
Fic Toll de WifesKaulitz
Capítulo 6
— ¿Puedes llevarme a casa? — susurré una vez que nos habíamos arreglado y medio limpiado para vernos presentables.
Tom no me miró.
Se subió la cremallera de su chompa en completo silencio. El contraste entre la intensidad de lo que acababa de pasar y su actitud actual, como si simplemente hubiera terminado una tarea tediosa, me hizo hervir la sangre.
— Tengo cosas que hacer, Bill. — respondió finalmente tan frívolo. No hubo ni un gramo de calidez en su tono. Aún así, escuché el motor rugir cuando giró la llave. El sonido llenó el vacío entre nosotros, y el coche comenzó a moverse con suavidad, alejándose del club.
El trayecto hacia mi casa fue la tortura más silenciosa de mi vida. La lluvia golpeaba el cristal, borrando las luces de la ciudad y convirtiendo el exterior en un borrón de colores oscuros. Yo me mantuve mirando por la ventana, apretando los muslos todavía entumecidos por el esfuerzo. Cada vez que el coche tomaba una curva y mi hombro rozaba el suyo, sentía un escalofrío que no sabía si era de placer residual o de una frustración que me estaba matando por dentro.
Lo miré de reojo. Conducía con una sola mano, la mandíbula apretada y la mirada fija en el asfalto mojado.
Parecía un extraño.
Un extraño que hace cinco minutos me había marcado de la peor y mejor manera posible.
¿Cómo podía haber sido tan salvaje y ahora actuar como si nada?
Mi boca, tan ignorada y tan deseada, me picaba. El no en su actitud, la negativa a besarme, pesaba más que cualquier palabra.
Cuando finalmente frenó frente a la reja de mi casa, el coche quedó en la oscuridad, apenas iluminado por las luces de los postes lejanos. Apagó el motor. El silencio que siguió fue absoluto, cargado de una electricidad que me obligaba a no moverme.
Tom apoyó los brazos sobre el volante y giró ligeramente la cabeza, mirándome por primera vez desde que nos arreglamos. Sus ojos oscuros recorrieron mi rostro, deteniéndose precisamente en mis labios, antes de volver a mis ojos.
— Ya llegamos. — dijo, con esa frialdad que me partía el alma. — Baja. Tengo cosas que hacer. — repitió.
Quería llorar.
Ni siquiera un cambiemos números, volvamos a vernos, ni un gesto de despedida. Nada. Solo la orden de irme. Sentía humillación mezclada con una terquedad incontrolable. No iba a bajar del coche así, no sin una respuesta.
— ¿Eso es todo? — pregunté para luego morder mi labio inferior. — ¿Solo vas a dejarme aquí como si fuera basura que ya no te sirve?
— Bill, tienes novio y te has acostado conmigo.
— ¿Eso es lo que te dices a ti mismo para no tener que admitir que te gustó? — solté una risa amarga que se perdió en el aire.
Sentí cómo la sangre se me subía a la cabeza, alimentada por la frustración y el despecho. Tom seguía apoyado en el volante, con esa mandíbula de acero que no cedía ni un milímetro. Lo miré, buscando cualquier grieta en su armadura, cualquier señal de que lo que acababa de pasar ahí dentro no había sido solo un servicio más.
— Fred no es mi novio, Tom. — me incliné hacia él, invadiendo su espacio personal, ignorando que sus manos se tensaron sobre el cuero. — Así que ahórrate la excusa del novio. Si no quieres volver a verme, dilo. Pero no me trates como si fuera el prostituto fuera yo.
Tom giró la cabeza tan rápido que me sobresalté.
Sus ojos oscuros como el asfalto mojado bajo la lluvia, se clavaron en los míos. Por un segundo, vi algo ahí dentro: un destello de algo parecido a la irritación, o tal vez a la duda.
— ¿Siempre eres así de dramático? — murmuró, pero su voz ya no sonaba tan fría. Había una vibración diferente, una que me hizo tensarme.
— Y-yo… quiero volver a verte. — agaché la cabeza mientras me abrazaba a mi mismo.
Estiró una mano y, en lugar de empujarme, sus dedos rozaron mi mejilla, bajando lentamente hasta mi cuello.
Después suspiró y se quitó la chompa, para dármela.
— Solo tengo que irme, anda. Baja. Está lloviendo más fuerte… cúbrete con eso. — solté un suspiro entrecortado mientras recibía la chompa y me la ponía, dispuesto a bajar del carro para verlo irse en cuestión de segundos.
Definitivamente quería llorar y lloré…
Porque me hizo sentir mal…
&
Estaba sentado en la alfombra de mi casa, con las piernas encogidas mientras un montón de envolturas de chocolate estaban en la alfombra de mi habitación y un enorme bote de helado de vainilla está entre mis manos.
Estaba mirando Pretty woman…
La luz azulada de la televisión era lo único que iluminaba mi habitación, proyectando sombras largas sobre el desastre de envolturas.
Me hundí más en la chompa de Tom, que era enorme, me llegaba casi hasta la mitad de los muslos y, lo peor de todo, es que debajo no llevaba absolutamente nada. La tela áspera contra mi piel desnuda me provocaba escalofríos, pero el aroma que emanaba de la prenda era lo único que me mantenía unido.
En la pantalla, Richard Gere miraba a Julia Roberts con esa intensidad de película que solo existe en Hollywood. Se suponía que era una historia romántica, ¿no? El hombre rico, la chica de la calle… y yo, ahí, sentado en el suelo de mi alcoba, con el corazón hecho pedazos.
Me llevé una cucharada a la boca, pero apenas pude saborearla. Un sollozo escapó de mi garganta sin permiso, y una lágrima caliente cayó directo sobre el helado.
— Qué estúpido eres, Bill… — susurré, limpiándome la cara con el dorso de la mano mientras la risa de la película sonaba de fondo, burlándose de mi miseria.
Relacionar la trama con mi realidad era una tortura masoquista. En la película, todo era un cuento de hadas sobre superar las barreras del dinero y la clase social.
Todo era tan bonito…
Me abracé a mí mismo, apretando la chompa contra mi pecho. Ojalá Tom me hubiera mirado como Richard Gere miraba a Julia Roberts, aunque fuera una vez. Pero Tom no me miraba así. Me miraba con esa mezcla de deseo crudo y desprecio, como si yo fuera un secreto vergonzoso por el cual se había dejado consumir.
Otra lágrima cayó, esta vez sobre la tela de la chompa, oscureciéndola. El aire en la habitación se sentía pesado, cargado con el eco de sus palabras de «tengo cosas que hacer».
— ¿Cosas que hacer? — repetí en un susurro quebradizo, mirando el bote de helado. — ¿Qué cosas pueden ser más importantes que esto? ¿qué es más importante que tratarme como lo hizo el otro día que después de coger… así de bonito?
Me sentía ridículo, llorando como un adolescente frente a una comedia romántica, vistiendo la ropa de un hombre que probablemente en este momento ni siquiera se acordaba de mi o que quizás estaba con otra persona.
La ironía de Pretty woman me quemaba, yo había intentado ser el que tenía el control, el que ponía el precio, y terminé siendo el que se quedó esperando en la puerta, con el corazón roto y su olor impregnado en mi piel.
Dejé caer la cuchara al suelo.
Me llevé las manos a la cara y oculté mis sollozos en la tela de la choma, deseando que el aroma desapareciera para dejar de torturarme, pero, al mismo tiempo, aferrándome a él como si fuera mi única salvación.
&
Llevaba cuarenta y ocho horas convertido en un fantasma dentro de mi propia habitación. Las cortinas seguían cerradas, bloqueando la luz de un día que no me importaba en lo absoluto, y el aire olía a desesperación, a chocolate derretido, helado…
No me quité la chompa de Tom en ese lapso.
Había rechazado tres llamadas de Gustav y diez de Georg. No quería ver a nadie, no quería hablar de por qué no iba a la uni, ni de por qué mi cara hinchada de tanto llorar era un poema a la derrota.
Unos golpes suaves y tímidos en la madera de la puerta me sacaron de mi trance. Era Lalita porque mis padres no estaban a estas horas. Suspiré, hundiendo la cara en la tela de la chompa, sin moverme.
— ¿Joven Bill? — su voz sonaba más tensa de lo habitual, casi asustada. — Disculpe que le moleste. Ese joven… el de las trenzas. Está en la entrada. Dice que viene a verlo. ¿Le digo que pase o que se marche?
Mi cerebro tardó un par de segundos en procesar la información.
¿El de las trenzas?
Por un momento pensé que era mi imaginación jugándome una mala pasada. Me encogí de hombros, sin ganas de lidiar con la realidad.
— Lo que sea, Lalita. Si quiere entrar, que entre. Si quiere quemar la casa, que avise. Solo déjame en paz. — murmuré, con la voz apagada por el sueño y el llanto.
Estaba cerrando los ojos con ganas de dormir.
Escuché el sonido de sus pasos alejándose y, después, un silencio que duró lo suficiente como para que empezara a arrepentirme de haber dicho que sí. Pero entonces, el sonido de mis bisagras cediendo y unos pasos pesados, firmes y deliberados, hicieron que el vello de mis brazos se erizara. No eran los pasos de Lalita o eso creía.
— ¿Lalita? — pregunté, girándome lentamente sobre la cama, todavía enroscado en la chompa demasiado grande.
No tuve que ver su cara para saber quién era. El ambiente en la habitación cambió al instante, la energía se volvió casi insoportable.
Tom estaba allí.
Cerró la puerta tras de él con un golpe seco, pero controlado, y se quedó apoyado contra la madera, con los brazos cruzados y una mirada analítica que parecía estar escaneando cada detalle de mi miseria: el bote de helado a medio terminar, los envoltorios, mis ojos rojos y… la chompa.
Se quedó tieso cuando vio que llevaba puesta su ropa. Sus ojos oscuros recorrieron mi cuerpo, bajando por la tela que me quedaba grande, y luego volvieron a mi rostro con una intensidad que me hizo dejar de respirar.
— ¿Así es como pasas tus días? — dijo totalmente ronco, rompiendo el silencio. No había rastro de burla pero sí una nota de algo que no supe identificar. — ¿Esperando a que alguien te rescate o simplemente pudriéndote?
Me incorporé, sintiéndome vulnerable y estúpido. El corazón me golpeaba con una fuerza inhumana.
— ¿Qué haces aquí? — logré articular aferrándome a las mangas de su prenda como si fueran un escudo.
Él no respondió de inmediato. Se despegó de la puerta y comenzó a caminar hacia mi cama lentamente. Se detuvo a los pies. Sus ojos se pasearon por los restos de mi festín de azúcar, luego por la pantalla donde Julia Roberts sonreía con esa perfección inalcanzable, y finalmente regresaron a mí. Por un momento, creí que iba a soltar algún comentario sarcástico sobre lo patético que me veía, pero no lo hizo.
Se sentó en el borde del colchón. El peso de su cuerpo hizo que me hundiera un poco hacia él.
— ¿En serio? — preguntó, señalando la pantalla con un movimiento de cabeza. — ¿Pretty Woman? ¿Esa es tu forma de curarte las penas, Bill?
Me encogí de hombros, sintiéndome tan expuesto que deseaba desaparecer dentro de la chompa.
— Es una película. — murmuré, abrazándome las rodillas. — No tiene nada de malo. Solo la repetí veinte veces.
— ¿Veinte veces? — casi no se lo creía.
— Ujum. — Tom dejó escapar un suspiro, un sonido corto que sonó casi como una risa cansada.
— Llevas puesta mi chompa. — dijo. No era una pregunta, era una observación cargada de significado. — Te queda grande.
— Lo sé. — me atreví a mirarlo con cansancio. — Si te molesta, me la quito ahora mismo. — antes de que pudiera moverme para desabrocharla, su mano se cerró sobre mi muñeca, deteniéndome. Su piel estaba cálida, un contraste brutal con mi estado de nerviosismo.
— No he dicho que me moleste. — sus dedos se deslizaron por la manga de la chompa, rozando mi piel en el proceso. — Levántate.
— ¿Qué? ¿para qué?
— Vamos a comer algo de verdad. — me miró con una ceja alzada, esperando una respuesta. — ¿Qué dices? ¿Vienes o vas a quedarte a ver cómo termina la película por… ciento un vez?
Tragué saliva, obligándome a relajar los hombros y a poner mi mejor cara de «me da igual». Sin embarazo mi corazón estaba dando saltos mortales, una fiesta interna que gritaba de alegría mientras mi cerebro intentaba mantener la compostura.
— Veintiuna, para ser exactos. — respondí, levantando los hombros lento y exagerado, como si estuviera aburrido. — Y no, no quiero ir contigo a ningún lado. Quiero estar en mi cama.
Mis palabras quedaron colgando en el aire, frágiles y patéticas, mientras yo me hundía un poco más en el colchón. Esperaba una réplica cortante, un comentario ácido o incluso que se diera la vuelta y saliera de la habitación dejándome con mi miseria. Me preparé para el vacío de su ausencia, para el golpe de realidad de que, quizás, ya no le interesaba jugar más.
Pero Tom no dijo nada.
Sus ojos decididos ni siquiera parpadearon ante mi rechazo. Simplemente me miró con delicadeza, como si mis palabras fueran solo ruido de fondo. Se movió hacia el borde de la cama, arrastró la colcha pesada y, sin una sola palabra, se deslizó detrás de mí.
El colchón se hundió bajo su peso, un ancla que me obligaba a sentirlo.
Antes de que pudiera procesar lo que estaba haciendo, sentí sus brazos rodearme. Una mano grande y firme se cerró sobre mi cintura, atrayéndome hacia atrás hasta que mi espalda quedó pegada a su pecho.
El calor que emanaba de su cuerpo me golpeó como una ola, un contraste brutal con el frío que sentía en las extremidades.
Un escalofrío me recorrió desde la nuca hasta los pies, tan intenso que solté un jadeo involuntario que se perdió contra la almohada. Estaba atrapado. Su otra mano subió hasta apoyarse sobre mi vientre, justo por encima de la tela de su propia chompa, y pude sentir su pulso vibrando contra el pecho.
Él no decía nada, pero su cuerpo hablaba por él.
Mi respiración se volvió errática. Estaba ahí, inmovilizado en su abrazo, me parecía una tortura jodidamente deliciosa.
En la pantalla, Julia Roberts reía en una escena de la película, pero yo apenas podía enfocar la vista. Mis ojos estaban fijos en el vacío, intentando controlar los latidos desbocados de mi corazón, que golpeaban contra el brazo de Tom como si quisieran escapar de mi pecho.
Él apoyó la barbilla en mi hombro, y sentí su aliento caliente contra mi cuello. Permaneció en silencio, observando la película conmigo, o quizás observándome a mí, oculto tras la oscuridad de la habitación.
No se movió… él… él no intentó nada más que sostener la postura. Pero ese silencio, esa quietud, era mucho más ruidosa que cualquier discusión.
Me sentía como un animal acorralado que no tenía ninguna intención de huir y me dejé vencer. Apoyé mi cabeza hacia atrás, buscando inconscientemente más contacto, más calor, y cerré los ojos, perdiéndome en la sensación de estar sostenido por la persona que me había destrozado y reconstruido en cuestión de minutos.
&
La oscuridad de la habitación era absoluta, apenas interrumpida por una tenue raya de luz que se filtraba bajo la puerta del pasillo. Desperté con la extraña sensación de estar atrapado en un refugio, un lugar donde el tiempo no existía. Lo primero que noté no fue el frío de la madrugada, sino el peso, un calor reconfortante que me mantenía anclado a la realidad. Era el brazo de Tom que está cruzado sobre mi cintura, atrapándome contra él, logrando estremecerme.
Me moví apenas unos milímetros, instintivamente, buscando más de ese contacto. La chompa que llevaba puesta —su chompa—se había subido demasiado en lo que dormía sin yo darme cuenta pero ¿qué importaba?
Me pegué más a él.
Mi espalda chocó contra su pecho, y el contacto fue como una chispa. Sentí cómo el calor se concentraba entre nosotros, atrapado bajo las capas de ropa y sábanas. Era un bochorno delicioso que empezó a nublarme el juicio. El simple roce de sus piernas contra las mías, la presión de su cuerpo firme contra mi espalda, empezó a despertar algo que había estado intentando ignorar desde que nos acostamos.
La calidez se transformó en un hormigueo inquieto.
Mi respiración se volvió inestable.
Cuanto más me pegaba a él, más consciente era de mi propio cuerpo, el endurecimiento de mis pezones contra la tela, la erección que empezaba a pulsarse sin remedio, reclaman atención. Intenté alejarme un poco, avergonzado por mi propia reacción, pero el movimiento solo sirvió para que la fricción fuera más directa, más intensa.
— Mierda… — susurré para mí mismo, apretando los dientes, tratando de controlar el aire que escapaba de mis labios en pequeños gemidos ahogados.
Fue entonces cuando sentí que el brazo de Tom, que hasta hace un segundo parecía estar en un sueño profundo, se tensó. Su mano, que reposaba en mi cintura, se cerró con fuerza, hundiéndose ligeramente en mi carne, atrayéndome de vuelta que me dejó sin aliento.
Él no se despertó del todo, pero su cuerpo respondió al mío. Sentí su respiración cambiar, volviéndose más lenta y más deliberada contra mi nuca.
— Bill… — su voz ronca se escucha cargada de sueño y algo más. Cómo la excitación por ejemplo. — Si sigues moviéndote así, no voy a responder por lo que pase a continuación.
Sus dedos se movieron, trazando un camino lento desde mi cintura hasta el borde de la chompa, rozando la piel desnuda de mis muslos. El contacto me hizo dar un saltito. Él sabía perfectamente lo que me estaba pasando, y el hecho de que no se alejara, sino que se acercara más, hizo que mi excitación alcanzara un punto crítico.
— Despierta. — murmuré en un hilo de voz mientras me giraba torpemente dentro de su abrazo para quedar frente a frente.
Sus párpados entrecerrados se abrieron fijándose en mí.
— Ya estoy despierto. — hizo mención hablando en un doble sentido, en el proceso su mano sube hasta mi nuca, enredando sus dedos en mi pelo. — Y creo que tú también.
Incliné mi rostro buscando la línea de su mandíbula. Mis labios rozaron su piel a penas, dejando un camino lento y deliberado, dejando un rastro de besos suaves pero cargados de una urgencia que no pude ocultar.
Cada vez que mi boca encontraba su piel, sentía su cuerpo tensarse bajo el mío. Tom soltó un suspiro, un sonido que vibró contra mis labios. Sus ojos se cerraron con fuerza, como si estuviera luchando por mantener la compostura, y su mano, grande y firme, se deslizó hacia abajo, directamente hacia la fuente de mi tormento.
Me palpó con lentitud tortuosa, confirmando —sin necesidad de palabras— lo duro que estaba, lo desesperado que me sentía por él. La fricción de su palma contra la tela que aún me cubría fue una chispa que me hizo arquear la espalda.
Joder, no pude aguantar más el roce de la tela. Era una barrera que me asfixiaba.
Con manos temblorosas pero decididas, me separé apenas un centímetro, lo suficiente para deshacerme de los bóxers. Los hice caer al suelo con un movimiento rápido, dejando que la última barrera desapareciera, exponiéndome ante su mirada cuando volvió a abrir los ojos.
Tom no apartó la vista. Su mirada bajó, recorriendo mi cuerpo intensamente que me hizo sentir que me estaba consumiendo vivo. Su mano volvió a subir, pero esta vez para encerrar mi falo en un agarre firme y cálido.
El contraste de su piel era embriagador.
— Bill… — susurró, su voz apenas en un hilo de sonido que resonó en el silencio de la habitación.
Lo tomé como una invitación.
Me incliné hacia él de nuevo, para besarle el cuello mientras dejaba que se desabrochara los pantalones y así yo poder bajar para lubricar su pene.
Entonces tomé su masculinidad dura y caliente en mi mano derecha antes de meterlo a mi boca.
Tom se incorporó en sus codos, para ver cómo trataba de dar lo mejor de mi en esa felación justo como en las porno. Se la estaba mamando bajo su atenta mirada, arrancándole gemidos de puro placer.
— Mhmm…
Me concentré en cada milímetro de su piel, en la firmeza y el calor que desprendía. Mis manos se aferraban a sus muslos, buscando estabilidad mientras mi lengua recorría cada centímetro con una devoción que, honestamente, me sorprendía a mí mismo.
Él solo está analizando cómo me movía, cómo mis labios se ajustaban a él.
Cada gemido que se le escapaba —un sonido grave, roto, que parecía venir de lo más profundo de su pecho— era mi trofeo. Me sentía poderoso y vulnerable al mismo tiempo, sabiendo que yo era la causa de que perdiera la compostura.
— Bill, mhmm… — gruñó, y estira el brazo para enredar sus dedos en las raíces de mi cabello, tirando de mi cabeza hacia atrás, no para detenerme, sino para marcar el ritmo.
Él estaba al límite; podía sentirlo en la forma en que sus caderas se movían instintivamente, buscando una fricción que yo estaba más que dispuesto a darle. La mirada no se apartaba de mí, fue incentivo a esforzarme más, a querer que se perdiera en mi boca.
Pero de repente, su mano se movió desde mi cabello hasta mi hombro. Soltó un suspiro largo y se incorporó un poco más, separándose.
— Ya basta, Bill… si sigues, voy a perder el control ahora mismo. — dijo ronco que apenas le reconocí la voz.
Antes de que pudiera procesar el cambio de ritmo, sus movimientos fueron precisos y expertos. Se estiró hacia sus pantalones, sacando su billetera con una fluidez que me dejó aturdido. En cuestión de segundos, el sonido del envoltorio rasgándose rompió la atmósfera cargada. Sus manos no temblaban; eran manos acostumbradas a tomar lo que querían.
Se puso el preservativo con una rapidez que me pareció insultantemente profesional y excitante a la vez, sin romper nunca el contacto visual conmigo.
Cuando estuvo listo, sus ojos recorrieron mi cuerpo, invitándome. No hubo palabras, solo el gesto de sus manos sobre mis caderas, atrayéndome hacia él.
Entendí perfectamente lo que quería. Me puse a horcajadas sobre él, sintiendo el calor que irradiaba su piel contra la mía. Mis manos encontraron su pecho, y quedé ahí, suspendido, mirándolo desde arriba. Yo tenía el control ahora, mi cuerpo sobre el suyo, la piel rozándose, la respiración compartida…
Con una lentitud deliberada, me dejé bajar, sintiendo cómo encajábamos a la perfección. El aire se me escapó de los pulmones en un suspiro tembloroso cuando terminé de cubrirlo por completo. Me detuve acostumbrándome a su plenitud, a esa sensación de estar siendo poseído y, a la vez, de ser yo quien dictaba el ritmo.
Tom se quedó quieto, sus manos subiendo por mi espalda hasta mis costillas, sus uñas hundiéndose apenas en mi mientras me observaba con una intensidad que casi me hizo olvidar cómo respirar.
— Oh…
— Muévete. — susurró, con un tono que no dejaba lugar a dudas sobre quién mandaba realmente en la habitación. — Cógeme. — mi boca se abrió en una «o» perfecta mientras empezaba a marcar el ritmo de mis movimientos.
De arriba hacia abajo, con ganas de dar lo mejor de mí.
El ritmo era pura fricción y hambre acumulada. Mis caderas se movían con una cadencia que yo mismo dictaba, pero sentía que Tom, con sus manos firmes en mis cuerpo controlaba cada impulso, cada centímetro que ganaba dentro de él. Él mantenía sus ojos fijos en los míos, como si estuviera memorizando cada gesto de placer que se me escapaba, cada espasmo de mi cuerpo contra el suyo.
De repente, sus manos —que hasta ahora marcaban mis costillas— se movieron. Con un gesto rápido y autoritario, atrapó mi mano derecha. Antes de que pudiera entender sus intenciones, la llevó hacia mi rostro y la presionó firmemente contra mis labios.
— Silencio… — murmuró, su voz un eco grave que apenas escuché sobre el sonido de nuestra piel chocando. — Quiero que sientas esto, Bill.
Me dejó inmovilizado por un segundo, mi mano tapando mi propia boca, mis dedos atrapando mi respiración entrecortada. El contacto de mi piel contra mis labios silenciaba mis gemidos, haciendo que el sonido se acumulara en mi garganta, aumentando la tensión. Entonces, sin soltar mi muñeca, guió mi mano hacia abajo, deslizándola sobre su abdomen tenso, marcando un camino de fuego, hasta llegar justo a donde nuestros cuerpos estaban unidos.
En el trayecto iba dejando un rastro de mi propia saliva.
— Hazlo. — susurró, con los ojos brillando por la intensidad del momento. — Tócate.
Guió mis dedos para que rodearan mi miembro, empecé a acariciar y presionar, añadiendo un nivel de estimulación que me hizo lanzar un gemido ahogado.
La fricción era total. Sentir su dureza, su calor y mis propios dedos trabajando en conjunto mientras nuestras pieles se fundían era una sobrecarga de sentidos que me estaba llevando al borde del abismo.
Cada vez que mis dedos se deslizan alrededor de mi polla, Tom se tensaba, soltando jadeos que llenaban la habitación, confirmando que lo que yo hacía estaba destruyendo cualquier rastro de su autocontrol.
— ¡Mhmm! — gemí mordiendo mi labio inferior en cuanto sentí el chorro de mi semilla en su pecho.
— Agh, por dios. — gimió él ahora, haciéndome sentirlo tan duro que dolió porque también se había corrido.
Continúa…
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