Fic Toll de WifesKaulitz

Capítulo 4

— ¿Y para cuando deciden tener… eso? ¿Qué es lo que hacen? — preguntó otro de los socios de mi papá. El señor Thompson.

— Pues verá, señor Thompson. — dije, dejando el tenedor con un ruido que resonó en todo el comedor. Me acomodé en la silla, ignorando la punzada de dolor en mis sienes y la cara de pánico de Gustav. — El sexo es la parte más fascinante. Es como un Tetris humano, pero con mucho más sudor y menos ropa.

— ¡Oh, por dios, Bill! ¡No hables más!

— Pero si es solo sexo.

Mis padres se tensaron tanto que juraría que escuché sus columnas vertebrales crujir. Georg me soltó un pisotón por debajo de la mesa que casi me hace saltar, pero yo ya estaba en modo destrucción total.

Si querían conocerme, iban a conocerme entonces.

— Verá, normalmente dormimos en sándwich. — continué con una sonrisa angelical, recorriendo con la mirada a los amigos de mi padre, que habían dejado de masticar.  — Gustav es la base, porque es… bueno, rudo y resistente. Georg es el relleno intelectual, el que aporta la sensibilidad. Y yo… yo soy el que corona la obra. Nos rotamos, por supuesto. No queremos que nadie sufra de calambres por falta de espacio, ¿verdad, amores?

Le di un apretón posesivo al muslo de Georg, quien soltó una risa nerviosa.

— ¡Bill! — chillo mi madre otra vez. — No es necesario entrar en detalles… anatómicos.

— Mamá, el señor Thompson preguntó. Yo estaba tranquilo. — respondí abriendo mucho los ojos, fingiendo una inocencia que no tengo desde los cinco años. — Es una cuestión de ingeniería erótica. A veces, cuando uno de ellos se cansa, el otro toma el control. Es una carrera de postas, pero con más gemidos. ¡Es súper eficiente! No saben lo que ahorramos en calefacción en invierno.

El silencio que siguió fue glorioso. El señor Thompson se puso de un color rojo cereza que combinaba con su vino tinto, y su esposa empezó a abanicarse con la servilleta de lino como si estuviera en medio del Sahara.

— ¡Libertinos! — exclamó mi padre, golpeando la mesa con la palma de la mano. — ¡Bill, por el amor de Dios! ¡Estamos cenando!

— Solo soy honesto, papá. — suspiré, llevándome una uva a la boca con una lentitud calculada. — Ustedes querían entenderme. Y la mejor forma de entender la trieja es visualizar la… acción. Por ejemplo, anoche… — me detuve, haciendo una mueca de decepción genuina al recordar al Tom desnutrido de Fred. — … anoche intenté algo fuera del ecosistema y me di cuenta de que la calidad es difícil de replicar. Me sentía como si estuviera intentando usar un cargador genérico en un iPhone original. Simplemente no encajaba.

Georg se tapó la boca con la servilleta para ocultar que se estaba asfixiando de la risa, mientras Gustav miraba su plato como si esperara que el puré de patatas se abriera para tragárselo.

— ¡Suficiente! — sentenció mi madre, levantándose de golpe. — Pasemos al salón para el café. Creo que todos necesitamos aire… y quizás un exorcismo.

Me levanté sintiendo que la resaca empezaba a darme una tregua gracias a la satisfacción de haber provocado un microinfarto colectivo.

&

El domingo pasó tan rápido como un día de cama y puro dormir.

Mi cuerpo finalmente decidió pasarme la factura por el alcohol de Fred, el estrés de la cena y la imagen mental de Tom que no me dejaba en paz. Me desperté un par de veces solo para beber agua y revisar que mis padres no hubieran contratado a un escuadrón de monjes franciscanos para rehabilitarme después de mi discurso sobre el sándwich humano.

Pero el lunes… el lunes llegó con la sutileza de un choque de trenes.

Entré a la facultad con mis gafas de sol más grandes, una chaqueta de cuero y un movimiento de caderas que, a pesar de la fatiga, nunca me abandonaba. No había caminado ni diez metros cuando sentí que las miradas se me pegaban como moscas a la miel. Murmullos, risitas y gente señalando sus teléfonos.

— ¡Bill! ¡Rey de los libertinos! — me gritó un chico desde la cafetería, levantando su café en un brindis.

— ¿Qué demonios…? — murmuré para mí mismo.

Georg y Gustav aparecieron de la nada, interceptándome cerca de los casilleros. Georg tenía una sonrisa que le partía la cara de oreja a oreja y Gustav… bueno, Gustav parecía que se había tomado cinco redbulls de puro nerviosismo.

— ¡Míralo! ¡Ahí está la estrella de la pantalla grande! — exclamó Georg, agarrándome del brazo y arrastrándome hacia un rincón más privado.

— ¿De qué hablan? — pregunté, quitándome las gafas de sol. — Si es por la cena de mis papás, les juro que no quiero volver a pronunciar la palabra logística en mi vida.

— Olvida la cena, Bill. Esto es mucho mejor. — dijo Gustav, extendiéndome su teléfono con la página de DCOPN abierta.

Mis ojos casi se salen de las órbitas. Ahí estaba. El video de Karina. Tenía una calidad sorprendentemente buena para haber sido grabado en un club oscuro. Se veía el reservado del VIP, las luces de neón bañándonos en tonos púrpuras y, en primer plano, el beso de tres. El momento exacto en que mis labios se perdían entre los de Georg y luego esa transición hambrienta hacia los de Gustav.

— ¡Mierda! — chillé, pero mi voz no tenía rastro de pánico. Era… ¿excitación? — ¡Esa víbora lo subió!

— ¡Lee los comentarios, Bill! ¡Léelos! — insistió Georg, dándome golpecitos en el hombro.

Deslicé el dedo por la pantalla, sintiendo cómo mi ego empezaba a inflarse como un globo de helio:

> ¿Alguien más está viendo cómo Bill domina ese beso? Dios, pagaría mi matrícula por estar en medio de ese sándwich.

> Olvídenlo todo, la forma en que Bill toma a Gustav de la nuca es arte cinematográfico. Ese chico sabe lo que hace.

> Confirmado: Bill Trümper es el mejor besador de esta universidad. Miren esos labios, son ilegales.

> ¿Trío? No sé si envidio a Bill por tener a esos dos o a ellos por tener a Bill. La lengua de Bill tiene vida propia, joder.

— La lengua de Bill tiene vida propia. — repetí en voz alta, soltando una carcajada sonora que hizo que varios estudiantes se giraran. — Bueno… no mienten. Es un talento natural.

— Super. — Georg me guiñó un ojo. — Ahora eres oficialmente el icono del placer carnal en el campus. Fred está quedando como un aficionado y Brian… bueno, Brian probablemente esté llorando en un rincón por no poder estar contigo.

Me crucé de brazos, sintiendo el calor de la fama recorriéndome las venas ahora más que nunca. Mi ego, que el sábado estaba un poco herido por la comparación del Tom desnutrido, ahora estaba por las nubes. Me toqué los labios, recordando no solo los besos del video, sino la marca que todavía ocultaba bajo el cuello de mi chaqueta.

— Pues si el público pide espectáculo, el público tendrá espectáculo. — dije, devolviéndole el teléfono a Gustav. — Que sigan hablando. Ser un libertino popular es un trabajo de tiempo completo, y parece que soy el empleado del mes.

— ¡Bill, por ti me vuelvo gay! — decía un chico de la nada pasando por enfrente de nosotros, sacándonos una carcajada sin poder contener.

— ¡Ya quisieras, cariño! — le grité al chico que pasó, lanzándole un beso al aire con una mano mientras la otra me acomodaba la melena.

Mi ego estaba tan alto que sentía que podía flotar sobre el pavimento. Georg y Gustav me escoltaron hacia la cafetería del campus, abriéndose paso entre los murmullos como si fueran mis guardias personales en una gira de rock.

— Necesito un latte de vainilla con triple carga de cafeína antes de que mi cabeza explote de tanta adoración pública. — sentencié, dejándome caer en una de las mesas de la terraza.

— Bill, de verdad, lo de los comentarios es de otro planeta. — dijo Gustav, aún revisando el teléfono. — Arte cinematográfico. Te lo vas a creer tanto que no vamos a poder entrar con tu cabeza por la puerta de la clase.

— Ya no podíamos desde antes, Gus, no te engañes. — reí, pero mi mirada se perdió un momento en el horizonte. — Escuchen… he estado pensando.

— ¿¡Tú piensas!? — exclamó Georg ganándose una mueca y que le saque el dedo corazón.

— Como sea, Georg. El sábado, en la cena, casi colapso de aburrimiento. Y lo de Fred… bueno, ya saben. El Tom desnutrido no me quitó las ganas, solo me dejó con más hambre del original.

— No me digas que vas a volver a buscar. — Georg arqueó una ceja, robándome un sorbo de mi latte en cuanto llegó a la mesa.

— Esta noche voy a volver al club donde vi a Tom. — dije en voz baja, inclinándome hacia ellos. — Tengo que acostarme con él, tener su número para cuando me dé ganas y no sé. Solo eso.

— ¿Solo eso?

— Ujum.

— ¿Sabes? Ahora que ya no eres virgen y no te da miedo entregar el trasero tengo miedo de que te vuelvas tú también un prostituto sin sueldo. — comentaba un Georg preocupado mientras Gustav soltaba una carcajada. Yo suspiré cruzando los brazos de mala gana y reposando mi cuerpo sobre el espaldar del asiento.

Estábamos por tener una discusión calurosa por su forma de expresarse ante mí cuando una sombra se proyectó sobre nuestra mesa. Levanté la vista esperando a otro fan, pero me topé con la cara de suficiencia de Fred.

Se veía… extrañamente confiado, incluso para sus estándares de macho alfa del campus.

— Hola, mi amor. — soltó Fred, arrastrando la palabra «amor» con una sonrisa que me dio escalofríos.

Me quedé con la boca abierta, a medio camino de darle un sorbo a mi café. Georg y Gustav se tensaron al instante.

— ¿Perdona? — solté, recuperando el aliento. —  Creo que la resaca te afectó las neuronas, Fred. ¿De qué hablas?

Fred soltó una carcajada y se apoyó en la mesa, invadiendo mi espacio personal.

— ¿No te acuerdas de la madrugada del sábado? — preguntó, bajando la voz para que los de las mesas de al lado no oyeran. — Después de lo que pasó en mi departamento, cuando estabas… bueno, muy entusiasmado, me dijiste que estabas harto de la soledad y que querías algo real. Me pediste que fuera tu novio oficial. Y yo, como soy un caballero, acepté.

¿¡Qué CÓMO!?

— ¡Eso es mentira! — exclamé, sintiendo que la sangre se me subía a la cara. — Estaba borracho, Fred. Y muy caliente. ¡Y además, todo el tiempo estuve pensando en…! — me callé justo a tiempo, apretando los dientes.

— Si tú me lo prometiste mientras me arañabas la espalda, ¿o eso tampoco lo recuerdas?

Me quedé mudo.

Mi mente trataba de rebobinar la cinta de esa noche, pero solo encontraba fragmentos borrosos de sábanas y mi propia voz gimiendo el nombre de Tom mientras Fred hacía el trabajo sucio.

¿De verdad le había dicho eso?

— Nos vemos, mi vida. Te quiero. — añadió Fred, dándome un beso rápido cerca de la comisura de los labios antes de alejarse con aire triunfal.

No podía estar más boquiabierto…

— Joder, Bill. — susurró Georg después de un largo silencio. — De libertino del mes a novio de Fred en diez segundos, que interesante.

— ¡No, Georg! ¡Yo no me acuerdo!

— Él lo dijo.

— ¡Es que no puede ser verdad! — grité, golpeando la mesa con la palma de la mano, haciendo que mi latte de vainilla salpicara el borde del vaso.

Me levanté de golpe, sintiendo que la silla se arrastró contra el suelo. No podía procesar lo que acababa de pasar. Mi ego, que hace cinco minutos estaba orbitando Júpiter, acababa de estrellarse contra la realidad de un Fred que se creía mi novio.

¿¡Entienden!?

¡MI NOVIO!

— Bill, espera, cálmate. — intentó decir Gustav, extendiendo una mano hacia mí con ese tono conciliador que hoy solo lograba ponerme más de los nervios.

— ¡No me calmo nada, Gustav! — le espeté, colgándome el bolso al hombro con un movimiento brusco. — ¡Me niego! ¡y qué lo diga de esa forma es humillante!

— Pero si se lo dijiste mientras le arañabas la… — empezó Georg con esa sonrisita burlona que me daban ganas de borrarle de un bofetón.

— ¡Me importa un carajo lo que dije bajo los efectos del alcohol! — sentencié, colocándome las gafas de sol con una violencia innecesaria, casi lastimando mi ojito. — No me busquen, no me llamen y, por favor, si ven a mi novio, díganle que se compre una vida, porque la mía no está disponible. ¡En pocas palabras que se vaya a la mierda!

Me di la vuelta sin esperar respuesta, ignorando los llamados de mis amigos. Caminé a zancadas por la terraza de la cafetería, sintiendo el calor de la rabia subiendo por mi cuello.

Necesitaba aire, necesitaba estar solo y, sobre todo, necesitaba… follar.

Sí, eso.

Atravesé el campus como un huracán con la mandíbula tan apretada que me dolían los dientes.

&

El reloj marcaba las once y media de la noche cuando el taxi se detuvo frente a la fachada del club. Me bajé del coche sintiendo el aire frío golpeándome el rostro, pero no me importó. Por dentro, yo era un incendio forestal por estar teniendo en la cabeza la idea de volverlo a encontrar.

Me ponía la polla dura, dura, dura.

— Quédate con el cambio. — le dije al conductor sin mirarlo, cerrando la puerta con un golpe seco.

Me ajusté la chaqueta, asegurándome de que el cuello estuviera lo suficientemente bajo para que, si él estaba allí, recordara exactamente dónde había puesto su boca. Caminé hacia la entrada, esquivando la fila interminable de gente que moría por entrar a L’Èclipse.

Le extendí a uno de los guardias un par de billetes que duró en tomar pero al verme tan coqueto los aceptó, dejándome pasar.

Entré en el club sintiendo que la música me golpeaba las orejas. El lugar estaba a reventar, había luces, el olor a tabaco, alcohol y ese sudor que solo se siente en las noches de exceso. Pero yo no veía a nadie. Mis ojos eran escáneres buscando una silueta específica, un movimiento rudo, una mirada que me hiciera sentir pequeño y poderoso a la vez.

Me abrí paso por la pista de baile, ignorando las manos que intentaban rozarme y los gritos de «¡Bill!» de algunos conocidos que seguramente ya habían visto el video en DCOPN. No me importaba ser el centro de atención hoy; solo quería ser el centro de atención de él.

Me acerqué a la barra principal, pidiendo un vodka directo solo para calmar el temblor de mis manos mientras esperaba, recorrí con la mirada la zona donde lo había visto el viernes.

No hubo nada.

Solo tipos de dos metros con caras aburridas.

— ¿Buscas a alguien, guapo? — me preguntó el barman, deslizándome el vaso.

— A un tipo con trenzas. Suele andar por aquí… creo. — dije, dándole un sorbo al trago que me quemó la garganta de forma deliciosa.

— Entiendo.

— ¿Lo conoces? — pregunto acariciándole el brazo con lentitud mientras él solo me sonreía sin mostrar los dientes.

— Soy nuevo y no he visto a nadie con trenzas.

— Oh. — me terminé el vodka de un solo trago, sintiendo cómo el alcohol me encendía la sangre y me daba esa valentía imprudente que solo los que no tienen nada que perder poseen. Si Tom no estaba a la vista, pues me encargaría de que, si llegaba, me encontrara siendo el alma de este maldito lugar y así era.

Me encontraba bailando en la pista sin descanso, coqueteaba con uno y con otro a la vez pero pasaron las horas.

Una, dos, tres…

Me llovieron invitaciones, tragos gratis y halagos al oído que alimentaban mi ego, pero mi corazón seguía acelerado por la ansiedad. Cada vez que la puerta del club se abría, mi cuello giraba automáticamente, buscando las trenzas, buscando el piercing, buscando algo y nada.

A las tres de la mañana, el sudor me pegaba la camisa al cuerpo y el cansancio empezaba a ganarle a la excitación.

— Al carajo. — susurré, limpiándome el sudor de la frente con el dorso de la mano y luego el maquillaje corrido.
Me sentía estúpido esperando como un perrito faldero a un hombre que probablemente ni se acordaba de mi nombre.

Salí del club arrastrando los pies, el aire frío de la madrugada me hizo sentir un poco más borracho.

Caminé hacia la acera para buscar un taxi, derrotado, sintiendo que la erección de hace unas horas se había convertido en un peso muerto de frustración.

Entonces, cuando iba a tomar un taxi el sonido de un motor rompió el silencio.

Unas luces potentes me cegaron. Un auto negro, pulcro, imponente —el mismo modelo que me había dejado en casa la madrugada del jueves— frenó en seco justo frente a mí, levantando un poco de polvo del pavimento. El cristal polarizado del conductor bajó con una lentitud que me hizo contener el aliento.

El olor a menta y tabaco salió del interior del vehículo antes de que pudiera verle la cara.

— Oh, por dios. — susurré como si se me fuera la vida en ese susurro.

— Sube. — soltó con la voz ronca, sin preámbulos, sin un «hola».

Ahí estaba él.

Tom.

Tenía las manos sobre el volante, luciendo una sudadera oscura y una mirada tan sexy que me dejó las piernas temblando. No parecía sorprendido de verme ahí solo a las tres de la mañana, parecía que me estaba esperando o eso me hacía creer mi cabeza.

— ¿Por qué tardaste tanto? — logré decir, tratando de que mi voz no sonara tan desesperada como me sentía, mientras abría la puerta del copiloto.

Tom soltó una risa seca.

— Un hombre ocupado no siempre puede atender a sus clientes a la hora que ellos quieren. — me recorrió con la mirada, deteniéndose en mi ropa desordenada y mis labios sin labial.

Me subí al asiento de cuero, sintiendo el calor y su presencia envolviéndome como una manta pesada.

Tom arrancó el auto con suavidad, haciendo que mi cuerpo se hundiera contra el cuero del asiento. El silencio se prolongó lo suficiente como para que el zumbido de mis oídos empezara a desaparecer, dejándome solo con el sonido de su respiración y el ronroneo del motor.

— ¿Clientes? — repetí, girando la cabeza hacia él mientras las luces de la ciudad pasaban como ráfagas sobre su perfil. — ¿Cómo que clientes? ¿Sabes que hace unos días llamé solicitando tus servicios y me dijeron que no trabajas ahí?

Él no apartó la vista de la carretera, pero vi cómo sus dedos se apretaban ligeramente sobre el volante.

— No sabía. — respondió con esa voz que parecía vibrar directamente en mi pene.

— ¿Trabajas ahí?

— No lo sé. — sonrió de lado, enviando otra punzada a mi entrepierna.

— ¿Y el club? ¿pasas también ahí? — Tom se encogió de hombros. — Solo dime si sí o no. — solté una risita provocadora, humedeciendo mis labios secos mientras me inclinaba un poco hacia su dirección. — Por favor. — Tom frenó en un semáforo en rojo y, por fin, me miró. Sus ojos oscuros escanearon mi rostro, cuello y deteniéndose en mi boca.

— Te ves desastroso. — dijo, pero el tono no era de insulto, sino de algo parecido a lo que yo estaba sintiendo.

— Estaba esperando por tí… — le devolví bajando la voz hasta convertirla en un ronroneo. — Pero tú pareces saber exactamente a dónde me diriges, me gusta eso.

Tom rió bajito centrando su vista de nuevo al frente.

El resto del camino fue una guerra fría de tensiones. Él se limitaba a conducir con una mano mientras la otra descansaba sobre la palanca de cambios, cerca de mi rodilla. Yo me dedicaba a observarlo, detallando cada músculo de él, su mandíbula, su nariz… deseando que el trayecto durara una eternidad o que, simplemente, desviara el auto hacia el callejón más cercano y me tomara.

Cuando finalmente nos detuvimos frente a la casa de mis padres, él ni siquiera me miró. La luz de la luna entraba por el parabrisas, dándole a su piel un tono oscuro.

Riquísimo.

— Llegamos. — dijo… aunque no desbloqueó las puertas de inmediato.

— Qué eficiente. — susurré, sin moverme de mi lugar. — ¿No vas a bajar a abrirme la puerta?

Tom se inclinó hacia mí, tan despacio que sentí que el tiempo se detenía. Su olor me nubló el juicio.

En algún momento pensé que me besaría, que me destrozaría la boca ahí mismo pero se detuvo a milímetros de mi oído.

— Mañana tienes clases, Bill. — susurró, y su aliento me provocó un escalofrío que me recorrió toda la columna. — Llegarás con ojeras.

— Por ti me saltó las clases que sean, papi. Pero… ¿cómo sabes que tengo clases, eh?

— Anda.

— Ash. — rodeo los ojos creyendo que la pregunta ya no era importante. — Solo tienes que pedirlo. — respondí, tratando de mantener la compostura mientras abría la puerta del auto por mi cuenta. Tom volvió a reír poco audible.

Me bajé con la mayor elegancia que mi cuerpo borracho me permitió. Antes de cerrar, me apoyé en el marco de la puerta y le dediqué una última mirada de reojo.

— Gracias por traerme, guapo, pero la próxima vez, asegúrate de llevarme a otro lugar donde no tengamos que usar ropa y… no me hagas esperar tanto.

Cerré la puerta con un clic seco y caminé hacia la entrada de mi casa sin mirar atrás, sintiendo sus ojos clavados en mi espalda hasta que escuché el motor rugir y alejarse a toda velocidad. Entré como pude a mi habitación, me tiré en la cama con la ropa puesta y una sonrisa estúpida en los labios.

No me molesté en encender la luz, la oscuridad era mi cómplice de la calentura que estaba sintiendo. Me deshice de la chaqueta con movimientos torpes, dejándola caer al suelo, y me quedé solo con la camisa que olía a fiesta.

— Joder, Tom… — susurré, y mi propia voz sonó como un ruego.

Me enredé en las sábanas sintiendo el contraste frío contra mi piel ardiente. Mis manos bajaron con urgencia hacia el botón de mis pantalones ajustados. Estaban tan apretados que el alivio de liberarme fue casi doloroso. Me saqué lo que quedaba de ropa con desesperación, quedando completamente expuesto al aire que me erizó los vellos de la nuca.

Estaba tan duro que dolía.

Necesitaba esto, necesitaba sacar el veneno que él había inyectado en mi sistema.

Desbloqueé mi teléfono con dedos temblorosos. Busqué una de mis páginas favoritas, seleccionando un video de dos hombres en un entorno industrial, algo rudo, algo que me recordara a Tom. Subí el volumen lo mínimo, solo para escuchar los jadeos y el sonido de los cuerpos chocando, pero en mi mente, las caras de los actores se desvanecían.

Solo veía trenzas. Solo veía un labio perforado.

Me veía a mi mismo.

Cerré los ojos un momento y me rodeé el pene con la mano, soltando un gemido ronco que se perdió en la almohada. Empecé con movimientos lentos, constantes, tratando de replicar la firmeza con la que Tom haría esto. Con la otra mano—y luego de soltar el teléfono a mi lado—busqué mi propio cuello, apretando justo donde él me había marcado, cerrando los ojos para imaginar que era su mano grande y callosa la que me dominaba.

— Más… — gemí, acelerando el ritmo mientras veía en la pantalla cómo uno de los hombres sometía al otro contra la pared.

Ese era yo. Ese era Tom. Me imaginé en el asiento del auto, pero esta vez él no se detenía a milímetros de mi oído. En mi fantasía, Tom me arrancaba la camisa, me obligaba a sentarme sobre su regazo mientras conducía y me devoraba la boca hasta dejarme sin aire.

Ay, dios.

El calor en mi entrepierna se volvió insoportable. Mi respiración se volvió errática, entrecortada. El video seguía reproduciéndose, pero yo ya no lo veía, estaba atrapado en la imagen de sus ojos oscuros analizándome en el semáforo.

La fricción se volvió más rápida, más ruda, casi violenta, igual que él. Sentía que el clímax subía por mis piernas como una descarga eléctrica, a punto de venirme.

— Tom… Tom, por favor. — suplicaba en un susurro desesperado, arqueando la espalda contra el colchón.

Estaba a punto de estallar. Cada fibra de mi cuerpo estaba tensa, vibrando por la falta de su tacto real. En el momento en que los hombres del video llegaban al final, yo también me perdí. Mi mano se movió con una velocidad frenética y, con una sacudida violenta que me hizo clavar las uñas en las sábanas, me corrí con tanta fuerza que me dejó sin aliento.

El nombre de Tom se quedó atrapado en mi garganta, un grito mudo que solo salió como un jadeo húmedo y prolongado mientras el placer me nublaba la vista. Me quedé ahí, temblando, con el pecho subiendo y bajando, sintiendo cómo la adrenalina me abandonaba lentamente. El líquido estaba por todos lados, caliente contra mi piel y siendo consciente de que era el dueño de cada una de mis reacciones.

Limpié el desastre con desgana y apagué el teléfono. En unas horas tendría ojeras, tal como él predijo, pero al menos por unos minutos, el incendio en mi interior se había transformado en cenizas tibias.

Continúa…

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por WifesKaulitz

Escritora del Fandom

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