En los huesos del cadáver 6

Fic Toll de AndyKltz

Capítulo 6

Tener amistades sólidas para Bill era algo complicado. Prefería mantenerse bajo la sombra y oculto, evitando cualquier interacción innecesaria. Para él esa era la forma más práctica de evitar explicar detalles de su vida personal a los demás.

La única persona que se quedó a su lado —a pesar de que, a veces, Bill llegaba a ser demasiado explosivo— era Evan, su mejor amigo de la infancia. Adoraba a ese chico y sabía que si le sucedía algo, él movería cielo y tierra para que estuviera seguro.

Sólo un pequeño detalle: Evan no actuaba si Bill no se lo permitía. Trataba de respetar sus decisiones, y era algo que a Bill lo hacía sentir cómodo, ya que casi todo el mundo se empeñaba en pasarse por el arco del triunfo sus opiniones. Con Evan se sentía libre, escuchado y para nada juzgado.

Era notorio su aprecio por el contrario, pues en su habitación tenía varias fotos de él junto a su amigo pegadas en la pared y en cuadros sobre algunos estantes. Evan era el único que gozaba del privilegio de tener un cuarto para él mismo cada vez que se quedaba a dormir en el apartamento de Bill.  

Aquel día era fin de semana, sábado para ser más específicos. El día de Bill no podía empezar de peor manera ya que, una vez terminado su desayuno, fue al baño a vomitar todo lo que ingirió, después de sentir la culpa carcomer su pecho. 

«Si subes de peso Tom ya no te va a querer», fue lo primero que pensó Bill cuando dio la última arcada y se limpió los restos de su boca con cansancio. Se hizo un ovillo en su lugar, terminando por estallar en llanto mientras miraba al techo con la mirada perdida. 

De pronto, la puerta del baño se abrió con lentitud. Al bajar la mirada, Bill pudo escuchar unos ladridos y encontrarse con Dixie, la mascota de Tom; llevaba aproximadamente una semana con él ya que su novio estaba en proceso de cambiarse de casa y no quería dejarla sola.

El animal se acercó hasta el pelinegro y comenzó a lamerlo por toda la cara, acto que causó que Bill riera.

—Basta… Dixie —exclamó tratando de apartarla mientras se secaba las lágrimas. Se levantó del piso antes de sacar al animal del baño y meterse a la ducha.

Cuando terminó de bañarse, el ruido del timbre de la puerta de su apartamento sonó, interrumpiendo sus pensamientos. Con una toalla envuelta alrededor de su cintura, dejando su abdomen expuesto, se dirigió hacia la entrada y abrió la puerta.

—¡Buenos días! —canturreó Evan, sonriendo mientras sostenía dos bolsas de comida.

—Evan, es sábado. ¿Acaso no tienes casa propia? —respondió Bill con sarcasmo mientras cruzaba los brazos.

—No, es que vivo bajo un puente —bromeó Evan mientras entraba al apartamento como si fuera suyo.

Evan tenía la costumbre de aparecer sin previo aviso y hacer lo que le daba la gana en casa de Bill. Pero, a pesar de la gran confianza que el pelinegro le tenía, Evan no sabía que su padre tenía un prostíbulo y que trabajaba ahí por las noches; tampoco le había contado su espeluznante infancia, la cual prefería mantener encerrada en lo más profundo de su psique. Según Bill, aquello era lo mejor: prefería mantener su amistad así a que lo viera con ojos llenos de conmoción y lástima. 

—¿Tu cuarto o mi habitación? —preguntó Bill al ver la mochila negra de Evan, una señal de que planeaba quedarse a dormir.

—Tu cuarto, tu colchón es más cómodo —respondió Evan con una sonrisa, dejando su mochila en el sofá.

Bill suspiró, ya acostumbrado a las visitas imprevistas de su amigo.

—Traje fideos instantáneos ya hechos —anunció Evan, y los ojos de Bill se iluminaron al escucharlo.

—¡Pido el plato del gatito que tiene un tutú! —gritó emocionado mientras corría hacia la cocina.

—¡Ese es mío! —protestó Evan, siguiéndolo, aunque ya era demasiado tarde. Bill había ganado, empujándolo con fuerza antes de agarrar el utensilio.

—Te gané —espetó Bill con una sonrisa.

Evan bufó, rodando los ojos ante la actitud infantil de su amigo, y sólo atinó a comer, derrotado, en el plato de princesas que se encontró en la alacena.

—¿Por qué tienes un plato de princesas guardado en tu alacena? —alzó una ceja tratando de contener la risa.

—La hermana de Tom viene de vez en cuando con él; lo compré por ella.

—¡Tom tiene una hermana! —exclamó estupefacto el contrario, dejando caer de golpe los cubiertos sobre el plato.

—Sí… —murmuró Bill, antes de darle un sorbo a su vaso con agua—. ¿No te lo dije? —preguntó por último, y Evan negó con la cabeza.

—Bill… A veces me sorprende saber tanto de ti y tú poco de mí —exclamó el castaño mientras se cruzaba de brazos y hacía una mueca llena de inconformidad.

Un suspiro ahogado salió de los labios de Bill, debatiendo si era buena idea contarle la verdad o quedarse callado. Evan notó el nerviosismo del pelinegro, así que decidió indagar más a fondo.

—¿Sucede algo Bill? —murmuró, sonando calmado pero no tan insistente, sabía que Bill le ocultaba algo desde hace mucho tiempo.

—Sí… Pasa algo —dijo, su cuerpo se tensó sintiendo los vellos de su piel erizarse, pasó saliva con dificultad antes de soltar un suspiro ahogado el cual cortó por segundos pequeños su respiración.

—¿Quieres contarme? —lo miró fijamente.

Al ver la mirada llena de comprensión y entendimiento por parte de Evan, Bill sintió por primera vez que el trauma y remordimiento ya no lo acompañarían el resto de su vida después de animarse a contarle la verdad al castaño.

—Evan… —apoyó sus codos en la mesa mientras se cubría la mitad de su rostro con ambas manos en un gesto ahogado, sus ojos miraron fijamente a Evan, los cuales delataban su evidente miedo e incertidumbre por saber cómo reaccionaría su amigo—. ¿Me prometes que no le dirás nada a nadie después de lo que te cuente? 

—Bill, ¿qué pasa…? Me estás asustando.

—Sólo… promételo, por favor —suplicó el pelinegro, y a Evan no le quedó de otra más que asentir con la cabeza, algo inseguro, Bill dio un suspiro alargado por último antes de empezar a hablar—. Cuando tenía 5 años yo… —inmediatamente su voz se cortó, a lo que Evan simplemente atinó por tomar de la mano al pelinegro y dedicarle una mirada de apoyo.

—No te sientas presionado, si no estás listo no tienes por qué contarme.

—Quiero hacerlo Evan, ya estoy harto de tener que guardar silencio —exclamó, mordiendo su labio inferior, y continuó—. Mi padre abusa de mí desde que tengo cinco años… —finalmente lo soltó, dejando que la cara de Evan se desfigurara por completo ante su declaración.

—¿Q-qué…? —murmuró por lo bajo, sin saber que decir sintiendo el aire escapar de sus pulmones.

—Lo que escuchaste —lo miró fijamente, haciéndose el fuerte aunque en su interior quisiera estallar en llanto; no quería derrumbarse—. Eso no es lo peor. ¿Recuerdas el restaurante de comida alemana que tiene mi padre?

Evan mantuvo silencio, aun tratando de procesar lo que anteriormente su amigo le dijo.

—Sí, lo recuerdo… ¿Tiene algo que ver con…?

—Sólo es una fachada para disfrazar el otro negocio que tiene en los suburbios de la ciudad, donde nadie entra y es evidente que la mafia se mueve.

—¿Con “otro negocio” te refieres a…?

—Un prostíbulo, y sí, yo trabajo ahí desde que tengo memoria, técnicamente crecí ahí —exclamó por último.

Mientras Evan soltaba un chasquido con su lengua y desviaba su mirada, Bill observó al contrario; se mostraba pensativo, confundido y, sobre todo, molesto.

—¿Me estás diciendo que tu padre te obliga a trabajar ahí desde que eras un niño…? —alzó una ceja, negándose a aceptar lo que el pelinegro le había contado.

—Así es… —murmuró por lo bajo, mientras una lágrima traicionera resbalaba por su mejilla, la cual limpió con su mano de forma rápida.

—Tienes que denunciar, Bill.

—¿Qué? —lo observó confundido mientras alzaba una ceja, pero su semblante cambió a uno frustrado—. ¿Qué parte de “no digas nada” no te quedó claro? —exclamó por último, mientras se levantaba de su lugar y posaba una mano sobre su cintura, observando con inquietud al contrario.

—¡Y crees que yo pueda quedarme callado con lo que me acabas de contar! ¡Por Dios, no pienso ser un cómplice, Bill!

El pelinegro se desesperó, así que lo tomó bruscamente del cuello y lo obligó a verlo. El aura de Bill se había transformado por completo; sus ojos se ensombrecieron, causando que un escalofrío recorriera todo el cuerpo de Evan. ¿Qué era lo que le sucedía?

—Dices algo, y te juro que mi nombre será lo último que repitas mañana —amenazó con un filo abrumador en sus palabras.

Evan lo observó con terror al ver el cambio drástico de actitud del pelinegro. Bill, al darse cuenta de eso, aflojó su agarre e intentó suavizar la situación.

—P-perdón… Evan, yo…

—¡Perdón nada, Bill! —le dio un manotazo con fuerza para que lo soltara—. ¿Acabas de amenazar con matarme? ¿En verdad te has escuchado? —exclamó totalmente incrédulo.

—Evan, yo…

—¡A la mierda, me voy! —dijo, levantándose de su lugar y recogiendo sus cosas que había dejado en el sofá de la sala de estar, mientras Bill le seguía el paso por detrás.

—Por favor, no te vayas… Evan —suplicó el pelinegro, tocando por detrás el hombro del contrario, pero este quitó su agarre bruscamente.

—Si quieres seguir hundido en esa mierda, entonces hazlo, pero no cuentes conmigo ni pienses que vaya a actuar como si nada estuviera pasando, Kaulitz —musitó por último, dirigiéndose con todo y maleta a la entrada del apartamento, dispuesto a irse de ahí.

Y ahí fue cuando Bill sintió que perdió toda su dignidad. Cuando vio que Evan cruzaba el marco de la puerta, el pelinegro se tiró al suelo, abrazando por los talones al contrario.

—¡Por favor, no me dejes! ¡Por favor, Evan, sé que soy una mierda de persona, pero no soportaría que tú te vayas de mi lado…! —gritó, rompiendo en llanto.

Evan, por su parte, quedó estupefacto; miró por detrás suyo, apreciando la devastadora imagen del pelinegro rogando por que se quedara. Nunca había visto en aquella faceta a Bill y aquello lo dejaba totalmente desconcertado: el pelinegro siempre parecía mostrarse rudo y hostil ante lo que le incomodase. Pero ahí estaba, llorando a moco suelto y pidiendo aunque sea una pizca de amor.

Porque el miedo más grande de Bill era quedarse solo y no ser querido nunca. Bill nunca conoció el amor, y con Evan finalmente pudo saber el concepto real de aquella palabra. Perderlo le aterraba demasiado.

—Bill, levántate, por Dios, hombre, no te humilles de esa manera —murmuró Evan, dando media vuelta; se agachó para quedar a la altura del pelinegro.

—Eres de las pocas personas que me importan… por favor, no me dejes… —exclamó Bill mientras sorbía su nariz y mantenía su mirada agachada, sin el valor de ver al castaño a la cara.

Evan, por su parte, tomó con delicadeza al contrario de los hombros y dijo:

—Perdón, no debí haber reaccionado así, es sólo que me da mucha impotencia, Bill —suspiró—. Odio que dejes que te traten así; se supone que eres un chico fuerte al que no le afecta nada.

—Eso es una vil mentira, Evan Howard…

«Howard», pensó el contrario. Casi nunca lo llamaba por su nombre completo, y eso le causaba escalofríos.

—Bill… —suspiró, levantando con su mano la barbilla del pelinegro, obligándole a verlo—. ¿Qué más ha pasado? —preguntó con inquietud.

Bill, por su parte, desvió la mirada. Un corto silencio se hizo dueño del ambiente, hasta que el pelinegro finalmente habló:

—Tom… —murmuró.

—¿Ese idiota te hizo algo? —exclamó Evan. Su expresión relajada cambió de forma drástica a una llena de cólera cuando Bill mencionó aquel nombre.

Por su parte, el contrario negó con la cabeza, tratando de apaciguar a Evan, y con duda en su lenguaje corporal, pues no estaba al cien por ciento seguro de que Tom hubiera subido aquellas fotos de él a internet.

—Pensé que él había subido mis fotos a internet —confesó con duda—. Pero hay algo más… —suspiró por último, mientras Evan lo observaba con intriga mientras alzaba una ceja.

—¿No fue él? —preguntó, y Bill negó.

—No lo sé… Pero mi padre me enseñó un video donde él y yo… —detuvo sus palabras, mirando con vergüenza a Evan. ¿En verdad sería capaz de confesarle que se acostó con su padre por voluntad propia y que Tom los había visto en pleno acto mientras se tocaba?

—¿Y ese video qué tenía…? —lo miró fijamente, mientras Bill suspiraba con pesadez.

—En ese video aparecemos mi padre y yo… —agachó la mirada—. Pero no específicamente “conversando” —dijo.

Evan comprendió de forma rápida a qué se refería su amigo; lo único que no entendía era por qué Tom tenía que figurar ahí.

—Entiendo, Bill, pero Tom por qué…

—Mierda, Evan, el hijo de puta sale en un video manoseándose mientras nos ve en el acto. Video que alguien desconocido grabó, la misma persona que tomó las fotos mías y las subió a internet; un número desconocido fue el que me mandó ese mensaje amenazando con que me iba a exponer en todas las redes sociales.

El contrario mantuvo silencio por cortos segundos antes de interrumpir, tomando a Bill del brazo y obligando al pelinegro a levantarse, acto seguido de él.

—Ven, acompáñame —exclamó, jalando del brazo a su amigo hasta llegar a la habitación del pelinegro. Bill lo observó con duda cuando entraron y el castaño se puso a buscar quién sabe qué cosa con la mirada.

—Evan, ¿sucede algo? —se cruzó de brazos.

—Mira —señaló hacia un lugar de la habitación—, una de esas fotos fue tomada desde la perspectiva de la estantería que tienes frente a ti.

—¿Y eso qué significa?

Evan suspiró, visiblemente molesto.

—Es raro, nadie más que Tom, tu padre y yo conocemos tu casa a la perfección —Evan frunció el ceño—. Está claro que Tom fue quien publicó esas fotos —dijo, aunque no estaba del todo convencido.

—No creo que eso sea posible… —dudó Bill, explorando la habitación con la mirada, hasta que encontró algo—. ¡Mira! —exclamó, señalando un pequeño foco que brillaba en una de las esquinas de la habitación; de manera muy discreta e imperceptible, podía pasar fácilmente desapercibido como lo había hecho todo ese tiempo—. ¿Sabes qué es? —preguntó Bill, acercándose para observar mejor.

—No lo sé, voy a revisar… —musitó por lo bajo Evan, antes de subirse en un banco y ver de qué se trataba. Cuando lo tuvo en sus manos, soltó una risa llena de ironía—. Es una cámara de espionaje… Esto no es algo que cualquiera pueda tener —le mostró el objeto a Bill.

—¿Quién carajo pudo haber puesto eso ahí? —exclamó Bill con confusión y demasiada intriga.

Un suspiro ahogado salió de los labios de Evan.

—Bill, podría decirte que fue tu padre, pero él no se arriesgaría a poner esto en tu cuarto y amenazar con exponer todo lo que hace contigo, es incongruente. En cambio Tom… —hizo una pausa.

Bill mantuvo silencio, un silencio demasiado pesado y cargado de una mezcla de ira, más decepción y dudas sin resolver.

—Fue Tom… —finalmente habló, con la mirada perdida hacia la nada, en cualquier punto fijo de la habitación.

Evan mantuvo silencio y asintió.

—Bill, te felicito, mandaste a ese imbécil de mierda al hospital —suspiró, soltando un chasquido con su lengua.

—Oh… y no sabe qué más le espera —exclamó por último el pelinegro, con una sonrisa tan perversa y desfigurada que hizo que Evan le tuviera algo de miedo en ese momento.

«De esta no te vas a salvar, Tom», pensó Bill.

Continúa…

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por admin

Traductora del fandom

Un comentario en «En los huesos del cadáver 6»

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