
Fic Toll de WifesKaulitz
Capítulo 7

El trayecto hasta la universidad fue una experiencia casi irreal. Tom conducía con la misma calma que lo caracterizaba, pero esta vez, el silencio no era una barrera, sino un espacio compartido. Yo miraba por la ventana, sintiendo cómo el aire de la mañana golpeaba mi rostro demasiado fresco para mi gusto.
Al aparcar frente a la entrada principal de la universidad, Tom apagó el motor. El sonido del coche muriendo fue lo único que rompió el encanto. Se giró hacia mí y me puso tan nervioso que me hizo tragar saliva.
— Pórtate bien que nada te cuesta. — dijo, con voz grave que me revolvía el estómago.
— No prometo nada. — respondí, bajando del coche y cerrando la puerta tras de mí.
Apenas di tres pasos, sentí cómo alguien me interceptaba. Eran Georg y Gustav. Parecían haber envejecido diez años en cuarenta y ocho horas. Georg tenía los ojos rojos y Gustav, por primera vez, no parecía estar mirando su teléfono, sino buscando mi cuello para estrangularme.
— ¿¡Pero dónde carajos te habías metido!? — exclamó Georg, tomándome por los hombros y sacudiéndome. — ¡Bill, maldita sea, llevamos dos días sin saber de ti! ¡Pensamos que estabas muerto, secuestrado o en una zanja!
Gustav se cruzó de brazos, con una expresión de decepción profunda.
— ¿Qué ha pasado, Bill? — los miré a los dos. Podía ver la preocupación genuina en sus ojos, pero también esa costumbre de tratarme como a un niño. Una sonrisa que no pude contener se dibujó en mi rostro. No era una sonrisa de disculpa, sino de pura plenitud.
— Chicos… — dije, bajando la voz y acercándome a ellos. — ¿Nos besamos?
— ¡No, Bill! ¡Te hablamos en serio! — chillo Geo haciéndome reír a carcajadas mientras Gustav negaba con la cabeza.
— Claro, tómalo a chiste.
— ¡Lo siento! — exclamé entre risas. — Estuve con Tom, ¿ya? ¿felices?
El silencio que cayó entre nosotros fue absoluto. Georg se quedó petrificado, soltándome los hombros, y Gustav parpadeó varias veces, procesando la información.
— ¿Te has quedado con él dos días enteros?
— No, solo ayer que durmió conmigo. — respondí, encogiéndome de hombros mientras ingresaba al salón para no tener que seguir una conversación con mis amigos porque me sentía en el aire y cuando me sentía así no había poder humano que me hiciera entrar en razón.
Solo pensaba en él.
Pasé las clases en un estado de trance. Las notas del profesor rebotaban en mi cabeza sin entrar, mi mente estaba ocupada en recordar su abrazo.
Todo iba bien hasta ahí.
Al salir, Fred estaba apoyado contra la pared esperándome. Se veía desesperado, con el cabello alborotado y los ojos hinchados. Se acercó a mí en cuanto me vio cruzar la puerta.
— ¡Bill! ¿Dónde estabas? — trató de tomar mi mano, pero me hice a un lado con una agilidad que lo sorprendió. — Estoy preocupado, he estado llamándote…
— Fred, detente. — dije, cortante y desprovisto de la dulzura que él solía esperar de mí. — No tengo ganas de hablar contigo. No hoy, ni probablemente nunca. Si es que alguna vez fuimos novios, terminamos, ¿okay?
— ¿Por qué? si yo te quiero mucho, mi amor. — preguntó él, ignorando mi rechazo. — ¡Podemos arreglarlo, Bill!
— No hay nada que arreglar porque no hay nada entre nosotros. Adiós, Frederick Krueger. — me burlé de él en cuando salí de la universidad sintiendo el peso de su mirada en mi espalda, pero no me importó. Al cruzar la calle le hice una seña a Adam para ya irnos a casa.
En cuanto llego a casa mis padres estaban en la sala, sentados en los sofás opuestos, esperándome. Mi padre ni siquiera levantó la vista del periódico, pero mi madre se puso en pie al instante.
— Por fin. — dijo mi madre. — Siéntate, Bill. Tenemos que hablar.
Me senté en el sofá sintiendo frío contra mis muslos. Mi padre seguía tras el periódico, como si fuera un escudo, pero mi madre no me quitaba los ojos de encima.
— ¿Sabes? — empezó ella, con una calma que me ponía los pelos de punta. — Hoy ví a Lalita colgar algo que no es tuyo, no le queda a Georg y tampoco a Gustav.
Sentí un vuelco en el estómago.
Mierda…
— ¿De qué hablas? — pregunté, tratando de mantener mi máscara de indiferencia.
— Vi la chompa. — mi madre se inclinó hacia adelante, cruzando las manos. — Y le pregunté a Lalita, quien mencionó a un hombre de trenzas. ¿Quién era ese sujeto, Bill? Y no me mientas, porque sé perfectamente que no tienes amigos que vistan así.
Me tensé.
— Cariño, yo… estoy confundida. Se supone que Geo y Gustav son tus novios y no quisiera que los engañes. ¿No te parece suficiente ellos dos? porque en serio me veré obligada a hablar y contarles.
— Perdón. — susurré abrazándome a mi mismo, mientras pensaba en qué podría decir. — Ese chico… uhm… verás… es el novio número cuatro.
Simone se puso pálida, abriendo los ojos demasiado. Empezó a sentirse mal y lo supe por como se ponía la mano en el pecho y el sudor era visible. Yo estaba inmovilizado, sin saber que hacer mientras mi padre se movía de su lugar para verla, gritando a la servidumbre que traiga algo para calmar su estado.
Mi padre me mira con desaprobación y mierda.
Su situación me preocupó tanto que terminé diciendo la verdad.
— ¡No te pongas así que no es cierto, exagerada! — le grité a ojos cerrados. — Georg y Gustav ¡no son mis novios! ¡solo era un escape porque quería ocultar al que tengo ahora para no asustarlo de ustedes! — Simone sonrió, volviendo lentamente a su color habitual. Esa fue una mentira piadosa solo para que se relaje.
— Ya lo sabía, ¿ves, Gordon? Bill solo quería asustarnos.
— Buh. — rodeo los ojos, irritado.
— ¿Y por qué tiene que entrar a escondidas como si fuera un criminal?
— Porque… bueno, es complicado. — me encogí de hombros. — Ya sabes que mi papá no acepta mi homosexualidad y en cuanto se los presente lo va a abombar de preguntas estúpidas. — mi madre intercambió una mirada con mi padre.
— Por favor, no empieces.
— Es verdad.
— Ya veo… si es tu pareja, entonces es hora de que lo conozcamos como es debido. — mi papá estaba tratando de sonar convincente dando un discurso que solo podía pensar ahora en el problema en el que me había metido nuevamente. — Este fin de semana organizaremos una cena. Mi hermano vendrá de visita y queremos que esté presente este joven para conocerlo. No quiero secretos en esta casa, Bill. Si es tu novio, tiene que saber comportarse, dar la cara y estar a la altura de esta familia.
— ¿Este fin de semana? — balbuceé, ahora poniéndome yo malito. — No sé si él…
— No acepto un «no» por respuesta. — me cortó mi madre poniéndose en pie. — Dile que está invitado. Si realmente le interesas, no tendrá problemas en presentarse aquí y dar la cara.
— Si, ajá. — rodeo los ojos una vez más con mala gana antes de subir y desaparecer por las escaleras.
En cuanto la puerta se cerró, solté un suspiro que casi desinfla mis pulmones. Sus voces me resultaban tan monótonas, como un zumbido de abeja en un día de verano: aburridas, predecibles y llenas de expectativas que me daban alergia.
Ignoré por completo la amenaza de la cena y empecé a revolver el armario como un maníaco. Tiré camisas y pantalones al suelo hasta que encontré mis mallas de compresión negras y un buzo cómodo.
Iba a correr.
Me calcé las zapatillas runner y salí de la habitación casi volando.
— ¡Me voy a correr! ¡No me esperen para el té! — grité mientras bajaba las escaleras, dejando a mis padres con la palabra en la boca.
Necesitaba desestresarme un poco.
El aire fresco de la tarde golpeaba mi cara mientras corría por las calles rumbo a un parque deportivo que había por ahí. Corrí demasiado dejándome llevar por el enojo y mis pulmones sentía que ardían.
No sé si era por la falta de ejercicio cardiovascular o porque mis nervios estaban a punto de estallar.
Mis piernas se movían en automático, rítmicas, mientras mi cerebro seguía proyectando en bucle la imagen de Tom inclinándose sobre mí.
— Solo es sexo, Bill. Solo un hombrezuelo. — me repetía a mí mismo, intentando convencerme de que mi obsesión era puramente fisiológica.
¿Cómo iba a olvidar fácil al hombre que me dió mi primera vez?
No lo sé pero debía hacer algo…
Después de unos cuarenta minutos, el sudor me empapaba el buzo y la garganta me rascaba como si hubiera tragado arena.
Necesitaba agua o ginebra… pero mejor agua si no quería desmayarme en medio de la acera y que el titular del periódico de mañana fuera: «Hijo de los Trümper colapsa por falta de hidratación y exceso de drama».
Iugh.
Divisé una pequeña tienda de conveniencia un poco alejada de mi ruta habitual, en una zona donde los jardines ya no estaban tan perfectamente podados. Me detuve en la entrada, jadeando, apoyando las manos en mis rodillas mientras intentaba recuperar el aliento. Entré, sintiendo el glorioso aire acondicionado chocar contra mi piel sudorosa.
Caminé directo a la nevera del fondo y tomé una botella de agua mineral para después encaminarme hacia la caja y pagarla. La chica empezó a atenderme con suma amabilidad hasta que por el rabillo del ojo pude ver un tipo pagando unos tabacos, una botella de agua y unos mentolados.
No pude evitar soltar una sonrisa nerviosa, quizás con la cara más roja de lo normal.
— No esperaba verte tan pronto. — susurró Tom cerca de mi oído y me hizo estremecer. — Yo pago el agua. — suspiré mordiendo mi labio inferior mientras asentía. — ¿Cómo te sientes?
— Muy animado. — Tom soltó una risa, de esas que te calientan la sangre mientras dejaba el dinero sobre el mostrador. La cajera nos miraba como si estuviéramos rodando una escena de una película prohibida, y no la culpaba… también lo sentía.
— Animado… — repitió, agarrando sus cosas y dándome una señal con la cabeza para que saliéramos de la tienda.
Caminamos apenas unos pasos hasta quedar bajo la sombra de un árbol viejo, lejos de la vista de los clientes. Me bebí media botella de agua de un tirón, sintiendo cómo el frío bajaba por mi garganta, mientras Tom me observaba apoyado contra el tronco, con un cigarrillo ya encendido entre los dedos.
— No lo parece. — notó, entrecerrando los ojos. — ¿Qué tienes? ¿mhmm? — me puse pálido en cuánto me tomó de la barbilla para hacer que lo mirara a los ojos.
— Tom… — dije bajando la voz, mirando a los lados con los nervios más potentes que podía tener. — Mis padres han organizado una cena este fin de semana. Quieren que esté presente si o sí y quieren que vayas.
Él soltó una bocanada de humo hacia el cielo y me miró con una ceja arqueada.
— ¿Yo?
— Ujum… y-yo quisiera que me acompañes… — solté de golpe, apretando la botella de agua. — Te pagaré lo que quieras solo ve, es que les he dicho que eres mi novio y así. — Tom se quedó en silencio unos segundos, mirándome. Luego, tiró el cigarrillo al suelo y lo aplastó con el zapato antes de dar un paso final que me dejó atrapado entre su cuerpo y el tronco del árbol.
— Ser tu novio delante de tus papás… — susurró mientras su mano subió hasta mi mejilla y su pulgar rozaba mi labio inferior con una lentitud tortuosa.
— No me importa el precio. — susurré de vuelta hipnotizado por el brillo de su piercing en aquella boca rosada que me moría por besar.
— No creas que estoy tan necesitado de dinero, Bill. — dijo él, bajando la cabeza hasta que su aliento caliente rozó mi oreja. — Y justamente este fin de semana tengo libre. Iré. No tienes que pagarme.
Yo no podía estar más feliz.
&
— ¡O sea que ahora tienes su WhatsApp personal! — exclamó Georg, casi escupiendo su café sobre mi mochila en medio del pasillo de la universidad.
Era viernes por la mañana y el ambiente en la universidad estaba más denso que de costumbre. Yo caminaba con la cabeza en alto mientras Georg y Gustav me escoltaban como si fuera un jefe de estado.
— No es un WhatsApp personal, Georg. Es un contacto profesional para coordinar los detalles de la cena. — mentí descaradamente, aunque el hecho de que su foto de perfil fuera de él apoyado en una moto sin camiseta me estuviera quemando la retina desde temprano no les iba a decir. — No me va a cobrar.
— Bill, esto es una locura. — susurró Gustav, mirando a ambos lados con su habitual precaución. — Si tus padres descubren que el brillante estudiante de intercambio que vas a llevar a casa en realidad cobra por horas sexuales te van a mandar a un internado en Amsterdam antes de que puedas decir ¡ah!
Georg y yo nos reímos con ganas.
— Gusi, ¿eso qué?
— No lo van a descubrir. — sentencié, deteniéndome frente a mi taquilla. — Tom no me ha cobrado hasta ahora y actúa como si no fuera un hombrezuelo, él es muy lindo.
— Entiendo… — en ese momento, mi teléfono vibró en el bolsillo de mi chaqueta. Lo saqué con fingida indiferencia, pero mi corazón dio un vuelco al leer el nombre en la pantalla.
|¿Nos podemos ver?|
Le sonreí al teléfono, sintiendo un calor recorrerme el cuerpo y no tardé mucho en contestar.
|Sí, por supuesto.
¿En dónde?|
— ¿Bill?
|Yo te busco.|
|Va, ven a la uni.|
✓✓
— Oye…
— ¿Qué?
— ¿Quién era? — preguntó Gustav arqueando una ceja.
— Por lo sonrojado que está nuestro niño, Gusi, ya sabemos quién. ¿Qué dice el profesional?
— Nada importante. — dije, empezando a caminar rápido hacia la salida. — Solo que va a venir a verme y yo me voy a ir con él. — los dos se miraron a los ojos sorprendidos, observando cómo tomaba rumbo hacia la salida de la universidad a pasos grandes y con una sonrisa en el rostro.
Salí de la universidad como si estuviera huyendo de una escena de crimen. Eso no me importó en lo absoluto. Solo podía pensar en que me vería con Tom y ya.
El frío de la mañana me calaba los huesos, pero los nervios me mantenían a una temperatura envidiable. Me apoyé contra el muro buscando cualquier señal de ese coche elegante.
— ¿Bill? ¿Todo bien? — la voz de Jules me sacó de mi trance. Era el capitán del equipo de debate, un chico impecable, amable y, para ser honesto, el tipo de candidato que mis padres adorarían.
Pero qué yo odio con todo mi ser.
— ¡Ah! Hola, Jules. Sí, solo… tomo un poco de aire fresco. — respondí, aunque mi mirada volvió a escaparse hacia el tráfico de la avenida casi de inmediato.
— Justo iba a buscarte. — dijo él, dando un paso más hacia mi espacio personal con una sonrisa de idiota. — El sábado en la noche hay una fiesta, algo muy exclusivo. Pensé que, como eres el popular podrías hacerme los honores de asistir. ¿Qué dices?
— ¿El sábado? — repetí con un rostro de tristeza. Yo era un fiel amante de las jodidas fiestas y sabía que las suyas eran como las que me gustan a mi, siempre terminaba deshecho, sin conocimiento de lo borracho que estaba y los G’s siempre me llevaban a salvó hasta mi casa.
— Sí, el sábado.
— Uy…
Era tentador.
— Podría pasar por ti a las siete. — insistió Jules, bloqueando ligeramente mi visión de la calle. Ya me había olvidado a quien esperaba. — Bill, en serio me gustaría que fueras…
En ese momento, un coche deportivo negro tan brillante se detuvo frente a nosotros ignorando por completo la zona de no estacionar y silenció el monólogo de Jules. Los cristales polarizados impedían ver el interior, pero el aura de poder que emanaba el vehículo era innegable.
Sentí que el aire me faltaba ya que ese era su coche.
La puerta del conductor se abrió hacia arriba, y Tom salió con una parsimonia que rayaba en lo insultante para cualquier mortal. Llevaba unas gafas de sol oscuras y una chaqueta que gritaba peligro y dinero a partes iguales. Al verme, una sonrisa ladeada cargada de esa confianza que me hacía temblar las rodillas apareció en su rostro.
— Que lindo coche. — susurró Jules encantado. — ¿Cuánto te costó, amigo?
— No mucho.
— Okay. — reía Jules sin dejar de observar el coche, de darle toques en la trompa del auto pero al verme caía en cuenta lo que estaba conversando conmigo. — Bill, ¿entonces paso por ti? — y yo no le hacía caso. Así como él estaba embobado en el coche de Tom, yo lo estaba con él dueño.
Tom se apoyó contra el coche, cruzando los brazos sobre el pecho, viéndome avanzar hacia él como si fuera lo único interesante en todo el campus universitario. Ignoré la expresión de estupefacción de Jules y el murmullo de los estudiantes que empezaban a amontonarse en las ventanas.
— ¿Nos vamos, Bill?
— Si, sí. — dije sin dejar de mirar a Tom. — Llegas justo a tiempo. — seguí, intentando que mi voz no delatara cuánto me afectaba su presencia.
Tom se quitó las gafas lentamente, revelando esa mirada intensa que parecía leer cada uno de mis pensamientos prohibidos.
— Sube, tenemos cosas de qué hablar. — me abrió la puerta del conductor para permitirme subir a su coche y después se subió él despidiéndose de Jules con un ademán en la mano antes de poner a andar el coche.
Tom manejaba con una mano en el volante y la otra descansando perezosa sobre la palanca de cambios. No dijo mucho mientras salíamos del radar de la universidad, tenía una sonrisa en sus labios que yo no podía dejar de mirar. — Tus pretendientes de la uni son curiosos, Bill. — comentó Tom dándome una mirada rápida que expresaba burla.
— No es mi pretendiente, Jules es un pesado. — balbuceé, acomodando el cinturón. — Me estaba ofreciendo ir a una fiesta con él, ya sabes, son cosas de chicos populares universitarios.
Tom soltó una risotada de diversión.
Yo solo me crucé de brazos, mirando por la ventana.
Se detuvo frente a un restaurante. Al entrar, mesero nos guió a una mesa en el rincón más discreto, rodeada de plantas altas y luz cálida.
— Pide lo que quieras, Bill. La casa invita. — dijo, cerrando su carta sin siquiera mirarla.
— Mhmm… — pedí un plato de pasta trufada y una copa de vino blanco, tratando de no parecer un grosero «aunque por dentro más grosero era el pensamiento que tenía» solo quería saltar la mesa y proponerle que vayamos a un lugar seguro para que vuelva a hacerme suyo.
Ush.
— Te queda bien el color negro en los ojos, eres un chico muy lindo.
Casi me atraganto con el vino.
Sentí mis mejillas arder.
— Quisiera saber cómo te ves otro ángulo una vez más.
— Eres un cínico, Tom. — el mencionado rió por lo bajo mientras negaba con la cabeza.
— Cambiando de tema hay algo que me tiene preocupado. Si voy a ser el novio perfecto a vista de tus padres quisiera saber un poco más de ellos, en cómo es tu relación, si es buena, mala. Lo que sea. — me aclaré la garganta, tratando de recuperar la compostura mientras jugueteaba con el tenedor.
Muy nervioso.
Agaché la mirada, concentrándome repentinamente en el brillo del aceite de trufa sobre mi pasta. El comentario anterior de Tom todavía me tenía el pulso a mil por hora, pero mencionar a mis padres era como echar un balde de agua helada sobre el ambiente.
— Mi relación con ellos… — solté un suspiro pesado, dejando el tenedor de lado. — Digamos que complicada es un cumplido. Son de los que creen que la imagen lo es todo. Si saco un sobresaliente, es lo que se espera; si saco un notable, es un fracaso. Para ellos, nunca hago las cosas bien y para rematar mi padre no acepta que soy gay.
Tom dejó de sonreír. Su expresión se volvió curiosa, casi analítica, como si estuviera descifrando un rompecabezas.
— Eso es realmente complicado.
— Ujum. — asentí, sintiendo un nudo en la garganta.
Tom se estiró sobre la mesa, rompiendo la distancia. Sus dedos rozaron la punta de los míos, fue un contacto eléctrico que me hizo levantar la vista de golpe.
— No te preocupes, no tienes que seguir hablando de ello si te molesta. — susurró. — Pero al menos ya sé con que clase de padres debo tratar.
&
El sábado por la noche llegó con una puntualidad implacable, y con él, una ansiedad que me trepaba por la garganta como hiedra venenosa. Me miré al espejo del pasillo por décima vez, alisando mi camisa blanca.
Mis padres ya estaban en la planta baja, moviéndose con esa gracia artificial que solo usaban cuando querían impresionar.
El timbre sonó y mi corazón dio un vuelco.
— ¡Bill, baja ya! Mi hermano y su esposa han llegado. — llamó mi madre con esa voz que escondía una orden directa. Bajé las escaleras tratando de no tropezar. En la estancia ya estaban instalados los Wieger y su hija, Margarita. Era rubia, estudiaba derecho y estaba con una sonrisa que no sabía si era fingida, de gusto o molestia.
— Bill, qué gusto verte. — dijo ella, acercándose para darme dos besos en la mejilla. — Mi padre dice que estás destacando mucho en la universidad este semestre.
— Hago lo que puedo. — respondí con una sonrisa tensa, sintiendo la mirada inquisitiva de mi padre sobre mí.
— Nos han dicho que traes a un invitado especial. — intervino el hermano de mamá, cruzando los brazos mientras aceptaba una copa. — Tu novio, ¿no es así?
— Sí… está por llegar. — el hombre asintió en silencio.
La conversación que siguió a continuación fue sobre inversiones políticas y por demás. Cosas que no me interesaban. Solo… no dejaba de mirar el reloj de la pared. Cada segundo que pasaba, mi miedo crecía.
¿Y si Tom se arrepentía? ¿Y si me dejaba plantado?
Si Tom fallaba, mi vida social y familiar se desmoronaría antes del primer plato.
Pero de pronto el timbre sonó junto con dos toques firmes, seguros. El mayordomo abrió la puerta y, por un instante, juro que hasta el aire abandonó mis pulmones.
Tom entró a mi casa. Llevaba un traje de tres piezas hecho a medida de un gris tan oscuro que rozaba el negro que abrazaba sus hombros anchos de forma impecable. La camisa blanca estaba perfectamente justa a su cuerpo y no llevaba corbata, dejando el primer botón abierto, lo suficiente para no parecer descuidado pero sí lo bastante rebelde. De la cabeza tenía sus trenzas bien peinadas y la bandana en la frente que no podía faltar.
Caminó hacia nosotros con una seguridad que hizo a mi tio Simon enderezar la espalda por instinto.
— Siento la demora. — dijo Tom demasiado educado. — El tráfico desde la zona de embajadas estaba algo pesado. — se detuvo frente a mis padres y les tendió la mano con una inclinación de cabeza perfecta.
«Oh, por dios.»
Se le daba bien.
— Señor y señora Trümper, es un honor finalmente conocer a los padres del joven que me tiene vuelto loco. Soy Tom.
La mandíbula de mi madre pareció desafiar la gravedad por un segundo. Sus ojos recorrieron a Tom de arriba abajo, deteniéndose en el corte impecable de su traje y en la seguridad con la que sostenía su copa de bienvenida. Mi padre, que normalmente tenía el ceño fruncido como si el mundo le debiera dinero, entrecerró los ojos, visiblemente desarmado por la presencia de mi «enamorado».
Entre comillas.
— Vaya… — susurró mi madre, recuperando la compostura con una risita nerviosa que delataba su alivio. — Debo ser honesta, Tom. Pensé que Bill iba a salir con una broma de mal gusto con respecto a su novio. No sería la primera vez que lo hace.
Yo no podía estar peor.
— Es un placer tenerlo aquí, Tom. Realmente… es una sorpresa muy grata. — añadió mi padre, estrechándole la mano firme que denotaba respeto, algo que rara vez me daba a mí.
O tal vez es que estaba fingiendo muy bien.
Tom no flaqueó ni un milímetro. Esbozó una sonrisa sutil. — Entiendo, señor Trümper. — Margarita Wieger, que hasta entonces nos miraba con aburrimiento, ahora devoraba a Tom con la mirada. La tensión en la sala cambió de juicio final a admiración absoluta en cuestión de cinco minutos.
— Bueno, ¡no nos quedemos aquí! —exclamó mi madre, casi radiante, tomándose del brazo de Pamela, su cuñada. — Pasemos al comedor. Tom, espero que te guste la cocina francesa, nuestro chef preparó algo especial.
Caminamos hacia el comedor. Tom se esperó para caminar junto conmigo. Mientras los demás se acomodaban, sentí su mano rozar firmemente la parte baja de mi espalda, fue un toque que me hizo dar un respingo.
— Respira. — me susurró al oído, tan bajo que solo yo pude oírlo. — Ya los tengo en el bolsillo. Ahora solo disfruta de la cena tranquilo, ¿de acuerdo? si algo sale mal te besaré el trasero tantas veces que te hará olvidar esto. — tragué saliva sintiendo que el nudo de mi garganta se transformaba en algo mucho más caliente e interesante.
&
La cena transcurrió como un desfile de perfección coreografiada. Tom no solo estaba a la altura, sino que parecía haber nacido para esto. Mientras el chef servía, el tío John y mi padre comenzaron a hablar sobre cosas del mercado inmobiliario y no se qué otras cosas que yo no entendía.
Para ser sinceros esperaba que Tom se quedara callado, pero fue todo lo contrario.
— De hecho. — intervino Tom, limpiándose la comisura de los labios con la servilleta teniendo una elegancia irritante. — Si observan la tendencia en Frankfurt, el modelo de fideicomiso que menciona el señor Wieger ha quedado obsoleto. La arquitectura financiera actual se está desplazando hacia inversiones sostenibles con beneficios fiscales en la Eurozona.
Mi padre lo miraba con una mezcla de envidia y fascinación. Los Wieger asentían como si estuvieran ante un oráculo. Yo, por mi parte, sentía que mi cerebro se estaba derritiendo. La conversación giraba entre tipos de interés, proyecciones anuales y leyes de exportación. Era tedioso y terriblemente aburrido.
Todo lo que hablaban para mí sonaba a taka taka.
Puro bla, bla, bla, bla.
Continúa…
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