Fic Toll de WifesKaulitz

Capítulo Final

Luego de la confesión, el rubio tenía sus ojos fijos en los míos. Esperando cualquier reacción. Estaba tan asustado, quizás pensando que podría llegar a burlarme, a no querer más pero… eso solo logró ponerme más rígido ya que el pensamiento de ser su primer hombre me hacía sentir bien.

— Virgen… — repetí en un susurro. Él asintió levemente, sus manos que antes apretaban mi trasero con deseo, ahora temblaban bastante nerviosas.
Me hizo encoger el corazón, casi hago un puchero con los labios pero de ternura pura. — Francis… y-yo no… sabía… — balbuceé, acariciando suavemente su mejilla.

— Yo querer que sea con Bill… — murmuró él, desviando la mirada hacia la ventana, avergonzado. — Pero yo tener miedo de hacerlo mal, de que Bill no disfrutar porque Tom ser mejor que yo hasta en secso… — oh por dios, maldita sea. Para todo tiene que estar el imbécil de Tom. — uhm… y… yo no querer ser solo un… un reemplazo para olvidar a mi hermano.

Suspiré profundo.

— Oye… — llamé su atención tomando su rostro con ambas manos para obligarlo a conectar con mis ojos. — No digas eso, tampoco soy un experto que digamos… y… por favor, no menciones a Tom. — rodeo los ojos con irritación y luego me incliné a darle un beso corto en la punta de la nariz. — Si quieres parar, paramos. — le dije, aunque mi cuerpo pedía a gritos que continuara. — No voy a obligarte a que tu primera vez sea así y menos si no estás seguro. Pero no digas que lo harás mal, ¿okay?

Francis exhaló, cerrando los ojos mientras se relajaba bajo mi toque. Sus manos apretaron mi trasero ahora con más ganas.
Eso me encendió la piel.

— No querer parar. — frunció el ceño y luego tragó saliva. — Francis querer ser de Bill. Ahora. Sin importar nada más.

Oh, por dios. Un par de inexpertos sexualmente se iban a entregar ahora mismo. Ahora pensaba en que yo debía dar lo mejor para él. Entonces decidido Francis me volvió a besar, tomando la iniciativa torpe y adorablemente que pronto se convirtió en pasión. Sus manos buscaron desesperadamente librarse de su propio esmoquin mientras yo lo ayudaba, guiándolo.

Lo tuve desnudo del torso, me encargué de liberar sus rastas para que cayeran a los lados de su rostro. No puedo evitar observarlo mientras me relamo los labios y sin darme cuenta empiezo por tocar mi erección mojada.

Francis solo se sonrojó, agachando la cabeza para ver mi entrepierna.

Ahora el sonrojado fuí yo.

— Bill tener el pene muy grande. — susurró.

— ¿Lo quieres tocar? — Francis no respondió con palabras. Tragó saliva, y con calma estiró su mano derecha. Sus dedos, largos y calientes, rozaron primero mis muslos antes de envolverme el pene en un toque delicioso. — Oh, joder… — gemí, echando la cabeza hacia atrás.

— Wow… — me dió mucha risa su reacción. — Bill estar muy caliente… — murmuró él, ganando un poco de confianza. Empezó a mover su mano de arriba hacia abajo, siguiendo el ritmo de mi respiración. Sus pupilas estaban dilatadas, fijas en el movimiento, fascinado por la textura y la reacción de mi cuerpo bajo su tacto. — Francis no saber que se sentía así…

Me incliné hacia adelante, atrapando sus labios en un beso mientras mis propias manos bajaban para deshacer de lo último que lo cubría. Quería sentirlo y verlo todo de él.
Cuando por fin logré liberar su miembro, que latía con la misma urgencia que el mío, escuché cómo su respiración se cortaba por completo.

— Bill… mhmm… — jadeó contra mi boca. — Sentirme tan bien… toca más… — los dos nos encontramos en un momento tan íntimo, tocando el pene del otro entre besos que hacían a Francis volverse loco. A pesar de ser todo un inexperto me tocaba muy bien ahí abajo. Me estremece la piel con cada movimiento y solo puedo pensar en lo delicioso que va a ser tenerlo adentro. — ¿Qué…?

— Shh. — silencié sus palabras en cuanto me acomodaba en el asiento del copiloto. Francis no entendía lo que estaba por hacer hasta que me vió inclinarme cómodamente para que su pene duro esté frente a mis ojos.

— Bill, ¿tú…? — no lo dejo terminar de hablar. Meto su entrepierna mojada en mi boca para terminar de mojarla más con mi saliva. — Oh, miegda. — yo solo reí ante su respuesta. Francis inclinó el asiento hacia atrás, abriendo las piernas un poco y acariciándome el cabello. Gemía a medida que yo subía y bajaba, abarcando toda su longitud.

Si algo me había dado cuenta y que era muy importante es que Francis no tenía el mismo largo que el de… ajá… pero de grosor, uff. De grosor era mucho para mí pequeño agujero.

— Bill, ¿tú creer que mi poia ser…?

— Es perfecta. — susurré antes de relamer mis labios y continuar tocando su falo. Me encargué de lamer sus testículos arrugaditos y terminar por plantar un beso en el glande.

Él se sintió cómodo con mi respuesta porque me jaló del cabello sin ser duro para hacer que vuelva sobre él. Rodeo su cuello con mi brazo izquierdo mientras el derecho se encarga de guiar su masculinidad a mi interior e hice presión hacia abajo, para poder sentarme y tenerlo todo.

— O chert. Mne eto nravitsya, Bill. (Oh, maldita sea. Me encanta, Bill.) — yo solo me reí entrecortado. Francis echó la cabeza hacia atrás, golpeando el reposacabezas, mientras sus manos se aferraban a mis muslos. Lo sentía palpitar debajo de mí, rígido y caliente, llenándome hasta el fondo. — ¡Agh! Bill… — él ahora cerraba los ojos. — Tú estar… tan apretado. Francis no poder… uff, n-no…

— Voy a moverme, Fran… — le gemí al oído, mordiéndole el lóbulo de la oreja mientras empezaba a elevarme con lentitud para volver a caer sobre él. — Mhmm…

— Bill, fuck… mhmm. — y así empiezo con ritmos lentos, de arriba abajo sin soltarle el cuello, bien abrazado a él.
Él soltó un sollozo y empezó a seguir mi ritmo. Al principio era torpe, sus caderas chocando contra las mías sin una coordinación pero pronto encontró el ángulo. Cada vez que bajaba, su grosor estiraba mis paredes de una forma que me hacía ver estrellas.

Quería llorar de placer.

— ¡Bill! ¡Bill! — repetía mi nombre, poniéndome malo. — Te quiero… yo siempre quererte a ti… — el interior del coche se había convertido en un horno. El vapor empañaba los cristales, aislándonos del resto del mundo. Yo me aferraba a sus hombros, mis uñas enterrándose en su piel bronceada, mientras el placer subía desde mi entrepierna hasta mi cerebro, nublándolo todo.

Empiezo a moverme más rápido, la mano que tengo libre se encargaba de mi polla. A medida que estábamos follando, el coche se balanceaba sobre su suspensión al compás de nuestras caderas chocando con violencia. Yo estaba concentrado, moviéndome de arriba a abajo sobre su regazo. Francis me sujetaba con fuerza bruta, sus dedos hunden en mi trasero mientras me empujaba hacia abajo con cada embestida.

Carajo, mi agujero se estiraba al límite con cada entrada.
Fran estaba completamente ido. Tenía la cabeza echada hacia atrás, los ojos en blanco y la boca entreabierta, jadeando tal vez maldiciones que me ponían la piel de gallina.

— ¡Blyad’ mhm! ¡S-suka! ¡Gospodi, Bill! (¡Puta! ¡Perra! ¡Dios, Bill!) —gruñó con voz ronca y mierda, sus palabras en ruso me mataban. — ¡Ya seychas konchu! ¡Konchu v tebya! (¡Estoy a punto de correrme! ¡Me voy a correr dentro de ti!) — no entendía lo que decía, pero el tono de su voz hizo que mi erección, que yo mismo estaba masturbando con furia, se pusiera todavía más dura, doliéndome por la tensión.

Me aferré a sus hombros, clavándole las uñas, mientras mi propio orgasmo se acumulaba en la base de mi vientre, a punto de explotar.

— ¡Francis! — grité yo está vez. — ¡Francis, me corro! ¡joder!

Sentí cómo su cuerpo se tensaba al máximo debajo del mío. Sus manos apretaron mi trasero tanto que dolió y, con un último y violento empuje, sentí un chorro de calor líquido y espeso inundando mi interior. Francis soltó un gemido en ruso y desesperado, mientras su cuerpo temblaba por los espasmos del orgasmo.

Ese fue mi detonante.

Con un sollozo de puro placer, mi propio cuerpo colapsó. Solté un grito ahogado mientras mi semen salía disparado, bañando mi propio abdomen y el pecho desnudo de Francis en una lluvia caliente y pegajosa. Mis músculos se contrajeron alrededor de él en un último y delicioso espasmo. Me derrumbé sobre su pecho, jadeando, con el corazón bombeando y los ojos cerrados.

El silencio que siguió fue absoluto, solo roto por nuestras respiraciones entrecortadas. Francis rodeó mi cuerpo con sus brazos, acariciando mi cabello mojado.

No me separé de él hasta que el cansancio empezó a consumirme.

&

El frío se filtraba hasta mis carnes desnudas. Abrí los ojos con pesadez, sintiendo el cuerpo entumecido y una extraña humedad secándose sobre mi piel. Estaba hecho un ovillo sobre el pecho de Francis que seguía dormido.
Me incorporé con cuidado hasta sentarme y buscar con que cubrirme el cuerpo.

Me dolía mucho la cabeza.

— Francis… — susurré, moviendo su hombro. Él despertó de un salto, desorientado. Sus ojos recorrieron el interior del coche, pasando por mi torso y luego por su propio esmoquin en el suelo. El pánico se apoderó de su ser en menos de un segundo.

— Maldita sea… — masculló en un susurro, frotándose la cara. — Bill, nosotros… nosotros tener que irnos. — asentí en silencio bastante avergonzado con él. Busqué mi ropa en el suelo del auto para vestirme con rapidez mientras lo veo a él pelearse con los pantalones que no podía abrochar.

— ¿Te ayudo con eso? — propuse pero él se negó. Su rostro ahora estaba rojo y no entendía por qué. — Oye, ¿qué tienes?

— Bill. — dijo sin mirarme. — Lo de anoche… lo de anoche no poder salir de aquí. Por el bien de ambos y por Tom. En serio nadie deber saber lo que pasar. ¿Entender? — quedé con la corbata a medio anudar, mirándolo fijamente.

O sea, ¿qué necesidad había de decir eso? ¿¡es que acaso todos los Kaulitz después de coger tienen que tratarte así de feo!?

— ¿Estás hablando en serio, Francis?

— Ser lo mejor. — sentenció, encendiendo el coche sin esperar respuesta. — Yo llevarte a casa.

— ¡No entiendo por qué te pones así! o sea… no es que hayamos echo algo malo y así. Ambos somos… libres, ¿no?

Pero el no me respondió.

El trayecto de vuelta fue una tortura. Francis mantenía las manos firmes en el volante, la mirada perdida en la carretera y la mandíbula tan tensa que parecía que se le iba a romper. No intentó tocar mi mano y no actuó cariñoso como hubiera deseado. Estaba… raro. Distante. Como si la persona que me había echo el amor ahora no existía en él.

Esa actitud me provocó un déja vu asqueroso.

Un nudo se instaló en mi garganta al recordar la noche en que Tom y yo lo hicimos por segunda vez en su coche. Tom también se había comportado como un imbécil y me desechaba como a la basura.

— Eres igual a él. — solté de repente, rompiendo el silencio. — Nada más tienes que raparte lo suficiente, usar ropa más a tu talla y hacerte las putas trenzas. ¡Tienes todo de él!

Francis apretó el volante pero no dijo nada.

— Eres un idiota. — continué, sintiendo cómo la rabia empezaba a reemplazar la tristeza que me estaba haciendo pasar. — En serio, muy enserio igual que Tom. Los dos últimos Kaulitz son expertos en hacerme sentir como la mierda después hacerme ver las estrellas, ¡puaj!

— ¡No ser así, Bill! — gritó él, frenando bruscamente ante un semáforo. — Yo no ser Tom. Yo solo… yo… si Tom saber que yo tocar a Bill, él matarme.

— ¿¡Y TOM QUÉ TIENE QUE VER AQUÍ!? — le grité ya fuera de mis casillas. — ¿¡POR QUÉ MIERDA MENCIONAS A ESE IDIOTA QUE YA ESTÁ CASADO!? ¿¡ACASO PIENSAS QUE VOY A SER TAN HIJO DE PUTA EN METERME EN ESE MATRIMONIO!? ¡ESO YA ES COSA SERIA, FRANCIS!

Francis enrojeció, más rojo que el tomate, más rojo que el dibujo animado de furia en la película de intensamente y regresó a verme. Parqueó el auto en un lugar solo para empezar a desabrocharse el cinturón.

Se acercó a mi y sus ojos estaban llorosos.

No entendía nada.

— Yo portarme así porque luego de que tú dormías prendí el teléfono, llamé a Nick ¡y Nick me dijo que el estúpido de Tom no se casó! ¿¡Sabes qué implica eso!? ¡Qué como no se casó tú vas a ir corriendo como idiota a sus brazos! — abrí los ojos exageradamente.

— ¿Qué? — fruncí el ceño ahora mirando al frente. — ¿Cómo que no se casó si yo oí que él aceptó clarísimo?

— ¿¡Por qué no vas y le preguntas!? — sin darme tiempo a reaccionar, Francis abrió la puerta del conductor, se bajó para caminar en dirección contraria, perdiéndose entre los callejones cercanos al semáforo. Me quedé solo en el coche, con el corazón latiendo desbocado y frunciendo cada vez más el ceño.

Maldije entre dientes, pasándome al asiento del conductor con movimientos torpes. Tenía que llegar a casa y bañarme, dormir un rato y creer que lo que estaba escuchando era mentira. Conduje como un loco, ignorando las señales de tránsito, hasta que frené en seco frente a mi casita. Al bajar, vi que las luces de la sala estaban todas encendidas y en cuanto crucé el umbral, una figura pequeña y desesperada corrió hacia mí.

— ¡Bill! ¡Por Dios, Bill! ¿Dónde estabas? — Bhianesh me rodeó con los brazos, temblando.

— Bhianesh. — me alejo de ella en un gesto de irritación para verle a la cara. — ¿Qué pasó? ¿sabes algo? — mi hermana dudó en hablar pero al ver mi expresión molesta se vió obligada a responder.

— Después de que te fuiste, cuando el padre preguntó si alguien se oponía tu suegra se levantó.

— ¿Qué? — mordí mi labio inferior mientras me sentaba lentamente en el sofá, mirando a un punto fijo.

— Se paró frente a todos y gritó que no iba a permitir que su hijo se casara con alguien que no lo hace feliz. — continuó Bhianesh, hablando tan rápido que apenas tomaba aire. — Dijo que sabía que Tom no amaba a esa mujer y que si deseaba la fortuna anhelada la tendría pero que no se case. Qué lo peor es estar con alguien que no amas mientras ves que a quien si amas ser feliz. ¡Fue increíble! — hablaba mientras aplaudía y reía. — Ria empezó a gritar, su padre casi le pega a Tom, y Nick tuvo que intervenir para que no se armara una pelea en pleno altar.

— ¿Y Tom? — pregunté, sintiendo que me faltaba el aire.

— Tom se quedó frío, probablemente pensando en las palabras sabias de su mamá. No sabes cómo salió corriendo ese hombre bien feliz a buscarte pero tú ya te habías ido con el menor. Se fue triste y así. — mi hermana se sentó en frente mío para analizar mi expresión en todo momento mientras soltaba la sopa.

— ¿Vino aquí?

— Estuvo aquí hace una hora para ser exactos. — asintió ella, tomándome de las manos después de ver el reloj en la pared. — Estaba como que eufórico diciendo que Charlotte le había dado la fuerza que le faltaba. Le dije que no sabía dónde estabas porque te habías ido con Francis… y se puso pálido. — yo asentí con lentitud, tragando saliva en el proceso. — No sé qué esperas, eh. ¿Por qué no vas y lo buscas? si los dos se quieren. — ví los ojos de mi hermana, parpadeando un par de veces. Relamía mis labios para después empezar a descascarar la piel muerta de estos probablemente disociándome.

No estaba seguro de lo que pasaba por mi corazón pero si seguro de lo que pasa en mi mente y es que no sé si siga queriendo a Tom de la misma forma.

Nos hicimos tanto daño…

— Bill. — mi hermana chasqueó sus dedos delante de mí siquiera unas tres veces. Volví en sí y me levanto del sofá, sintiendo que la ropa me pesaba una tonelada.
En lo que camino voy pensando en que nada de esto tenía sentido porque Tom aceptó antes de que su madre interviniera. Él no se detuvo por mí; se detuvo porque Charlotte le dió algo a cambio…

— Me voy a bañar. — dije sin mirarla ya por las escaleras. — No quiero ver a nadie. Si Tom vuelve… dile que estoy dormido o muerto. Lo que prefieras.

— ¡Bill! No puedes ser tan cruel, él canceló todo por ti…

— ¡ÉL SE IBA A CASAR! — grité desde donde estaba. — Si Charlotte no abre la boca, ahora mismo estaría en su noche de bodas con Ria. Así que no me vengas con que lo hizo por mí.

En lo que llego a mi habitación me arranqué la ropa con desesperación, tirando el esmoquin al rincón más oscuro del armario. Entré a la ducha y dejé que el agua quemara mi piel, restregándome con el jabón hasta que mis hombros quedaron rojos. Quería borrar toda existencia del apellido Kaulitz en mi ser.

Cuando salí, envuelto en una bata solo me tiré a la cama, mirando el techo, mientras el agua que escurría de mi pelo empapaba la almohada. Mis pensamientos eran una guerra sin tregua. No sabía que pensar, decir, actuar, con quién quedar, ¡nada!

— Maldita sea… — susurré, apretando los puños. Necesitaba terminar con esto. No podía quedarme aquí sintiéndome así para siempre y entonces solo me decidí. Doy un salto de mi cama para ir hasta el armario y sacar ropa. Me puse unos vaqueros negros, una camiseta cualquiera con las botas de siempre y bajé.

— ¡Bill! ¿A dónde v…?

— A cualquier lugar. — la interrumpí, saliendo de la casa sin mirar atrás. No tuve que ir muy lejos a decir verdad, su auto negro estaba aparcado a pocos metros de mi entrada, con las luces apagadas pero encendido, soltando un humo blanco en el frío de la noche. Caminé hacia él y golpeé el cristal del conductor. La ventana bajó lentamente, revelando a un Tom horrible, con los ojos desesperados y en cualquier otra situación me habría hecho caer de rodillas.

— Bill… — susurró, intentando abrir la puerta. — Billy, bebé. Yo… supongo que ya lo sabes.

— Baja del coche, Tom. — le ordené con frialdad. Él obedeció con intenciones de tocarme, abrazarme, besarme pero retrocedí un paso. —empecé, con la voz firme. — Mierda, no entiendo nada, absolutamente nada, ¿sabes? Tú aceptaste. Lo oí con mis propios oídos… no te detuviste por amor a mí, te detuviste porque tu madre te ofreció la salida fácil, la fortuna sin el sacrificio. Si ella no hablaba, tú estarías ahora mismo quitándole el vestido a ella para hacerle el amor.

— ¡Eso no es cierto! Estaba en shock, yo te buscaba con la mirada y…

— Ya no importa, Tom. — lo corté en seco. — Nos hicimos demasiado daño. Cada vez que estamos cerca nos hacemos daño y no puedo con eso. Además de que no estoy seguro de ti. — Tom solo se mantenía ahora de brazos cruzados, con la cabeza mirando hacia el suelo con tristeza. — Ayer Francis y yo tuvimos algo, ya te imaginarás qué. Fue genial, Tom, y siento que mi lugar es con él, más no contigo. — Tom suspiró.
Yo esperaba que estallara, que gritara o que me insultara. Pero… Tom Kaulitz simplemente se desinfló, dejando escapar un suspiro que sonó a derrota.

— Quizás tienes razón. — murmuró con amargura. — Siempre arruino lo que toco.

— Ahora sí podrías… uhm, no sé. Solo irte. Yo voy a buscar a Francis y ajá… — mordí mi labio inferior para no ver más su cara sonrojada.

— Pues deberías ir ya… supe que Fran se vuelve a Rusia, Bill. Nick me lo dijo hace como diez minutos en lo que venía para acá.

— Oh, por dios. — tapé mi boca con ambas manos. ¿Acaso ese idiota se estaba yendo porque probablemente pensó que yo me iba a quedar con su hermano muy feliz? ¡pues no!

— Sube, yo te llevo.

Miro a Tom con duda antes de rodear su auto para subirme. Él también lo hizo y lo puso en marcha rumbo a dónde estaría el estúpido de su hermano a punto de abandonarme.
El trayecto hacia el aeropuerto fue a toda velocidad. Tom conducía como un loco, esquivando coches mientras yo me aferraba al asiento, con el estómago hecho un nudo. No hablamos en el camino. No hacía falta. El silencio entre nosotros era el reconocimiento de que esto era lo último que haríamos juntos.

Cuando llegamos al punto de partida del rastafari, el rugido de las turbinas ya se escuchaba desde el estacionamiento. Tom frenó en seco frente a la entrada de seguridad.

— Anda.

Sabía que le dolía pero ya no podía pasar más. Bajé de la camioneta y corrí como nunca en mi vida. Los guardias intentaron detenerme, pero Nick, que estaba cerca de la pista hablando por teléfono, me vio y les hizo una seña para que me dejaran pasar. Crucé la puerta hacia la pista y ahí estaba un jet blanco elegante, con las escalerillas aún abajo pero las luces de navegación parpadeando y dentro estaba él.

Francis estaba en el último escalón, a punto de entrar en la cabina. Tenía su maleta en una mano y la otra apoyada en el marco de la puerta. Se veía pequeño, derrotado, con los hombros caídos.

Hasta deprimido.

— ¡FRANCIS! — grité con todas mis fuerzas, el viento comenzó a despeinar mi cabello y el frío me erizó la piel. — FRANCIS, ESPERA!

Él se detuvo en seco. Por un segundo pensé que no se giraría, que cerraría la puerta y desaparecería de mi vida para siempre. Pero lo hizo. Se giró lentamente y sus ojos se abrieron con una mezcla de incredulidad y dolor al verme jadeando en mitad de la pista.
Bajó los escalones casi tropezando, dejando caer su maleta en el asfalto. Corrió hacia mí y yo hice lo mismo hasta que chocamos en un abrazo desesperado que me dejó sin aliento.

— Bill… ¿qué tú hacer aquí? — murmuró contra mi cuello, temblando violentamente. — Tú deber estar con Tom… no aquí, tener que irte… por favor.

— Shh, cállate, idiota. — le dije, separándome lo suficiente para tomar su rostro entre mis manos. Tenía los ojos rojos, igual que los míos. — No estoy con Tom. Se acabó, Francis. Se acabó para siempre, ¿okay? — él parpadeó confundido, con las lágrimas rodando por sus mejillas.

— Pero… él ser el hombre que Bill ama…

— No. — negué con la cabeza, dándole un beso corto y salado por las lágrimas. — Él es el hombre que me rompió. Tú eres el hombre que nunca me dejó caer, estando conmigo a pesar de todo y… carajo, Fran. No quiero que te vayas a Rusia, no quiero despertarme mañana y que no estés. Te voy a extrañar demasiado si te vas… quédate conmigo, Fran. Por favor. — Francis me miró como si estuviera viendo un milagro. Sus manos se envolvieron alrededor de mi cintura con ganas.

Yo no podía parar de llorar.

— ¿Bill querer a Francis? — preguntó en un susurro cargado de esperanza.

— Bill quiere a Francis. — repetí, sonriendo entre el llanto. — Por favor, no me dejes solo. Quédate. — él soltó un sollozo de alivio y me volvió a estrechar contra su pecho, escondiendo la cara en mi hombro. A lo lejos, vi a Tom apoyado en su camioneta, observándonos desde la distancia. Levantó una mano en un gesto de despedida silencioso antes de subir al coche y desaparecer en la oscuridad de la noche.

Francis se separó un poco, miró el avión y luego me miró a mí.

— Rusia poder esperar. — sentenció con su acento marcado, pero esta vez con una sonrisa. — Francis quedarse donde estar Bill. Siempre. — no pude evitar plantarle un besote de los buenos.

El rugido de las turbinas del jet comenzó a disminuir, como si el mismo avión entendiera que su pasajero principal ya no tenía intención de subir.
Me puse de puntillas, pasando mis brazos por encima de sus hombros y enredando mis dedos en sus rastas. Me encantó muchísimo el beso.

— Ya no llores, Bill. — susurró él contra mis labios, limpiando una lágrima rebelde con su pulgar. — Francis no permitir que Bill sufra nunca más.

— Entonces no me sueltes. — le pedí, escondiendo mi rostro en el hueco de su cuello, aspirando su aroma que ahora era mi refugio favorito. — Quédate conmigo, Fran. Vamos a casa.

Él asintió.

Nick, que observaba todo desde la distancia con una sonrisa cómplice, simplemente levantó el pulgar y le hizo una señal al piloto para que cerrara la puerta. El jet despegó vacío, perdiéndose en el cielo estrellado.

Esa noche, no volvimos a la mansión de los Kaulitz ni a mi casa llena de recuerdos amargos. Fuimos a un pequeño departamento que Nick se lo había comprado a Francis en secreto y, mientras nos acomodábamos en la cama, bajo el calor de las mantas y con el sonido de la lluvia empezando a golpear la ventana, me di cuenta de que el amor no siempre tiene que ser una tragedia como la que viví con Tom.

— Te quiero, Franchi. — susurré, quedándome dormido sobre su pecho, escuchando el latido constante de su corazón.

— Y yo a ti, Bill… para siempre. — respondió él, besando mi frente antes de que el sueño nos venciera, por fin, en paz.

F I N

Aaaawww, que lindo. Gracias a todos por sus lecturas.

por WifesKaulitz

Escritora del Fandom

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