Eclipse 3 P.1

Fic TWC de Pau_Humanoid

Capítulo 3: Sit still for one more single day… (P.1)

…mi nido es para los dos”, resonó en la cabeza de Tom por un par de segundos antes de que se le ocurriera algo mínimamente coherente qué contestar.

Él sabía muy bien que su hermano estaba en un momento bastante vulnerable como omega. Si bien ya le había dicho que durante este ciclo no habría celo, los síntomas del anidamiento aún estaban ahí, convirtiendo a Bill en una criatura de bordes suaves, piel rosada y ojos brillantes. Habría sido incorrecto que Tom, como alfa, invadiera su nido. Podría causarle una confusión biológica que a su parecer era completamente innecesaria. ¿Cómo compartiría su nido con alguien más en el futuro, en caso de que llegara a encontrar una pareja estable, después de haber compartido el nido con su hermano en plena adultez, y peor aún, en pleno anidamiento?

Tom observó a Bill, esperándolo dentro de las mantas con sus ojos cafés abiertos, luciendo enormes y brillantes como estrellas tiernas.
—Gracias, Luna, lo… tomaré en cuenta— contestó, sin comprometerse a nada, a pesar de que esto se sentía terriblemente como un abandono. No hubiera sabido explicar por qué, simplemente se sentía incorrecto, impropio completamente. —Debo ir al búnker ahora. Cancelaré tus citas de hoy para que puedas descansar.

Bill negó con la cabeza, y sonrió con una ternura que hacía mucho que Tom no veía en él, con todo el rostro, con la fascinación de niño que Bill parecía no haber perdido nunca a pesar de todo lo que les había tocado vivir. 

—No quiero descansar hoy—, dijo con un tono dulce, forzando un poco una voz aguda sonando a un berrinche cándido, —quiero ir a buscar decoración, este lugar es hermoso pero definitivamente necesita un toque de buen gusto.

Tom le dirigió una mirada un tanto sarcástica, si es que una mirada pudiera describirse así, haciendo cuentas mentales de todo lo que Bill podía gastar en una tarde si tenía ánimos y la tarjeta de crédito a la mano.

—No me mires así Tomi, solo compraré algunas cosas vintage y de segunda mano. Lámparas, cortinas, cuadros, figuras de cerámica… ¿no podrías ir conmigo?

Hizo esta pregunta en un tono dulce y lleno de esperanza que logró suavizar un poco a Tom.

Pero de cualquier modo, Tom negó con la cabeza, y estiró su mano para tomar la de Bill, que sobresalía de las mantas en el nido. La presionó ligeramente entre sus propios dedos; estaba tibia y su piel era suave. Sonrió con un poco de melancolía en el rostro: 

—No puedo, Billi. Tengo mucho qué hacer hoy. Además, ¿no me dijiste anoche que estarías adormilado por el anidamiento?

Bill no perdió la expresión de dulzura en el rostro al negar con la cabeza:

—Ahora mismo no me siento así. Creo que descansé bastante bien, era justo lo que me hacía falta— su sonrisa tierna se extendió y su rostro pareció iluminarse al agregar: —además me siento animado, mi al… mi hermano me acaba de regalar un departamento para pasar mi celo tranquilamente, ¿cuántos omegas pueden decir eso?

Lo cierto es que Bill pudo haber comprado el departamento él mismo si hubiera querido. Pero él amaba tanto ser consentido que quizás, si se le hubiera ocurrido, primero le hubiera insinuado mil veces a Tom y a Georg lo que quería (quizás a Gustav también solo para poner un poco de presión sobre los otros dos) antes que rendirse a la indignidad de tener que proveer para sí mismo. Tom lo encontraba divertido, algunas cosas simplemente no parecían cambiar nunca. 

—No muchos, debo admitirlo—,  su propia expresión cambió mientras presionaba una vez más los dedos de Bill entre los suyos suavemente, —quisiera acompañarte Luna, pero no es el mejor momento. 

Bill hizo un pequeño puchero de disgusto. Aún mantenía el tono caprichoso de antes, pero era notorio que su molestia era un poco más urgente y menos juguetona:
—En una semana estarás quejándote de que el lugar no tiene “tu energía” como tanto dices. Anda, Sol—insistió, devolviéndole el nombre cariñoso, como recordándole a Tom que él podía usar las mismas armas,—el sindicato no se caerá por un día que no vayas al búnker. Georg y Gustav sostendrán todo sin problemas, estoy seguro.
Tom volvió a negar con la cabeza, y esta vez, dejó la mano de Bill de regreso sobre el colchón con una delicadeza agónica. 

—No puedo quedarme hoy, Billi, en serio, tengo mucho qué hacer… la decoración es más tu área. Solo, ya sabes, si te vas a pasar un poco con los gastos recuerda al menos avisarme.

Dicho esto, sin mirar ni esperar por la reacción de Bill, Tom se puso de pie y fue a la habitación que había elegido como suya. Había guardado ahí con anticipación algunos cambios de ropa y zapatos, así como algunas cosas para su arreglo personal. Quería darse un baño antes de irse, quizás desayunar algo rápido. Al menos este lugar era lo bastante acogedor para que Tom no se sintiera del todo fuera de lugar, le agradaba la idea de pasar más tiempo aquí con su hermano. Pero hoy no. No después de la invitación de Bill a compartir el nido. Tom ni siquiera se atrevía a considerarlo. 

&

Cuando regresó para usar el baño, Bill ya había salido de la habitación y se encontraba en la cocina, preparando el desayuno. A pesar de que sabía que su hermano no iba a estar muy contenido por su negativa a quedarse minutos antes, Tom se sintió aliviado de ver que Bill había decidido adueñarse del espacio, como normalmente lo hacía en cualquier lugar que pisaba. Su aroma a cedro y rosas ya impregnaba el aire, y Tom encontraba que este aroma lo hacía sentir como un espacio inmensamente seguro y relajante. Sin embargo, cuando salió de su baño, se vistió y finalmente fue a la cocina, el desayuno fue silencioso y en medio de una pasividad pesada. 

La energía de Bill… no era hostil, Tom se habría dado cuenta, pero tampoco era la misma energía animada de la noche anterior o de apenas unos minutos antes mientras conversaban. Su aroma a rosas, a pesar de impregnar el departamento, en él estaba disminuido, como si hubiera tomado supresores, y de nuevo Tom se vio asaltado por la preocupación de que su hermano fuera a dañar su cuerpo con medicamentos. Al observar a Bill remover su comida con el tenedor, decidió no alterar más las aguas. No valía la pena y lo sabía a la perfección. No le quedó otra opción más que dejar caer los hombros y resignarse a que así serían las cosas, al menos por un rato.
—Si necesitas algo, llámame. Volveré en la noche.
 

&

Ese día en el búnker, no podría decirse que Tom lo pasó bien, precisamente. Le estaba costando mucho concentrarse, y entre las ocupaciones del Sindicato y las cuentas de los hoteles, parecía que tenía la mente en diez lugares diferentes al mismo tiempo y en ninguno parecía poder hacer un buen trabajo sin importar cuánto lo intentara. 

A mediodía, cuando Georg apareció por su oficina y dejó caer un fajo de papeles sobre su escritorio, no pudo evitar gruñir. Sorprendido por el arrebato, a Georg se le salió una risa, mitad de sorpresa y mitad de diversión, y se sentó frente a él cruzando las piernas en un ademán de suficiencia. 

—Tranquilo, no te van a morder. Solo son órdenes de suministros para el Grand. Ya las revisé y todo está en orden, pero necesito tu firma para procesarlas.

—¿No las puedes firmar tú? Estoy ocupado—, contestó Tom sin levantar la vista de la computadora frente a él, esperando que su evidente molestia hiciera que Georg se rindiera, pero no tenía tanta suerte: su beta de confianza era despiadado incluso cuando se trataba de él, que se suponía era el líder de la manada.
—Recuerda que el mes pasado cambiaste el protocolo porque de otra forma Bill habría dejado el presupuesto en números rojos—, Georg sonrió con cinismo, complacido de poder ganarle tan fácilmente a Tom en su propio juego. —Si quieres que baste con mi firma, tendrás que confiar en que no lo dejaré desfalcarnos por una colección de bolsos Hermes personalizados.

Tom suspiró con resignación, tomó el folder lleno de papeles y comenzó a firmar, con el bolígrafo sujeto de forma tensa entre sus dedos mientras Georg tomaba nota de las modificaciones necesarias para los protocolos de autorización presupuestaria, siempre con una risa burlona en su rostro, por supuesto. 

—¿Cómo reaccionó tu hermano con la sorpresa?—, Gustav entró también a la oficina con paso firme, el rostro rojo y brillante y una toalla colgando de su hombro derecho. Estaba sudando, era evidente que venía de su entrenamiento matutino, y Georg hizo un gesto de disgusto abanicando el aire con su mano para disipar su olor. A pesar del nuevo aroma a sudor y a la intempestiva entrada de Gustav en la oficina, Tom no pudo evitar sonreír un poco, recordando la reacción tan dulce que Bill había tenido la noche anterior al mostrarle el departamento. Su hermano era un verdadero tesoro cuando Tom no caía en su lado malo. 

—Estuvo bastante bien. —Firmó la última hoja y deslizó el folder a través del escritorio de regreso hacia Georg. Se echó para atrás en su silla y se llevó las manos a la nuca, luciendo bastante satisfecho consigo mismo. —A Bill le gustó el lugar, anoche mismo hizo su nido en la cama y descansó.

—Pregunto por esto—, Gustav, con una sonrisa apenas contenida en su rostro que no le dio nada de confianza a Tom, le extendió su teléfono, con la pantalla mostrando la cuenta pública de instagram de Bill. En las historias más recientes, Bill había tomado fotos de unas lámparas de vidrio en una tienda vintage, coronadas con una frase:  

Tom me abandonó de nuevo chicos, salúdenlo por si me está espiando”. 

En los mensajes dejados en la historia había una larga cadena de “¡Hola Tom!” con todas sus posibles variantes.

Gustav soltó una risa estrepitosa cuando vio a Tom poniéndose rojo, entre la provocación de su hermano a la distancia, y el hecho de que él ni siquiera estaría “espiando” a Bill sino fuera porque Gustav le mostró aquella condenada historia de instagram. Georg se mordía los labios para no reír, pero intercambió una mirada de burla con Gustav. 

—Lo hiciste enojar otra vez, ¿eh?— comentó Gustav entonces, acercándose para darle una palmada en el hombro, —no sé cómo lo haces, jefe. Parece que nunca logras tenerlo tranquilo.

Tom puso los ojos en blanco y se masajeó las sienes cerrando los ojos. 

—Quería que fuéramos a comprar decoraciones, yo solo le dije que estaba ocupado y que fuera él solo.

Al escuchar esto, Georg no tuvo otra opción que reír en una carcajada sórdida que retumbó en la oficina. 

—Tom, ¿es que no conoces en lo absoluto a tu hermano? No te estaba pidiendo que te quedaras a acompañarlo de compras, te estaba diciendo que quería que fueras y mostraras interés— intercambió una mirada con Gustav, quien negó con la cabeza, tan exasperado como él.— En serio, se te puede ocurrir comprarle un departamento ¿pero no eres capaz de entender algo tan simple?

Tom lo miró entonces con unos ojos que pretendían ser amenazadores, “energía de alfa” y todo eso, pero lo único que consiguió fue que ambos betas rieran más fuerte.

Aunque para sus amigos el accionar de Tom era casi inexplicablemente estúpido, lo cierto es que el alfa no había actuado de manera obtusa por ser un completo idiota. Tenía sus momentos brillantes, tendrían que admitirlo alguna vez. En esta ocasión había actuado de forma intencional, y además, no le sorprendía tanto la reacción de Bill a decir verdad.
Pocas cosas lo hacían tan feliz como pasar tiempo de calidad con su hermano de verdad haciendo cosas juntos, probando experiencias nuevas, conversando y divirtiéndose cuando era posible. Apreciaba de todo corazón que Bill hiciera un esfuerzo por ayudarlo a relajarse cuando estaba demasiado tenso, y que le compartiera su presencia y su aroma cuando . Pero la propuesta de Bill por compartir el nido lo había descolocado como hacía mucho tiempo que nada lo hacía. 

Aún recordaba la época de adaptación cuando apenas salían de la adolescencia, cuando habían tenido que reaprender lo que era “normal” en una relación de hermanos gemelos gracias a que Georg y Gustav les hicieron ver que si Bill llegaba y se sentaba en su regazo en la vía pública… no sería lo mejor para nadie. Había sido extraño, sobre todo cuando se dieron cuenta de que actitudes y comportamientos que ellos creían naturales y esperables eran tabúes para el resto de las personas. Dormir en la misma cama prácticamente todas las noches, y compartir el nido de Bill como si fuera su derecho legítimo, eran acciones que jamás habría interpretado como incorrectas en ese entonces. Volver a ese estado de vulnerabilidad táctica y biológica tal como estaban las cosas era simplemente impensable. 

Salir a comprar decoración no tendría que haber sido algo tan grave, si su mente alerta no lo hubiera igualado con algo tan íntimo como compartir el nido. Solo podía esperar que Bill comprendiera el mensaje eventualmente: el departamento era suyo para hacer con él lo que quisiera, pero Tom solo era el guardián, y esa era la posición que más le convenía si era que quería conservar su propia cordura. Aunque fuera de lejos, cuidar a Bill, proveer para él y asegurarse de que fuera feliz no era una carga que le costara llevar, y podía seguir haciéndolo.

Hasta que un alfa apropiado para él llegue y ocupe ese lugar, susurró una parte de su mente, y Tom se obligó a hacerla callar. 

—Pues tendrás que compensarlo por esto, va saliendo de un  berrinche y ya entró en otro—, comentó Gustav alzando las cejas con una media sonrisa en un gesto de resignación. Muy para su pesar, Tom supuso que tenía razón.  

&

Esa noche, Tom llegó al departamento con una ofrenda de paz para su hermano omega: una bocina inalámbrica para instalar en la sala de estar. No era nada muy grande ni ostentoso, ni siquiera caro, pero tenía forma de tocadiscos antiguo y Tom suponía  que eso le podría gustar a Bill considerando que había estado buscando decoraciones “vintage” para el departamento.

Abrió la puerta con su llave sin hacer demasiado ruido. Cuando atravesó el umbral encontró que, efectivamente, Bill ya había comprado varias cosas para decorar y las había dejado en la sala de estar. Reconoció una de las lámparas que vio en su instagram a mediodía,  y además, había algunos cuadros y cortinas nuevas, algunos adornos de vidrio y una mesita de madera tallada, todo en el suelo de la sala esperando ser instalado. 

Bill salió de la habitación al escucharlo entrar. Estaba vestido con una de esas camisetas extra grandes de Tom y unos bóxers rosas, y se estaba sujetando el cabello en un moño alto. Bill lo observó un momento, y algo debió haber hecho bien Tom, porque su hermano omega simplemente fingió que no pasaba nada: —ah, Tomi, ya llegaste— dijo con indiferencia, —¿Terminaste con todos tus aburridos pendientes en el búnker o también tendrás que ir mañana?

Tom lo reconoció por lo que era: Bill le estaba dando la oportunidad de resarcir el daño, y si era lo suficientemente sensato no desperdiciaría tan única oportunidad. Se puso firme sobre sus pies, como si fuera a comenzar un combate cuerpo a cuerpo con otro alfa, dio una respiración profunda para intentar calmarse, y le mostró la caja con la bocina que le había traído.

—Te compré esto—, anunció, bajando un poco la cabeza. —No, no me necesitan tanto mañana. Me quedaré a ayudarte a instalar todo, ¿qué te parece?
Pese a sí mismo, Bill sonrió. Se relajó visiblemente, Tom lo notó por la manera en que sus hombros perdían tensión y su aroma, con el que Tom ya estaba tan sincronizado, se volvió mucho más dulce y profundo. Bill tomó la bocina y la miró por un momento, se la devolvió a Tom con un gesto altivo y se dio la vuelta para ir a la cocina.

—Está bien, déjala por ahí. Pedí una pizza, ven mientras aún está caliente, ¡muero de hambre!

Tom entendió enseguida, con la más absoluta certeza, que Bill había estado esperándolo para cenar, lo cual lo hizo sentir divertido, pero también con una ternura tranquila surgiéndole en el corazón.  

&

Estaban justo en medio de la cena cuando tres toques a la puerta rompieron el ambiente tranquilo de la cena y la privacidad del departamento. Los gemelos intercambiaron una mirada, poco habituados como estaban a ser interrumpidos, y Tom se levantó de la mesa para ver de qué se trataba. En la puerta se encontraba Gustav, con una expresión de tranquilidad absoluta en el rostro y su caja de herramientas en una mano.

—Georg me dijo que no querías nada demasiado llamativo para el departamento—, dijo a modo de explicación, aunque para gusto de Tom no explicaba nada,— así que traje algunas cosas básicas.

Desde la cocineta, Bill se inclinaba hacia atrás en su silla para lograr ver al beta en la puerta:

—¡Gustav! ¿Quieres pizza?— Gustav lo saludó con la mano y negó con la cabeza, y acto seguido pasó por un lado de Tom, quien estaba más que sorprendido de que su amigo hubiera llegado así, sin preguntar ni avisar. Le había pedido tanto a él como a Georg que esperaran unos días antes de ir al departamento, que permitieran que Bill terminara de habituarse al lugar y a marcarlo con su propio aroma. A pesar de que los betas tenían un aroma neutral, no quería incomodidades ni confusiones. Adaptarse a un nuevo entorno y a un nuevo nido podría ser estresante para un omega, sobre todo en una época del ciclo tan delicada como el anidamiento.
(Si le hubiera preguntado a Bill habría sabido que tener a sus mejores amigos era muy reconfortante para él, lo hacía sentir mucho más cuidado y querido saber que ellos estaban listos para apoyarlo si lo necesitaba. Un omega florece en el cariño y el cuidado, no en el aislamiento. Pero bueno, Tom nunca preguntó).
Al ver en su rostro la irritación tan evidente, Gustav le dio una palmada en el hombro. —Tranquilo, lobo, mi aroma es neutro, ¿recuerdas? Además, la seguridad es mi única prioridad aquí—, miró a su alrededor y abrió su caja de herramientas: —límpiate el queso de las manos y ven a ayudarme.

Tom dejó salir un pequeño gruñido de frustración. Al escucharlo, Bill soltó una risa encantada, y cuando Tom se dio la vuelta, Gustav miró al precioso omega y le guiñó el ojo por encima del hombro de su hermano. 

&

La instalación de Gustav fue rápida y efectiva.
—Estas manijas con reconocimiento de huellas digitales son muy básicas hoy en día, mucha gente las instala en sus casas con facilidad—, explicaba mientras desatornillaba con cuidado la manija que ya estaba instalada en la puerta del departamento, —nadie lo verá como llamativo o sospechoso así que no te preocupes.

Tom lo miró con un poco de escepticismo. En ese momento, Bill venía de la cocina con un plato con una rebanada de pizza. Se sentó en el sillón más cercano con las piernas cruzadas y una enorme sonrisa adornando su rostro. Los ojos de Tom se abrieron como platos: su hermano seguía en camiseta y boxers frente a Gustav.
—La diferencia es que programé el dispositivo de la manija para conectarlo con estos sensores de movimiento,— continuó Gustav como si nada, con lo que Tom volteó a verlo una vez más. 

Hablaba de dos pequeños artefactos rectangulares color negro con unas luces parpadeantes. Eran discretos, fácilmente podrían confundirse con routers. Se los dio a Tom para que los instalara en la pared, tenían pegamento en la parte trasera. 

—Uno en esta esquina y el otro allá, para que abarquen toda la sala. Anda Tom, muévete—. Gustav sonrió cuando Bill soltó una risa, y continuó hablándole a él, como un contratista explicándole la remodelación al dueño de la casa: 

—Se activarán cuando ambos hayan salido del departamento y se desactivarán cuando uno de los dos vuelva. Solo asegúrense de tocar ambos el botón con el pulgar y se registrará tanto la entrada como la salida. 

—¿Y qué pasa si detecta movimiento?— preguntó Bill desde el sillón antes de darle otra mordida a la pizza. Gustav asintió con la cabeza, complacido con la curiosidad constructiva de Bill; —enviará una alerta a todos nuestros teléfonos junto con una fotografía de la habitación.

—Les dije que no quería cámaras—, reclamó Tom, hincado en una esquina de la habitación instalando el sensor. Se le escuchaba bastante molesto, pero Gustav solo lo miró como si fuera un idiota.

—No grabarán todo el tiempo, Tom—, replicó con tono de fastidio. —Solo se tomará una fotografía rápida si detectan un movimiento extraño aquí. Ahora ayúdame a instalar los sensores de ruido.

Durante la siguiente hora, Gustav hizo a Tom ayudarle a instalar el resto de los dispositivos de seguridad que se le habían ocurrido como “medida discreta”, incluido un detector de humo nuevo en la cocineta luego de determinar que el que venía con el departamento no era acorde a sus estándares. Bill reía con deleite al ver a su hermano trepado en los hombros de Gustav, ya que no tenían escalerilla y las sillas no bastaban, a pesar de que los techos eran relativamente bajos. El flash de su teléfono traicionó el momento en que les tomó una fotografía. 

—¡Ni se te ocurra subir eso a tu instagram, Bill!— advirtió Tom, pero tuvo que balancearse con los brazos un momento después para no caer de los hombros de Gustav mientras a Bill le dolía el estómago de la risa.

Cuando terminó, Gustav guardó sus herramientas y se despidió con la parsimonia confiada de todo un profesional. Después de darle un abrazo breve como agradecimiento, Bill se retiró a la cocina, y en ese descuido donde el omega no los estaba mirando, el beta se acercó a Tom, y le dijo en voz baja:

—Bien, me ayudaste con la seguridad del nido, ya eres el alfa protector de nuevo. No lo arruines otra vez, idiota.  

&

Al día siguiente, como lo prometió, Tom se quedó en el departamento para ayudarle a Bill a reacomodar muebles e instalar sus decoraciones de acuerdo con sus muy específicas exigencias. No fue un oficio fácil, hacía años que ninguno de los dos hacía este tipo de labores tan domésticas y sencillas y ni siquiera tenían las herramientas para hacerlo.

De modo que Tom tuvo que conseguir un taladro para poder colgar los cuadros y poner las cortinas nuevas, que necesitaban un soporte diferente que la que ya tenían las cortinas instaladas en el departamento. Se movía de un lado a otro bajo las estrictas órdenes de Bill quien tenía, al parecer, una idea muy clara de cómo debía verse su nuevo hogar. Nada podía estar un centímetro fuera de lugar, el omega se percataba con una claridad milimétrica y corregía a su hermano para que resarciera el atrevido error. Tom lo complacía porque en cierta forma lo veía como parte del anidamiento. De nada servía haber hecho toda la diligencia de comprar el departamento y obsequiárselo a Bill si éste no se sentía a gusto en él. 

En la mente de Tom, todo el esfuerzo que le estaba costando poner orden en este lugar era un precio bajo que pagar a cambio de que su hermano estuviera feliz, tranquilo y pleno.

Al terminar la jornada, el lugar se veía, Tom tenía que admitirlo, mucho más acogedor y colorido que antes.  

—Parece un invernadero de colores—, soltó entonces al mirar a su alrededor, solo para recibir un codazo por parte de Bill. Ambos rieron de buena manera a pesar de todo, pues Bill era consciente de que Tom solo bromeaba, y a decir verdad, era de las pocas veces en tiempos recientes que el estresado alfa se había sentido con plena libertad de hacerlo. 

No podía negar que se encontraba muy satisfecho con el resultado; la decoración era muy bella y la intuición de Bill no les había fallado. Las lámparas daban una iluminación tenue y ámbar al ambiente de la sala de estar. Las cortinas azules caían pesadas sobre la ventana, dándole una sensación de portal místico al entrar la luz de la media tarde. Al asomarse un rayo de sol por entre las cortinas y tocar un colgante de vidrios coloreados en el ángulo correcto, la luz cálida se dividía en un arcoiris tan precioso que se proyectaba hasta el suelo de madera pulida, dando como resultado unos colores tan hermosos que hasta un alfa de poco refinamiento con él podía apreciarlo y quedar embobado unos segundos admirando su belleza. 

Las decoraciones eran, en conjunto, un poco exageradas, pero nadie diría que tan bello lugar no era un hogar. Quizás era su engreimiento de alfa orgulloso del brillo de su hermano, pero pensaba que cualquier persona que entrara podría ver que el omega que habitaba este espacio era talentoso, poderoso y consentido.

Se sentaron en uno de los sillones con una cerveza en mano cada uno. Viendo las luces de su decoración, Bill dejó caer su cabeza en el hombro de Tom y ronroneó suavemente, sonido que alertó a su hermano. No había escuchado a Bill hacer ese sonido en quizás años. No lo recordaba con claridad. 

—Quedó precioso, Sol tal como lo imaginé—, anunció el omega con una sonrisa en la voz, pero su voz se volvió tenue, casi nula en el aire del departamento al agregar: —lástima que el anidamiento haya terminado.” 

&

Al día siguiente, Bill regresó a sus actividades como de costumbre, sin quejarse y de una manera completamente profesional. Normalmente su día a día estaba repleto: apariciones públicas en eventos, entrevistas y galas, publicaciones perfectamente curadas para sus redes sociales (salvo cuando las usaba para hacer un berrinche, como el día de las compras), visitas a alguno de los hoteles para hacer una supervisión sorpresa y, por supuesto, ir al búnker a revisar que todos los sistemas estuvieran funcionando a la perfección y a ayudar a Georg o a Gustav a coordinar operaciones si Tom no estaba disponible.

Su posición en el Sindicato siempre había sido… imprecisa, por decir lo menos.

Los betas y alfas que trabajaban para ellos no podían explicarlo claramente si algún nuevo recluta lo preguntaba: el líder era Tom, pero era sabido que rara vez se tomaba alguna decisión importante sin consultar con Bill, quien era el segundo al mando y jefe de informática. Sin embargo, todos sabían que si él decía no a algo ese algo no se haría y punto, incluso si Tom se empeñaba en ello. 

En la manada las cosas eran mucho más sencillas ya que estaban atadas a un orden natural que nadie se había atrevido a cuestionar en años; Georg y Gustav sabían perfectamente que mucho de lo que Tom hacía era porque en el fondo nunca había dejado de ser un niño temeroso por la vida de su hermano. Por más que Tom quisiera proyectar una imagen de alfa superior que podía contra cualquier amenaza que se le pusiera enfrente, una palabra, un puchero, suspiro o lágrima de Bill tenía el poder de echar para abajo cualquier iniciativa si algo no le gustaba. Tom era el líder de la manada, sí, pero Bill era el corazón, y si el corazón no latía, nada más iba a funcionar en lo absoluto. Al final, la meta última de todo lo que Tom hacía era ver a Bill vivo, seguro y feliz. Lo demás no importaba demasiado.

Desde que navegaban solos por el hampa y sus peligros, Tom se las había arreglado para darle a Bill todo lo que pudiera necesitar para brillar. Le consiguió tecnología, lo ayudó a inscribirse a cursos, le compró materiales cuando empezó a interesarse por la ropa, se dejó usar como maniquí para los primeros experimentos de costura y maquillaje de su hermano. Si bien hubo temporadas de genuina resistencia, corazones rotos y genuina discordia entre ambos (eran un par de adolescentes casi ferales luchando por sobrevivir a sus propias hormonas), al final la necesidad biológica de su lazo siempre los llevaba de vuelta al otro. Con el tiempo Tom se resignó a ser quien protegiera, cultivara y eventualmente adorara la forma en que Bill se enfrentaba a la realidad. 

A pesar de su naturaleza caprichosa, los betas estaban orgullosos de él, a decir verdad. Cuando lo conocieron, en aquellos años donde apenas dejaban atrás la adolescencia, ya demostraba ser bastante inteligente para las labores del bajo mundo, pero le era muy fácil perderse en una burbuja de mimos y cariños de anclaje biológico con su hermano. Él fue quien se tomó menos en serio las advertencias de los betas sobre la cercanía tan íntima que compartía con Tom, y sus explicaciones milimétricas de cómo este lazo entre ellos no se trasladaría bien a la vida pública una vez que decidieran comenzar un negocio legal, siendo ellos hermanos. Sin embargo una vez que absorbió todas las enseñanzas que Georg y Gustav se esforzaron en darle acerca de la vida bajo el ojo público, Bill salió a las calles convertido en un omega deslumbrante: hermoso, inteligente, talentoso, sociable, desenvuelto, valiente. Era capaz de comandar la atención de un lugar una vez que llegaba, tomar decisiones difíciles en un parpadeo y doblegar a un alfa con el sonido de su voz o con una mirada de desprecio. Para el Eclipse, era no solamente la pantalla perfecta ante el mundo legal, sino también la pieza de inteligencia más valiosa.

Pero si en algo siempre había flaqueado Bill, desde que lo conocían y probablemente desde mucho antes, era en contenerse a sí mismo y a una situación si estaba enojado, decepcionado o triste por algo hecho o provocado por Tom. Esa era la verdadera tragedia. El omega más orgulloso y magnífico de Berlín se convertía en un alma en pena cuando se trataba de resistir un conflicto con su hermano alfa, y todo podía irse directamente al caño si las cosas no se arreglaban pronto. El alma en pena podía vagar por los pasillos lamentándose con un dolor que le enchinaba la piel a quien quisiera escucharlo, o convertirse en un poltergeist que atacaba sin tregua, y rara vez los betas o Tom tenían una idea clara de qué era lo que iban a obtener de él en una situación así.

Continúa…

Para evitar que se corte el capítulo, lo he divido en dos, la continuación ya está disponible 😉

por admin

Traductora del fandom

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