
Fic TWC de Pau_Humanoid
Capítulo 4: I’ve been here waiting for…

Bávaro era la galería de arte más in-style de toda la ciudad. El estilo de su arquitectura, que mezclaba brutalismo con naturalismo tanto en interiores como exteriores, le daba sensación de ser enorme e intocable: el tipo de lugar donde hay que guardar silencio, no poner la mano sobre nada y limitarse a observar. Los techos altísimos, las paredes sin color, los espacios abiertos y eternos eran por sí mismos, en cierta forma, arte.
Esa noche la inauguración de la exposición de David Schutz, artista plástico, transformaba todo aquel espacio gris y verde en un lugar digno de fotografía. El espacio había sido complementado con velas y candelabros que le daban a las paredes de concreto una apariencia cálida que no tenían por sí solos, y alfombras y tapices en tonos tan ricos que le daban al lugar un aire de palacio antiguo cargado de un lujo decadente. Bill se detuvo al pie de la alfombra de la entrada, miró a su alrededor y se giró levemente a donde estaba Tom, con un gesto elegante de la cabeza:
—Mira Tom, deberíamos rentar el lugar así como está, quedaría genial para una sesión de fotos.
Tom estaba a punto de decirle que no le veía el caso a hacer un gasto así, pero antes de que pudiera hablar, Bill se adelantó varios pasos como sin prestarle mucha atención.
A lo largo de la alfombra se reunían un pequeño grupo de reporteros y fans, no solo de ellos sino también de otros personajes prominentes que habían sido invitados al evento. Bill avanzó entre la gente firmando autógrafos mientras Tom caminaba despacio tras él, sonriendo ante las cámaras que iban apareciendo en su camino. Mantener la fachada podía ser muy cansado, pero con los años se había acostumbrado a hacerlo de buena manera. Bill en cambio siempre parecía estar completamente en su lugar frente a las cámaras. Podía pararse frente a luces que habrían enceguecido a cualquiera y no parecía incómodo, al contrario: siempre sonreía y su rostro se veía relajado. No había tensión en su mandíbula ni en su voz al contestar preguntas, lo cual, Tom sabía, era hasta cierto punto una actuación. Bill lo disfrutaba, claro, pero también lo hacía porque era una forma de mantener activas (e inofensivas) sus imágenes públicas. A pesar de estar como pez en el agua en esas situaciones, había veces que su hermano sinceramente no quería formar parte del circo y Tom lo sabía bien.
Esa noche no era una de esas veces. Esa noche era una función habitual para su gemelo: Bill lucía tranquilo y en control, así que Tom tuvo que suponer que se encontraba bien.
Se quedó unos pasos atrás mientras una periodista, una omega joven, sonriente y bien vestida, se acercó para pedirle unas palabras:
—Bill, ¡luce radiante el día de hoy!
—Gracias cariño, tú también, me encanta tu cabello—, Bill contestó como si conociera a la chica de toda la vida. Tom estaba seguro de que nunca la había visto siquiera, pero no podía cuestionar los métodos de su gemelo. La periodista sonrió encantada y continuó:
—Dicen que fue invitado con mucha insistencia a este evento, ¿alguna razón en especial?
Tom no pudo evitar que sus alertas se activaran cuando escuchó esta pregunta. La joven no parecía amenazadora, pero el comentario no le sonaba inocente a Tom. Ajeno a la alerta de su hermano, Bill no parecía darle ninguna importancia extra al cuestionamiento de la chica. Como siempre, se expresaba de manera encantadora, miraba a la chica a los ojos y gesticulaba con las manos como si hubiera nacido con esa capacidad.
—Oh, no es nada, solo querían que cantara, es todo—, ladeó la cabeza, y su sonrisa no perdió nunca esa delicia encantadora, —no tuvieron que insistir tanto, ¿sabes? amo este tipo de eventos, para mi es un placer.
Tom siguió observándola. Estaba casi seguro de que debía ser fan de Bill: lucía maravillada al verlo, sus ojos no dejaban de seguir cada movimiento de su rostro, y además tenía la boca medio abierta. Tom había visto ese nivel de fascinación antes cuando se trataba de su hermano. Una fan, definitivamente. Eso no cambiaba el hecho de que no le estaba gustando esta interacción.
—Sus fans quieren recibir más noticias de ustedes, Bill—, continuó la chica. —Últimamente tanto tú como tu hermano han estado ausentes de muchos eventos donde se les esperaba.
—Bueno, no hemos estado holgazaneando tampoco. No todo son luces y micrófonos, querida, tenemos una empresa qué dirigir. Pero no te preocupes, pronto tendrán noticias de nuestros planes futuros.
Tom, que no había dejado de ver a la chica, pudo notar un momento en que su cuerpo pequeño y delgado se tensó de golpe. Fue un cambio sutil, que nadie que no la estuviera observando fijamente hubiera notado, pero Tom pudo darse cuenta enseguida: hombros ligeramente más elevados que antes, un jadeo breve, los ojos más abiertos y alerta que antes. Tom no pudo evitar que sus sentidos se aguzaran ante el despliegue, pero a la distancia no encontró nada que justificara el cambio.
—Ah… Bill—, dijo la chica, mirándolo pasmada, pero Bill no pareció cambiar nada de su postura ni de su expresión, manteniendo la neutralidad tranquila de antes, y negó con la cabeza.
—No te preocupes, cariño, todo está bien. Esto no es asunto tuyo, ¿me entiendes?
La chica, aún en medio del pasmo, asintió lentamente, parpadeando muchas veces mientras Bill no dejaba de sonreír. Se inclinó para despedirse con un beso breve en la mejilla, y apenas Bill se separó la chica dio un paso hacia atrás como si algo le quemara.
Bill, aún con una enorme sonrisa en el rostro que gritaba “superestrella que sabe quién es”, continuó su camino hacia la entrada de la galería, y Tom lo siguió, no sin voltear brevemente a ver a la entrevistadora. La chica no se acercó a nadie más de las personas que iban entrando, y Tom se dio cuenta de que siguió a Bill con la mirada hasta que cruzaron la puerta.
Tom no supo cómo interpretar la interacción, hasta que entraron al recibidor de la galería, un lugar mucho más pequeño y cerrado. Y fue entonces que lo percibió: el aroma de Bill, a cedro y rosas, estaba tan concentrado y era tan denso que casi podía cortarse con un cuchillo, y ahora poco a poco inundaba el lugar. La periodista que lo entrevistó lo había sentido por la cercanía pero ahora, en el espacio cerrado, era mucho más evidente.
Tom miró cómo la gente a su alrededor volteaba a ver a Bill de golpe, probablemente sorprendidos de que un omega como él estuviera desplegando de una forma tan libre su aroma. Y mientras tanto Bill estaba ahí de pie, sonriendo para las cámaras, firmando autógrafos, y en general, comportándose como si tuviera todo bajo control. Y probablemente así era. Era muy posible que Bill tuviera todo bajo control, pero Tom no podía permitir que continuara así.
Se mantuvo alerta tanto como pudo, y cuando se adentraron más en la galería y no había ya gente prestandoles atención ni cámaras encima de ellos, tomó a Bill firmemente por la muñeca y comenzó a caminar.
— ¡Hey! Tom, ¿qué haces?— protestó Bill en un siseo furioso, pero Tom no le dio explicaciones. No lo soltó, y en cambio lo llevó con él a un baño cercano. Un hombre iba saliendo, Tom lo empujó hacia un lado y jaló a Bill al interior. Bill hizo un gruñido de fastidio y caminó más rápido al interior, quizás para evitar que la gente alrededor los viera. Ignoró su molestia, aunque el aroma concentrado de Bill se iba haciendo mucho más amargo conforme pasaban los segundos. Tom aseguró la puerta por dentro y se dio la vuelta para encarar a Bill con el pecho oprimido de terror y furia.
—¿Qué demonios crees que hacías allá? ¿Por qué permitiste que tu aroma se sintiera de ese modo?
Bill lo miró sin impresión. Hizo un gesto de fastidio poniendo los ojos en blanco, se dio la vuelta hacia el lavamanos, se miró en el espejo y comenzó a acomodarse el cabello, ignorándolo deliberadamente:
—No entiendo porqué te molestas tanto, Tom. Estaba haciendo justamente lo que me dijiste—, volvió a darse la vuelta hacia él y se le plantó enfrente para ahora mirarlo a los ojos. Tom no contestó en seguida. Se daba cuenta de que Bill lo estaba provocando así que decidió no darle el gusto. Al notar que Tom no diría nada, el rostro de Bill cambió a una mueca de frustración, frunciendo los labios. —Querías poder percibir mi aroma, pues no me puse perfume y lo dejé salir. Para que sigas mi rastro como tú quieras, mi Sol.
La falsa dulzura en las palabras de Bill funcionaron como un interruptor en el alfa. Tom tuvo que gobernarse como nunca antes lo había hecho, probablemente. El comportamiento de Bill simplemente no le hacía ningún sentido: él sabía que estaban vulnerables, con el Eclipse detenido por el momento, tenían apenas un par de guardaespaldas confiables a su servicio, mucho qué perder en cuanto a tiempo y recursos, ¡y él se estaba poniendo al frente como una presa fácil!
Tom se mordió la lengua y apretó los puños sin querer. Bill se mantuvo inmóvil frente a él.
—Tú sabes perfectamente que esta no era mi intención. ¿Qué mensaje crees que le das a las personas que se den cuenta de que el aroma viene de ti?
La expresión de Bill se relajó, pero no de una forma que le diera a Tom el más mínimo alivio. Abrió mucho los ojos, haciéndolos parecer redondos y enormes, y entreabrió los labios, insistiendo en esa falsa inocencia que sabía a veneno:
—No lo sé, Tomi, tú dime. ¿Qué mensaje le estoy dando a la gente, eh? ¿Qué pondrán mañana en los titulares?
—Los titulares no son el único problema, Bill.
Bill alzó una ceja, aún mirando a Tom. Cuando Tom no habló, Bill volvió a voltear hacia el espejo. Sacó una brocha y un polvo compacto de su bolso, y comenzó a pasar la brocha sobre sus mejillas y su frente en pequeños toques. Tom lo observó en silencio mientras Bill lo ignoraba categóricamente.
Después de un minuto sin que ninguno de los dos dijera palabra, Bill lo miró a través del reflejo y soltó una risa sin humor.
—Si ni siquiera puedes nombrarlo, no sé por qué crees que tienes derecho alguno a quejarte. Déjame en paz, Tom. Limítate a cuidarme si a eso viniste pero al menos deja de contradecirte.
&
“Gran inauguración de Schütz en el Bávaro; Bill Kaulitz canta al desamor envuelto en moda y un detalle imposible de ignorar”.
“El enigmático amor de Bill Kaulitz, ¿interesado en un alfa? su aroma lo delata”.
“Expertos opinan: un omega de alto perfil que deja salir su aroma en un evento público lo hace porque tiene un objetivo claro (léelo todo, link en bio)”.
“¿Su hermano es la causa? Tensión entre los gemelos Kaulitz en un evento de arte- todos los detalles aquí”.
El silencio inundaba la sala de controles, donde Georg no había tenido piedad alguna al proyectar todo lo que había encontrado, en muy pocas horas, en los monitores.
Para pesadilla del beta, los titulares habían sido implacables. Y por supuesto, también habían aparecido ya videos con compilaciones de momentos de la gala con música de fondo, recortes y momentos seleccionados para hacer aún más evidente el hecho de que para nadie fue secreto aquella noche que Bill estaba, muy a propósito, permitiendo que su aroma se sintiera.
Georg tenía los ojos cerrados, y se masajeaba el entrecejo con los dedos tratando de no decir nada por el momento, aunque se notaba a leguas que se moría por hacerlo. Su respiración, lenta y pesada, se escuchaba en toda la habitación. Bill estaba sentado frente a los monitores con los brazos cruzados, con la cabeza hacia un lado sin permitir que sus ojos se dirigieran hacia el beta.
Tom estaba al fondo del cuarto, de pie con la espalda contra la pared y las manos en los bolsillos, mirando fijamente hacia las pantallas.
Gustav se sentía en medio de la escena como un espectador incómodo: estaba parado detrás de Bill con las manos en la cintura, esperando una explosión, aunque no sabía de quién de los otros tres iba a venir.
Una vez que el collage de titulares y videos de Georg concluyó, Tom fue quien rompió el silencio, aunque no como Gustav esperaba:
—Georg, ¿cuáles son las opciones?—, preguntó en un tono bajo, sin inflexiones. Georg dejó ir la tensión de los hombros con un suspiro de resignación mientras se frotaba el rostro con una mano, terminando por cubrirse la boca antes de contestar con la voz ahogada entre los dedos:
—Puedo contactar a los periodistas y ofrecerles algo de dinero para que bajen sus publicaciones. No todas, sería sospechoso. Quizás las más escandalosas, como esa que te implica a ti—, contestó de forma calculada, y Gustav entendió sin problema que tenía una intención detrás. Tom sin embargo, no contestó nada a eso. Georg continuó: —y Bill, si no puedes controlar tu aroma, le podemos decir al médico que te ajuste una dosis leve de supresores, para que la tomes lo más pronto posible.
Gustav se mordió los labios y apenas agachó un poco la mirada para poder observar la reacción de Bill. Predeciblemente, el omega se tensó un poco, como si se pusiera en guardia, y levantó la mirada hacia Georg.
—Están exagerando—, protestó en una voz que pretendía sonar despreocupada y altiva ajustando la pose: cruzó las piernas, colocó firmemente las manos en sus rodillas y enumeró:— asistí a un evento mediático, canté en vivo y la gente está hablando de mí, así funciona esto.
—Nadie está hablando de tu canto, Bill—, gruñó Tom desde la pared de atrás. Ante su intervención, Bill al parecer olvidó cualquier otra cosa que fuera a decir y guardó silencio. Gustav mantuvo la cuenta en su mente: la falta de protesta implicaba que Bill sabía que algo había salido realmente mal la noche anterior.
—¿Se te ocurre otra opción, Bill?—, insistió Georg entonces, como si ninguno de los gemelos hubiera dicho nada. Finalmente, Bill volvió a apartar la mirada de él.
—No será necesario. No volverá a pasar.
Georg asintió un par de veces, luciendo no muy convencido, y levantó la cabeza para intercambiar una mirada con Tom. Gustav entendió que en esta reunión, Georg había dicho todo lo que Tom no había podido o querido decir. Tenía que admitir que esa había sido una decisión buena, de quien hubiera sido.
La noche anterior, después de la inauguración, los gemelos no habían vuelto a Charlottenburg. Gustav los había escoltado hacia la mansión, intrigado porque no hubieran preferido el departamento, pero no preguntó nada. Al bajar de los autos los acompañó al interior de la mansión, donde Bill desapareció escaleras arriba como un tornado sin dirigirle la palabra ni a él ni a Tom.
Gustav había percibido la nube de su aroma desatada sin el mayor cuidado, y para ser honesto, le había sorprendido bastante la calma que Tom había mantenido, sobre todo si esto había sido la constante durante el resto de la noche. Si Gustav, un beta entrenado que se mantenía perfectamente neutral hacia estímulos provenientes de alfas y omegas lo había percibido tan fuertemente, no podía imaginarse cómo habían reaccionado los demás asistentes a la galería.
Tom se había quedado de pie en la escalera, con una mano en el barandal y la otra en la cintura mirando hacia el suelo. Después de un minuto, había levantado la vista hacia Gustav.
—A dormir, Gustav. Mañana a primera hora iremos al búnker.
Y así habían hecho. A pesar de tener apenas unas horas de sueño encima habían salido de la mansión rápido y en silencio. Un sospechoso y pesado silencio, en el que no hubo comentarios ni bromas (ni siquiera crueles) entre los gemelos. El ambiente se había sentido, a falta de una mejor palabra, hostil.
En el camino Bill, vestido con una armadura de seda italiana negra que caía de sus hombros suavemente, había estado mordiéndose una uña mientras miraba hacia afuera por la ventana del auto. Una vez que estuvieron en el búnker, Georg los había recibido con cara de no haber dormido en lo absoluto, lo que se traducía a un marco rojo e irritado alrededor de sus ojos verdosos, y después de haber visto los titulares y escuchar el plan de contención, Gustav podía entender por qué.
Esa tarde, después de un día de trabajo tenso y sin tregua, los gemelos subieron al auto de Tom, y Tom dejó dicho que pasarían la noche en Charlottenburg. A estas alturas, Gustav sabía que esa era la clave para hacerles entender que no querían ser molestados ni por equivocación. Se preguntó con un cierto humor cínico si tendría que dividir las escoltas para cada uno de ellos si era que Bill terminaba echando a Tom a patadas del departamento esa noche.
&
El regreso a Charlottenburg fue tan silencioso como el viaje al búnker había sido en la mañana, pero esta vez, la carga que se sentía en el ambiente que rodeaba a Bill y a Tom no era de hostilidad como en la mañana, sino de una anticipación abrumadora que casi dejaba a Tom sin respirar. Ambos sabían perfectamente, y Tom creía firmemente que sí, ambos lo sabían, no podían quedarse sin resolver lo que había ocurrido.
Llegaron al edificio y subieron por las escaleras en un acuerdo implícito de evitarse la incomodidad de estar encerrados dos minutos juntos en el pequeño y destartalado ascensor.
Una vez que estuvieron en el departamento y todas las medidas de seguridad que Gustav había instalado quedaron desactivadas, Bill no dijo nada. Se metió en su habitación como un rayo y cerró la puerta tras él sin voltear, en ningún momento, a ver a Tom.
Tom no lo llamó. Sabía lo que les esperaba y también confiaba en que su hermano lo entendía tan bien como él: no podían dejar el asunto nada más así y portarse como si no hubiera pasado nada. Mientras esperaba, fue a la cocineta y bebió un vaso de agua fría de un solo trago. El cambio brusco de temperatura le provocó un dolor fuerte en frente y en las sienes que lo hizo gruñir bajo y apretar los ojos. Apoyó las manos en la mesa, dejó caer la cabeza un poco y esperó a que disminuyera el dolor.
&
Después de eso, Tom se fue a sentar a uno de los sillones de la sala de estar, y no tuvo que esperar mucho tiempo.
Después de unos diez minutos, Bill salió de la habitación a paso lento. Parecía estar mucho más tranquilo que antes: se había quitado los tacones y el traje de seda, y se había puesto unos pantalones deportivos sueltos y una camiseta vieja, una de esas que mantenía en su nido y que en algún punto había sido de Tom. Caía sobre sus hombros como una cortina enorme. Su cuerpo esbelto se perdía entre tanta tela, y sus codos y sus rodillas se veían puntiagudos debajo, como un muñeco hecho de palillos.
Tom lo observó sin decir nada, solo esperó mientras su hermano se quedaba de pie en el marco de la puerta de su habitación. Al ver que Tom no iba a hablarle aún, Bill caminó a pasos rápidos y se sentó a su lado en el enorme sillón de la sala de estar, recogiendo y abrazando sus rodillas. Una vez acomodado a su lado no lo miró, y Tom tampoco buscó su mirada.
Al menos no al principio. Llegó un momento en el que el silencio simplemente ya no era soportable.
—Bien, Bill. Te escucho.
—No sé de qué hablas.
Tom no se inmutó. Sabía que sería difícil abrir la conversación, y sobre todo, que Bill contestara sus preguntas sin alterarse. De todas formas lo intentó, aunque en realidad no pudo mantener la calma por mucho tiempo:
—Déjame refrescarte la memoria entonces—, comenzó tranquilo, pero poco a poco comenzaba a sentirse más molesto a medida que hablaba, y se fue reflejando en la dureza que su tono iba adquiriendo. No lo podía evitar—. Tú sabes perfectamente que estos días nuestra seguridad, especialmente la tuya, está comprometida.
Esperó un momento para ver si había reacción alguna de parte de Bill, pero Bill siguió sin moverse, mirando neciamente hacia el suelo. Así que Tom, frustrado, continuó:
—Ayer en la inauguración dejaste salir tu aroma tan fuerte que todo el mundo se dio cuenta, y ahora todos los tabloides de Alemania se preguntan activamente a qué alfa estás cazando—. Hizo una pausa, pero Bill se mantuvo en silencio. — Bill, date cuenta de la gravedad del asunto, incluso se atrevieron a insinuar que yo soy el alfa por el cual te expusiste. ¿Necesitas más para entender porqué es algo tan grave?
Bill echó la cabeza hacia atrás y dejó salir un gruñido de fastidio, aunque ambos sabían que ya le era demasiado difícil sostener la pose defensiva de antes.
—A mi me parece ridículo. Tú y Georg son los que están haciendo drama, los tabloides siempre hablarán—, seguía abrazando sus rodillas. Volteó la cabeza a un lado y bajó ligeramente la voz, como si no quisiera que Tom lo escuchara. —Soy un omega adulto y puedo hacer lo que yo quiera con mis malditas feromonas.
—Bill, tú y yo sabemos que no fue un asunto tan simple,—defendió Tom, ahora sí, levantando la voz por la exasperación—, además, cambiaste por completo el tono luego de que te pedí que no te pusieras perfume. Así que más vale que me digas qué es lo que está pasando porque esto tiene que resolverse ya.
Tom guardó silencio entonces, esperando por una respuesta.
Bill no levantó la mirada a su rostro, pero cuando lo hizo, lucía mucho menos seguro de lo que Tom esperaba. Tenía las comisuras de los labios hacia abajo y su barbilla temblaba levemente aunque sus ojos seguían furiosos. A Tom le dio la impresión de que estaba conteniendo con todas sus fuerzas de gritar o llorar.
—Es que no termino de comprenderte, Tom—, dijo finalmente, en tono de reclamo—. Y todo el tiempo, tú solo me confundes más y más…
Después de decir esto, la expresión de Bill de pronto cambió por completo, como si hubiera perdido las fuerzas de repente. Lucía tan… desolado, que Tom dejó ir, casi sin querer, un poco de su propia agresión. Haciendo un esfuerzo enorme por soltar un poco la tensión en el cuerpo, pasando de molesto a preocupado en un segundo.
—¿Por qué, Bill? ¿Qué se supone que hice?
Al parecer, aquello era lo peor que Tom pudo haberle dicho a Bill en ese momento, porque en respuesta, Bill frunció el ceño y su expresión se tornó… afilada. Como la de un animal en plena caza. Todo su rostro se contrajo en una mueca, hasta sus ojos parecieron cambiar de forma de un momento a otro:
—¿Qué acaso te lo tengo que explicar punto por punto?
—Sí, Bill, me tienes que explicar, porque según recuerdo, yo no te he hecho nada…
—¡Tom!— le interrumpió con urgencia,— ¿En serio no te das cuenta de lo que me has estado haciendo?
Esto le dio una pausa tan brusca a Tom que simplemente no pudo conectar los puntos, por más que al parecer de Bill la respuesta fuera obvia. La acusación sonaba grave cuando Bill la decía así, con una mezcla de enojo y vulnerabilidad que le hizo a Tom recordar a un animal pequeño que lucha con todas sus fuerzas para salvar su vida. Bill se veía más alterado conforme pasaban los segundos. Su rostro se estaba poniendo rojo, su mandíbula tensa. Sus manos temblaban y sus ojos se veían encendidos. Y sólo pareció molestarse más al ver que Tom no contestaba a su pregunta, aunque para ser justos, Tom no tenía ninguna respuesta, y fingir que sí quizás hubiera hecho que las cosas fueran peores a ojos de su hermano.
Pero quizás de todas maneras nada lo hubiera preparado para la explicación que Bill se dignó a darle:
—¡Me has estado cortejando, Tom!
—…¿Qué?
Las palabras hicieron que el cerebro de Tom entrara de golpe en corto-circuito. Todo se redujo, al menos por unos segundos, a ruido blanco en sus oídos y sombras frente a sus ojos. Pero por supuesto, su hermano omega no permitiría nunca que Tom se diera el lujo de desconectarse de una exigencia tan urgente.
De nuevo, el rostro de Bill hizo algo que le dijo a Tom que todo estaba simplemente mal. Bill bajó las piernas del sillón y volteó su cuerpo hacia él, ahora mirándolo prácticamente de frente, inclinándose hacia adelante sin dejarle escapatoria.
—¡No te hagas el tonto ahora, tú lo sabes! ¡Sabes perfectamente que lo has estado haciendo! ¡Me estás cortejando, y ahora te niegas a hacerte responsable!
—Bill, ¿te das cuenta de lo que estás diciendo?
En este punto, Tom sentía que su cerebro simplemente se había apagado. Intentó buscar algo, una frase, una explicación, una pregunta; cualquier cosa que hiciera que las palabras de Bill se le borraran de la mente, pero no era capaz de encontrar absolutamente nada. Estaba completamente a merced de la furia de Bill y de su propio, frío y despiadado terror.
—Sí, y no me voy a retractar—, continuó Bill, sin piedad alguna por lo que estaba haciendo con su hermano, si es que se daba cuenta en lo absoluto—. Tú sabes bien que es cierto, me has estado cortejando. Me cuidaste en mi anidamiento, ¡Me compraste un nido nuevo! Me das tu ropa, me cocinas, me consuelas, ¡me proteges! Y luego… ¡y luego me pides que no use perfume! ¡Quieres mi aroma, pero eres muy cobarde para pedirlo directamente!
Tom negó con la cabeza varias veces. Le estaba costando trabajo creer en lo que estaba oyendo. ¿Bill hablaba en serio?
Después de todas las dificultades que habían tenido, después de toda una vida cuidándose las espaldas…. después de años de ajustar sus cuerpos a la normalidad que se esperaba de ellos…
¿Iba Bill a tirar a la basura todo el cuidado que Tom había puesto en que nadie los pudiera tocar? ¿En que nadie los cuestionara a ellos o a su vínculo?
—Bill cálmate y escúchame. No puedes decir que te estoy cortejando. Soy tu hermano.
Después de que Tom dijera esto, Bill no contestó en seguida. Lo miró entonces, de frente, inamovible. Sus ojos cafés, que Tom había tenido tantas veces sobre él, ahora lo acusaban sin piedad.
—Sí, eres mi hermano. Pero también eres mi alfa. Siempre lo has sido.
Una vez más, Tom no supo qué contestar a la acusación.
Era la primera vez que su hermano decía algo así acerca de su relación, tan explícitamente. En el pasado, jugando con la prensa y con sus fans, Bill se había atrevido a hacer toda clase de insinuaciones juguetonas. El mundo los veía como una curiosidad: los gemelos absurdamente unidos que parecían no poder vivir uno sin el otro.
Y en cierto modo era realidad; la conexión que compartían había sido poderosa desde que ellos podían recordar: nunca habían tenido ningún problema para entenderse, se regulaban mutuamente, y el cariño que habían tenido siempre había sido puro y pleno. El primer recuerdo que Tom tenía, de toda su vida, era estar con Bill, una madrugada, ambos enredados bajo una manta para alejar el frío, usando ropas delgadas insuficientes y la nariz de Bill respirando húmedo contra su clavícula. Ese recuerdo incluía no solo frío, también hambre y la lejana certeza de que pronto tendría que salir a la calle a buscar algo de comer, y el peso cálido de Bill en sus brazos haciendo pequeños sonidos en el sueño.
Tom y Bill siempre habían sido una unidad. Así funcionaba, simple y sencillamente.
Pero esto… lo que Bill estaba diciendo, no podía ser.
—Bill… escúchame. Las cosas… no son así. No pueden ser así. Ni tú ni yo queremos lo que tú estás diciendo, créeme.
La expresión de Bill se suavizó, apenas ligeramente. No dejó de mirarlo, pero su rostro pareció darse por vencido. La furia casi salvaje de antes se transformó de pronto en una tristeza que guardaba varias capas de enojo, frustración, rabia herida, y Tom solo podía sentir que quería que las cosas se arreglaran de algún modo, quería borrar la sola idea de la mente de su hermano, regresar el tiempo un día atrás y no mencionar nada del aroma de Bill ni de ningún estúpido perfume y cancelar la maldita inauguración así Bill dejara de hablarle por una semana. Era muy tarde para lamentarse por eso y Tom lo sabía. Pero era que no se le ocurría modo alguno en que pudieran salir de esto enteros. Era terrorífico.
—¿Qué cosas Tom?—exigió Bill entonces, casi suplicante,— ¿Qué es lo que no puede ser así? ¡Habla claro por una vez! ¡Admite lo que has estado haciendo!
Tom entendió que no podía contestar igual. Si quería arreglar las cosas con Bill, y si quería cortar el problema antes de que se hiciera peor. Aunque les doliera… todo tenía que aclararse ahí mismo.
—Bill… mírame, Luna, por favor. Intenta entenderme.
A Bill le temblaron los labios. Cerró los ojos, y no se resistió cuando Tom le sujetó la mano entre las suyas y le acarició los dedos.
—Billi, te amo y lo sabes bien, ¿cierto? ¿Sabes que nunca te lastimaría?
Bill tardó, pero Tom no podía dejar esa pregunta sin respuesta. Así que le apretó los dedos con los suyos y le dio un jalón suave a su mano, llamándolo con paciencia, y Bill finalmente asintió sin abrir los ojos. Tom observó mientras sus pestañas comenzaban a brillar con pequeñas lágrimas.
—Y siempre te voy a amar, mi Luna. Eres la razón por la cual he resistido todos estos años. Pero como tu hermano… como tu alfa fraterno, debo cuidar de ti hasta que llegue… el alfa indicado para ti. Alguien que te ame y te de todo lo que necesitas.
—Nadie va a venir a llenar ese puesto. Te tengo a ti—, insistió Bill firmemente, abriendo los ojos y clavando su mirada en la de su hermano. Tom negó con la cabeza y bajó la mirada. Ahora fue él quien cerró los ojos.
A veces deseaba que la vida fuera más sencilla, como cuando eran niños. O como cuando eran adolescentes, antes de que llegaran Georg y Gustav y les hicieran ver el espejo de lo que les esperaba en la realidad, en el mundo legal, allá afuera.
En ese tiempo, amar a Bill era sencillo. Era tan fácil como dormir a su lado todas las noches con él recostado en su pecho, hundir la nariz en su cuello para monitorear cómo estaba solo con sentir su aroma. Era enredarse en el sofá-cama a ver una película en una laptop vieja, llenarse los rostros de besos solo por el gusto y el alivio de sentirse. Eran niños. No sabían nada del mundo fuera de un sindicato, o de la vida bajo un puente. Nadie les había dicho que amarse estaba mal hasta que Gustav y Georg los enfrentaron con las expectativas sociales que ellos ni siquiera esperaban que existieran.
Ese mundo sencillo ya no existía. Dejó de existir cuando comprendieron que la cercanía que tenían era peligrosa. O al menos, Tom había pensado que ambos lo habían entendido… no se explicaba porqué Bill los arriesgaba de este modo ahora.
No podía dejarlo solo con el dolor, y lo sabía. Pero al mismo tiempo, no podía permitir que la herida se hiciera más grande. Así la única forma de detenerla fuera cauterizarla.
—Siempre me vas a tener, Bill. Pero solo como tu alfa fraterno. Algún día… pondré tu mano en la del alfa que te ame y te pueda hacer feliz. Hasta entonces, tú sabes que todo es tuyo, incluyéndome.
—¿De qué me sirve?— protestó Bill en una exigencia desesperada—, si tu plan es quitármelo todo en cuanto creas que encontré a alguien… ¿qué seré entonces para ti? ¡¿Qué de todo lo que clamas que es mío seguirá siendo mio en verdad?! Mejor hazte a la idea de que no va a pasar, Tom Kaulitz. Yo no pienso renunciar a lo que me pertenece.
A pesar de la fiereza de su voz, era evidente por el temblor en aquellas últimas palabras que Bill estaba descompuesto. Tom lo rodeó con sus brazos y lo atrajo hacia sí, aun cuando Bill se resistió a su abrazo. Finalmente consiguió hacerlo ceder, cayendo Bill con las rodillas sobre sus muslos, presionando dolorosamente, pero Tom ignoró el dolor y lo estrechó aún más fuerte.
—No me lo hagas más difícil, por favor Bill.
Bill, desmadejándose como un muñeco de trapo, se dejó ir finalmente encima de él, y lloró contra su hombro.
Se encogió contra Tom, protegido entre los brazos de su hermano, o por lo menos eso parecía buscar. Tom no dijo nada, solo lo envolvió más fuerte y lo dejó llorar.
Lo más extraño era… que la sorpresa de Tom había venido no de lo que creía Bill de su relación sino del hecho de que su hermano pudiera externarlo así nada más, sin miramientos, como si fuera algo sobre lo que ellos pudieran actuar sin consecuencia.
Y él… se sentía culpable. Se sentía culpable al pensar que él mismo podría haber sido la causa de que Bill tuviera una visión tan distorsionada de lo que ellos debían ser. No podía volver a permitir tal cosa.
Cuando se calmó y se separó lo suficiente para mirar su rostro, Bill le acarició a Tom la mejilla con una sonrisa resignada.
—Mi Sol… si así son las cosas entonces está bien. Si eso te va a permitir estar tranquilo… ¿quien soy yo para exigirte así?
Parecía mucho más tranquilo, pero Tom se dio cuenta de que en ese momento Bill se apagó. Se dijo a sí mismo que era lo mejor. No había otra manera de atravesar por esto, salvo de frente.
—Pide algo de cenar, Tom—, Bill se soltó de él, puso distancia, y volteó el rostro ahcia un lado secándose las lágrimas,—muero de hambre.
Tom obedeció.
&
En la mañana, el chófer enviado por Gustav recogió a Bill en Charlottenburg y lo llevó al búnker. Mientras avanzaban por la carretera desierta, Bill miraba por la ventanilla pensando en la “conversación” de la noche anterior.
A pesar de que había querido detenerse a tiempo para no lastimar a Tom, no había podido dormir en casi toda la noche pensando, ¿a qué precio había vendido su rendición?
Tom, como siempre, había tomado una decisión sin preguntarle creyendo que lo protegía de algo, sin tomar en cuenta lo que sentía y lo que deseaba, ni siquiera dignarse a entender que Bill no quería ser protegido absolutamente de nada. Y en ese momento Bill era el único que estaba sufriendo por las consecuencias. Tom podía seguir viviendo su vida diciéndose que lo había hecho todo bien, que era el perfecto maldito alfa fraterno que protegía a su hermano caprichoso, y el mundo seguía girando como a él le gustaba que lo hiciera.
Y lo peor era que Bill sabía que cualquiera le daría la razón a él. Sin importar lo que Bill hiciera o dijera, Tom siempre encontraría la manera de ser el responsable, el inteligente, el razonable.
Bill podía decirle la verdad en su cara y de alguna manera, al final, Tom tendría la razón, incluso si eso implicaba negar todo lo que los unía.
Al llegar al búnker, Bill bajó del auto y se dirigió a la oficina de Tom. Dejó sus cosas junto al escritorio y se sentó en el sofá-cama para quitarse los tacones y ponerse zapatillas deportivas. Se sujetó el cabello, se miró una última vez al espejo procurando no verse demasiado rojo ni hinchado. Se masajeó las mejillas, se aplicó rubor con los dedos, y bebió agua de una botella que llevaba con él.
Luego de prepararse física y mentalmente, fue a buscar a Gustav.
&
—No es nada que no hayas hecho antes, Bill—, Gustav le extendió una tablet y Bill pudo observar el programa donde se guardaban los perfiles médicos, psicológicos y operativos de los agentes que trabajaban para ellos—, los filtros biológicos ya hicieron su trabajo y los perfiles psicológicos también purgaron un poco la plantilla.
—¿Cuántos, Gustav?—, preguntó Bill entonces, levantando la mirada hacia el beta. Gustav dejó salir un bufido.
—Trece. Pero ninguno tiene antecedentes que indiquen infiltración: mentían sobre su segundo género o alguna otra cosa, pero ya sabes cómo es esto. No nos podíamos arriesgar. De todos modos, tu hermano quiere interrogarlos a detalle a todos.
Bill asintió sin emoción. Revisó los perfiles en silencio.
—Bien. Me entrevistaré con ellos. Cinco minutos cada uno…
Gustav se había quedado pensativo. A Bill no le gustó, y al parecer tenía razón en sospechar que algo no iba bien, porque Gustav dejó salir el aire como si de pronto hubiera caído en cuenta de algo:
—Bill, lo estuve pensando y creo que el plan que teníamos al principio no es tan viable como lo planteamos. Tom tiene razón en preocuparse por tu seguridad y yo honestamente… uh… creo solo le di la contraria para que se calmara y me dejara trabajar.
Bill no respondió. Sus manos presionaron con más fuerza los bordes de la tablet, pero trató de no hacerlo notar.
Siguió mirando los perfiles como si no hubiera escuchado a Gustav, pero aquello le había dolido. No solo era Tom entonces, también Gustav dudaba de él, de su capacidad… de su fortaleza. De su lugar en el Eclipse. Ahora también Gustav creía que podía tomar decisiones por él, como si realmente fuera su lugar protegerlo, como si Bill no tuviera esa capacidad por sí mismo.
—No hay razón para cambiar los planes—lo interrumpió antes de que volviera a hablar, porque pronto fue obvio que Gustav iba a decir algo más y Bill no iba a permitirlo seguir por ese camino—. Puedo hacerlo y lo sabes.
—Bill, no es que dude de tu capacidad, sí es algo peligroso—, Gustav se cruzó de brazos incómodamente. Daba la impresión de que hubiera preferido estar en cualquier otra parte—, si hay alguien entre ellos que esté buscando hacerte daño, te pondremos en el lugar exacto para un ataque.
—He estado en peligro antes, ustedes estarán para protegerme, estamos haciendo esto por el sindicato—, Bill trató de ser firme sin perder la calma, lo cual estaba siendo demasiado difícil—. Yo soy parte de esto tanto como ustedes, Gustav, no te atrevas a decirme que no puedo intervenir.
—No estoy insinuando que no seas parte, es que si no es necesario no veo la necesidad de exponerte. Créeme Bill, haría exactamente lo mismo por Georg—, Bill miró de reojo cuando Gustav se acercó un poco para hablarle en voz un poco más baja. Como si eso fuera a hacerlo bajar la guardia —. En cuanto a los agentes, ya conoces a la mayoría. Solo tienes que presentarte en la cámara de interrogación e intercambiar algunas palabras para ver si hay cambios fisiológicos, sin provocaciones…
—Un agente entrenado para infiltrarse no mostrará cambios fisiológicos en el sistema con una simple plática—, interrumpió el omega entonces, con una calma que no sentía, mucho menos después de que Gustav lo subestimara de ese modo—, si lo que queremos es detectar cualquier hostilidad hacia mi, hay que darles la oportunidad de demostrarla.
Gustav torció los labios ligeramente y se quedó en silencio un momento antes de replicar:
—Misma protesta. Un agente entrenado no reaccionará ante un omega en un ambiente controlado a sabiendas que lo están observando.
Bueno, al menos estaba siendo profesional al respecto. Bill volteó hacia él y lo miró a los ojos con determinación.
—Lo harán si yo los provoco. Todos tienen algún punto débil, solo tengo que encontrarlo.
Gustav no contestó nada. Solo permaneció quieto observando a Bill, a sabiendas de que si él quería hacer algo no podría hacerlo cambiar de parecer. Pero su seguridad era importante, así que Gustav tenía muy claro que debía hacer algo al respecto. De modo que se rindió, pero expresó sus condiciones sin titubear:
—De acuerdo, si crees que puedes hacerlo, adelante. Pero vas a hacer un protocolo con un guión, y yo lo voy a revisar. Suficiente tengo con los nervios de tu hermano, Bill, no quiero más dramas.
Bill no dijo nada, sintió que no había necesidad. Se envió el documento desde la tablet de Gustav y salió de su oficina sin volver a dirigirle la palabra.
&
Y así, Bill pasó el resto del día en la oficina de Tom, en su computadora, escribiendo un protocolo de casi cincuenta páginas de cómo iba a provocar estratégicamente a los agentes betas y alfas que quedaban luego de la purga previamente orquestada por Gustav. Encontraba divertido, en una forma extraña, tener que documentar estrategias que había usado en el pasado sin cuidado ni autorización de ninguna clase. Nunca había sido necesario antes, y algunas de esas técnicas se sentían mucho más ridículas plasmadas con palabras pseudoprofesionales en un documento que cuando las usaba en la vida real.
-Si el alfa muestra interés sexual… dependiendo de la situación… opción A…. opción B… si alguien del equipo se encuentra cerca…
-Los betas tienen aroma neutral y menos sensibilidad biológica a los omegas… ataques a la autoestima enfocados en la diferencia de castas…
-En caso de amenaza física… feromonas de alerta… activar botón de pánico…
En sus momentos de hartazgo, abría y cerraba carpetas de la computadora de su hermano a sabiendas de que no había nada ahí que no fueran documentos del sindicato a los cuáles él mismo también tenía acceso. Se trataba de una herramienta de trabajo completamente impersonal, no había fotografías ni música, y Tom tenía restringido el uso de internet a ciertas redes y buscadores encriptados para proteger su información y la del sindicato.
A Bill sin embargo, en su aburrimiento se le ocurrió usar la función de “mostrar elementos ocultos”, y para su sorpresa, ya que no había esperado encontrar nada, una carpeta apareció.
Le pareció raro que Tom tuviera una carpeta oculta en su computadora. En teoría, todo lo que él tenía podía ser accedido por Bill y por Georg por cuestiones de seguridad administrativa. La carpeta solo tenía un número, “0620” como título. Bill trató de descifrarlo. ¿Una fecha? ¿Un código numérico?
Supuso que si quería entender lo que significaba tendría que ver el contenido.
La abrió. En el interior, había un solo documento en formato pdf, con el nombre “SSB”. Como siglas, aquellas letras no le dijeron nada a Bill. Pero su curiosidad ya estaba más que picada y estaba molesto con Tom, así que respetar su privacidad no estaba en el top de sus prioridades en ese momento. Abrió el documento y leyó.
Y conforme leía, más y más sus ojos buscaban comerse las letras y entender la magnitud de aquello, y llegar al fondo.
Cuando terminó de leer, se quedó mirando el monitor, inmóvil, sintiendo que su barbilla temblaba un poco. Tardó unos minutos en reponerse del todo.
Cuando lo hizo, buscó su celular y escribió un mensaje para Tom.
No vayas a Charlottenburg esta noche.
Duerme en la mansión, o en el búnker.
O en donde quieras.
&
Tom llevaba tres días sin dormir bien. No era como que necesitara estar en Charlottenburg para dormir, eso habría sido absurdo. El problema real era que no había ido a Charlottenburg porque Bill se lo pidió.
Y al Bill pedirle algo así, Tom no había podido evitar el sentirse… expulsado.
En estos días Tom solo había visto a Bill en el búnker, y muy poco. Él y Gustav habían estado afinando las cosas para aquél último filtro de seguridad. Si iba a la sala de controles los veía haciendo correcciones a un documento y discutiendo sobre los cambios que uno o el otro consideraban necesarios. Tom había decidido no intervenir pues cada uno se estaba encargando de lo suyo: Gustav, la seguridad, Bill, el control de la narrativa.
Y Bill no había sido descortés ni grosero. De hecho, había sido ejemplar en su comportamiento.
Cada cierta cantidad de horas se asomaba en su oficina, le preguntaba si necesitaba algo, le acercaba un café, le preguntaba su opinión sobre algo, le pedía su firma si la necesitaba.
Pero Tom sabía que desde aquella noche de discusión algo había cambiado. Bill estaba, evidentemente, gobernando su aroma en presencia de él. No pasaba tanto tiempo con él como normalmente lo hacía ni se acercaba con comentarios o preguntas triviales para pasar el rato.
Y Tom lo extrañaba. Extrañaba esa cercanía, la capacidad de estar juntos sin que aparentemente hubiera barreras de tiempo, espacio o utilidad. Quería decirle a Bill que viniera a trabajar a su oficina un rato, que encendiera la calefacción si quería, que ordenaran una pizza o hamburguesas, que pusieran música. Pero no lo hizo porque sabía que sería absurdo, sería completamente ridículo que fuera él quien le pidiera a Bill explicaciones o su regreso a Charlottenburg o siquiera un pequeño atisbo de cercanía siendo que fue él mismo quien puso la distancia para empezar.
Gustav le avisó del inicio del último filtro la mañana siguiente, y le entregó el protocolo que él y Bill habían estado afinando, terminado y aparentemente sin problema alguno.
—Revísalo de todas formas, quiero que estés tranquilo mañana o no te quiero en la sala de interrogatorio, ¿comprendes?
Tom soltó una risa sin querer.
—No puedes echarme de mis propias instalaciones, Herr Schäfer.
Pero Gustav no estaba riendo. Había dejado caer el folder con las hojas impresas sobre el escritorio de Tom, y ahora lo miraba desde el otro lado con una seriedad pesada.
—Hablo en serio, Tom. No sé qué demonios le hiciste a Bill. Pero si te portas como un imbécil durante los interrogatorios te sacaré de ahí a patadas si tengo que hacerlo.
Este comentario hizo que Tom mirara a Gustav, porque francamente no entendía a qué había venido. Pero a su parecer, esto solo podía significar que Gustav sabía o por lo menos había visto algo que no le había gustado con respecto a Bill.
—Gustav. ¿De qué hablas?
Gustav no contestó en seguida. Solo miró los papeles en el escritorio de Tom y negó con la cabeza.
—Bill no me ha dicho nada pero lo conozco tan bien como a ti. Ustedes dos son incapaces de arreglar las cosas como personas normales… bien, eso es de ustedes. Pero por favor, si pueden evitar explosiones en mi área de trabajo preferiría mantenerlo así, gracias.
Tom no supo qué contestar a estas palabras tan amargas por parte de Gustav.
Esa noche se quedó hasta tarde revisando el protocolo y durmió en el búnker.
&
Bill trataba de mantenerse atento, pero su mente a estas alturas estaba en otra parte. Era el tercer día de filtros y la situación había sido mucho más aburrida de lo que él pensaba que sería. Quizás Gustav había tenido razón. No por la parte de mantenerse a salvo, seguía pensando que eso era una tontería. Más bien por el hecho de que Bill sinceramente no veía que alguna de estas interacciones estuviera revelando algo particularmente interesante.
Los agentes con los que se había entrevistado habían sido, en su mayoría, terriblemente normales. Ninguno de ellos daba muestra alguna de tener algo contra él o la más mínima insinuación de hostilidad o de desear hacerle algo malo específicamente a Bill, si bien evidentemente algunos tenían rasgos inherentes de hostilidad, baja empatía, y por supuesto, kilómetros y kilómetros de inseguridades explotables para alguien como él. Pero nada que no fuera manejable.
Bill había seguido al pie de la letra el protocolo creado por él y Gustav. En resumen: comenzaba a hablar con el agente de forma tranquila y luego comenzaba a “picar” en los lugares donde sabía que podía haber dolor o resistencia.
A un alfa aislado emocionalmente de su familia:
—He sabido que no estás en comunicación con tus padres, querido. ¿Algo que el sindicato deba de saber?
A un beta con complejo de inferioridad detectado por un psicólogo contratado para perfilar a los agentes:
—No hay nada en tu perfil que sea particularmente relevante. Una existencia tan gris debe tener necesidad de algo más, ¿no es cierto?
A un alfa que ha demostrado preferencia sexual por omegas parecidos a Bill:
—Puedes ser sincero aquí, querido, no me voy a enojar. De hecho, te beneficiaría mucho más ser honesto. Estás siendo monitoreado y una reacción fisiológica desafortunada podría crearte más problemas que ahorrártelos fingiendo que no sientes nada.
Y en realidad no había habido nada que les hiciera levantar la guardia. Las respuestas a las provocaciones de Bill habían sido proporcionales, nada que se saliera de control. Bill había llegado tan lejos como para, incluso, dejar salir un poco de su propio aroma alrededor de ellos para provocar una reacción biológica. Ninguno estaba usando supresores. Bill se acercaba, caminaba alrededor de ellos, les sonreía, coqueteaba. Mezclaba el acercamiento con insinuaciones que iban desde lo dulce hasta lo cruelmente provocador. Algunos de los agentes por supuesto se habían sentido molestos por los francos insultos que habían recibido o se habían mostrado verdaderamente perturbados por los acercamientos insinuantes de Bill, quien era, después de todo, un omega particularmente hermoso. Pero nada alarmante o que ameritara una investigación más profunda, aunque estaba casi seguro de que algunos de estos agentes serían observados de cerca por Gustav en adelante.
Todo estaba marchando primordialmente como cualquiera de ellos se lo hubiera podido imaginar.
En uno de los últimos turnos del día, entró a la cámara un alfa.
Bill acababa de leer su perfil. Weber, 35 años. Llevaba medio año trabajando para ellos y aunque no mostraba ningún rasgo particularmente alarmante, había demostrado, en el pasado, tendencias de problemas con la autoridad. Había cuestionado a Gustav abiertamente un par de veces. El problema no era tanto ese sino que sus protestas habían sido, aparentemente, injustificadas. El patrón fue demasiado fácil de identificar; el hombre también había cuestionado en alguna ocasión a Georg, por un asunto de pago de honorarios que en realidad no era un problema y se resolvió rápidamente. Se las había arreglado para evitar ser puesto en equipo con betas, y había terminado asignado en una unidad con un líder alfa luego de solicitar un cambio de una forma no muy sutil. No había ningún registro de que hubiera alguna vez cuestionado o desobedecido a Tom o al líder alfa de su unidad. Con esta información Bill podía estar seguro de que si jugaba bien sus cartas, Weber respondería a él con el mismo desdén que con los betas, probablemente más. Era demasiado simple.
De modo que entró en la cámara de interrogación y observó al agente un momento antes de proceder. Se tomó su dulce tiempo, haciendo gala de gran dulzura, fragilidad y delicadeza.
—Siéntese, por favor.
El agente lo miró fijamente por un segundo antes de obedecer. Bill sonrió para sí mismo: justo como esperaba.
—¿Sabe por qué está aquí?
Weber no dijo nada. Solo continuó mirándolo desde su lugar, sentado frente a él. Bill avanzó despacio, con pasos cortos y deliberadamente lentos hacia él, y sonrió.
—Inténtelo, vamos. Si trabaja para nosotros debe tener alguna capacidad de razonamiento.
El hombre tensó los músculos visiblemente. Bill sonrió.
—Estamos aquí porque alguien lo amenazó, señor.
—¿Señor qué?
—… señor Kaulitz.
Ah, sí, demasiado obvio.
—¿Y sabes en qué consistía esa amenaza? ¿Tienes alguna idea de quién pudo haberla enviado?
El hombre negó con la cabeza, mirándolo fijamente, pero sin hablar. Bill se acercó un poco más y habló en un tono ligero, despreocupado:
—Quisiera oír tu voz, anda. Necesitamos registrar las entrevistas en audio.
—No, señor. No tengo idea de quién lo planeó—la respuesta fue seca, entre dientes. Bill asintió con un movimiento suave de su cabeza.
—He sabido que tienes relativamente poco tiempo con nosotros. Quizás no nos conoces bien aún—, continuó Bill entonces, en un tono que pretendía sonar magnánimo— ¿Sabes cuál es mi función dentro del sindicato?
El hombre no contestó. Bill no continuó hablando, solo se quedó de pie mirándolo sabiendo que eventualmente tendría hacer aunque sea un sonido.
—Es el jefe de sistemas. Y… el segundo al mando.
—¡Muy bien!— Bill dio un par de aplausos pequeños y deliberadamente juguetones, fingiendo emoción, esforzándose por parecer lo más dulce e inocente que fuera posible. El hombre no reaccionó visiblemente, pero a Bill le pareció que había una nota amarga en su aroma así que supuso que iba por el camino correcto—, entonces debes saber que parte de tus responsabilidades incluyen obedecerme.
—Siempre que sus órdenes no contradigan las del señor Kaulitz.
Bill seguía mirándolo con una sonrisa. Giró un poco su cuerpo a la derecha, y luego hacia la izquierda, mirando a su alrededor con fingida curiosidad.
—Yo no veo aquí a mi querido hermano. De modo que si te doy una orden no tendrías motivo alguno para desobedecerme, ¿correcto?
Bill, con cuidado. Su monitoreo está mostrando picos. Se está irritando.
Weber levantó la vista hacia él una vez más y Bill siguió fingiendo que la voz de Gustav no le acababa de resonar en el oído.
—Correcto, señor.
—Bien. De pie, por favor.
Weber se puso de pie. Bill caminó hacia él y comenzó a rodearlo con pasos lentos, moviendo la cabeza de arriba a abajo, mirándolo con atención, como si buscara detalles ocultos o incluso defectos.
—No pareces particularmente fuerte—comentó, como sin darle demasiada importancia—, curioso. Los alfas suelen tener más… ¿cómo decirlo? presencia. Bueno, mi hermano tampoco es demasiado musculoso, se vería ridículo. Pero al menos es fuerte.
Weber no contestó nada.
—Pero claro, quizás tú tengas otras cualidades. Estira los brazos hacia los lados y mantén la posición—. Weber obedeció, pero lo hizo con una respiración profunda y pesada. Bill casi podía tocar su molestia. Siguió caminando, observando—, es decir, yo confío en mi hermano y en mis betas. Son buenos en lo que hacen, no te habrían elegido si no tuvieras algo relevante qué aportar.
—Si fueran tan buenos, no estarían haciendo toda esta revisión—, replicó Weber con un gruñido, y a Bill se le salió una risa por la impresión.
—¡Vaya, sí hablas!— observó con la misma gran sonrisa de antes, no haciendo caso enseguida a la crítica—, dije que eran buenos detectando cosas relevantes, no que fueran infalibles. Y en efecto, viéndote a ti puedo ver que no lo son. Puedes bajar los brazos. ¿Por qué no me explicas tú mismo? ¿Qué fue lo que hizo que te contrataran para trabajar para nosotros?
Weber, de nuevo, no contestó en seguida. Bajó los brazos como Bill se lo había dicho, pero se lo quedó mirando como si creyera que aquello era estúpido. Y en honor a la verdad quizás lo era, pero ese era precisamente el punto de la operación.
Bill, está a punto de romperse. Dice Tom que termines con esto, hay algo que no le gusta.
Escuchar la orden indirecta de Tom lo irritó, Bill no podría fingir que no aunque lo intentara. Bien, podía terminarlo rápido si querían. Si estaba a punto de romperse…
—De acuerdo, no contestes si no quieres. ¿Sabes Weber? Tengo una teoría—, se acercó de nuevo con una sonrisa de suficiencia, dándole a entender que lo había atrapado—. Creo que tú eres uno de esos idiotas que creen que los alfas están por encima de los betas y los omegas. Por eso cuestionas a Gustav, pero no te has atrevido a cuestionar a Tom.
—Es cuestión de jerarquías—, se apresuró Weber, pero Bill levantó un dedo para hacerlo callar.
—Si solo fuera cuestión de jerarquías querido, jamás habrías cuestionado a Gustav o a Georg. Estás por debajo de ellos. Y ahora estás irritado porque estás teniendo que reconocer que un omega está por encima de ti.
Bill- comenzó Gustav, pero Bill se llevó el dedo al auricular y lo apagó.
—Da un paso al frente, acércate, vamos.
Weber obedeció, pero ya era obvio por su mirada y por su aroma amargo que aquello lo tenía furioso.
—Bien. Ahora, de rodillas.
Weber se quedó inmóvil. Bill se limitó a esperarlo. Sabía que estaba cruzando el límite, sabía que no podía pedirle esto ni siquiera a sus agentes más razonables, pero quizás al igual que Tom, él había sentido algo raro con Weber en particular. Eso, y los detalles de su perfil lo habían irritado en demasía.
—¿No fui claro, querido? De rodillas—, insistió. Weber lo observó con el ceño fruncido un momento y, con las piernas temblando y la rabia manifestándose en su rostro con un destello rojo, se arrodilló. Dobló una pierna, luego la otra, y se mantuvo mirando hacia el frente.
—Mucho mejor—, continuó Bill, fingiendo complacencia—, así deberían estar siempre los bastardos como tú. Un alfa cobarde solo vale si está en el sue-
Pero sus palabras fueron cortadas de golpe por el impacto de un cuerpo contra el suyo. Weber había dejado salir un rugido de furia animal y se había lanzado sobre él, derribándolo, sentándose sobre su pecho, y dejando caer su pesada mano sobre el rostro de Bill.
Casi tan rápido como esto ocurrió, la puerta se abrió y apareció Gustav. Tomó a Weber del cuello y usó todo su peso para derribarlo, y finalmente lo dejó inconsciente con una llave. Bill se había incorporado apenas, y desde la puerta abierta, el aroma de la agresión de Tom comenzaba a llenar la cámara.
—Bill, ¿estás bien?—, preguntó Gustav, poniéndose de pie para alejarse de Weber.
—Sí, solo… solo fue el golpe—, replicó, llevándose una mano al rostro, donde sabía que su mejilla se inflamaría por el impacto—, yo…
—De pie, salgamos de aquí—, Gustav se acercó y lo tomó del brazo con urgencia—, lo recogeremos más tarde Bill, el experimento se acabó.
Bill se dejó llevar por Gustav hacia afuera de la cámara, donde él, Georg y Tom habían estado monitoreando la escena del otro lado del vidrio.
Tom estaba ahí de pie, con Georg detrás de él sujetándolo de los brazos.
El aroma de su agresión había disminuido, pero al ver a Bill, su cuerpo se activó de golpe.
—¿Cómo pudiste ponerte en riesgo de ese modo?—, preguntó en un rugido—, ¿quieres que te maten? ¡¿porqué demonios no seguiste el protocolo que tú mismo creaste?!
Tom movió los brazos para que Georg lo soltara, y así lo hizo. Bill se quedó de pie justo en donde estaba, apretando los puños. De un momento a otro reaccionó, como si algo le hubiera hecho despertar, y su aroma repuntó. El aroma a rosas, que en cualquier momento se hubiera sentido como algo agradable y delicioso, inundó el ambiente como algo tan abrumador que casi ahogaba a los otros en su presencia.
—¡Cállate Tom!— gritó Bill entonces, sin ninguna pretensión de controlarse—, ¡Yo sé lo que hago, sabía cuál era el riesgo y tomé una decisión!
—¿Qué clase de decisión fue esa? ¡Provocaste a un alfa en un ambiente desprotegido!
—No estaba desprotegido, ustedes estaban ahí. Mírame, estoy vivo, estoy entero, ¡y eso es lo único que debería importarte!
Gustav y Georg los miraban sin intervenir. Tom estaba descompuesto, como si de un momento a otro fuera a perder el control y atacar a alguien. Y Bill parecía furioso: con los ojos encendidos, una mueca salvaje en el rostro y la mejilla roja e hinchada después del golpe que le había propinado Weber.
Quizás Tom se dio cuenta de esto, porque de un momento a otro, su cuerpo entero se suavizó, y su aroma se volvió mucho menos agresivo que antes. La canela disminuyó, pero el aroma a rosas prevaleció en el ambiente como algo terrible que inundaba los pulmones.
—Te golpeó—, pronunció Tom con cuidado y con el ceño fruncido, intentando, de forma muy evidente, que su voz no delatara su enojo aún más—, no estabas en control, Bill, apagaste el micrófono de Gustav.
—¡No es tu asunto!
—Bill, Tom tiene razón—, dijo entonces Gustav—, no fue correcto que apagaras mi comunicación contigo ni que dejaras de lado el protocolo.
Bill volteó entonces hacia Gustav.
—¿Por qué te pones de su lado?— le reclamó—, ¡ninguno de ustedes tiene derecho a criticarme nada! ¡Yo hice exactamente lo que se suponía que debía hacer, les guste o no!
Con esto, Bill salió de ahí sin permitir que nadie dijera nada más.
Gustav volvió a mirar a Tom, quien se había quedado de pie mirando hacia la puerta. Georg estaba tras ellos, con los brazos cruzados. Finalmente, fue él mismo quien rompió el hielo.
—Creo que deberías ir con él—, propuso en una voz baja y firme, acercándose a Tom—, será peor si no lo haces.
Tom volteó un momento a verlo, y no dijo nada.
Salió de la cámara de interrogación y caminó por el pasillo, llevándose con él su aroma pesado a cedro y a tormenta.
&
Bill estaba sentado en el sofá-cama de la oficina de Tom. Había tomado un algodoncillo, alcohol y una crema desinflamatoria del botiquín de uno de los baños. Tenía en la mano un espejo de maquillaje, y una pequeña lágrima había salido de su ojo por el lado del golpe. La limpió con el algodoncillo. El rojo en la piel de su mejilla se veía cada vez un poco más profundo, pero el dolor no había aumentado, al menos.
La puerta de la oficina se abrió.
Bill bajó el espejo y lo sostuvo sobre su muslo, y volteó la cara hacia el lado contrario mientras Tom caminaba hacia él.
—Vete, Tom. Por favor.
—¿De mi propia oficina? Últimamente parece que no me quieren en ninguna parte.
A pesar de que el comentario pretendía ser gracioso para romper un poco la tensión, no había suficiente humor ni ánimo en la voz del alfa. Más bien sonaba derrotado y él mismo lo sabía. En una situación así, se conformaba con no sonar amenazador.
Bill no dijo nada más. Tom se sentó a su lado. Tomó el tubo de crema desinflamatoria, que descansaba al lado de él, lo abrió y depositó una gota sobre su propio dedo.
Ladeó el cuerpo hacia Bill, que seguía volteando decididamente hacia el lado contrario.
Le sujetó la barbilla, obligándolo a dirigir el rostro hacia él, aunque obviamente esto no hizo que Bill lo mirara.
—Luna…
—No, Tom. Por favor, no.
Tom jaló aire y luego dejó salir un suspiro pesado. Pasó el pulgar que tenía la crema por la mejilla de su hermano con cuidado.
Bill hizo un gesto repentino de dolor en el que su cuerpo se contrajo de golpe, pero se relajó (o se obligó a relajarse) casi en seguida. Tom hizo lo posible (aunque no estaba seguro de cómo) porque no le doliera tanto.
Cuando terminó, contra todo pronóstico, Bill depositó su rostro en la palma de su mano, cerrando los ojos y respirando profundo. El aroma intenso a rosas que había emanado antes de él había disminuido notoriamente, y aunque ahora la oficina de Tom estaba inundada, el aroma ya no gritaba agresión como antes. El propio aroma de Tom, que se estaba esforzando en mantener suave y poco amenazante, comenzaba a ganar terreno.
—Tom… te volviste loco porque ese alfa me golpeó. Georg tuvo que detenerte.
—¿De qué otra forma pude haber reaccionado?
Bill presionó un poco más su rostro contra la mano, e incluso movió un poco la cabeza, como si se frotara contra él.
—Reaccionaste como mi alfa.
—Alfa fraterno.
Un silencio espeso se hizo lugar entre los dos y Bill se enderezó lentamente, alejando su rostro de la mano de su hermano. Luego lo miró.
—Un alfa fraterno no corteja.
Tom negó con la cabeza.
—Supongo que no.
—Un alfa fraterno no corteja, Tom—, insistió Bill. Sus ojos centelleaban con una desesperación que Tom nunca había visto en ellos antes. Su voz comenzaba a sonar llorosa—. Un alfa fraterno no ayuda a hacer un nido, ni cela, ni defiende como tú lo haces conmigo. ¿De verdad es todo lo que es esto, Tomi? ¿Eso es todo lo que eres? ¿Mi “alfa fraterno”?
Tom no tuvo fuerzas para darle ninguna inflexión a su voz al contestar:
—Sí, Bill. Eso es todo.
Luego de esta respuesta, Bill se limpió los ojos con los dedos.
—Pero… qué torpe, ya habíamos tenido esta conversación antes…
—Luna…
—No, Tom. Escúchame. Si así van a ser las cosas entonces déjame hablar ahora a mi. Puedes volver a Charlottenburg si quieres pero se acabó todo lo demás. No quiero que trates de cuidarme ni de defenderme si no te lo pido. No quiero que me busques, no quiero que me lleves de comer ni que me celes ni que intentes darme órdenes para protegerme porque según tú eso es lo que hace un maldito “alfa fraterno”—, levantó la mirada para verlo directamente a los ojos—, odio esas palabras así que deja de pronunciarlas. Si no vas a ser mi alfa, solo eso, entonces no seas nada.
—Bill… soy tu hermano—Tom rogó.— Estás llevando esto al extremo.
Bill negó con la cabeza varias veces, con fuerza, como si con el movimiento quisiera que el sonido de las palabras de Tom salieran de su mente.
—¡No! No lo estoy llevando al extremo, estoy haciendo justo lo que me dijiste que hiciera: tener cuidado. Estoy protegiéndome, Tom, exactamente como tú siempre quieres hacer. ¡No estoy haciendo otra cosa!
—¡Me estás expulsando!—de pronto, el pánico se apoderó de él. Trató de tomar la mano de Bill, pero Bill la retiró en seguida:
—Tú me expulsaste primero—, Bill apretó los ojos. Sentía como si alguien hubiera sujetado su corazón y lo hubiera estrujado con fuerza. A su alrededor el aroma a rosas volvía a sentirse amargo—, tú dijiste que me cuidarías hasta que mi alfa llegue. Bien. Tú entiendes que debes darme tiempo entonces. Quizás algún día pueda aceptar tu cuidado sin que duela, pero hoy no. Ni mañana.
Ninguno de los dos dijo nada después de esto. La mano de Bill había quedado, lánguida y abandonada sobre el regazo del omega. Tom acercó la suya y apenas se atrevió a sujetarle los dedos. Para su suerte, esta vez Bill no lo alejó.
—Luna…
—Por favor, mi Sol…—, interrumpió Bill, y ahora fue él quien levantó la mano y le acarició el rostro a Tom—, basta. Por favor. Nunca aprendimos a separarnos… quizás el momento es ahora.
Ambos permanecieron en silencio por un rato más.
El aroma de Bill volvió a calmarse, y de nuevo se mezcló suavemente con el de Tom. Cedro, canela y rosas. Lo más familiar que existía para ellos dos, desde siempre.
Y entonces, Bill buscó, como siempre, refugio en sus brazos por un buen rato.
Y luego volvieron a Charlottenburg, y Bill durmió en su nido, y Tom en su habitación aparte, ambos en un acuerdo implícito de encontrar tranquilidad.
&
Quienes definitivamente no estaban ni remotamente tranquilos con la situación eran Georg y Gustav. El enfrentamiento de los gemelos se había sentido como algo más en esta ocasión, y como compañeros, como parte de la “manada”, creían tener derecho a entender.
Tom no les dio exactamente la explicación que esperaban cuando lo acorralaron en su oficina unos días después. Ese día Bill tenía programada una reunión con algunos de los colaboradores del equipo de marketing para el Grand así que solo estaban él y los betas en el área de oficinas del búnker. Georg y Gustav aparecieron, cerraron la puerta tras ellos y se plantaron frente a su escritorio sin que nada pudiera moverlos de lugar, ni siquiera una insinuación mal velada de Tom acerca de que ellos deberían estar trabajando en ese momento.
—Lo del otro día fue excesivo incluso para los estándares de Bill, Tom—, comenzó Georg—. Y lo de su aroma en la inauguración no fue un suceso aislado, ahora estoy seguro.
Luego, Gustav agregó:
—Te dije que no quería explosiones en mi área, Tom. Weber se portó como un salvaje, pero ni Bill ni tú cumplieron con su parte.
—Ustedes no me dejan vivir tranquilo—, se quejó Tom, pero no opuso mucha resistencia. Sabía que este momento iba a llegar, ni Georg ni Gustav eran elementos pasivos de su mundo. Estaba agradecido por su preocupación, pero se estresaba con la exigencia implícita del vínculo con los betas: protección, transparencia y lealtad. No era algo que pudiera eludir, por más que no se sintiera listo—. Bien. Bill está confundido, y su… confusión hace que esté furioso conmigo. Es todo.
—¿Confundido?—Gustav levantó una ceja y se inclinó ligeramente hacia adelante como si necesitara observar mejo a Tom, —¿Qué tipo de confusión haría que Bill se comportara así?
Tom no contestó en seguida, pensando en cómo plantearía la situación para que sus amigos lo entendieran.
—¿Alguna vez han oído hablar del Sibling Survival Bonding?—, preguntó finalmente, suponiendo que era un buen punto para empezar. Georg lo miró fijamente al contestar:
—Es un síndrome infantil… lo he leído en artículos sobre psicología y trabajo social—, volteó a ver a Gustav, quien era el que probablemente no sabía bien de qué se trataba—, se da en grupos de hermanos con géneros secundarios combinados cuando viven en situaciones de violencia o precariedad extremas sin protección de los padres.
Georg se detuvo ahí, y levantó los ojos hacia Tom, como esperando que fuera él quien negara o confirmara la información. Tom asintió:
— Se forma un vínculo…—, Tom hacía gestos con las manos mientras explicaba, molesto al darse cuenta de que eso evidenciaba su incomodidad—, los alfas toman un rol protector y los omegas un rol integrador, como en los vínculos de pareja. No suele pasar entre betas. No es un término común de escuchar tampoco.
—¿Tú y Bill tienen un vínculo de esos, entonces?—, preguntó Gustav mirando a Tom seriamente.
—Solo se diagnostica a niños. Cuando el primer sindicato me reclutó… yo no tuve acceso a nuestros expedientes. Pero sospecho que en su momento el síndrome debió estar presente—. Guardó silencio un momento, calculando sus palabras. No quería arriesgarse a confesarle a los betas que Bill lo veía como su alfa. Fue lo más cuidadoso que pudo con sus palabras a continuación. —Lo que me preocupa es que de haber sido así, el vínculo debió haberse desintegrado cuando nos hicimos adultos pero… creo que no fue así para nosotros. El vínculo que tenemos ahora podría ser el resultado patológico del síndrome.
—No lo sabes—, repuso Georg rápidamente, antes de que pudiera agregar más y engancharse con la idea—, Tom, si le has dicho a Bill lo que acabas de decirnos a nosotros seguramente lo lastimaste.
Tom negó con la cabeza y se quedó pensativo un momento. Dejó caer los hombros, y suspiró, sonando como si toda la carga del mundo hubiera caído de sus pulmones.
—No, no le dije nada sobre eso. Solo le dije la verdad: que nuestro vínculo es de hermanos, soy su alfa fraterno y nada más. Gustav—, levantó la vista hacia él, que era de los otros dos quien estaba mostrando más molestia y agresión hacia la situación—, mírame y dime que hice mal al trazar esa línea. Si me vas a condenar al menos sé razonable.
Gustav se cruzó de brazos.
—No creo que no hayas sido razonable, lo entiendo. Pero también entiendo que por algo Bill está tan molesto, Tom—, negó con la cabeza y lo miró, con una acusación en los ojos que Tom no supo cómo enfrentar. —Tengo la sensación de que ha pasado algo más que no nos estás diciendo.
Continúa…
Si te gustó este capítulo, déjame un comentario que me anime a continuar! Eso me haría muy, muy feliz!