En los huesos del cadáver 7

Fic Toll de AndyKltz

Capítulo 7

Un mes después

La noticia del asesinato de tres chicos en el metro se esparció rápidamente por toda la ciudad. Mientras que el remordimiento y la culpa no tenían espacio dentro del cuerpo de Bill. Se sentía completamente satisfecho de haber acabado con aquel trío de degenerados. 

Un mes había transcurrido, pero el pelinegro sentía que con cada día que pasaba, su cuerpo se deterioraba más, agotado tanto mental como físicamente.

—¿Es en serio que planeas arreglar las cosas con ese idiota? —exclamó Evan, alzando una ceja mientras guardaba sus cosas, había salido junto a Bill después de estar como asistentes en una cirugía desde las 10 de la mañana hasta las 5 de la tarde, estaban fastidiados.

—Claro cariño, arreglaré las cosas con él porque sé que el amor puede curarlo todo —respondió Bill con ironía, mientras que Evan le dedicó una mirada recriminatoria antes de rodar los ojos.

—¿Eres un idiota, lo sabías? —rió.

—Así me quieres… —exclamó Bill, abrazando por los hombros al contrario. Y por alguna extraña razón, el pelinegro notó un ligero sonrojo en las mejillas del contrario, pero decidió ignorarlo.

Estaban dispuestos a irse de una vez por todas de la universidad, caminaron por los pasillos sin deshacer aquel abrazo mutuo, inmersos en una burbuja de tranquilidad y llena de complicidad. 

—Bill… —interrumpió Evan, captando la atención del contrario, quien lo miró fijamente a través de aquellos ojos perfectamente maquillados que siempre le daban un toque rudo al pelinegro.

—¿Pasa algo? —frunció el ceño.

Evan relamió sus labios tratando de disimular el nerviosismo.

—En verdad aprecio mucho que seas mi amigo —dijo, con una ligera sonrisa en sus labios.

Bill le regresó el gestó no sin antes alborotar el cabello del castaño en son de broma y decir.

—Idiota, eres como mi alma gemela, nunca me separaré de tí ya te lo dije —exclamó, antes de que Evan lo abrazara sintiendo el calor que emanaba el pelinegro, acto que el contrario no puso resistencia.

Ambos sentían la cercanía del otro, no hacía falta más palabras. Pero la alegría de Bill duró poco, ya que al ver por el rabillo de su ojo derecho pudo notar a lo lejos del pasillo la presencia de alguien que conocía perfectamente. Quien vestía con su aseada filipina azul y con aquellas características rastas que caían por sus hombros, ligeramente despeinadas mientras cargaba su mochila al hombro.

Tom caminaba despreocupado por el pasillo de la facultad, absorto a lo que pasaba a su alrededor.

«Carajo, se ve tan caliente», pensó Bill, al poder ver el labio partido de Tom quien caminaba mirando la pantalla de su celular. Evan se dió cuenta del silencio de su amigo, así que deshizo el abrazo y observó de quien se trataba.

—Es mejor que nos vayamos… —musitó el castaño, jalando del brazo al pelinegro.

 —Espera — lo detuvo. Ambos se pusieron rígidos cuando Tom se dió cuenta de la presencia de ambos, y con una sonrisa altanera se dirigió hasta donde estaban ellos quedando cara a cara.

—Vaya, Kaulitz, qué sorpresa encontrarte —bromeó, con evidente altanería, ignorando que Evan quería matarlo con la mirada mientras que Bill por su parte lo observaba con una especie de decepción en sus ojos.

—¿Qué quieres, Tom? —se cruzó de brazos el pelinegro. Por su parte, el de rastas soltó un suspiro ahogado mientras desviaba la mirada y empujaba el interior de su mejilla con su lengua.

—¿Qué, ni siquiera un “lo siento”? — alzó una ceja, observando con desdén al pelinegro.

—¿Disculpa? —exclamó Bill con ironía—. ¡Tú fuiste quien subió esas fotos mías a internet! ¿Y tienes el descaro de exigir disculpas cuando el que las necesita soy yo? 

Por su parte Tom lo observó con una expresión estupefacta ¿en verdad creía que él había sido el culpable?

—Yo no fui el responsable, Bill —lo miró fijamente, incrédulo de que el pelinegro tuviera poco uso de razón.

—¡No mientas! —crujió sus dientes, producto del enojo—, ¡Evan y yo encontramos una cámara de espionaje escondida en mi habitación! —confesó, y ante las palabras del pelinegro, Tom miró de reojo a Evan quien en todo momento mantuvo silencio. Y rió, con total gracia, causando confusión en Bill quien observó ahora a Evan extrañado. 

—Bill… Bill, Bill —canturreó el nombre del pelinegro, mientras negaba con la cabeza y soltaba una que otra carcajada—. Ahora comprendo todo —murmuró, barriendo a ambos con la mirada.

—¿Qué mierda te pasa? —alzó una ceja. Pero Tom negó, cesando su risa antes de soltar un suspiro.

—Nada… Es sólo que… ¿Me causa impresión que no te des cuenta de las cosas?, Kaulitz —murmuró, frotando su barbilla mientras se mostraba pensativo y analizando la situación.

—Deja de molestarlo, Trümper… — ahora intervino Evan, interponiéndose entre ambos.

—¿Mira quien lo dice? —alzó una ceja—, El imbécil que prefiere sacrificar lo que más ama acosta de migajas —contra-atacó, Evan pudo entender a qué se refería, por lo que se puso nervioso y desvió la mirada, dejando que Tom lo observara con una expresión victoriosa.

—Vete a la mierda —musitó por lo bajo el castaño.

—¿Quieres arreglar las cosas o no, Bill? —esta vez Tom ignoró al contrario, fijando su mirada en Bill quien mordió su labio inferior mostrándose inquieto.

Bill por su parte lo pensó por varios segundos, miró de reojo a Evan quien negó ligeramente con su cabeza sabiendo que su amigo aceptaría aquella oferta. Y suspiró rendido.

—Bien, ¿cómo pretendes arreglar las cosas? —alzó una ceja.

—Te veo a las 8 de la noche en mi casa, si llegas un minuto tarde te juro que te dejo afuera para que te quedes a dormir en la calle — amenazó Tom mientras señalaba al pelinegro con el dedo. 

Bill rodó los ojos antes de dar media vuelta dispuesto a irse, no sin antes levantar su dedo de en medio en dirección a Tom, insultándolo a lo lejos mientras Evan le seguía el paso por detrás.

Definitivamente el pelinegro no dormiría aquella noche.

&

Ahí estaba, parado como el estúpido que era, esperando a que Tom le abriera la puerta. No había llevado algún suéter para taparse del frío y se estaba congelando ahí afuera.

—¡Abre la maldita puerta, Tom Trümper, me estoy muriendo de frío aquí afuera! —golpeó con fuerza el acceso.

De pronto escuchó el sonido del cerrojo, hasta que finalmente la puerta se desplegó, Bill bajó su mirada, encontrándose con la figura mediana de la hermana de Tom, parada en la puerta con una mano en la cintura mientras observaba al pelinegro con una cara de disgusto y lo barría con la mirada.

—¿Qué quieres? —exclamó la niña.

—Hazte a un lado Astrid —contestó Bill haciendo a la menor a un lado y poniendo un pie adentro, ignorando los reclamos de la niña.

—¡Oye, imbécil! — exclamó detrás suyo mientras cerraba la puerta de un portazo.

—¿Y tu hermano? — se cruzó de brazos mientras veía fijamente a Astrid.

—Se está bañando —respondió cortante, saltando al sofá de la sala de estar. Bill por su parte suspiró antes de aventar su mochila a una silla cerca, y sacar de esta su tarea de neurología que tenía que terminar. Se trataba de una pequeña maqueta del cerebro humano la cual ya le apuraba acabar pues su exposición era en 3 días.

El pelinegro le importó poco y abrió espacio para seguir trabajando en la pequeña mesita de centro de la sala, haciendo a un lado el bowl de palomitas que Astrid había dejado enmedio.

—¿Te falta espacio o qué?, casi no ocupas lugar…  —exclamó con ironía al ver el poco lugar que le quedaba para disfrutar de la comodidad de su casa.

Bill le dedicó una mirada fulminante a la niña, ignorando su comentario y siguiendo con lo suyo.

—Ponte a ver tu programa de ponys y déjame hacer mi tarea, mocosa —musitó por lo bajo, y Astrid rodó los ojos, antes de acercarse a Bill y ver con detenimiento la maqueta que había hecho el pelinegro, soltó un chiflido lleno de asombro observando cómo el pelinegro terminaba de colocar la última parte en una esquina.

—¿Puedo tocarlo? —Astrid alzó una ceja, y Bill inmediatamente negó con la cabeza y alejó su trabajo de las malvadas manos de la menor. Ni loco 

—No, y alejate, que no quiero que la rompas —exclamó el pelinegro, antes de levantarse de su lugar y dejar su trabajo para que se secara en la orilla del comedor.

—¡Bill, por favor, sólo un poco! —suplicó Astrid, ya que le había llamado la atención el mecanismo que Bill había hecho a mano para que la maqueta del cerebro se accionara y se abriera de una extraña pero ingeniosa manera, el pelinegro estaba seguro que exentaría la materia, su esfuerzo valdría la pena, pues llevaba una semana haciendo semejante trabajo.

—No, y mantén tus manos alejadas de mi tarea —amenazó, ahora dirigiéndose a la cocina buscando algo para beber, dejando a Astrid sola en la sala de estar.

No obstante, las intenciones de la pequeña siguieron, así que vigiló que Bill no la viera, y se acercó hacia la maqueta, la miró con ojos curiosos durante cortos segundos, antes de tocarla. 

El detalle, es que todavía no se secaba el mecanismo el cual Astrid tenía mucha curiosidad de tocar, y cuando puso sus manos encima de este accionandolo, la maqueta se abrió por completo y terminó por desmoronarse en su totalidad.

La menor pegó un chillido agudo totalmente espantada y preocupada por lo que acababa de hacer. Desesperada intentó poner nuevamente las piezas en su lugar pero era caso perdido, se había roto por completo.

—¿Pasó algo? — exclamó la voz de Bill quien venía saliendo de la cocina con un vaso de vidrio en la mano. Encontrándose con la escena en donde la menor intentó cubrir su ¨escena del crimen¨ con su cuerpo, pero ya era demasiado tarde, el pelinegro había visto todo.

El vaso de vidrio se le resbaló de las manos terminando por estrellarse en el piso, se acercó tembloroso con la mirada helada hacia su trabajo ahora estropeado mientras tomaba con ansiedad los pedazos de la maqueta. El aire se le escapó por varios segundos de sus pulmones, cortando su respiración.

Miles de pensamientos pasaron por su cabeza, los días sin dormir, y su esfuerzo de toda la semana se había ido totalmente a la basura.

Así que cuando recobró sentido y salió del trance, miró a Astrid fijamente, con una expresión que hizo que la menor pegara un grito lleno de terror. Nunca había visto aquella mirada en los ojos de Bill lo cual hizo que temiera por su vida.

—Estás muerta —fue lo único que dijo el pelinegro, y ante eso, Astrid se echó a correr lejos de Bill cuando vió que este tomaba una almohada del sillón dispuesto a golpearla con esta. 

—¡Perdón, prometo que te lo pagaré! —exclamó Astrid con lágrimas en los ojos al ver que Bill no la perdonaría por nada del mundo.

—¡Ven acá, mocosa malcriada, ni siquiera trabajas como para pagarme lo que acabas de romper! ¡Maldita hija de perra cuando te alcance desearás no haber nacido! —dijo, aventando la almohada en dirección a la menor la cual Astrid pudo esquivar de pura suerte.

—¿Por qué mierda tienen tanto escándalo, qué pasa? — otra voz intervino, Bill y Astrid detuvieron su persecución antes de mirar hacia las escaleras y darse cuenta de la presencia de Tom, quien tenía los brazos cruzados y observaba a ambos con una ceja alzada.

—¡Tu maldita hermana acaba de romper mi tarea! —la señaló el pelinegro, la furia era notoria en su rostro.

—¡Yo solo quería ver, no fue mi intención! —chilló.

—¡Me importa un carajo, me tardé una semana en hacerlo como para que llegue una mocosa de mierda a estropearlo! —exclamó Bill, y sin pensarlo, jaló con brusquedad el cabello de la menor, obligándo a verlo fijamente. Astrid pegó un grito lleno de terror antes de que Tom interviniera y alejara a su ¨novio¨ de su hermana, porque estaba seguro que poco le importaría que fuese una niña, la molería a golpes sabiendo lo explosivo que era el pelinegro.

—¡Ya basta! — finalmente, puso fin a la discusión, ordenándole a Astrid con la mirada para que subiera a su cuarto. Pero antes de obedecer, ella le lanzó una mirada desafiante a Bill quien en su mente estaba ideando miles de maneras de matarla.

—¡Vuelves a hacer algo así y te juro que te mato hija de perra, no esperes a que tu hermano esté aquí para defenderte! —amenazó Bill señalando a la menor, la cual desde las escaleras le sacó la lengua no sin antes decir.

—¡Por eso nadie te quiere, eres un idiota el cual mi hermano dejó y ahora eres el que se arrastra para que le haga caso! —gritó, con todo el sentimiento del mundo.

—¡Eres una…!

—¡Ya, silencio los dos, mierda! —gritó Tom interviniendo nuevamente, Astrid rodó los ojos y finalmente corrió hasta su cuarto dando un portazo que resonó en toda la casa.

Un silencio gélido se adueñó del ambiente, antes de que Tom soltara un suspiro lleno de cansancio.

—Siempre es lo mismo contigo y ella… — musitó Tom por lo bajo, con la mirada perdida, sin ganas de ver al pelinegro a la cara, mientras apretaba los nudillos, conteniendo el enojo.

—¿No sabes el concepto de poner límites, Tom? —respondió Bill, cruzado de brazos, con las facciones endurecidas producto del coraje que aún sentía.

—Es una niña, Bill —contestó de la misma forma ahora mirando fijamente al pelinegro.

—Una niña que sabe lo que hace y está consciente de sus acciones —alzó una ceja, mientras posaba una mano sobre su cintura y con la otra echaba su cabello hacia atrás dejando a la vista sus rastas blancas que hacían contraste perfecto con su cabellera azabache. Soltó un suspiro cansado al ver la expresión de Tom tratando de no darle la razón, pues sabía que Bill estaba en lo correcto.

—Sí, Bill ¿pero acaso no crees que es demasiado inmaduro de tu parte jalarla de los cabellos sólo porque te rompió una tarea? —rondó los ojos.

Ante aquel comentario el pelinegro soltó una risa llena de ironía.

—Me importa un bledo, sabes que la hubiese molido a golpes como lo hice contigo —exclamó, con toda la frialdad del mundo y con una sinceridad que heló la sangre de Tom. 

—No te atreverías…

—Ponme a prueba —respondió Bill con una sonrisa en su rostro, tan altanera que hizo que el coraje se le subiera hasta la cara a Tom—. Si tengo que matar a esa mocosa de mierda, no lo pensaría ni por dos segundos…

Antes de que Bill pudiera seguir hablando, Tom levantó su mano y sin alguna pizca de remordimiento abofeteó con fuerza al pelinegro. El golpe seco sobre su mejilla resonó en el interior silencioso de aquella casa, la cabeza de Bill giró con brusquedad hacia un lado por el impacto recibido.

Sintió cómo un hilo de sangre escurría por la comisura de su labio el cual había sido roto. Con una mano y sin ver todavía a Tom a la cara, frotó su mejilla ardiente, sus ojos se humedecieron ante aquella repentina acción del de rastas.

Tom nunca le había puesto una mano encima, y aquello lo dejó descolocado, así que se tragó sus lágrimas y finalmente miró al contrario a los ojos, quien lo observaba con una expresión indescriptible, era una mezcla de enojo, miedo y algo de decepción.

—Creo que he dejado pasar muchas cosas, Bill —rompió el incómodo silencio.

La quijada del pelinegro se endureció sintiendo como su sangre hervía del enojo, «¿este idiota acaba de golpearme?», pensó Bill. 

—Me largo, no pienso estar más tiempo aquí —espetó con tristeza, antes de tomar sus cosas y dirigirse hacia la entrada de la casa dispuesto a irse, pero Tom lo jaló del brazo, y lo atrajo hacia su cuerpo obligando al pelinegro a verlo.

—Tenemos que hablar… —habló, mirando fijamente a Bill mientras retiraba un mechón de cabello de su rostro. El contrario suspiró, dejando que una lágrima traicionera resbalara por su mejilla mientras fulminaba con la mirada a Tom.

—Estoy cansado de que todo mundo me trate como una basura que puede tirar cuando se le plazca —exclamó, empujando el interior de su mejilla con su lengua, con una expresión dolida y perdida. Su maquillaje se había corrido haciendo que tuviera un aspecto más moribundo y miserable.

—¿En verdad te estás victimizando? —alzó una ceja—, Nadie te trata como basura, eres tú el que cree que todo mundo está en su contra —rió con ironía.

—Tom, no sabes nada. Ni siquiera un 3 por ciento de lo que me refiero.  —rodó los ojos.

—¿Y entonces por qué no me lo dices?

—No puedo… —desvió la mirada. Y era cierto, si le contaba todo a Tom cavaría su propia tumba, porque sabía que él iría hasta donde estaba su padre y lo enfrentaría. Y una vez hecho eso, Tom no viviría para contarlo. 

—Bien, veo que no quieres arreglar las cosas… —musitó Tom por lo bajo, soltando al pelinegro, dispuesto a irse a la cocina, pero ahora Bill fue quien lo detuvo.

—No me dejes… —su voz se cortó, apretó sus labios con dureza sin valor de alzar su mirada.

Mientras que Tom se giraba sobre sus talones y observaba al pelinegro con incredulidad.

—¿En verdad me estás pidiendo eso, cuando tú más que nadie eres el culpable de que nuestra relación se haya ido a la mierda? 

—Sé que tienes muchas preguntas, y tal vez yo no sea la mejor persona del mundo… pero por favor Tom, no me abandones, no podría con la simple idea de que te vayas de mi lado.

Y ahí estaba, nuevamente rogando para no quedarse solo, así como lo había hecho con Evan, ahora la confianza de Tom pendía de un hilo. Estaba ignorando el hecho de que aquella relación con el contrario no le convenía en lo absoluto, tampoco aceptaba las múltiples veces que Tom lo había obligado a tener relaciones sexuales con él para después terminar cediendo, porqué sí, Bill no quería hacerse a la idea de que eso ya contaba como violación.

Un suspiro ahogado se escuchó salir de los labios de Tom mientras que frotaba su rostro con la palma de su mano tratando de encontrar algo de paciencia.

—Entonces demuéstralo —se cruzó de brazos, observando fijamente al pelinegro.

—¿Demostrar…? —quiso cuestionar, pero el timbre de la casa de Tom se escuchó en todo el interior. El contrario le dedicó una última mirada a Bill antes de ir a la entrada y abrir la puerta. La silueta del señor Trümper, padre de Tom, hizo presencia ahora en el interior del alojamiento.

—Vaya, no creí encontrarte aquí, Bill —exclamó el sujeto, con una sonrisa en su rostro mientras miraba al pelinegro.

—Hola… —respondió por cortesía.

—Iré a despertar a Astrid — mencionó Tom, subiendo las escaleras. 

Un silencio incómodo se hizo presente en el ambiente, ni Bill ni el señor Trümper intercambiaron palabras, sólo miradas llenas de inquietud mientras esperaban a que Tom bajará. 

Hasta que finalmente lo vieron, tomando de la mano a Astrid quien corrió hasta el padre de Tom a abrazarlo.

—¡Papá! —exclamó la niña—, ¿por qué tardaste tanto?, tuve que aguantar a este idiota ¡y todavia me jaló del cabello el muy imbécil! —se quejó la menor, señalando a Bill quien se quedó helado en su lugar al sentir la mirada llena de conmoción del padre de Tom sobre él. Ahora sí estaba muerto por haberse atrevido a ponerle un dedo encima a su querida hija insoportable.

—¿Disculpa, es verdad lo que está diciendo? —reclamó, mirando de pies a cabeza al acusado, mientras Bill relamía sus labios con nerviosismo y frotaba sus brazos buscando autoprotección. Hasta que tomó valor y enfrentó al padre de Tom.

—Sí, es verdad, pero yo creo que debería educar mejor a su hija ya que por su culpa mi tarea está estropeada —respondió, empujando el interior de su mejilla con su lengua, dedicando una mirada despectiva hacia la menor quien, ante tal acusación ahora ella era la que se había puesto nerviosa—. ¿Astrid, por qué no le muestras a tu padre cómo quedó mi maqueta después de que te repitiera más de 4 veces que no la tocaras? —finalizó, con una sonrisa victoriosa al ver cómo la niña no se estaba saliendo con la suya después de que el padre de Tom la estuviera observando con una mirada recriminatoria mientras se cruzaba de brazos.

—Yo… creo que… ¡y si ya nos vamos papi! —Astrid intentó huir de la situación. Así que el señor Trümper soltó un suspiro cansado antes de dedicarle una última mirada a Bill y desviarla hacia Tom.

—Después hablamos… —dijo por último, Astrid ya se había adelantado a la salida, así que el padre de Tom le siguió el paso detrás suyo.

Finalmente se habían ido, dejando a ambos chicos solos, Tom cerró la puerta detrás suyo y desde la distancia observó en silencio a Bill quien tenía la mirada perdida, parecía absorto en sus pensamientos.

—¿Y bien? —interrumpió, cruzado de brazos mientras caminaba hacia Bill.

—¿Qué…?

—Hace rato acababas de decir que no te deje, entonces demuéstramelo.

Otro silencio largo se hizo presente, Tom estuvo esperando respuesta por parte del pelinegro, pero no la obtuvo, así que sacó sus propias conclusiones.

—Bien, parece que ya doy por perdido todo esto… 

—Fóllame… —espetó de la nada, por su parte Tom le dedicó una mirada llena de incredulidad al pelinegro el cual con la cabeza agachada mientras mordía su labio roto sacando más sangre de la herida, se mantuvo en silencio después de soltar semejante propuesta, tragándose su orgullo, dignidad y más cosas.

—¿Qué…?

—Lo que escuchaste, fóllame… —repitió, así que Tom lo tomó de la cintura pegando su cuerpo con el de él. 

 —¿Esa es tu manera de retenerme? —alzó una ceja, mientras una sonrisa ladina se adueñaba de su rostro. Observó con picardía al pelinegro el cual, en ningún momento miró directamente a los ojos del contrario.

—Sólo hazlo, es la única manera en la que puedo sentirme dueño de mis decisiones… 

—¿A qué te refieres con eso?

—¿Eso es lo que valgo, no…? al final mi valor siempre estará en mi cuerpo y no por lo que piense o haga —soltó de la nada.

—Te lo preguntaré sólo una vez ¿quieres hacerlo?, porque te juro que no podré parar… —jugó con el piercing de su labio, mientras esperaba respuesta por parte de Bill quien soltó un suspiro ahogado, el cual asintió por lo bajo, pero sin decir absolutamente nada—. Quiero que salga de tu boca, Kaulitz ¿estás seguro? 

—Mierda, Tom, fóllame y hazme olvidar que existo en este mundo de mierda —finalmente se dignó a hablar. En cuanto dijo aquello, el contrario no esperó más y besó con fuerza al pelinegro, su brazo pasó con firmeza la cintura del contrario sin deshacer la distancia que había entre ellos, sujetándolo con posesión como si fuera a irse de su lado en cualquier momento.

Sin dejar de besarse llegaron hasta la cocina de la casa. Tom empujó todo lo que había sobre la encimera, dejando el espacio libre antes de posar el cuerpo del pelinegro sobre ella quedando este de espaldas a él. Bill soltó un pequeño quejido por la fuerza en la que su cuerpo se estampó contra la madera, sintió cómo Tom acariciaba con lascivia su trasero para después estrujarlo entre sus grandes manos. Y gimió, con desespero, demasiado estruendoso que juraría que su voz se escuchó hasta fuera de la casa.

—Mierda, hazlo ya… —pidió, estaba totalmente duro y juraría que no aguantaba ni un segundo más.

—Cariño, el que juega ahora soy yo, así que tendrás que esperar —dijo, quitándose de la cabeza el paliacate que siempre usaba como accesorio, se deshizo también de la liga con la cual sujetaba sus rastas dejándolas caer libremente por su hombro. Y tomó con fuerza hacia atrás el cabello de Bill antes de acercar su rostro hasta el oído del pelinegro, susurrando un: —Te vas a venir sólo con mi polla en tu culo, no es necesario que uses tus manos —dijo, amarrando las manos del pelinegro por detrás de su espalda, dejándolo inmóvil y sin posibilidad de hacer algo al respecto.

Los pantalones del pelinegro fueron bajados hasta sus tobillos, junto con sus bóxers. Una fuerte nalgada en su muslo derecho hizo que Bill pegara un grito agudo, sintiendo cómo su entrepierna se endurecía aún más.

Tom por su parte sonrió con malicia antes de retirar el cabello que caía por el cuello de Bill, dejándolo expuesto, prosiguió a besar y dejar marcas violáceas por toda la espalda y la curvatura de su clavícula.

Bill siguió gimiendo, estaba demasiado sensible y sentía que con cualquier caricia terminaría llegando al deseado orgasmo.

—¡Mierda, Tom…! ¡Carajo! — exclamó Bill en un gemido escandaloso  cuando su blusa fue alzada y el contrario estrujó uno de sus pezones con brusquedad, excitándolo aún más. 

Tom siguió acariciando y dejó uno que otro chupetón por toda la espalda del pelinegro, dirigió una de sus manos hasta el miembro del contrario y estrujó la punta de este sintiendo cómo el líquido preseminal escapaba con brusquedad, estaba por venirse.

—¡Ah… Tom, hazlo ya! —gimió. Así que el mencionado no esperó más, se deshizo de sus pantalones y ropa interior dejando libre su erección que comenzaba a dolerle, restregó su pelvis por todo el trasero del pelinegro, jugando con su entrada, mientras que Bill empujaba su trasero hacia atrás en busca de más contacto. 

Se estaba volviendo tortuoso para Bill, necesitaba que lo follara de una buena vez por todas. El labio que tenía roto ahora era de un color más vibrante ya que el pelinegro con tal de aguantar los gemidos terminó mordiendo la comisura de forma brusca.

—¿Por qué intentas callar esos gemidos? —exclamó Tom con una ceja alzada, bañó dos de sus dedos en saliva e irrumpió en la entrada del pelinegro, fue tan repentino que la espalda de Bill se arqueó con violencia producto del placer. 

—¡Oh, sí… sigue así! — pidió, empujando nuevamente su cuerpo hacia atrás buscando mayor contacto con los dedos largos de Tom, quien los movió con total agilidad encontrando el punto sensible del pelinegro.

Con una sonrisa victoriosa en el rostro, Tom recargó su pecho sobre la espalda de Bill quien era un manojo de gemidos escandalosos los cuales por más que quiso contener no pudo evitar soltar. El de rastas siguió con lo suyo, estimulando la entrada del pelinegro mientras que con su mano libre, sujetaba el miembro de Bill para presionar el glande con la yema de sus dedos. 

—En serio tienes que verte, estás hecho un desastre, pareces una puta rogando por atención —susurró aquello al oído del pelinegro, aquello hizo que Bill casi se corriera en la mano de Tom, pero pudo evitarlo, reprimiendo un gemido mientras intentaba controlar su respiración agitada.

—Por favor… hazlo ya —suplicó. Así que Tom decidió que fue suficiente espera. Sin darle aviso al pelinegro, alineó su duro miembro en la entrada de Bill y lo penetró de una sola embestida, sin lubricación, haciendo que el contrario soltara un gemido escandaloso por tal intromisión.

—¡Mierda… Tom! —exclamó, tan fuerte que estaba seguro los vecinos habían escuchado, antes de apretar sus labios con fuerza intentando no soltar otro gemido que evidenciara que en esa casa estaban follando como gatos en celo.

Su vista se nubló producto del placer que lo dejó sin aliento, su boca quedó entreabierta sintiendo su respiración cortada e irregular gracias a que Tom pudo dar perfectamente con su punto sensible de una sola estocada.

Definitivamente, si algo de lo que le gustaba de Tom cada que tenían relaciones, era la manera en la que él sabía cuáles eran sus puntos erógenos y la forma en lo que lo hacía perder la cabeza, no hacía falta pedirle o mencionarle qué hiciera, él sabía qué hacer con él.

Sin darle tiempo a recobrar la compostura, Tom cambió el ritmo. Comenzó a mover su pelvis en ligeros círculos lentos mientras dejaba su pecho caer sobre la espalda de Bill, admirando la imagen vulgar y erótica que tenía del pelinegro debajo suyo el cual no paraba de gemir como desquiciado.

—¡Ah, sigue así…! — exclamó, el placer era tan intenso que sus piernas flaquearon sin tener nada de fuerza para poder mantenerse en pie, así que Tom sostuvo sus caderas evitando que el pelinegro se desplomara.

Tom continuó con el ritmo lento, percibiendo que el orgasmo del pelinegro estaba por venir, así que sin previo aviso, comenzó a aumentar el ritmo de sus embestidas, tocando con brusquedad el punto sensible en el interior del contrario. 

Ante aquel acto las piernas del pelinegro temblaron de placer y terminaron por desplomarse, pero Tom no lo permitió y lo sostuvo de las caderas con firmeza mientras seguía penetrándolo con fuerza. Una sonrisa llena de victoria apareció en el rostro de Tom cuando la espalda de Bill se encorvó producto del placer sintiendo que su cuerpo llegaría al clímax.

—¡Mierda, me vengo…! —exclamó, así que Tom sin saber de dónde sacó tanta energía aumentó el ritmo de las estocadas hasta que finalmente Bill se corrió sintiendo su cuerpo temblar en pequeños espasmos, manchando toda la tabla de madera de la encimera de la cocina, seguido de Tom quien eyaculó en el interior del pelinegro soltando un ronco gemido. 

Ambos con las respiraciones agitadas e irregulares, se mantuvieron en la misma posición, Tom sin salir del interior del pelinegro apoyó su mentón en la curvatura del cuello de Bill, pudo percibir que tenía una expresión vacía y perdida, como si no hubiera disfrutado lo de hace rato.

—¿Sucede algo? —preguntó, separándose del pelinegro antes de salir de su interior escuchando un ligero jadeo por parte de Bill, quien sintió cómo los fluidos de su novio escurría por toda su entrada y parte de sus muslos, Tom aprovechó y desató las manos del contrario.

—Estoy cansado… —fue lo único que dijo, intentando recobrar postura y levantarse, pero su cuerpo aun estaba un poco débil que casi cae al piso, de no ser porque Tom lo sostuvo evitando aquello. Las mejillas de Bill se sonrojaron y por su parte el contrario le dedicó una mirada llena de picardía al saber los motivos del por qué no podía moverse, totalmente orgulloso de lo que acababa de hacer.

—Si gustas te traigo una silla de ruedas, no hay problema — bromeó, y Bill le golpeó el hombro con la poca fuerza que le quedaba.

—¡Eres un imbécil! —se quejó rodando los ojos, ante aquello Tom soltó una carcajada, antes de cargar en brazos al pelinegro el cual soltó miles de insultos mientras era llevado hasta la habitación de Tom.

Al llegar, ingresaron al baño del cuarto, Tom comenzó a llenar la tina mientras que Bill se deshizo de la poca ropa que le quedaba seguido de Tom. El pelinegro admiró su cuerpo frente al espejo del baño viendo los chupetones y marcas que Tom había dejado por todo su cuello y espalda.

Bill sintió cómo era tomado de la cintura por Tom, quien se le quedó viendo detenidamente, mientras hacía a un lado los mechones de cabello que caían por la frente del pelinegro.

—Perdón… —pronunció al ver el labio roto del contrario mientras pasaba con delicadeza la yema de sus dedos por la herida.

—Déjalo así, yo tuve la culpa —intentó excusar el motivo por el cual su labio estaba en ese estado.

«Pero eso no le da derecho a pegarte…», un pensamiento intrusivo atacó la mente del pelinegro. Y era cierto, nadie, ni siquiera su novio tenían el poder de ponerle una mano encima ¿pero qué más podía hacer?, si todo mundo le había dejado en claro que él no tenía voz ni voto sobre lo que pensara y lo que hacía, si aquella era la única manera de no sentirse solo y que no lo abandonaran, estaba dispuesto a soportar. Él tenía el control y sabía lo que hacía. —Estaba claro que no tenía el control, pero quería hacerse a la idea de que sí para sentir que era dueño de sus decisiones—

Sin decir más, ambos se metieron a la tina dejando que el calor del agua empapara sus cuerpos. Bill no supo cuando pasó, el cansancio pudo más  ocasionando que se quedara dormido sobre el pecho de Tom, quien comenzó a acariciar el cabello azabache del contrario, observándolo dormir mientras el vapor del baño empañaba los vidrios del cancel y parte del espejo.

¿Podía  Bill sentirse seguro?, estaba claro que no, pues no olvidaba los motivos del por qué hizo lo que hizo aquel día que golpeó sin piedad a Tom. Y estaba consciente que lo que pasó momentos antes entre ellos dos solo era una manera para seguir postergando la futura conversación incómoda e inevitable.

Continúa…

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por admin

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2 comentario en “En los huesos del cadáver 7”

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