando Bill confiaba en Tom, esa cualidad indomable desaparecía, pero cuando Tom se había visto obligado a reafirmar su dominio, la confianza se había roto y Bill había recurrido a su vena indomable  para rebelarse. Ahora parecía que Tom tendría que deshacerse de ella a golpes ya que la confianza no podría ser recuperada. Notó que Bill parecía estar comenzando a quedarse dormido. No, eso no funcionaría. Justo cuando Bill  se quedó dormido, Tom se levantó y, odiándose a sí mismo, tomó un puñado de aquel hermoso cabello y lo jaló, sacando a Bill de su descanso.

—No dije que pudieras dormir —dijo con dureza y Bill lloriqueó su infelicidad. Estaba aturdido por los golpes, pero no rompió las reglas, sólo tragó saliva y se rindió ante el nuevo régimen de castigos.

Ninguno estaba próximo, y después de un momento, Tom soltó el cabello de Bill y volvió a lo de su libro. Bill recordó que cuando había seguido las reglas, lo había tratado mejor, así que se resignó a esperar y permaneció sin moverse incluso aunque sentía que su vejiga estaba a punto de estallar. Sorprendentemente, su paciencia logró que su vejiga dejara de fastidiar por un rato y dejó de sentir esas ganas de orinar que le impedían pensar en otra cosa.

Tom pudo ver la expresión vencida de Bill y su cuerpo quieto. No había esperado ese cambio tan rápido después de dos días de enojo y disputas. Miró discretamente su reloj. Una hora más y le permitiría a Bill levantarse al baño, después le ordenaría volver a donde había estado de rodillas. Sabía que esa posición le dolería por los azotes que cubrían el reverso de su cuerpo. Aun así, si Bill estaba sumiso ahora, valdría la pena. Sólo esperaba no haber quebrado al chico.

Bill comenzaba a sentirse adolorido para cuando Tom bajó su libro. Se tensó más cuando el de rastas se levantó y recogió la vara de donde la había dejado. Tom se dirigió a la repisa y la dejó ahí antes de checar otros objetos e ir a la puerta en donde le pidió al guardia algunas cosas que necesitaría. Tom regresó y ordenó la habitación, para cuando había terminado Bill parecía completamente olvidado. Después emprendió un paso sin prisa hacia donde estaba el pelinegro y se arrodilló junto a su cabeza.

—¿Aun necesitas orinar? —preguntó Tom y obtuvo un pequeño asentimiento. Le alegraba que Bill hubiera vacilado con algo de psicología inversa.

Bill no había estado seguro de qué responder; si decía que sí, Tom, cruelmente, hubiera podido dejarlo ahí. Y si decía que no, Tom hubiera podido dejarlo ahí de cualquier forma. Finalmente recordó lo que Tom le había dicho la primera noche acerca de la honestidad y había terminado asintiendo.

Tom asintió también, frunciendo los labios.

—Siéntate —ordenó. Bill se sentó, apretando sus labios contra los gritos de dolor y no permitiéndose a sí mismo orinarse mientras el dolor intentaba forzarlo a eso. Sin embargo, la nueva posición ponía más presión sobre su vejiga, y cuando Tom quitó la correa del aro, Bill casi lloró aliviado.

—Así de rodillas sígueme hasta el baño. Sueltas una gota y no tendrás ningún alivio en toda la noche. Cuando digo “sígueme” lo digo en serio. Si te adelantas, te arrepentirás —Bill asintió y Tom emprendió un paso lento, tomándose su tiempo y llevando a Bill lejos del baño y recorriendo el cuarto hasta llegar a la cubeta.

—¿Ahora qué dices? Tienes permiso para hablar —dijo Tom, las rodillas de Bill dolían al igual que toda la parte trasera de su cuerpo; necesitaba orinar tanto que pensó que sus riñones explotarían en cualquier segundo y ahora tenía que pensar en algo que decir. Tom pudo ver que Bill se esforzaba, así que decidió que una pista sería de ayuda—. Muéstrale tu gratitud a un amable y piadoso amo.

—Gracias, amo —dijo Bill suavemente y Tom pudo notar que le dolía decir ese tipo de cosas.

—¿A quién le perteneces? —preguntó Tom y Bill levantó la mirada para verlo—. Dilo o volvemos a la esquina.

Vio que la garganta de Bill se movió al tragar saliva y pudo ver la súplica en sus ojos, pero él mantuvo su cara y su mirada tan fríos como el hielo. Bill tembló de forma convulsiva y bajó su mirada a sus manos.

—Le pertenezco a usted, Señor —murmuró Bill, apenas audible y sin dejar de observar sus manos. Tom sabía que si presionaba más al chico, lo rompería, así que se resignó con esa respuesta y levantó a Bill.

—Anda, orina. Cuando regrese, te quiero en esa esquina de rodillas, ¿entendido? —preguntó Tom esperando por el: “Sí, Señor” silencioso de Bill antes de subir por las escaleras para ver si el guardia había regresado ya. Así era, y decidió esperar hasta que escuchó que Bill había terminado e ido hasta su esquina, soltado un pequeño ruido de dolor al ponerse de rodillas. Después de haber dejado pasar un momento, Tom volvió a entrar a la habitación. Colocó los objetos en la repisa y caminó hacia Bill quien estaba examinando sus manos nuevamente. Tom se mantuvo callado hasta que se inclinó para estar a la misma altura de los ojos de Bill.

—Bill, mírame —pidió Tom, y Bill lo hizo. Su rostro estaba absolutamente destruido.

—Lo lamento —dijo Bill y unas cuantas lágrimas cayeron libres —No lo volveré a hacer.

No desvió la vista de la mirada de Tom, tampoco hizo el esfuerzo de secar sus lágrimas; sólo se sentó ahí, aguardando y esperando. Tom ni siquiera le recordó a Bill el agregar el “Señor” a su aseveración. Sabía que había ganado: Bill se había doblegado. Ahora era momento de mantener una presión constante mientras la confianza se reconstruía.

—Ese es un buen comienzo, pero aun así te vas a quedar aquí —dijo Tom y Bill asintió.

Tom salió y cerró con pestillo antes de dejar a Bill ahí. Sabía que Bill se quedaría así toda la noche, con sus rodillas y espalda adoloridas y se odio a sí mismo por eso, pero sabía que era necesario.

Continúa…

¿Opiniones, dudas, sugerencias? Los comentarios son bienvenidos, díganme qué opinan. 😀
Sé que el castigo de Tom aquí fue algo cruel, pero por alguna razón yo me sentí más frustrada con la actitud de Bill.

por OuterSpace

Traductora del Fandom

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