
Fic TWC de Pau_Humanoid
Capítulo 2: You see my soul, I’m a nightmare
El interrogatorio de Miller tuvo que guardar un equilibrio cuidadoso de moderación y brutalidad. Después de horas expuesto solo en ropa interior a una luz de una intensidad terrible, estaba hecho un ovillo en el suelo de su celda lloriqueando, tratando de protegerse del terrible resplandor y del calor que emanaba. Gustav fue el primero en entrar para asustarlo un poco con su parsimonia de soldado que busca un hueco en la armadura; le hacía preguntas que no esperaban respuesta solo para presionarlo, y le recordaba en voz baja que apenas estaban comenzando con su proceso si era que no se decidía a hablar pronto. Como parte del Sindicato, Miller debía saber todo lo que le esperaba si no hablaba rápido.
Después de él, Tom apareció haciendo algo que había aprendido muy bien en su juventud: tortura lenta, sin violencia explícita, con paciencia y frialdad. Acciones simples y efectivas como agujas debajo de las uñas o pequeños, casi invisibles cortes en la piel con una navaja de rasurar oxidada.
Mientras realizaba su labor metódicamente, Georg y Bill le dictaban preguntas al oído, ¿Para quien estaba trabajando? ¿Quién necesitaba que él saboteara el sindicato y para qué? ¿Cuáles se suponía que fueran sus siguientes acciones? Si el sabotaje funcionaba, ¿a quién iba a beneficiar?
Tom observó al hombre a sus pies, golpeado, aterrorizado, con cientos de pequeños cortes en el cuerpo y gotas de sangre nueva brotando de entre su piel. Tomó la botella de jugo de limón con una pequeña sonrisa. Era casi una tontería, pero era estúpidamente letal. Había tomado la botella de la cocina que compartían con Georg y Gustav apenas una hora antes.
Lo roció con el jugo y lo escuchó gritar maldiciéndolo a él y maldiciendo a todo el sindicato hasta que Tom le lanzó una patada en la cara que lo hizo retorcerse mientras un chorro de sangre salía de su nariz. “Deja de lloriquear. No entiendo cómo pasaste las primeras pruebas del reclutamiento, eres un inútil”. Tom nunca levantó la voz. Caminó alrededor de él, observando a Miller de cerca y con cuidado, asombrado del contraste brusco entre la habilidad que había tenido para engañarlos tanto tiempo y el patetismo que mostraba en ese momento. “Para ser un beta bien entrenado no tienes nada redimible. Ni resistencia, ni lealtad, ni inteligencia.”
Esta idea le dio pausa a Tom. Hubo un silencio en su auricular; sabía que los demás compartían su pensamiento. Dio la orden entonces: “Georg, avisa al ala médica que preparen una desintoxicación para esta rata”.
Salió de la cámara a paso firme. Aún los estragos del dolor de cabeza hacían mella en su cuerpo, haciéndolo sentir adormecido y torpe, incapaz de concentrarse una vez que la adrenalina del deber salía de su organismo. Cuando llegó a la sala de operaciones con Bill y Georg, éste último lo miraba con curiosidad por haber detenido el proceso a la mitad. Él también tenía sus sospechas, pero quería confirmar con Tom. “¿Qué notaste?”
“Químicos, Georg. Está tomando supresores. No creo que sea un beta”.
Georg frunció el ceño. “Lleva cinco años trabajando para nosotros. Es demasiado tiempo para estar tomando supresores. Si no es un beta, entonces está dañando permanentemente su cuerpo”, se cruzó de brazos y miró hacia abajo, pensativo. Pero finalmente negó con la cabeza y miró de nuevo a Tom, con aires de quien ya ha pensado en todas las opciones y ninguna le convence: “Me parece demasiada lealtad hacia quien sea que le esté pagando por sabotearnos.”
Bill dejó salir un sonido de escepticismo, mirando los informes que tenía abiertos en su laptop. Había analizado el perfil de Miller de arriba abajo, y no había encontrado ninguna pista de que fuera una persona psicológicamente fuerte o resiliente para llevar a cabo un plan a tan largo plazo.
“No creo que sea así. Seguramente tomaba los supresores por su propio beneficio y luego comenzaron a pagarle, que lo hayan contactado precisamente a él para traicionarnos pudo ser una coincidencia. Eso, o ha estado haciendo pequeñas “misiones” contra nosotros por un buen rato bajo esa máscara.”
Tom se sintió tenso de golpe. ¿Qué otras cosas ignoraba, qué otras cosas podrían estar pasando bajo su nariz sin que él hiciera algo al respecto por estar cegado por la calma relativa?
Mientras revisaban y desintoxicaban a Miller en el ala médica, no había mucho qué hacer. Georg iba a procesar la información que tenían, y Gustav había bajado a coordinar el entrenamiento de los agentes. Bill estaba sentado frente al monitor con los brazos cruzados, mordiéndose la uña del dedo pulgar. De nuevo, el deseo de Tom de darle algo de tranquilidad ganó sobre todo lo demás:
“Bill, ve a casa y descansa un rato. Tienes una cena esta noche, ¿no?”
Bill volteó a verlo, y no pudo evitar la mueca de disgusto que se apoderó de su rostro. “La cena de beneficencia de Wittmann Co.”, corrigió Bill, pues no se trataba de cualquier “cena”. Era una de esas fiestas que eran eventos con gran cobertura mediática, pocas veces en el año sucedían y tenían que aprovechar. Estas eran oportunidades invaluables para dejarse ver en público y hacer el tonto con tal de mantener la fachada; habría reporteros, fotógrafos, y gente de todos los escenarios con quienes les convenía codearse. “Prometiste que irías conmigo, es importante.”
Tom hizo un gesto de cansancio. Nunca había sido fanático de ese tipo de eventos. Además, el dolor recesivo de la migraña aún le palpitaba tras los ojos, y no tenía ganas de irse del búnker sin haber ajustado todas las cuentas pendientes con el traidor: “no, Bill, tendré que quedarme a interrogar a Miller una vez que el médico termine la desintoxicación. Te enviaremos una escolta para que te recoja en la mansión a las siete.”
Bill miró a su hermano, sintiéndose profundamente molesto por su necedad. A su parecer, no había nada que Tom pudiera hacer que no pudiera hacer alguien más en su lugar, y Bill lo quería a su lado en esa cena porque se suponía que ambos tenían que dar la cara ante el público. “Sabes que si no vas me estarán preguntando por ti, y mañana saldrá por lo menos un titular enfocado en que no estuviste en la cena” cruzó los brazos, esperando que su firmeza hiciera recapacitar a Tom, “a Miller lo puede interrogar Gustav, estás siendo ridículo con todo esto.”
Tom no retrocedió, pero se cruzó de brazos al igual que Bill, y su expresión, aunque hubiera querido evitarlo, se endureció: frunció el ceño, apretó los dientes y dio una respiración con la que se tensó todo su cuerpo. Cuando su hermano se ponía así, Tom se daba cuenta, él mismo perdía un poco el control, y tenía que luchar consigo mismo para poder retomarlo.
“No es algo menor, Bill, es una persona que estuvo infiltrado con nosotros por cinco años. Creíamos que era un beta, estaba en todos sus archivos, ¿tienes idea de lo que eso significa?”
La implicación en sus palabras no pasó desapercibida por Bill. En este punto, el omega se puso de pie y Tom se dio cuenta de que había cometido un error cuando ya era tarde; tratar a Bill como si no fuera él también parte del equipo, como si fuera un niño que no comprendía lo que pasaba a su alrededor o como el omega que necesitaba ser protegido a toda costa, era la peor ofensa que habría podido hacerle en toda la vida que habían llevado juntos en ese mundo. Odiaba que lo subestimaran, odiaba que lo hicieran sentir pequeño, pero sobre todo odiaba cuando era Tom quien cometía esas afrentas hacia él, y no las iba a tolerar.
“Claro que tengo idea, ¿por quién me tomas?” Bill caminó hasta que estuvo frente a Tom, encarándolo, su expresión dejando claro que si Tom se atrevía a contradecirlo se iba a arrepentir; “en ese caso me quedaré aquí y te ayudaré con el interrogatorio, avisaré que no asistiremos a la cena.”
Muy para pesar de las intenciones firmes de Bill, en esta ocasión Tom decidió que él tampoco podía darse el lujo de ceder. Era demasiado: Bill tenía que aprender que no todo podía ser siempre como él quería. Ir a este tipo de eventos y fingir normalidad era una pieza clave del rompecabezas de su seguridad, y no era un requerimiento obligatorio que Tom asistiera, las miradas siempre estaban sobre Bill de todas formas. Además, Tom se estaba dando cuenta de que necesitaba que su hermano se alejara un poco, tan solo por unas horas. No podía permitir que se quedara en el búnker mucho más.
“Bill, ve a la cena”, repitió entonces, bajando la voz, imprimiéndole un tono que nunca usaría con él en otras circunstancias. “Necesitamos que la gente te vea, ¿lo olvidas? No puedes quedarte aquí si eso implica incumplir con tu deber”, luego, Tom firmó su sentencia: “es una orden”.
La cara de indignación de Bill era impagable.
“¡TOM! ¡¿Cómo te atreves?!”
“Bien, suficiente,” dijo entonces Georg poniéndose de pie y caminando entre ellos para hacerlos poner distancia, acostumbrado pero francamente harto de los despliegues dramáticos y emocionales de los gemelos. “Bill, ve a casa y prepárate para la cena, tienes que hacer tu parte. Tom, tú deberías descansar. Ve y toma una siesta, Gustav y yo manejaremos el interrogatorio y si te necesitamos te llamaremos.”
Hubo un momento de silencio en el que Tom observó a Georg con el ceño fruncido, evidentemente frustrado de que su administrador hubiera tomado el mando sin consultar. Pero Tom decidió confiar en él. Él mismo había puesto a Georg en esa posición hacía mucho tiempo ya. Bill por su parte no estaba complacido en lo absoluto, pero finalmente soltó un suspiro pesado, recogió su bolso con una mano y salió de la habitación sin despedirse, dando zancadas largas y asegurándose de que sus tacones resonaran en el suelo. Tom no dijo nada, solo puso los ojos en blanco y caminó hacia su oficina en silencio, tratando de evitar, en medida de lo posible, los movimientos bruscos, las luces y cualquier cosa que no fuera su viejo sofá-cama y una manta.
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“Tom, ¡despierta!” La voz de Georg sacó a Tom de su sueño de un solo golpe, haciéndolo abrir los ojos e incorporarse tan rápido que se sintió mareado. Él estaba acostumbrado a no dormir tan profundamente, a menos que estuviera enfermo y eso lo obligara a caer en el limbo, como ahora, por lo que el grito del beta mandó su presión a las nubes. Georg no lo esperó, comenzó a caminar fuera de la oficina y por el pasillo hablando aún: “tenemos que apurarnos, habrá un infiltrado de los chechenos en la cena de beneficencia. Probablemente se aproxime a Bill, tenemos que advertirle lo que puede pasar.”
Tom no pudo evitar que el sentido de urgencia lo hiciera reaccionar con algo de exasperación, así que levantó la voz sin querer: “¡Llamen a su teléfono!” estaban llegando a la sala de monitores. Georg se sentó frente a su computadora: “ya intentamos llamarlo y no contesta, por eso te desperté, ¡tú eres quien tiene todas las contraseñas!” Tom se dio la vuelta rápidamente y corrió a su oficina. Sin embargo, intentar comunicarse con Bill desde su propia computadora probó ser inútil, ya que al parecer su hermano había desactivado todas las líneas de comunicación entre él y el búnker incluyendo la línea de la camioneta blindada que lo llevó a la ciudad, y la de la mansión, que debería atender el personal de servicio. Estas acciones definitivamente no eran una casualidad, lo había hecho a propósito, y es que no era la primera vez que hacía esto, sobre todo cuando estaba enojado. Pero era la primera vez que el asunto no se quedaba solo como un enojo vago, sino que en ese momento había desembocado en una emergencia que tenían que manejar si no querían que el omega terminara en peligro.
“Georg, lo desactivó todo! Llama a Gustav, Dile que tenemos que ir a la ciudad pronto.”
Georg asintió y se alejó al monitor de la celda donde Gustav seguía hablando con Miller, sacándole toda la información posible: “Gustav, el interrogatorio termina aquí, acompañarás a Tom a la ciudad. Bill desactivó las líneas otra vez”.
En el monitor, Georg pudo ver a Gustav soltar un bufido y darse una palmada en la frente y, honestamente, concordaba con el sentimiento.
“Voy”, contestó Gustav sin mayor adorno, se limpió las manos con un trapo y salió de la habitación. Detrás de él, dos de sus agentes de confianza entraron para llevar a Miller de vuelta a su celda. Su estado era cada vez más lamentable.
“Georg, explícame qué dijo exactamente el bastardo de Miller”, preguntó Tom mientras esperaban a que Gustav entrara. La boca de Georg era una línea tensa e inamovible.
“Miller confesó que la persona que estará en esa cena trabaja para el grupo a quienes él le ha estado consiguiendo información. Aún no nos dice quienes son. Pero por lo que ha contestado al interrogatorio, creo que todo este tiempo el objetivo no eras tú… el objetivo al parecer siempre ha sido Bill.”
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Gustav y Tom no sabían exactamente a qué se enfrentarían en la cena, así que el plan era de lo más simple. Tom entraría (ya se había puesto un traje de tres piezas adecuado para la noche, en un tono gris oscuro que Bill siempre había odiado por su simpleza), y buscaría a Bill entre la gente para servirle de guardaespaldas por si algo pasaba. Tendría que, por supuesto, explicarle a su hermano lo que pasaba para que estuviera de acuerdo en cooperar. Conociendo a Bill, era perfectamente probable que terminara bastante molesto con Tom. De todas formas, estaban dispuestos a correr el riesgo. Por supuesto, la seguridad de Bill siempre sería la prioridad.
Gustav había traído consigo un equipo de su confianza para asegurar el perímetro, y se quedaría afuera en espera de una señal de Tom o de cualquier movimiento extraño que detectaran durante la ceremonia.
Cuando llegaron al hotel donde se estaba celebrando la cena, la mayoría de los invitados ya habían entrado y habían sido dirigidos a sus asientos. Tom caminó hacia la entrada, a sabiendas de que su arreglo no es el mejor. Bill hubiera pasado horas detrás de él diciéndole que se arreglara el cabello y se pusiera una de esas cremas hidratantes, y pasándole una brocha con corrector y polvo matificante por la cara para que Tom se viera lo mejor posible. A Tom no le importaban esas cosas tanto como a su hermano, pero era plenamente consciente de que se esperaba que él luciera de cierta forma en estos lugares. No podía evitar ser consciente de las miradas condescendientes, incluso si su ropa era cara o si tenía las manos llenas de joyas. Siempre había sido consciente del lugar de donde él y su hermano venían, y lo mucho que en ocasiones simplemente no encajaban.
Se acercó a la entrada del recinto y mostró en su celular la invitación digital que Bill le había enviado hacía días, y el host le sonrió amablemente, aunque Tom en seguida detectó un dejo de burla sutil en su voz: “Señor Kaulitz, es un gusto tenerlo por aquí. Su hermano nos había informado que no contaríamos con su presencia hoy. Fue muy… enfático al respecto”.
Tom puso los ojos en blanco, aunque fue lo más discreto que pudo. No pudo dejar de imaginar el tipo de comentario despectivo que Bill seguro hizo de él en un arranque caprichoso. “Ya estoy aquí. ¿Dónde está mi hermano?”
El host le mostró un mapa con las ubicaciones de las mesas. Afortunadamente, aún no habían ocupado el espacio vacío al lado de Bill; en este tipo de galas era común que los espacios vacíos fueran rellenados lo más pronto posible para que no desentonaran las fotos.
Tom caminó hacia la mesa, que se ubicaba casi en el fondo del salón y muy cerca de la mesa del anfitrión de la cena, Francis Wittmann, un magnate con propiedades hasta en la luna que en ese momento tenía las manos metidas en la industria del cine. Tom dudaba honestamente que ese hombre estuviera tan interesado en la beneficencia como decía, y a decir verdad, este tipo de muestras de opulencia le daban asco, pero entendía la necesidad de aparentar perfectamente. Cuando finalmente encontró la mesa, sus ojos encontraron los de su hermano. Bill lo miró llegar a lo lejos, pero se desentendió de él volteando hacia otro lado, y en cambio se concentró solo en lo que le decía la mujer que estaba sentada al lado de él. Era una fabricante de perfumes a quien admiraba bastante, hasta donde Tom podía recordar. Tom se acercó y saludó lo más amable que pudo y la mujer (beta, delgada y de baja estatura, rostro anguloso e inteligente, cuarenta y pocos años, cabello castaño y corto, no trae armas consigo, solo es una civil con dinero), le respondió con una pequeña sonrisa. Bill suspiró, viéndose obligado a ser amable. Todos los conocían y sabían que eran hermanos; ver a Bill y Tom separados en un evento de estos solo sucedía si uno de ellos iba al baño, así que si alguien tenía que ser el que los presentara, tendría que ser él mismo. “Este es mi hermano Tom”, le sonrió a la mujer, señalando a Tom con un gesto de la mano y una sonrisa fingida entre dientes, “el que encuentra tan fácil abandonarme en una cena de beneficencia por seguir jugando a ser todo un macho.”
“Sabes que no estaba jugando, Bill”, replicó Tom entre dientes, cruzándose de brazos, y fue justo en ese momento donde Bill decidió que no le dirigiría más la palabra. Bill volteó de nuevo hacia la mujer y continuó hablando con ella en un tono encantador, pero era obvio que la situación se había tornado de lo más incómoda.
Cuando ella se dio cuenta de que los gemelos estaban tensos, pues era demasiado evidente que Bill le estaba dando la espalda deliberadamente a Tom, trató de aligerar un poco el ambiente haciendo un comentario en un tono que trataba de ser casual: “Bill, realmente es usted muy afortunado de tener como hermano a un alfa tan atento y protector como el señor Kaulitz. He visto entrevistas con ustedes y se nota que su seguridad es la prioridad”. Bill se encogió de hombros, a pesar de que sabía que los betas solían ser acertados en sus observaciones. No se sentía particularmente generoso con Tom en ese momento.
“¿Protector?”, preguntó con una sonrisa, como si lo dicho por la mujer hubiera sido una sugerencia increíble. “Supongo que sí, se puede decir que mi hermano es protector. Aunque a veces se comporta más como un carcelero. Pero ¿qué se puede esperar de un alfa neurótico y hormonal? Al menos nosotros omegas y betas sabemos lo que es la moderación”. La mujer terminó soltando una risa, pero era obvio que se sentía incómoda.
Tom gruñó lo más bajo que pudo, molesto por el comentario y exasperado por la forma en que su hermano se expresaba acerca de él, sobre todo porque sabía que Bill lo hacía porque estaba enojado, aunque honestamente Tom no era capaz de entender por qué la discusión se les había salido tanto de las manos. Una vez que la mujer ya no les estaba prestando atención, Tom se acercó al oído de Bill, y le explicó en voz muy baja: “Bill, alguien en esta fiesta va a tratar de acercarse a ti. Trabaja para las personas que le pagaron a Miller por sabotearnos.” Tom observó el cambio sutil en Bill cuando se puso en alerta; como su mirada se volvió más enfocada, como su piel de pronto dejó de verse tan suave, cómo su mandíbula adquirió una dureza impropia de un omega, “Georg cree que el objetivo nunca fui yo o la organización. Por alguna razón quieren llegar a ti”.
Después de un momento de haber procesado la información, Bill se encogió de hombros, y finalmente replicó en un tono neutral, casi indiferente: “Bueno, si es el caso ¿por qué no esperamos a que alguien se me acerque? Así tú tendrás la oportunidad de averiguar quién es y cuáles son sus intenciones.”
Tom soltó un bufido de exasperación. Bill sabía lo que una respuesta así le podía hacer, ¿por qué insistía en hacerse el difícil?
“Vine precisamente para no tener que exponerte. En cuanto detectemos peligro te llevaré a casa”. Ahora fue turno de Bill para poner los ojos en blanco y enfrentar a su hermano con la molestia cada vez más notoria en su rostro: “¿Exponerme? Usarme como carnada es una buena opción, ¿Por qué no eres un poco más atrevido, Tom? A final de cuentas lo que queremos es encontrar información. Si tú tratas de protegerme pero no nos movilizamos, jamás sabremos quién nos hizo daño para empezar”, Después de un momento, Bill finalmente volteó a ver a su hermano: “¿Por qué le tienes tanto miedo a la vida, Tom?”
Tom no contestó nada. Se sostuvieron las miradas por unos segundos y ninguno de los dos bajó la vista. En el centro del salón, el anfitrión comenzó la ceremonia, llamando la atención de los asistentes, y eso fue lo único que pudo separarlos. Bill se volteó, dándole la espalda de nuevo, no sin antes dar una última determinación que no dejó espacio a dudas.
“Yo seré la carnada. Concéntrate en hacer tu parte.”
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El evento pasó sin grandes altibajos. Fue infinitamente aburrido, como siempre. Hubo algunos cantantes amenizando la reunión (Bill cantaba mucho mejor a gusto de Tom), buena comida y vino. Los llamaron para posar para unas cuantas fotos y al final de la noche Tom se vio obligado a firmar un buen cheque para la causa benéfica de la noche. Trató de no sentirse molesto por la poco genuina muestra: era un costo bajo que pagar. En cuanto más la gente los viera en este tipo de eventos menos pensaban en ellos como sospechosos o peligrosos.
Es muy consciente de lo que el público veía en los Kaulitz; un par de nuevos ricos que quizás ya habían perdido el contacto con la realidad. Bill era el dueño del imperio que se paseaba por la ciudad en sedas y diamantes, y Tom era su hermano gemelo aburrido que se encargaba de los negocios. Georg era el gerente general y Gustav el jefe de seguridad. Les convenía mantener esta imagen de superficialidad y “normalidad” ante el mundo. Los seguidores de Bill en redes sociales se volverían locos si llegaran a saber lo que el omega puede hacer con una computadora vieja y conexión a internet.
De modo que, si no hubo un acercamiento de nadie sospechoso esta noche, por lo menos la cena había servido para lo que a ellos les interesaba: guardar las apariencias y mantener concentrado al ojo público en lo que estaban pretendiendo ser.
Tom solo lo notó cuando ya casi era hora de irse, pero Bill se había ido suavizando hacia él conforme pasaban los minutos. Antes había parecido mucho más tenso, y de pronto se veía más tranquilo, relajado incluso. Tom se preguntó si estaría un poco afectado por la bebida, lo cual no sería raro. Bill no era el tipo de persona que se perdía por completo en la embriaguez, pero sí el tipo de persona que gustaba de tomar hasta encontrar el punto suave de relajación y euforia que podía dar el alcohol bien administrado. Pero ese día Bill no parecía querer pasar un buen rato bebiendo y bailando con gente que apenas podían llamar conocidos. El salón estaba lleno de omegas opulentos, betas tranquilos y alfas con aromas rebajados elegantemente con supresores para la ocasión. Tom lo detestaba.
En algún momento de la noche, cuando la gente aún estaba bebiendo y comenzando a dispersarse para hablar en grupos, Bill lo tomó del brazo y se recargó levemente contra su hombro. “Tom, llévame a casa. Estoy aburrido”.
Tom suspiró, mirando a su hermano y su cabello rubio. Se inclinó levemente para respirar su esencia, y finalmente asintió. “Muy bien, mi Luna. Vámonos”.
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En el automóvil camino a casa Tom reportó con Gustav, que los seguía en una camioneta con el equipo de custodia: “nada fuera de lo normal, Gustav. De todas formas, dile a Georg que consiga una lista de los asistentes y del staff de la cena, y busquen a cualquier que llame la atención. Lo revisaremos mañana.”
A su lado en el asiento, Bill se había quedado dormido recargado contra su hombro. Tom volteó hacia él y hundió la nariz contra su cabello, dejando un beso en su cabeza.
Claro que le tengo miedo a la vida, concluye Tom, recordando la pregunta que le hizo Bill durante la cena, hay tantos peligros, y yo solo te tengo a ti.
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Al día siguiente, Tom se estaba vistiendo para ir al búnker, y decidió ponerse una chaqueta en particular: una cazadora de piel color negro que había tenido por tantos años que ni siquiera recordaba con claridad cuándo o dónde la compró. Era su favorita, fácilmente: pesada, abrigadora, flexible por los años de uso, pero resistente. No la encontró en su guardarropa ni colgada en ningún perchero. Pregunta a una de las empleadas si la ha visto, y ella le informa que estaba en la última carga de lavandería: se había lavado en seco y puesto en su guardarropa apenas hacía unos días. Tom entendió casi en seguida que esto quería decir que si no estaba en su ropero la única explicación que quedaba para su falta era que Bill la había tomado, y fue entonces que recordó haber visto a Bill usándola en el búnker el día de la captura de Miller y la migraña.
A pesar de su desdén por el estilo “descuidado” del día a día de Tom, Bill amaba esa chaqueta y la usaba a placer en la mansión o en el búnker. Su argumento era que a pesar de las lavadas, estaba saturada con la esencia de Tom. Como el único alfa en la vida de Bill, a pesar de ser su hermano, Bill asociaba el aroma a madera de cedro y canela de su hermano con seguridad y familiaridad, de modo que no era raro que tomara una prenda o una manta de entre las cosas de Tom para su uso cuando trabajaba o cuando se sentía nervioso por algún motivo. Esa cazadora en particular era, aunque nunca lo fuera a admitir, su pieza favorita.
Tom llamó a la puerta de Bill, suponiendo que su hermano se encontraría ya despierto, quizás arreglándose el cabello o poniéndose cremas y maquillándose. Pero no recibió respuesta al tocar la puerta, lo cual querría decir que seguía dormido, se estaba bañando o simplemente ya no estaba en la habitación. Así que entró. Echó una mirada alrededor. La habitación de Bill era probablemente la más grande de la mansión, con un ventanal de vidrio reforzado que abarcaba un muro completo, cortinas pesadas y majestuosas, mezclando colores pastel con maderas, dorados y bronces, plantas de hojas verdes enormes y flores.
La cama de diseño, circular, enorme y cubierta de mantas blancas, estaba desordenada, lo cuál le extrañó. Pero Tom no estaba ahí para hacer preguntas, estaba para buscar su chaqueta e irse rápido.
Revisó el perchero, la silla frente al tocador, y cualquier superficie donde Bill pudiera haberla arrojado después de usarla. Al no encontrar la cazadora dentro de la habitación, Tom supuso que quizás Bill la había guardado dentro de su propio guardarropa, lo cual no le encantaba particularmente al alfa. El guardarropa de Bill era una segunda habitación anexa a la habitación principal, con al menos tres pasillos de estantes y tubos donde Bill colgaba y organizaba su ropa, de manera que podía caminar entre ellos, seleccionar lo que más le gustara y vestirse frente a un espejo que se encontraba al fondo, rodeado de percheros y con luces cálidas alrededor. Había una alfombra suave color verde oscuro que le daba una sensación aún más cálida e incluso íntima al espacio, por eso mismo Tom solo entraba cuando estaba buscando a Bill para algo importante; era probablemente el único lugar de la mansión que no había sido del todo tocado por la esencia de Tom.
Tom abrió la puerta del guardarropa entonces, honestamente resignado a la idea de tener que buscar entre toda la ropa de Bill. La chaqueta podría estar en cualquier parte. Tom dio un paso adentro, sin embargo, se detuvo de golpe al entrar al primer pasillo cuando un aroma dulce y concentrado lo golpeó de lleno en la nariz; el aroma de su hermano a cedro y rosas, pero potenciado como perfume en un frasco. Tom avanzó un par de pasos en la penumbra, con el instinto haciendo que el vello de su cuerpo se erizara, y entonces se dio cuenta de que Bill estaba acostado en el suelo, rodeado por un montón de mantas viejas, aquellas que usaban cuando eran niños y vivían en las calles, y ropa, casi toda suéteres y camisetas usadas de Tom. Al principio un pánico biológico lo atacó: su hermano estaba enfermo, o lastimado, algo muy grave debía de haberle ocurrido. Pero el aroma dulce, casi haciéndose miel en el aire, le hizo pensar con un poco más de tranquilidad: su hermano no estaba enfermo. Su hermano estaba…
Esto era de lo más extraño. Al acercarse más y poder verlo mejor, se dio cuenta de que su hermano solamente estaba dormido en lo que parecía ser un… nido. Es decir, su hermano omega estaba anidando. Tom había visto a Bill anidar antes, no era algo particularmente extraño. Pero le parecía raro que lo estuviera haciendo ahí: estaba en el suelo en lugar de su cama, como habitualmente debería suceder. Entonces se acercó y lo miró más de cerca, y se dio cuenta de que dentro de su nido, Bill estaba abrazando contra su pecho la chaqueta de Tom. Tom suspiró para sí mismo y decidió no molestarlo.
Se aseguró de que estuviera bien arropado, revisó que la almohada que había llevado con él estuviera bien acomodada bajo su cabeza, ajustó el termostato y salió de ahí. Cerró la puerta haciendo el menor ruido posible y se dijo a sí mismo que podría preguntarle más tarde que era lo que estaba ocurriendo. Se fue a su propia habitación, terminó de vestirse con cualquier otra cosa, y se fue al búnker, no sin antes pedirle al staff que se asegurasen de dejar comida en la habitación de Bill.
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“¿Steinhauer?” preguntó Tom cuando Georg le dio el informe de la última información que habían podido sacarle al traidor, “¿qué quiere ese bastardo con Bill?”
Miller había cantado después de la tercera ronda de “convencimiento” por parte de Gustav. Georg tomó su tablet y abrió su aplicación de notas. “Tengo teorías. Pero de acuerdo con lo que el idiota de Miller dijo, apostaría a que están tratando de averiguar si Bill es “la Luna”. Ya sabes, tu Luna.”
Tom se pasó una mano por el rostro y luego apoyó la cadera contra la mesa mientras se cruzaba de brazos. Mucha gente en el hampa sabía que Bill era su hermano y que participaba activamente de muchas de sus operaciones. Había un delicado equilibrio de discreción compartida que hacía que nadie pudiera simplemente dejar salir nombres por capricho. Pero entonces, una confusión de nombres clave y apodos de cariño había hecho surgir una leyenda que se les había salido un poco de control unos años antes: muchas personas creían que había un omega, cuyo nombre clave sería “Luna”, que era, en esencia, el amante de Tom a quien el Eclipse protegería hasta las últimas consecuencias. Nadie sabía quién o cómo era, lo cual era una bendición, o al menos eso habían creído en su momento. La lógica era que la atención sobre una supuesta o supuesto amante sin rostro ni nombre alejaría la atención de la participación de Bill, cuyo nombre clave era, en efecto, “Luna”, pues este era el apodo cariñoso que Tom le había asignado desde niños, así como Bill llama a Tom “Sol”.
Pero ahora, si Steinhauer tenía una sospecha, aunque fuera vaga, de que Bill era el omega que estaban buscando, entonces quería decir que no habían sido lo suficientemente cuidadosos y esa atención estaba nuevamente en Bill. Miller, por su parte, sabía que el nombre clave de Bill era “Luna”, pero como cualquier otro agente del Eclipse, no tenía del todo claro si él era el omega que tanto había intrigado al hampa desde hacía unos cinco o seis años, de modo que no podía darle esa información directamente a Steinhauer, había tenido que investigar.
“Miller había estado tomando los supresores por años porque ese fue su modus operandi en otros grupos para los que trabajó: hacerse pasar por beta para que otros alfas confiaran en él instintivamente y colarse como doble agente para quien quisiera pagarle,” Georg le pasó su tablet con los resultados del ala médica; le habían hecho estudios luego de la desintoxicación. “Tu instinto fue correcto, es un alfa, y está resentido.”
Tom volteó a ver a Georg de golpe, con una furia en sus ojos que apenas podía contener.
“¿Y nadie se dio cuenta Georg? ¿Cómo es posible que tengamos un protocolo de reclutamiento tan estricto y un patético beta nos engañe de ese modo?!”
Georg no se dio por aludido con el comentario del “patético beta”, aunque entendió en seguida cuál era la intención de Tom. En su lugar, levantó la vista y lo miró con una atención fría, propia del Beta que él era.
“Tu perfecto instinto de alfa también fue engañado, Tomi. No te atrevas a recriminarme por un error que también te corresponde”.
Ante esta respuesta, Tom se quedó quieto, atrapado en su propia lógica y en la falta de reacción por parte de Georg. Él nunca levantaría la voz ni pelearía por algo con Tom. Pero tampoco iba a permitir que le pasara por encima, sin importar qué tan alfa fuera. “Mi mejor apuesta es que cuando fue reclutado estaba tan habituado a usar supresores que sabía cómo ocultarlos para no levantar sospechas. Hay medicamentos que ocultan el rastro de otros químicos, hay técnicas para introducir orina falsa en una taza de muestra.”
Tom dio una respiración profunda, consciente de que su desplante no le iba a beneficiar en nada ni a él ni a Georg. El beta lo miró con atención por unos segundos, calculando cuidadosamente si ya se le había pasado el exabrupto del enojo, antes de seguir:
“Como sea, Miller tenía otras asignaciones, sabotear el almacén aquella noche fue solo una de ellas. Pero en este punto creo que también quería desbalancear tu relación con Bill desde adentro, para ver cuáles eran las consecuencias y tratar de definir tu relación con él más allá de lo fraternal”; en este punto, Georg finalmente pierde un poco la calma. Se pasa una mano por el rostro y suspira. “La persona que se iba a acercar a él en la cena benéfica tenía como objetivo tratar de seducirlo y verificar si era un omega reclamado, y de ser posible, identificar tu huella debajo de su aroma. Supongo que como tú estuviste junto a él toda la cena no hubo oportunidad”.
Entonces fue turno de Tom de frotarse los ojos con las palmas de las manos. Mierda. Mierda, mierda, mierda.
No sería la primera vez que alguien confundía su relación de una fraternal a una de amantes, incluso había personas en el bajo mundo que insinuaban que aquello de ser hermanos gemelos era un cuento para ocultar su verdadera relación, o que simplemente eran un par de incestuosos sin vergüenza alguna. Pero era la primera vez en mucho tiempo que alguien intentaba utilizar a Bill para lastimarlo a él o vulnerar el Sindicato.
Fue en ese momento que Gustav entró a la sala de monitoreo, luciendo infinitamente aburrido y limpiándose las manos con una toalla. “¿Qué hacemos con él, Tom? No creo que diga nada más. Ya lo hice llorar un par de veces y aún huele a limón”. Tom dejó salir una risa sin querer. La situación no tenía nada de humor para él, pero en ocasiones, la franqueza seca de Gustav podía ponerlo de buenas. “Ponle un moño de regalo en la cabeza y envíaselo a los Caruso. Les debe dinero y mercancía, el muy estúpido. Diles que no lo queremos de vuelta.”
&
Tom recibió un mensaje de Bill más tarde.
Billi:
¿Porqué te fuiste al búnker sin mi?
.
Tom:
Tenía algo de prisa
Cuando fui a buscarte a tu habitación no abriste la puerta
Enviaré al chofer para que te traiga
Bill tardó unos minutos en contestar. Tom observó en silencio su teléfono sobre el escritorio, y luego de que no hubiera señal de parte de su hermano, volvió su mirada a su computadora. Había pensado en no decirle nada a Bill acerca de su comportamiento. Sospechaba que su hermano no estaba particularmente contento con él, y también era consciente de que el anidamiento y el celo podían ser temas particularmente sensibles para un omega. Si Bill no le decía por su propia cuenta que algo había pasado para que decidiera hacer su nido en el pasillo del guardarropa, Tom no tocaría el tema por simple respeto a su privacidad.
Billi:
No
Hoy me quedaré en casa
Tengo cosas que hacer
Sigo molesto contigo así que tráeme algo de cenar
Tom, para su pesar, sonrió. Estaba bien. Mientras Bill pudiera ser mimado y caprichoso, él probablemente seguiría sintiendo que había hecho un buen trabajo.
Tom:
Dile al chef que te prepare algo
Lo mejor que puedo prometer es comida china
.
BillIi:
La intención es lo que cuenta, supongo
Tom sonrió, pero de todas formas siguió sintiendo algo de preocupación con respecto a Bill y el anidamiento. Más tarde, alcanzó a Georg y a Gustav en la sala de monitores una vez más. Mientras él y Georg revisaban el plan de una operación, Tom no se podía concentrar. Al tercer suspiro, Gustav, que había estado trazando un mapa sobre la mesa metálica, levantó la vista. “¿Tienes el corazón roto, lobo? Llevas media hora suspirando. Georg no es tan guapo.”
Georg le lanzó una bola de papel y Gustav la evadió con una sonrisa. Tom negó con la cabeza, un poco exasperado, pero aliviado al mismo tiempo de poder tener una ventana para hablar y que sus amigos aligeraran su carga. “Estoy preocupado por Bill, eso es todo. ¿Qué tanto saben ustedes sobre el anidamiento?”
Ambos betas levantaron las cejas y se voltearon a ver, ambos comprendían quién había motivado esta plática pero Tom no lo iba a decir abiertamente. Georg tosió un poco antes de contestar: “Tanto como tú, supongo. El único omega que conozco de cerca es Bill y francamente ya olvidé las clases de biología…”
“¿Pasa algo malo?”, preguntó Gustav, un poco más alerta y serio ahora. Tom negó con la cabeza. “Esta mañana fui a buscar a Bill a su habitación, y estaba dormido en el guardarropa. Había hecho su nido en el suelo. De todos los lugares, ¿por qué ahí?”
Georg asintió seriamente: “sueña extraño. ¿Por qué no le preguntas?”
Tom suspiró con pesadez. Cruzó los brazos y miró hacia el frente, hacia la nada para no enfrentar a sus betas debido a una vergüenza súbita e inexplicable: “Sigue molesto conmigo. Además podría no ser nada. No quiero incomodarlo si ese fuera el caso.”
Georg no dice nada por un momento, sin embargo Tom supone que él y Gustav también se han preocupado, porque intercambian una mirada y luego Georg propone:
“De acuerdo. Puedo llamar a un médico para hacer algunas preguntas, ¿te parece?”
Tom asiente. Georg lo anota en su tablet, en lo que parecer ser su lista de pendientes. “Bien, dame más detalles, ¿notaste alguna otra cosa extraña además de la ubicación del nido?”
“No, solo que estaba dormido, no quise despertarlo. Ya me envió un mensaje hace rato, así que debe estar bien.” Lo piensa un momento. Está un poco apenado por esto, pero voltea a ver a Gustav; “Gustav, ¿puedes echar un vistazo rápido a las cámaras de la mansión? Solo para ver cómo está Bill.”
Gustav miró a Tom por un par de segundos y luego se dio la vuelta hacia su propia computadora. Tecleó su contraseña rápido y abrió las cámaras a las que él tenía acceso, la de la oficina en casa, la del comedor, la del pasillo y la de la sala de estar. “Billi está sentado en la sala con su laptop, Tom. Se ve normal”.
Georg terminó sus notas. “Bien, haré un par de llamadas. Ya vuelvo”.
&
Georg vuelve a la sala de monitores después de un rato. Al parecer ya hizo sus llamadas.
Se sienta a un lado de Tom, y comienza a explicarle: “Pude localizar a un médico especialista en salud reproductiva para omegas. Me dijo que un omega cambia su lugar de anidación habitual cuando pasa algún cambio biológico importante en su ciclo, o cuando enfrenta alguna situación desconocida que le esté provocando algún tipo de estrés.”
Tom asiente. Tiene sentido. Desde que Bill fue lo suficientemente consciente para trazar sus ciclos habían hecho un esfuerzo porque estos días fueran lo más tranquilos que les fuera posible, y que él no tuviera ningún problema para anidar y pasar su celo. Los celos de Bill, de hecho, siempre habían sido de lo más tranquilos. Como no tenía un alfa con quien pasarlos, Bill únicamente experimentaba un poco de fiebre, letargo, y más hambre y sed de lo habitual. Algunas chicas del staff, betas fuertes y neutrales a su aroma, lo atendían durante los tres días que duraba el celo. Mientras tanto, Tom los pasaba en su propia habitación o en el búnker. Bill siempre salía de su celo con su aroma a cedro y rosas más fuerte y penetrante que lo usual. Al parecer, este año está pasando algo distinto.
“Básicamente”, continúa Georg, “si el Omega se siente inseguro en el lugar donde habitualmente anida, va a buscar otro lugar. Aunque el médico me explicó que anidar dentro de un ropero no es lo más saludable…”, esto llamó mucho más la atención de Tom, pues sonaba a que podría ser algo preocupante, “más bien es una señal de que algo está particularmente mal. Un omega solo elige un lugar tan cerrado y oscuro si se siente como si tuviera que encontrar un refugio real. Es como un conejo buscando un lugar para crear su madriguera: es un instinto muy primitivo de protección. Entonces… eso quiere decir que está así porque se siente inseguro.”
Tom cerró los ojos, sintiéndose de nuevo fallido en su misión y deseo de proteger a Bill.
¿Porqué Bill se sentiría inseguro de anidar en el mismo lugar donde hace siempre? ¿En la mansión que él mismo eligió, llena de las cosas con las que él personalmente decoró, y en el espacio que es suyo por entero?
Está bien, Tom entiende que los últimos días no han sido particularmente tranquilos, pero le parece que después de tantas cosas que han tenido que resolver, sea precisamente ahora que Bill esté pasando por algo como esto. Georg debe notar que está sintiéndose en conflicto por la información proporcionada, ya que pronto ofrece una alternativa:
“La otra opción sería”, dice con cuidado, mirando a Tom y calculando cada una de sus reacciones, “que quizás actualmente se está sintiendo atraído por algún Alfa. Los omegas tienden a tener cambios internos en su biología cuando tienen un compañero potencial a la vista, no suelen ser cambios tan intensos, pero podrían explicar su comportamiento.” Ante esta idea Tom no pudo evitar poner una cara de molestia frente a Georg. Es decir, estaban hablando de que probablemente Bill estuviera interesado en algún alfa. Honestamente, si lo ponía en una balanza, Tom no estaba seguro de cuál opción se sentía peor para él. Es decir, intelectualmente comprendía que era mil veces mejor pensar que Bill estuviera enamorado de alguien a que estuviera sintiéndose inseguro en su propio hogar. Pero dentro de su corazón, Tom estaba enteramente negado a aceptar que su hermano fuera a tener de pronto un alfa en su vida. Alguien ajeno a la manada, alguien que sin aviso un buen día decidiera llevarse a Bill…
“Honestamente, creo que deberías hablar con él”, sugirió Georg finalmente al notar que Tom no contestaba nada, temiendo que su información hubiese empeorado las cosas en lugar de ayudar, “no me parece que este sea el tipo de asunto que deban ocultar uno del otro.”
“No es tan fácil, Georgi”.
Georg sonrió para sí mismo, con un poco de ironía; “se supone que comparten la misma alma, ¿no? ¿Cuál es el punto de ocultarle cosas a tu otra mitad?,” se queda pensativo un momento, y luego voltea a ver a Tom otra vez, “a veces me pregunto si la vida simplemente sería más sencilla si ustedes no fueran gemelos.”
&
Tal como lo había prometido por la mañana, Tom pasó por la comida china antes de llegar a casa. En la mansión tenían personas que podían encargarse de eso, pero él sabía a la perfección que Bill esperaba un gesto de su parte, y no lo iba a decepcionar.
Una vez que se sentaron a cenar, después de un recibimiento de parte de Bill que pretendía ser frio, Tom decidió que comenzaría por hacer algunas preguntas para tantear un poco el terreno, específicamente aprovechó la oportunidad para saber si su hermano todavía estaba enojado con él por lo de la cena benéfica. Ante esta pregunta, Bill se encogió de hombros, llevando un bocado de pollo agridulce a sus labios:
“Bueno, me trajiste la comida”, contestó sin voltear a ver a Tom, se terminó de meter el bocado en la boca y masticó a consciencia. Tom se preguntó vagamente si se trataba de una estrategia para ganar tiempo, aunque él sabía que su hermano por lo regular no temía en hablar cuando las preguntas ya estaban sobre la mesa.
Bill finalmente levantó la vista, puso los ojos en blanco y su expresión se suavizó. “En serio, Tom. No estaba molesto porque no me quisieras acompañar a la cena. Honestamente, estaba molesto porque a veces siento que te limitas mucho. Tenemos un equipo que nos respalda y tú te empeñas en no soltar nada…”
Tom lo miró por unos segundos sin decir nada. A veces simplemente no salía de su organismo, era como si las palabras se le ahogaran en la garganta. Bill siempre había sido mejor para estas cosas, en cambio, Tom siempre había sentido como si tuviera que sostener un personaje que cada vez costaba más trabajo. La mirada de Bill se suavizó aún más: “sobre todo, me gustaría que me dejaras ayudarte cuando lo necesitas. A veces siento que me dejas fuera en todo”.
Bill suspiró. Ahora comía mucho más lento. Estaba distraído por alguna razón, y se le notaba.
“Tú sabes que lo hago porque no quiero ponerte en riesgo. Lo único que quiero es protegerte”, replicó Tom cuando finalmente creyó saber qué podía decir. Bill dejó de comer, negó con la cabeza y se cruzó de brazos. Mientras hablaba, las palabras salían más rápidas y con mayor volumen, muestra de que se estaba enojando cada vez más incluso con lo que él mismo iba diciendo:
“Yo sé que no quieres ponerme en riesgo, pero debe haber una mejor manera de hacer las cosas, y eso sería que me dejaras ser parte de tu equipo. Quiero decir, se supone que lo soy pero no se siente así siempre. Me tienes tras los monitores y ante la mínima señal de que las cosas no van a salir bien me envías a casa”.
“Tú sabes perfectamente que todo es tuyo”, interrumpe Tom, sintiéndose acorralado de pronto por la acusación. Es una forma de interrumpir que Bill odiaba con toda su alma y Tom solía hacer eso cuando se sentía acorralado, en un punto donde las palabras ya ni siquiera las estaba razonando, diciendo lo primero que le venía a la mente porque de alguna manera insensata pensaba que podría arreglar el problema: “en el momento que quieras puedes pedir lo que te venga en gana y se hará. Todo lo que te he pedido a cambio todos estos años es que seas cuidadoso y que no te pongas en riesgo.”
Fue entonces turno de Bill para mirarlo con una furia que apenas le era posible contener, aunque quizás no por las razones que Tom creía: “¿tú de verdad crees que lo único que me importa es lo material, Tom? ¿El poder? ¿Crees que algo de eso importa cuando creo que lo estás pasando mal y lo único que haces es cerrarme la puerta en la cara?”
“¡No!… no. Claro que no, Bill.” Tom, un poco frustrado por su propia torpeza, se apresuró a tomar su mano y presionarla dentro de la suya, apenas ligeramente más grande y un poco callosa. Bill se relajó un poco con el agarre, pero no demasiado. Tom podía frustrarlo enormemente, y en ese mismo momento no estaba haciendo mucho para mejorar las cosas.
Tom suspiró, sabiendo que de cierta forma había logrado calmarlo pero muy consciente de que un paso en falso podría terminar siendo un desastre. Tenía que admitirlo, sus intenciones habían sido buenas, pero sus palabras habían sido demasiado injustas. “De acuerdo Bill. Lo siento, mi Luna. Te prometo que la próxima vez haré todo lo que esté en mis manos para dejar abierta la puerta, aunque me cueste.” Luego, le dedicó a su hermano una sonrisa ladeada, la que desde niños invitaba a no tomarse las cosas tan en serio aunque ambos estuvieran muriéndose de miedo.
Bill sonrió levemente, presionando ahora los dedos de Tom entre los suyos. No estaba del todo complacido con este tema, pero por lo menos parecía que estaba un poco más tranquilo que el día anterior. Si siguiera igual de molesto, ya le habría lanzado a Tom algo a la cabeza.
Así que este fue el momento en el que el alfa decidió lanzar el anzuelo para ver si su hermano le contestaba con la verdad sobre el otro tema que lo estaba inquietando.
Trató de sonar casual mientras continuaban comiendo: “Dime Billi… creo que esta es la temporada del año en donde habitualmente comienzas a anidar para tu celo. ¿Cómo vas con eso?”
Bill se tensó visiblemente al escuchar estas palabras por parte de su hermano. Cualquier otra persona quizás no lo hubiera notado, pero Tom conocía perfectamente a Bill. Además, su entrenamiento lo había hecho extremadamente agudo al leer a sus objetivos. Bill no era un objetivo, por supuesto, pero lo conocía mejor que a sí mismo y le era imposible no notar los sutiles cambios en él; la postura, el color de la piel, la forma en que dirigía y enfocaba la mirada. Era evidente que estaba incómodo y a punto de ocultarle algo. Previsiblemente, Bill se encogió de hombros y contestó sin mucho aspaviento, como si fuera la cosa más simple del mundo: “Ah… todo está bien.”
La respuesta no comprometía absolutamente nada de información, y esta historia era más habitual en Tom que en Bill, por lo cual le sorprendió sobremanera. “En serio Bill, ¿ha habido algún problema últimamente? Porque me da la impresión de que no has hecho lo que habitualmente haces cuando anidas”.
Bill comió ahora mucho más rápido que antes, quizás esperando que Tom dejara de lado el tema. Pero cuando su hermano no lo hizo, Bill finalmente dejó salir un suspiro cansado, resignado a su suerte en lo que a su hermano concernía, y bajó sus palillos:
“Bueno… sí ha habido algunos cambios,” admitió, “pero nada de qué preocuparte, Tomi, en serio.”
Tom no estaba satisfecho con esta respuesta, pero tenía que admitir que era algo. Al ver que Bill finalmente había admitido que había diferencias con ciclos anteriores, se dio permiso de insistir, solo un poco, apenas lo suficiente para no hacerlo enojar de nuevo:
“Bill… te he notado inquieto, ¿hay algo que yo pueda hacer para ayudarte? Te molesta que cierre la puerta en tu cara, pero no estás predicando con el ejemplo.”
Atrapado con su propia lógica, Bill soltó una risa. Lanzó un beso al aire hacia su hermano, y luego lo miró por un par de segundos con el afecto infinito que solo tenía para él.
“No por el momento, mi Sol. Te prometo que te diré qué está pasando. No te dejaré fuera… solo dame la oportunidad de enfrentar esto por mi mismo por unos días”.
Aún estaba preocupado, pero Tom supuso que se lo debía. Finalmente asintió, dejando el asunto por la paz.
&
“Un departamento. Tu hermano tiene una descompensación en su ciclo reproductivo y tu solución es comprarle un departamento”, Georg comienza a masajear las sienes. Del otro lado de la mesa, Gustav se muerde los labios para no reírse. “Malditos alfas y sus instintos de proveedor…”
“Georg, esto es en serio. Tú mismo dijiste que es posible que esté buscando un espacio seguro y más pequeño”, Tom señala acusadoramente la tablet de Georg, donde trabaja y guarda notas de todo, “entonces, compraremos un pequeño departamento en algún vecindario tranquilo de la ciudad. Dos habitaciones, una sala de estar, una cocina y un baño, y ya. Ni Bill ni yo necesitamos más.”
Gustav sonrió ligeramente, “a menos que sea un edificio de lujo con todas las atenciones dudo que Bill esté muy contento con la idea.”
Tom puso los ojos en blanco, exasperado por el poco apoyo que recibía de parte de los betas de su manada, esos mismos que supuestamente siempre estarían a su lado haciendo lo necesario para ayudarle en todo.
“Si no creen en lo mucho que conozco a Bill, ¿por qué no lo ven desde un punto de vista táctico?” contraatacó de la forma en que quizás podría llegar a Georg, “la mansión siempre ha sido objeto de atención de la prensa y de nuestros rivales. Se quedará como la fachada. Volveremos ahí por temporadas para guardar las apariencias. Y Bill mientras tanto, pasará sus días seguro en ese departamento sin que nadie se entere. Yo estaré ahí para protegerlo si es necesario, no habrá paparazzis ni francotiradores apuntando a su cabeza.”
Georg se queda en silencio por un momento, pensativo. Luego suspira y concede, para su pesar: “cuando compramos la mansión, lo primero que Bill dijo era que le parecía demasiado grande y que la iluminación led y las paredes blancas hacían que su piel se viera seca”.
Todas las casas de alta arquitectura que habían visitado en aquella ocasión habían sido más o menos iguales en cuanto a tamaño, amplitud de las habitaciones y decoración. Bill había elegido la que finalmente adquirieron básicamente porque era la que necesitaría menos remodelaciones para quedar a su gusto. Y aún así, ninguno de los tres estaba del todo seguro de que Bill hubiera quedado satisfecho por entero con la adquisición.
“Ni creas que buscaré yo, te las arreglas solo”, amenazó Georg de todas formas, “tengo mucho que hacer. Cuando encuentres el departamento que te guste haré las diligencias para comprarlo, pero estoy aceptando esto por Bill, no por ti”.
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Al final, los betas tuvieron que involucrarse aunque no estuvieran plenamente contentos con la idea, pues Gustav tenía que verificar las necesidades de seguridad del área que Tom eligiera al final, y Georg quería asegurarse de que donde fuera que se fueran a instalar los gemelos fuera un lugar libre de influencias indeseables de grupos rivales o células delictivas de cualquier tipo. Así que los tres fueron personalmente a ver los departamentos de la forma más incógnita que les fue posible, tratando de tener en mente qué necesitaban de un lugar así.
Primero, Tom creyó haber encontrado el lugar perfecto; pequeño, minimalista, a pocos pasos de un centro comercial lleno de vida, concurrido y colorido. En un vecindario discreto y con seguridad en la puerta, un recibidor con recepcionista y servicios de cualquier tipo a la mano las veinticuatro horas.
“No comprarás ese departamento”, esa misma tarde, Gustav apareció por la puerta de su oficina con una carpeta llena de fotografías de la zona rayoneadas con marcador rojo, la última de las cuales era una foto de la fachada del edificio con una enorme equis roja de esquina a esquina, “ya revisé la zona y los edificios contiguos. Demasiados puntos ciegos. Un error de vigilancia y te dejarán convertido en queso gruyere”.
Después de un segundo día de búsqueda, Tom encontró otro lugar que se veía prometedor. Un pequeño estudio de plan abierto con ventanas pequeñas, espacioso, moderno, listo para compartimentalizar con muebles y paneles al gusto de quien lo adquiriera. Tom estaba a punto de cerrar el trato por teléfono cuando Georg activó un molesto dispositivo que cortaba cualquier señal inalámbrica de golpe, incluyendo la red de telefonía. “Descartado, Tom”, declaró el beta, colocando su tablet en el escritorio con un video donde dos grupos de jóvenes se enredaban a golpes en una esquina, “es una zona de guerra de pandillas. Nadie importante, pero ya sabes, un omega como Bill no pasa desapercibido como carnada para pedir un rescate.”
Revisaron algunos cuantos lugares más, y entre preocupaciones de Gustav por la logística de seguridad, los antecedentes criminales que Georg encontraba en los registros hackeados de la ciudad y el intento cansado de Tom por encontrar un sitio que complaciera estéticamente a Bill, finalmente dieron con un departamento modesto en el cuarto y último piso de un pequeño edificio de clase media en Charlottenburg.
El departamento abarcaba un piso completo, y se subía a él por medio de un elevador viejo o de las escaleras interiores amplias. Ambos daban a un pasillo pequeño desde donde se accedía a la puerta. El departamento tenía algunas paredes de ladrillo expuestas como parte de la decoración, y el resto de las paredes estaban pintadas de un azul cálido. Lo primero que uno se encontraba al entrar era la sala de estar. A mano izquierda estaba una cocineta. Frente a la puerta de entrada, cruzando la sala, estaba la habitación principal, y del lado contrario a la cocineta se encontraba la otra habitación. El único baño del departamento se encontraba conectado a la habitación principal.
La distribución era extraña, pero no estaba mal. Tom y Bill nunca habían tenido mucho concepto de la privacidad de todas formas así que compartir un baño no era un gran problema. Los techos del departamento eran bajos, y el suelo era de una madera de color caramelo que le daba una sensación rústica al lugar. Georg leyó las referencias: “el dueño del departamento lo tuvo en renta por años y lo quiere vender porque se muda a otra ciudad y ya no podrá cuidarlo adecuadamente. Las personas que lo han rentado antes dicen que es un barrio tranquilo, no se cuelan ruidos extraños de la calle, los vecinos son gente ocupada en lo suyo y las paredes se regulan bien térmicamente; se mantiene fresco en verano y mantiene el calor en el invierno…”
Tom miró a su alrededor con ojo crítico, y aunque intentó encontrarle fallas no pudo. El lugar daba una sensación cómoda y hogareña, pero tenía algunos toques de modernidad con las lámparas de diseño y la cocineta optimizada. Bill podría decorarlo completamente a su gusto. Era lo suficientemente amplio para que cada uno tuviera su espacio, y a la vez lo suficientemente pequeño para no sentirse a la deriva en su inmensidad, lo cual por supuesto seguramente sería importante para Bill.
Georg inspeccionó los antecedentes de la zona, Charlottenburg, y concluyó que era una parte de la ciudad lo suficientemente tranquila y sin presencia notable de células rivales del submundo ni pandillas maliciosas que causaran molestias. Gustav por su parte, salió a la calle a tomar fotografías y hacer un patrullaje, y concluyó que el lugar estaba bien protegido estratégicamente.
Esa misma tarde, Georg acordó la compra del departamento ofreciendo una cifra algo mayor que lo solicitado originalmente por el dueño, con tal de agilizar el proceso lo más posible.
Para el día siguiente, el departamento de ladrillo rojo de Charlottenburg estaba a nombre de una de las empresas fantasmas que Georg usaba para disfrazar las compras del sindicato que requerían la mayor discreción. Tom tenía las llaves y Bill se había quedado tanto tiempo en su nido que ni siquiera se había dado el tiempo de pensar qué había estado haciendo su manada sin él por los últimos dos o tres días.
&
Tom entró a la habitación de Bill y fue directamente al guardarropa. Encontró a su hermano justo como el primer día, enrollado entre las sábanas y las camisetas que había usado para hacer su nido, dormido, pero visiblemente inquieto. Ese día, la chaqueta también estaba ahí, cerca de la cabeza de su hermano, quien la sostenía con una mano mientras con la otra le daba soporte a su cabeza. Tom sonrió para sí mismo, conmovido por cómo esta criatura caprichosa podía verse tan inocente. Se puso de rodillas al lado del nido y tomó a Bill por el hombro, agitándolo ligeramente para despertarlo. “Bill. Mi Luna, despierta”.
Bill abrió los ojos lentamente, y al enfocarse en su hermano, se puso en alerta de golpe y se incorporó, mirando a su alrededor y respirando con agitación. Al ver “descubierto” su escondite y su nido, sintiéndose terriblemente expuesto frente a los ojos de su hermano, su mandíbula empezó a temblar, y al intentar hablar, tartamudeó, muy para su propio disgusto: “Tom… yo… yo…”
Por toda contestación, el alfa sonrió levemente, tomó la chaqueta y se la puso con lentitud, para no preocupar a Bill. Al ponerse la chaqueta, Tom quería enviarle un mensaje a su mente nublada por el anidamiento; todo está bien, es tanto mía como lo es tuya. Luego, le extendió la mano a su hermano.
“Ven, Billi.”
El omega obedeció, tomando la mano de su hermano para ponerse de pie. Bill estaba vestido únicamente con un pantalón corto y una camiseta que le quedaba grande, que Tom reconoció como suya. Tom no era un hombre musculoso, pero era algo más ancho que Bill en los hombros y los brazos, además de que prefería la ropa más ancha y cómoda. Si estas prendas se veían ligeramente sueltas en él, en Bill se veían enormes. Por otro lado, pasado el susto, Bill se veía más tranquilo, y en consecuencia, un poco confundido. Así que en ese momento exacto, solo una palabra podría definir por completo la estampa de Bill frente a su hermano: vulnerable. Tom sabía que tenía que hablarle en voz baja, con suavidad, para no perturbarlo demasiado.
“Vamos a salir en el auto. ¿Quieres cambiarte de ropa?”
Bill se palpó el pecho y miró hacia abajo, recordando, al parecer, las prendas que tenía puestas. Cerró sus dedos en la tela de la camiseta por encima de su pecho, sintiéndose terriblemente autoconsciente. Luego, pasó saliva tratando de deshacer el nudo en su garganta, y miró a su hermano con ojos desenfocados. “¿A dónde iremos?”
Tom había querido dejarlo como una sorpresa, así que solo se limitó a contestar: “nadie va a verte, pero sería mejor que estés cómodo.”
Bill asintió. Mientras iba a ponerse otra ropa, Tom hurgó respetuosamente en el nido y tomó algunas de las camisetas que Bill había usado para construirlo, rogando dentro de su mente que todo esto no fuera una equivocación y que su hermano omega aceptara su ofrecimiento. Si estaba equivocado con lo del departamento y Bill lo rechazaba, este nido podría ser el único refugio para su instinto omega si es que necesitaba regresar, y Tom no tenía ningún derecho a deshacerlo sin autorización. Así que enrolló las camisetas con cuidado y las puso dentro de su mochila.
Bill regresó. Se había puesto unos tenis y unos jeans sueltos, pero había conservado la camiseta de Tom. Con una sonrisa por la ternura que su hermano despertaba en él con estas acciones, Tom le hizo una seña para que lo siguiera. Bajaron a la cochera, donde un empleado abrió la puerta de seguridad. Subieron al coche de Tom y salieron de la mansión.
Tom se mantuvo en silencio mientras conducía, y Bill se había mantenido mirando al frente, como si no quisiera bajo ninguna circunstancia voltear a ver a su hermano gemelo. En el apuro de la salida, Bill no había tomado su teléfono, y se notaba que esto aumentaba su inquietud pues jugueteaba con las manos y miraba a su regazo insistentemente como si ahí fuera a encontrar las respuestas a algo. La tensión en ese momento flotaba en el aire, y el aroma de Bill, que últimamente se había mantenido concentrado y fuerte, a rosas, comenzaba a sentirse mucho más amargo, como el de un perfume viejo que se ha vuelto un líquido amarillo por el desuso.
Tom, al darse cuenta de que la perturbación de su hermano era mucho mayor a lo que él hubiera esperado, trató de llegar lo más rápido posible al lugar sin perturbar demasiado a Bill. Renunció a hacer plática, así que encendió el sistema de sonido y puso a tocar una de las viejas canciones habían compuesto unos años atrás, cuando apenas intentaban abrirse paso en el hampa tratando de conservar la cordura al mismo tiempo. Las habían grabado ya como adultos hechos, cuando tuvieron dinero para contratar a quien les ayudara a producir las canciones, y algunas de ellas habían circulado bastante bien como parte de la imagen de artista de su hermano menor. Bill se relajó contra el asiento del coche y finalmente, el filo amargo de su aroma se apaciguó. Lo que Tom no pudo ver era que aunque Bill se había tranquilizado, su perturbación de antes había sido simplemente sustituida por un dolor resignado que sabía que pronto tendría que enfrentar.
&
Cuando llegaron al edificio, Tom dirigió el coche a un lote trasero que servía de estacionamiento. Apagó el motor, pero al voltear a ver a Bill finalmente, éste seguía inmóvil, con la vista al frente, solo que sus ojos se veían brillantes de lágrimas: era ese dolor que él no había notado antes por tener la vista pegada al asfalto, aunque hubiera sido con la mejor de las intenciones.
“¿Bill?”
“¿Estás molesto conmigo?”
Esto le dio pausa brusca a Tom, quien frunció el ceño y volteó el cuerpo hacia su hermano hasta donde el asiento se lo permitía. “¿De qué hablas?”
Bill tomó una respiración profunda y habló con cautela, intentando evitar que su voz temblara. “Tus… tus camisetas y tu chaqueta… y eso de anidar en el guardarropa… Sé que es raro pero no sé qué está pasándome”.
Tom resopló un poco exasperado, pero finalmente, aliviado de que todo fuera un torpe malentendido. Negó con la cabeza un par de veces, y estiró la mano para limpiar la mejilla de Bill con el pulgar.
“Bill, nada de eso importa ahora mismo, ¿de acuerdo? ven conmigo”.
Bill levantó la mirada, y al ver que Tom bajaba del coche, lo siguió. Caminaron de regreso a la entrada del edificio, una construcción no demasiado grande pintada por fuera en un tono blanco marfil que le daba un aire de discreción- el tipo de lugar que no tenía nada de memorable ni relevante en la fachada, lo cual para fines de la manada había sido perfecto. Esto por supuesto, aún no lo sabía Bill.
Entraron al recibidor del edificio, donde no había nadie en realidad; se trataba de un apartado parecido a una recepción de hotel solo que sin nadie sentado frente a un computador para hacer check-in. En realidad, por lo que Tom sabía, nunca había habido recepcionista. Solo se podía acceder al edificio con una llave de residente, y eso era justo lo que Tom tenía en sus manos y con lo que habían podido entrar. Tom caminó seguido de Bill y ambos subieron al viejo pero aparentemente seguro ascensor. Una vez dentro, Tom siguió sin explicar nada. Le sonrió a Bill, y presionó el botón que daba al cuarto piso.
“¿Qué lugar es este, Tom?” preguntó Bill una vez que el elevador se puso en marcha, picado por la curiosidad. Su aroma era un poco más fuerte que lo habitual, y decididamente más dulce ahora que se encontraba más tranquilo. Su inquietud ya no era de desamparo sino de genuina curiosidad, al parecer. Tom sintió una media sonrisa formándose en su rostro, pero solo faltaban un par de minutos, así que el secreto aún podía prevalecer. “Ya verás”.
Finalmente, cuando llegaron al cuarto piso y se abrió la puerta del elevador, Tom salió hacia el pasillo, deteniéndose un momento para asegurarse de que Bill lo estuviera siguiendo. Bill iba caminando tras él aun con una expresión desconfiada en el rostro mirando a su alrededor con escepticismo. El pasillo era blanco, austero, prácticamente sin decoración. Al llegar a la puerta del departamento, la única en el pasillo de hecho, Tom abrió con la llave, y le hizo una seña a Bill para que entrara primero. Bill miró a Tom con cara de querer preguntarle mil cosas, pero no lo hizo. Quizás quería ver primero de qué se trataba todo lo que su hermano estaba montando alrededor de una simple salida en coche por la ciudad.
Al principio, al entrar al departamento, Bill miró a su alrededor confundido. Tom esperó en la puerta, sintiendo los nervios consumiéndolo mientras esperaba el veredicto de la persona más importante de su vida. Se dio tiempo de preguntarse si había terminado haciendo que el lugar se viera demasiado austero pues se había limitado a comprar unos pocos muebles; una sala con una mesa de centro pequeña, una mesa para la cocina, camas para los cuartos, con mantas y cojines, así como vajilla y utensilios para la cocina, pero prácticamente nada de decoración con la idea de que Bill se hiciera cargo. Ahora, Bill miraba a su alrededor: el techo bajo, el suelo de madera cubierto por una alfombra en algunas partes. Estiró la mano para tocar la pared de ladrillo expuesto y volteó a ver a Tom con miles de preguntas en los ojos, como si no estuviera seguro de que esto fuera lo que él pensaba que era.
“¿Te gusta?”, preguntó al fin Tom, ofreciendo una sonrisa insegura. Bill volteó a ver de nuevo el interior del lugar, dando vueltas sobre si mismo mientras observaba la cocineta en un extremo y las puertas abiertas hacia las habitaciones en los otros extremos del pequeño lugar. La luz cálida de las lámparas, en contraste con las luces blancas de la mansión, iluminaban la piel del omega, haciéndola ver de un rosa perpetuo.
“Tom… ¿es…?”
“Para nosotros, mi Luna”, se rindió Tom finalmente, no pudiendo soportar el orgullo un minuto más. A pesar de la confusión, el aroma de Bill había mutado de nuevo; seguía siendo fuerte, pero ya no se sentía pesado sino fresco. El dulzón de las rosas de su piel se estaba volviendo irresistible. “Un refugio lejos de las luces pálidas de la mansión que tanto odias, ¿qué te parece?”
Por toda respuesta, Bill se dio la vuelta de golpe y se lanzó a sus brazos con una emoción que parecía incontenible.
“¡Pudiste haberme dicho esto hace veinte minutos!” prácticamente gritó en su oído, a lo que Tom hizo una mueca de dolor por su pobre tímpano, “Tom, es un lugar precioso!”
Luego de dejarlo ir, los pasos de Bill se dirigieron en seguida a la habitación principal, la más grande y la que estaba conectada al baño. Tom sonrió para sí mismo: marcar su dominio como un monarca consentido era casi instintivo para su hermano.
Bill se trepó a la cama de un salto, recorriendo las mantas con sus dedos, solo para descubrir que algunas de las sabanas y los cojines que había habían sido traídos de la mansión, es decir, ya estaban impregnados del aroma de Bill, haciendo que el espacio se sintiera aún más agradable y hasta familiar. Tom había llenado el ropero de camisetas y pantalones de ambos, especialmente aquellos que usaban poco o solo para estar en casa. Este espacio era, después de todo, para que ambos pudieran estar tranquilos.
Mientras Bill inspeccionaba la habitación, Tom abrió su mochila y sacó las camisetas que había traído del nido. Al verlas, Bill las tomó con ansiedad, y comenzó a armar su nido una vez más, acomodando las mantas, los cojines y las camisetas de Tom. Finalmente, Tom se quitó la chaqueta, y se la ofreció extendiéndola hacia él en silencio. Bill lo miró con un dejo de duda en el rostro, pero cuando Tom mantuvo su mano estirada hacia él, aún ofreciéndole la chaqueta, Bill la tomó a toda prisa como si se fuera a deshacer en el aire, y la acomodó ahí junto a su almohada.
Cuando vio que Bill estaba concentrado en terminar de armar su nido, Tom fue a la cocineta. Nunca había sido bueno cocinando pero le gustaba intentarlo de vez en cuando, en especial cuando sabía que Bill necesitaba el consuelo de casa.
Sacó de la alacena una lata de sopa de tomate y la puso en una cacerola. Era instantánea así que no tenía que hacer gran cosa pero aun así, le agregó crema y un poco de sal solo para asegurarse de que a ambos les gustaría. Luego preparó dos sandwiches de queso. Puso los tazones de sopa con los sándwiches en una bandeja y regresó a la habitación. Para este punto, Bill ya había terminado de armar su nido, y estaba justo en medio, abrazado a la chaqueta de Tom. Tom se sentó en el suelo con las piernas cruzadas, le ofreció uno de los tazones y un sándwich. Bill se incorporó con cuidado y aceptó la comida con movimientos lentos, casi como si estuviera en trance. Comieron en un silencio que ya no se sentía pesado ni extraño; se sentía sagrado, casi intocable.
“Tom…” cuando terminó de comer, Bill dejó el bowl en la mesa de noche, “gracias, Tom. Por… por todo. Este lugar es perfecto, es como el hogar que soñé tener cuando éramos niños.”
Bill estiró su mano y acarició la mejilla de su hermano. Tom sonrió y cerró los ojos con un suspiro lento, entregándose a la caricia, sintiendo que estaba siendo recompensado con creces.
No se movió del suelo. Al cabo de un rato Bill se quedó dormido, y Tom se quedó ahí, en silencio, hasta que su cabeza se reclinó contra el colchón y ya no le fue posible mantenerse despierto.
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Cuando Tom despertó al día siguiente, miró hacia la cama, y Bill ya estaba despierto, mirándolo a través de un hueco entre las almohadas y las mantas. “¿Por qué no dormiste aquí arriba, mi Sol?”
Tom suspiró. No era que no compartieran la cama cuando era necesario, no tampoco era que la cercanía de Bill le causara problema alguno. Pero habían puesto límites en el pasado que Tom no estaba dispuesto a cruzar. Era por su bien. Era por el bien de ambos.
“No debería, Bill. Es tu nido, el celo está a punto de…”
“No habrá celo este ciclo”, interrumpió el omega, aun con la voz baja y acaramelada de haber despertado recién, “sentí que venía demasiado fuerte… le pedí a mi médico que me diera un tratamiento para suspenderlo por unos meses”.
“Bill,” Tom frunció el ceño, incorporándose un poco para verlo mejor. Ahora, hincado junto a la cama, lo miró tratando que su hermano no tomara su preocupación y la transformara en asfixia, como a veces lo hacía, “sabes que esos medicamentos pueden dañarte.”
Bill no se inmutó, solo negó con la cabeza suavemente, tratando de sonreír. A pesar del noble esfuerzo, Tom tenía la impresión de que más bien se encontraba un poco ido. “No si solo se recurre a ellos una vez cada tantos ciclos”.
“¿Y qué me dices de los efectos secundarios?”, insistió el alfa, sin convencerse aún. Bill le sonrió aún más ampliamente, lo cual sorprendió a Tom, pues le parecía que era el momento donde habitualmente Bill se desesperaba con él y le gritaba.
“Dijo el médico que solo estaré un poco atontado por unos días, especialmente durante el anidamiento. Pero estaré bien… sobre todo si tengo a mi alfa que me cuida”.
Estas palabras parecieron desactivar algo en él. Tom finalmente sintió a todo su sistema rendirse bajo la sonrisa de Bill, dejó de salir un suspiro y asintió.
“Tu hermano mayor siempre está detrás de ti, ¿eh?”, pregunta con una pequeña sonrisa propia, y a Bill le brillan los ojos, divertido y deleitado a la vez de que Tom le siga el juego.
“Si no fuera así, ¿crees que me arriesgaría a hacer tantas cosas?”
Tom sonríe para sí mismo. Antes de que pueda ponerse en pie, Bill lo llama una vez más. Lo sostiene del brazo para que no se mueva y lo mira a los ojos. “Tom… lo digo en serio, mi Sol. Un alfa duerme mejor en un nido. Si estás estresado… si sientes que va a venir la migraña o si solo quieres descansar… mi nido es para los dos…”
Continúa…
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