“Forced” Fic original de Starling011. Traducción de OuterSpace

Capítulo 2: El Segundo Día

Bill despertó e intentó volver a dormir. Todo le dolía y su mente no lo dejaba escapar de la dura realidad de ese lugar. El colchón se clavaba en su espalda, tenía frío y la almohada bajo su mejilla no hacía nada para aliviar el dolor de cabeza que punzaba a través sus sienes.

—Oh, estás despierto —dijo una voz agradable. Bill suprimió un gruñido, ¿cómo es que Tom siempre estaba ahí? Ahora que alguien más sabía que estaba despierto y que se trataba de la persona que lo había golpeado, Bill abrió sus ojos.

Los forzó a quedarse abiertos a pesar de que ver todo sólo lo hacía más consciente de que no estaba viviendo un sueño lúcido; además, hacía que su dolor de cabeza empeorara. Después de que dejó de ver estrellas explotando en su vista, se sentó apretando los dientes para evitar los sonidos dolorosos que querían escapar de boca. Estaba todo agarrotado pero si no se movía muy rápido, no dolía tanto. Bajó la vista y vio moretones regados por su cuerpo; lo peor estaba en sus muñecas que parecían parches de piel casi negra. El color era tan fuerte y consistente que se veía casi vulgar en contraste con la piel blanca que lo rodeaba.

Aunque la peor sensación era la piel de su espalda estirándose; cada marca en ella se sentía como el dolor de un latigazo en llamas. Escuchó un ruido chirriante y dio un respingo cuando el sonido raspó contra sus oídos, además, eso significaba que Tom se acercaba. No estaba seguro de poder soportar más abuso en ese estado. Tom se arrodilló y levantó la mano de Bill cuidadosamente para poner dos píldoras blancas en ella y después le ofreció un vaso de agua.

—Es aspirina. El desayuno está por allí, para cuando tengas ganas de comer algo. Volveré pronto para ver cómo te va —dijo Tom y esperó por el asentimiento de Bill antes de levantarse y salir, cerrando la puerta suavemente detrás de él. Bill escuchó la cerradura hacer clic y todo quedó en silencio.

En realidad, Bill no quería tomarse las pastillas que podrían no ser la gran cosa, pero sabía que: uno, tenía un metabolismo rápido y los efectos de cualquier droga desaparecerían bastante rápido; dos, la mayoría de las drogas adormecían a la gente y Bill quería sentirse así en ese momento; y tres, hasta ese momento, Tom no le había mentido. Esos tres hechos le hicieron meterse las pastillas a la boca y tomarse el agua dándose cuenta de lo sediento estaba una vez que el vaso estuvo vacío. La aspirina no funcionaba lo suficiente para hacerle querer acercarse a la pequeña mesa que estaba cerca al final de las escaleras.

Parecía que Tom había pensado en eso y le había dejado una jarra de agua sobre la pequeña mesa cercana a la cama. Bill también podía ver la botella de lo que fuera que Tom había usado la noche anterior para aliviar del ardor de su espalda junto con el trapo, un cepillo para cabello y un espejo. Se sirvió otro vaso de agua y se lo tomó; después del tercero, disminuyó el consumo. Su cabeza y cuerpo ya comenzaban a sentirse mejor y Bill dudó un poco antes de tomar el espejo. Miró la parte trasera de éste; era un espejo de vanidad burdo puesto sobre un plástico negro.

Tenía el nombre de Tom tallado toscamente en la parte trasera del mango. Bill sintió que quizá podría meterse en problemas por tocar las cosas de su amo, pero  hasta ese momento, Tom le había dado órdenes para todo y no le había prohibido tocarlas, así que Bill le dio vuelta. Al principio no miró su reflejo, estaba aterrado de pensar lo mal que debería verse. Observó el mango, pero era sólo plástico, y lo que rodeaba al espejo no tenía ningún daño. Entonces Bill miró el espejo pero no su reflejo; llegaría a eso cuando no tuviera nada más que ver.

El espejo tenía una pequeña grieta en una esquina, pero fuera de eso era sólo un espejo común y corriente. Estaba perfectamente limpio y Bill pensó que, por alguna razón, Tom cuidaba de él. Entonces dejó que su mirada se enfocara para poder ver su reflejo. No estaba tan mal como había pensado, había un poco de tierra en su cara, pero fuera de eso, no había daño alguno. Sus labios estaban agrietados y resistió las repentinas ganas de lamerlos. Alguien lo había desmaquillado, por lo que no tenía todo un desastre derretido y esparcido por su cara. La única cosa que estaba tan mal como lo había pensado, era su cabello. Incluso sin tocarlo, podía notar que estaba hecho un desastre todo enmarañado.

Incluso si tuviera el valor de tomar el cepillo, sería imposible desenredarlo. Puso el espejo de vuelta en la mesilla y lentamente se levantó. Sintió pequeñas punzadas de dolor en sus piernas, pero estaban adormecidas, pues había estado sentado en una posición incómoda. Tomó el vaso y caminó a la mesa que Tom le había indicado. Comenzó a sentir indicios de hambre conforme su cuerpo superaba el estrés por tanto dolor y comenzaba a dar otras señales.

Tomó una de las uvas y la metió a su boca mientras miraba a su alrededor a la habitación en la que estaba atrapado. Obviamente era un sótano, no había ventanas y había sólo una puerta que Bill sabía que estaba cerrada. Los pisos eran de concreto y las paredes estaban enlucidas pero sin pintar; eran de un color blanco que quemaba los ojos a pesar de lo tenue que era la luz. A la mitad de la habitación había un área amplia y Bill vio el gancho colgando del techo y las esposas que estaban acomodadas sobre la pared. Sintió su estómago revolverse con aprensión y su apetito se desvaneció un poco al pensar para qué eran esas cosas.

Había una pequeña repisa en la pared y Bill pudo ver el látigo y la pelota que Tom había usado con él la noche anterior. No quería saber qué más había ahí. A la izquierda del área de tortura estaba el colchón en el que había dormido, la mesa con los otros objetos y una cubeta en la esquina más alejada. No podía entender para qué era esta última, así que se levantó y fue a inspeccionarla. Al ver el desagüe en ella, entendió cuál era su finalidad justo cuando su vejiga le recordó que había tomado casi un galón de agua en la última hora. La cubeta era su baño.

Esperaba que Tom no regresara mientras hacía sus necesidades y que no fuera ese tipo de amos que esperara a que Bill se aguantara hasta que él le permitiera aliviarse. Cuando terminó, deambuló un poco más por la habitación sintiendo cómo sus articulaciones perdían la rigidez. Comenzaba a sentirse él mismo de nuevo justo cuando la puerta volvió a abrirse y Tom entró. Cerró la puerta detrás de él y Bill volvió a sentirse tímido nuevamente. Ahora sabía que estaba desnudo y que Tom podía ver cada milímetro de su cuerpo. Sólo otras dos personas lo habían visto desnudo: su mamá, cuando era pequeño, y Andreas.

—¿Te sientes mejor? —preguntó Tom deteniéndose al final de las escaleras y Bill asintió tímidamente intentando ocultarse tras su cabello, pero como éste estaba todo enredado y entrelazado, no pudo.

—Pensé que cepillarías tu cabello —dijo Tom y Bill pudo reconocer la sorpresa en su voz.

—No sabía si lo tenía permitido —dijo Bill a bajo volumen, su voz había sonado un poco áspera y se aclaró la garganta.  Tom sonrió levemente como si lo que dijo Bill lo hubiese satisfecho.

—Basado en tu actitud de anoche, no pensé que eso te importara —dijo Tom avanzando hacia Bill, quien sin pensarlo, retrocedió y sintió su espalda chocar contra la fría pared—. No te voy a lastimar por el momento.

Bill se forzó a sí mismo a no dar un respingo cuando Tom le ofreció una mano y levantó una ceja. Bill no estaba seguro de si Tom le estaba ofreciendo la opción de tomarla o no, pero lo hizo ya que no quería tener que lidiar con el castigo que le tendría si se rehusaba a cooperar. No le entusiasmaba nada el volver a ser atado pronto.

Bill deslizó su mano fría y temblorosa en la mano caliente y firme de Tom. Sintió los callos en los dedos del otro, los mismos que apenas había notado la noche anterior. Las manos de Andreas eran como las de Bill: suaves y con dedos largos y delgados; casi femeninas con el hecho de que estaban bien humectadas y a menudo sus uñas, inmaculadamente cuidadas, estaban pintadas. Las manos de Tom, en cambio, tenían dedos largos y delgados, pero eran fuertes y bronceadas y tenían algunas cicatrices en la parte de atrás. Sus uñas estaban cortas y pulidas, pero muy obviamente eran uñas de hombre. Las manos de Tom estaban limpias y Bill podía ver los tendones debajo de la piel bronceada. También podía sentir los callos en las yemas de sus dedos y sus palmas que estaban un poco ásperas y ligeramente secas.

Tom jaló ligeramente a Bill de la pared y lo guio hasta la cama. Bill se resistió un poco, sólo para hacerle entender a Tom el mensaje.

—Está bien, ¿por qué no nos sentamos a la mesa? —preguntó Tom y Bill asintió, no es que pensara que significase mucho. Tom soltó su mano y Bill caminó a la mesa, sentándose en la silla acolchonada de madera. Tom se dirigió a la mesilla que estaba junto al colchón y recogió el cepillo. En vez de sentarse frente a Bill, se paró detrás de él y comenzó a cepillarle su cabello.

Era cuidadoso, pero eficiente al desenredar los nudos con una facilidad que hablaba de práctica.

—Cuando deje productos de cuidado personal cerca de la cama, significa que mi intención es que los utilices —dijo Tom suavemente cuando ya había terminado de cepillar la mitad de su cabello.

—Ok —dijo Bill porque sabía que asentir sólo lograría que el cepillo se enredara con su cabello y Tom tendría que lastimarlo para sacarlo.

—No tienes que usarlos si no quieres, pero preferiría que estés tan cómodo como sea posib… permitido —Tom balbuceó con la última palabra y Bill comprendió que aunque le estaba ofreciendo una opción, su comodidad dependía de la discreción de Tom.

—Entiendo —contestó Bill y tomó otra uva, más que nada para tener algo qué hacer mientras Tom terminaba de cepillar su cabello.

—¿Cuántos años tienes? —preguntó Tom después de un momento retrocediendo para poner el cepillo sobre la mesa.

—Diecinueve —dijo Bill—. ¿Tengo permitido preguntarte a ti cuántos años tienes?

—Veinte —contestó Tom. Quería contarle a Bill que todavía hace tres años él había estado en el lugar de Bill, pero sabía que las relaciones personales no estaban permitidas.

—¿Por qué estás siendo tan amable conmigo? Ni siquiera ayer lo entendí, pero ahora… —Bill fue dejando de hablar con miedo decir algo de más y que Tom lo castigara otra vez.

—Ya te lo dije, el trabajo de los maestros es hacerse cargo de sus aprendices —dijo Tom inclinándose contra la pared. Pudo notar cómo Bill volvía a cerrarse y poner un muro entre ambos al ser recordado de sus posiciones—. Además, los entrenamientos comienzan hasta después de la puesta del sol y la tarde apenas está comenzando.

También notó el escalofrío que recorrió la espalda de Bill al mencionar el entrenamiento. No lo culpaba, después de lo sucedido la noche anterior, Bill tenía toda la razón al temerle a la puesta del sol.

— ¿Quieres tomar una ducha? —le preguntó Tom después de unos momentos de silencio inquietante cuando Bill miraba su regazo y ocasionalmente pasaba un dedo sobre los moretones negros en sus muñecas. Tom debió saber que eso sucedería después de dejar a Bill con las esposas por tanto tiempo. El tiempo recomendado para la primera noche era de una hora mientras poco a poco se les iba presentando a formas más duras de atarlos. Eso significaría más tiempo con la seda y más tiempo antes de que Tom pudiera entregarlo a la población general, y no es como que quisiera hacer eso.

—¿Eh? —preguntó Bill obviamente habiéndose desviado.

—Una ducha, ¿quieres una? —preguntó Tom sin reprimir a Bill como sabía que debía haberlo hecho. Seguía conmocionado por el encuentro de la noche anterior y eso le hacía perder la compostura. Bill miró a su alrededor, obviamente buscando la regadera y al no encontrarla, se encogió de hombros.

—Seguro —dijo. Tom volvió a caminar escaleras arriba y bajó con una pieza de ropa, como un vestido; era suave y de un color azul oscuro. Era un traje de aprendiz y tenía un símbolo que marcaba a Bill como aprendiz de Tom, por lo que no estaba permitido que otros esclavos, aprendices o maestros lo tocaran. Todos ahí usaban ropajes que llevaban la insignia de sus maestros y un color diferente cuando salían de sus habitaciones. La variedad de colores y tamaños les hacían saber a los otros las libertades a las que tenían acceso, quién podía tocarlos y cuál era el rango que tenían.

Había una jerarquía entre los esclavos. La única persona a la que las reglas de color, tamaño o insignia no aplicaban, era al Maestro de la Casa y él podía tener a quien quisiera. Usualmente evitaba a los aprendices para no estropear el progreso que llevaban, pero frecuentemente elegía a las mascotas apreciadas que llevaban las batas cortas y blancas ya fuera porque que ellos eran los mejor entrenados o porque eso reiteraba su autoridad; nadie sabía realmente, pero muchos suponían que era por ambas razones.

—Ponte esto —ordenó Tom sin permitir, simplemente con su tono de voz, que la idea de una discusión cruzara por la mente de Bill. Bill por su parte, no quería discutir, era ropa y era suave. Caía justo por debajo de sus rodillas, lo que significaba que era un nuevo aprendiz. Las batas se harían más cortas conforme progresara. Tom estiró un brazo y se odió a sí mismo cuando Bill se sobresaltó, sin embargo, éste no intentó huir y dejó que Tom le pusiera un collar en el cuello.

—Afuera en los pasillos, no hables a menos que la gente con batas grises, como esta, te lo permitan; y refiérete a ellos como “señor”, “señora”, “amo” o “ama” —cuando mencionó lo de las batas, Tom apuntó a la suya propia. Bill asintió.

—No me hables a menos que yo te lo diga y asegúrate de llamarme “señor”. Sigue todas las órdenes de cualquiera con bata gris sin preguntar ni dudar. No te tocarán, pero quizá quieran dar un vistazo— Tom no quería ver a Bill lastimado por haber olvidado alguna regla. Bill asintió nuevamente y Tom lo llevó escaleras arriba con una cadena colgada al aro sujeto al frente del pesado collar de Bill.

&

Llegaron a las duchas en el segundo piso sin algún incidente, probablemente porque Bill mantenía sus ojos en el piso permitiendo que Tom lo guiará a través de los pasillos, a diferencia de la mayoría de los otros aprendices que se detenían a mirar a su alrededor. No le sorprendía mucho que Bill no quisiera echarle un vistazo al nuevo lugar en donde viviría. Bill parecía del tipo de los que se derrumbaban fácilmente y obviamente era tímido. Probablemente no quería que otros amos y entrenadores se interesaran en él.

Cuando entraron al cuarto de baño, Tom evitó mostrar su decepción cuando se dio cuenta de que Bill tendría que desnudarse y bañarse en frente de otros tres esclavos y dos maestros. No sería buena idea dejar que pareciera que se preocupaba por la inquietud de su esclavo por mostrar o no su cuerpo.

—Quítate la bata —dijo Tom y Bill le dirigió una mirada antes de mirar a su alrededor, sin embargo, apretó los labios e hizo lo que se le ordenó. Tom se sintió aliviado, pues los otros maestros lo miraban a él. Quitó la correa y empujó a Bill sobre una línea azul que indicaba el lado de la ducha de los esclavos—. No cruces la línea roja y espérame del otro lado de la línea azul cuando hayas terminado. No te pongas la bata hasta que nos vayamos.

Bill batalló para controlar en enojo su mirada, pero asintió y después caminó hacia la regadera. Tom suspiró; esto podría ser un retroceso en los niveles de confianza, pero sabía que Bill agradecería el agua caliente y el jabón.

—¿Este es tu nuevo aprendiz, Tom? —preguntó uno de los hombres mientras Tom recogía la bata azul y la aventaba sobre un banco. Se despojó de su propia bata gris y ató sus rastas para que no se mojaran.

El hombre que había preguntado, tenía cabello largo y castaño, y él solo, poseía tres esclavos. Uno de los otros esclavos en la ducha, era su mascota más preciada: Sandra. El nombre de este hombre era Georg; había sido el entrenador de Tom y, en ocasiones todavía seguía tratándolo como un subordinado. ‘Los viejos hábitos nunca mueren’, pensó Tom al cruzar la línea roja y caminar hacia ellos.

—Sí. Bill. Algo rebelde, pero eso es algo que se corregirá pronto —dijo Tom sintiéndose enfermo por sus propias palabras. Recordó cuando Georg hablaba de él como si no estuviera en la misma habitación y solía decir ese mismo tipo de cosas.

No le gustaba entrenar esclavos de esa forma, era cruel, pero había estado consciente de que eso podría pasar cuando le había ofrecido a Bill una ducha.

—Recuerdo cuando tú también eras así, aunque sigo sin creer que hayas llegado a ser entrenador —dijo Georg y avanzó hasta la línea en la que estaba parado Bill. A Tom le tomó todo lo que tenía el tener que voltearse a la regadera y abrir las perillas mientras Georg le echaba un vistazo a Bill.

—Mírame —ordenó, y Tom volteó a tiempo para ver a Bill levantar sus ojos marrones para mirar a los ojos verdes de Georg.

Bill estaba tenso y su cara mostraba rastros de miedo, pero no se había alejado de Georg, lo cual era bueno ya que si lo hubiera hecho, Georg lo hubiese agarrado fuertemente y le hubiera hecho arrodillarse.

—Muy bonito —dijo Georg al pasar una mano sobre la mejilla mojada de Bill y bajar a su pecho. Cuando pellizcó ligeramente uno de los pezones de Bill, éste soltó un chillido y retrocedió sorprendido. En vez de enojarse, Georg simplemente rio por lo bajo y jaló a Bill hacia adelante.

Tom podía ver el miedo que Bill le tenía a Georg, pero sabía que debía actuar naturalmente, así que viendo que su piel ya estaba mojada, tomó una barra de jabón y comenzó a asearse. También sabía que debía detener a Georg si éste se pasaba de la raya, pero aún no había tocado a Bill inapropiadamente y tampoco le había obligado a nada; seguía en línea, aunque a Bill no le gustara. Georg deslizó una mano a la nuca de Bill y lo jaló. El castaño se inclinó por un beso, y Bill se volteó justo como lo había hecho la noche anterior cuando Tom había intentado besarlo. Cuando Georg forzó de vuelta su cabeza, Bill intentó retroceder. Sus ojos giraron rápidamente hacia donde estaba Tom, y Tom pudo ver en ellos el dolor de una traición cuando Bill notó que Tom se aseaba distraídamente en lugar de hacer algo al respecto.

—Basta —dijo Bill apartándose del agarre de Georg. Eso era lo que Tom había temido y un momento después, el sonido de una fuerte bofetada resonó en toda la habitación junto al grito de dolor de Bill, quien mantuvo su cara volteada lejos de Georg mientras una huella rojiza se pintaba en su mejilla.

—Necesitas entrenarlo mejor, Tom. Sandra, vámonos —dijo Georg y la rubia salió del agua, cerrando las manijas y caminando rápidamente hacia donde estaba su amo. Georg le aventó su bata y sin darle importancia a la piel mojada, ella se colocó su prenda blanca la cual se pegó a su piel casi transparentándose. Georg amarró la correa a su collar y ambos salieron. Bill se quedó de pie bajo el chorro de agua mientras el otro hombre también reunía a sus dos esclavos y salía.

—Te dije que tenías que comportarte —dijo Tom suavemente. Bill se quedó callado y llevó una mano a su mejilla. Tom esperaba que no quedara marca. Se aseguró de que nadie viniera y después caminó hacia Bill. Recogió el jabón que había caído cerca del grifo que estaba próximo y lo frotó sobre la piel de Bill. Bill lo dejó, pero no respondió—. Vamos.

Tom le pasó una toalla a Bill cuando cruzaron la línea azul y éste se cubrió con ella en silencio. Bill le arrebató a Tom la bata cuando se la ofreció y después Tom ató la correa de vuelta al collar. Bill estuvo aún más apagado  en el camino de vuelta al sótano en el que se quedaba. A Tom le hubiera gustado dejarle conservar la bata, pero las reglas de la Casa decían que cualquier esclavo por debajo del nivel del personal, debía permanecer desnudo en su habitación. Era otra técnica de entrenamiento, acostumbraría a Bill a estar desnudo y a que su cuerpo estuviera a la vista conforme las batas se hacían más cortas.

—¿Lo eché a perder? —preguntó Bill sin resistirse cuando Tom le quitaba el collar y la bata.

—Un poco. Voy a decirte algo que tal vez no debería —dijo Tom, pero Bill se rehusó a mirarlo a los ojos. Esto definitivamente les había hecho retroceder unos pasos, pero quizá era lo mejor; Bill debía aprender cuál era su lugar o saldría herido—. Si no pruebas que eres capaz de ser entrenado, serás transferido y yo soy probablemente el entrenador más gentil que puedas encontrar. Las personas aquí esperan que seas susceptible a sus avances, y esa pequeña hazaña en la ducha es el menor castigo que deberías esperar. Si le pertenecieras a Georg y le hubieras hecho eso, estarías en el suelo sangrando y lleno de moretones. Él espera que te castigue y voy a tener que hacerlo.

Con esas palabras, los ojos de Bill se levantaron, pero Tom se aseguró de que los suyos no mostraran ninguna compasión.

—De rodillas —dijo Tom y vio cómo Bill brevemente consideró desobedecer, pero después accedió. Tom colocó el collar y la bata sobre el umbral de la puerta. Alguien había venido a recoger el desayuno mientras no estaban y el sol se ocultaría pronto. Caminó a la repisa y tomó los lazos azules de seda y el látigo. Bill ni siquiera lo quería mirar, pero veía con furia hacia el suelo—. Dame tus manos.

Bill estiró los brazos y Tom ató sus manos con los lazos asegurándose de no lastimar los moretones de Bill, pero apretando lo suficiente como para que no pudiera zafarse. Siempre había una fina línea que se podía cruzar con las ataduras que se hacían. Tom se arrodilló y le ató sus muñecas a sus muslos. Eso aseguraría que Bill no escapara del látigo.

Tom ojeó los moretones que había causado la noche anterior, pero sabía que era necesario, y si Bill se salía con la suya con esto, nunca aprendería, y si Georg se enteraba de que no lo había castigado, entonces Tom volvería a entrenamiento y estaría condenado a ser esclavo sin volver a tener la oportunidad de ser entrenador. Cuando el primer latigazo azotó la piel de Bill, éste agachó la cabeza y apretó sus dientes, no haría ningún sonido. Tom podía golpearlo, Georg podía intentar castigarlo, pero Bill no les daría la satisfacción al rendirse.

Se obedecieran las reglas o no, esta vida no parecía mejorar; Bill podía tener la tendencia a obedecerlas si se probaba que valían la pena, pero si no, no lo haría. Quizá si demostraba ser poco cooperativo lo dejarían regresar a su antigua vida con Andreas, su dulce y amado novio. El látigo chocaba contra su espalda después de lo que se sentía como una eternidad y Bill sintió lágrimas cálidas caer por sus mejillas, pero mantuvo su boca cerrada.

&

Tom dejó de azotar a Bill una hora y media después sin haber obtenido nada más que un pequeño siseo de su parte y dejo caer el látigo a su lado; volvió a subir las escaleras, dejando a Bill atado sabiendo que eso completaría el castigo. Debía informarle a Georg que se había encargado del problema y también recordarle que Bill era un aprendiz que todavía no estaba familiarizado con las reglas. Tocarlo y golpearlo no era aceptable. Sandra abrió la puerta y se arrodilló cuando vio que se trataba de otro entrenador.

 —Amo —dijo y besó el piso a sus pies.

—Tom, me preguntaba si me acompañarías —dijo Georg; Tom entró y acarició la cabeza de Sandra como si fuera un perro. Ella cerró la puerta detrás de él y después fue a arrodillarse junto a la silla en la que Georg estaba sentado. Era obvio que estaban a la mitad de la cena, Georg la alimentaba con lo que creyera que fuera aceptable de su plato; probablemente sólo con algunas costras de pan, pues Bill lo había puesto de malas.

—No será mucho tiempo. Bill ya fue castigado por su comportamiento en las duchas —dijo Tom.

—Bien, bien —dijo Georg distraídamente, acariciando la cabeza de Sandra mientras le daba de comer algunas boronas.

—También estoy aquí para recordarte que los aprendices continúan aprendiendo y otras personas no deben interferir con eso. Si vuelves a interferir con mi entrenamiento con Bill, te voy a reportar —dijo Tom. Georg alzó la mirada ligeramente.

—Es bonito y perdí la cabeza. No pasará otra vez, aunque voy a ver si puedo pedirlo en su futura ceremonia —dijo Georg sin sonar arrepentido—. A no ser que tú lo quieras.

—¿De qué hablas? Los entrenadores no pueden tener esclavos propios —dijo Tom.

—Sólo tienes que entrenar uno más y subirás al nivel de Maestro. Generalmente los entrenadores toman a sus últimos aprendices. Si lo quieres, no voy a reclamarlo, aunque quizá quieras hablar con Jorg para asegurarte de que tienes los derechos. Los demás tal vez no sean tan… respetuosos con tus deseos. Yo cometí ese error contigo —dijo Georg.

Tom recordó que había sido el último aprendiz de Georg. Georg nunca había sido un esclavo, pero incluso los Maestros tenían formas de ascender. Georg había querido a Tom, pero se había olvidado de clamar derechos sobre él para que nadie más lo tomara. Tom pensó que Georg nunca había superado realmente esa derrota.

—Lo tendré en mente, pero aún es pronto. Todavía no estoy seguro de si quiero al pequeño mal educado o no.

—Muy bien, Sandra y yo estamos a punto de retirarnos, así que apreciaría que te fueras, además creo que el entrenamiento comienza en unos minutos —dijo Georg y Tom miró su reloj.

—Nos vemos luego —dijo Tom y Georg asintió mientras Tom salía.

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Sin siquiera molestarse de luchar contra sus ataduras, Bill permaneció en el suelo mientras esperaba que Tom volviera y lo liberara. Sabía que sería inútil esforzarse; podía ver cómo los nudos funcionaban juntos para evitar que se soltara sin importar qué intentara hacer. También sabía que si dejaba de estar de rodillas, probablemente Tom lo volvería a golpear, así que sólo se quedó quieto a pesar de que sus rodillas dolían y el suelo estaba frío. Escuchó la puerta abrirse y Tom bajó.

Podía ver el daño en la espalda de Bill y esperaba que el pelinegro no se trajera a sí mismo mucho más castigo. Odiaría lastimarlo más. Se acercó sin decir alguna palabra y desató las muñecas de Bill de sus piernas, pero mantuvo la seda amarrada a sus manos como si fueran esposas. Lo ayudó a levantase y lo guio a la mitad de la  habitación. Deslizó el amarre sobre el gancho y miró a Bill por un momento, leyendo el enojo en sus labios y la falta de emoción en el resto de su cara pero manteniendo la mirada seguramente alejada de los ojos de Tom.

—¿Recuerdas las reglas? —preguntó Tom y Bill asintió—. Ok, a partir de ahora no tienes permiso para hablar.

Tom en verdad no quería hacer esto esa noche, pero sabía que no tenía opción. Debía entrenar nuevos esclavos porque él mismo se rehusaba a volver a ser uno. Rodeó a Bill pasando sus dedos sobre la piel pálida alrededor de sus muñecas. Presionó gentilmente la espalda de Bill y Bill se inclinó hacia adelante inmediatamente, ya fuera porque estaba enojado y quería alejarse del toque de Tom, o porque no quería ser lastimado. Tom no lo sabía. Recogió el látigo y se puso frente a Bill.

—Abre —ordenó y Bill abrió la boca inmediatamente; Tom le colocó el látigo ahí—. No lo sueltes.

Volvió detrás de Bill y tomó el vibrador con el que lo probaría esa noche. Primero sacó el vendaje y lo ató alrededor de los ojos del pelinegro.

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Bill sólo pudo sentirse aliviado cuando Tom sacó el vibrador y se puso frente a él.

—¿Quieres hacerlo otra vez? —preguntó Tom quitándole el látigo de la boca y acariciando su cabello. Después del tercer orgasmo, le había dado permiso a Bill de responder preguntas con un “sí” o un “no”.

—Por favor no, señor —jadeó Bill, sonaba como si estuviese a punto de desmayarse en cualquier momento. Tom empujó a Bill un poco para que quedara en posición vertical.

—De rodillas —dijo, soltando las ataduras. De inmediato, Bill obedeció. Tom ajustó la cadena que mantenía el gancho arriba para que los brazos de Bill estuviesen de nuevo sobre su cabeza. Como una orden silenciosa, Tom empujó su pene contra los labios de Bill, pero éste no abrió su boca. Había sido bastante desafiante durante toda la noche y Tom adivinó que tenía que ver con lo sucedido en la ducha y el castigo posterior, pero Tom no andaría con contemplaciones y si Bill no obedecía sus órdenes mudas, entonces las vocalizaría y si eso tampoco funcionaba, castigaría a Bill y lo repetiría, poco a poco aumentando su agresividad hasta que Bill respondiera—. Abre la boca.

—No —dijo Bill con los dientes apretados para mantener a Tom afuera. Tom levantó una ceja.

—Dos reglas en una, ¿seguro de que quieres jugar así? Hazme encabronar y te dejaré atado toda la noche —dijo Tom y Bill abrió la boca, sorprendido de que Tom fuera capaz de algo así. A Tom le pareció que Bill había sucumbido con eso más fácil que con cualquier otra cosa esa noche y decidió castigar sólo a esa hermosa boca por hablar sin permiso y olvidar el título correspondiente. Por más que odiara lastimar a Bill, adoraba el sentir su boca envolviéndolo, especialmente cuando empujaba hasta el fondo y sentía cómo Bill intentaba tragar a su alrededor.

No pasó mucho tiempo antes de que Tom sintiera sus testículos apretarse y darle a Bill apenas medio segundo de advertencia antes de sentir cómo disparaba su carga en la garganta de Bill. Tom vio al pelinegro intentando tragarlo todo, pero un poco de semen logró escurrirse por un lado de su boca; se retiró y limpió lo derramado con su pulgar, después se estiró para desatar a Bill del gancho y lo ayudó a levantarse a pesar de que Bill rehuyó de su toque. Con una mano gentil sobre la espalda baja de Bill, lo guio hasta la cama.

—Dame tus manos —dijo Tom y Bill se las ofreció sin siquiera mirarlo. Tom suspiró y desató sus muñecas. Inmediatamente, Bill se cruzó de brazos y miró al techo—. ¿Puedes ponerte boca abajo?

—No —dijo Bill y Tom suspiró de nuevo.

—Bill, por favor, quiero que tu espalda se sienta mejor —dijo Tom y Bill finalmente lo miró. Tom casi retrocedió al ver el intenso dolor y enojo en su mirada.

—Antes que nada, tú eres el que me lastima. Cuando quieres arreglar algo que, en primer lugar, fuiste tú el que lo causó: eso no es compasión, esos son juegos mentales torcidos y enfermizos. No quiero cooperar, y no te voy a permitir joderme más. Quiero volver a mi casa con mi familia y con Andi; no te voy a dejar mantenerme aquí. No voy a cooperar y así me enviarán de vuelta a mi casa.

—No. Te van a sacar y te van a matar —dijo Tom simplemente—. Nadie sale de aquí, Bill. Aquí todos, o se doblegan y aprenden, o se ganan un disparo en la cabeza y un entierro. Si obedeces, puede que vivas y seas promovido como yo, te doblegues y permanezcas como un esclavo, o continúas con esa actitud y te matan. Sé lo asustado y enojado que estás, pero debes aprender cuál es tu lugar. Si no aprendes cómo seguir este juego de la forma correcta, vas a perder. Ahora, por favor, déjame hacer mi trabajo.

—No —dijo Bill volteando al techo. Ya no había enojo en su mirada, se había reemplazado con lágrimas, y su barbilla tembló antes de apretar sus dientes para detenerlo. Extrañaba a su mamá y a Andreas, y no creía las suposiciones de Tom acerca de que lo matarían.

—Bien. Volveré en la mañana. Duerme un poco —dijo Tom decidiendo que Bill ya había tenido demasiado por un día. Antes de subir las escaleras, escuchó un sollozo y volteó; vio a Bill ya recostado y sollozando en su almohada. No era la primera vez que un aprendiz era encontrado llorando, muchos entrenadores hubieran regresado y castigado a Bill, pero Tom sabía que con eso se desharían de toda la resistencia del pelinegro mientras éste liberaba su enojo, humillación y tristeza.

En rara ocasión, cuando pensaba en ello, Tom aun extrañaba a su familia, pero había dejado de llorar desde hace un año. Observó las marcas en la espalda de Bill y lentamente regresó a la cama. No podía dejarlas sin atender o se hincharían y probablemente sangrarían. Bill le permitió ponerlo baca abajo mientras  continuaba llorando.

—Lamento que te metieran en esto —dijo Tom al terminar, cuando Bill se volteó y se sentó.

—Lo dudo —contestó Bill levemente de nuevo evitando la mirada de Tom. Tom colocó la botella y el trapo sobre la mesa y con una mano levantando la barbilla de Bill haciendo que lo mirara a los ojos.

—En verdad lo lamento. Pareces una buena persona y estoy seguro de que tu familia está muy preocupada por ti. Deben estar buscándote y las posibilidades de que te encuentren son casi nulas, pero si llegara a pasar, dales algo que encontrar y no sólo un saco de huesos. No me hagas entregarte a alguien más Bill, ¿por favor? —dijo Tom y Bill sostuvo su mirada por un momento antes de bajarla nuevamente.

—¿Puedes irte, por favor? —pidió Bill y Tom soltó su barbilla antes de irse esta vez de verdad.

Continúa…

Ups, parece que Bill está comenzando a rebelarse. ¿Continuará con su brillante plan de desobedecer? Y lo más importante: ¿Será tan buena idea como lo piensa? D: En cuanto a Tom… bueno, parece que una noche le bastó para encariñarse de su nuevo aprendiz.

por OuterSpace

Traductora del Fandom

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