
Administración: Esto es lo más nuevo de TollWriter, así que a disfrutar la lectura 😉
«Epiphany»
(Fic de TollWriter)

La vida para Tom no era tan sencilla como muchos de nosotros creíamos. Tom tenía la vida resuelta; eso todo el mundo lo sabía. Al ser el hijo mayor y encima ser un varón, todos los negocios familiares pasarían a sus manos tarde o temprano; sin embargo, Tom tomó la decisión de llevar su camino hacia lo espiritual al mundo de la religión, un mundo demasiado complejo y lleno de etiquetas que debía seguir.
Tom, a sus veinticinco años, se bautizó en sus creencias, adoptó la vida que debía seguir, se casó y crió dos hijos, pero lo más importante, Tom tuvo que hacerse cargo de un templo santo en un lugar muy apartado y demasiado pequeño.
A Tom no le importó y se instaló allí; lo más importante para su convicción pastoral era dar su sermón diario. Por eso ahora mismo se alistaba como todas las mañanas para comenzar con la consagración de la primera hora del día.
Su esposa e hijos ayudaban a arreglar el templo y a recibir al pueblo. Todo bien hasta allí, pero cuando digo que Tom no la tenía tan fácil, lo decía por una persona particular, una persona que a Tom le resultaba desagradable, una persona que según sus creencias era el mismo demonio. Tom no odiaba a nadie, no podría hacerlo; sin embargo, siempre hay una excepción y esa era Bill Kaulitz.
Tom siempre lo había evitado cuando se cruzaban por el pueblo, o cuando coincidía en algún evento social. Para la desgracia de Tom, Bill se movía en su mismo círculo y, aunque en el templo había estado seguro de esa molesta presencia, eso cambió; en algún punto Bill comenzó a asistir a las reuniones de Tom, sobre todo las del domingo en la mañana.
Por eso estaba allí encerrado en su oficina, sentado en su sillón favorito, tratando de calmar un poco su respiración; nunca iba a entender por qué siempre al verlo le fallaba el aire; seguramente un día de estos le daría un colapso nervioso.
El toquido de la puerta lo hizo abrir los ojos para luego soltar el aire acumulado entre sus pulmones. Tom se levantó, arregló su pulcro traje negro y caminó hasta la puerta; la abrió tan despacio que su esposa tuvo que empujar un poco para agilizar el proceso.
—Todos están esperando —murmuró con esa dulzura que siempre tenía.
—Todos, todos —fue lo primero que dijo; Emma asintió y se acercó para acomodar el cuello de su camisa.
—No te preocupes, el señor Kaulitz está allí, pero también está su hermana.
Eso no lo tranquilizaba ni un poquito; la hermana de Bill era la típica mujer de casa y de buenas costumbres. Casada y con hijos. Con trabajo en el hospital del pueblo, con voluntariado en obras sociales. Todo un ejemplo para la sociedad; lo único condenable era su amor incondicional por Bill y la tolerancia para las prácticas no tan éticas de su hermano menor.
Claro que Tom tendía a exagerar las cosas desde su perspectiva. Al final, solo se trataba de una hermana mayor respaldando y aceptando los deseos y la orientación sexual de su hermano menor.
Nada más que eso.
Y, sí… lo que realmente le molestaba a Tom de Bill era precisamente que fuera gay.
—Tal vez el señor Kaulitz quiso buscar ayuda y encaminarse por la senda correcta, está es una señal —murmuró su esposa, sacándolo de golpe de ese torbellino de pensamientos y emociones que intentaba esquivar sin éxito.
—Vamos —insistió Emma, echando un vistazo al reloj de pared—. Ya se nos hace tarde.
Tom dirigió la mirada hacia las manecillas, buscando en vano alguna excusa que lo salvara, pero no encontró ninguna. Con un suspiro resignado y reuniendo el poco valor que le quedaba, tomó la mano que su esposa le ofrecía con ternura.
Juntos caminaron hasta el amplio salón comunal donde, como cada semana, la congregación aguardaba fielmente.
Emma ocupó su sitio habitual al lado de la tarima, junto a sus niños pequeños que se removían inquietos en sus asientos. Tom, en cambio, subió al podio, tomó el micrófono y repasó con la vista el párrafo que iba a predicar. Luego, con la voz firme de siempre, dio inicio a su conocido sermón.
Entre la multitud de fieles destacaba e imposible de pasar por alto, la figura alta y serena de Bill Kaulitz. No era de extrañar: con su metro ochenta, el cabello rubio cayéndole largo sobre los hombros, unos ojos grandes y expresivos, una sonrisa suave y ese aire delicado, casi etéreo que lo envolvía, Bill atraía todas las miradas. Aunque llevaba un traje formal -pantalón, chaqueta y corbata-, su presencia seguía siendo magnética y profundamente femenina; dondequiera que entrara, el ambiente parecía inclinarse hacia él.
Bill estaba concentrado… demasiado concentrado para ser cierto. No había escuchado ni una sola palabra del sermón del pastor; su atención estaba fija únicamente en él, o más bien, en una parte muy concreta de él: ese bulto prominente, grande y grueso que se marcaba bajo la tela del pantalón.
Una sonrisa pícara se dibujó en los labios de Bill cuando el pastor levantó la vista y lo pilló mirándolo directamente. Bill ni se inmutó; al contrario de Tom que casi pierde el hilo del sermón en ese instante, tartamudeando apenas un segundo antes de recomponerse.
Cuando por fin terminó la reunión, Tom se despidió con rapidez de los fieles y prácticamente corrió por los pasillos hasta llegar a su oficina. Solo al cruzar el umbral y cerrar la puerta tras de sí sintió que volvía a respirar con seguridad.
Bill se puso de pie con calma y emprendió el camino tras él, pero una voz dulce y algo tonta lo detuvo en seco.
—¿Señor Kaulitz? ¿En qué puedo ayudarle?
Emma se acercó con paso decidido, interponiéndose en su camino.
—Tu, en nada —respondió Bill con una frialdad envuelta en una cortesía fingida—. En cambio, tu esposo sí puede ayudarme.
Emma curvó los labios en una sonrisa tensa, sin rastro de calidez. Aun así, mantuvo impecable el papel de esposa del pastor.
—Precisamente ahora Tom va a descansar un poco y a prepararse para el próximo servicio.
—Solo será un momento.
—¿Es algo que no puede esperar hasta mañana?
—No, no puede —replicó Bill con firmeza, casi con autoridad.
Emma tragó saliva, visiblemente nerviosa.
—¿Es… sobre tu problema? —preguntó en voz baja, con los nervios a flor de piel el rubio le sacaba ventaja en altura, en presencia… y, obviamente, en belleza.
Bill asintió y, cuando la mujer dio media vuelta para guiarlo, puso los ojos en blanco con evidente fastidio. Aun así, la siguió hasta el despacho.
Se detuvieron frente a la puerta de madera. Emma tocó un par de veces con suavidad.
—¿Tom, puedo entrar? —susurró.
—Necesito estar solo, Emma —respondió el pastor desde el interior, con voz cansada.
—Es el señor Kaulitz. Viene a hablar de… su problema.
Al escuchar ese apellido, Tom se incorporó de golpe del sillón donde se había hundido para calmar los nervios y la respiración agitada.
—Dile que no puedo atenderlo ahora —dijo, acercándose a la puerta para pegar la oreja y asegurarse de que se hubieran marchado.
Sin embargo, lo que sintió fue cómo la puerta se abría de pronto. Dio un paso atrás instintivamente, dio la espalda y, con movimientos rápidos, recogió su cabello en una moña alta.
—Quizá esta sea la oportunidad de salvar el alma del señor Kaulitz —murmuró Emma, acercándose lentamente a su esposo—. ¿No crees? —preguntó con una sonrisa sutil.
Mientras tanto, Bill observaba toda la escena con los brazos cruzados y la mirada fija en el pastor, sin pestañear.
Cuando Tom finalmente se dignó a mirarlo, Bill le dedicó una sonrisa descarada, casi provocadora. El pastor carraspeó, incómodo, y volvió a tomar asiento en su sillón, intentando recuperar la compostura.
—Y bien, señor Kaulitz… —dijo con voz más firme—. Puede contarme lo que desee. Estoy aquí para apoyarlo y guiarlo por el camino del bien.
Ambos se miraron fijamente. Tom intentaba mantener la serenidad; Bill, en cambio, odiaba con todas sus fuerzas que hubiera un escritorio de por medio. Sin embargo, los dos desviaron la mirada hacia la intrusa que aún permanecía allí, observándolos.
—Sé que mi «problema»… —comenzó Bill, marcando las comillas en el aire con los dedos— es de dominio público. Pero sinceramente necesito hablar a solas con el pastor —concluyó, clavando la vista en la mujer.
Emma miró a Tom en busca de apoyo, pero no lo encontró. Indignada, se levantó con brusquedad y salió del despacho, dejando a los dos hombres completamente solos.
Tom carraspeó, intentando que su voz sonara normal.
—Entonces, Bill… ¿qué es lo que quieres hablar? —preguntó—. Si es por tu… problema, tengo varios métodos para…
No pudo terminar la frase. Una carcajada profunda y burlona de Bill inundó el despacho, cortando sus palabras de raíz.
—El único problema aquí —dijo Bill con una sonrisa peligrosa— es este maldito escritorio que nos separa.
Apoyó los codos en la madera y colocó las manos bajo el mentón, inclinándose hacia adelante para acortar la distancia. Tom, que ya estaba ligeramente inclinado con los dedos entrelazados sobre el escritorio, sintió el impulso de retroceder… pero no lo hizo. Permaneció allí, inmóvil.
No estaban tan cerca como para tocarse, pero sí lo suficiente para que Bill pudiera percibir la respiración agitada del pastor, y Tom, la del rubio.
—No sea grosero dentro del templo, señor Kaulitz —reprendió Tom, con la voz tensa.
—¿Ups? ¿Ahora soy «Señor Kaulitz»? —preguntó Bill con una sonrisa burlona mientras se ponía de pie, rodeaba el escritorio y ponía fin a esa distancia que tanto lo irritaba.
—Ahora y siempre —respondió Tom, rígido e inmóvil en su sillón.
—Eso no fue lo que escuché aquel día… —canturreó el rubio, sentándose sobre el borde del escritorio, peligrosamente cerca del pastor.
—Eso… —Tom cerró los ojos un instante, como si le doliera recordarlo—. …debes olvidarlo —continuó, abriendo los ojos para encontrarse con la mirada brillante y desafiante de Bill.
—Solo fue una mamada —dijo Bill con total descaro.
—No digas esas cosas tan abiertamente —Tom se levantó de golpe y volvió a poner distancia entre ellos—. Y menos con esa desfachatez.
—Sabes que soy un descarado —bromeó Bill guiñándole un ojo—. Pero eso es exactamente lo que fue: sexo oral. ¿Acaso no te gustó?
—No estamos aquí para hablar de eso —insistió Tom, intentando recuperar el control—. Estamos aquí para hablar de tu problema.
—¿Y cómo quieres que vaya por el camino de la luz si el pastor de mi iglesia es demasiado sexi? —contrarrestó Bill, avanzando de nuevo hacia él.
Tom ya estaba a un paso de la puerta, listo para huir como siempre. Pero Bill no le dio tiempo.
—Sin contar que me sedujiste… y me hiciste que te mamara la verga.
—No blasfemes, Bill. Y yo no empecé esto. Fuiste tú.
—No importa quién empezó —replicó el rubio, acercándose hasta quedar a centímetros—. Lo importante es quién terminó… y ese fuiste tú, cariño. En mi boca.
Para cuando terminó de decirlo, ya estaba tan cerca que solo tuvo que deslizar una mano hasta la nuca de Tom, atraerlo con firmeza y unir sus labios en un beso que el pastor no correspondió. A Bill no le importó. Siguió besándolo con demencia, sorbiendo sus labios, mordisqueándolos a su antojo, como si el rechazo fuera solo otro juego más.
Tom se separó bruscamente. Tenía los labios hinchados y las mejillas encendidas de un rojo intenso. Estaba confundido, furioso… y algo más que no quería nombrar.
—No vuelvas a hacer eso —riñó, limpiándose la boca con el dorso de la mano y arreglando su cabello con dedos temblorosos.
—¿Por qué? —preguntó Bill, genuinamente sorprendido.
La pregunta hizo que Tom soltara una risa breve y extraña, casi incrédula. ¿De verdad Bill había olvidado algo tan evidente?
—Tengo esposa e hijos, Bill. Y además… no soy gay.
—¿Esposa e hijos, eh? —repitió el rubio con sorna, acercándose de nuevo al escritorio donde Tom acababa de dejarse caer—. Esa tonta ni siquiera merece el título de esposa. ¿Y de qué diablos hijos me estás hablando? Todo el mundo sabe que esos niños no son tuyos. Así que, por favor, invéntate otra excusa. Porque ellos no son ningún impedimento.
—Tú no entiendes, Bill.
—¿Qué es lo que debo entender, cariño? —Bill volvió a acortar la distancia en un movimiento fluido. Se escabulló entre las piernas abiertas del pastor, tomó su rostro entre las manos y unió sus frentes con delicadeza—. Sé que sientes lo mismo que yo. Sé que te gustó… mucho más de lo que quieres admitir. Lo sentí. Y lo sigo sintiendo.
—Pero yo soy un pastor y Emma… —La voz de Tom se quebró en un sollozo ahogado que escapó de su pecho herido—. Aunque ni siquiera estuviera casado, Bill… no soy gay.
—No sé qué seas exactamente —susurró Bill, sin apartarse—. Pero sé que me deseas, bebé. Y si esa maldita llamada de tu esposa no hubiera interrumpido esa noche… habríamos sido uno solo.
Tom negó con la cabeza, despacio, casi con dolor. Seguían frente con frente, ambos con los ojos cerrados. Bill sostenía su rostro con firme ternura; Tom, sin darse cuenta, aferraba la diminuta cintura del rubio como si fuera lo único que lo mantenía anclado al suelo.
—Esa llamada fue un aviso del Señor —murmuró Tom, casi como si intentara convencerse a sí mismo.
—Por favor, Tom… —rió Bill sin ganas, con una risa hueca y agotada. Tal vez ya estaba cansado de insistir—. Tu Dios no juzga. Somos lo que somos. ¿Por qué negar nuestra naturaleza?
—Mi naturaleza es estar con mi familia —replicó Tom con firmeza. Cortó todo contacto físico de golpe, para poner distancia entre ellos, como si el roce lo quemara.
Bill apretó la mandíbula hasta que le dolió. Con el dorso de la mano limpió la lágrima traicionera que se le escapaba por la mejilla. Se acomodó el cabello con dedos temblorosos, alisó la chaqueta de su traje y asintió lentamente, como aceptando una derrota que no quería reconocer.
Dio media vuelta y caminó hacia la puerta. Pero antes de abrirla se detuvo, sin girarse del todo.
—Bien… —dijo en voz baja, totalmente resignado—. Sabes dónde encontrarme.
Giró el pomo, abrió la puerta y salió sin mirar atrás.
Ignoró por completo a la mujer que se escondía en un rincón del pasillo, con lágrimas silenciosas rodando por su rostro y el peso aplastante de la traición latiéndole en el pecho.
¿Y Tom?
Tom se quedó solo en el despacho. Cerró la puerta con suavidad, como si cualquier ruido pudiera romperlo del todo. Apoyó la frente contra la madera fría y cerró los ojos con fuerza. Su respiración era irregular, entrecortada. Las manos le temblaban tanto que tuvo que cerrar los puños para disimularlo.
Se dejó deslizar hasta sentarse en el suelo, de espaldas a la puerta, abrazándose las rodillas. Por primera vez en mucho tiempo no rezó. No pidió perdón. No buscó respuestas en el techo ni en las escrituras que tenía sobre el escritorio.
Solo se quedó allí, en silencio, sintiendo cómo el eco de la voz de Bill aún resonaba en su cabeza… y cómo, muy en el fondo, una parte de él no quería que ese eco se apagara nunca.
Se levantó unos minutos después y se derrumbó en su sillón favorito, aquel mismo que Bill le había regalado aquella noche.
La noche en que el rubio lo llamó por teléfono pidiéndole ayuda desesperada. El pastor, con la responsabilidad de auxiliar a quien lo necesitara, acudió de inmediato al domicilio de Bill. Este le indicó que estaba en el sótano y que había una entrada clandestina; le dio las indicaciones entre lamentos estudiados. Cuando por fin lo tuvo a solas, Bill le bajó los pantalones y le practicó la mamada de su vida.
Tom yacía en ese mismo sillón, con la ropa enredada en los tobillos, cuando su teléfono sonó. Era Emma, alarmada, diciéndole que uno de sus hijos ardía en fiebre. A pesar de las insistencias y la evidente frustración de Bill —quien quedó con una enorme erección—, Tom se marchó sin poder continuar.
Al día siguiente, recordando lo hablado y lo sucedido, el rubio decidió llevarse el sillón. Lo transportó personalmente hasta el templo. Desde ese momento, Bill comenzó a asistir a las reuniones. Aunque sabía que no podía acercarse, se aferraba a la idea de observarlo de lejos.
Hasta que, con el tiempo, todo el mundo se enteró de sus preferencias sexuales. Y fue precisamente con esa excusa o más bien, con esa revelación ya pública, que por fin pudo acercarse a su pastor.
&
Los meses pasaron volando para los habitantes del pueblo. Sin embargo, hubo dos hombres para quienes el tiempo pareció detenerse por completo; estaban convencidos de que su sufrimiento jamás tendría fin.
El pastor continuó con su rutina: dirigía las reuniones diarias, cumplía con sus responsabilidades de voluntariado y se apoyaba en su familia, que seguía siendo su refugio. Mantenía sus eventos sociales y su vida parecía normal, con una sola excepción: ya casi no veía a su rubio. Y cuando lo hacía, Bill lo ignoraba por completo. No era un castigo deliberado; Bill había elegido esa actitud creyendo que, con el tiempo, podría arrancárselo del corazón.
Grave error.
Cada día, Bill se sentía más vacío, más apagado, sin ganas de seguir viviendo al menos no en ese pueblo. Aunque esperó, Tom nunca lo buscó. Simplemente continuó con su fachada de hombre heterosexual, intacta, imperturbable. Bill arrastró esos seis meses de dolor silencioso, sin embargo se avecinaba uno aún más profundo.
—Creo que es todo —murmuró, entregándole un jarrón a Gustav, quien lo ayudaba con la mudanza.
El chico rubio, bastante más joven que Bill, se bajó del camión y cerró la puerta con fuerza. Luego se secó el sudor con el dorso de la mano.
Aunque Bill intentó ignorarlo, le resultaba imposible. El muchacho era muy guapo y verlo así, sudoroso y sin camisa, constituía toda una tentación. Sin embargo, esa tentación se limitaba a mirar: jamás se le ocurriría involucrarse con otro hombre, al menos no por ahora… y mucho menos con ese joven que cargaba tantos antecedentes sobre los hombros. Claro que eso solo lo sabía Bill, porque por alguna razón el chico le había tomado confianza. Y el rubio no era de los que juzgaban a nadie.
—Sé que soy sexy, pero no quiero problemas —bromeó, guiñándole un ojo.
—¿De qué hablas? —preguntó Bill—. ¿Qué problemas?
—Ya sabes… con el pastor.
—¿Qué hay con el pastor?
—Tú y él, él y tú… —susurró, juntando dos dedos en un gesto elocuente—. Ustedes juegan a las espadas… o mejor dicho, tú juegas de espalda, ¿no?
Volvió a bromear con una sonrisa pícara.
—No sé de qué hablas —dijo Bill, sonando muy poco convincente.
—Bill, yo lo vi. La forma en que te miraba la otra noche en el baile…
—¿Estabas allí?
—Servía mesas —se encogió de hombros—. Lo vi todo. No te quitaba los ojos de encima… y conozco muy bien esa mirada.
—Es normal —murmuró Bill—. Cree que me voy a ir directo al infierno por ser homosexual.
—Entonces él también se va a ir al infierno, porque es más gay que nosotros dos juntos.
Bill frunció el ceño. Él ya sabía que Tom era gay, pero lo que realmente le llegó al corazón fue escuchar que, a pesar de todo, Tom seguía mirándolo a él de esa manera.
—Espera… ¿tú eres gay, Gustav?
—No… Bueno, digamos que me gusta comer de todo y no me pongo etiquetas fijas. Pero sí sé reconocer miradas y gestos. Y tu pastor está completamente enculado contigo… igual que tú con él.
Bill sonrió. Por un instante, una chispa de esperanza le iluminó el pecho. Pero la decisión ya estaba tomada: iba a salir de ese pueblo. No había vuelta atrás.
El día en que debía abandonar el pueblo para siempre, Bill se levantó antes del amanecer. Se duchó rápidamente, cargó lo poco que llevaba y se subió al auto con la intención de salir a primera hora. Sin embargo, algo lo obligó a detenerse a mitad de camino.
El área estaba acordonada. Varios policías iban y venían. Sorprendido por la escena, Bill apagó el motor, bajó del vehículo y se acercó con el corazón acelerado.
A la orilla del lago yacía un cuerpo sin vida, cubierto por una sábana blanca. Bill intentó enfocar la mirada. Por un instante creyó reconocer algo familiar. Levantó la cinta amarilla con mano temblorosa y se aproximó. Lo que más temía se había hecho realidad.
Allí, en la muñeca del cadáver, estaba el reloj que Tom siempre llevaba con orgullo: un regalo de su padre. Bill lo reconoció al instante. Conocía cada detalle de Tom, cada objeto que le pertenecía. Por un segundo quiso negarlo. «Podría haber miles de relojes iguales», pensó, aferrándose a la esperanza de que fuera una cruel coincidencia. Pero esa ilusión se desvaneció por completo cuando los gritos desgarradores de Emma rompieron el aire.
La mujer, hecha un desastre, se arrastró hacia el cuerpo con desesperación, intentando destapar la sábana. Sus familiares la sujetaron con fuerza y, como pudieron, se la llevaron de allí. Pero antes de desaparecer entre la multitud, algo hizo estremecer a Bill hasta los huesos: Emma lo miró directamente. Y por un instante, sus labios se curvaron en una media sonrisa fría, casi triunfal.
Bill se quedó petrificado, incapaz de procesar lo que acababa de ver. Hasta que su hermana lo tomó firmemente por los brazos, lo obligó a volver al auto y cerró la puerta tras él.
El desastre continuó en los días siguientes. La policía no lograba dar con los responsables y Emma, por su parte, se desentendió por completo del asunto. Aseguraba que ese pueblo solo le traía recuerdos muy dolorosos. Vendió todo: la casa, los autos, dejó el templo en manos de otro pastor y decidió mudarse para, según ella, sanar su corazón roto.
La noche en que finalmente se marcharía, Bill apareció en su casa. Emma se mostró muy sorprendida por la visita, pero aun así lo dejó entrar en la vivienda, que ahora estaba completamente vacía.
—Bill, espero que sea importante. Ya estaba por salir. Tengo mucho camino por recorrer hasta llegar a mi destino.
—Creo que eso no va a poder suceder.
—¿Por qué? Ya no me une nada a este pueblo. Mi Tom ya no está.
Bill negó con la cabeza. La muy perra sabía actuar a la perfección.
—¿Desde cuándo? —preguntó él, ladeando la cabeza para parecer más imponente de lo que realmente era—. ¿De verdad creías que ibas a salirte con la tuya?
—No sé de qué hablas, Bill —respondió ella, retrocediendo un paso cada vez que el rubio avanzaba hacia ella.
—Sabías perfectamente que Tom y yo nos amábamos.
Emma soltó una risa irónica.
—¿Se amaban? Eso es asqueroso. No te atrevas a llamar a eso amor, Bill, porque era pura mierda.
—No te permito que digas que lo que sentíamos era asqueroso. La asquerosa aquí eres tú… y una asesina.
Emma volvió a reír, pero esta vez su risa sonó triunfal, cargada de satisfacción.
—Sabes, pensé que Tom sería el marido perfecto, el padre ideal para mis hijos. No me importaba que no me tocara, no me importaba que nunca me besara. Por Dios, tenía muchos hombres que me daban lo que yo quería… y aun así no lo dejaba. Seguí cumpliendo mi papel de buena esposa. ¿Para qué? Para que llegaras tú, un homosexual de mierda, y me quitaras lo que era mío.
»Él te dio lo que a mí me negaba. No es justo, Bill. Debía morir y así pagar por su traición.
—Eres detestable —la miró con profundo desprecio—. Si tan solo lo hubieras dejado libre… ¡¿Por qué ordenaste su muerte?!
—Se lo merecía. Y tú, Bill… —Emma no alcanzó a terminar la frase.
El rubio le propinó una fuerte cachetada que le giró el rostro. Furiosa, se abalanzó sobre él gritando que también lo mataría, pero lo único que sintió fue cómo los policías la separaban de Bill y le ponían las esposas.
Todo ocurrió frente a él, que solo suspiró y levantó la vista al cielo, tal vez despidiéndose en silencio de su verdadero amor.
&
Al mes siguiente, Bill por fin dejó aquel pueblo. No tuvo que declarar nada: la confesión de los asesinos, enviada por correo a la estación de policía, fue suficiente para condenar a Emma.
Ella fue repudiada por todo el pueblo y terminó en una cárcel de máxima seguridad, muy lejos de allí. Sus hijos quedaron al cuidado de sus abuelos, y cuando se leyó el testamento, la herencia pasó íntegramente a manos de Bill.
Él quedó a cargo de todo. Incluso del reloj que ahora lucía reluciente en su muñeca derecha.
Apretó el volante con fuerza, pisó el acelerador y salió a toda velocidad del pueblo, dejando atrás cada recuerdo de lo que había vivido.
¿FIN?
Queda un extra 😉