
Fic Toll de WifesKaulitz
Capítulo 8
— ¿Bill? ¿No vas a opinar sobre el crecimiento del sector servicios? — preguntó mi madre con una sonrisa forzada.
— Yo… creo que voy a ver cómo va el postre. — mentí, levantándome de la mesa antes de que mi cabeza explotara. — Con permiso. — aproveché que estaban absortos en las palabras de Tom para escabullirme hacia el salón principal. Encendí la televisión con el volumen bajo, dejándome caer en el sofá. Necesitaba un respiro de tanta falsedad y bla bla bla.
— Es increíble, ¿verdad? — di un salto. Margarita se había deslizado fuera del comedor y ahora estaba de pie junto al sofá, cruzada de brazos y mirándome con una ceja arqueada.
— ¿Qué es increíble, Margarita? — pregunté sin muchas ganas.
— Tu novio. — dijo ella, acentuando las comillas con la voz mientras caminaba hacia la ventana. — Seamos realistas, Bill. He estado rodeada de gente importante en tres años, conozco a gente brillante, y ese hombre… ese hombre es demasiado perfecto para ser verdad. Tiene la apariencia y el cerebro de un banquero suizo con la actitud de un príncipe.
Se giró hacia mí, entrecerrando los ojos con una mezcla de sospecha y envidia pura.
— ¿De dónde demonios lo sacaste? No pega contigo, Bill. Tú eres… bueno, tú. Sé que te gustan las fiestas, el caos y la ropa llamativa. Él es orden y poder. Sinceramente, me cuesta creer que alguien como Tom se haya fijado en ti. ¿Qué le das? ¿O es que lo encontraste en algún catálogo de fantasías?
— Eh, no. Ese es mi novio.
— Que sea tu novio no quita que parezca sacado de una revista de élite, Bill. Solo digo que es… inalcanzable. Mucho hombre para ti. — insistió Margarita, recorriendo el salón con la mirada como si buscara el truco detrás de la magia de Tom.
Me puse tenso.
— Margarita, querida, deja de atosigar a mi hijo. — dijo mi madre, entrando al salón con una copa de cristal tallado en la mano y tan sonriente que no le veía desde que gané aquel premio de dibujo en primaria. Cuando me amaba. — Aunque te entiendo. Yo misma sigo en estado de shock.
Mi madre se sentó en el brazo del sofá, mirándome con una mezcla de orgullo y una curiosidad que me ponía los pelos de punta.
— Bill, cariño… entiendo que quieras ser reservado, pero esto cruza la línea de lo modesto. — continuó ella, dándole un sorbo a su vino. — ¿Por qué no nos mencionaste que tu novio era un Kaulitz?
¿Un qué?
— ¿Un qué?
— Un Kaulitz.
— ¿Un Kaulitz? — repetí, tratando de que mi voz no sonara como un chillido histérico de confusión.
— ¡No te hagas el tonto! — exclamó mi madre dándome un golpe en la espalda y soltando una risita encantada. — John lo reconoció en cuanto empezó a hablar de las inversiones en Frankfurt. Esa seguridad, ese conocimiento del mercado… Solo alguien de la familia Kaulitz tiene ese tipo de formación desde la cuna. Su apellido es sinónimo de la banca privada más exclusiva de Alemania.
Margarita abrió los ojos como platos, pasando de la sospecha a la absoluta adoración.
— Con razón. — susurró ella, casi para sí misma. — Los Kaulitz son prácticamente la realeza financiera. Ahora entiendo todo… tiene esa forma de mirar a todo el mundo como si fuera el dueño del lugar.
— Exacto. — asintió mi madre, volviéndose hacia mí con un brillo de ambición en los ojos. — Tu padre está en el comedor intentando no parecer un fanático, pero está extasiado. Bill, has traído a casa al soltero más codiciado de la zona europea. ¿Cómo no nos dijiste que estabas saliendo con un chico de ese calibre?
Me quedé mudo, mirando a la televisión apagada. A lo mejor estaba fingiendo ser uno de ellos para agradar a mis padres pero si era así ¡pues que mal lo estaba haciendo! ¡ahora mis padres no van a querer soltarlo nunca!
— Yo… bueno, ya sabes cómo soy, mamá. — balbuceé, intentando procesar la información. — No me gusta presumir los apellidos de mis amigos… digo, de mi novio.
En ese momento, Tom apareció en el umbral del salón. Se había quitado la chaqueta del traje y llevaba las mangas de la camisa blanca remangadas hasta los antebrazos, revelando una piel perfecta y un reloj que probablemente valía más que mi carrera universitaria.
Nos miró a los tres.
— ¿Interrumpo algo? — preguntó suavemente. Margarita soltó un quejido de fascinación en cuanto lo vió. — El señor Wieger me estaba contando una anécdota fascinante sobre sus yates, pero me di cuenta de que mi lugar es estar al lado de mi chico. ¿Me dejas estar contigo?
Caminó hacia mí y, ante la mirada atónita de mi madre y la envidia pura de Margarita, me rodeó los hombros con el brazo, pegándome a su costado en cuanto se sentó a mi lado.
— ¿Estás bien, Bill? — me susurró al oído, y pude sentir el calor de su aliento estremeciendo mi piel. Yo niego con la cabeza dándole una mirada fulminante mientras le tomaba de la mano para llevarle rumbo a mi habitación para discutir sobre su jodido apellido.
Prácticamente arrastré a Tom por las escaleras, ignorando la mirada de mi madre y el rostro de derrota de Margarita. En cuanto entramos en mi habitación, cerré la puerta de un portazo y puse el seguro, girándome hacia él con los puños apretados.
Tom se quedó ahí parado, relajado, como si no acabara de causar un terremoto de escala mundial en mi sala de estar.
Se pasó una mano por sus trenzas y me miró con una calma que me ponía de los nervios.
— ¿¡Pero qué diablos te pasa!? — exclamé en un susurro gritado. — ¿¡Un Kaulitz!? ¿¡En serio, Tom!? ¡No sabes lo que acabas de hacer! ¡Ahora mis padres no van a dejar de acosarme y van a querer organizar la boda mañana mismo! — pero al ver la tranquilidad de Tom me quedé en seco. — O solo mentiste… claro… ¡pero aún así!
Tom arqueó una ceja, riendo mientras se sentaba en la orilla de mi cama.
— ¿Mentir? — repitió, mirándome fijamente. — Bill, yo nunca dije que fuera un Kaulitz. Tu padre y el tal John lo asumieron en cuanto abrí la boca para corregirlos sobre sus patéticas inversiones.
— ¡Pero no lo negaste! — le recriminé, caminando de un lado a otro. — ¡Les dejaste creer que eres parte de la maldita realeza financiera alemana! ¿Tienes idea de en qué lío me has metido? Cuando descubran que eres… bueno, lo que eres…
— Soy un Kaulitz, Bill. — soltó él, interrumpiéndome con voz fría. Fuera de cualquier rastro de emoción.
El aire pareció abandonar la habitación.
— ¿Qué? — logré articular.
— Mi apellido es Kaulitz. No mentí, y no fingí nada. — dijo, levantándose lentamente y caminando hacia mí hasta que su sombra me cubrió por completo. — Que trabaje en servicios personales de forma independiente no significa que no venga de donde vengo. Solo significa que no me gusta seguir las reglas de mi familia.
Quedé mudo, procesando la información. El reloj caro, el coche deportivo, la facilidad para hablar de finanzas… no era un disfraz. Era él. Sentí una punzada de rabia mezclada con una humillación extraña.
— ¿¡Y por qué no me lo dijiste!? — le grité, dándole un empujón en el pecho que ni siquiera lo movió. — ¡Si hubiera sabido que eras un maldito Kaulitz, jamás habría dicho que eres mi novio! ¡Buscaba a alguien que pudiera fingir no ser perfecto, no a alguien que fuera el estándar de perfección de mis padres! ¡Yo quería rebelarme, no darles el gusto de su vida!
Tom me atrapó las muñecas con una rapidez asombrosa, pegándome a su pecho.
Sus ojos miel ardían con una intensidad que me hizo temblar.
— Cálmate, si quieres vamos, le decimos que soy un desconocido, que no somos novios y que nos conocimos porque los amigos de alguien le hicieron el favor para que deje de ser un virgen frustrado. ¿Te parece?
Intenté zafarme, pero su agarre era firme.
— No, eso no lo quiero.
— ¿Entonces?
— Me mentiste. — mascullé, aunque mi cuerpo empezaba a traicionarme por la cercanía. — Esto arruina todo.
— Esto lo hace más divertido, Bill. —me corrigió él, bajando una mano hasta mi cintura. — Yo soy la jodida oveja descarrilada de la familia Kaulitz. Lo único que tengo de ellos es mi jodido apellido porque yo sí decidí seguir con mi sueño de ser lo que soy. No como mi hermano mayor y todo aquello que tengo no es porque me lo hayan dado. Es porque a pesar de que mi padre me cerró las puertas de trabajo supe salir adelante. No tienes que preocuparte…
Mientras Tom hablaba yo veía su labio inferior… que bonito el piercing, que bonito su color de labios. Me quedé hipnotizado por el movimiento de su boca mientras hablaba. Su voz se había vuelto un murmullo profundo que vibraba directamente contra mi pecho. El aro era el contraste perfecto de un rebelde proveniente de una familia rica.
Sentí que la rabia se evaporaba, reemplazada por una tensión que me secaba la garganta.
Quería que me besara.
— Tom.
— ¿Qué?
— Bésame. — mis manos ya temblaron. La distancia entre nosotros era inexistente y el calor que su cuerpo me da estaba nublando el juicio. Desde empecé mis encuentros sexuales con él me había quedado con ganas de darle un beso, solo no entendía la razón por la que no lo hacía.
¿Quién va a resistirse a alguien como yo?
— Bésame. — repetí en un susurro, cerrando los ojos y esperando el impacto.
Sentí que se inclinaba. Su aliento rozó mis labios y mi corazón martilleó mi pecho con fuerza violenta. Pero, en lugar de la presión que esperaba, sentí el roce suave y seco de sus labios contra mi mejilla. Fue un beso casto, casi caballeroso, que terminó cerca de mi oreja.
Abrí los ojos de golpe, parpadeando con incredulidad. Él se separó apenas unos centímetros, mirándome con una calma exasperante y una sonrisa minúscula jugando en las comisuras de su boca.
— Te odio. — murmuré con la voz cargada de frustración que no pude ocultar. Sentía la cara arder, no solo por la cercanía, sino por la humillación de haberme expuesto así.
Tom ahora se reía.
Metió las manos en los bolsillos de su pantalón, observándome como si fuera algo interesante.
— No me odias, Bill. Odias que no te haya dado un beso. — se volvió repentinamente serio, casi estremecedor su cambio. — Debes entender que un beso de alguien como yo no es cualquier cosa. Un beso en los labios es lo único que no tiene precio. Mis labios no se incluyen en el juego, ¿entiendes?
Se acercó de nuevo, pero esta vez no para tocarme, sino para marcar una distancia invisible pero dolorosa.
— Y tú, Bill… — hizo una pausa, dejando que el peso de sus palabras cayera sobre mí. — Tú solo eres un cliente más. Un cliente muy entretenido y con unos padres difíciles, pero un cliente al fin y al cabo. No confundas la actuación con la realidad.
Me había dejado sin palabras.
El nudo en mi garganta se puso ahí como una maldita tranca. Se sentía como un vacío amargo que me recorrió el estómago. Después de decirme eso se acomodó perfectamente la ropa como si no hubiera dicho nada del otro mundo.
— Entiendo. — logré decir, tragando saliva y tratando de recuperar mi dignidad. — Es solo negocios.
— Exacto. Solo negocios. — repitió él, recuperando su máscara de perfección. — Ahora límpiate esa cara de decepción. Tenemos un postre que comer y una farsa que terminar. Tus padres nos esperan. — se dio la vuelta hacia la puerta, dejándome solo con el eco de sus palabras y el calor residual en mi mejilla. Pero antes de salir yo… no pude evitar decirle:
— No, Tom. Lárgate de mi puta casa.
— Eres un niño mimado, Bill. — él se burlaba de mi mientras caminaba con lentitud haciendo lo que le pedía entre risas suaves. — Si no estuvieran en la casa tus papás te juro que hubieras pedido follar.
— Y podemos follar, pero solo bésame. Puedes hacer una excepción… — casi supliqué en un susurro que lo detuvo en seco. El silencio que siguió a mi súplica fue asfixiante. Tom se quedó petrificado, sin dar un paso más. Pude ver cómo sus hombros, anchos y tensos bajo la tela fina de la camisa, subían y bajaban con una respiración que ya no era tan pausada como antes.
Lentamente, se giró. Sus ojos miel ya no brillaban con esa burla arrogante; ahora estaban oscuros, cargados de una tormenta que no supe descifrar. Caminó hacia mí, lento. Me hizo retroceder hasta que mis piernas chocaron contra el borde de la cama y caí sentado en ella.
Él no se detuvo. Se interpuso entre mis rodillas, obligándome a abrir las piernas para dejarle espacio, y se inclinó hasta que su rostro quedó a centímetros del mío.
— ¿Una excepción? — repitió erizando hasta el último vello del cuerpo. — ¿Tienes idea de lo que me estás pidiendo, Bill? Te acabo de decir que mi boca es lo único que no está disponible.
— Entonces haz que esté disponible para mí. — respondí con una valentía que no sabía que tenía, agarrando las solapas de su camisa blanca para atraerlo más. — Porque estoy seguro de que te mueres por besarme tanto como yo a ti.
Tom soltó un suspiro pesado, una mezcla de derrota y deseo contenido. Sus manos, grandes y cálidas, subieron por mis muslos hasta llegar a mi cintura, apretando hasta que solté un jadeo.
— Eres un caprichoso de cuidado. — susurró contra mis labios, rozándolos apenas. Hice un movimiento de querer morderle pero no sé dejó. — Si lo hago, si te doy lo que quieres… no habrá vuelta atrás. Seré el tipo de persona que te va a tomar como suyo en cada momento. Soy un maldito hombre que no puede vivir sin sexo. Obviamente soy exclusivo y me cuido muchísimo.
Me miró fijamente, buscando una duda en mis ojos que no iba a encontrar.
— ¿Y a mí qué? Solo bésame, Tom. No lo quiero repetir.
— Oh, no. — se negó sonriendo y ahora alejándose de mí. — No vas a tener lo que quieres.
— Okay. — solté dejándome caer sobre la cama, con los brazos extendidos. Me encontraba frustrado, en serio. Nadie me desesperaba tanto como él al no poder tener un contacto pequeño de su boca con la mía. — ¿Pero al menos podemos…?
— Tus padres están en casa, Bill.
— No me importa.
— A mí sí me importa. No por ellos, sino por nosotros. — dijo señalándome con un dedo tembloroso. — No voy a follarte aquí. Me da una vergüenza que no te imaginas pensar que me escuchen diciéndote cosas.
Se acercó a la puerta, escuchando los pasos en el pasillo, y luego se giró hacia mí con una determinación nueva.
— Vamos a bajar. Vamos a terminar esta farsa con una sonrisa, nos despediremos como los novios perfectos y en cuanto crucemos esa puerta, te vas a subir a mi coche. Nos vamos a mi departamento. Ahí no hay padres, no hay nadie más que no sea solo tú y yo.
— Si quiero. — logré decir.
— Pues muévete. — ordenó su voz de mando que me hizo obedecer al instante. — Arréglate ese pelo y baja.
Eso hice.
Bajamos las escaleras tratando de no parecer dos personas que acababan de planear salir a follar. Tom caminaba recto, pero yo juraría que sus orejas estaban un poco rojas. Yo, por mi parte, sentía que mis labios brillaban más que las perlas de la señora Wieger.
— ¡Ahí están! — exclamó mi padre, levantando una copa de coñac como si estuviéramos en una coronación. — ¿Por qué tardaron? ¿tenían algo importante que discutir?
— Muy importantes, señor Trümper. — respondió Tom convencido. — Bill me estaba mostrando su… colección de arte. Es fascinante lo mucho que ha crecido su técnica. — Margarita soltó un bufido que sonó a envidia pura mientras mi madre nos miraba con una sonrisa de oreja a oreja.
— Bill siempre ha sido muy apasionado con sus proyectos cuando quiere. — añadió ella, guiñándome un ojo.
Yo casi me muero de la vergüenza.
— Aunque a mi siempre me pareció una basura lo que hace pero bueno, si a un Kaulitz le gusta es válido.
Tom se quedó sin expresión alguna y yo también.
¿Pero qué había dicho Gordon Trümper?
Joder.
El postre fue una tortura de diez minutos donde Tom y yo intercambiamos patadas por debajo de la mesa: él para que yo dejara de mirar su piercing y yo para que él dejara de apretar mi rodilla cada vez que mi padre mencionaba el futuro de la empresa.
Siendo sinceros ninguno le prestaba atención.
Yo terminé rápido mi postre, más pronto de lo que creía.
— Bueno. — dijo Tom, levantándose de golpe en cuanto terminó su última cucharada. — Ha sido una velada exquisita, pero… quisiera pedirles permiso a ustedes para llevarme a Bill a una disco. Quedamos en reunirnos con unos amigos y bueno.
— Si, sí. Vayan, disfruten. — decía mi padre tan animado sin despegarle la mirada a Tom. — Que se diviertan.
— Sí, claro. Gracias y mucho gusto conocerlos. — decía Tom agarrando su chaqueta y después mi mano para encaminarnos hacia la salida.
En cuanto la puerta principal se cerró, Tom soltó un suspiro que pareció durar un siglo y caminó hacia el coche a pasos agigantados.
&
El trayecto hacia su departamento fue un despliegue de velocidad y manos impacientes. Tom conducía como si estuviera huyendo de un incendio, mientras que una mano no soltaba mi muslo, apretando la tela de mi pantalón cada vez que el semáforo se ponía en rojo.
En cuanto el ascensor llegó a su piso y la puerta de su departamento se abrió. No llegamos ni a la habitación. Tom me empujó contra la puerta principal en cuanto se cerró, sellando el espacio con su cuerpo. El lugar era minimalista, frío y lleno de cristales que daban a la ciudad, pero el calor que desprendía él era suficiente para incendiar el edificio.
— Se acabó el teatro, Bill. — jadeó enterrando su rostro en mi cuello y aspirando mi perfume urgentemente, hizo que gimoteara de inmediato. — Aquí me tienes. — me levantó obligándome a rodear su cintura con las piernas y esta vez no hubo nada que nos detuviera. Las manos bajaron directamente a mis pantalones mientras sus labios devoraban mi cuello.
— Ya fóllame, Kaulitz. — susurré tirando de sus trenzas para obligarlo a mirarme. Sus ojos brillaron con una chispa de triunfo y calentura.
En cuanto estoy recostado sobre el sofá Tom se incorporó para quitarse la camisa con una desesperación que terminó por romper los botones de esa. Después llevó sus manos al botón del pantalón que salió disparado lejos de su cuerpo junto con el boxer.
Eso terminó de matarme la entrepierna.
— Ven aquí. — obedecí al instante dejándome llevar de Tom. Agarró mi cabello con una mano mientras que con la otra sujetaba su entrepierna para masturbarse antes de meterlo a mi boca. — ¿Lo quieres, Bill?
— Sí, Tom. Por favor… — susurré por lo bajo. Él rió ronco. Se masturbó un par de veces frente a mis ojos, lento y tortuoso, obligándome a mirar la magnitud de lo que estaba a punto de poseerme.
— Entonces abre la boca, princesa. — ordenó. No tuve que pensarlo. Me impulsé hacia adelante, guiado por el instinto y por ese aroma a testosterona junto con el deseo que desprendía. Metí su pene en mi boca y Tom echó la cabeza hacia atrás, cerrando los ojos y soltando un susurro que sonó como una maldición y una plegaria al mismo tiempo. Sus dedos se enredaron en mi cabello, tirando con la fuerza justa para hacerme saber que él tenía el control total. — Joder, Bill… — jadeó, apretando los dientes.
Mi cabeza iba y venía de adelante hacia atrás mientras le hacía una mamada.
Yo estaba encantado y más porque el portador de esa increíble polla me estuviera usando como si fuera su juguete sexual.
Se separó de mí apenas unos segundos después. Observé como brillaba su entrepierna repleta de mi saliva y Tom se agachó lo suficiente para limpiar mis labios con su lengua en un gesto sucio.
Es lo más cerca que pude estar de sus labios.
— Quítate la ropa. — yo lo miré un poco antes de empezar a quitarme las prendas con rapidez. Me acomodó en el sofá a cuatro patas con la vista fija en las luces de la ciudad que brillaban a lo lejos, recordándome que estábamos a decenas de metros de altura, solos, donde nadie podía escucharnos.
Creo.
Empezó dejando besos en mi hombro izquierdo, descendiendo por mi columna vertebral hasta llenar a mis nalgas. Las cuales mordió con suavidad estremeciendo mi cuerpo.
Sentí sus manos separar mis glúteos con brusquedad y luego el calor de su lengua preparándome con una tortura deliciosa que me hacía suplicar por más.
— Oh… sí. Mhmm… — adoraba lo bien que se sentía su lengua húmeda y caliente. Me provocaban gemidos incontrolables una y otra vez.
Pronto la humedad de esta desapareció para ser reemplazada por la presión firme de dos de sus dedos.
— Jamás me cansaré de decir lo estrecho que estás, Bill… me fascina. — gruñó Tom contra mi espalda y su aliento caliente choca contra mi piel sudorosa. Introdujo los dedos con una lentitud tortuosa, estirándome, obligando a mi cuerpo a ceder ante su invasión. Solté un gemido largo, enterrando el rostro en el cojín del sofá mientras sentía cómo me preparaba. El movimiento de sus dedos era rítmico, experto, presionando exactamente donde quería.
— Mhmm… ¡ah!
— Así, ábrete para mí. — susurró, aumentando la velocidad. Mis paredes internas se apretaban alrededor de sus dedos como si lo fuera a tragar.
De repente, retiró los dedos. El vacío fue inquietante y me hizo soltar un quejido de protesta, pero no duró mucho. Sentí la punta de su glande cubierto del latex rozando mi entrada, buscando el camino. Tom sujetó mis caderas suavemente casi casi hundiendo sus dedos en mi carne.
Sin previo aviso y sin una pizca de piedad, Tom empujó hacia adelante.
Lo sentí entrar de golpe, desgarrando mi cordura mientras se abría paso hasta el fondo de mi ser. El impacto fue tan brutal que mis ojos se pusieron en blanco y mi espalda se arqueó en un ángulo imposible.
La sensación se mezclaba entre el dolor y el placer desde esa posición.
— ¡Agh! ¡T-Tom! — mi grito salió desde lo más profundo de mi garganta.
— Ay. — él no se movió por unos segundos, dejando que mi cuerpo se acostumbrara a su tamaño. Tom enterró el rostro en el hueco de mi cuello, soltando un gemido ronco, profundo, que vibró en todo mi ser. Estaba completamente dentro, llenándome de una manera que me hacía sentir poseído. — Joder… — jadeó Tom, apretando los dientes mientras sus caderas temblaban por el esfuerzo de no correrse ahí mismo. — Estás tan caliente… me vas a matar. — hice un movimiento de caderas.
Adelante hacia atrás, demostrando que ya estaba listo para que se moviera en mi interior.
Y eso hizo.
Empezó a moverse, primero con estocadas cortas y luego con embestidas largas y potentes que hacían que el sofá crujiera bajo nuestro peso. Cada vez que su pelvis chocaba contra mi trasero, un sonido húmedo llenaba la habitación, compitiendo con nuestros gemidos descontrolados.
— ¡Más! ¡Dame más, Tom! — supliqué, girando la cabeza para buscar sus labios, estúpidamente necesitado del contacto de su piercing pero no me complació. Solo me evitó.
— Si, mhmm…
Tom me tenía doblegado sobre el sofá.
— ¡Ah! ¡Tom, joder! — mi voz se rompió en un grito agudo cuando me penetró tan fuerte que me hizo sentir que llegaba hasta mi garganta.
En serio que la tenía jodidamente grande.
— ¿Te gusta que te de así, Bill? — gimió él por lo bajo, cerca de mi oído. No podía ni responder. Solo sentía el vacío llenándose una y otra vez con estocadas que hacían que mis rodillas temblaran y mis dedos se enterraran en el cuero del sofá. El placer era tan sucio, tan crudo, que me hacía soltar gemidos que ni yo mismo reconocía. Aumentó el ritmo, sus embestidas eran ahora cortas y rápidas, constantes, como si estuviera a punto de acabar.
— ¡M-más… por favor! — supliqué.
Él soltó un rugido bajo y me giró de golpe, sin sacarla, haciéndome soltar un jadeo de sorpresa. Me puso de frente, con mis piernas rodeando sus caderas—y ambos estando de pie—mientras él seguía moviéndose con urgencia. Sus ojos estaban inyectados de deseo, fijos en los míos. Viéndome saltar de arriba abajo porque sus manos me guiaban.
— Ay, Tom. — subió tan rápido la mano y me agarró de la nuca. Me pegó la frente a la suya, con los ojos cerrados. Quería aprovechar mi posición para robarle un beso si no fuera porque sentí la presión en mi bajo vientre aumentar ya que mi pene estaba siendo estimulado indirectamente entre nuestros cuerpos y supe que el orgasmo estaba a punto de llegar. — ¡Tom, ahora! ¡Me voy a… ah! — mi cuerpo se tensó, mis músculos se contrajeron alrededor de él en una succión desesperada.
Él gimió ronco, profundo, volviendo a acostarme en el sofá y con tres estocadas finales que me hicieron ver blanco, saco su pene de mi interior para quitarse el preservativo y echarlo sobre mí.
El silencio del departamento fue roto por nuestras respiraciones erráticas.
Se dejó caer sobre mí y yo solo pude abrazarlo con muchísimas ganas.
Nos quedamos así, enredados, con el sudor secándose sobre nuestra piel.
— Joder, Bill… — susurró con la voz cargada de una satisfacción inmensa. — Que sexy. — yo solo pude sonreír débilmente, cerrando los ojos y dejándome envolver por su calor.
Estábamos sucios, cansados y a gusto con lo que acabamos de hacer.
&
La luz del sol de la mañana se filtraba por los enormes ventanales del departamento de Tom, golpeando directamente mis párpados. Me removí entre las sábanas —que olían a él— y sentí un peso cálido y firme sobre mi cintura.
Abrí los ojos lentamente y el recuerdo de la noche anterior me golpeó como un tren de carga.
No sé en qué momento llegamos a la habitación.
Miré a mi lado. Tom dormía profundamente, con las trenzas revueltas sobre la almohada y una expresión de paz absoluta que lo hacía ver más como un ángel que como el hombre que me había dejado las piernas temblando.
Mierda…
El pánico empezó a burbujear en mi estómago. No era un pánico malo, era ese terror existencial de «¿Qué hago ahora?» Me sentí vulnerable, expuesto y terriblemente nervioso porque no sabía que es lo que se hace al despertar.
Con una agilidad que no sabía que tenía—considerando lo mucho que me dolía el cuerpo—, empecé a deslizarme fuera de su agarre. Contuve el aliento cada vez que él hacía un ruido o se movía. Cuando logré poner un pie en el suelo, salí hasta recoger mi ropa del salón y me vestí a la velocidad de la luz.
Ni siquiera me miré al espejo.
Sabía que tenía el pelo como un nido de pájaros y los labios hinchados de puro morderlos.
Agarré mis botas, mi teléfono y salí del departamento cerrando la puerta con un clic casi inaudible.
Continúa…
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