
Fic Toll de AndyKltz
Capítulo 5
Bill había golpeado a Tom más de quince veces. Ahora, estaba sentado frente al rector de la licenciatura, con un semblante sereno, mientras recibía una reprimenda por lo ocurrido en el pasillo. Tom había sido llevado de urgencia al hospital después de quedar inconsciente, gracias a las acciones de Bill.
De no ser por la intervención oportuna de varios profesores, su querido novio podría estar ahora bajo tierra.
—¿Tienes algo que decir en tu defensa? —preguntó el rector, mirándolo fijamente.
Bill no respondió de inmediato. En su lugar, observó los árboles que se veían desde la gran ventana de la oficina, soltando un suspiro pesado. Finalmente, se vio obligado a hablar.
—¿Van a llamar a la policía? Si es así, adelante. No tengo inconveniente con eso —dijo con indiferencia, sin apartar la vista del paisaje.
El rector se quitó los lentes, antes de mirarlo con cierta preocupación.
—Bill estoy al tanto de lo que ocurre en la institución. Sé que publicaron unas fotos tuyas sin tu consentimiento. ¿Has acudido a la policía?
Bill soltó una risa amarga.
—He ido cientos de veces. ¿Quiere adivinar qué me dijeron? —respondió, cruzándose de brazos y arqueando una ceja—. Que no podían hacer nada porque soy un hombre —Mintió. Claro que era una mentira, pero no le importaba.
El rector suspiró, tratando de mantener la calma.
—Me importas, Bill. Acabas de mandar al hospital a tu… ¿novio? ¿Amigo? No sé qué relación tienen, pero… —dejó la frase en el aire, dudando de cómo definir lo que muchos en la universidad ya sospechaban. Todos sabían que la relación entre Bill y Tom era tensa y complicada. Aunque trataban de disimularlo, sus constantes discusiones a veces cruzaban límites visibles.
—Es mi novio —aclaró Bill con firmeza—. Y sí, lo golpeé porque cruzó la línea. Me hizo enojar.
Era verdad, pero jamás le contaría al rector las razones detrás de su ira. Nunca admitiría que Tom había estado viendo videos de su padre y él mientras fornicaban. Tampoco mencionaría cómo su novio lo abandonó en medio de la carretera, ni las veces que abusó de él, prefería callar todo eso.
—Pero eso no te da derecho a atentar contra su integridad —dijo el rector con tono firme.
—Se lo merece —interrumpió Bill con insistencia.
—Por más que lo merezca, esa no es la forma —respondió el rector, quien se inclinó hacia adelante, intentando conectar con él—. Escucha, no sé exactamente por lo que estás pasando, pero quiero que sepas que estoy aquí para ayudarte.
Bill rió con desdén.
—Por favor, no intente ser la persona más empática del mundo. Usted no es psicólogo —replicó, mirándolo con frialdad.
El rector lo observó con paciencia.
—Esto es serio, Bill. Estoy intentando entablar una conversación contigo, pero parece que te empeñas en ser reacio y duro contigo mismo y con los demás. Este es tu último año en la licenciatura, y es cuando más deberías cuidar tus acciones. ¿Crees que una institución contratará a un médico con baja tolerancia a la frustración?
Esa última frase golpeó a Bill, dejándolo en silencio. ¿Cómo explicarle que, una vez egresado, nunca podría disfrutar de un salario como cualquier ciudadano normal? Su padre se encargaría de quitarle todo.
—Lo entiendo, señor… —suspiró con cansancio, sin mirarlo a los ojos—. Asumiré las consecuencias de mis actos —dijo finalmente, tomando sus cosas y levantándose.
—Bill, por favor. Vuelve a sentarte —pidió el rector, extendiendo la mano hacia la silla. Pero Bill no le hizo caso.
—Lo siento, tengo cosas que hacer. En mi casillero le dejo mi número y la dirección de mi apartamento, en caso de que se presenten cargos. Con su permiso… —se despidió con una leve reverencia antes de salir de la oficina, sin darle oportunidad al rector de seguir interrogándolo.
No tenía tiempo ni paciencia para escuchar los sermones. Ya bastaba con que la mayoría del instituto lo tachara de psicópata por casi matar a golpes a su novio.
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Las 11 en punto de la noche marcaba el reloj del celular de Bill. El pelinegro vestía una gabardina de cuero que hacía contraste con el color de su pelo y que le llegaba a los talones; se acomodó el pantalón de vestir mientras se daba una última revisada a su camisa, la cual desabotonó ligeramente de la parte de arriba, dejando a la vista parte de su pálido pecho. Amaba el color negro, aquella noche su look lo contrastó con aquella sombra negra alrededor de su párpado, dando una apariencia de chico peligroso.
Observó por cortos segundos su reflejo a través de una de las vitrinas de los negocios que rondaban por el lugar; definitivamente se veía muy bien, sólo que había un pequeño detalle: bajó excesivamente de peso. Curiosamente no le preocupaba, pues una vez más podía confirmar que tenía el control de su cuerpo y decisiones, después de pasar casi 5 días sin ingerir algún alimento y sobreviviendo a base de manzanas y agua embotellada, porque sí, aquello era una elección y lo hacía sentir orgulloso.
Bill casi no hablaba sobre los problemas que tenía en relación con la comida; toda su vida le recalcaron que no era dueño de lo que pensaba, hacía y decía. Que el simple hecho de restringir lo hacía sentirse aliviado, y con control, mas no satisfecho, pues alguien que tiene este tipo de problemas nunca se sentirá satisfecho y seguirá en el mismo círculo vicioso.
Desvió su mirada, encontrándose con aquel letrero rojo neón con las letras “Velvet young” en lo alto y que brillaba por todo el callejón oscuro. Suspiró; los guardias que custodiaban la entrada ya lo conocían, no hacía falta mostrar algún tipo de identificación.
—Llegas justo a tiempo —comentó Jorg, abriendo la puerta con una sonrisa ladina.
—No estoy de humor, viejo —respondió Bill, dirigiéndose al camerino.
Su padre le siguió el paso, y lo detuvo del hombro mientras sacaba su celular.
—¿Esto tiene algo que ver? —preguntó, mostrándole un video en la pantalla.
Bill lo tomó con manos temblorosas. El video mostraba su pelea con Tom de hace unas horas.
—Mierda… —murmuró.
—¿Te das cuenta de lo que hiciste? —increpó Jorg, cruzándose de brazos.
—Creí que ese imbécil había filtrado mis fotos — se intentó justificar, bajando la mirada.
Antes de que pudiera decir algo más, Jorg lo tomó del cuello con brusquedad, acercando su rostro hacia el de su hijo.
—Siempre tienes que meterte en problemas, ¿verdad? Si Tom hubiera sido el responsable, ya lo sabríamos. Pero sigues actuando como si el mundo estuviera en tu contra.
—¡Entonces, ¿quién mierda fue?! —gritó Bill, con su voz cargada de rabia y desesperación. Estaba harto de ser humillado y tratado como un objeto más.
—¡No lo sé, Kaulitz! ¿Acaso crees que tengo todas las respuestas? —rodó los ojos con fastidio—. Solo mantente al margen, ¿es tan difícil?
—Me largo de aquí. No pienso trabajar esta noche —declaró Bill con firmeza.
Pero antes de que pudiera dar un paso, su padre lo sujetó del cabello y lo empujó con fuerza contra la pared de concreto. Bill soltó un quejido de dolor al sentir cómo le aplicaba una llave china que le inmovilizó el brazo.
—¿A dónde crees que vas? —le susurró al oído con frialdad.
—A donde no tenga que ver tu maldita cara de culo —soltó Bill entre dientes, jadeando por el dolor.
El padre de Bill rió con burla.
—Si intentas irte te aseguro que mañana no vuelves a ver la luz del día —amenazó, y claro que Bill sabía que Jorg no mentía.
Sin esperar respuesta por parte del pelinegro, lo soltó y se marchó con paso decidido, dejando a Bill ahí, abatido. No se quedó para escuchar los sollozos de su hijo que, como siempre, trató en vano de contener. Cayó sobre sus rodillas haciéndose un ovillo en su lugar; no le importó que las personas que trabajaban en el establecimiento se le quedaran viendo para después pasar de largo, pues mostraba una imagen sumamente devastable.
Estaba cansado de todo, de su vida, de sus amistades, y de la universidad ¿hasta cuándo se acabaría todo eso?
—¿Otra vez llorando, Kaulitz? —interrumpió alguien.
Bill intentó secar las lágrimas que resbalaron por sus mejillas y arruinaron su perfecto maquillaje. Alzó su mirada, encontrándose con una persona que prefería no ver más en su jodida vida.
—¿Qué mierda quieres? —exclamó el pelinegro antes de levantarse y quedar cara a cara frente a aquel sujeto. Pasó su mano por su cabello dejando a la vista las rastas blancas que caían sobre sus hombros.
Bill suspiró cansado.
—Definitivamente te gusta ser el centro de atención —se burló.
—Vete a la mierda, con todo respeto Aaron — fingió una sonrisa y rodó los ojos, pasando de lado al contrario antes de dirigirse hacia su respectivo camerino para cambiarse.
No tenía ánimos de pelear con ese imbécil.
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Eran las dos de la mañana, y el burdel hacía bullicio en su máximo esplendor. La música retumbaba con fuerza llenando cada rincón del lugar como ocurría cada noche.
Bill entendía ahora por qué su padre insistía tanto en que estuviera disponible las 24 horas del día. Esa noche en particular, el burdel tenía un evento especial el cuál fue organizado por su tío y este Jorg: un acuerdo con un grupo criminal que buscaba facilitar el tráfico de mercancías a través de la frontera.
En una de las habitaciones, Bill estaba recostado sobre la cama desordenada, con el cuerpo agotado tras atender a su último cliente después de un sexo oral. Había ganado 600 dólares por el servicio, el quinto de la noche. Con un suspiro cargado de fastidio, arregló de mala gana las sábanas y se ajustó la ropa interior antes de dejarse caer nuevamente sobre el colchón.
El cigarrillo se consumía lentamente entre sus labios mientras el humo flotaba a su alrededor en una espiral. Desde la ventana, observaba cómo la lluvia empapaba las calles vacías .
De repente, unos golpes fuertes en la pared del lado contrario llamaron su atención. Aunque la música era alta los sonidos de la otra habitación eran inconfundibles. Bill decidió ignorarlo, cerrando los ojos para descansar. Sin embargo, lo que escuchó después lo dejó paralizado: un grito agudo sonó, seguido de sollozos que iban en aumento. La cama del otro lado rechinaba con violencia.
El nudo en la garganta de Bill se hizo presente. Sabía exactamente lo que estaba ocurriendo y los recuerdos de su pasado comenzaron a atormentarlo. Las lágrimas rodaron por su rostro mientras trataba de ignorar los sonidos, pero era imposible. Conocía demasiado bien el dolor que podía causar un abuso, sobre todo en la infancia.
—Solo aguanta… Pronto pasará —murmuró para sí mismo, con la voz quebrada.
Los gritos y golpes continuaron, y aunque Bill trató de convencerse de que no era asunto suyo, la culpa lo abrumó.
—Carajo… —suspiró, sintiendo cómo el nudo en su garganta se formó sin previo aviso, amenazando a Bill con llorar cada que escuchaba el llanto de aquel pobre niño siendo abusado en el otro lado de la habitación.
Mordió su labio inferior con fuerza, intentando distraerse, intentando no escuchar más, pero era imposible. Su mente estaba atrapada imaginando el martirio de aquel menor a manos de un desconocido, mientras él ahí acostado sin poder hacer nada para detenerlo.
—Maldito imbécil de mierda, lo vas a pagar caro —exclamó para sí mismo.
Su mano temblorosa dió una última calada al cigarrillo, antes de que se levantara de la cama y apagará la colilla en la pared del cuarto, tirando los restos de este hacia cualquier lugar de la habitación. Acomodó su camiseta de blanca que hacía juego con la corbata desarreglada que colgaba de su cuello de color rojo, al mismo tiempo que subía el cierre de su pantalón.
Finalmente, decidió actuar. Se levantó de la cama tembloroso, y tomó las llaves que daban acceso a todas las habitaciones. Se detuvo frente a la puerta número 22, indeciso.
«Regresa a donde estabas y no te metas en lo que no te importa Kaulitz» Pensó, sabía que no debía importarle aquello pero Bill estaba consciente de que un menor era el que se encontraba dentro de la habitación junto a un maldito viejo enfermo.
—Esto no es de mi incumbencia, esto no es de mi incumbencia… —murmuró Bill, repitiéndose la frase mientras daba media vuelta dispuesto a marcharse. Pero la culpa le golpeó el pecho con fuerza desde dentro.
—Carajo, ¿Bill, cuándo dejarás de meterte en lo que no te importa? —exclamó con frustración antes de girar sobre sus talones y plantarse frente a la puerta—. Idiota… —escupió con desprecio hacia sí mismo al notar que el pestillo estaba puesto. Sin más opción, buscó la respectiva llave de la habitación, hasta que encontró la del número veintidós.
Insertó la llave en el picaporte y la giró con decisión, abriendo la puerta sin previo aviso.
Quedó paralizado, al ver aquella escena tan repugnante y enferma que hizo que su estómago se revolviera.
—¡Eres un maldito enfermo y cerdo de mierda! —exclamó, propinando un fuerte golpe en las costillas de aquel sujeto.
Ignorando que aquella patada dejó en el piso al mencionado, Bill tomó una de las sábanas de la cama la cuál utilizó para cubrir el cuerpo de la pequeña una vez que la alejó de aquel tipo.
La menor parecía fuera de sí, no paraba de llorar y eso desesperó al pelinegro, así que sin pensarlo la sacudió de forma violenta mientras la tomaba de los hombros y la veía fijamente.
—Escúchame, no te haré nada, toma esta llave y enciérrate en el cuarto de al lado ¿entendiste? —le ordenó, y sin rechistar la niña tomó con desconfianza las llaves, antes de salir corriendo de la habitación y obedecer a Bill.
—¿No te cansas de ser un matapasiones Kaulitz?
—Eres un maldito cerdo Aaron… —escupió con asco, apretando fuertemente los nudillos, el contrario finalmente pudo recobrar la postura, y se cruzó de brazos con suma altanería mirando fijamente a Bill.
—Sí, lo soy, me gusta lo pequeño —le guiñó el ojo, y ante aquello el estómago de Bill se revolvió.
—Si te acercas de nuevo a esa niña te juro que te corto las bolas y te las hago tragar —escupió, con todo el odio del mundo.
—Vamos Kaulitz, no puedes ser tan hipócrita porque cuando tenías la edad de esa niña hasta suplicabas por que te cogieran —se burló con descaro, sin embargo Bill fue capaz de borrar aquella sonrisa de su rostro al plantarle semejante patada en la cara, sacándole instantáneamente sangre de la nariz.
—Maldito enfermo de mierda, ¡era solamente un niño! ¡hijo de puta…! ¡Crees que me gustaba, yo no tuve la culpa de nada! —gritó, casi al punto en que sus dientes crujieron de la rabia que le hizo sentir aquel comentario. Porque sí, no solamente era enojo, era un cúmulo de emociones que si el contrario seguía escarbando en su pasado, Bill sería capaz de matarlo.
Pero aún estaba cuerdo, sabía que si desvivía a aquel imbécil no le beneficiaría en lo absoluto.
—Dí lo que quieras, pero hay videos donde se escucha cómo le pides a tu padre que te siga cogiendo —dijo, soltando una risa estruendosa.
Ante aquello, la respiración de Bill se volvió errática, una vez más alguien había dado directo en un recuerdo que según él enterró en lo más recóndito de su mente perturbada.
Una lágrima traicionera resbaló por su mejilla.
—¿Vas a llorar? —Aaron alzó una ceja, con ironía—, Mierda Bill, en verdad eres un quejica —chasqueó la lengua, y suspiró, mirando fijamente al pelinegro.
Bill se mantuvo estático en su lugar, sin saber cómo actuar o qué decir en su contra, porque aquello era cierto. En su mente pasaban como estrellas fugaces los amargos recuerdos de su infancia, cuando su padre lo grababa mientras abusaba de él, y cómo el pelinegro dentro de su mente de 5 años no podía discernir que aquello estaba totalmente mal.
Así que no le dió el gusto al contrario de verlo derrumbado. Sin decir más, salió de la habitación, dejando a Aaron con la palabra en la boca.
Se encerró en el cuarto de al lado de donde venía dando un portazo; jaló con violencia su cabello casi al punto de arrancarse un mechón y gritó con todas sus fuerzas sin importarle si lo escuchaban. Sacó todo el dolor y el peso que comenzaba a sentir; su cuerpo se derrumbó, deslizándose por la puerta de la habitación hasta caer rendido en el piso.
Lloró como nunca antes, sin darse cuenta que unos pequeños ojos lo observaban desde una de las esquinas de la habitación, con expresión llena de terror, pues ver al pelinegro en aquel estado daba bastante miedo.
Bill se percató de eso, así que desde lejos trató de calmarse.
—No, por favor no llores… —exclamó limpiando con su mano las lágrimas de su rostro, al ver que la niña lo observaba con pavor desde la distancia. Se levantó y se acercó hacia ella con cautela de no asustarla más.
—¡Aléjate…! —le gritó dándole un manotazo al punto de casi rasguñarlo. Bill se armó de paciencia.
—Tranquila, no te haré nada… —intentó sonar calmado, pero estaba seguro que él estaba más asustado que ella.
—Aléjate… —volvió a murmurar. Bill suspiró, pero de pronto se le ocurrió una gran idea.
Fue hasta el baño donde tenía su bolso y de ahí sacó unos cuantos dulces, los cuales siempre cargaba cada que hacía rotación por pediatría. Se acercó nuevamente, manteniendo su distancia, y extendió su mano, ofreciéndole estos a la menor.
—¿Quieres un dulce? —preguntó. De forma instantánea los ojos de la pequeña brillaron antes de arrebatarle estos de la mano. Bill sonrió con ternura, sintiendo el nudo en su garganta al ver el labio partido de la niña y el gran hematoma en su ojo derecho. Su corazón se oprimió, la niña era idéntica a él cuando era chico, lo único que los diferenciaba era el cabello.
Recordó que siempre guardaba un kit de emergencia en esa habitación por si se suscitaba una situación que ameritase primeros auxilios. Así que fue hasta el baño por este; cuando regresó para quedar frente a la menor, se agachó quedando sobre sus talones y suspiró.
—¿Me podrías dejar curar tus heridas? —le preguntó, a lo que la pequeña dudó por cortos segundos, pero terminó aceptando. Bill sonrió por inercia.
Dejó que la niña se sentara en la cama, mientras él preparaba las gasas y alcohol para curarla.
—Señor, ¿usted trabaja aquí? —le preguntó con curiosidad, mientras balanceaba sus pies de un lado a otro.
—Sí, trabajo aquí… —le respondió. Bill se agachó a su altura y tomó un algodón remojado en alcohol—. Necesito que te quedes quieta, ¿vale? Te va a arder —dijo, y la niña asintió.
Comenzó a curarla, observando las muecas de dolor que hacía de vez en cuando; se mantuvieron en un silencio lleno de tranquilidad. Afuera se escuchaba el ruido de la música dentro del burdel, pero estaban tan absortos en aquella burbuja de paz que se olvidaron completamente del lugar donde estaban.
Un sentimiento de protección se instauró en el pecho del pelinegro al ver la situación en la que la niña se encontraba; no merecía pasar por eso, y si estaba en sus manos alejarla de ese tipo de situaciones, claro que lo haría. Aun si eso no generaba un cambio, estaba cambiando la vida de alguien que apenas comenzaba a conocer la maldad que había en ese podrido mundo.
Y, curiosamente, Bill ya se había ganado su confianza.
—Señor ¿usted es doctor? —volvió a preguntar, y Bill frunció el entrecejo con confusión.
—¿Cómo supis…?
—Allá hay una bata ¿es de usted verdad? —lo interrumpió mientras sonreía. Y Bill asintió en un suspiro, regresándole la sonrisa.
—Eres muy observadora ¿lo sabías? —exclamó, terminando de curar sus heridas mientras guardaba todo lo demás en el kit.
—¿Cómo se llama? —le preguntó, Bill dudó en decirle su nombre, pero terminó respondiendo.
—Bill… Mi nombre es Bill.
—¿Puedo llamarte Billy?
El pelinegro por su parte soltó una pequeña risa, y asintió con diversión.
—Claro… Puedes hacerlo…
Por su parte la niña dio un bostezo prolongado mientras se tallaba los ojos con cansancio.
—Billy tengo sueño… —hizo una mueca.
—Puedes dormir el tiempo que quieras, terminé de trabajar no vendrá más gente. Pero antes, necesito que vayas al baño y te cambies —dijo, extendiéndole una blusa la cual era casi el doble del tamaño de la contraria, pero era preferible que usara algo que la cubriera en su totalidad.
Ella asintió acatando las indicaciones de Bill, una vez salió del baño vió como el pelinegro intentaba ordenar y asear la cama haciéndole un espacio para que pudiera descansar.
—Dormiré en el sofá, si necesitas algo aquí estoy.
—¿Puedes dormir a mi lado…? tengo miedo —pidió.
Bill quiso negarse, pero la expresión de súplica de la contraria no lo dejó, así que terminó accediendo. Se metió entre las sábanas no sin antes poner una almohada entre los dos para que aquello la hiciera sentir más cómoda.
—Gracias por ayudarme Billy… —exclamó, antes de cerrar sus ojos.
Las palabras de la pequeña martillaron la cabeza del pelinegro mientras observaba el techo de la habitación con la mirada perdida, una vez más sintió terror por lo que pudiera pasar, ¿estaba haciendo lo correcto?. Bill sabía que por más que intentara protegerla, la niña seguiría en constante peligro
Intentó discernir cualquier pensamiento abrumador y se dedicó a dormir, aunque fuera una hora, también se sentía cansado.
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No supo cuánto tiempo pasó, o en qué momento se durmió y quedó tumbado como piedra. Cuando despertó y dió la vuelta sobre la cama, se percató que la niña ya no estaba a su lado. El miedo se apoderó de forma instantánea de su cuerpo, se levantó rápidamente buscando rastro de la menor en la habitación pero no encontró nada.
Hasta que escuchó ligeros sollozos en el interior del baño de la habitación.
—Oye… ¿Está todo bien? —preguntó, acercándose con cautela hasta quedar frente a la puerta del baño, no la abrió, decidió mantener distancia.
—¡Vete, déjame sola! —exclamó.
El pelinegro tragó saliva con nerviosismo, y sin importarle abrió la puerta.
Quedó perplejo, el aire se escapó de sus pulmones, sintiendo el peso de aquella escena que lo dejó devastado.
Un charco de sangre rodeaba el cuerpo de la menor, quien se encontraba tirada al lado del lavamanos, totalmente manchada. Bill se dió cuenta de lo que ocurría, había tenido un desgarre y aquello requería atención médica urgente.
—Ay no… Con una mierda —murmuró para sí mismo, intentó acercarse pero la niña se alejó de él como pudo.
—¡Vete, no me toques! —lloró.
—¡Me importa una mierda, te estás desangrando! —exclamó finalmente, había perdido la paciencia ocasionando que la menor lo observara con cierto temor. Bill se dió cuenta de aquello por lo que de manera instantánea se arrepintió de haberle gritado. Es solo que el simple hecho de imaginar que la niña muriera en aquellas condiciones lo hacía sentirse culpable.
—¡Déjame, se nota que eres igual que todos ellos!
Era evidente que no confiara después de todo el daño que le habían causado, pero aquellas palabras golpearon y desmoronaron el corazón de Bill. ¿No era verdad… cierto? No, no y no; él no era igual que todos esos hijos de puta que se aprovechaban de la debilidad de esos niños. Y si de algo estaba orgulloso, era que, a pesar de haber sido víctima, nunca se convirtió en un victimario.
Sin importarle se acercó, tratando de revisarla, quería cerciorarse de que todo estuviera en orden y que fuera solamente algo externo. La contraria se estremeció ante el contacto e intentó alejarse. Bill comenzaba a desesperarse.
—¡Escuchame! —la miró fijamente a los ojos, con un toque de súplica—, te juro que no te haré nada, pero por favor… Necesito revisar que esté todo bien ¿recuerdas que me preguntaste si era doctor? —dijo, y la niña asintió temerosa.
—¿Puedo confiar en tí… Billy? —Su petición estuvo cargada de incertidumbre, miedo y una pizca de desconfianza. A lo que Bill asintió con toda la certeza del mundo.
—Confía en mí, no soy igual que esos idiotas —exclamó con seguridad, la pequeña sintió un alivio al escuchar la sinceridad con la que el pelinegro habló. Así que asintió con la cabeza ligeramente.
Pero antes de que pudiera actuar o decir algo más, una voz dentro de la habitación interrumpió a lo lejos.
—¿Se puede saber qué está pasando aquí? —la voz Jorg resonó como eco entre las frías paredes del cuarto. Él estaba apoyado en el marco de la puerta, con los brazos cruzados.
Inmediatamente, Bill salió del baño al escuchar la voz de su padre, no sin antes cerrar la puerta detrás suyo.
Jorg lo analizó de pies a cabeza mientras alzaba una ceja con evidente incertidumbre, se percató que la ropa del pelinegro y sus manos estaban llenas de sangre fresca.
—¿Qué, acabas de matar a alguien Kaulitz? —se burló. Así que Bill decidió seguirle el juego.
—Yo me encargo de ese imbécil, no hace falta que me cubras… —mintió. Y era obvio que su padre no iba a caer en su vil falacia.
—Anda, muévete de ahí —exclamó, pero Bill se negó.
—Métete en tus propios asuntos, déjame encargarme de esto yo solo.
Jorg suspiró cansado, sujetando el puente de su nariz con la yema de sus dedos, tratando de buscar algo de paciencia.
—Vamos Bill, dile la verdad a tu padre —intervino una segunda voz, se trataba de Aaron.
—No sé de qué me estás hablando —Bill intentó mostrarse confundido.
Jorg por su parte miró a Aaron, buscando respuestas, hasta que el chico habló.
—El imbécil de tu hijo irrumpió en mi habitación sin permiso — espetó.
—Sácala del baño —fue la única orden que el padre de Bill dió. Otros dos hombres ingresaron a la habitación e hicieron a un lado a Bill con fuerza, ambos derribaron la puerta del baño y sacaron a la niña ignorando sus gritos llenos de terror.
—¡Déjenla en paz, ella no ha hecho nada! —exclamó Bill, tratando de intervenir, pero no contó con que Jorg lo tomara del cabello y lo arrastrara hasta el baño empujándolo hacia el interior de este.
Mientras que su padre mantuvo distancia desde la entrada del baño, observando cada movimiento que Bill hacía.
Porque el pelinegro sabía que estaba jodido.
Por el reflejo del espejo Bill observó su rostro demacrado, evidencia de su mala alimentación. Intentando calmar su mente Bill sacó un frasco de pastillas de su bolso y sin dudarlo, ingirió una de estas.
—Suelta eso —ordenó Jorg, sujetándolo con firmeza.
—¿Esto es lo que quieres, no? Entonces déjame hacer las cosas a mi manera —respondió desafiante, tragándose un tumulto de pastillas de una sola pasada, sin apartar la mirada.
—Ahorita mismo me vas a explicar por qué esa niña está contigo y no con Aaron —exclamó enfadado. Sujetó a Bill con brusquedad, obligándolo a agachar la cabeza hacia el lavabo.
—Primero, esa niña está conmigo porque me niego a que ese enfermo de mierda le cause traumas de por vida —dijo Bill, mirando el reflejo de su padre en el espejo.
El padre de Bill no permitió que continuara hablando. Con rudeza, intentó hacerle escupir la pastilla, provocándole arcadas.
Bill golpeó su frente contra el espejo y dejó escapar un suspiro lleno de cansancio.
—No me importa si nos tardamos una hora aquí, te dije que no te tragaras esa cosa, y no me hiciste caso Kaulitz —habló, y continuó haciendo más maniobras con la finalidad de hacerle vomitar, las arcadas comenzaron a hacerse cada vez más frecuentes en el cuerpo de Bill. Se sentía miserable, y no tenía idea de lo que le harían a esa pobre niña, él tenía la culpa de estar en la situación actual en la que se encontraba.
El pelinegro se sujetó con fuerza de los extremos del lavabo, mientras que Jorg se encontraba detrás suyo observando su reflejo en el espejo, sin expresión en su rostro.
—Vas a asustar a la niña… ¡Agh! —Exclamó Bill preocupado, al darse cuenta que la pequeña los observaba espantada desde donde ella estaba. al ver la agresividad con la que el Jorg lo estaba tratando mientras pedía que soltaran al pelinegro desde la distancia.
—¡Me importa una mierda! —le gritó, hundiendo más sus dedos en la garganta del contrario, obteniendo a cambio otra fuerte arcada por parte de Bill, la cual, seguro, terminó expulsando hasta el almuerzo de la mañana. Entre todo el líquido viscoso regado en el lavabo Jorg estuvo conforme al ver en este la pequeña pastilla blanca.
Bill suspiró cansado, echando la hacia el frente la cual golpeó contra el espejo del baño, siendo sujetado por su padre de la cintura quien no dejó de verlo en todo momento.
—Ahí está lo que querías, largo de aquí… — el pelinegro musitó débil.
—No quiero que vuelvas a desobedecerme, y si recaes o te da una sobredosis tendré que internarte —exclamó, Bill sabía que a él no le importaba si terminaba desviviéndose de un balazo en la cabeza, o si un camión lo atropellaba.
Al Jorg le importaba no perder a su trabajador estrella.
—No digas estupideces… —habló por lo bajo, se sentía tan cansado—, prefiero estar internado a tener que soportar tu maldita cara de culo todos los días.
—Te costó un maldito año salir de eso… Y por tu culpa, las acciones cayeron —informó, por su parte Bill soltó una risa irónica.
—Ya sé que sin mí este negocio se va a la quiebra —alzó los hombros con altanería—, deberías agradecerme por eso —dijo, pasando de lado a Jorg con dificultad, antes de tomar sus pertenencias y salir del baño.
Algo que nadie sabía, ni siquiera el mismísimo hijo de puta de su novio, era el hecho de que hace cuatro años Bill estuvo internado en rehabilitación por abuso de consumo de sustancias ilícitas, «drogas». Las mejores vacaciones que pudo haber tenido en su corta vida por cierto.
Miró por última vez a la niña, quien con una expresión aterrorizada lo observaba fijamente.
El padre de Bill sacó de su bolsillo un walkie—talkie, y habló a través de la bocina de este.
—Habitación 221 —fue lo único que dijo, tardó poco en dar órdenes cuando dos de sus hombres ingresaron a la habitación, Bill sabía lo que iba a ocurrir, y no quería presenciar eso. Así que como pudo y tambaleándose en el proceso se abrió paso para salir de la habitación, pero el Jorg lo detuvo, sujetándolo de los hombros con fuerza—. Oh, no cariño, tú te quedas aquí.
—Suéltame…
—¿Sabes qué es lo que hacemos con los cabos sueltos? —murmuró al oído del pelinegro, y Bill se estremeció ante el contacto. Con su cabeza, Jorg les hizo una seña a ambos hombres, obligó a Bill a mirar, sin embargo este cerró sus ojos con fuerza antes de que el disparo de una pistola se escuchara.
Cuando su cuerpo fue soltado, las piernas de Bill se desplomaron sobre el frío piso de la habitación, rompiendo en llanto, y al abrir sus ojos pudo encontrarse con el cadáver de la niña ensangrentado sobre la cama.
Nuevamente, sabía que no podía jugar a ser el héroe.
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—Quiero morir… —fue lo único que logró decir, antes de dejar caer su agotado cuerpo sobre el asiento del vagón del metro. A esas horas, todo parecía desolado; las calles solo albergaban rateros, drogadictos y prostitutas (ejemplo final, Bill). El joven tanteó el borde de su pantalón en busca de otro cigarro, pero al parecer se le habían acabado. Su último paquete se terminó mientras trabajaba en el prostíbulo, y desde que salió del lugar, su mente era un caos. La imagen de la pequeña seguía rondando en su cabeza.
—Vaya mierda… —murmuró con frustración, mirando al techo del vagón, que se sacudía violentamente con cada bache, producto del roce de las vías con las llantas del metro.
Cerró los ojos, esperando descansar un poco antes de llegar a casa. Lamentablemente, su breve siesta tuvo que esperar. El vagón se detuvo bruscamente y, en ese momento, un grupo de chicos ebrios subió al cubículo, haciendo escándalo y soltando incoherencias a gritos.
—¡Te dije que solo una, hermano, y fueron más de cinco! —se reía uno, atontado.
Bill, curioso como siempre, levantó la vista por el rabillo del ojo para ver cuántos eran. Logró distinguir a tres muchachos de su edad, apenas capaces de mantenerse en pie. Rodó los ojos y se sentó de nuevo, mirando el reloj en su celular. Eran las cinco de la mañana. Carajo, moría de sueño, solo quería descansar.
—Hola, cariño… ¿por qué estás solo a estas horas de la noche? —preguntó uno de los chicos, acercándose a él.
Bill pensó que podría pasar desapercibido, era su especialidad. Pero parecía que todo el mundo se empeñaba en arruinarle la maldita existencia. Uno de los chicos ebrios se sentó a su lado sin pedir permiso, con una mirada insinuante.
—¿Podrías alejarte y perderte de mi vista? —exclamó, cerrando los ojos con fastidio mientras se apartaba un poco del hombre, cuya mezcla de alcohol y sudor lo repugnaba al simple contacto con su olfato.
—Vamos, cariño, ¿por qué no me la chupas aquí de una vez? —insistió el tipo, acercándose de nuevo, apretando su cuerpo contra el de Bill lo que empezó a irritarlo profundamente.
—Aléjate… —respondió con firmeza, manteniendo la calma a pesar del creciente malestar. Pero el hombre no hizo caso, y pronto sus amigos se unieron a su pequeño teatrito.
Uno de ellos se sentó al lado del pelinegro, sin ningún pudor y sin mostrar el menor respeto por el espacio personal de Bill, y acarició uno de sus glúteos.
— No lo repetiré otra vez, aléjense —crujió los dientes, y apretó los puños con coraje.
—Ahora resulta que las putas piden que paremos cuando ellas son ofrecidas de primera —dijo, y los tres sujetos rieron mutuamente disfrutando de la situación. Bill sintió cómo uno de ellos colaba su mano entre la tela de su pantalón, acariciando con morbo su entrepierna, otro de ellos pellizco uno de sus pezones, poco les importó que Bill les diera pequeños manotazos o los alejara empujándolos con algo de fuerza para que lo dejarán en paz, pues en ningún momento abrió los ojos, el cansancio era muy grande.
—Deja que te ayudemos… —besó el cuello del castaño, y Bill siguió intentando sacarlos de encima suyo pero con el paso del tiempo comenzaba hacerse complicado.
«Tranquilízate Kaulitz… Tranquilízate», pensó.
No fue, hasta que Bill escuchó cómo uno de ellos bajaba la cremallera de su pantalón, y sin descaro alguno, comenzó a frotar su entrepierna contra los glúteos del pelinegro. Su paciencia terminó ahí.
—¡Necesito que todos dejen de joderme la maldita vida por un momento! —gritó, perdiendo el control. Clavando sus ojos llenos de furia en aquel sujeto.
El coraje lo consumía, y sentía cómo sus manos se calentaban mientras su cuerpo temblaba producto de la rabia, pudo observar cómo aquellos tipos lo miraban con una expresión que irradiaba miedo en todo su esplendor.
—Oye, cálmate… —balbuceó uno de ellos, como si esas palabras pudieran tranquilizarlo.
—¡Calmarme ni una mierda, hijo de perra! —exclamó, y de su pantalón sacó una pistola con la cual apuntó directamente hacia ellos, quienes al ver el arma casi se echaron a correr del miedo.
Sin pensarlo, Bill disparó tres veces al techo, dejando que los sujetos se echaran a correr en medio del vagón buscando la salida.
—¡Ayuda, este tipo está loco, quiere matarnos! —gritó uno de ellos al sentir el disparo directo al talón, quien cayó de inmediato al suelo mientras se arrastraba por el piso del vagón, dejando un rastro de sangre.
Bill observó cómo los otros dos intentaron escapar cuando las puertas se abrieron en la siguiente estación. No obstante, con un movimiento rápido disparó a ambos sin titubear, los cuerpos de los hombres cayeron al instante. El último de ellos quien aún se encontraba tirado en medio del pasillo del vagón, al ver la escena solo pudo gritar con evidente miedo.
—¿Aún quieres que te la chupe o qué? —Exclamó Bill, alzando una ceja mientras apuntaba con la pistola directamente a su cabeza. El sujeto no dejaba de llorar suplicando que lo dejara vivir. Realmente era un imbécil.
—¡Por favor, no me mates…! —sollozó, con voz temblorosa.
—Muy tarde, cariño —respondió Bill con frialdad, disparando hacia sus testículos. El grito del chico fue tan ensordecedor que resonó por todo el vagón.
—¡Por favor, no me mates, no me mates! —continuó suplicando.
Bill suspiró, harto de los gritos y las súplicas, y sin pensarlo, disparó directamente a su cabeza dejando que los asientos y ventanas del vagón se mancharan de la sangre de aquel tipejo.
Continúa…
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WEY QUE??? nmms esto va mal en peor, que neta ni se me ocurre q escribir 😭😭
Nooo dios, cada que termino de leer el capítulo 5 de este FanFic me deja con una vibra rara. (Yo sí quería que la niña sobreviviera)
Tipo… sé que por mas que quiera Bill no puede salvar a todo mundo y menos en un ambiente asi de violento en el que vive 🥲💔
También quiero entender el por que de los problemas alimenticios que tiene el Bill de este fic, literal puede que sea una manera en la que bill busca «control» de su vida porque la verdad es una kk 🫠🥲💔