Fic Toll de WifesKaulitz

Capítulo 5

El día había sido un campo de minas emocional. Fred se había pasado todo el día paseando por los pasillos muy feliz, tratando de pasarme el brazo por los hombros cada vez que veía a un grupo de gente cerca. Él muy descarado no entendía que no quiero nada con él.

Por suerte, mi habilidad para escabullirme entre la multitud me sirvieron de escudo porque si sentía que si escuchaba una vez más la palabra mi «amor» salir de su boca, le iba a estampar el libro en la cara.

Salí de la uni ignorando los gritos de Fred en el estacionamiento, y no paré hasta que estuve a salvo en el departamento de Georg y Gustav.

— ¡Cierra la puerta, Gus! ¡Cierra con llave! — exclamé, dejándome caer en su sofá desgastado como si acabara de escapar de un apocalipsis zombi.

— Joder, Bill, pareces un fugitivo de la justicia. — dijo Georg, saliendo de la cocina con una bolsa de patatas fritas y una cerveza en la mano. — ¿Tan mal estuvo el novio?

— Es un psicópata, Georg. Un psicópata con delirios de grandeza. — gruñí, quitándome las botas y subiendo las piernas al sofá. — Se cree la gran porquería porque le arañé la espalda en un momento de debilidad mental, ¡y encima tiene el descaro de querer que vayamos juntos al partido del viernes! está loco.

Gustav se sentó en el sillón de enfrente, mirándome con esa mezcla de lástima y diversión que tanto me irritaba.

— Bueno, técnicamente tú se lo pediste, Bill. El alcohol borra la memoria, pero no los contratos verbales de noviazgo. — sentenció Gustav, ajustándose las gafas. —Pero cambiando de tema… ¿encontraste a Tom?

Me puse tenso al escuchar su nombre. El recuerdo de la noche anterior, de mis manos moviéndose con frenesí mientras imaginaba su voz ronca al oído, me provocó un escalofrío que intenté disimular acomodándome la camisa.

— Tom… — suspiré, echando la cabeza hacia atrás. — Me dejó en la puerta de mi casa como si fuera un chofer de lujo. Pero… — hice una pausa, mordiéndome el labio. — Creo que ya sé su paradero.

— ¿Y?

Estaba en silencio tratando de desesperarlos.

— Y…

— ¿¡Y qué!? No nos dejes con la duda, que pareces una diva de telenovela antes de irse a comerciales. — soltó Georg, dándole un trago largo a su cerveza mientras se acomodaba para el chisme. Me incorporé lentamente, acomodando mi cabello e iba a hablar si no fuera por el ruido de mi teléfono donde en la pantalla grande se reflejaba el número de casa.

Ellos bufaron al verme contestar con una sonrisa de diversión.

— ¿Sí?

— Joven, Bill. Buenas tardes.

— Hola, Lalita. ¿Pasa algo? — mordí mi labio inferior mientras fruncía el ceño.

— Hay un joven de trenzas que lo quiere ver, dice que llama Tom y que viene a devolverle algo que se olvidó en su auto. — quedé petrificado con el teléfono aún pegado a la oreja y la boca ligeramente abierta. El aire se escapó de mis pulmones como si alguien me hubiera dado un puñetazo en el estómago, pero de esos que te dejan una sensación caliente en lugar de dolor. — ¿Bill? ¿Joven? ¿Sigue ahí? — la voz de Lalita sonaba confundida al otro lado de la línea.

Georg y Gustav se inclinaron hacia adelante al mismo tiempo, casi cayéndose de sus asientos, tratando de descifrar mi cara de shock absoluto.

— Dile… dile que pase. — logré articular, aunque mi voz sonó más aguda de lo normal. — No, espera. Dile que me espere en el salón. Llego en diez minutos. ¡No lo dejes ir, Lalita! Si intenta irse, amárralo a una silla o algo. — colgué el teléfono sin esperar respuesta y me puse de pie de un salto, buscando mis botas con una desesperación que rozaba la locura.

— ¿Pasó algo, Bill?

— ¡Está en mi casa! — chillé, tratando de meter el pie en la bota mientras saltaba sobre un solo eje. — ¡Tom está en mi maldita casa!

— ¿¡Qué!? — Georg escupió un poco de cerveza de la impresión. — ¿El hombrezuelo de las trenzas fue a buscarte a la casa Trümper? ¿A plena luz del día?

— Dice que viene a devolverme algo que olvidé en su auto. — dije, agarrando mi mochila y dándole un manotazo al aire para peinarme de emergencia. — ¡Pero yo no olvidé nada! Bueno, solo la dignidad y un poco de cordura, pero dudo que las traiga en una bolsa de regalo.

— Bill, esto es una locura. — advirtió Gustav, levantándose también.

— No me importa, Gus. No voy a hacerlo esperar. — me dirigí a la puerta a toda prisa, pero me detuve en seco con la mano en el pomo. — ¿Cómo me veo? ¿Se me notan mucho las ganas de que me destroce contra la pared del recibidor?

— Pareces un desastre encantador. — sentenció Georg con una sonrisa burlona. — Anda, no lo hagas esperar más.

Salí del departamento como una fiera. El trayecto en taxi hacia mi casa fue la tortura más larga de mi vida. Mis manos no paraban de temblar y no podía dejar de pensar en lo que Tom estaría haciendo en mi sala.

¿Estaría mirando las fotos familiares? ¿Estaría juzgando el papel tapiz de mi madre? ¿O estaría simplemente sentado en calma esperando a que llegara?

Uy, no me lo imagino.

Cuando el taxi frenó frente a la reja principal, ni siquiera esperé a que se detuviera del todo. Pagué lo que fuera y corrí hacia la entrada donde estaba estacionado su auto. Empujé la pesada puerta y ahí, bajo la luz de la enorme lámpara de cristal del vestíbulo, lo vi.

Estaba de espaldas, mirando un cuadro de mi infancia, con las manos metidas en los bolsillos de sus pantalones anchos.

— Lalita dice que olvidé algo. — solté, jadeando por la carrera, tratando de recuperar mi pose de diva mientras cerraba la puerta detrás de mí.

Tom se giró lentamente.

Tenía media sonrisa cínica que me ponía a mil y en su mano derecha hacía girar un pequeño objeto que brillaba bajo la luz.

— Olvidaste esto, precioso. — dijo levantando mi bolsa de mano dónde llevaba siempre un labial, mi espejito, sombras y por demás. Ni siquiera recordaba que la había llevado conmigo.

Es más.

¿A qué hora la saqué?

Su voz ronca llenó todo el espacio, haciéndome sentir que mi propia casa ahora le pertenecía a él y mi cuerpo… uff, mi cuerpo ya sentía calor.

— Y también olvidaste decirme que tenías un novio tan… ruidoso. Me encontré a un tal Fred en la entrada preguntando por ti.

Mi corazón se detuvo.

— ¿Fred? — repetí, sintiendo que el poco aire que había recuperado se me escapaba de nuevo.

Ese imbécil.

No le bastaba con acosarme en la universidad, ahora venía a arruinar el único momento de mi vida en el que el corazón me latía por algo que no fuera irritación pura. Miré a Tom, que seguía jugueteando con mi bolsa de mano como si fuera un trofeo.

— Sí, un tipo con cara de pocos amigos y un peinado… — Tom hizo una pausa, soltando una risita nasal que me puso los vellos de punta. — …digamos que poco afortunado. Estaba insistiendo mucho en que la sirvienta lo dejara pasar porque su novio no le contestaba el teléfono.

— No es mi novio. — respondo dando un paso hacia él, ignorando que mis pulmones ardían. El espacio entre nosotros en ese recibidor inmenso se sentía cargado.

Tom dejó de juguetear con mi bolsa y me miró fijamente luego de dejarla en el sofá. Sus ojos oscuros recorrieron mi rostro e hizo que me sintiera desnudo frente a los retratos y al óleo de mis antepasados.

Cuando caminó hacia mí, juro que me volvía loco.

— No tienes que explicarlo, solo venía a devolverte eso. Ya me voy.

— No. — me interpuse en su camino. — Ya que estás aquí, quédate. Hablemos o no sé, solo quédate… joder, y-yo…

— ¿Tú qué? — me interrumpió, deteniéndose a una distancia tan corta que podía sentir el calor que emanaba de su cuerpo.

Yo me iba a desmayar.

Bajó la mirada hacia mis labios y luego volvió a mis ojos, con una intensidad que me olvidé hasta cómo me llamaba. Estiró una mano y, con una lentitud tortuosa, rozó mi mejilla con la yema de sus dedos. Sus nudillos estaban fríos, pero el contacto prendió fuego a mi piel.

— ¿Uhm? — quedé mudo, con el corazón casi a punto de salirse de su lugar.

— Solo… quédate. — logré decir, tratando de recuperar mi voz. — Mi habitación es arriba. — él dio un paso más, acortando el poco espacio que quedaba, y su mano bajó de mi mejilla hasta mi cuello apretando hasta hacerme soltar un jadeo traicionero.

— ¿A tu habitación? — repitió, arrastrando las palabras tan lento y con picardía. — Eres muy directo aunque no parezca.

— Lo siento… — respondí con la voz temblorosa, dándome la vuelta para guiarlo hacia las escaleras.

Mis piernas se sentían como gelatina, pero mi ego y mi entrepierna estaban en una competencia por ver cuál se inflaba más. Sentía su mirada clavada en mi trasero mientras subíamos los escalones.

Al llegar a mi puerta, la empujé y entramos en mi santuario. El olor de mi perfume dulce flotaba en el aire, pero en cuanto Tom entró, el aroma se mezcló con su olor a macho pecho lampiño.

¡Mierda!

Cerré la puerta detrás de nosotros y escuché el clic de la cerradura. El silencio era interrumpido solo por mi respiración errática.

Tom no perdió el tiempo mirando la decoración. Caminó hacia hacia mi cama para sentarse en la orilla y abrió las piernas, apoyando los codos en las rodillas. Me miró de arriba abajo, deteniéndose en el bulto que empezaba a marcarse en mi pantalón.

Sentía vergüenza, la verdad, Pero eso no hizo que me tapara, al contrario. Quería que me viera bien.

— Ven aquí. — dijo estirando una mano para hacerme una señal de que me acercara.

Fuí como si se tratara de un imán, quedando justo entre sus piernas abiertas. Él levantó la vista y, sin avisar, metió las manos por debajo de mi camisa, rozando mi piel con sus dedos fríos. El contraste me hizo arquear la espalda y soltar un gemido ronco que se perdió en su cuello cuando me obligó a inclinarme hacia él.

— Estás temblando. — susurró en mi oreja, y sentí su piercing rozarme el lóbulo. — ¿Es por miedo o porque te mueres por que te haga lo mismo de la primera vez?

— No te creas tan importante… — mentí, aunque mis manos ya estaban enredadas en sus trenzas, tirando un poco hacia atrás para que me mirara.

— Soy lo suficientemente importante para que me busques en un club hasta las tres de la mañana y me metas en tu habitación frente a la empleada. — murmura bajando una de sus manos hasta mi cadera, apretando con fuerza. — Tienes una piel increíble, Bill…

Sentí que mi polla pulsaba contra la tela del pantalón. Estaba tan excitado que el roce de su ropa contra la mía me estaba volviendo loco. Tom se inclinó hacia adelante, rozando su nariz con la mía, y me emocioné porque pensé que me besaría, pero en lugar de eso, bajó la mano hacia mi bragueta, rozando la punta de sus dedos sobre la tela tensa.

— ¿Quieres que me quede, en serio? — preguntó con una sonrisa de oreja a oreja. Una que no me pude negar…

— Quédate y fóllame. — susurré sintiendo mi respiración descontrolada. — Solo dime cuánto cobras.

La atmósfera que hasta hace un segundo era puro fuego se volvió hielo. La mano de Tom se detenía sobre mi bragueta y sus dedos, que antes me quemaban la piel, se quedaron rígidos.

Soltó una carcajada, pero no fue una de esas risas roncas. Fue una risa sin gracia que me hizo sentir como si me hubieran tirado un balde de agua helada encima. Se puso de pie con una lentitud que me dio escalofríos, obligándome a retroceder un paso mientras él me miraba desde su altura con un desprecio que me encogió el estómago.

— ¿Cuánto cobro? — repitió. — ¿En serio?

— Pues sí, eres un prostituto. Cobras por dar placer y solo di el precio, yo lo pago.

— No, precioso. Quédate con tu dinero. — decía mientras caminaba hacia la puerta. — Ya me voy.

— ¡Espera! — exclamé, pero fue tarde.

Tom abrió la puerta de mi habitación, salió al pasillo y bajó las escaleras con pasos que hacían retumbar toda la casa. Me quedé allí parado, temblando de frustración, con la polla doliéndome por la excitación interrumpida y el orgullo herido. Escuché el portazo de la entrada principal y, casi de inmediato, el rugido de su motor alejándose a toda velocidad.

— ¡Maldita sea! — grité, golpeando la pared.

Pero mi desgracia no terminó ahí. Apenas el ruido del auto de Tom se desvaneció, un grito agudo y desesperado subió desde el jardín, justo debajo de mi ventana.

— ¡BILL! ¡SÉ QUE ESTÁS AHÍ! ¡VI SALIR A ESE TIPO! — era Fred. El muy imbécil estaba ahí, y por el tono de su voz, estaba al borde de un ataque de nervios, rabia, celos, ¿no sé?

Caminé hacia la ventana y corrí las cortinas con violencia. Fred estaba parado en medio de mi césped perfecto, con la camisa arrugada y el pelo hecho un desastre. Cuando me vio, empezó a saltar y a señalar hacia la calle por donde se había ido Tom.

Cómo un loquito del centro.

— ¿QUIÉN ERA ESE, BILL? ¡LALITA ME DIJO QUE ESTABA EN TU CUARTO! ¡SOMOS NOVIOS, ME DEBES UNA EXPLICACIÓN! — gritaba, mientras los vecinos empezaban a encender las luces de sus mansiones.

Lalita apareció corriendo por el sendero del jardín, tratando de calmarlo sin éxito. Mi tarde acababa de pasar de un sueño erótico a una pesadilla de comedia barata.

Al parecer tenía a un Tom ofendido y desaparecido, y al psicópata de Fred exigiendo derechos de propiedad en mi propio jardín.

«Genial.» — pensé.

— Fred, si no te vas voy a llamar a la policía, por dios.

— Pero…

— Solo lárgate, ¡me quiero masturbar pensando en el hombre que se fue!

El silencio que siguió a mi grito fue tan absoluto que juraría que hasta las cigarras del jardín dejaron de cantar. Fred se quedó congelado en medio del césped, con la boca abierta y los ojos tan abiertos que parecían que se le iban a salir de la cara.

Lalita, que estaba a unos metros intentando razonar con él, se tapó la boca con ambas manos, roja como un tomate, y desapareció hacia la cocina.

— ¿Qué…? ¿Qué acabas de decir? — balbuceó Fred, recuperando el habla pero perdiendo el poco orgullo que le quedaba. Su voz sonaba herida. — ¡Bill, eso es… eso es asqueroso! Se supone que somos novios, que cogimos y…

— ¡Cogimos porque estaba pensando en él! ¡No en ti! — le grité desde la ventana, sin importarme que los vecinos de la mansión de al lado estuvieran pegados a sus cristales. — Y no sabes lo aburrido que tocas a comparación con ese hombre. Te juro que es lo mejor que me ha pasado en la vida y tú acabas de arruinarlo con tus gritos de celoso de tercera. ¡Lárgate, Fred!

Cerré la ventana de un golpe y tiré las cortinas pesadas, dejando la habitación a oscuras que encajaba perfectamente con mi humor de perros. Me dejé caer de espaldas sobre la cama, justo en el lugar donde Tom había estado sentado hace cinco minutos. Me llevé las manos a la cara, frotándome los ojos con frustración.

— Idiota, idiota, idiota… — me repetí a mí mismo.

¿Cómo se me ocurrió preguntarle cuánto cobraba? Había herido el orgullo de un tipo que claramente no estaba ahí por el dinero, si no por su propia voluntad.

Sentía mi entrepierna todavía pulsando y bien cargada porque él había dejado a medias. Pero ahora, en lugar de placer, sentía la culpa mezclada con enojo y tenía que arreglarlo.

Me metí en la ducha con el agua casi hirviendo, tratando de quitarme de encima la suciedad. Lo hice demasiado rápido tallando mis piernas, pecho, el trasero, mi pene húmedo y sensible.

Al salir me vestí con lo más provocativo y caro que encontré. Usé unos pantalones que se ajustaban como una segunda piel y una camisa entreabierta. Si iba a pedir disculpas, lo haría luciendo como un pecado que él no pudiera ignorar.

Salí de casa aprovechando que mis padres estaban distraídos en la biblioteca para irme.

Cuando el taxi me dejó frente a L’Èclipse, ni siquiera miré a la fila. Entré como si fuera el dueño del lugar, con la cabeza alta y el corazón latiendo al ritmo de los bajos. El club estaba más oscuro que de costumbre, envuelto en una neblina de humo y luces rojas.

Recorrí la barra con la mirada, buscando desesperadamente esas trenzas. Y ahí estaba.

Pero no estaba solo.

Una mujer de cabello largo y un vestido ajustado estaba inclinada hacia él, riendo de algo que él le decía al oído. Tom sostenía un vaso de whisky, luciendo tan lindo que me ponía enfermo de celos. Se veía tan cómodo, tan fuera de mi alcance, que la rabia me nubló el juicio.

Uhm…

Me acerqué a la zona VIP con pasos decididos. Justo en ese momento, un mesero pasaba junto a mí con una bandeja cargada de copas de champán y cócteles coloridos. Fue un impulso, una chispa de maldad pura. Cuando el chico pasó por mi lado, estiré el pie con una elegancia calculada, lo justo para que tropezara ligeramente.

— ¡Cuidado! — exclamé con un tono de falsa sorpresa.
El mesero perdió el equilibrio y la bandeja voló por los aires. Las copas terminaron directamente sobre el pecho de la mujer.

— ¡AY! ¡DIOS MÍO! — chilló ella, poniéndose en pie de un salto mientras el líquido pegajoso se filtraba por su ropa, arruinando su look perfecto en un segundo.

Tom se quedó con el vaso a medio camino de la boca, mirando la mancha que se extendía por el escote de su acompañante. Lentamente, giró la cabeza hacia la dirección de donde venía el accidente y sus ojos se clavaron en los míos.

— ¡Mi vestido! — gritaba la mujer, al borde del llanto. — ¡Tengo que ir al baño ahora mismo!

— Ve, ve… — le dijo Tom sin apartar la vista de mí. — Yo te espero aquí.

La mujer salió corriendo hacia los tocadores, dejando un rastro de olor a frutas dulces y desastre. El mesero empezó a pedir disculpas como loco, pero Tom le hizo una seña para que se fuera.

Por fin nos quedamos solos.

Me crucé de brazos, apoyando el peso en una sola pierna, y le sostuve la mirada con todo el descaro que pude reunir.

— Qué mala suerte, ¿no? — hablé arqueando una ceja y mirando mis uñas, desinteresado. — Parece que hoy no es tu noche para las citas tranquilas, Tom.

Él dejó su vaso en la mesa con un golpe seco, se puso de pie y caminó hacia mí hasta que nuestras respiraciones se mezclaron. Su presencia me hizo sentir pequeño otra vez, pero no me moví ni un milímetro.

— Eres un niño mimado y destructivo, Bill. — gruñó, y aunque sus palabras eran duras, vi una chispa de diversión oscura en su mirada. — ¿Viniste hasta aquí solo para arruinarme o para qué?

— Vine porque…

«Quiero que termines lo que empezamos en mi casa.» — terminé en mi cabeza.

— Eres un idiota orgulloso y yo un bocón que no sabe cuándo callarse. — solté, acortando los pocos milímetros que nos separaban. Sentía el calor de su cuerpo irradiando a través de su ropa, una invitación silenciosa que me estaba quemando vivo. — No quería insultarte, Tom. Solo te lo dije porque la otra noche mis amigos pagaron y así. — agaché la cabeza.

Tom rió con frialdad pero no se alejó. Me miraba la boca, deteniéndose ahí con una fijeza que me hizo humedecer los labios por puro instinto.

— ¿Otra cosa? — repitió con esa voz que me hacía vibrar hasta los huesos.

— Quiero follar contigo. — espeté recuperando un poco de mi veneno habitual mientras le ponía una mano en el pecho, sintiendo los latidos constantes de su corazón. — Me importa una mierda la chica del vestido, Tom. Solo… házmelo donde quieras. No me quejo.

Le sostuve la mirada con todo el descaro del mundo. Sabía que la mujer del baño volvería en cualquier momento, pero no me importaba. Quería que él eligiera.

Quería que él me lleve y me coja aquí mismo, en su auto, en su casa o en algún motel…

Estiró la mano y me agarró de la barbilla con firmeza, obligándome a inclinar la cabeza hacia atrás.

— Tienes mucha suerte de ser tan malditamente hermoso, Bill. — susurró, inclinándose hasta que sus labios rozaron mi oreja. — Porque si no fuera por eso, te dejaría aquí mismo y te demando por estar siguiéndome todo el tiempo.

— No me importa. Vamos de una vez.

Tom no respondió con palabras. Su mano, que antes acariciaba mi barbilla se cerró con fuerza alrededor de mi antebrazo y sin soltarme, me dio la vuelta y me empujó hacia la salida lateral del club. La gente se apartaba, intimidada por la oscuridad que emanaba de su figura.

Ignoramos a los guardias, ignoramos el ruido, él no estaba jugando…

Me arrastró a través del callejón trasero, bajo la lluvia fina que empezaba a caer, hasta el coche negro que estaba aparcado en una zona restringida. Abrió la puerta de atrás y me lanzó adentro como si fuera una bolsa de basura, antes de entrar tras de mí y bloquear los seguros.

El interior del coche era un horno.

— Joder. — gruñó, invadiendo mi espacio personal. Se inclinó sobre mí, inmovilizándome contra el asiento.

No me dio ni un segundo para respirar. Sus manos grandes y ásperas, se hundieron en mi cintura, arrancando la camisa antes de poner sus labios sobre mi cuello con muchas ganas, donde solo me hizo echar la cabeza hacia atrás, teniendo la boca abierta y echando suspiros.

Ascendió buscando mi mandíbula, dónde mordió suavemente y luego deslizó su lengua. Sus labios quemaban, pero se mantenían con una crueldad fascinante lejos de los míos, castigándome con el roce, con el calor, con la absoluta ausencia de ese contacto que más ansiaba.

Cada vez que mi rostro intentaba girarse, buscando sus labios por puro instinto su mano libre subía para sujetar mi nuca con dedos firmes, empujándome de vuelta contra el cuero del asiento, obligándome a mirar hacia el techo del coche mientras él se dedicaba a besar el resto de mi piel.

— ¿Qué crees que haces? — siseó contra mi oído, con su voz ronca y evidentemente excitado, tanto como yo.

Sus manos bajaron desde mi cintura, recorriendo la longitud de mis muslos con una presión que me dejaba marcas. Sentía la tela de mis pantalones tensarse y su propia rigidez contra mi cadera, una advertencia de que él también estaba al límite, pero mantenía una disciplina que me sacaba de quicio.

Mis manos desesperadas se enredaron en sus trenzas, tirando de ellas, suplicando por él, quien se movió hacia abajo, dejando un rastro de humedad y calor por mi clavícula, y luego se detuvo. Sus dedos, fríos y ágiles, empezaron a manipular el cierre de mis pantalones como si tuviera todo el tiempo del mundo.

— Mhmm. — el roce del metal contra mi piel me hizo soltar un sollozo ahogado.

— Estás tan desesperado… — murmuró, y pude sentir su sonrisa maliciosa contra mi pecho. — Tan necesitado… que perro.

— Sí. — gemí como si fuera el último suspiro. — No dejo de pensar en ti, me encantas.

Y… cuando su mano envolvió mi erección, solté un grito que se perdió en la cabina cerrada. Él no se detuvo, empezó a mover con ritmo que no pedía permiso, un ritmo que me obligaba a arquear la espalda y a clavar mis uñas en la tapicería del coche. Mis caderas se movían solas, buscando un contacto que él me negaba, obligándome a mirar cómo me tocaba, cómo me poseía sin necesidad de besarme, rompiendo mi voluntad pedazo a pedazo.

Estaba al borde del colapso, con la vista nublada por la falta de oxígeno y la sobrecarga de sensaciones.

— Mira. — ordenó, aunque su cara estaba escondida en mi cuello.

Obedecí, aunque mis ojos apenas podían enfocarse. Él levantó la cabeza, su piercing brillando bajo la luz mortecina de la calle que se filtraba por la ventana, y me dio la última estocada de placer antes de que yo explotara pronto, atrapándome en su mirada oscura y negándome una vez más, el beso que habría significado rendición.

Justo donde me había corrido, Tom lamió un poco y habría sido jodidamente excitante que me hiciera probar mis jugos desde su boca, ¡pero no!

Él evitaba mi boca con una precisión casi sádica, como si mis labios fueran territorio prohibido o una recompensa que no merecía.

Me sujetó las muñecas por encima de mi cabeza antes de decir:

— Nada de besos. — cerca de mi oído y yo casi me muero. — Solo viniste a esto, ¿no? — me mordió fuerte en el pezón, que en vez de sentir dolor me hizo sentir más calentura. Asentí con la cabeza tan lento y en un movimiento rápido yo ya estaba bocabajo.

Los dedos calientes y húmedos de Tom se abrieron paso entre mis glúteos para lubricar con su saliva. Sentí su aliento en mis nalgas, dónde inhaló el olor del jabón de avena que solía usar.

Solo temblé.

— Que rico huele tu piel.

— Tómame. — supliqué impulsando las nalgas en su contra, robándole un gemido tan masculino.

Hubo un silencio que fue roto por el ruido del preservativo siendo roto y tan pronto sentí como su longitud cubierta estaba buscando mi entrada.

No hubo piedad, solo una determinación que me dejó sin aliento, obligándome a enterrar la cara contra el asiento. Tom se tomó su tiempo antes de marcar un ritmo constante, embestidas que me hacían delirar, gritar y aruñar a lo loco.

— ¡Ah, ah! ¡Mhmm, oh!

El roce del asiento contra mis cuerpo y la forma en que él me sujetaba de las caderas, clavando sus dedos en mis costados me hacían sentir completamente marcado. Cada vez que intentaba relajarme o buscar un poco de comodidad, él tiraba de mí hacia atrás, obligándome a encajar perfectamente con su cuerpo, sin dejar espacio para nada que no fuera la fricción pura.

— ¿Te gusta, Bill? — gruñó contra mi nuca, su voz era un sonido sensual que me recorría toda la columna vertebral. No esperó respuesta o mejor dicho, no la necesitaba.

Él sabía perfectamente la respuesta.

— ¡Oh, dios sí! ¡Siiií!

— Shh. — me tapó la boca con una mano mientras la otra seguía en mi cadera. Ahora solo soltaba puros «¡Mhmm!»

El sonido del roce de nuestros cuerpos era indescriptible.

Él no se guardaba nada, alternaba entre la profundidad que me hacía sentir que me estaba partiendo en dos y un ritmo más superficial que me obligaba a gemir de pura frustración.

Lo peor —y lo mejor— era su silencio respecto a mis labios. Cada vez que mi cabeza se balanceaba hacia atrás y rozaba su pecho, él me empujaba al frente con una mano abierta, obligándome a mantener mi cabeza sobre el asiento.

Eso simplemente me mató.

Solo podía gemir, llamar su nombre como una súplica rota, mientras él, implacable, me llevaba al límite donde el dolor y el placer se volvían indistinguibles.

Continúa…

Gracias por la visita. No olviden dejar un comentario 😉

por WifesKaulitz

Escritora del Fandom

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

error: Content is protected !!