El hambre de Bill 3

Fic TOLL de ZenTortugaHua

Capítulo 3

Bill llegó a casa como un fantasma. Se cambió de ropa por algo más cómodo y se escapó a la baranda de su habitación, esa que daba directo al cielo y a los edificios altos del otro lado. Apoyó los codos en la baranda, una mano sosteniendo su mejilla, y se quedó mirando el atardecer. El cielo estaba pintado de naranja porque el sol estaba dando su último brillo.

No podía dejar de pensar en las embestidas de Tom contra su culo por encima de la ropa. En el sonido del «click» de la foto. En la sonrisa cínica del de trenzas al irse.

Se sentía sucio, usado, roto… y, lo peor de todo… todavía con hambre.

Escuchó pasitos rápidos detrás de él.

—Mamá… tengo hambreee…

Dennis estaba ahí, con uno de sus camioncitos en la mano y la cara manchada de algo que parecía ser chocolate. Lo miró con esos ojos grandes e impacientes.

Su madre ni siquiera giró la cabeza del todo. Solo suspiró bajito.

—Ya comiste.

—Nooo…, eso fue hace rato— Insistió el niño, acercándose más y tirando de su pants.— Tengo hambre otra vez.

Bill sabía cómo terminaba esto. Si lo detenía, venía el berrinche. Gritos, patadas y un llanto que duraba horas. Así que aceptó porque ya no tenía energía ni ganas de corregirlo.

—Está bien…— Murmuró casi sin voz.

Se apartó de la baranda con lentitud, como si le doliera todo el cuerpo. Dennis salió corriendo delante de él, emocionado, hacia la cocina. Su madre lo siguió con pasos pesados, sin decir nada más.

Cuando llegó, el desastre ya estaba hecho.

El pequeño diablillo había abierto la nevera y había sacado todo lo que alcanzó: un envase de yogurt que ahora estaba tirado en el suelo, medio derramado, galletas esparcidas por la mesa, una botella de jugo que goteaba también por la mesa y chocolates no terminados.

Se quedó en la puerta, mirando todo el caos. Solo suspiró profundo y largo. No gritó ni regañó. Solo se pasó una mano por la cara y entró.

Parecían más hermanos que madre e hijo. Bill, con veinticinco años, agotado y frustrado. Dennis, de cinco, actuando con la misma libertad caótica que su madre le permitía porque ya no tenía fuerzas para imponerle límites. El niño corría por la casa como si fuera su territorio, y lo dejaba, como si fuera un compañero de piso ruidoso en vez de su responsabilidad.

—Cuidado con el vidrio…— Le advirtió sin mucho entusiasmo.

El niño ni le hizo caso; ya estaba metiendo la mano en el tanque de los peces.

Bill abrió la alacena, sacó un plato y empezó a preparar algo rápido y simple. Pan con mermelada. No tenía cabeza para cocinar nada más. Mientras untaba, su mente volvía una y otra vez al salón de clases. Al rostro de Tom. A esa polla gruesa que había sentido contra él, más no había visto… todavía. A la foto.

Dennis se sentó en su silla, y agarró una galleta con las dos manos.

—Quiero jugo también— Exigió con la boca llena.

Su madre solo asintió, sirvió el jugo en un vaso y se lo pasó. Se quedó ahí parado, viéndole comer, sintiendo un vacío enorme en el pecho.

No había cariño en su mirada. Solo cansancio… y resignación.

—Come despacio— Le dijo más por hábito que por convicción.

Dennis lo ignoró, como siempre, y siguió haciendo su desastre con la comida. El de rastas bicolores se apoyó contra la encimera, mirando por la ventana de la cocina cómo el atardecer se apagaba poco a poco.

Y pensó que, tal vez, merecía todo esto. El desastre en la cocina. El desastre en su vida. La foto en el teléfono de Tom.

Todo.

Se quedó apoyado contra la encimera, mirando cómo el sol desaparecía, cuando escuchó la llave en la puerta principal. El sonido familiar le cayó como un peso en el estómago.

Su esposo entró segundos después, con el traje puesto, el maletín en una mano y el teléfono en la otra y en la oreja. Se detuvo en la entrada de la cocina y su expresión cambió de cansancio a molestia en menos de un segundo.

El desastre era evidente.

—¿Qué es este desastre, Bill?— Preguntó Al con esa voz baja y cortante que usaba cuando estaba a punto de explotar.— ¿Otra vez dejaste que el niño haga lo que le da la gana?

El pelinegro ni se molestó en responderle. Solo empezó a recoger todo en silencio.

Dennis ni siquiera levantó la vista, seguía comiendo su pan con mermelada como si nada.

—Dennis, levántate de la silla ahora mismo.— Ordenó— Ayuda a tu madre.

El niño protestó con un quejido, pero Al ni le prestó atención. Sus ojos estaban clavados en Bill.

—Eres su madre, no su amigo ni hermano. ¿Cuántas veces tengo que decirte que no puedes dejarlo hacer estas cosas? Mira cómo está todo. Pareces un adolescente descuidado en vez de una madre con responsabilidades.

Bill apretó la mandíbula. Sintió cómo la irritación le subía por el pecho. Pero no dijo nada. Solo tiró las galletas a la basura y empezó a limpiar el yogurt con el trapeador.

Al se aflojó la corbata.

—Tengo hambre. Prepara algo de cena. Algo decente, no esa mierda rápida que haces cuando no tienes ganas.

Bill se quedó quieto un segundo, con la escoba entre sus manos que apretó fuertemente. La orden le cayó como una bofetada. Después de todo el día, después del desastre en la universidad, después de la foto… y ahora esto.

Pero no discutió.

—Está bien— Emitió seco.

Se dio la vuelta hacia la nevera y empezó a sacar pollo, verduras, arroz, con movimientos mecánicos, automáticos.

Dennis seguía haciendo de las suyas, jugando con el jugo derramado, haciendo dibujos con el dedo sin hacer caso a la orden de su padre.

Al suspiró fuerte, mirando su teléfono.

—Y límpiale la cara al niño, parece un cerdo. No sé cómo toleras verlo así.

El azabache sintió más irritación que nunca. La rabia muda, esa que nunca explotaba pero que se acumulaba día tras día.

Y la foto que Tom le había tomado todavía quemándole en la cabeza.

Se acercó a su hijo y le limpió la cara con un trapo húmedo sin decir nada. El niño se quejó y lo empujó.

—Déjame…— Protestó— No quiero…

Bill solo suspiró y volvió a la estufa.

Apretaba los dedos alrededor del cuchillo que estaba usando para cortar verduras.

&

Bill estaba acostado de lado, de espaldas a la puerta, con una pijama corta de algodón que apenas le cubría los muslos. No se había tapado con la sábana. Solo miraba a la nada: la pared, el vacío. Su mente daba vueltas y vueltas entre el desastre de la cocina, la voz cortante de Al, y sobre todo… la foto en el teléfono de Tom. Era algo tan grande que obviamente no se podía dejar de pensar aunque quisiera.

Escuchó la puerta abrirse. Pasos pesados. El sonido familiar de Al cambiándose después de una ducha.

Ni se movió en ese tiempo.

Al se metió a la cama por su lado, y el colchón se hundió con su peso. Sin decir nada, se acercó por detrás y empezó por besarle el hombro, y una mano pesada se deslizó por su cintura.

Bill se tensó entero. Con un movimiento brusco se tapó hasta los hombros con la sábana, dándole la espalda con más fuerza.

—Hey…— Al soltó una risa baja, divertida, como si fuera un juego.— ¿Qué te pasa hoy?

El de rastas bicolores apretó los labios y murmuró sin girarse:

—No tengo ganas. Tengo sueño.

Al se rió más fuerte, claramente entretenido con el rechazo. Se pegó más a él, presionando el pecho contra su espalda.

—No estés enojado por lo de Dennis, amor. Los niños son así, ya sabes cómo es.

Le dio otro beso en el hombro descubierto, suave al principio, pero luego más húmedo y voraz. Su mano le soltó un nalgada fuerte, que resonó en la habitación silenciosa.

El pelinegro apretó las sábanas con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. La rabia le subió como fuego por la garganta. Ese golpe no era juguetón. Era el mismo de siempre.

Sintió cómo se le calentaba la cara, cómo le ardía la piel donde le había pegado, y cómo la humillación se mezclaba con todo lo demás que había acumulado durante el día.

Se quedó rígido, respirando entrecortado.

Al pareció satisfecho con su silencio. Se dio la vuelta hacia su lado de la cama y apagó la lámpara de su mesita de noche.

—Buenas noches— Dijo como último.

La habitación se quedó a oscuras. Solo se escuchaba el tic—tac lejano del reloj y la respiración pausada de Al, que en pocos minutos empezó a roncar.

Bill seguía con el ardor de la nalgada latiendo en su nalga. Miraba la oscuridad con los ojos muy abiertos, sintiendo cómo las lágrimas le quemaban, pero no las dejaba salir.

Deseó con toda su alma estar en cualquier otro lugar menos ahí.

Continúa…

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por ZenTortugaHua

Escritora del Fandom

Un comentario en «El hambre de Bill 3»
  1. dios, pinche mocoso mal educado, neta ni yo querría un hijo así. fuera bill, y dejaba a esos dos e iniciaba otra vida lejos de ellos

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