
Fic TWC de Pau_Humanoid
Capítulo 3: Sit still for one more single day… (P.2)
Una noche en el departamento un par de semanas después, los gemelos ya se encontraban dormidos, cada quien en su habitación. Bill no había insistido en hacer que Tom entrara en el nido con él… al menos no mediante un pedido explícito. Había miradas, sonrisas, insinuaciones, exigencias caprichosas, pero nada lo suficientemente claro como acorralar a Tom. Tom aprovechaba este limbo para hacer el tonto mientras le fuera posible.
Eran aproximadamente las dos de la madrugada cuando las alarmas de los celulares de ambos comenzaron a sonar de una forma que taladraba los oídos: era una alerta roja. Ambos salieron de sus habitaciones, confundidos y un poco asustados, y se reunieron en la sala de estar mientras Tom respondía una llamada de Georg.
—Una amenaza de explosivos, Tom—, dijo el beta sin preámbulo alguno del otro lado de la línea,— recibí un mensaje codificado en mi correo, supuestamente se activarán en… 13 minutos si no los desconectamos. Gustav ya puso a un equipo a rastrear pero no han encontrado nada, necesito que me ayuden ustedes.
Tanto Bill como Tom solían llevar sus laptops con ellos por si había emergencias. Se instalaron en la mesa del comedor, Bill con el corazón latiendo a mil por hora mientras accedía a los sistemas de vigilancia del búnker para activar las cámaras de rayos X. Por seguridad, solo él y Tom tenían el sistema en sus computadoras, pero era Bill quien tenía todos los permisos y solo él podía darle acceso a Tom.
Al querer abrir el acceso de Tom el sistema no se lo permitió. Quizás hubiera podido arreglarlo si hubiera estado más tranquilo, pero entre la emergencia y el susto por haber sido despertado con una alerta roja en su celular, Bill se sentía particularmente torpe. Intentó restablecer los accesos un par de veces pero falló al introducir la contraseña. Su respiración se volvió errática: un par de ojos menos era más tiempo para revisar cada cámara. Las variaciones en radiación eran tan sutiles que tenía que ser una revisión humana completamente, cámara por cámara observando cada detalle.
—Bill, el acceso…—, dijo Tom en un tono bajo y apenas apremiante, tratando de no asustar más a Bill, pero el omega no volteó a verlo.
—No puedo activarlo para ti, no sé qué pasa. No perderé tiempo, empezaré a revisar las cámaras yo mismo.
Tom se mordió los labios con impotencia al ver a su hermano tratar de cargar con la situación por si mismo. Ante la imposibilidad de hacer algo él mismo, activó desde su laptop la alarma de evacuación y regresó a la llamada con Georg.
—Haz que todos vayan a la zona de seguridad. Comiencen a evacuar.
Bill volteó la cabeza ligeramente hacia Tom, pero no dijo nada.
—Gustav sigue abajo revisando todo, le diré que deje el patrullaje— contestó Georg con presteza.
En ese momento, Bill vio la sombra de lo que estaba buscando y saltó.
—¡Está en la bodega de suministros! ¡Detrás del extintor de incendios!
Al escuchar esto, Georg cambió el rumbo de la instrucción. Los protocolos indicaban que siempre que hubiera una amenaza de ese tipo, Gustav como jefe de seguridad tenía que encargarse de revisar todo. Si no podían encontrar los explosivos más valía evacuar, pero una vez localizados la prioridad era desactivarlos. Gustav estaba listo para proceder con este tipo de instrucciones, y Georg no se quedaba atrás:
—Bajaremos a buscarla entonces.
—Aprobado, Georg. Si toma más de cinco minutos, cancelen y evacúen ustedes también.
Sin embargo, al escuchar estas palabras de su hermano, Bill se alteró. Lo podía ver detrás de sus ojos, como una mancha roja imposible de ignorar; una explosión, y no volver a ver a sus amigos betas nunca.
—¡No Georg, no hay tiempo, evacúen!—, dijo entonces el omega, contradiciendo por completo la orden de su hermano. Tom volteó a verlo, sorprendido por tal arranque, pero Bill insistió, —No pueden quedarse ahí, Georg, ¡ve por Gustav y vengan a casa!
Georg guardó silencio un segundo y luego contestó, con una voz cuidadosamente neutral:
—Todavía hay mucha gente abajo Bill. No saldrán todos a tiempo, Gustav tiene que desactivar los explosivos. Ya le di aviso, así que iré con él ahora.
Ante esta respuesta por parte de Georg, Bill perdió el poco control que había logrado recuperar sobre sus pulmones por los últimos minutos. De pronto su respiración se volvió fuerte y rápida de nuevo, y esta vez sus pupilas se hicieron pequeñas de golpe. Su aroma se volvió amargo, y Tom se sobresaltó sin querer.
—¡No!—, gritó Bill entonces, arrebatándole el teléfono a Tom, —¡no Georg, ve por Gustav y salgan de ahí!
—Bill basta, si no desactivan los explosivos será peor…—, trató de razonar Tom, pero Bill no parecía escucharlo. O más bien, parecía que al escucharlo sus palabras simplemente no eran válidas, no las registraba en su mente. Tom trató de recuperar su celular. Forcejeó con Bill, quien se negaba a soltarlo, pero logró arrebatárselo de un jalón fuerte que casi logra que Bill cayera de espaldas. Desmadejado en su asiento y con los ojos brillando de rabia, Bill gritó, poniéndose de pie de forma intempestiva:
—¡Diles que salgan de ahí! ¡Que se pongan a salvo ahora!
La furia y el terror estaban confundidos en su rostro. Parecía un animal salvaje a punto de atacar, no por querer hacer daño sino por defenderse.
—¡Bill, no pueden hacer eso, hay más vidas en juego!—, replicó Tom en medio del estrés de tomar la decisión que arriesgaba la vida de sus mejores amigos sumado a lidiar con la angustia desesperada de su hermano omega. Su propio ser, su naturaleza de alfa, le gritaba que hiciera algo pronto, que buscara la manera de consolar a Bill antes de que colapsara. Tenía que contenerlo, tenía que abrazarlo.
Pero la respuesta de su hermano un segundo después simplemente lo paralizó.
—¡No me importa nadie más en lo absoluto!— ante el miedo, el omega parecía estar perdiendo por completo los estribos, como nunca lo hacía, o eso pensaba Tom porque Bill en su sano juicio jamás habría dicho tales palabras, —¡quiero que me traigas aquí a Georg y a Gustav con vida!
Tom lo miró un segundo, pasmado y sorprendido ante la imperiosa reacción, pero pronto se recuperó y también se puso de pie, confrontándolo por un segundo antes de volver su atención al teléfono.
—¡Bill, basta! ¡Esta decisión no es tuya! Georg, ¿crees que puedan hacerlo?
—¡No!— gritó de nuevo Bill, pero esta vez Georg lo ignoró.
—Sí. Gustav me dijo que ya bajó, yo estoy en la escalera. El líder de la primera sección está evacuando a los demás.
—¡Georg, salgan de ahí ahora!
—¡Bill, cállate!—, gritó Tom entonces directamente frente a su rostro, frenándolo de golpe. Bill cayó sentado de regreso en la silla donde había estado antes mirando a Tom con ojos centelleantes, como si no pudiera creer que su hermano se hubiera atrevido a gritarle. Tom se asentó en los pies, tomó una respiración y se mantuvo firme.— Cállate ya. Georg y Gustav se encargarán ahora.
&
Los siguientes minutos fueron, simplemente, agónicos. Bill y Tom solo podían estar sentados en la cocina en silencio, esperando.
Bill se había quedado en la silla, inmóvil, dando respiraciones cortas y fuertes, como si siguiera luchando contra sus propios pulmones. Tenía los labios fruncidos en una perpetua mueca de rabia, y las manos le temblaban.
Tom trató de ignorar el hecho de que su hermano parecía listo para lanzarle algo a la cabeza. No podía prestarle toda su atención, estaba haciendo cálculos mentales. Si no había comunicación pronto, tendría que conducir al búnker. No quería dejar a Bill solo pero probablemente tendría que hacerlo; en su estado de inquietud y rabia, no se imaginaba que fuera buena idea exponerlo a lo que quizás habría pasado ahí. Aunque por otro lado, quizás impedirle ir con él solo lo haría terminar de perder el control.
De pronto, el teléfono de Tom, cuya llamada con Georg había estado silenciada, volvió a llenarse de una cacofonía suave al otro lado de la línea.
—Explosivos desactivados, un minuto veintitrés segundos antes del final del conteo—, informó Georg con una voz perturbadoramente tranquila.
Un momento después, la voz de Gustav fue la que comenzó a oírse del otro lado de la línea:
—No hay heridos ni se reportan bajas. Esperando tus órdenes, Tom.
Tom dio una respiración profunda y miró a Bill frente a él, que seguía sentado mirando a algún punto en el horizonte con los ojos vidriosos.
—Envía a todos a descansar y cierren todas las salidas. Nadie debe salir de sus habitaciones esta noche, activaré todas las cámaras y sensores de movimiento del pasillo. Nosotros estaremos ahí a primera hora. Ustedes también descansen.
Del otro lado de la línea, Gustav soltó un bufido que se transformó a medio camino en una risa. También se pudo escuchar vagamente una risa de Georg:
—¿Descansar? ¡Nos deben un aumento a los dos!
Tom sonrió, encontrando francamente tranquilizador que los betas pudieran aliviar la tensión aunque fuera por un momento. Acababan de pasar por una situación estresante en demasía, algo que un civil simplemente quizás no hubiera podido sobrellevar con la misma capacidad que ellos, y aún así, mantenían el buen humor. Tom admiraba honestamente esa facilidad por parte de los betas . A pesar de sí mismo, él también soltó una risa cargada de alivio.
—Sí, sí, un aumento. Georg, agrégalo mañana a la nómina. Solo no te pases de listo con los porcentajes.
Hubo un momento de silencio donde nadie dijo nada más, pero nadie cortó la comunicación tampoco. Fue Gustav quien rompió el silencio de nuevo, y esta vez sonaba apenado. Era raro en él. Como beta, siempre fue un hombre firme y convencido de su valor. No era común escucharlo así.
—Lo siento, Tom. Esto no se puede quedar así. Haré un plan para comenzar una inspección general mañana mismo.
Tom asintió en silencio, más para su propia tranquilidad que para el beta, que obviamente no lo vería en el teléfono. Gustav era después de todo el jefe de seguridad. Trató de no pensar por el momento en la catástrofe que esto significaba para ellos a un nivel estructural: había un hueco enorme (en un sentido figurado pero quizás también literal) por el cual alguien había conseguido colarse y colocar un sistema de explosivos en una bodega, en el corazón del búnker. Lo que fuera que hubiera pasado, no podía quedarse así, efectivamente.
—Gracias, Gustav. Lo revisaremos mañana a primera hora. Por esta noche, a descansar.
Cuando la llamada terminó, Tom volteó a ver a Bill, quien continuaba inmóvil mirando hacia el frente. Pero entonces, quizás al ver que su hermano apagaba su teléfono o quizás al no poder resistir más, algo dentro de Bill simplemente pareció activarse, como si alguien hubiera pulsado un botón.
—¿Cómo pudiste?— preguntó el omega en voz muy baja primero, pero luego su cuerpo entero se tensó, frunció el ceño y recuperó el brillo de los ojos, un brillo fiero como el de un felino en cacería, —¡¿Cómo pudiste hablarme así con Georg al teléfono?!
Tom trató de no dejar de mantenerse firme frente a él. Sabía de lo que Bill podía ser capaz si estaba enojado y nunca había sido su intención lastimarlo, pero no podía ignorar protocolos de seguridad estrictos solo para evitarse un problema con él. Así que trató de ser lo más amable y gentil que le era posible al contestar, sobre todo considerando cómo le había gritado antes:
—Bill, lo siento, pero tienes que reconocer que no estabas siendo razonable….
—¿Razonable? ¡¿Qué demonios importaba ser razonable?—, preguntó entonces Bill levantándose de la silla, y con esto poniéndose físicamente por encima de su hermano, —¡yo solo quería la seguridad de Georg y Gustav! ¡Son mis mejores amigos, mis hermanos, pero parece que eso a ti no te importa! ¡¿Cómo te las arreglas para ser tan insensible siempre?!
Esta acusación le dolió en el alma a Tom. Además, tuvo la sensación terrible de que Bill no le estaba reclamando solo lo ocurrido esa noche. Aunque el miedo tan extremo que acababan de vivir bien podía ser una explicación, la reacción emocional de Bill le parecía excesiva.
—Bill, esto no se trata de ser insensible, Georg y Gustav conocen los protocolos de seguridad mejor que nadie. No los mandé a sacrificarse, ellos están conscientes de lo que hacen, ¡y si yo hubiera estado ahí con ellos créeme que hubiera bajado a desactivar los malditos explosivos yo mismo!
—¡Pero no estabas!— reclamó Bill, y Tom tuvo qué preguntarse en qué punto la discusión había comenzado a convertirse en un verdadero sin sentido, aunque el escenario imaginario lo había planteado él mismo, —si no podías salvarlos estando ahí ¿porqué no hacerlo al teléfono ordenando su retirada? ¡Soy tu igual y yo sí se los pedí, y te atreviste a contradecir mi orden!
Tom cometió lo que pronto entendería como uno de sus errores más graves que había cometido al menos desde que tenía memoria. Se puso de pie igual que su hermano, y no logró contenerse al imponer su presencia sobre la de Bill:
—¡¿Cuándo entenderás que el Sindicato se rige con reglas y no con tus caprichos estúpidos?!
Los ojos de Bill se abrieron por la sorpresa mientras soltaba un jadeo desde lo profundo de su estómago; pareciera que le hubieran propinado un fuerte golpe.
Tom se descompuso por completo.
—Bill… Luna, perdóname yo…
Pero Bill no lo escuchó. Levantó una mano a la altura de su rostro y la agitó varias veces, como pidiéndole en silencio que se callara. Se dio la vuelta y caminó hacia la habitación.
Al ver a Bill atravesar y cerrar la puerta, ni siquiera con un portazo, solo con un jalón firme, Tom esperó en la cocina sin moverse por unos instantes, hasta que la debilidad repentina le hizo doblar las piernas y sentarse en la silla como un anciano que apenas puede con sus rodillas.
Miró a su alrededor, sintiéndose ridículo y absurdo en ese espacio que de pronto sentía que no le pertenecía. Con los días, Bill se había esforzado en personalizar otros espacios de la casa; había comprado una vajilla artesanal y colorida, había pintado los gabinetes de la cocina de un terracota cálido y había puesto fruteros aquí y allá para darle vida al ambiente; todas esas cosas que quizás a Tom se le habrían ocurrido pero con menos gusto.
Sentado ahí, Tom se sentía como un ogro torpe en medio de un castillo, que con sus dedos toscos y su presencia sin coordinación ni fineza le quitaba la hermosura al espacio que su hermano había creado con amor. Tom le había regalado ese departamento, pero era Bill quien se estaba esforzando en convertirlo en un hogar de verdad. Ahora solo podía pensar que uno de sus primeros recuerdos en esta cocineta fuera de una pelea con su hermano.
Después de unos minutos de luchar mentalmente consigo mismo, Tom finalmente decidió que era momento de ponerle un alto a su cobardía, así que se puso de pie y fue a la habitación de Bill.
Lo encontró sentado a la orilla de la cama, con el rostro escondido en las manos, con sus hombros agitándose en un llanto desgarrador. Al ver a su hermano así, Tom se sintió como el ser más miserable del universo.
El aire se comenzaba a impregnar de un aroma a rosas marchitas; olía a naturaleza húmeda y en descomposición, a composta. La angustia del omega se estaba manifestando a un nivel biológico profundo y si permitía que avanzara así, ¿qué podría ocurrirle a Bill?
Cuando Tom logró sacudirse el terror de los huesos y caminar hacia él, Bill se estremeció y se movió hacia atrás como un gato herido, intentando poner distancia y a punto de sacar las garras para protegerse, pero Tom lo atrapó por los hombros antes de que consiguiera alejarse de él. Bill no se relajó, al contrario, cerró los ojos con fuerza y agachó la cabeza, buscando con todas sus fuerzas ocultarse de él. Tom le buscó las manos y lo obligó a abrir los puños para poder enlazar sus dedos con los de él y lo jaló suavemente hacia su propio cuerpo. Bill soltó un sollozo tembloroso y agónico que hizo que Tom supiera con certeza que el omega no tenía fuerzas para pelear más.
—Ya… ya Luna, te tengo. Te tengo.
Con un cuidado infinito, guió a Bill para que se acomodara entre las mantas en el nido. Lo hizo inclinarse de espaldas sobre una almohada y lo sujetó de los tobillos para subirle las piernas al colchón. Se aseguró de que estuviera bien cubierto antes de quitarse los zapatos y entrar él también, capitulando, quisiera o no, ante las lágrimas de su hermano omega.
Poco a poco la tensión del cuerpo de Bill comenzó a ceder. Aún tenía los ojos cerrados y soltaba sollozos faltos de aire, y en un momento dado incluso comenzó un hipo que fue breve pero delator de lo intenso de su llanto, lo que causó una ternura dolorosa en el pecho de Tom.
Cuando el cuerpo de Bill finalmente se relajó, Tom lo estrechó contra sí mismo, admirando la forma en que su hermano, tan alto como él, podía hacerse tan pequeño en sus brazos. Liberó el aroma más profundo y dulce que tenía y le acarició el cabello hasta que Bill, con la nariz hundida en su cuello, se quedó profundamente dormido. Tom podía sentir cómo la respiración de Bill se calmaba contra la piel de su clavícula. Su aroma a rosas volvió poco a poco a ser dulce, hasta que simplemente se entregó al sueño por completo en los brazos de Tom.
Tom estaba en el nido, ocupando el sitio que se había puesto como regla jamás usurpar. Sin embargo, sabía que no podía dejar solo a Bill esta noche. Se dijo a sí mismo que no había porqué alarmarse. Solo sería por esta vez. Solo porque Bill necesitaba consuelo. Mañana, se dijo, todo volvería a la normalidad, incluyendo el hecho de que este nido no le pertenecía en lo absoluto.
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Cuando Bill despertó al día siguiente, estaba solo en el nido. Los recuerdos volvieron a él, lentos y brumosos, y al recordar cómo había pasado todo, la rabia lo asaltó con fuerza, pero en seguida su cuerpo se rindió al agotamiento de su corazón.
Por un instante pensó que el consuelo de la noche anterior había sido un sueño, una imaginación desesperada concebida por la agonía posterior a la pelea con Tom. Pero las mantas y las camisetas que formaban su nido despedían un aroma renovado a cedro y a canela, y un calor que solo podía venir de otra piel en contacto con la tela de las sábanas. Su propia piel se sentía impregnada de la canela suave del aroma que Tom había soltado para tranquilizarlo, lo cual hacía mucho que no había necesitado de él.
Su hermano había pasado la noche ahí, y Bill definitivamente no había soñado nada de lo ocurrido: sus intentos torpes de consuelo, su aroma impregnando el aire, sus brazos estrechándolo fuerte.
No estaba contento. La discusión le había dolido, las palabras de Tom, llamando a su reacción (a su parecer justa, considerando lo que había en juego) un “capricho estúpido” habían dolido en lo más profundo de su alma, de el vínculo que compartía con Georg y Gustav, y de la conexión que al menos hasta ahora había creído tener con su hermano gemelo.
Pero lamentablemente, Bill seguía sintiéndose sin fuerzas para pelear más, al menos no por el momento. No quería tener otro problema con su hermano y Tom simplemente no era la persona más abierta a discutir cuando se trataba de resolver un conflicto. Tom siempre había sido, y Bill estaba tan dolido que no le importaba ser cruel al pensarlo, un cobarde.
De modo que cuando salió de la habitación y se lo encontró en la cocina preparando, no con poco trabajo, unos huevos estrellados con tocino (la yema de los huevos ya estaba demasiado cocida y el tocino parecía cartón), Bill se encogió de hombros como quien ve a un niño haciendo una travesura inocente, se acercó a él y le quitó la espátula de las manos.
—Eres un bruto, Tomi. Deja, ve por los platos y sirve el jugo.
Bill tampoco sabía cocinar pero al menos tenía el buen juicio de ponerle sal a las cosas, algo que su hermano había omitido evidentemente. Jamás tendría el corazón de decirle que también había olvidado la sal en la sopa de tomate que le dio de cenar del día que lo llevó por primera vez al departamento.
Tom le dejó el espacio frente a la estufa, inclinando ligeramente la cabeza y evadiendo sus ojos como un cachorro pateado, y Bill no pudo evitar sentir una ternura dulce, al ver que su hermano actuaba con una sumisión que él nunca le había pedido pero que de alguna forma le resultaba siempre un alivio recibir.
Aunque a veces pensaba que renunciaría a mil de esas muestras desesperadas de sumisión a cambio de un solo gesto vulnerable y genuino de Tom. Una disculpa sincera, un abrazo honesto, una palabra de amor que no estuviera manchada de culpa. Lo que fuera.
Desayunaron en un silencio tentativo, donde ninguno de los dos dijo nada, ni sobre lo ocurrido la noche anterior ni sobre nada más. Ninguno se atrevió tampoco a dejar sus aromas libres: estaban rodeados por un aire neutral y contenido que apenas y se sentía seguro, lo cual debía bastar al menos por el momento.
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Para cuando llegaron al búnker, a pesar de que era temprano en la mañana aún, Gustav había desplegado todo un protocolo de revisión y limpieza para verificar los puntos ciegos de la vigilancia y los accesos y salidas del búnker.
—Las cámaras detectaron a un hombre que ninguno de los líderes de unidad pudo reconocer—. Estaban en la sala de operaciones, y Gustav estaba mostrándoles las fotografías sacadas de las cámaras de vigilancia en el monitor más grande. —Se le observa entrando al búnker en una de las camionetas de patrullaje, y yéndose de la misma forma. Aprovechó los patrullajes para unirse a los equipos, entrar y salir.
—Lo cual significa que es alguien que también está informado de los lugares y horarios de las rondas—. Tom se inclinó hacia adelante, poniendo las manos sobre la mesa. Gustav asintió lentamente, y el alfa soltó un bufido pesado, bajando la cabeza, que ya sentía pesada sobre sus hombros.
Ninguno de los cuatro estaba sentado, aunque no lo mencionaran, estaban demasiado tensos. Georg estaba escribiendo algo a toda velocidad en su tablet y Bill se mordía una uña mientras se balanceaba cuidadosamente en sus botas de tacón cubano.
—Releva a todos los líderes de sección hasta que la investigación haya terminado—, determinó Tom, enderezándose, —decidiremos qué hacer con ellos entonces.
— Esto fue un error terrible—, completó Bill, negando con la cabeza y torciendo ligeramente los labios en un gesto de decepción, —será mejor que no se repita.
—Si protestan, siléncialos. No han dado muestras de ser confiables ni necesarios.
A esta última orden de Tom, Gustav asintió firmemente. Luego les mostró una lista con las pruebas a las que tendrían que someter a los agentes para asegurar de nuevo la seguridad del Eclipse; pruebas psicológicas, pruebas de conocimiento de los protocolos y reglamentos internos, pruebas de detección de mentiras y un análisis médico completo para verificar el uso de supresores y otros químicos que pudieran ocultar la naturaleza de un alfa o un beta, como había sucedido con Miller.
La purga tardaría algunas semanas y sería un proceso caro: no sólo gastarían recursos, sino que también tendrían que detener varias operaciones por un tiempo. Pero si lograban concluirla con éxito, se asegurarían de que el Sindicato estaría de nuevo a salvo, lo cual era, al parecer de todos, invaluable.
Gustav estaba en el proceso de explicar el presupuesto completo y la calendarización de las pruebas, cuando recibió una alerta urgente en su comunicador. Del otro lado de la bocina, un agente joven hablaba con voz insegura:
“Jefe Schäfer, debe venir a la bodega a ver algo. Creo que el jefe Kaulitz también debería ver esto”.
&
Decidieron bajar los cuatro, la advertencia del joven beta no sonaba a nada bueno.
La bodega de suministros estaba sumida en una tranquilidad sepulcral. El joven agente que había llamado a Gustav los recibió al abrirse el elevador, y al ver a los cuatro en el umbral, le dirigió una mirada incómoda a Bill, aunque no le dijo nada directamente. Tom se dio cuenta, con sus sentidos alerta desde la noche anterior, pero como no percibió nada particularmente sospechoso decidió dejarlo pasar.
—¿Qué sucedió, niño?— preguntó Gustav con impaciencia al ver que el agente se demoraba por los nervios. El joven apretó los labios, se cuadró de hombros y se dio el valor para indicar:
—Síganme. Lo encontramos hace diez minutos.
La bodega estaba llena de agentes que habían estado limpiando e inspeccionando el lugar desde temprano dadas las órdenes de Gustav de no dejar un centímetro del búnker sin voltear de cabeza. Cualquier elemento sospechoso o fuera de lugar debía ser reportado en seguida y en realidad no hubo incidentes relevantes hasta ese preciso momento.
A unos metros del extintor donde la noche anterior habían encontrado los explosivos había un montón de cajas apiladas unas sobre otras. Cuando algunos agentes finalmente se decidieron a revisar esa zona, se encontraron lo que el agente les estaba reportando ahora a Gustav y los demás.
Cuando llegaron frente al montón de cajas, se quedó quieto por suficiente tiempo como para que Gustav le lanzara una mirada de desaprobación que no tuvo otra opción que acatar.
El joven se veía tenso mientras se movía, y Tom pudo observar que le temblaba la mano ligeramente mientras retiraba un par de cajas.
Cuando vieron lo que había debajo, Georg se tensó de golpe al lado de Bill. La mano de Bill voló y se sujetó de la muñeca de Tom, clavándole las uñas sin querer. Gustav apretó los puños y la mandíbula.
Delante de ellos había un agente muerto. Apenas alguien que quizás había sido recién reclutado, Tom no lo reconocía pero a juzgar por la expresión de Gustav, él sí. No había extrañeza en su rostro sino rabia.
Al agente le habían dado un tiro limpio en la cabeza, en la sien, muy probablemente ahí mismo donde yacía entre las cajas, pero era evidente que habían limpiado muy bien la sangre a su alrededor para que el charco no lo delatara antes de tiempo. Del cuello de aquél pobre hombre colgaba un letrero hecho a las prisas con un pedazo de cartón rasgado para mostrar un mensaje:
“El próximo será Bill Kaulitz”.
&
Tom podía sentir el inicio de otra migraña detrás de los ojos. Comenzaba siempre con algo así, molestias menores que amenazaban con aumentar gradualmente, manchas rojas y grises en su vista, sensibilidad extrema a la luz. El estrés siempre empeoraba todo, y a estas alturas, Tom no estaba seguro cuáles de todos sus síntomas eran su instinto alertándole del peligro y cuáles eran resultado del estrés que nunca parecía poder sacudirse por completo del cuerpo.
Estaban en la sala común, un lugar pequeño que compartían con los betas para descansar durante el día. Al igual que las habitaciones que cada uno de ellos (salvo Bill) se habían esforzado en hacer habitables, esta sala al menos parecía tener un toque humano. Había un par de sillones de cuero café, desgastados por los años pero firmes para descansar. Una alfombra gris, vieja y mullida ahogaba el ruido de los pasos de las botas pesadas. Había un desayunador destartalado y una pantalla que usaban casi exclusivamente para ver películas conectándose a alguna usb o laptop que tuvieran a la mano pero que solía estar apagada casi todo el tiempo. También había una barra de café que hacía las veces de barra de cocina para preparar bocadillos simples. El lugar tenía, a diferencia del resto del búnker, una iluminación cálida y tenue.
Tom estaba sentado en uno de los sillones, con los codos en las rodillas y las manos presionando sus ojos. Bill estaba sentado a su lado, respirando profundo con una mano en su espalda, sus muslos juntos y la cabeza en su hombro, liberando su aroma suavemente para calmarlo, esperando que su respiración rítmica le sirviera a su hermano como un metrónomo para regular la suya propia. Los analgésicos tardarían en hacer efecto, y aún así, dudaba que fueran a hacer alguna diferencia si la migraña terminaba por golpearlo completamente.
—Gustav, quiero que agregues una prueba más a la limpieza del Sindicato—, dijo entonces Tom, luchando contra el dolor de cabeza, —algo que sirva para probar la hostilidad de los agentes hacia los omegas, específicamente hacia Bill. Nadie que sea capaz de ponerle una mano encima formará parte de mi equipo, ¿me oyes?
&
La “purga”, como Gustav había planeado, duraría varias semanas durante las cuales el Eclipse tuvo que postergar algunas operaciones importantes. No iban a dar un paso en falso; hasta que cada uno de los agentes hubiera demostrado ser confiable, nadie pondría un pie fuera del búnker. La única excepción fueron los patrullajes de seguridad, que eran coordinados en persona por Tom junto con un grupo pequeño de agentes cuyos rostros y aromas conocía más que de memoria y no se podrían pasar de listos con él presente. Afortunadamente, la migraña no lo había tirado como esperaba, así que pudo volver al trabajo relativamente rápido.
Tanto él como Gustav y Georg habían tratado de convencer a Bill de quedarse en Charlottenburg hasta que terminara la inspección y su seguridad en la base pudiera ser garantizada, pero Bill se negó rotundamente. Por suerte no hubo una rabieta esta vez, el omega se volcó en la practicidad y el trabajo. Se sujetó el cabello bajo una gorra, se puso unos jeans desgastados, una camiseta y zapatos deportivos, y se instaló junto con Georg en la sala de controles a terminar de darle forma al plan de trabajo de Gustav. Lo único que le pidieron entonces fue que, durante las próximas semanas, nunca se quedara sin al menos la compañía de uno de ellos tres. Bill aceptó a regañadientes, solamente convencido por el hecho de que el letrero en el pecho del agente muerto había sido una de las amenazas más directas que hubiera recibido en un buen tiempo.
Los filtros elegidos para poner a prueba a los agentes eran claros y relativamente fáciles de implementar, pero aún no sabían qué hacer para comprobar una potencial hostilidad hacia los omegas.
Fue Gustav a quien se le ocurrió la idea. Quizás era porque él había entrenado a Bill en defensa personal años atrás, pero en comparación con Tom y Georg, él parecía ver con mayor claridad la capacidad que tenía para cuidar de sí mismo y no ser solo un omega que requiere protección.
La idea era simple: así como Tom se careaba con los agentes para medir su honestidad y su lealtad, Bill se entrevistaría con ellos para observar sus reacciones a él. Se portaría altivo, un poco grosero, exigente, decepcionado, incluso seductor, dependiendo del agente y de lo que necesitaran sacarle.
Gustav estaba consciente de que su propuesta iba a ser una bomba para la tranquilidad de Tom, pero a riesgo de convertirse en el responsable de otra migraña, explicó su plan en la junta que tuvieron al tercer día del proceso en la sala común.
—No, Gustav, me sorprende que siquiera lo hayas considerado. No podemos arriesgar a Bill así—, determinó Tom con la mayor seriedad. Negó con la cabeza, como si por un momento lo hubiera considerado y tuviera que ahuyentar la idea de su mente.
Bill por su parte, se había enderezado en su silla.
—Tom, si Gustav cree que es factible, lo haré. Será en la sala de interrogatorios, los agentes entrarán sin armas y ustedes estarán vigilando del otro lado del vidrio por si algo ocurre. Puedo hacerlo —, Bill hablaba de forma firme, pero sin precipitarse. Los betas podían sentir la incomodidad en el ambiente y también era muy obvio que los gemelos se estaban conteniendo para no desembocar una de sus peleas con aires catastróficos en una situación de manejo de crisis como ésta.
Después de esa tarde con Bill tratando de ayudarle a Tom a calmar la migraña, los últimos días habían sido así; una paz tentativa, delicada, con Bill conteniéndose emocionalmente todo lo que le era posible y Tom cediendo a sus solicitudes sin demasiados aspavientos. Esta era, al parecer, la situación donde tan frágil y engañoso equilibrio se pondría a prueba.
—No se nos ha ocurrido otra opción para comprobar lo que me pediste—, insistió Gustav—, si quieres una prueba hecha a medida de Bill sin exponerlo directamente, tendrás que esperar a que el laboratorio aisle su aroma en una probeta y podamos inyectárselo a los agentes a ver si tienen una reacción alérgica.
Georg fingió rascarse la nariz para ocultar su risa hacia la cara de furia mal contenida de Tom. Todos sabían que Gustav estaba exagerando, pero si algo era cierto era que Tom le estaba poniendo peros a la única opción factible que habían encontrado desde que empezaron a buscar ideas.
El beta hizo un cálculo mental de la situación. Bill tenía los brazos cruzados y golpeaba el suelo con su pie impacientemente. Gustav estaba de pie frente a Tom como un muro, esperando a lo que el alfa fuera a decir para contradecirlo, y Tom parecía estar a punto de reafirmar su autoridad, lo cual sin duda provocaría problemas con Bill.
Así que Georg hizo lo único que pudo; eliminar cualquier posibilidad de un empate:
—Tom, no lo descartes tan fácilmente, es una buena idea. Bill ha sido espía cuando se ha necesitado, se sabe cuidar bien, y nosotros estaremos listos para intervenir si se necesita. Si confías en él y en Gustav, no debería ser una decisión difícil de tomar.
Al ver que Georg no lo apoyaría, y que Bill y Gustav estaban firmes en creer que era una buena estrategia, Tom bajó la guardia y se dio por vencido.
—Bien. Pero será la última prueba, cuando ya hayamos depurado a la mayoría de las ratas. Si alguien ataca o pone en peligro a Bill, detendremos la operación y pensaremos en otra cosa, ¿de acuerdo?
Gustav sonrió, satisfecho.
—De acuerdo, jefe. Déjamelo a mi.
Tom salió de la sala y Gustav fue a coordinar al primer grupo que iría a los exámenes médicos y de polígrafo.
Al quedarse solo con Bill, Georg se dio cuenta de que el omega seguía terriblemente enojado, aunque durante la junta hubiera actuado de una forma bastante razonable.
No era buen momento para una copa, pero sí para un café bien cargado. Sirvió uno para él y otro para Bill, que se había sentado en el mismo sillón de cuero donde días antes le calmaba la migraña a su hermano con un abrazo.
—Bebe esto. Será un día pesado, ¿eh?
Bill no dijo nada. Tomó el café y dio un trago largo ante la mirada sonriente de Georg, terminando con un gesto de desagrado por lo amargo y fuerte del sabor.
—Georg—, dijo después de un momento, luego de darle otro trago al café como quien le da un trago a una botella de tequila—, no entiendo por qué Tom sigue tratándome así. Soy su hermano, se supone que soy su igual. ¡Pero sigue actuando como si yo fuera un inútil! Me enoja tanto, Georg. No sé si es eso, porque la única otra opción que se me ocurre es que Tom realmente solo es un cobarde.
Georg se quedó callado un momento. Le dio un vistazo a su taza y miró hacia Bill con una pequeña sonrisa.
—Ah, Bill, en realidad tu hermano y tú son igual de idiotas. Hasta en eso se parecen.
Bill volteó a verlo con una expresión ofendida.
—¿Qué quieres decir Georg?
Georg meneó la cabeza y volvió a sonreírle.
—Dime si tú no reaccionarías igual si fueras él. Si recién salido de una migraña tuviera que correr a ponerse en peligro en una situación en la que estuviera en clara desventaja biológica, no sé, con un alfa que midiera una cabeza más que él, pesara lo doble y que potencialmente lo odiara o tuviera pensado matarlo.
—Ninguno de los agentes mide una cabeza más que yo—, replicó Bill obtusamente, aunque en el fondo ambos sabían que lo hacía a propósito.
—Bill, ese no es el punto, y lo sabes.
Georg se quedó en silencio después de esto. Bill miró su taza de café, deseando de verdad que fuera tequila.
Georg le dio a Bill una palmada en la rodilla, buscando que volteara a verlo.
—Entiendo que te desesperes. Pero me parece que a veces juzgas a Tom injustamente. No sé tú Bill, pero donde tú ves a un cobarde que te sobreprotege y te subestima, yo veo un alfa aterrorizado de perder a quien le da sentido a todo lo que ha hecho con su vida.
Bill suspiró. A pesar de sentirse tentado a aceptar un universo en que la única razón de este comportamiento de su hermano era el cariño que tenía hacia él, se negaba a aceptar la visión de Georg. A veces le costaba ver que Tom de verdad lo quisiera tanto. A veces se preguntaba qué tanto de ese supuesto cariño que Tom le profesaba y que sus betas tanto defendían era en realidad una costumbre producto de una vida en paralelo por tantos años, un deber ser que nadie se había atrevido a cuestionar. Quizás para Tom había sido natural aceptar esa realidad y volverla parte de sí mismo sin sentirlo en verdad.
—Y donde tú ves a un omega amado y cuidado, Georg, Tom ve a un monstruo caprichoso que no lo entiende. Sé realista. Mi hermano tiene ideas muy fuertes, y nunca va a cambiar. El problema no soy yo.
Bill quería dar por terminada la conversación, y pensó que ese era el caso cuando Georg le dio un trago más al café y se puso de pie amagando con dejar la sala. Pero estando en la puerta, se sujetó un momento del margen y volteó a ver a Bill.
—Tú tampoco cambias, Bill, porque nunca has visto la necesidad. Me pregunto qué hará falta para que llegues a considerarlo.
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Seguir haciendo su vida social era, desafortunadamente para los Kaulitz dadas las circunstancias, un compromiso ineludible, y más si no habría operaciones en el búnker por algunos días. Eventos, galas, cenas, entrevistas, todos eran de una forma u otra entradas de dinero: publicidad gratis al aparecer en medios, revistas, podcasts y noticieros, crear conexiones cercanas con potenciales inversionistas o con personas que pudieran ser puente hacia otros entornos sociales, hasta el dinero que iba a parar directamente a la cuenta de Bill solo por poner su cara en algunas fotos o posar usando un producto de alguna marca exclusiva. A pesar de las preocupaciones por la seguridad de Bill, no podían dejar de asistir a estos eventos, la única condición era que siempre fuera Tom con él, lo cual ya era un hecho; cualquier compromiso social de Bill era el doble de exitoso si asistía Tom con él. Ver el truco de espejos de los gemelos que apenas se parecían a primera vista, pero que con hacer un gesto se convertían en la misma persona, podía ser más que fascinante.
Esa noche irían a la inauguración de una exposición de arte. A la galería de estilo bohemio acudirían personajes del medio artístico de Berlín y ellos habían sido invitados con insistencia por el curador de la exposición. Incluso había insinuado que les gustaría que Bill cantara.
Tom tenía motivos para sospechar que el asunto no era tan limpio como lo querían hacer ver, pero Bill solo negaba con la cabeza, un poco exasperado por la preocupación de su hermano que él seguía encontrando injustificada.
Estaban en la mansión preparándose porque ahí se encontraba toda la ropa de Bill, a parte de la ropa cómoda que ya se habían llevado al departamento. Se encontraba dando los últimos detalles a su atuendo cuando escuchó tocar la puerta de su habitación.
—¡Adelante!—, indicó, sabiendo que el único que podía estar esperando a pasar era su hermano.
Y así fue como Tom entró, vestido con un pantalón y una camisa negra de botones. Al verlo, Bill hizo un gesto.
—¿De verdad piensas irte así, Tom? esa ropa es muy simple.
Tom puso los ojos en blanco y dio algunos pasos más dentro de la habitación, sentándose en la cama mientras Bill se acomodaba el cabello frente al espejo.
Bill usaba una blusa de seda azul, amplia y que parecía flotar alrededor de él cuando se movía. Traía varios collares y anillos como accesorios, y unos pantalones blancos ceñidos, con unas botas blancas de plataforma. Debido al estilo bohemio de la noche, Bill quería que su atuendo reflejara arte, buen gusto y libertad.
—Es cómodo y de buena calidad, no vamos a una gala después de todo—, defendió Tom, tratando de justificar su poco esfuerzo al vestirse. No tuvo el valor de decirle a Bill que agradecía de todo corazón no tener que asistir de corbata, moño o algo igualmente ridículo. Bill sabía que su hermano no tenía remedio cuando se trataba de la moda o el sentido del estilo.
—Ugh. Al menos ven para ponerte acondicionador en el cabello, tienes las puntas resecas.
Tom sonrió, se puso de pie y caminó hacia su hermano, que estuvo un buen rato revoloteando a su alrededor, acomodándole el cabello y rectificando la forma en que la camisa caía sobre sus hombros, abriendo el botón más alto y doblando las mangas hasta los codos, “para darle más movimiento al atuendo”.
Tom atesoraba profundamente los momentos así, donde la convivencia que tenían era simple y tranquila.
A veces se imaginaba, no con muchas esperanzas, renunciar a todo y hacer una nueva vida en un lugar tranquilo donde nadie los conociera. Tener momentos así todos los días, donde solo tuvieran que existir uno al lado del otro sin preocuparles nada más… donde Bill le acomodara el cabello y él pudiera observarlo vestirse y admirar su propia belleza frente al espejo, sin preocupaciones, sin urgencias y sin prisas.
—Ya estás listo, Tomi—, dicho esto, Bill lo soltó y se dio la vuelta para mirarse al espejo una vez más. Se estiró para sacar de un cajón su perfume favorito.
Estaba a punto de rociarlo en su cuello, cuando la mano de su hermano lo detuvo en el aire. Detrás de él, Bill vio por el espejo como Tom tenía la mirada fija en su nuca. La mano que sostenía la suya, caliente, fuerte y firme, presionó suavemente sus dedos, y lo hizo bajar la mano hacia la mesa del peinador. La otra mano lo tomó de la cintura con delicadeza.
El perfume se posó en la madera, y los dedos de Tom se enredaron lentamente con los suyos, haciendo que soltara la botella de vidrio y solo se quedara sujeta de su piel. Ninguno de los dos dijo nada por varios segundos, pero Bill sintió cómo empezaba a temblarle la mandíbula. Ni el agarre en sus dedos ni en su cintura desapareció. Tom se acercó un poco más a su espalda.
—No uses perfume hoy, Luna. Si algo pasa, quiero poder seguir tu aroma a donde sea que estés.
Continúa…
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Besos!