
Fic TOLL de ZenTortugaHua
Capítulo 1

Bill tenía las manos en la sartén y la mente en ningún lado.
Siete años en la misma cocina le habían enseñado a moverse por ella como se mueve el agua: sin pensar, ocupando el espacio que le dejaban.
Siete años. A veces los contaba.
Tenía dieciocho años cuando su padre lo llamó a su despacho y le explicó, con calma, que había llegado a un acuerdo con Al Fischer.
Que era conveniente para su empresa. Que él lo entendería con el tiempo.
No lo entendió. Pero aceptó.
A los veinte, Dennis.
Un embarazo que prefería no recordar en detalle.
No había sido dulce.
Ni fácil.
Ni nada de lo que otras parecían empeñarse en describir.
Ni mucho menos algo que quisiera repetir.
Había empezado con náuseas.
Persistentes. Vacías al principio, violentas después. Le revolvían el estómago incluso cuando no tenía nada que devolver.
El olor de la comida le resultaba insoportable, pero aún así tenía que comer.
No por hambre. Nunca por hambre. Siempre por obligación. Siempre por el bebé.
La ropa dejó de quedarle. La piel cedió, estirándose más de lo que le parecía posible.
Los pies siempre hinchados, adoloridos incluso sin haber hecho nada.
Todo era demasiado.
Lo peor era que el tiempo pasaba demasiado lento.
Y siempre había alguien mirando como si aquello no fuera un problema.
Como si ese cuerpo, cambiado, incómodo, y completamente ajeno, siguiera siendo digno de deseo.
Nunca entendió eso.
Su esposo había estado presente en lo necesario. Ni más ni menos.
El parto fue peor.
Más largo de lo que pensaba. Más complicado de lo necesario.
El dolor dejó de ser algo localizado para convertirse en algo absoluto, imposible de separar en partes.
Hubo manos, presión, instrucciones que apenas registró. Su cuerpo, como en los meses anteriores, haciendo algo que no sentía como suyo.
Y luego, el silencio roto por un llanto que no le provocó nada inmediato.
Nada claro.
Después vino lo otro: sostener, alimentar, repetir.
Días sin forma, noches interrumpidas.
Un cuerpo pequeño dependiendo del suyo para todo.
Nunca hubo un instante en el que todo cambiara.
Solo una acumulación.
Cansancio extra.
Distancia.
La certeza incómoda que aquello, era lo que nunca había querido.
Dennis llegó al mundo con los pulmones llenos de escándalo y desde entonces no había parado.
Como ahora, por ejemplo.
—Bruuum…— Arrastraba el camión rojo por las baldosas. La mejilla casi pegada al suelo para ver mejor las ruedas girar.
—Dennis, levántate del suelo.
—Bruuum…
—Que te levantes.
—Bruuum.
Bill cerró los ojos medio segundo. Los abrió. Sirvió los platos de comida.
Tenía veinticinco años y a veces, en mañanas como esta, se sentía el doble.
Su esposo entró sin anunciarse, como siempre.
Cuarenta y dos años, traje gris, corbata a medio anudar. No dijo buenos días. Fue directo:
—Esta camisa tiene una arruga. Aquí— Se señaló el pecho, como si estuviera señalando un error en un contrato.— ¿No la planchaste?
—Sí la planché— Bill no levantó la vista— Se habrá arrugado al doblarla. Puedo pasarle la plancha ahora si quieres.
—Ya no hay tiempo.
—Está bien.
Él se sentó. Siguió con la corbata. No tocó el desayuno.
Bill fue a buscar a Dennis.
—Vamos, a la silla.
—No…
—Dennis
—¡No quiero!
Lo levantó del suelo con paciencia mecánica.
El niño se retorció, protestó y exigió el camión.
Bill lo instaló en su silla, le puso el camión junto al plato, y le sirvió café a Al.
Por un momento, Dennis comió.
Por un momento, todo fue silencioso.
Luego Bill se sentó a su lado y tomó la cuchara al ver que estaba jugando en vez de comer.
—Solo un poquito más— Llevó media cucharada de avena a su boquita.
Dennis frunció el ceño con toda la gravedad de sus cinco años.
—No.
—Es avena. Te gusta la avena.
—No me gusta.
Bill insistió con la cuchara. Dennis la miró como si fuera una amenaza personal, agarró su camión con más fuerza, y en un movimiento rápido y furioso apartó la mano.
El de rastas bicolores jadeó.
La cuchara voló.
Dennis lo miraba furioso.
—Bill— La voz de Al desde su asiento, sin levantar la vista del teléfono— Ya te dije que si no quiere comer, que no coma. ¿Por qué lo fuerzas?
—Pero tiene que comer. Yo solo…
—Siempre haces lo mismo. Lo acostumbras mal y luego no hay quien lo controle.
Bill cerró la boca por la interrupción.
Se levantó. Recogió el plato de Dennis, quien ya había vuelto al camión como si nada.
Cuando vio, Al ya tenía el maletín en la mano.
—Ya me voy. Llevas a Dennis al jardín hoy. Tengo una reunión ahora mismo.
Bill lo miró.
—Pero hoy es mi primer día de trabajo…
—Tienes tiempo de sobra, cariño— Dejó las palabras flotando, luego sonrió al acordarse— Que te vaya bien, por cierto. Profesor Fischer.
Lo dijo con ese tono. El que usaba cuando quería que algo sonara a halago y a menos al mismo tiempo.
Se acercó, le tomó la cara sin delicadeza, y le plantó un pico que no tenía nada de cariño.
La puerta se cerró. Dennis seguía con el camión. El desayuno de Al quedó intacto sobre la mesa.
Solo la taza de café estaba vacía.
Bill se limpió los labios con el dorso de la mano como si tuviera saliva.
—Vamos, Dennis— Dijo— Hay que alistarse.
&
La directora, Flor Diaz, caminaba rápido para ser una mujer mayor con tacones altos.
—Las clases son de cincuenta minutos, el receso a las diez— Giró por un pasillo sin reducir la velocidad.— Tiene usted la total libertad con la metodología, siempre y cuando cubra el programa. Se lo mando por correo esta tarde.
Bill asintió, con carpeta bajo el brazo, siguiéndole el paso.
No era la primera vez que notaba miradas sobre él. Sin embargo, las aprendió a ignorar a los dieciocho, cuando dejó de sentirse un chico guapo y se convirtió en eso.
Una jodida ama de casa.
En el pasillo de la facultad, los estudiantes que pasaban en dirección contraria tardaban un segundo de más en apartar los ojos.
Un chico chocó con su compañero por no mirar al frente.
Bill se concentró solo en la directora.
—Grupo U, último año— Continuó la directora.— Veintitrés alumnos. En general son manejables, aunque hay uno que…— Hizo una pausa breve, eligiendo las palabras— Bueno, ya los conocerá usted.
Sonó el timbre.
El pasillo se llenó de golpe: mochilas, voces, el caos ordenado de gente que sabe a dónde va.
La directora se detuvo frente a una puerta.
—Aquí es.
Entraron.
Veintidós pares de ojos se volvieron hacia la puerta. Hubo un silencio de dos segundos, y efectivamente, los comentarios en voz baja llegaron.
—Buenos días, jóvenes— La directora levantó la voz lo justo.— Les presento al profesor Fischer. Dará inglés este semestre. Espero que le den la bienvenida que se merece.
Miró a Bill con una sonrisa profesional.
—Cualquier cosa, sabe donde encontrarme.
Y se fue, cerrando la puerta con una suavidad que de algún modo sonó a definitiva.
Bill dejó la carpeta sobre la mesa. Los miró.
—Buenos días. Vamos a empezar con la lista para que me aprenda sus nombres. Después me cuentan qué nivel de inglés tienen y organizamos el semestre.
Sacó la hoja. Empezó a leer.
Los alumnos respondían, algunos con más entusiasmo que otros. Un chico de la tercera fila ya lo miraba con demasiada fijeza. Bill siguió leyendo sin comentar.
Llegó al final de la lista.
—Tom Kaulitz.
Hubo silencio de inmediato.
Nadie respondió. Bill levantó la vista de la hoja y encontró a veintidós estudiantes completamente quietos, mirándolo con esa expresión específica, esperando algo entretenido.
—¿Tom Kaulitz?— Repitió.
Una chica suspiró, sonrió, con las mejillas ya rosadas, y señaló hacia el fondo del salón.
—Es el de allá, profe.
Bill dirigió su mirada al lugar señalado.
En el último pupitre, con la cabeza apoyada sobre los brazos cruzados y el cabello en trenzas cayéndole sobre la cara, había un chico durmiendo con tranquilidad. Como si el timbre, la directora y la llegada de un profesor nuevo fueran detalles que no le concernían en lo más mínimo.
Dejó la lista sobre la mesa.
Caminó hacia el fondo del salón despacio, sin prisa. El silencio del grupo era ahora de otra calidad: atento, expectante, ligeramente divertido.
Se detuvo frente al pupitre.
—Kaulitz.
Nada.
—Joven Kaulitz.
El chico se movió despacio. Levantó la cabeza sin apuro. Las trenzas le cayeron hacia atrás y reveló una cara que no encajaba del todo con la pereza del gesto.
Rasgos marcados, mandíbula definida, y unos ojos oscuros que se abrieron despacio y encontraron los de Bill sin vacilar.
Lo miró de arriba abajo sin prisa, sin disimulo.
Con la voz todavía ronca por sueño habló.
—No pensé que este semestre fuera a tener algo que valiera la pena ver.
Alguien en el salón ahogó una carcajada.
Bill no parpadeó, aunque algo en algún lugar de su pecho había hecho una cosa extraña y breve que decidió ignorar por completo.
—Preste atención en clase, Kaulitz.
Tom Kaulitz dibujó media sonrisa que podía ser obediencia o burla, o las dos cosas al mismo tiempo.
—Lo que usted diga, profesor.
Se enderezó en el asiento.
Bill volvió a su mesa sin apresurarse, colocó la lista sobre la carpeta, y retomó la clase como si nada hubiera pasado.
Intentó no ver hacia el fondo del salón.
Continúa…
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oh, entonces tiene como una especie de depresión post parto… a veces eso hace que las mamás les sea difícil conectar con sus hijos
no voy a negar que me emocioné con lo que dijo tom. si yo fuera bill, me hubiera costado horrores apartar la vista de donde estaba él