

«Epiphany: Extra»
(Fic de TollWriter)
Habían pasado dos meses. Bill se había establecido en otro lugar: uno más grande, más lejano de su antiguo pueblo. Un sitio donde su pasado no pudiera alcanzarlo. No quería recordar, no quería seguir sufriendo; solo deseaba seguir viviendo.
Se levantó a su hora habitual y salió a recoger el periódico. Alfia y Alvin lo recibieron jugueteando en el césped. Los saludó con una caricia en el lomo y ambos salieron disparados para seguir correteando por el hermoso jardín. Bill tomó la correspondencia y buscó con ansiedad lo que tanto esperaba. Cuando lo encontró, se apresuró a entrar en la casa.
Se sentó en el sofá y abrió el sobre con cuidado. Dentro había una memoria USB. Bill la tomó, sonrió ampliamente y, sin perder tiempo, se levantó y bajó las escaleras a toda prisa. En el camino se topó con Daniel, su asistente, que subía con un cesto de ropa.
—Uy, ¿por qué tan alegre? —preguntó Daniel, deteniéndose para no chocar con él.
—¡Ya llegó! —canturreó Bill, mostrándole la USB—. Prepara palomitas.
Siguió bajando hasta llegar a una puerta. La abrió sin esfuerzo y entró buscando el control remoto de la televisión.
—¿Por qué tanto escándalo? —Esa voz familiar lo hizo sonreír aún más. Giró y lo vio apoyado en el umbral—. ¿Qué pasó, Bill?
—Ya llegó —respondió, radiante.
Se sentaron juntos y comenzaron a configurar la televisión.
—¿Quién te lo envió?
—Gustav.
—¿Y cómo consiguió ese niño esa grabación?
—No tengo idea. Solo quiero que la veas.
—No quiero meterme en otro delito.
—¿En serio, Tom? Tú, que has violado más normas que todos los del pueblo juntos.
—Bueno, en mi defensa… fue tu decisión.
—No. Yo solo decidí traerte aquí. Tú solito dejaste que todo el mundo pensara que estabas muerto— se defendió Bill.
—Emma se lo merecía.
—Y hay que darle las gracias a Gustav. Si no fuera por él, en estos momentos…
—No pensemos más en eso. La vida siguió su curso natural: tú y yo juntos, Gustav viviendo lejos de aquí, Emma en la cárcel… y hasta los niños están mejor con sus abuelos.
—¿No los extrañas?
—Claro que sí. Pero no era mi deber cuidarlos. Yo pertenezco a ti… y ellos, a su propia vida.
Bill sonrió enamorado. Más que nunca, estaban profundamente enamorados. Se amaban con locura, por eso todo lo que había sucedido le parecía irreal. En su mente, era una señal de Dios, la prueba definitiva de que debían estar juntos.
Se besaron con ternura hasta que Daniel apareció con un cuenco repleto de palomitas. Bill pulsó el botón y en la pantalla comenzaron a reproducirse las grabaciones del arresto de Emma. Tom lo escuchó todo; incluso vio la brillante actuación de Bill.
—Vaya, mereces un Óscar —comentó Tom.
—Debía meterme en el papel —respondió Bill con una media sonrisa.
—Pero no entiendo una cosa —dijo Daniel mientras se llenaba la boca de palomitas—. ¿Por qué Gustav la delató? Iba a recibir mucho dinero.
—Le di más —explicó Bill con calma—. Y también la posibilidad de largarse del pueblo. Sabía que no estaba a gusto allí. Gustav siempre me hablaba de irse de viaje, de empezar desde cero… y yo se lo cumplí.
—Ese es mi chico —murmuró Tom, depositando un beso suave en la mejilla de su rubio.
—¿Y piensan quedarse así por mucho tiempo? —preguntó Daniel, alzando una ceja.
—No hay vuelta atrás —sentenció Bill, mientras Tom asentía con firmeza.
Daniel se encogió de hombros y volvió a concentrarse en la grabación: los gritos furiosos de Emma, la conclusión magistral del acto escénico de Bill.
Por ahora, todo estaba bien así. En un lugar solitario, con la máxima seguridad posible y un hermoso sótano convertido en su nidito de amor. Tom no necesitaba a nadie más; todo lo que quería y necesitaba estaba allí, junto a él, acomodado en el bonito sillón negro que tanto le gustaba.
.
**El día de la mudanza de Bill…**
—Basta de hablar. Ve a dejar todo esto en esta dirección. —Bill le entregó un papelito a Gustav, quien lo guardó en el bolsillo del pantalón.
Vio cómo el rubio se alejaba y, apretando la mandíbula, corrió tras él.
—Oye, Bill… ¿podemos hablar? —susurró, mirando hacia los lados con cautela.
—Hemos hablado mucho, Gustav.
—Es algo importante… y muy delicado.
El chico nunca solía ser tan misterioso; siempre soltaba cualquier estupidez que se le ocurría. Por eso, al verlo tan serio y decidido, Bill asintió y le prestó toda su atención.
—No puede ser… —murmuró consternado tras escuchar todo lo que Gustav le contó—. Ella no puede ser tan… —Se detuvo y miró a su amigo con angustia—. Gus, dime que no lo piensas hacer. Por favor, dime que me estás contando esto porque te arrepientes de haber aceptado.
Bill lo tenía sujeto por la camiseta, casi temblando.
—Gustav, dime que no lo harás.
—No lo haré, tranquilo —respondió Gustav, zafándose del agarre y retrocediendo un par de pasos—. Solo que ya me dio un adelanto… y ahora tengo que hacerlo sí o sí.
—¡No! Gustav, no puedes matarlo.
—¡Que no lo voy a matar! Tranquilo, Bill —el chico contuvo los nuevos jalones que Bill intentaba darle—. Solo necesito el dinero para comprar un cuerpo que se parezca al pastor y hacerlo pasar por él. Tom conserva su vida, tú conservas a Tom… y yo conservo mi dinero.
—¿Quieres dinero? —preguntó.
Gustav asintió con la cabeza.
—Te doy lo que sea, lo suficiente como para salir de aquí y tener tu vida asegurada.
—De acuerdo. Estaremos en contacto —murmuró Gustav, antes de alejarse y dejar a Bill con los nervios a flor de piel.
Durante los siguientes tres días no supo nada de él. Bill tuvo que mudarse a su nueva casa y fue recién al cuarto día cuando Gustav lo llamó. Le dijo que esa misma noche era la noche.
Bill pasó todo el día extremadamente nervioso; no lograba concentrarse en nada y apenas probó bocado. Cuando por fin llegó la noche, la ansiedad se disparó hasta que sonó su teléfono. Era la llamada que tanto había esperado.
Gustav le indicó que saliera. Con pasos rápidos y temblorosos, Bill abandonó la propiedad hasta llegar al portón. Digitó la clave y el auto negro se adentró en el camino. De él bajó Gustav, quien no le dirigió la palabra: simplemente abrió el maletero.
Allí estaba Tom, atado de pies y manos, completamente inconsciente.
Bill le indicó el camino y entre los dos lo bajaron al sótano, donde lo dejaron sobre una cama improvisada.
—¿Por qué está amordazado? —preguntó Bill, indignado.
—La loca de su esposa lo drogó y me lo entregó así.
—Esa maldita…
—Me gustaría quedarme a charlar, pero sinceramente tengo que irme. Así que dame lo mío.
Bill sacó el maletín repleto de dinero y se lo entregó. Gustav lo revisó solo por encima; confiaba en su amigo.
Asintió satisfecho y se giró para marcharse, pero antes de subir las escaleras se acercó a Bill y lo abrazó.
—Fue un placer conocerte. Espero que seas feliz con tu pastor.
—Lo mismo, Gustav.
El chico rubio le dedicó una última mirada a Tom y después a Bill; esbozó una sonrisa serena, asintió con la cabeza en señal de despedida y, sin más, subió las escaleras hasta perderse en la oscuridad de la noche.
Por primera vez en su vida, Bill sintió una gratitud inmensa hacia todos los dioses por la oportunidad que le acababan de conceder.
F I N
Gracias por la visita. No te vayas sin leer 😉